AMORÍO CÓSMICO

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

AMORÍO CÓSMICO

— Se asomó a la ventana del cuarto en que dormía, y que estaba abierta día y noche por costumbre inveterada, que venía de seguro desde sus antepasados. En esa ocasión, el cielo mostraba una claridad que hacía que hasta el aire pareciera visible como tal. Se mantuvo ahí por algunos minutos, en actitud inmóvil, como si aguardara el arribo de alguna presencia anunciada, pero nada cambió durante esos instantes, hasta que él lentamente se fue apartando hacia adentro.

Retrocedía sin temor a tropezar con algo, porque su habitación estaba desprovista de todo mobiliario, aun del más elemental. Por fin llegó a la puerta que dividía el cuarto en que estaba del que se encontraba al fondo, y al llegar a ese límite giró hacia atrás. Estaba ya en su espacio más íntimo, y como cada vez que arribaba a ese punto sus energías interiores aspiraron a profundidad el aire que se hallaba a la mano. Se acercó a la pequeña silla ubicada frente al escritorio antiguo que le servía de lugar de trabajo, y se inclinó sobre su espaldar, como si quisiera comunicarse con ella, la presencia invisible y por eso más próxima. La voz salió por impulso espontáneo:

–Ya podemos comenzar, si estás dispuesta.

De la laptop abierta un murmullo muy bien conocido pareció escaparse.

–Bien, pues empecemos.

Él bajó la vista entrecerrándola, como si así pudiera sumarse más íntimamente a lo que iba a suceder y que ya estaba empezando a manifestarse en la pantallita de la máquina.

Las palabras iban apareciendo al hilo, y por fin la escritura se detuvo. La voz femenina se le acercó al oído:

–Ahí está el mensaje de este día. Puedes revisarlo y me dices qué te parece.

Él abrió los ojos. Alzó la cabeza. Leyó en silencio:

–¡Estás inspirada, como siempre! Este poema es de seguro una remembranza de alguna de tus aventuras estelares… ¡Gracias, Luna Creciente, si quieres te invito a comer un bocadillo, jajá!

POR FIN SE ENCUENTRAN

–¡Un momento! ¡Me has plagiado una historia que soñé en alguna de las noches pasadas, y la has hecho volar por las redes sociales, como hoy se estila! ¿Cómo me vas a explicar entonces esa acción tan reprochable?

–¿Qué te pasa, bicho baboso? ¿Es que acaso no sabés quién soy?

El reclamante se quedó mirando fijamente al señalado, como si no tuviera certeza sobre su identidad. La mirada no se fijaba en ningún punto, y pronto más parecía un juego circulante que estaba a punto de soltar la risa.

–¿Ya me reconociste?

Movimiento dubitativo de cabeza.

–Entonces te lo explico, para que aprendás… Yo soy tu otro yo. ¿Estamos?

–¿Mi otro yo? ¿Y eso qué significa?

–Que tengo una habitación reservada en el interior de tu conciencia. Por eso sé lo que pensás y lo que imaginás. ¿De acuerdo?

–Pues no entiendo bien… ¿Mi otro yo? ¿Y quién es este yo?

–Somos imágenes, sólo imágenes. ¿entendés?

–¿Y qué es lo que nos junta?

–Pues el mismo espejo. Está aquí, mirá, observándonos. En él se refleja todo lo que soñamos y pensamos. Vos y yo, cada quién… Ahí descubrí tu historia, y no quise que la fueras a guardar en una gaveta, como tantas otras. Por eso la subí a la red. Deberías agradecérmelo…

ENLACE PERFECTO

«Estoy sintiendo el llamado de la humedad, como si fuera un mensaje del destino». Lo pensó así mientras conducía su vehículo Toyota del año 1991 por la carretera que bordeaba el océano hacia las costas occidentales. Era un trayecto que hacía con gran frecuencia porque era la ruta para llegar hasta aquella casa de madera y lámina que estaba sobre la última colina de los entornos profusamente arbolados.

Cuando arribó al sitio, se abrió la puerta de entrada y apareció ella, Xiomara, con su infaltable sonrisa de bienvenida:

–Como sé que eres puntual, estaba esperándote desde hace un minuto.

–¿Sólo un minuto? –respondió él, llevando en la mano la canasta que siempre le acompañaba.

–Gracias –dijo ella, tomándola, y devolviéndole el gesto con un respiro aromático.

–¿Qué me tienes esta vez? –preguntó él, entrando en el pequeño espacio donde todo parecía recién puesto, aunque la atmósfera de antigüedad era irreprochable.

–Ah, pues el mensaje más íntimo que puedas imaginarte…

–¿Lo recogiste entre las sábanas?

–No, lo hallé en la intemperie. Ahí, en la espesura. Mientras caminaba apartando tallos y ramas me encontré con un arroyo desconocido… No pude evitar el impulso… Me arrodille, y tomé el agua en el cuenco de mis manos, la aspiré, la bebí, estaba tibia como una pócima destinada… ¿Quieres probarla?

Él asintió, tal si aquello fuera un rito sobrenatural. Ella unió sus manos en forma de cuenco y el agua apareció como si alguien la derramara suavemente. Ambos bebieron de ella. La ceremonia estaba consumada para siempre.

¿Y AHORA QUÉ NOS ESPERA?

Las maletas se hallaban listas, ya en el umbral de la vivienda que había sido su albergue desde que tenían memoria. Ellos se preparaban con sus atuendos y con sus detalles personales, como no lo habían hecho en ninguna ocasión anterior, porque en verdad la circunstancia del momento no tenía precedentes. El señor vestía un traje nuevo, propio para salir a un ambiente desconocido. La señora usaba una indumentaria casi exótica, porque era la única que le pareció disponible para lo que ahora venía.

–No se nos olvida nada, ¿verdad? –indagó él, sin poder disimular la inquietud por lo desconocido que se hallaba enfrente.

–Nada –respondió ella, por reacción mecánica.

–Entonces, vámonos, antes de que perdamos el impulso.

Ella tomó sus pocas pertenencias y empezó a caminar. Lo cierto era que no tenían noción del lugar de destino, pero no había de otra. Era la primera vez que estaban ante aquel paisaje que parecía no tener límites, y tal sensación les dio al menos el impulso de seguir adelante.

Desde algún lugar de observación elevado, lo que podía percibirse era un par de diminutas imágenes que eran lo único que se movía en aquella infinita quietud. Unos minutos después, todo volvió a la inmovilidad acostumbrada. ¿Y ellos?

Luego de darle vuelta a un promontorio de tierra petrificada, se dirigían hacia adelante, sin tener idea de su destino inmediato. La fatiga comenzaba a invadirlos. Se detuvieron ante algo que simulaba una construcción abandonada.

Él se asomó al hueco más cercano:

–¿Hay alguien ahí? –indagó en voz alta.

Silencio. Pero no tardó mucho en aparecer una sombra con talante de monje.

–Son ustedes, ¿verdad?

–Sí, somos nosotros.

–Pasen adelante. Una voz superior nos anunció que vendrían, y nos sugirió que les diéramos abrigo. Aceptamos, porque vamos a ser semejantes. Desde este momento, ustedes son humanos. Están de acuerdo, ¿verdad?

Las reacciones de ambos fueron de cauta aceptación.

–Entonces, pasen. Acomódense como puedan, tratando de entrar en armonía con este nuevo ambiente, ¿estamos? Esto no es como aquello, pero desde ahora será su forma de vida, como ya lo habrán entendido. Volveré en unos minutos para concluir el trámite.

La sombra había ganado volumen y perfiles. Les hizo un gesto de bienvenida, y se retiró.

No tardó mucho en volver, ya con talante de mayordomo:

–Sé que no estarán aquí mucho tiempo, porque ustedes van a ser peregrinos por naturaleza, así como fueron por tanto tiempo residentes sedentarios en su primera estancia. Sólo permítame un par de preguntas…

Los dos asintieron, acomodados en las poltronas que tenían a la mano.

–Adán, ¿quiere usted encargarse de llevar el mensaje de la vida nueva por los entornos inmediatos?… Y usted, Eva, ¿se anima a ser la promotora de la fecundidad humana entre quienes quieran oírla?…

 


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