Opinión desde acá

por Mariana Belloso, De cuentos y cuentas

 

Mariana Belloso
Periodista

Sin odios ni rencores

¿Realmente vale la pena perder amistades, enemistarse con un familiar, o poner en riesgo otro tipo de relaciones por defender al político de mi preferencia? Yo le diría que no, no lo vale.

Dos políticos de partidos distintos comparten mesa en un hotel capitalino. Ríen, bromean, brindan. Otro grupo está reunido en la casa de algún aliado/patrocinador, y el escenario es parecido: una plática amena y fluida. Muchos se conocen desde hace años. Otros son nuevos en el medio, y se dedican a observar y aprender.

Mientras estas escenas se repiten con muchísima frecuencia. Es parte del arte de la política. Los grandes acuerdos rara vez se gestan en las mesas montadas para el diálogo, o en las comisiones de la Asamblea Legislativa. Las decisiones clave se toman en estos espacios, a puerta cerrada, lejos de las cámaras y los micrófonos.

Para el público se monta otro tipo de espectáculo. Los políticos suelen asumir el papel de rivales y espetar discursos confrontativos en los que suelen atacar las posiciones de sus contrarios y ensalzar el trabajo de los de su mismo color. Frente a los espectadores, nosotros, sus votantes, ellos se intercambian señalamientos y culpas y defienden sus acciones bajo las banderas siempre efectivas de sus líneas ideológicas.

El ciudadano desprevenido puede caer fácilmente en la dinámica de este circo y emular, desde su propio ámbito, esta batalla contra el rival político, contra el simpatizante del otro partido. Aunque es algo que no es nuevo, es recién ahora que los espacios virtuales, las redes sociales y el acceso a la tecnología permiten que esta lucha se haga más visible.

Los muros de Facebook y las cronologías de Twitter se convierten en verdaderos campos de guerra en los que amigos y familiares se enfrentan. Si bien es cierto que el ambiente se exacerba por la influencia de cuentas falsas, troles e información manipulada o tendenciosa, la gente real, esa de carne y hueso con un trabajo y una familia, también suele caer en esta ola de pasionismo electoral.

¿Realmente vale la pena perder amistades, enemistarse con un familiar, o poner en riesgo otro tipo de relaciones por defender al político de mi preferencia? Yo le diría que no, no lo vale. La maquinaria electorera, esa que busca a toda costa la cosecha de votos que manda en este juego de sillas de la alternancia en los gobiernos, se nutre de odios y rencores. Nuestra clase política sabe que es muy poco lo que logra apelando a nuestro intelecto, entonces hace de la seducción a sus simpatizantes algo emocional. Apelan a creencias profundas, a increpar a los valores de la gente, a su religión. Apuntan el dedo hacia el contrincante y le recitan sus defectos para que usted decida votar por ellos, la mejor opción.

El odio por el otro, por el que no piensa como yo, por el que no vota como yo es un efecto directo de este tipo de diseño de campaña electoral. Ellos, el partido contrincante, y todos sus simpatizantes son el enemigo a vencer. En esa polarización, en ese juego de todo o nada, ignoramos u olvidamos que estos mismos colores que ahora defendemos con pasión se mezclarán más adelante en lujosos restaurantes para decidir nuestro futuro, el de todos, sin importar por quién se haya votado, o si ni siquiera se asistió a los comicios.

No vengo a decirle que no se sienta orgulloso de sus colores partidarios, ni mucho menos a sugerir que no es válido ser simpatizante, correligionario o miembro de un partido político. Para nada. Este sistema de partidos, con todo y sus defectos, es parte de nuestra dinámica democrática que tanto nos ha costado conquistar.

Mi invitación, más bien, ahora que nos acercamos a la recta final de esta campaña presidencial, es a que cambie su enfoque, que su elección sea más racional, que se fije en lo que nos prometen y lo recuerde para luego exigirlo. Pero sobre todo, a que dejemos a un lado el odio y el rencor contra quienes piensan y votan diferente a nosotros. No pierda amistades ni aleje a sus familiares para defender a un político. No vale la pena, y él ni siquiera lo necesita.


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