La problemática del libro nacional

Cuando se piensa en la poca visibilidad que tienen los libros de autores salvadoreños, ¿dónde radica exactamente el problema? ¿Falta calidad en nuestra narrativa? ¿Se publica poca obra porque no hay suficientes editoriales o porque no hay escritores? ¿El libro nacional recibe el mismo tratamiento que un «best seller» internacional en las librerías locales? ¿Hay suficientes librerías y bibliotecas en el país? ¿Cuánto incide en esto la falta de crítica literaria y revistas culturales enfocadas en literatura salvadoreña?

Son parte de las preguntas que me quedaron zumbando en la cabeza luego de leer los resultados de una encuesta informal, lanzada a finales de febrero pasado por la revista cultural en línea Café irlandés. La revista preguntó a sus lectores sobre los lugares y formas de comprar libros escritos por autores nacionales, los medios informativos a los cuales acuden para informarse de algún título y las editoriales salvadoreñas que conocen.

Con la participación de 980 personas, los resultados de la encuesta, publicados bajo el elocuente título de «Lectores pasivos», ofrece puntos de reflexión sobre diferentes aspectos que conforman la problemática del libro nacional, en particular, el de la narrativa de ficción.

Cuando se habla de editoriales salvadoreñas, por ejemplo, las más conocidas por los participantes son instituciones con muchos años de funcionamiento, que además tienen la ventaja de editar libros que son lectura obligatoria en los programas educativos: la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), Clásicos Roxsil y UCA Editores.

Por desgracia, es mayor el número de lectores que desconocen la labor que se viene haciendo desde hace años por parte de varias editoriales independientes, que trabajan con limitaciones de diversa índole, sobre todo económicas. Esas limitantes hacen que los pocos recursos disponibles sean priorizados en la producción material del libro y se releguen otras actividades como la publicidad o la distribución.

La problemática del libro salvadoreño tiene varios componentes y situaciones que, como lectores comunes, nos es fácil identificar. Los libros de narrativa nacional, para mencionar un detalle específico, no tienen un lugar privilegiado en las librerías nacionales, a menos que estén publicados por grandes editoriales. El asunto se agudiza fuera de las ciudades importantes. ¿Cuántas librerías hay, fuera de los grandes centros urbanos, que ofrezcan a sus lectores obras nacionales que no están incluidas en el pénsum escolar?

Un lector que quiera informarse de las últimas publicaciones salvadoreñas tendrá que visitar varias páginas y redes sociales de carácter cultural para obtener alguna información. Encontrar comentarios críticos o avances de obras es todavía más difícil.

Las editoriales independientes, por la misma limitación de recursos, no se han dedicado a editar libros electrónicos. Hacer ventas directas desde webs propias o plataformas como Amazon, podría servir para establecer un público internacional entre académicos e investigadores de la literatura centroamericana, así como compatriotas que viven en el exterior, que quieren conocer o estar en contacto con manifestaciones de nuestra cultura.

Sin embargo, el lector nacional, según la encuesta de la revista, prefiere los métodos tradicionales de compra y no termina de subirse al carro del comercio electrónico. De la muestra, solo un 28 % dijo comprar libros por internet. Los demás compran los libros en físico, en librerías ubicadas en centros comerciales o universidades. También se compran en ferias del libro y en presentaciones públicas con la presencia del autor.

Conocer mejor estos problemas quizás permitirá, a quienes compran libros, modificar actitudes que son parte del motivo por el cual las librerías limitan la existencia de los textos nacionales entre su oferta. Somos capaces de pagar $20, $30 y hasta más dólares por un libro editado en el extranjero, pero pensamos que un libro salvadoreño que vale más de $10 «es caro». ¿Por qué persiste esa percepción de que lo nacional vale menos, de que si es producción local no sirve o es de menor calidad? ¿Por qué no le damos una oportunidad pareja a nuestra narrativa frente a la narrativa internacional?

La existencia de editoriales independientes que vienen haciendo una labor de hormigas ha venido acompañada del surgimiento de algunas páginas web que, poco a poco, van abriendo un espacio de comentario cultural y literario. Con diversas propuestas, estas revistas culturales conforman una red informativa y alternativa al exceso de polarización política que invade los medios nacionales. Grafomaníacos, La Zebra, Distópica y la misma Café irlandés son las más conocidas.

El entramado cultural nacional, donde es notoria la falta de múltiples mecanismos de apoyo a la literatura, es el que ha producido un lector local que añora las grandes ferias del libro que ve ocurrir en el extranjero, con escritores famosos como invitados y donde pueda comprar las novedades de las editoriales que publican a nuestros autores favoritos. Pero ese mismo lector no ve el libro salvadoreño ofrecido en la librería ni lo ve reflejado en las noticias de los medios, y por lo tanto, no puede desear un libro cuya existencia desconoce o que no sabe dónde obtener.

Solucionar estos problemas serviría, de manera colateral, para estimular a los nuevos escritores que, ante el aparente letargo de las publicaciones nacionales, se cuestionan cómo continuar con el oficio literario, en un medio que ofrece raquíticas oportunidades para dar a conocer una obra.

Una sociedad que no reconoce el valor de su producción literaria y que no compra libros de manera regular es un problema que involucra a varios actores, cada cual con dinámicas específicas que contribuyen a mantener el statu quo.

Al publicar los resultados de la encuesta, Café irlandés planteó la idea de realizar una feria de editoriales independientes salvadoreñas, para enfocar la atención y la visibilidad en nuestros autores y sus publicaciones.

Esta idea sería excelente para poner en el foco de atención no solo a las publicaciones que se realizan en el país, sino también para conocer la problemática que atraviesa ese sector en específico y, ojalá, encontrar soluciones o estrategias a seguir para mejorar el panorama local de las publicaciones literarias.

Muñecas y barbitúricos

Noche del 25 de septiembre de 1972. En el 980 de la calle Montevideo, de Buenos Aires, departamento C del séptimo piso, 50 pastillas de Seconal sódico son ingeridas por una mujer de 36 años que teme a la locura y a la vejez, que está deprimida y también desencantada de la poesía.

Su familia siempre estuvo consciente de que algo pasaba con Buma o Blímele, diminutivo cariñoso en yiddish con el que llamaban a Flora Alejandra Pozharnik, quien a los 19 años se haría llamar Alejandra Pizarnik.

Se consideraba a sí misma fea e inadaptada. Era tartamuda, asmática, muy tímida, tenía acné, era bajita y también un poco gorda. La obsesión con su sobrepeso la hizo consumir anfetaminas, que eran fáciles de conseguir en cualquier farmacia. Las anfetaminas también la acompañarían durante sus años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Intenta estudiar Letras, pero lo abandonará para estudiar pintura. Lee todo lo que cae en sus manos, se fascina por el surrealismo y acude al psicoanálisis para explorar sus obsesiones.

Su primer libro de poemas será financiado por su padre, quien además paga las clases de pintura y el psicoanálisis. Algunos dicen que también pagó por la publicación de sus dos siguientes libros y por el viaje que la llevará a París en 1960. Siempre mantendrá una dependencia económica con su familia, dependencia que odia pero que al mismo tiempo sirve como un refugio de seguridad con el que puede contar.

En los cuatro años que vivió en París, Pizarnik conoció a Julio Cortázar y a Octavio Paz, con quienes mantuvo fructíferas amistades. Sobrevive trabajando como correctora de pruebas y colabora en La Nouvelle Revue Francaise, Les Lettres Nouvelles y Zona Franca de Caracas. También publica en Sur de Argentina. Fue uno de sus periodos más productivos como escritora, pero también uno de pobreza y preocupaciones. Vive en un cuarto minúsculo, apenas le alcanza el dinero. Enviar una carta significa un día sin almorzar. Maldice los trabajos que tiene que hacer para sobrevivir y que le quitan las horas para escribir. El cielo gris de París refleja su estado interior. A pesar de ello, disfruta de la ciudad y de sus amistades parisinas.

A petición de su familia, debe regresar a Argentina en 1964, debido a la mala salud del padre. Este muere en 1967. Alejandra se muda con su madre a un apartamento en Buenos Aires. Publica «Los trabajos y las noches» y «Extracción de la piedra de la locura», ambos escritos en París y que comprueban su madurez como poeta. Gana también premios de poesía y una Beca Guggenheim, que dilapida sin miramientos. Hace dibujos que recuerdan a los de Paul Klee y Federico García Lorca.

Viaja a Nueva York («New York me horrorizó») y luego vuelve a París, pero se decepciona de lo que encuentra. Siente que la ciudad está «desposeída de su antiguo encanto literario». Se reencuentra con Cortázar pero, según le escribe a un amigo, «está sumamente politizado desde hace un tiempo. Por lo tanto, si quieres que te responda, escríbele en términos de rebelde enamorado de Cuba mezclado con algo de Rimbaud y sobre todo de Lautréamont. No me estoy burlando de Cortázar, a quien tanto quiero, pero no creo en sus dotes políticas (ni seguramente él tampoco a pesar de sus esfuerzos por engañarse)».

De regreso a Buenos Aires, evita publicar sus poemas. La depresión la abruma. Pese a ello, logra trabajar en «La bucanera de Pernambuco» o «Hilda la polígrafa». Es 1970, el año en que muere Janis Joplin, de quien Alejandra es devota. Amigos cuentan que solía escuchar su música a todo volumen durante horas enteras. Le escribe un poema, la llama «niña monstruo».

Al año siguiente, el proceso terapéutico que diseña Pichon Rivière mejora el ánimo de Alejandra. O por lo menos eso parece. Ese año publica dos libros, «La condesa sangrienta» y «El infierno musical», donde las alusiones a la muerte y sobre todo al suicidio son evidentes. En el segundo de los libros mencionados, Pizarnik escribe: «El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el suicidio; y que me sobrevuela como una dinastía de soles».

Decae y no se volverá a recuperar. Se mantiene recluida, rechaza la luz, vive de noche, su mundo es de tinieblas. Escribe cartas y poemas incoherentes.

En junio de 1971, Pizarnik toma una sobredosis de barbitúricos, pero es encontrada a tiempo y llevada a un hospital. Un lavado de estómago logra salvarla. Entra y sale de hospitales, de clínicas, de tratamientos. A mediados de 1972 es internada en el Hospital Siquiátrico Pirovano de Buenos Aires. En un permiso que le concedieron para pasar el fin de semana en su casa, aprovecha para tomar el Seconal que la mata.

Después de su muerte, su familia se encargó de mutilar sus diarios personales para evitar que se conocieran su homosexualidad y sus fantasías sádico eróticas. Los diarios ya habían sido editados años antes por la misma Pizarnik, quien borró algunas partes que no quería fueran leídas por nadie.

Sin embargo, hay muchos escritos personales que la sobreviven. Como esta anotación de su diario, escrita un año antes de morir: «Abandono de todo plan literario… Las palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana… sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran».

En aquella habitación de la calle Montevideo, de Buenos Aires, junto al cadáver de Alejandra Pizarnik, se encontraron un sinnúmero de muñecas destartaladas y maquilladas, libros apiñados por doquier, lápices de colores que ella coleccionaba como manía personal, papeles con sus textos. Y, escrito en un pizarrón, lo que quizás fueron sus últimos versos: «No quiero ir nada más que hasta el fondo».

Lenguaje, nostalgia e identidad

Quienes migran a otros países corren con mucho problemas, riesgos y peligros que obligan a adoptar mecanismos de defensa a varios niveles. Uno de esos mecanismos es la modificación del lenguaje.

Si se emigra por tierra hacia el norte, una de las primeras recomendaciones que hacen los coyotes es hablar de “tú” y olvidar el “vos” ya que, dentro de las jerarquías migrantes, los centroamericanos somos despreciados. Tutear puede hacer pasar al centroamericano como mexicano, lo que le permitirá cruzar aquel país sin llamar demasiado la atención y evitar encuentros indeseables con las autoridades. Ya puestos en los Estados Unidos, el tuteo servirá para invisibilizar su pertenencia geográfica, que por desgracia está asociada a pandillas y violencia. Así mismo, esa invisibilización puede servir para facilitar su incorporación al mercado laboral y superar los prejuicios que los mexicanos sienten hacia nosotros.

El voseo y los localismos quedan limitados al entorno familiar o de confianza, pero la fuerza del habla y de la costumbre no evitan que, de vez en cuando, se escape algún localismo que otros hispano hablantes no comprenden y que debe ser explicado. Quienes hemos tenido que vivir fuera del país conocemos este problema muy bien. Estandarizamos el uso del español y procuramos adoptar el idioma o localismos del país anfitrión como una manera de integrarnos al medio, pero también porque resulta agotador explicar cada palabra que otros no entienden. Los localismos son intraducibles y lo mejor que se puede hacer para expresarnos es encontrar un equivalente en el idioma local, algo más fácil cuando el país donde se vive también habla español.

Hace poco más de un mes, se lanzó en Twitter e Instagram una iniciativa llamada “Guanaco To English”, un diccionario ilustrado de nuestros localismos definidos en inglés, para que nuestros compatriotas en el exterior, pero sobre todo en Estados Unidos, puedan explicar su aplicación, incluso con ejemplos. Utualito, anantes, tilinte, chambrear, zamaqueón, achís, son tan solo algunas de las palabras que han sido definidas hasta el momento.

Este proyecto ha sido acogido con entusiasmo por miles de seguidores, que además aportan ejemplos y proponen variantes u otras palabras para ser definidas. Resulta útil para explicar nuestros términos, pero sin duda, este ejercicio también cumple otra función. Para quienes viven fuera, es un elemento cargado de nostalgia que los mantiene vinculados al terruño, según puede deducirse en los comentarios de las entradas. El lenguaje es una parte esencial de nuestra identidad colectiva, como connacionales de un país, pero también de nuestra identidad individual, por ejemplo, con las palabras o expresiones que usamos entre familiares o amigos y que tienen un significado íntimo que nos relacionan con nuestros colectivos particulares.

“Guanaco To English” es también un importante esfuerzo para rescatar del olvido algunos vocablos que se escuchan cada día menos, gracias a la colonización que va sufriendo nuestro idioma frente a la globalización y la imposición cultural que ello supone. Los mismos movimientos migratorios han filtrado palabras a nuestro español, sobre todo del inglés, que han sido adaptadas a nuestro quehacer. El “spanglish” es de uso común entre las comunidades hispanas de Estados Unidos y es la alternativa dinámica de un lenguaje que busca adaptarse al lugar donde se vive pero que también insiste en darse a entender.

En El Salvador, la globalización y la migración han impuesto modificaciones al lenguaje, como la tendencia de nombrar a comercios, servicios, actividades y puestos gerenciales o administrativos con palabras o términos del inglés. Runner, food truck, catering, CEO, copy, fitness, two pack, fake news, son algunos de incontables ejemplos.
Casi cada nuevo negocio, programa o iniciativa que se abre tiene nombre en inglés, quizás por moda, pero también como una forma de infundir algún tipo de “prestigio internacional” a lo nombrado. Se comprende cuando la meta es competir con otros proyectos similares a nivel internacional, por medio de internet. Sin embargo, adoptar nombres y términos para negocios estrictamente locales en un idioma que no es el oficial, lleva implícito un menosprecio a nuestro propio lenguaje y cultura.

La población que habla inglés en El Salvador va en aumento y también tiene incidencia en el español que hablamos. Mucha de esa población que aprende inglés de manera autodidacta, sin jamás viajar a países anglo parlantes o por influencia de los familiares que se encuentran en el exterior, terminan hablando una mezcla de ambos idiomas, muchas veces sin conocer a fondo las sutilezas del uso y significado que una palabra en idioma ajeno puede tener o pronunciando de manera literal lo que se lee.

Esto supone un contraste curioso. Mientras nuestros compatriotas en el exterior tratan de aferrarse a su origen y cuidar su identidad en tierras extrañas a través del lenguaje y del rescate o recuerdo de los localismos, acá en el territorio que nos vio nacer y dentro del cual aprendimos a hablar, contaminamos y aceptamos con toda facilidad los términos no solo en inglés, sino también los localismos de otros países, sobre todo los mexicanos. Esto se debe, en parte, a la influencia cultural de la programación televisiva local, que históricamente nos ha inundado con telenovelas y programas producidos en México. No es extraño escuchar a compatriotas que hablan de rolas chidas, morritas, huey, caguamas, órale y otras.

Tomando en cuenta la extensión de América Latina y la variedad de lenguas indígenas que se hablaron y todavía se hablan, no cabe duda de que el español que nos fue impuesto a sangre y espada ha sido enriquecido y modificado hasta convertirse en una lengua expresiva y con carácter propio, que además varía de musicalidad y tono por la pronunciación particular que adquiere en cada país.

No tenemos conciencia de la riqueza, la belleza y la plasticidad de nuestro idioma hasta que nos toca vivir en un país extraño y aprender uno distinto. Quizás, si la tuviéramos, valoraríamos mejor esas expresiones locales que aprendemos desde que somos chichís y comprenderíamos que, al negar nuestros salvadoreñismos, estamos negando una parte de nuestra propia identidad.

Instapoetas

A finales de enero pasado, el periódico británico The Guardian publicó un artículo llamado «Keats is dead: How young women are changing the rules of poetry» («Keats ha muerto: Cómo jóvenes mujeres están cambiando las reglas de la poesía»). Escrito por Donna Ferguson, el artículo habla sobre diferentes casos de poetas que se han hecho populares a través de Instagram.

La notoriedad que han logrado dichas escritoras ha generado un resurgimiento del interés por la poesía en el Reino Unido. Los medidores de ello no son solo los miles de «likes» y seguidores que algunas autoras acumulan, sino también los llenos totales a eventos en que se presentan a hacer lecturas y las ventas de miles de sus poemarios, algo inaudito para el mundo editorial que siempre tiene reservas para publicar poesía, debido a sus pocas ventas.

Las llamadas «instapoetas» se dieron a conocer a través de sus redes sociales, publicando escritos personales, acompañados o no de imágenes. Los poemas, que abarcan temas tan variados como el amor y las historias cotidianas, pero también el feminismo, la menstruación, el racismo y las migraciones, suelen estar escritos y presentados en un formato sencillo, detalle que parece ser parte de su éxito y que es una característica común de la mayoría.

Una de las más conocidas es Rupi Kaur, una india de origen punjabi cuya familia migró a Canadá cuando era muy pequeña. Kaur tiene 3.4 millones de seguidores y combina sus textos con fotos de sí misma, muy consciente de su belleza física. Comenzó leyendo sus poemas en eventos comunitarios. Subió los textos a Instagram y con ellos publicó después un libro llamado «Milk and Honey» (que se publicó traducido al español con el título de «Otras maneras de usar la boca»).

El escándalo y discusión que generó la publicación en sus redes de varias fotos de ella y de su hermana en ropa interior con manchas de sangre menstrual provocaron el cierre de la cuenta por parte de la red social. En vez de tener un efecto negativo, la situación provocó curiosidad sobre la publicación de sus poemas. Hasta la fecha, el libro ha vendido 3 millones de copias y ha sido traducido a 35 idiomas.

La traducción al español la hizo su amiga Elvira Sastre, también poeta y con popularidad propia en redes sociales. Sastre, con poco más de 279 mil seguidores, utiliza la misma combinación de compartir sus textos y fotos propias en Instagram. Las entradas tienen miles de «likes». Sus libros se venden muy bien, sobre todo en Buenos Aires. Suele hacer lecturas de sus poemas y filmar videos de sí misma leyéndolos. Sus poemas comparten el mismo lenguaje sencillo de muchos de las instapoetas más populares. La idea es que la claridad permite que mayor número de personas comprendan lo que se dice. Hay gente que no gusta de la poesía porque dice no entenderla y esto permite que el género se abra a mayor número de lectores.

Nacida en 1992 en Segovia, España, Sastre se inició publicando sus textos en blogs. Hace una semana, resultó ganadora del Premio Seix Barral de Novela con su primera incursión en la narrativa, «Días sin ti». Los jurados alabaron su trabajo con mucho entusiasmo.

Estos casos llaman la atención por el potencial de usos que tienen las redes sociales para los escritores. Para quienes han crecido con medios digitales a su alcance, subir sus escritos a internet es la manera lógica de darlos a conocer. Si se tiene además la suerte de tocar un filón emotivo que conecta con miles de personas que se identifican con lo escrito o posteado, llamar la atención de una editorial no resulta difícil.

En primera instancia, esto puede verse como algo positivo. Si los libros de Harry Potter convirtieron a miles de niños alrededor del mundo en aficionados a la lectura, cabe suponer que las instapoetas podrían estimular el interés de sus seguidores para aventurarse a leer poetas con estilos diferentes y con una lírica más compleja. No es descabellado pensarlo. El artículo de The Guardian, mencionado al inicio de esta columna, asegura que el aumento en la venta de libros de poesía en el Reino Unido ha sido de un 48 % en los últimos cinco años.

Otro factor que está convirtiendo a la poesía en un género con creciente cantidad de lectores es la facilidad con que un poema puede compartirse y leerse en redes. A diferencia de un cuento o de una novela, un poema supone menos tiempo de lectura.

¿Pero a dónde queda la calidad literaria? El gusto masivo de los lectores por las instapoetas ¿significa que son escritoras de calidad? Quizás no sea esa su prioridad.

Las entrevistadas para el artículo hablan de lo auténtico de su escritura y de cómo refleja sus emociones y su visión de mundo. Eso parece ser suficiente para ellas. Elvira Sastre por su parte ha declarado en alguna ocasión que esta manera de compartir sus versos y además realizar lecturas es volver a sacar la poesía a la plaza y los mercados, como hacían los antiguos juglares y trovadores.

El artículo deja pensando no solo en el futuro de la escritura sino en la sobrevivencia de los libros que hemos considerado como clásicos literarios. ¿Será esta instaescritura la literatura del futuro? ¿Nos olvidaremos de la escritura íntima, reposada, que resuma la evolución de una visión de mundo, la búsqueda de una voz personal, la construcción de un lenguaje propio? ¿Se fusionarán géneros, surgirán nuevos? ¿Llegará algún día un post de Instagram a ser tan o más importante que el contenido de un libro impreso en papel? ¿Será indispensable la multi presencia pública del escritor y miles de «likes» para generar interés en su obra? ¿Qué es al final lo que la editorial vende: un buen libro o la figura mediática de quien lo escribe?

¿Se convertirá la poesía en algo tan común que no seremos capaces de apreciar su belleza?

Salto al vacío

Es curioso como cada campaña electoral que nos toca sufrir a los salvadoreños termina siendo calificada como “la peor, la más sucia, la más baja” de todas. Aunque nos cuesta imaginarlo en el momento, la verdad es que cada una supera a la anterior por la pésima manera en que es manejada por los diferentes partidos políticos, por los eventos que se desarrollan en torno a ella y por el tono de cada uno de los candidatos tanto por lo que dicen como por lo que dejan de decir o hacer.

Durante la presente campaña hemos visto y escuchado de todo. Destapes, acusaciones, golpes, insultos, amenazas, agresividad, populismo, “trolles”, arrogancia, evasivas, ridiculeces, todo ello mientras el panorama nacional sigue desangrándose con la violencia y con la salida del país de cientos de compatriotas que no ven otra escapatoria a la situación que vivimos. También fuimos sometidos a eventos que llamaron “debates” pero que, en la práctica, no resultaron ser más que entrevistas públicas colectivas y no un verdadero cuestionamiento de temas dudosos sobre sus eventuales formas de gobernar.

Quizás lo más indignante es que los diseñadores de las campañas políticas insultan la inteligencia de la ciudadanía pensando que basta enfocarse en el descontento generalizado para vendernos a su correspondiente candidato. Los partidos políticos no asumen como obligación hablar con claridad, pero sobre todo con objetividad sobre sus propuestas.

Hemos escuchado todo tipo de promesas que bien sabemos no van a poder cumplir, aunque tengan la buena intención. Eso si les otorgamos el beneficio de la duda. No sabemos quiénes son los eventuales funcionarios del futuro gobierno ni cómo se financiarán todos los proyectos y obras que dicen van a emprender y realizar, ni el costo ni las consecuencias que todo ello tendrá, de manera práctica, para la sociedad salvadoreña.

¿Son razonables todas esas propuestas? ¿Son realmente soluciones y no placebos o remedios cosméticos y temporales? ¿Son propuestas que se convertirán en elefantes blancos y muertos, como el puerto de La Unión? ¿Esas propuestas atacan y solucionan de raíz los problemas estructurales que venimos viviendo desde hace incontables años o se convertirán en despilfarro del fondo público y más endeudamiento nacional?

Ocupar la presidencia no es un acto de magia, no es un acto de borrón y cuenta nueva, no es una Navidad extendida donde los deseos de toda la ciudadanía se verán realizados de manera favorable para todo el país. En ese sentido, es molesta esa sensación de que se nos ofrece y dice lo que queremos escuchar y necesitamos ver cumplido, pero sin contar con un enfoque realista del país, sus problemas, sus instituciones y sus leyes.

Hay muchos temas urgentes que se tocan con paños tibios y otros que se evaden como si no existieran, porque pronunciarse con claridad sobre ellos podría costarles la simpatía de un país que vota desde sus creencias religiosas y su hígado, pero no desde la objetividad y el sentido común ni pensando en el bien general (por ejemplo, el reconocimiento del desplazamiento interno como consecuencia de los territorios controlados por las pandillas o las numerosas demandas de los grupos de mujeres y de quienes luchan por los derechos de la población LGBTQ, entre tantos otros).

Ni decir de los temas que son igualmente importantes, pero que en este país son subestimados porque la coyuntura cotidiana de violencia y debilidad económica se impone siempre como urgente sobre todo lo demás (por ejemplo, los asuntos ambientales o culturales, de los que ya hablé en una columna publicada el mes pasado, titulada “Vacíos de campaña”).

El acumulado de tanta promesa incumplida, del destape de la corrupción gubernamental, de los negocios y deudas políticas que se pagan cuando los funcionarios entran a sus cargos, ha cobrado un precio altísimo en la ciudadanía. El desencanto y la apatía son generalizados. Una porción significativa de votantes continúa sin decidir su voto porque todas las opciones (menos una) entran a la contienda electoral arrastrando el peso muerto de sus correspondientes partidos políticos, cuyo funcionamiento o personajes ya conocemos.

Aunque los candidatos se han empeñado en que los veamos desligados de dichos partidos y casi que nos han rogado para que pensemos en ellos como individuos, lo cierto es que nadie gobierna solo y que, de ganar las elecciones, el partido que los llevó a la presidencia tomará su lugar en los puestos de poder y de toma de decisiones, le guste o no al futuro presidente.

Otros votantes, quizás la mayoría, materializarán su profunda inconformidad con un voto desesperado, visceral, impulsivo, no razonado ni pensado a futuro. Este tipo de voto es preocupante porque votar no es solamente la acción de un día. Es un acto cuyos efectos tendremos que afrontar durante los próximos cinco años. Necesitamos comprender que las consecuencias de un voto de castigo no se limitan a los políticos y sus partidos, sino que impactan a todo el país, por lo que debemos estar claros de las reglas del juego que asumimos al encumbrar en el poder a alguien.

Es urgente que este país permita una mayor participación política y que la institucionalidad y los aliados del statu quo no sigan poniendo trabas y zancadillas para la formación de nuevos partidos políticos o para la participación de candidaturas independientes (como ocurrió en las elecciones legislativas pasadas). Lo es porque las opciones actuales redundan y se revuelven alrededor de los mismos actores que ya conocemos y cuya función, métodos y trabajo político no queremos repetir.

Las deficiencias de la campaña electoral obligan a la ciudadanía a informarse con profundidad y a meditar sobre las consecuencias de su voto, aunque con las opciones que tenemos, no hay demasiado que hacer. Para muchos será inevitable la sensación de que la próxima semana daremos un salto al vacío, sin saber si caeremos parados o si nos fracturaremos no solo todos los huesos, sino también las pocas esperanzas que todavía le quedan a alguno.
No me incluyo, porque las mías murieron hace años.

Memorial del olfato

El olor a libros cuando abro la puerta de mi casa. El olor a libros cuando abro la puerta de mi estudio.

Olor de libro viejo. Olor de libro nuevo. Olor a tinta recién impresa.

El olor a comida en el vecindario. Olor a plátanos fritos, a carne asada, a sopa de res, a cebolla frita. Olor a frijoles que se queman en la olla. A pan quemado. A familias sonrientes sentadas ante una mesa pródiga en alimentos. Gente feliz comiendo comida feliz en ese mundo al que los tristes no podremos entrar jamás.

El olor del humo de la carretera Panamericana. El olor café y gris del esmog. El olor de los autobuses que viajan a occidente. El olor del interior de esos autobuses.

El olor a moho, a humedad. El olor a pino y cipreses de la casa de mi infancia en Los Planes de Renderos. El olor de los mangos podridos entre la hojarasca del parque Balboa. El olor de la hojarasca del bambú. El olor de las hormigas negras que caminaban en línea recta, siempre, sobre el filo de una pared de la casa. El olor de los príncipes negros en el rosal de mi padre. El olor del azahar en los naranjos del terreno. El olor amargo de sus hojas.

El olor del jugo de naranja recién exprimido, cada mañana. El olor del after-shave Old Spice que usaba mi padre. El olor a café con leche que se me quedaba estampado en la mejilla después que me daba el beso de despedida, cuando se iba al trabajo.

El olor del jabón Salvavidas que mi padre usaba para bañar a los perros de la casa. El olor de las gallinas. El olor de mis gatos. El olor a canela cuando el veterinario abrió el pecho de una gata muerta para hacerle una autopsia.

El olor de la mata de guineo cuando es cortada. La leche de sus entrañas manando pegajosa, la sangre blanca de la mata, el tronco llorando savia. Morir para que otros vivan. Nacer para que otros mueran.

El olor revuelto de pinos y mar al bajarme del carro al llegar a Isla Negra, en Chile. El golpe del olor del mar cuando el carro enfilaba en el cruce hacia San Diego, en los domingos familiares. Aspirar fuerte, acechar el olor, añorarlo, extrañarlo, desear sentirlo de nuevo. El verde aroma de los mares.

El olor dulzón de los ríos. El olor del lodo que se pudre en el fondo de los ríos. El olor a lluvia que viene contenido en una ráfaga de viento. El olor del aire cuando se acerca una tormenta, corriente abajo. Olor a agua. El agua que viene rodando con su cuerpo de nubes, elefantes de agua que se deshacen sobre el mundo. El olor de la tierra mojada. El olor de los verdes y las flores y los frutos. El olor de la vegetación que brota. El recuerdo del trópico húmedo, cuando era mujer de río.

El olor del polvo. El olor de lo reseco. El olor de la carretera a Panchimalco, cuando era un camino de tierra. El olor del incienso en la misa de peregrinos al terminar el Camino de Santiago, en la Catedral de Compostela. El olor a copal y estoraque en una ceremonia al Maximón, en Atitlán.

El olor de la cabina de un avión. El olor a motor, a combustible, el olor a grasa y metales voladores de los aeropuertos.

El olor de las funerarias. El olor a flores y perfumes revueltos que pesan en el pecho, que resultan nauseabundos. El olor de los hospitales. El olor de un asilo de ancianos. Olor a medicamentos y desinfectantes, a excrementos y tumores.

Funerarias, hospitales, aeropuertos comparten un olor común: el olor de las despedidas, el olor de la tristeza, el olor del llanto, el olor del final, el olor del adiós. El olor del dolor. Aunque hay excepciones. A veces nace un niño, retorna un ser amado, una vida se salva, una familia se reúne. Entonces son olores confundidos: besos, labiales, perfumes, lágrimas, saliva, un mínimo aliento alcohólico debido al trago que se bebió para tomar valor de decir una verdad importante, el pelo, el cuello, el ácido de un sudor. El olor de dichas circunstancias es el resultado de la mezcla a dosis iguales de alegría, alivio, miedo, ansiedad, nerviosismo. El amor va en dosis doble. Siempre.

El olor a pan tostado por las mañanas. Olor a café recién molido, a café recién hecho. El olor del pan recién horneado en las panaderías del centro de San Salvador. El olor a humo de madera cuando se encendía el fogón de la cocina en la finca de enfrente. El olor de la ceniza.

El olor del cigarro que alguien fuma en la calle. Nostalgia de mis días de fumadora, de fumar tabaco de hebra y enrollar mis propios cigarrillos.

El olor a sangre en un matadero, recién realizado un destace. El olor de la fritura de los primeros chicharrones. El olor de la pimienta que casi siempre me hace estornudar. El olor del chile jalapeño que me hace salivar. El olor de la cebolla que me hace llorar.
El olor de la pólvora quemada después del frenesí de las medias noches de fin de año. El olor de la esperanza. El olor de la pólvora de un disparo.

El olor de una casa nueva. De una casa recién pintada. El olor de las cosas nuevas, del plástico que las envuelve.

El olor de una Pilsner Urquell cuando te acercás el vaso a la boca para tomar el primer trago. El olor de los barcos que entraban a las esclusas de Saint-Nazaire. El olor de comida turca y salchichas en las calles de Berlín. El olor de un árbol de ylang-ylang en Tortuguero.

El olor de jazmines en una calle de Coatepeque.

El olor como una forma de recuerdo.

El diablo violador de derechos humanos

El 3 de mayo de 1972, un grupo de personas encabezado por la folclorista María de Baratta; el párroco de Los Planes de Renderos, Bonicio Morín; y el alcalde de Panchimalco, Nolberto Benítez, ejecutaron una ceremonia para renombrar el lugar que conocemos como la Puerta del Diablo. El párroco Morín colocó allí una cruz de madera, la roció con agua bendita y ordenó al diablo a abandonar el lugar, que fue bautizado como “la Puerta de los Ángeles”.
La ceremonia se realizó luego de que Morena Celarié, reconocida bailarina folclórica, apareció muerta en el lugar. Aunque siempre se habló de un suicidio provocado por sus intensas depresiones, la familia se negó a aceptarlo; pero ninguna de las otras versiones sobre su muerte pudo ser confirmada.

La señora de Baratta, consternada por la muerte de su amiga Celarié, pensó que un cambio de nombre evitaría que hubiera más muertes en el lugar. Los vecinos de Los Planes de Renderos se opusieron a ello y tildaron de loca a doña María. Los diputados de la Asamblea Legislativa también se opusieron porque el cambio no tenía fundamentos legales. De hecho, los diputados del entonces gobernante Partido de Conciliación Nacional (PCN) aducían que el nombre debía mantenerse. El Gobierno impulsaba por entonces una fuerte campaña para aumentar el turismo en el país y el cambio de nombre haría evidente el incremento de la violencia, algo que podría espantar a los potenciales turistas.

El año pasado surgió el Movimiento Cambio de Nombre que intenta, de nuevo, hacer lo mismo. Dicho movimiento está conformado por miembros de varias denominaciones religiosas. Según sus responsables, el lugar es “un altar de adoración a Satanás” y cambiar la palabra “diablo” por “Jesús” serviría para frenar la violencia del país.

De esto nos enteramos los ciudadanos cuando hace pocas semanas, los miembros del mencionado movimiento acudieron a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) a solicitar su intervención en el asunto. La sorpresiva respuesta de la PDDH fue que la petición sería analizada por su Consejo Consultivo de Pastores. La noticia provocó interminable cantidad de críticas y preguntas, al punto que la PDDH borró de sus redes sociales la nota en que hizo pública dicha reunión.

Para comenzar, el nombre histórico de una formación natural no constituye una violación ni amenaza a los derechos humanos de los salvadoreños. Por lo tanto, esto no es tarea que incumbe a la PDDH. Por otro lado, ¿por qué una institución que se supone autónoma e independiente tanto de partidos políticos como de instituciones religiosas, tiene un Consejo Consultivo de Pastores?

Cambiar el nombre de la Puerta del Diablo implica descartar e ignorar las leyendas relacionadas con el origen de la formación pétrea, leyendas que forman parte de nuestro acervo cultural. Como planeña que se crió y vivió en Los Planes durante casi 25 años, conozco cuatro variantes de esas leyendas que se transmitían por vía oral entre los que habitamos aquel cantón.

Fue el historiador Jorge Lardé y Larín quien documentó una copiosa tormenta registrada en octubre de 1762, cuyos caudales portentosos socavaron la base del cerro, causando un derrumbe de magnitudes descomunales. Las leyendas surgieron a partir del estruendo y los retumbos de aquel derrumbe pétreo. Esto detonó las especulaciones de los lugareños.
Cuando el poeta Raúl Contreras comenzó a llamarlo “la Puerta del Diablo”, lo que hizo fue expresar en voz alta el nombre que ya los habitantes de los alrededores habían asumido como propio y que desplazó su nombre original, cerro El Chulo, que según su toponimia significa “el lugar del desertor” o “el lugar del fugitivo”. Lo de desertor o fugitivo terminó incorporado en esas leyendas, que en todas sus versiones culminan con alguien, incluso el diablo, huyendo hacia el cerro, donde la gente desaparece o muere.

Todos quisiéramos poder encontrar una solución a las múltiples manifestaciones de violencia que nos agobian. Pero es ingenuo pensar que el cambio de nombre de un lugar lo logrará. La supuesta expulsión del diablo realizada en 1972 no impidió que la gente siguiera suicidándose allí, que las fuerzas de seguridad lo ocuparan como botadero de cadáveres de los enemigos políticos del Gobierno y que se desatara la guerra de los ochenta, con las consecuencias que ya todos conocemos.

El diablo anda suelto, es cierto, pero habita en los corazones de todos esos padres, tíos, hermanos, amigos, vecinos y maestros que atormentan a nuestras niñas, violándolas y obligándolas a parir cuando ni sus cuerpos ni sus mentes están preparados para la inmensa responsabilidad que implica la maternidad. El demonio también habita en esos sacerdotes y párrocos pedófilos que, abusando de su posición de autoridad, violan a niños, fenómeno del cual se habla aún menos, porque el machismo imperante nos impide hablar en voz alta de la violación a los varones, ejecutada también por otros miembros masculinos y hasta femeninos dentro de las familias salvadoreñas.

Nadie ni siquiera menciona la afectación a la salud mental, no solo de nuestra infancia violada, sino también de los bebés resultados de la violación, que la mayoría de las veces crecen en condiciones atroces de rechazo, agresión y pobreza, sin derecho humano alguno que les sea respetado. Después nos extraña que nuestra sociedad esté tan enferma y de que existan grupos e individuos que manifiestan su rabia y dolor ante la sociedad mediante el asesinato, el descuartizamiento, la violación y la implantación del miedo para todos.
Cambiar los nombres profanos por sacros no es la solución a la violencia imperante. Si fuera así de sencillo, el país viviría feliz desde 1972. Bajo esa lógica, al país tampoco le ha servido de mucho llevar el nombre del Divino Salvador del Mundo.

El verdadero cambio que necesitamos comienza por dejarnos de mojigaterías, hipocresía social e intereses mezquinos para emprender acciones concretas de cambio en la ciudadanía y las estructuras sociales. No en hacer cambios cosméticos a leyes e instituciones y mucho menos en cambiar el nombre de un cerro.

No se vive de aplausos

El bien más importante para un artista o escritor es el tiempo. Tiempo para poder dedicarse a trabajar en su obra. Pero las reglas de la sociedad obligan a todo ser humano a buscar formas de sustento económico. Alimentación, vivienda, vestido, medicamentos, pensión de retiro laboral, acceso a la electricidad y al agua potable son necesidades básicas comunes a todos, artistas y escritores incluidos.

Se dice que “trabajar dignifica al ser humano”. No trabajar, no realizar una tarea considerada como útil o productiva en términos estrictamente económicos es visto como algo negativo. Dentro de esa distorsión, se cree que los oficios artísticos o creativos son inútiles, porque su labor no pasa por los parámetros convencionales de medición económica, como sí lo hacen otros oficios y profesiones.

Usted ve una película, mira un cuadro en un museo o galería, lee un libro y pocas, muy pocas personas, logran tener conciencia de la dificultad y el trabajo que implica la producción de una obra artística. Escribir una novela, por ejemplo, requiere por lo menos de un par de años de escritura cotidiana, aunque existen excepciones como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, que fue escrita en apenas seis días. Obras monumentales de la literatura han tardado mucho tiempo más en ser escritas, como El guardián en el centeno de J. D. Salinger, que tardó diez años en escribirse, y El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien, que tardó 16.

Hay auténtico desconocimiento sobre lo que implica el trabajo creativo. Muy pocos lo consideran un trabajo en sí porque el arte y la literatura son vistos, consumidos y considerados como una actividad de ocio y entretenimiento. Pero para quienes realizamos este tipo de actividades se trata de nuestra habilidad o talento, de nuestro llamado vocacional, de un tipo específico de estructura mental que permea nuestra acción y pensamiento. Una cosa es un hobby de fin de semana u horas libres pero otra muy diferente es la vocación de vida. Para artistas y escritores, esto es nuestro trabajo, la dotación intelectual desde el cual construimos nuestra relación con la realidad. Contradecir ese llamado es mutilarnos, negar nuestra naturaleza, anularnos a nosotros mismos.

Parte del prejuicio hacia las disciplinas creativas es no reconocerlo como un trabajo que involucra una inversión de tiempo, estudio, experiencia y habilidades múltiples. El registro subjetivo del ser humano y la sociedad (que se encuentra en el arte, la literatura y la cultura en general), corre paralelo al llamado mundo profesional, donde el valor económico es considerado como prioritario y donde se nos fuerza a reprimir y subestimar nuestra esencia subjetiva y humana, esa esencia que constituye la materia prima del arte.

Conozco a varias personas talentosas, que empezaron con ímpetu una carrera artística promisoria pero que se quedaron en el camino, abrumados en parte por el conflicto entre lo económico y lo creativo. Por lo general un artista, para sobrevivir, debe dedicarse a trabajos que muchas veces están alejados de su talento creativo. Cuando además se tienen responsabilidades familiares, aportar ingresos se convierte en algo imprescindible. El tiempo para invertir en la obra propia se mira disminuido, tanto en cantidad como calidad. Si de remate se vive en un país cuyas instituciones públicas y privadas no ofrecen ningún tipo de estipendios, becas, premios o recursos para la creación artística, el panorama resulta desalentador.

“El artista vive del aplauso”, suele decirse, pero no es cierto. Quizás lo es para algunos oportunistas y bufones mediáticos que se auto denominan artistas y que se sienten satisfechos y halagados en su vanidad con solo lograr exposición y aplauso. Viven justamente para el ruido público. Al examinar su obra, nos damos cuenta que está lejos de tener mérito artístico. La verdad es que con aplausos no se paga el alquiler ni se compra comida.

Otro prejuicio absurdo sobre los artistas es que no deben cobrar o ser remunerados por su trabajo y que cuando lo hacen cometen una osadía repudiable que traiciona al arte mismo. Se cree que el artista debe regalar su obra o cobrar únicamente cifras simbólicas pero esto no compensa de manera realista el tiempo y los materiales invertidos en la creación, además que devalúa su oficio, su experiencia y su talento.

Hay un romanticismo distorsionado que exalta lo consecuente del artista sufrido, muerto de hambre y en permanente penuria, que no acepta un centavo por su obra porque eso significaría “venderse”. Se cree que eso le otorga dignidad a su arte. No sé qué tiene de digno que un artista viva con sobresaltos económicos y que muera en la pobreza, para que después de muerto, su trabajo sea vendido en millonadas por mercaderes oportunistas. O peor aún, que su obra sea olvidada por completo porque nunca fue reconocida durante la vida de su autor.

La revolución tecnológica está planteando espacios y opciones que apuntan no sólo hacia una discusión más objetiva sobre el reconocimiento del trabajo creativo y su apropiada remuneración, sino que también acentúa la necesidad de un cambio en el modelo de pago para los creadores. El crowdfunding, los micromecenazgos y la suscripción a contenidos web son parte de las nuevas alternativas que pueden permitir a los creadores invertir el tiempo necesario al desarrollo de un proyecto. Con ello también se puede reducir e incluso eliminar la engorrosa cadena de intermediarios que hay entre usted y una obra artística, intermediarios que van sacando su propia tajada económica y que reducen hasta el absurdo los honorarios que el creador termina recibiendo. Eso cuando los recibe.

Es hora de superar los prejuicios mencionados y de repensar el modelo de negocios de las diferentes disciplinas creativas. Porque ser artista no significa asumir un apostolado con votos de pobreza, donde hablar de arte y dinero en la misma oración es considerado pecaminoso o insultante. Es cuestión de valorar la obra y de ser justos con el artista, para alcanzar la dignidad y el respeto que su oficio bien merece.

Un pájaro sin plan de vuelo

Una mujer está sentada en el interior de una carpa ubicada en la calle La Cañada 7200 del barrio La Reina, en las afueras de Santiago de Chile. En la mano tiene un revólver.

Ella misma montó aquella carpa. Ella misma construyó el escenario con piedras y cemento. Aquella mujer, Violeta del Carmen Parra Sandoval, había regresado un par de años antes a su país. Había pasado una estadía en varias ciudades europeas donde dio recitales, grabó discos, actuó en presentaciones de radio y televisión, bordó arpilleras, hizo estatuas de alambre, pintó cuadros, escribió poemas. Hizo una exposición individual de sus tapices en el Museo del Louvre en París. Fue la primera latinoamericana en hacerlo.

También conoció y estableció una relación afectiva con el antropólogo y musicólogo suizo Gilbert Favre, 20 años menor que ella. Se dice que eran felices. Se dice que Favre fue el gran amor de su vida. Pero Violeta Parra extrañaba su país. Cuando volvió a Chile en junio de 1965, él la siguió.

A su regreso, Parra intentó hacer realidad un sueño anhelado desde hacía años: montar una universidad nacional de folclor. En los años cincuenta, había recorrido el país para rescatar canciones típicas chilenas que se cantaban desde el siglo XIX y de las cuales no existían grabaciones. Los músicos tradicionales tuvieron resquemor en compartir sus conocimientos, pero la determinación de aquella mujer brava, mal hablada y que reventaba guitarras en la cabeza de los hombres que se propasaban con ella, los hicieron cambiar de opinión.

Parra soñaba no solo con dejar un registro de todas aquellas tradiciones y canciones que había aprendido. También quería enseñarlas y compartirlas. Tocó puertas en todas partes, pero ni el Estado ni las instituciones privadas quisieron ayudar. Por fin, el alcalde de la recién formada municipalidad de La Reina, Fernando Castillo Velasco, le cedió un terreno en forma de pago por la deuda de varios eventos en los que Parra había cantado sin recibir compensación económica.

Levantó allí una carpa y la convirtió en su morada. Todo era austero y sin comodidades, pero por fin tenía un lugar propio en el cual desarrollar su proyecto. Al comienzo, todo iba bien. Durante el día se daban clases de folclor. Artistas y profesores de cerámica, escultura, pintura y otras disciplinas formaban a los futuros artistas. Se investigaba, se estudiaba, se ensayaba. En las noches se realizaban peñas musicales. Se cantaba y se bailaba.
Pero la carpa de La Reina, como llegó a ser conocida, era de difícil acceso. Solo se podía llegar en automóvil. En verano no era tan complicado, pero en invierno el lugar se convirtió en un lodazal. Los talleres comenzaron a fracasar por falta de asistentes. Hacía mucho frío. La lluvia y el viento azotaban y despedazaban la carpa. Violeta le hacía remiendos. Instaló un fogón en el centro de esta. Nada sirvió.

Cada vez llegaban menos personas. Parra dependía de aquellas actividades para su subsistencia económica. A pesar de que era reconocida a escala nacional e internacional, los aplausos y la fama no servían para comprar comida ni pagar deudas. Para colmo, Favre se fue a Bolivia y cuando Violeta fue a buscarlo un tiempo después, lo encontró casado con una boliviana. Parra regresó a Chile deprimida.

En noviembre de 1966, tres meses antes de su muerte, lanzó un disco titulado “Las últimas composiciones”. El disco incluyó una canción sobre Favre, “Run run se fue pa’l norte”. También incluyó la ahora emblemática “Gracias a la vida” que opacó otra canción, contenida en el mismo disco, “Maldigo del alto cielo”. Solo un oyente avispado podría haber deducido que, lejos de un disco de agradecimiento y de exaltación al optimismo, aquellas composiciones eran la despedida de una mujer que se sentía frustrada, solitaria y defraudada.

Su biógrafa, Mónica Echeverría, la visitó en la carpa de La Reina 15 días antes del suicidio. “Había muy poca gente”, cuenta Echeverría en una entrevista. “Hace rato que no estaba entrando nadie por la lejanía del lugar. Nos convidó a tomarnos el último trago, como decía ella. Estaba metida en la cama con zapatos y tapada con esas colchas lindas que hacía ella. Estaba triste, pero la hicimos reír. Pero ella aparentaba, cantaba, hasta bailó una cueca. Se forzaba, pero la cosa estaba demasiado mal para ella. Lamentablemente, nadie captó eso y terminó matándose”.

No se sabe el momento preciso en que escribió su carta de suicidio. Jamás ha sido publicada. Nicanor Parra, su hermano mayor, la guarda con celo. A pocos les ha permitido leerla. Quienes lo han hecho aseguran que el papel tiene pringas de sangre y que su contenido es duro, lleno de reclamos y amargura hacia todos, incluso su familia.
El terreno de La Reina pasó abandonado durante algún tiempo. Después, la dictadura militar urbanizó aquella zona. Hoy en día, en el lugar donde estaba la carpa existe un centro comercial. De la actividad de Parra en la comunidad apenas hay registro, a excepción de una estatua conmemorativa que se alza desde 2012 en la plazoleta de la esquina de Mateo de Toro y Zambrano con la Cañada.

En una entrevista publicada en el periódico El Siglo, uno de sus alumnos de música, Arturo San Martín, comentaba lo dura que era como maestra. No perdonaba errores: “Violeta nos hacía repetir hasta 30 veces una estrofa; nos llegaban a sangrar las manos”. Cuando terminaba aquella etapa “de aprendizaje espartano”, como la calificó San Martín, ella cambiaba de manera radical.

“Ahora tienen que volar solitos”, decía a sus alumnos. “Usen los ritmos como les salgan, prueben instrumentos diversos, siéntense en el piano, destruyan la métrica, libérense. La canción es un pájaro sin plan de vuelo, que odia las matemáticas y ama los remolinos”.
A las 5:50 de la tarde del domingo 5 de febrero de 1967, en la carpa de La Reina, Violeta del Carmen Parra Sandoval, de 49 años, se pegó un tiro en la cabeza.

Tsundoku

Hace poco descubrí una caricatura del ilustrador estadounidense Grant Snider llamada “Las etapas del lector” (“Stages of the reader”, en su idioma original). Snider define dichas etapas como 1) descubrir libros; 2) enamorarse de los libros; 3) los libros como una identidad; 4) los libros como una manera de evitar interactuar con humanos; 5) los libros como una frustración insoportable (“debo escribir un libro”); 6) no tener libros; 7) redescubriendo libros; 8) acumular libros; y 9) pasar libros a la siguiente generación.
Las etapas están ilustradas como gradas que suben hasta el número cinco. Pero la número seis es un corte en toda la composición, donde se mira a un hombrecito echado en el fondo del corte (es decir, en un hoyo) viendo televisión y comiendo comida chatarra.

Stages of the Reader por Grant Snider. Tomado de Incidental Comics.

Cuando compartí dicha imagen en Twitter, varias personas me comentaron la etapa en la que sentían estar o no habían estado jamás. Lo curioso fue que todos coincidieron en jamás haber estado en la número seis. Eso me dejó pensando en mi propia vida como lectora. La verdad es que no recuerdo ningún momento en que no haya tenido libros conmigo. En mi casa siempre los hubo, desde antes que yo naciera. Esos objetos siempre me fueron familiares. Eran la visión prometedora de horas que podían pasarse a solas de manera agradable.

Me gustaron los libros desde antes de aprender a leer. Me pasaba mucho tiempo hojeando los que había en la casa, buscando los que tuvieran dibujitos o fotos. Por eso quizá llegaron hasta la cabecera de mi cama varios ejemplares de Reader’s Digest, de la cual mi padre era fiel lector. Alguna foto o dibujo me habrán llamado la atención.

Un libro con el que me entretenía bastante era un manual de enfermedades infantiles, en alemán y de tapas duras. Cada vez que me daba algo, mi madre corría a consultarlo. Nunca pude entenderlo, ni cuando aprendí a leer (porque aprendí alemán años después), pero las fotos en blanco y negro eran atemorizantes, por decirlo de alguna manera. Todas eran fotos con niños mostrando todo tipo de erupciones, inflamaciones, decoloraciones, llagas, heridas, purulencias y malformaciones. También había niños con padecimientos mentales. Para mi madre era un manual médico, pero para mí era una especie de enciclopedia del miedo. Rogaba porque jamás me diera ninguna de aquellas enfermedades representadas en las fotos.

A pesar de que la vida me ha llevado a vivir en varios países, siempre termino con cajas de libros que llevo y traigo a todas partes. Salgo con unos pocos y cuando llego a otro país y me quedo un tiempo, comienzo a comprar dizque con cuidado, para no acumular demasiados, para no dificultar una próxima mudanza. ¿Pero cómo rechazar un buen libro que esté en oferta? ¿Cómo dejar en la librería un título que has buscado durante años y que por fin se encuentra a un precio accesible? ¿Cómo desprenderse de los libros favoritos, que nunca son uno ni dos, sino docenas? ¿Cómo sobreponerse a esa fuerza interior que te hace sentir que ese libro es una auténtica necesidad personal y que, por lo tanto, hay que comprarlo y tenerlo en casa, siempre, a toda hora, porque solo su adquisición calmará esa necesidad?

El amor por los libros sufre su más seria prueba cuando toca una mudanza, sobre todo si es de país a país. Porque si hay algo difícil de mover son los libros. Ocupan mucho espacio, pueden llenar varias cajas y pesan más que un mal matrimonio. Aunque en la acumulación de libros siempre se cuelan algunos que son malos (porque no siempre se acierta con la selección de alguno que, al leerlo, no resultó ser tan bueno como esperábamos o creíamos o nos habían dicho), el número de los buenos libros siempre resulta mayor. El costo de trasladarlos es impagable, lo cual obliga a desprenderse de ellos.

Así nos vamos despegando de libros, dejándolos en el camino de la vida, como un rastro de migajas literarias que, si alguien pudiera seguirlo, nos encontraría en la fase ocho de la caricatura descrita al inicio, la de la acumulación de libros.

Durante años he tratado de disciplinarme en el sentido de no comprar un libro más hasta no terminar de leer los que ya tengo en casa. Confieso públicamente que he fracasado de manera estrepitosa cada vez que tomo dicha resolución. Lo que sí he logrado hacer es comprar de manera más reflexiva. Soy más selectiva y no compro uno porque sea una novedad o el libro de moda en boca de todos. Compro lo que me interesa de manera auténtica y cuya sola posesión me alegra. Pero tampoco la pienso tanto. Porque si hay algo frustrante es haber visto un libro, no tener el dinero para comprarlo en el momento, regresar a la librería con el dinero y la decisión de comprarlo, y que el libro ya se lo hayan llevado.

La única manera en que he logrado no comprar libros es cuando mi situación económica ha sido paupérrima. Aunque también confieso que más de una vez, ante la decisión de comprar comida o un libro, opté por el libro. En los tiempos de vacas flacas, siempre me alegra haber cedido a esta compulsión. Eso me ha permitido construir una buena biblioteca (léase: tengo una abundante reserva de libros sin leer). La mía, además, me sirve para enseñar escritura creativa a otros, por lo cual considero que incluso he llegado a la etapa nueve de la caricatura, porque puedo recomendar algún título a futuros escritores.
En japonés existe un sustantivo para esto de lo que vengo hablando, tsundoku. La palabra significa “apilar sin leer”, es decir, comprar libros con la intención de leerlos, pero no hacerlo, y que estos terminen apilados junto a otros libros no leídos.

Si en otro idioma existe una palabra para describir este “mal”, significa que somos muchos los que lo sufrimos. Un mal que supongo no tiene remedio, pero del cual ninguno de nosotros se queja.