Historias sin Cuento

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

ESPECTROS QUE REGRESAN

–¿Y cuándo se van por fin?

–Mañana, antes de que amanezca.

–Pues les deseo buen viaje, porque ustedes han sido mis mejores discípulos.

–Lo que le rogamos es que les pida a las Fuerzas Superiores que no nos vayan a botar de la Bestia ni nos vaya a coger la Migra…

–Recuerden: las Fuerzas Superiores van dentro de ustedes.

Llegó el amanecer, y todos aquellos jóvenes se escabulleron como murciélagos entusiastas mientras la luz solar los cubría con su manto. Y desde su ventanuco en el tabanco donde sobrevivía desde siempre, el Maestro los veía escapar, sin verlos en físico. La enseñanza iba tomando cuerpo de vida bajo la conducción de las palabras.

Desde aquel momento, nadie volvió a saber de ellos, y el Maestro les aseguraba a cuantos indagaban al respecto que esa era la señal más elocuente de que el destino iba haciendo su labor con la consecuencia debida, sin evadir avatares ni deshojar desvelos.

Las familias recibieron al principio algunas noticias aisladas, pero en algún punto la conexión dejó de existir, y todos imaginaron que aquello era lo normal en un trayecto que tenía las condiciones del que ellos habían emprendido. Clandestinidad a la luz del día.

Pero no mucho después, los migrantes fueron volviendo en caravana dispersa. Eran ellos, sin duda, aunque sus respectivas identidades parecían estar mutando. Los recibieron con algún alivio apaciguador, aunque también con notorias ansiedades. ¿Eran ellos de veras?

El Maestro los miró de pies a cabeza. De sus ojos brotaban linternas rigurosas. Y dijo por fin:

–Regresan todos, a reencontrarse con sus identidades originales. Son humanos en otro sentido. La violencia en la ruta los liberó para que emprendieran su propia resurrección. Recibámoslos como a los enviados que son. Enviados por el misterio de revivir. ¡Aleluya!

ADRENALINA PARA EMPEZAR

Aquella comunidad era de las que ya endémicamente son conocidas como marginales. ¿Pero marginal respecto de qué? Eso se lo preguntaba él, que era un profesor emergente, ahora dedicado al área básica como primera oportunidad de inserción laboral. Su casita la había heredado de su abuelo obrero, y él estaba ahí porque no tenía otro lugar disponible.

Apagó su lámpara, que era una Coleman también heredada, y la oscuridad le hizo entrar de inmediato en una vigilia de la que no tenía memoria cierta. No se incorporó, porque la sensación que le embargaba era la de necesitar el alivio plano para soltar energías que llevaba dentro.

Entre esas energías había una particularmente dominada por el ansia de salirles al paso a todas sus antiguas ansiedades de destino.

–¿Te gusta enseñar?

–Me gusta aprender.

–Es lo mismo.

–Entonces, me voy a tomar en serio y voy a reír para que nada me asuste.

ese instante, se encendió la Coleman por su propia cuenta. Era la mejor señal del aprendizaje en marcha.

VERANO HÚMEDO

Las nubes parecían aletargadas y en busca de colchones horizontales donde ponerse a reposar lo más pronto posible. Desde todas las ventanas podía observarse ese acontecer dominante en el aire. Y aquella era una ventana privilegiada porque correspondía a un piso en el que se albergaba un habitante que casi nadie conocía.

Cuando aquel señor se dejaba ver por ahí siempre iba acompañado. Una compañía que caminaba a la par, atado con una correa que nunca se tensaba, porque lo que podía percibirse de inmediato era que la armonía existente entre aquellos dos seres carecía de sobresaltos.

Desde la ventana, lo que podía advertirse era que la luz solar trataba de animar a las nubes para que no fueran a abandonarse a la inercia durmiente.

–Watson, ¿ya estás listo?

La respuesta fue especialmente animada, como si el aludido hubiera estado esperando con ansia la pregunta.

–Entonces, vámonos.

Salieron a la calle, donde cada minuto aumentaban los transeúntes que se dirigían a sus respectivos trabajos. Entre ellos iban avanzando, con la ventaja de que no tenían prisa por llegar a ninguna parte.

De pronto se empezó a sentir una llovizna inverosímil. ¿Lloviendo en febrero? ¿Cómo era eso?

–¿Qué pasa, Watson?

Watson se sacudió como si fuera un bailarín en escena. Y ambos siguieron avanzando mientras la llovizna se convertía en ráfagas líquidas cada vez más fuertes.

–¡No hay prisa, Watson! ¡Y no vayas a ladrar de alegría, para que no se asusten los que pasan a nuestro lado! ¡Nosotros somos libres, gocémoslo!

MISTERIO DE FAMILIA

El pequeño anuncio, escrito en letras rústicas, decía simplemente: SE RENTA. Y lo que estaba enfrente era una construcción a todas luces muy antigua y descuidada. A él todo eso le llamó la atención al instante, y tocó para indagar. Una señora muy mayor acudió al llamado:

–¿Quiere ver la casa?

–Si es posible sí.

La ilusión se dibujaba en su mirada, haciendo contraste vivo con el borroso gesto de quien había salido del interior.

Fue avanzando por una veredita embaldosada en cuyos bordes se apiñaban los arbustos dejados a la buena de Dios. Pasó hacia adentro por la puerta entreabierta, y lo que salió a recibirlo fue un fuerte olor a caverna sin respiraderos.

–Entre, y si necesita ayuda me avisa.

Él tomó la actitud de niño curioso, y penetró en aquellas interioridades que eran expresión estelar del abandono. No había muebles, ni cortinas, ni rincones acogedores. Todo se hallaba inmovilizado por la decrepitud. Bueno, salvo aquel enorme retrato al óleo que sobresalía en una pared del fondo.

No se preguntó quién era, porque lo reconoció al instante. Era él, don Luciano, su bisabuelo materno, a quien alcanzó a conocer ya en sus días postreros. ¿Pero qué significaba aquella presencia, ya que él nunca supo que aquella casa desconocida perteneciera a alguien de su familia.

Volvió hacia la entrada con movimiento mecánico, para encontrar a la señora que lo había recibido.

–Disculpe, ¿quiénes han sido los dueños de esta casa?

Ella cambió de expresión, como si fuera otra persona:

–Tu familia, ¿no te acuerdas?… Ah, perdón: ya sé que has estado recluido por mucho tiempo en un asilo de pacientes que padecen amnesia aguda… Pero si has venido aquí es porque te estás recuperando. Vamos a saludar a Luciano, que te espera en su salón. ¡Será un feliz reencuentro!

 


Generic placeholder image
Séptimo Sentido

Séptimo Sentido les invita a que nos hagan llegar sus opiniones, críticas o sugerencias sobre cualquiera de los temas de la revista. Una selección de correos se publicará cada semana. Las cartas, en las que deberá constar quien es el autor, podrán ser editadas o abreviadas por razones de espacio o claridad.

[email protected]

Encuéntranos en Facebook (Revista 7S) y Twitter (@revista7S)

 

MIEMBRO DE GRUPO DE DIARIOS AMÉRICA

© 2020 Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica. Diseño de Hashtag. | Programación y mantenimiento Diseño Web LPG