SE DESCUBRE EL SECRETO

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

Desde el mismo instante en que se despertó a la conciencia, fue para todos evidente que aquel retoño familiar tendría una inventiva fuera de serie. Entre los familiares inmediatos empezó a funcionar al respecto una especie de lotería de símbolos: ¿sería artista innovador, científico de avanzada, guía espiritual de nuevo cuño…?
Cuando llegó el momento de iniciar su formación escolar, las expectativas parecieron desvanecerse: el niño, y luego el joven, no mostraba ningún signo excepcional. Sus notas eran de rango corriente y estaban con frecuencia en el límite justo entre lo mediocre y lo aceptable. Los padres empezaron a hacer cálculos resignados:
— Quizás va a ser un empleado común, si acaso.
—Yo digo que simplemente no hay que hacerse ilusiones.
— Pero dicen que la esperanza es lo último que muere.
—Dejemos, entonces, que la esperanza se arme de paciencia.
Así, dando traspiés en la carretera polvorienta del aprendizaje formal, llegó hasta la primera estación definitoria: el bachillerato general, ya que no optó por ninguna especialización en ese nivel. Los padres dieron un respiro de alivio, porque al menos estaba ya a las puertas de su nueva fase, que lo pondría en el umbral de la vida propia.
Se hallaba haciendo el papeleo para ingresar en su etapa universitaria, y ni siquiera sus padres sabían hacia dónde iba a dirigirse. Cuando por alguna pregunta directa se refería al tema lo hacía en un lenguaje en apariencia explícito pero en verdad plagado de rendijas inexplicables. Sin duda era un enigma personalizado, y eso hizo que por fin la madre, luego de muchas idas y venidas por los pasillos del insomnio, se sintiera tentada a acudir al consejo de una médium que llegó a instalarse inesperadamente por los alrededores, ya que en aquel ambiente nunca se habían ofrecido servicios de esa naturaleza.
La respuesta inicial de la médium la dejó en silencio:
—Su hijo quiere ser una persona común en apariencia, para poder dedicarse con libertad al cultivo de su propio huerto.
Y ante su expresión desconcertada, la respuesta explicativa hizo crecer aún más el enigma:
—Ese huerto es aún invisible, aun para él, pero está perfectamente imaginado en el centro de su conciencia. Y si usted quiere apoyarlo de veras tiene que animarse a llegar a la entrada de dicho huerto por la vía de la intuición maternal, que nunca falla. Bueno, que casi nunca falla… Y en este caso, el hecho de que usted haya venido a solicitar consejo es el mejor mensaje de lo que significa tal intuición…
— Lo voy a hacer, porque lo que a mí más me importa es que mi hijo halle la ruta de su propia suerte…
Ella, entonces, ansiosa como estaba, no pudo contenerse, y en cuanto tuvo a su hijo cerca de ella le abordó la cuestión:
— ¿Ya sabés a qué carrera vas a ingresar?
— Claro que lo sé.
— ¿Y por qué lo tenés tan guardado?
— Porque ese es uno de los requisitos: no soltar prenda.
— ¿Cómo es eso, hijo? ¿Me querés tomar el pelo?
Él, a su estilo, soltó la risa:
— ¿Pero cuál pelo, mamá, si apenas le alcanza para esa colita que se tiene que completar con un listón, que por cierto está hoy bien llamativo?
—¡Hijo, no te salgás por la tangente! Yo quiero estar contigo, acompañándote y apoyándote.
—Buena madre. Buena madre. Y por eso le ruego que me deje tranquilo…
— ¿En tu propio huerto?
— No sé a qué se refiere.
— Yo sí sé: al huerto de tus anhelos.
— Yo no tengo anhelos, madre. Soy un buscador, solo eso.
— ¿Buscador de qué?
— Bueno, voy a decírselo, pero sin más explicación: buscador de follajes compartibles.
La madre se quedó en silencio, como si de pronto se hubiera puesto temerosa de romper un encanto; y no volvió a tratar el punto.
En los días, en las semanas y en los meses subsiguientes todo pareció continuar en una normalidad muy semejante a la de cualquier familia que tuviera retoños adolescentes que estuvieran en el filo de una nueva etapa de sus vidas. Sin embargo, a un observador perspicaz algunos detalles de seguro le hubieran parecido al menos reveladores.
Los tres hijos estaban ya en las aulas universitarias, y eso era lo único que se hacía visible. Pero en lo referente a él, a Ángel, algo muy peculiar comenzó a manifestarse. Cursaba estudios formales, pero apenas salía de su cuarto. Y ahí, adentro, lo que reinaba en torno a él era un silencio que daba la impresión de que aquello era muy semejante a un recinto subterráneo.
La madre volvió a angustiarse, y una vez más acudió a la médium:
— ¿Será posible que mi hijo se esté muriendo en vida?
— No, es al contrario: revive cada día.
— ¿Y cómo es eso?
— Es que todos sus árboles interiores están floreciendo y fruteciendo. Es una estación perfecta para que el huerto empiece a dar todo de sí.
— Ah, usted ya me habló del huerto, pero no me ha explicado de qué huerto se trata.
—Se lo digo si está dispuesta a tomarlo como lo que es: una petición de acompañamiento respetuoso.
—¡Claro que sí! No olvide que soy su madre.
—Sí, lo sé, pero es que con gran frecuencia los padres son los menos dispuestos a entender las novedades existenciales.
— No es mi caso, se lo aseguro.
— Entonces, prosigo: su hijo es un inventor de emociones, y su destino va por ahí. ¿Entiende?
— No entiendo, pero estoy dispuesta a entender.
— Ah, pues déjelo estar. Él es un horticultor de sí mismo.
— Le repito: no entiendo.
— Si es así, observe desde afuera. Su hijo sabe lo que busca, aunque aún ande averiguando lo que eso significa.
Al oí aquello la madre no volvió a insistir. Y fue como si la casa se convirtiera de pronto en una capilla sin sonidos externos. Lo que todos estaban necesitando.
Ángel tomó entonces la decisión que se le venía dibujando en la subconsciencia desde hacía tanto tiempo:
— Voy a hacer un viaje. Los tendré informados.
Desde aquel mensaje, lo que se abrió fue un vacío que tenía todas las características de una ausencia sin retorno. Pero el misterio seguía revolviendo sus ecos.
Y así, en algún momento no identificable, llegó inesperadamente la tan esperada noticia:
“El viajero que salió de su casa está hoy en su propia casa: el huerto de la memoria”.
Y muy poco tiempo después se hizo presente la carta que traía las ansiadas explicaciones:
“Madre, estoy por fin en mi huerto, como un árbol más entre hermanos de savia y de follaje. Desde siempre, una voz interior me hizo saber la forma de mi destino. Yo sería un cronista de memorias, y no solo de las mías sino de las de todos los que forman mi comunidad de semejantes. Es decir, los árboles del huerto. ¿Cómo explicar esto, si cualquiera puede pensar que no es más que una fantasía ingenua? Así lo pensé yo mismo por largo tiempo, y por eso nunca hablé con nadie de esta condición tan original, que me hace un ser de otra esfera; en este caso, la esfera de los misterios vegetales. Yo ahora soy un árbol con memorias, y cada uno de mis vecinos inmediatos también lo es. La suerte providencial me ha dado el encargo de poner en palabras humanas el testimonio memorioso de los integrantes de esta comunidad familiar a la que hoy pertenezco. Sé que usted puede comprenderme, madre, porque así me lo ha confirmado mi amiga, la médium a la que usted acudió hace tiempos para encontrar explicaciones sobre el incógnito rumbo de mi vida. Dentro de poco le hará llegar por las rutas del aire mi primer grupo de vivencias existenciales compartidas. Están escritas sobre hojas con tintas de amanecer y de atardecer. No sé si usted podrá descifrarlas, pero al menos sentirá sus pálpitos. ¡Gracias, madre, en nombre del huerto y de todos los que hemos albergado aquí nuestras raíces!”
En los días subsiguientes, el aire estuvo quieto, como si aguardara señales. Y por fin, una mañana la atmósfera pareció palpitar en forma de anuncio, y las ráfagas comenzaron a traer infinidad de hojas voladoras. Promesa cumplida.

 


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