Rubén Martínez es el autor de algunas de las obras de arquitectura y escultura más admiradas del país, como la iglesia El Rosario o el Cristo de la Paz, un coloso de 4 metros. A sus 89 años, ha tenido que parar su trabajo debido a la amputación de la pierna izquierda. Dice que volverá a esculpir cuando tenga una prótesis. En esta conversación, el artista habla de sus procesos creativos, de sus polémicas y de algo que siempre le ha carcomido los huesos: la idea de que su trabajo no ha sido lo suficientemente valorado en su país.

“Aunque tarde, mi país ha comenzado a ser justo conmigo”

Una entrevista de Moisés Alvarado

Fotografías de Franklin Zelaya

Rubén Martínez, escultor y arquitecto salvadoreño.

Su nombre está ligado a lo monumental. El Cristo de la Paz y el de la capilla de Fátima en San José, Costa Rica, cada uno de 4 metros de altura, nacieron de sus manos, antes robustas. También la iglesia El Rosario, una de las obras de arquitectura salvadoreñas más admiradas en el mundo por su atrevida propuesta, donde toneladas de concreto parecen descansar, simplemente, en el aire.

Este día de julio, el cuerpo de Rubén Martínez contrasta con la envergadura de su obra. Tiene 89 años y hace uno le amputaron la pierna izquierda para detener el avance de un cáncer. Ahora se desplaza gracias a una silla de ruedas que su esposa, Grace, empuja con riguroso amor para llevarlo a la mayoría de espacios de la casa que hace 40 años construyó, repleta de escaleras, para él y su familia. Ir a su taller, por ahora, es casi un imposible.

Y aquí, desperdigadas en estantes y mesas, están pequeñas esculturas, los ensayos de sus grandes obras, como el suplicante José Simeón Cañas que se exhibe en el Museo de Arte de El Salvador. Rubén quiere que esta casa, muy pronto, sea acondicionada para crear su propio museo, la síntesis de una carrera que se ha extendido por seis décadas.

Si bien su cuerpo contrasta con la magnitud de su obra, su voz sigue intacta, amplia y tumultuosa como aquellos ríos donde no es posible dar con las orillas. Con esa voz sostiene esta conversación, llena de irreverencias y reflexiones sobre su propio trabajo y de lo que significa ser artista en un país como El Salvador.

Tiene 89 años.
¿Cómo es la vida de un artista a esa edad?

Una de constante nostalgia. Yo era un gigante, pero el cáncer me ha jodido, me han dado cuatro cánceres y los he logrado vencer. Este era un cáncer (señala el muñón de su pierna izquierda), hasta que lo tuvieron que cortar el año pasado. Hoy del estómago he estado gravísimo, pero no, no era cáncer, tenía E. coli. El estómago estaba deshecho, tengo cinco días de estarme tomando las medicinas, ya no me duele. Hace unos días ni siquiera podía hablar. Pero aun así, como estoy, si tengo el pie, vuelvo a hacer figuras grandes (en agosto de 2017, Rubén se sometió a una operación en la que le amputaron el pie izquierdo desde debajo de la pierna. Está a la espera de poder comprar una prótesis y de que en FUNTER le den el alta para usarla y dejar la silla de ruedas).

¿Hace cuántos años hizo la última pieza grande?

No hace mucho, a Chevo Argueta (empresario Mario Enrique Argueta, fallecido en 2013) hace tres años (Rubén es el autor del monumento dedicado a esta persona, ubicado en el redondel del Árbol de la Paz, en San Salvador).

En ese entonces, ¿estaba bien de salud?

Ah, para nada, me estaban dando radiaciones. Espéreme, me equivoco, el último fue Matías Delgado, se lo dejé a un muchacho, al que había entrenado durante tanto tiempo, para terminarlo. Cuando lo fundió, lo dejó así (inclina el cuello y ladea la boca). Y yo tenía que entregarlo al día siguiente. Le corté, le subí la oreja, le puse un pedazo de bronce y la soldé. Quedó bien, porque no se le hecha de ver nada, quedó perfecta. La remendé. Hay que saber remendar también.

Hay que saber apegarse a la realidad

No hay que sofocarse. Ahora las cosas ya no me salen mal, porque entiendo que todo es lo que es, que nada está mal. Que no hay que morirse porque una escultura no sale como uno la imaginaba. La obra de arte tiene vida propia, fija sus propias reglas. Si usted la somete a su arbitrio, deja de ser una obra de arte. Aunque siempre hay que tratar de controlar lo más que se pueda. Por ejemplo, antes tenía fundidores, ahora fundo yo.

Alguna vez leí que a usted le parece que el momento más triste de un artista es cuando trabaja en una obra con sus propios recursos y, al final, no quieren pagarle.

No, a mí no, a mí siempre me han pagado con relativa prontitud. Quizá solo se han tardado en el tiempo cuando hay que hacer algún trámite. Por ejemplo, en la Alcaldía de San Salvador; la alcaldía cuesta que le pague.

Me imagino que es así en todo el sector público

Pero no me han quedado debiendo. A quien casi no le cobro es a la Iglesia. Una vez me pidieron hacer un trabajo en la iglesia de Cuscatancingo, un padre que a mí me quiere mucho. Pero en lo que lo estaba haciendo llegó otro párroco. Dijo “yo no tengo que pagar eso, porque yo no lo he mandado a hacer”. Y no me pagó. Pero la gente de la comunidad dijo “al arquitecto hay que pagarle”. Empezaron a hacer turnos para recaudar plata, y el dinero de allí venía. Cada cierto tiempo. Hasta que les dije, ya no, ya estuvo. No es necesario que me sigan dando. Me pagaron ellos.

Usted le hizo varios bustos al empresario Pablo Tesak. ¿A cuánto vende un busto como ese?

$6,000 por el primero. Después, con los otros, ya lo rebajé mucho, casi solo lo de la fundición salía. Yo no trabajo mucho, pero cuando trabajo, gano. Bueno, cuando hice a Funes, antes de eso él había dicho que yo era escuadronero, asesino, porque había hecho a Roberto d’Aubuisson (fundador del partido ARENA). Y vino alguien que me dijo: “¿Me haría a Mauricio?”

¿Quién le dijo?

La Vanda (Pignato). Y yo acepté el encargo. Desde el principio me dejaron claro que él no quería papada. Pero ya para ese entonces estaba bien gordo. Conseguí una foto de cuando él entró a la Presidencia y lo puse riéndose. Lo pensé para hacerlo chiquito, porque se supone que al niño se lo iban a regalar, pero ¡qué diablos! Luego lo pidieron más grande. “Hágaselo al mismo precio”, me dijo mi hija, y lo hice así. Después que yo lo terminé, quería encontrármelo de frente y decirle “¿veá que te gustó lo que te hice?” Porque quería tratarlo así. Pero cuando tuve la oportunidad en un evento al que los dos asistimos, cuando logré verlo, desgraciadamente tuve que ir al baño. Cuando regresé, ya se había ido.

¿Quién hizo el trato con usted?, ¿fue Vanda?

La Vanda. Vino el domingo que estaba trabajando en ese busto, como a las 10 de la mañana, se fue como a las 2. Quería estar presente para cerciorarse de que quedara bien. Se me había subido aquí, encima (hace un gesto señalando su regazo y uniendo los brazos como en un abrazo); y la cartera, que a saber de cuántos miles era, la había tirado en el suelo. Así estuvo conmigo. Y la Granadino (Magdalena Granadino, exsecretaria de Cultura entre febrero de 2012 y mayo de 2014), viendo todo el rato. No me levanté de mi puesto de trabajo sino hasta las 11 de la noche. No me levanté ni a orinar. Porque había que hacerlo y lo metí a la fundición.

¿Cuántas horas se tardó en hacerlo?

Yo lo hago rápido, pero no tanto. Como 15 horas sin descansar. Así trabajo. Es posible que esté enfermo, pero cuando estoy trabajando no me duele nada.

Actualmente, ¿las manos están bien?

Esta (la mano izquierda) no la puedo mover. Pero para modelar sí la puedo ocupar como en mis mejores tiempos. Para darle ese toque delicado a los ojos hay que hacer la pupila bien hechita. Cuando voy a trabajar, las manos no me tiemblan.

 

Rubén toma uno de los recortes de periódico que conserva en un álbum. El que está viendo es uno del año 94, justo después de la realización del Cristo de la Paz y el Monumento a la Constitución, popularmente conocido como La Chulona, que le fueron encargados por la Alcaldía de San Salvador.

 

“El escultor que le está cambiando la cara a San Salvador”, se lee aquí. ¿Cree que ese fue uno de sus periodos más prolíficos?

Puede ser que sí.

 

En otro recorte está el Cristo Resucitado de su viacrucis de la iglesia El Rosario, que forma una figura humana a partir de decenas de trozos de hierro ubicados horizontalmente.

 

El padre Alejandro (Peinador, de los dominicos, quien le encargó la iglesia El Rosario) quería que lo hiciera más moderno. Él me contrató sin saber lo que yo era. Me peleé con ellos, me vine justo después de terminar la iglesia. Porque había un cura que andaba con mujeres, y él me vio cuando yo lo caché. Empezó a molestarme, pero ese cura se fue. El padre Alejandro me vino a traer para que hiciera el viacrucis. Aunque ese padre no era para nada fácil. Él creía que yo era Miguel Ángel y que él era el papa Julio II, y que me iba a poder pegar con una vara. Llegamos hasta a agarrarnos a golpes. Al final le dije que sí, porque yo ese viacrucis hacía año y medio que lo había estado planificando. Es chistoso, pero por las esculturas de ese viacrucis es que soy más conocido fuera del país.

Escultura

¿Alguien le dio ideas para hacerlo?

No, nadie me daba ideas; al contrario, el padre Alejandro nunca me dijo nada. Yo no decía qué es lo que seguía, lo tenía así como Miguel Ángel. “¿Y qué sigue?”… “Espere, ya le voy a decir”. Tenía que estar conmigo, por fuerza. El viacrucis lo planifiqué año y medio, y al final di con el concepto de las manos.

Esa idea ¿cómo se le ocurrió?

¿Qué es lo más expresivo de nosotros? Los ojos. ¿Y después de eso? Las manos. Con las manos uno puede hablar; sobre todo los latinos. Si no tenemos manos, no hablamos de manera completa. Imagínese. De allí fui pensando en cómo comunicar de la manera más minimalista posible. ¿Unas manos a las que les cae agua? Ese es Pilatos. Así fui trabajando. Año y medio, aquí lo tenía (señala las sienes). Cuando vino el padre Alejandro a convencerme, ya todo estaba listo: lo dibujé en día y medio, y en mes y medio lo hice.

Se tardó más planificando que haciendo.

Nunca he estado tanto tiempo pensando en algo.

¿Esa fue la idea original?

Es que yo veía los viacrucis con el montón de cruces. Entonces tenía que hacer algo diferente. Mis amigos artistas y arquitectos me preguntaban que por qué lo estaba haciendo así. Y la gente que llegaba a rezar, la gente humilde, bien entendía; y los cheros míos, instruidos, no. Es que no había necesidad de más, que de manos.

¿La iglesia El Rosario es lo más grande que ha hecho? ¿Por qué no pudo hacer nunca más algo parecido?

No pude. Mis amigos y todos los miembros del círculo de artistas en el país se empezaron a reír y a burlarse de mí. Que era la escalera al cielo, le pusieron miles de nombres. Si se titulaba alguien y me invitaban, no iba, porque me iba a encontrar con ellos y empezaban a molestarme. Hasta que vino un arquitecto de España, y dijo que era una estructura maravillosa. Luego pude ir a trabajar y dejar obra afuera.

De las que están fuera del país, ¿cuál es la escultura que más le gusta?

Es el Cristo, que tiene 4 metros. Está en la iglesia de Fátima, en el barrio Los Yoses, en San José, Costa Rica. El arquitecto Alberto Linner, que era bien chiquitito pero se creía la gran cosa, había hecho una iglesia que solo era el cajón, pero le había puesto, para hacer los moldes, esos bolados de yute. Tenía una textura linda. Decían que la iglesia era tan moderna que no había quién pudiera hacer una escultura acorde.

Esa escultura que está en Costa Rica, ¿cuánto tiempo le tomó?

Tres meses. Me llevaron, les dije que no se podía hacer una escultura tan grande dentro de una iglesia. Me dijeron que me facilitaban el mejor hotel, pero yo tenía que ir. Fui un fin de semana, porque estaba ocupado, y me quedé en el convento. Cuando vi, era una pared enorme. ¿Cuatro metros? ¡Más grande se podía hacer! Me regresé a El Salvador. Como al mes vino el padre a decirme que si no podía hacerlo, no había problema. “Si ya está hecho, ya tengo la estructura terminada”, le dije. Venía a decirme que me relevaban del contrato. Yo he sido bien rudo. Tenía una fuerza terrible.

 

Rubén continúa examinando los recortes, bajo la tenue luz del salón que da al jardín, donde descansan algunas de sus esculturas. La que más destaca es una figura verde, una adolescente que baila en el aire, en un gesto donde el bronce parece tener el don de fluir. La figura, en el plan original de Rubén, debía medir 4 metros y vigilar la Puerta del Diablo. Era un homenaje a la bailarina Morena Celarié, fallecida en el sitio, a la que titularían “El espíritu de la danza”. El proyecto se frustró en 2007, cuando en el Instituto de Turismo decidieron no aprobar el proyecto. El escultor lee el título de otro recorte, esta vez, de los setenta: “Con chatarra y hierro puede un artista construir un bello mundo de arte”. Sonríe, visiblemente satisfecho. Pasa la página y hace referencia a un reportaje más reciente, de la presente década, que lo dejó con un mal sabor de boca.

 

Es que me ponen como un muchacho que está comenzando. Tengo una carrera de 60 años y sigo trabajando. Tengo tanto prestigio que acabo de hacer una escultura y ya me la compraron. Me dijo la persona “no la vaya a vender, me voy para Suiza, al regresar se la compró”. Está en exposición, igual, no la puedo vender.

¿Y en cuánto la da?

En $5,000. Esa escultura la hice por gusto mío. Se llama Othar, es el caballo de Atila, el huno. “Donde mi caballo pisa no vuelve a crecer la yerba”. La figura está pateando el suelo y la pisada es negra, quemada. A esta persona le dije que $5,000. Mi mujer me regañó. “¿Por qué le dijiste tan poquito, necesitamos pisto?” Yo trabajo poco. Dicen que soy muy carero, pero no.

¿Cuál es la obra que más lo ha demandado técnicamente?

Cuando me encargaron La Chulona, yo ya había hecho grandes esculturas, pero solo de hierro; esta tenía que ser de bronce. Y me daban tres meses para empezar la fundida. Hubo un gran pleito en la Alcaldía de San Salvador, porque yo les dije que lo habían hecho todo mal. Después de eso hice todo yo, los planos y todo. Los envidiosos dicen que yo me he aprovechado del dinero del pueblo. ¡Si nunca he cobrado! Los monumentos, el diseño, el sitio urbanístico, los planos, el diseño estructural, siempre me lo han regalado los mejores ingenieros. La dirección de la obra nunca la he cobrado. Solo percibo ingresos por la escultura mía. La Chulona iba a hacerla de 4 metros, pero como había poco tiempo, la hice más pequeña, pero le hice el pedestal bien grande. Tiene 2.80, en vez de tener 4 metros. Eso fue trabajo duro.

Tiene 89 años ya. ¿Quizá le va a ser imposible volver a esculpir?

Para nada. Creo que hoy lo puedo hacer mejor, porque sé más. Entre más trabajo, mejor lo hago. Ya no me voy a poder subir al andamio, pero con una máquina de presión que me permite subir como un elevador, lo puedo hacer.

Cuando hice a Funes, antes de eso él había dicho que yo era escuadronero, asesino, porque había hecho a Roberto d’Aubuisson (fundador del partido ARENA). Y vino alguien que me dijo “¿me haría a Mauricio?”

¿Espera volver a hacer una obra de 4 metros? ¿Es perfectamente posible?

Sí, cuando tenga el pie (la prótesis de la pierna izquierda).

¿Y cuando ya tenga el pie, es posible que esa obra de 4 metros la haga por iniciativa propia?

No, me la tienen que encargar.

¿Cuántos años cree que le queden de vida?

No importa. Voy a aprovechar lo que me quede. Mis manos y mi cabeza están mejor que antes. Creo que todavía puedo hacer mi escultura más monumental.

¿Dónde se imagina esa obra?

Yo no desvarío, voy siempre a lo seguro; y nunca he fallado. Los fracasos no los conozco. Si algo no me sale  bien, sigo, sigo y sigo. Como con Roberto d’Aubuisson, pasé una semana trabajando desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche, y no podía. Al principio estaba bien, pero después lo perdía. Entonces, me puse a hacer varias cabezas a la vez. Hasta que un día me levanté en pijama y vine a desayunar. Me senté y, de repente, la solución estaba allí, frente a mí. Yo hacía un lado del rostro y lo pasaba hacia el otro, como se hace en casi todos los casos. Lo que pasa es que ambos lados de su cara no son iguales. Después de eso lo resolví rápidamente. Vino su esposa a ver el resultado. Y dijo a llorar y a llorar cuando lo vio, porque era como que hubiera vuelto a la vida.

Usted le hizo un encargo a Mauricio Funes, un busto, y le pagaron por ese busto. No sé si es consciente de que el dinero que a usted le pagaron quizá forme parte de esos fondos que la Fiscalía afirma que él se robó.

No sé. Puede ser robado, puede ser del dinero que él ganó. Yo recibí un pago. No voy a decir cuánto. No tengo bandera política, soy un artista.

¿No importa que el dinero que a usted le pagaron proviniera de las arcas del Estado?

Es que yo lo quería hacer, porque quería sacarme la espina, porque él me dijo que yo era escuadronero y asesino, porque había hecho a D’ Aubuisson. Quería decirle “hoy que te he hecho a ti, ¿qué piensas, qué piensas que soy?” Yo sé que le gustó, porque estaba bien hecho. Era igualito a él, solo que el busto que yo hice quedó más guapo.

Hablando de cosas éticas, ¿qué encargo no aceptaría usted?

Es difícil. Un enemigo mío me preguntó que si haría a Hitler. Sí, lo haría, porque fue parte de la historia. Hitler es un asesino tan grande y todo, pero sí lo haría. No estoy homenajeándolo, sino que mostraría cómo era él. Vaya, al Diablo no lo haría, no, estoy tan cerca de Dios que no podría. A un asesino de esos, sí. Imagínese de Napoleón Bonaparte, ¿cuántas estatuas no hay?

¿A un pandillero, a un narcotraficante le haría un busto?

No, eso sí no, aunque me pagaran miles.

¿Qué piensa de los jóvenes?

Yo los quiero ayudar, pero no se dejan.

¿Cree que la juventud está sobrevalorada?

Estoy de acuerdo. Lo valioso se terminó con el modernismo. Lo que vino después, el posmodernismo, lo arruinó todo. Hemos ido para atrás. En Europa están comenzando a dibujar otra vez. Es que lo abstracto es bien fácil. Yo podía hacer una escultura de ese estilo en una mañana. Pero la figura humana es otra cosa.

¿Alguna vez tuvo un puesto en el Gobierno, le dieron la oportunidad de dirigir algo?

Directamente no, solo he sido director de mis obras. Allí soy rígido. Como dice Roberto Galicia, “se hace como yo digo o no se hace”. Para que voy a darle vuelta. En la iglesia el Rosario, los ingenieros se me fueron. Decían “púchica, ¿qué es esta locura, de concreto, pesado, en el aire?”

Y ya pasó de los 40 años esa iglesia

Cuando la estábamos construyendo, mientras estuvo puesto el andamio, la estructura tenía grietas. Yo les decía “no se preocupen”. Cuando quité el andamio se cerraron, por el peso. Tenía grietas porque el andamio lo estaba halando, pero estaba perfecta.

¿Cuántos trabajadores tuvo en la iglesia?

Hubo un momento en el que habían 200 obreros, como 70 carpinteros. A todos les conocía su nombre, todos sabían qué estaban haciendo. Como yo, sentían que eran parte de algo más grande que ellos mismos. Les agradezco mucho: las grandes obras siempre son colectivas.

¿Hubo alguien que fuera especialmente habilidoso?

Todos. Porque al peón lo hice carpintero y luego jefe de los carpinteros. Albañiles no hacía.

¿Cree que parte de lo prolífico que ha podido ser se lo debe a la fuerza física?

Es la calidad del cuerpo. Que me caiga el agua, que me pase lo que pase. No ve que cuando hice el extremo oriente de la iglesia El Rosario, comencé a las 6 de la mañana de un día y seguíamos a las 6 de la mañana del siguiente, con tres máquinas. Tenía gripe y se vino el agua. Allí todos trabajaban junto a mí. Y el que ya no aguantaba se bajaba de los andamios y le daban café. Cuando estaba bien, subía de nuevo.

¿Y sus trabajadores, se quejaban de ese ritmo?

Todos me seguían, era un líder para ellos. A las 12 venía la carne guisada con tortillas calientes. Ya como a las 5, pupusas. Sabía que eran seres humanos.

¿Y hacía turnos con diferentes grupos de hombres?

No, los mismos.

Fue bastante trabajo físico suyo, no solo intelectual.

Es que yo era una bestia trabajando, rudísimo.

En ese tiempo tenía 37 años.

Es la edad en la que me casé. Una vez estábamos enojados con mi esposa, discutimos y ella se fue. Unos chabacanes de la universidad empezaron a piropearla cuando salió a la calle. Yo vi eso y pegué un salto y los agarré desde atrás, cayeron al suelo y se le rajó el pantalón a uno. Salieron corriendo. Era una bestia.

La iglesia, si bien es admirada, nunca la he visto con una misa repleta de gente.

Sabe qué, los feligreses son de una parroquia, y esa no es parroquia. Mucha gente no llega porque le tienen miedo al centro. Yo les digo que hay un estacionamiento pegado, que no pasa nada. Pero tienen miedo. ¿La feligresía cuál es? La de una comunidad. Allí no hay.

¿Cree que como templo no cumple su función por eso mismo?

La iglesia muy pocas veces se ha llenado. Pero es que, además, es bien grande. Mucho más que la misma Catedral, que costó varios millones. El Rosario se hizo por medio millón de colones.

¿Ese era el presupuesto original?

Es que no había presupuesto, hicimos uno, pero vimos que no se podía cumplir. Entonces cobraba yo el 10 % de todo lo que saliera, casi nada, imagínese, 60,000 colones en 10 años. Mis hijos me dicen que no regale trabajo. Que cobre aunque sea poquito. Hoy me han traído unas esculturas para que las arregle. Les voy a cobrar $35 por cada una. Bueno, por D’Abuisson sí cobré.

Hay una película, “La agonía y el éxtasis”, que cuenta la historia de cómo Miguel Ángel pintó la capilla Sixtina en el siglo XVI. Hay una escena donde el artista, que huye de sus responsabilidades hacia una montaña, vive un momento apoteósico y casi puede ver las futuras pinturas en el cielo. Genuina inspiración ¿Usted tiene momentos así a la hora de trabajar en sus obras?

No tan así. Yo una vez que sé lo que voy a hacer sigo ese camino. Pero nunca me someto a una idea. Una vez en toda mi vida he hecho la idea primero. La idea usted la quiere componer y no se puede. Mi hija me dice “haga dos proyectos, para brindar dos alternativas”. No doy alternativas, porque no quiero que me pidan algo que pienso que no sirve. Doy una sola cosa en la que creo.

¿Cree que su carrera ha sido justa, que tiene el reconocimiento que se merece?

Para nada. Nunca me han reconocido. Hasta que por fuerza los extranjeros lo dijeron. Aquí quieren que yo haga a los panchitos, a los inditos… y cuando yo vengo con una cosa nueva, los curadores no lo aceptan, pues no lo han visto nunca.

Dejando de lado la iglesia El Rosario, ¿qué es lo más atrevido que ha hecho?

Ese Cristo de la Paz, está en el aire. Pesa unas 3,000 libras y está sostenido en un solo punto. El logo que hice para el Banco ProCredit era una cosa de ingeniería muy buena. Era un solo punto de apoyo, si lo pone en otro lado, se revienta. Ahorita lo han quitado porque ha venido otro banco. Querían que les hiciera uno para Alemania.

¿Lo hizo?

No, no, no.

¿Por qué?

Vaya, mira, el Árbol de la Vida que le hice a los judíos, se pusieron locos, vinieron de todas partes a que les hiciera el mismo. No lo hice. Es porque no me repito. Una vez y ya estuvo. Ellos pueden hacer réplicas y venderlas. No copio a nadie. Ni a mí mismo.

¿Qué es lo que más le gusta de su obra?

La iglesia El Rosario, porque allí está plasmada mi idea, está en el aire. La idea que primero se hace tangible por medio del dibujo.

¿Para usted no es algo triste que la obra que más le gusta haya sido una de las primeras que hizo, en su juventud?

No, es que no tuve otra oportunidad. Se burlaban tanto, que yo ya no quise seguir en esto.

¿Se arrepiente de eso?

No, hoy vienen a decirme que yo tenía razón. Mi trabajo lo habían botado. Ahora tienen miedo de encargarme algo porque creen que soy muy caro.

¿Qué es en lo que piensa justo antes de dormir?

Nada, porque si pienso, no duermo. Sufro de insomnio, tomo pastillas para dormir. Pongo la televisión y hago como que estoy dormido, y rezo. Al Divino Niño me encomiendo.

Entonces, en lo que piensa es en el Divino Niño.

Me concentro y le pido por mi esposa, porque, pobrecita, porque lucha conmigo, que soy un inválido. Todo lo que yo hacía lo hace ella. No puede la pobre. Y hay que arreglar la casa, porque quiero hacerla como museo.

¿Piensa en la muerte?

No pienso en eso. En lo único que pienso es en qué va a hacer mi esposa si me muero. No quiero morirme, no quiero dejarla sola. De morirme no tengo miedo. ¿Cuántas veces me han llevado a operarme? Hace poco me operaron en el Seguro. Y cuando terminó, el doctor me agarró del hombro y me dijo “se portó bien, se portó bien”. ¿Qué es portarse bien? Me vino a ver otro doctor, que me lo mandaron las monjitas. Me dijo que no tenía muchas posibilidades, que perdí mucha sangre, pero que era un milagro que yo estuviera bien. Me rajaron desde aquí hasta aquí (dibuja una línea desde la axila izquierda hacia el riñón de ese mismo lado), y con un aparato me abrieron las costillas. Me duele todavía. En ese hoyo, hicieron el corazón para un lado, sacaron el pulmón y le quitaron el cáncer. He estado tan cerca, tan cerca, tan cerca… en la última vez que me operaron, siento que he nacido otra vez. Fue en febrero. Son cinco meses. Y mire, riéndome. Cuando me quitaron el pie, porque me lo quitaron sin decirme…

¿Hace cuánto fue?

En agosto, tengo un año. ¿Qué pasó? A reír me puse. Después de eso me dieron seis reconocimientos. Hasta que me han comprendido. Yo me adelanté mucho. Vienen a reconocerme, fíjese, de Estambul, de India, de Europa, de todas partes. De Estambul, donde está (la catedral de) Santa Sofía. De allí viene un reconocimiento para mí.

¿Ahorita no está yendo a terapia?

No, ahorita no. Otra cosa que tengo mala es que no me puedo quitar el pie, este pie (señala el muñón de la pierna izquierda). Siento que me pegan duro, escapo a llorar. El pie me duele mucho, siento que lo hago así (apuña la mano para ilustrar), dormido. Tenía un uñero que todavía me duele.

¿Siente que todavía tiene el pie?

El cerebro no quiere comprender. Ahorita me está haciendo así, como que palpitara. Pero me tomo una pastilla para apaciguar los nervios. Es un sufrimiento terrible. La columna la tengo dañada.

Cuando sueña, ¿sueña que tiene el pie?

No sueño, muy raras veces sueño. Mire, no vaya a creer que soy un ególatra. Pero no puedo mentir. Además, afuera lo dicen. Mis paisanos no me reconocen, hasta hoy me reconocen. Me dieron una pensión vitalicia, un salario mínimo. ¿Qué voy a hacer con eso? Estoy feliz porque hace poco vendí una escultura, porque con eso compro la prótesis, que son bien caras. La que voy a comprar yo vale $1,700. Cuando venda el caballo voy pagarla, y voy a pagar otras cosas. Porque pagamos cabal los gastos de la casa, con mis ahorros, pero esos poco a poco se van haciendo más pequeños. Al tener el pie tengo que recuperar capital.

¿Es posible que le salga un encargo grande, el que tanto espera?

Creo que sí, porque hoy ya creen en mí. Antes decían que era bueno, pero no me aceptaban. Aunque tarde, mi país ha comenzado a ser justo conmigo.

 


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