OBEDÉCELE A TU SED

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

OBEDÉCELE A TU SED

–No dormiste bien, ¿verdad? Oí que respirabas fuerte y que te movías casi con angustia…

–Pues la verdad es que no sé si dormí o no dormí, porque la experiencia de un naufragio a cualquiera lo deja con la mente descontrolada…

–¿Naufragio? ¿Cómo es eso? –quiso saber ella, que siempre se entusiasmaba con cualquier situación que tuviera vestimenta de enigma.

–Sí, soñé con un naufragio, y no es la primera vez que me ocurre…

–Pero si tú nunca has navegado ni siquiera en un pequeño río… ¿De dónde te puede nacer esa remembranza?

–Ah, es que los sueños a veces son puramente imaginarios. ¿Nunca te ha pasado así?

–No, yo soy una mujer práctica, tú me conocés bien –dijo ella, con sonrisa irónica.

–Y es porque te conozco que te estoy contando lo que sentí anoche.

–¿Y ya no lo sentís?

Él se quedó pensando, y la miró con ojos suplicantes, como si esperara de parte de ella un auxilio casi providencial. Ella, entonces, lo atrajo hacia sí, y lo abrazó dulcemente, dándole muestras de una intimidad que era más que amorosa, casi al punto de ser sobrenatural. Ella pareció captar como por obra de una fuerza superior todo lo que había envuelto en aquel incidente inverosímil:

–¡Amor mío, ya entendí! Te lanzaste al agua sin ninguna precaución porque algo más poderoso que tu voluntad se empujó a ello. ¡Era la sed, tu sed de humedad, de frescura y de limpieza interior! Ahora estás satisfecho, ¿verdad?

Él no le respondió con palabras, sino con un abrazo intenso. Un abrazo que al distenderse desató afuera una lluvia tierna y envolvente…

AISLAMIENTO INTEMPORAL

Oía que todas las noticias tanto nacionales como internacionales estaban literalmente obsesionadas con el coronavirus. Lo oía y se le hacía algo así como un ejercicio casi infantil de voluntades volátiles, semejantes a los globos de las antiguas celebraciones patronales. Eso era para él una fuente de desconciertos sigilosos y a la vez un vertedero de emociones embriagantes. Él mismo se preguntaba: “¿Y esto qué significa?”

–Que estás volviendo a tus orígenes, al menos por unos días mientras todo esto se diluye…

–¿Pero cómo se va a diluir si es el aparato de las comunicaciones universales el que está en movimiento?

–No seas ingenuo, por favor: lo que estamos viviendo es un juego de niños que quieren saltar de sus patios traseros hacia las galaxias más distantes… Lo que deberías de hacer es soltarlo a los cuatro vientos…

–¿El qué?

–Eso que te digo: que el peor virus no está en las entrañas de la gente sino en las mentes de los que quieren controlarlo todo, y hoy tienen armas peores que las armas atómicas…

–¿Cómo cuáles?

–Como las noticias falseadas y las amenazas encubiertas de verdades científicas.

–No entiendo nada, perdón.

–Pues entonces métete dentro de tu saco de dormir y duérmete para siempre.

–Gracias, porque ya estoy hasta la coronilla de que la gente me pida milagros que no puedo hacer.

BIENVENIDA, DONCELLA RESUCITADA

Cuando sus padres le preguntaron, ya cuando estaba en vísperas de concluir su formación media, sobre qué especialidad profesional quería emprender, ella los miró con ojos casi desafiantes por encima de la sonrisa cautivadora que la caracterizaba:

–Averígüenlo por lo que vaya pasando, porque yo lo mío lo guardo como un tesoro de los de antes…

Y en los días, semanas y meses subsiguientes no aparecía nada a la vista. Ella se graduó del bachillerato y pareció entrar en un lapso de expectativas silenciosas, que los padres observaban sin indagar, como si no quisieran romper ningún encanto. Y aquel silencio mutuo empezaba a tener un cierto aroma sobrenatural.

Hasta que una tarde con amenazas de lluvia y algunas brisas haciéndolo sentir llegó caminando sola hasta aquel lugar, como si fuera una invitada con mensaje. Era evidente que nunca había estado ahí porque iba observándolo todo con un detenimiento curioso casi infantil, hasta que estuvo frente aquello que tenía todas las características de ser el lugar de ingreso a una capilla.

Avanzó hacia adentro sin ninguna vacilación. La oscuridad estaba a punto de ser total, pero ella se introducía con la seguridad del que conoce un lugar hasta en sus mínimos detalles. Los pasos continuaban y ya daba la sensación de que aquella era una caminata sin fin, aunque todo estuviera tapiado.

Y de pronto pareció iluminarse un tragaluz que aparecía de repente. Ella se detuvo, como si por primera vez estuviera ante un cristal que reproducía su imagen. En ese segundo se desprendió una escalera colgante que la invitaba a subir, y eso fue lo que ella hizo por orden superior.

Arriba, una especie de mirador aguardaba, y de ahí se desprendió otra escalera que la invitaba a subir. De inmediato lo hizo. Y al asomar arriba, la recibió una pequeña multitud expectante:

–¡Bienvenida, doncella resucitada! ¡Eres la emisaria de los dioses más humanos! ¡Tu nueva casa es cada uno de nuestros corazones! ¡Tú elige por cuál empiezas!…

ELLA ES LA SEÑORA MARÍA

Lo que más le gustaba en aquellos años en los que su vida estaba apenas emergiendo era caminar descalzo por las vegas del río Las Cañas, que era una corriente apenas perceptible entre los bordes arenosos y pedregosos que serpenteaban entre las laderas y las vegas.

Aquella tarde, después de refrescarse en las aguas escurridizas, tomó el camino de siempre hacia el caserío de las inmediaciones donde estaba ubicada, al lado de una pendiente que era en verdad un paredón casi desnudo, la vivienda a la que él se dirigía. Subió a paso lento para no tropezar con ninguna de las piedras que se amontonaban en el camino. Y por fin llegó a ese pequeño rellano escarbado en la tierra ascendente donde se apiñaban unas construcciones de rusticidad notoria.

Al estar arriba miró a su alrededor, quizás preguntándose si habría por ahí alguna puerta de acceso para entrar a un rincón para la estancia confiable y satisfactoria. Y de repente apareció, como de la nada, aquella figura humana de reducidas proporciones corporales y de vestimenta sencilla hasta lo inverosímil.

–Lo estaba esperando, niño José.

El timbre de la voz lo envolvió a él en reminiscencias espumosas e inconfundibles.

–Señora María…, ¿es usted?

–Sí, soy yo. ¿Se acuerda de mí, verdad?

–No sólo la recuerdo, sino que nunca la he olvidado…

–Pues entonces, vamos a nuestra casa…

–¡Gracias, señora María, es lo que he soñada en todos estos años!…

–¿Cuáles años?

–¡Jajajá!

Y las imágenes se esfumaron, felices.

 


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