LA SECRETA AVENTURA DEL 2020

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

LA SECRETA AVENTURA DEL 2020

En alguna parte había leído que el año que estaba por entrar, el 2020, traería consigo muchas fuerzas extrañas que se pasearían por todas partes sin dar muestras visibles de identidad. Como hombre práctico que siempre había sido, pensó que aquella era otra de las especulaciones alarmistas que se hallan tan en boga. Y lo pensó así sobre todo porque él, ya en otro mirador de su madurez en avanzada, estaba entrando en su propia era de despegues liberadores, con expectativas de tranquilidad anímica y de reposo vital. Siguió, pues, en lo suyo, que era hoy ir ordenando sus asuntos laborales, en la mente y en el escritorio, porque el momento del retiro se hacía cada vez más próximo.

Como su naturaleza era eminentemente ordenada y ordenadora, nada de aquello le causaba trastornos emocionales; por el contrario, lo que tenía enfrente era una tarea despojada de huraños sobresaltos y de inquietantes sorpresas, y por eso aquella noche durmió como un duende ajeno a todas las ansiedades humanas. Y tal sensación le hizo tener un sueño insospechado:

En medio del calor imperante por la época climática del año, una desconocida neblina había empezado a colarse hasta por las mínimas rendijas de aquellas viviendas notoriamente de otros tiempos. En la pequeña casa de aquellos cuatro habitantes unidos en familia –padre mayor, madre de edad intermedia y dos retoños, que pese a haber traspasado la adolescencia desde hacia bastante tiempo permanecían en el hogar original— se respiraba una extraña tranquilidad, aunque ninguno de los cuatro la sintiera de igual manera. El padre flotaba en sus atávicos insomnios, la madre aleteaba entre cortinas invisibles, el hijo dibujaba paisajes indefinidos, la hija permanecía quieta como una estatua de yeso…

Y de repente todo aquello se esfumó. ¿Qué pasaba? El año 2020 estaba entrando en la casa de ellos como Pedro por su casa. Y sin decir agua va abrió su mochila y soltó la bandada de virus invisibles. Los cuatro corrieron a esconderse en los clósets correspondientes.

A la mañana siguiente, los cuatro despertaron a la vez; y al reunirse para tomar los alimentos matutinos el padre habló:

–Hoy estamos en cuarentena: el virus ha llegado con intención de quedarse. Nos ha pedido albergue. No hay alternativa.

Lo miraron como si estuviera hablando en chino.

PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

–Aló, ¿está Freddy?

Al otro lado de la línea ninguna voz respondió.

–Disculpe, estoy en busca de Freddy. ¿Se halla por ahí?

El silencio siguió impávido, aunque la comunicación no se cortaba.

–¡Perdón, insisto! ¿Está Freddy?

Y en ese instante pareció que el silencio se iba diluyendo como si fuera una cortina de humo perforada por alguna ráfaga de aire travieso.

–Aquí estoy. Soy Freddy.

–¿Y dónde estás?

–En la UCI, como desde hace tanto tiempo. Pero ahora parece que las cosas ya van a cambiar, porque oí decir que van a desconectarme.

–Ah, entonces lo que van a hacer es liberarte.

–¿Y tú dónde estás?

–En mi refugio, como bien sabes. Me ido acostumbrando, pero ya necesito estar en contacto directo de pared a pared con alguien conocido. Por ejemplo, un primo como tú. ¿Te acordás cómo nos divertíamos en la adolescencia?¿Qué te parece?

–¡Fabuloso!… Ah, espera, ya vienen los doctores, tengo que prepararme…

–Nos vemos muy pronto, pues. Vamos a ser vecinos, y así podremos departir…

–¡Aunque sea bajo tierra, jajá!

EN EL MASALA KLUB

Acababan de arribar, luego de un viaje aéreo de más de quince horas, al Taj West End, en el centro de Bengaluru, y luego de ordenarse en la habitación 1505, que tenía jardín alrededor y grandes árboles en los inmediatos alrededores, empezaron a prepararse para la cena tempranera, como era lo normal en ese lugar y en esa estación del año. Lloviznaba apenas, y tal condición climática los embargaba de emoción recurrente.

–¿Estamos listos, verdad?

La pregunta parecía no tener sentido, ¿porque cómo no iban a estar listos si a eso habían llegado desde el otro lado del mundo? Por lo cual al sólo formularla en voz alta todas las plantas, los arbustos y los árboles que se apiñaban en torno fueron recorridos por una leve ráfaga de espontáneos saludos de bienvenida.

De inmediato sintieron que aquella pregunta la habían esbozado al unísono, y la sonrisa mutua también surgió en el mismo segundo.

–¿A dónde vamos, pues? –indagó él, aspirando con fuerza.

–Al templo de la buena luz –indicó ella, con cierta picardía.

–Condúceme, entonces –pidió él, como un obediente discípulo.

–Vamos, entonces.

Salieron al espacio arbolado, y las leves gotas les producían una ilusión de ensueño. Estaban libres, con la Naturaleza invitadora en torno. Algunas luces de cuartos habitados se hacían ver sin ánimo curioso. Ellos avanzaron hasta perderse de vista.

Y unos minutos después aparecieron como peregrinos felices.

–El Masala Klub nos espera –anunció él emocionado–. ¡Será nuestra nueva cena de bodas!

LAS PIEZAS EN SU PUESTO

El matrimonio religioso tenía lugar un sábado al mediodía. Unos cuantos invitados, porque la cuarentena estaba en su fase ascendente. Entre los que llegaron a la iglesia casi vacía estaba él, que era una especie de fantasma familiar.

–Hola, Rubén. Me contaron por ahí que habías resucitado, pero yo pensé que hasta no ver no creer.

–Pues entonces aquí me tienes. La vacación involuntaria me sirvió para volverme más consciente de los amores y de las traiciones que nos rodean.

–Pero tú fuiste toda la vida un despistado perfecto. De seguro te has rehabilitado…

–Bueno, vengo a tomar mi puesto. El que iba a casarse con Alina soy yo. La Providencia organizó mi retorno. ¿Milagro o destino?

–¡Shhh! –hizo alguien que estaba en la banca posterior, porque la ceremonia estaba por comenzar.

Dio inicio el acto con la solemnidad acostumbrada, aunque la asistencia fuera obligatoriamente tan escasa. En el ambiente del templo se respiraban esta vez algunas esencias desconocidas, como si el incienso atávico fuera el invitado más notorio.

Cuando todo terminó frente al altar, los novios dieron la vuelta hacia la salida, y todos los presentes pudieron advertir que el novio contrayente era ahora Rubén. Y el que había estado actuando como novio observaba desde detrás de uno de los pilares del templo, listo irremediablemente para ir a tomar el puesto de Rubén en la otra vida.

AURORA EN VIVO

Al iniciarse, la noche pareció que no iba a tener fin; pero en un cierto momento calculado, todos los nervios de la arboleda vecina se hicieron sentir. Y ellos, los huéspedes, despertaron al unísono:

–¡Gracias, poderes superiores, por traernos el alba como un regalo infalible y puntual!

 


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