ME LO CONTÓ CLAUDIA

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

ME LO CONTÓ CLAUDIA

La pequeña sala no tenía nada de original, como si los muebles hubieran sido adquiridos en una tienda de antigüedades anónimas. Era sin duda su sitio favorito, sobre todo para los encuentros de los sábados por la tarde, cuando recibía visitantes armoniosos, que llegaban en busca de recibir testimonios vividos.

Aquella tarde, él le anunció su llegada por la vía de siempre: una breve llamada por el teléfono fijo, que era por entonces el único que existía. Ella lo estaba recibiendo con su sonrisa reservada.

–¿De qué quieres que hablemos hoy, muchacho? –le preguntó ya con los dos vasos de limonada tibia en las manos.

–De ella, porque su cumpleaños llegaba justamente este día…

–Ah, 21 de noviembre. Es como si hubiera sido ayer. En Armenia reinaba la brisa fresca, y míster Richard, el padre de Lilliam, andaba por los alrededores, gozando de la intemperie. Sería la única vez que estaría en el lugar, porque su regreso a Nuevo México ya estaba programado, y el barco no tardía en arribar a puerto…

–¿Cómo era don Richard?

–Germánico. Se parecía a ti. Lástima que no llegaste a conocerlo.

–Entonces no le debe haber simpatizado Héctor, el dentista de Armenia, de quien Lilliam se prendó y con quien acabó casándose…

–Uy, no. Míster Richard se fue sin decir palabra. Lilliam lo miraba desde su ventana en nuestra casa, y nunca lo volvió a ver.

–¿Y usted estuvo en la boda de Héctor y Lilliam? –Sí, les dediqué un soneto. ¿Quieres oirlo?

Él asintió, sonriendo. Claudia alcanzó un cuaderno de manuscritos antiguos y empezó a leer. Cuando concluyó, él tenía los ojos húmedos.

–¿Te emocionaste, verdad? Puedes llorar si quieres, porque estamos en confianza. Lilliam nos observa desde allá, mira: desde aquella ventana en la casita que está sobre la colina de enfrente. Ese es hoy su refugio, y este día espera que lleguemos a desearle feliz eternidad. ¿Vamos?

HORA DE DESPERTAR

La claridad matutina iba ya colándose por todas las rendijas disponibles, y no era necesario acudir al auxilio del reloj para saber que el día muy pronto estaría a la puerta. Sin embargo, lo curioso de aquel amanecer era que los pájaros de siempre, que celebraban sin falta la presencia de la luz en el aire, se hallaban esa vez en silencio de cariz sacramental.

–¡Arriba, muchacho, ya es hora de levantarse! –ordenó la voz maternal desde la puerta entreabierta, haciendo que él se revolviera entre la colcha cálida, que aún tenía olor a polvo.

Al instante, el aludido estaba de nuevo totalmente privado, y la figura femenina empujó la puerta y entró. Se inclinó sobre él, y al verlo íntimamente aferrado a su almohada un gesto de ternura que no era tan usual en ella le envolvió el rostro. No tuvo el valor de repetir la orden imperativa de hacía unos segundos y sólo hizo con la mano una señal que parecía el inicio de un rito. Luego susurro, con un tono de voz que parecía de otra persona:

–Si necesitas seguir descansando, hazlo. Voy a estar pendiente del momento en que quieras incorporarte. Eso también me hace feliz.

Entre las rendijas de los sencillos cortinajes se empezó a notar que la luminosidad creciente iba alejándose a campo abierto; pero en contraste los pájaros ausentes ya se estaban haciendo oír con impulsos evidentemente celebratorios.

Cualquiera hubiera podido preguntarse: ¿Será que está volviendo la noche? Y sólo la insinuación de esa pregunta hizo que el durmiente se agitara en el lecho rústico, como si de repente se sintiera responsable de la ausencia de la luz. Se incorporó, sin levantarse, y eso bastó para que todo el entorno se animara jubilosamente: la claridad empezó a volver, el aire retornó con ansias amigables, y ella volvió a asomarse por la puerta entreabierta:

–¡Levántate, pues, muchacho, que es hora de resucitar entre los sueños, así como resucitaste entre los muertos! Ahí te aguarda, afuera, la vida natural, y de tu ejemplo depende que este despertar deje de ser milagro y se convierta en promesa…

EL HORIZONTE NOS ESPERA

–Bueno, pero aquí nosotros no tenemos horizonte, sólo muros alrededor.

–Tú escogiste nuestra casa, en la que según tus propias palabras viviríamos para siempre…

–Es que tú estabas dedicada fervorosamente a los preparativos de la boda…

–Pero ni siquiera me contaste cuáles eran las opciones y cuál sería tu decisión.

–Entonces, ¿me equivoqué?

–No estoy diciendo eso, sino recordándote que fuiste tú el que dejaste fuera al horizonte.

–¿Qué me quieres decir, pues?

–Que en este encierro estamos más distantes que nunca.

–¡Dios mío, parece una sentencia! ¡Tengo que apelarla de inmediato!

–¿Ante quién?

–Pues ante el único tribunal disponible: el Tribunal del Aire y de la Luz, que es único capaz de apartar los muros para que el horizonte reaparezca.

–¿Y cómo es que no te habías dado cuenta en todos estos años transcurridos?

–Porque algo internamente se me ha estado incubando como ilusión migratoria. El horizonte empezó a llamarme a través de los obstáculos de piedra. Y ahora es tiempo de que eso lo sintamos juntos, para preparar de inmediato nuestra renovación de votos al aire libre y con los caminos abiertos a disposición. ¡Hoy seré yo el que se dedique fervorosamente a los preparativos de la boda liberadora! ¡Aleluya!

EN BUENA RUTA

Desde que tenía memoria, siempre había estado al tanto de que en el lugar había presencias que no tenían identidad reconocible, pero que él nunca tomó como amenazas en cierne, sino que más bien las llegó a sentir como compañía acogedora. Y eso era así quizás porque jamás tuvo temor de lo desconocido, de seguro porque en ningún momento se planteó lo desconocido como algo cotidiano, sino apenas como algo que sólo estaba presente en los libros.

En la medida que crecía, sin embargo, los sentimientos emergentes le iban poniendo enfrente enigmas por descifrar, y eso lo tenía crecientemente en ascuas.

Aquella mañana, un soplo de brisa húmeda estaba animándolo a quedarse en casa, aunque en el instituto donde cursaba su último año de bachillerato las labores de aula llenaban el horario.

La disyuntiva le hizo asomarse a la pequeña terraza que daba a un espacio arbolado a medias, muchos pisos más abajo. Se apoyó en la baranda y entrecerró los ojos aún adormecidos. La brisa húmeda seguía jugueteando entre las ramas. Y él, de pronto, tuvo la tentación de volar. Tentación peligrosa e irrealizable. En ese preciso momento algo apareció abajo. Sí, era otra vez la joven que había conocido en el sueño y que ahora se presentaba por primera vez en la vigilia.

–¿Eres tú, verdad? –susurró, pese a que la distancia entre él y la presencia era de muchos metros.

La joven sólo tuvo una tímida reacción: alzar el rostro hacia donde él se asomaba, y así pudo él contemplarla por primera vez a la luz del día, aunque fuera en una luz casi penumbrosa.

–¿Me reconoces, no es cierto? –insistió él en voz más alta. –Si es así, házmelo sentir por cualquier medio que quieras. Con eso me harás un ser afortunado…

Ella, entonces, pareció recogerse en sí misma, acaso temerosa de lo que podía venir.

–No te aflijas –trató de reconfortarla él, inclinándose todavía más, ya casi a punto de saltar.

Ella, ante tal impulso, se animó a responderle:

–Lo que quiero es que te sientas tranquilo, como hemos estado siempre en el sueño… ¡Tranquilo y confiado, porque estamos juntos!

–Te oigo como si estuvieras aquí, a mi lado, y eso parece un milagro sencillo pero real.

–Ah, pues entonces ya podemos entendernos por completo. Nos encontramos en el mismo plano, y eso es como estar abrazados todo el tiempo…

–¿Y ahora, qué hacemos?

–Caminemos por la arboleda.

–Ha sido lo que siempre anhelamos, ¿verdad?

Y en ese justo instante, algo como una fuerza superior, quizás con vocación sobrenatural, los envolvió a ambos, haciendo que de pronto estuvieran uno a la par del otro, listos para avanzar entre los árboles con ruta desconocida.

Los árboles eran escasos, pero ellos avanzaban como si lo hicieran entre una espesura creciente. Ya no eran visibles desde ninguna perspectiva. ¡Libertad total!

 


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