Historias sin Cuento

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

DE VENTANA A VENTANA

Ahora que tenía enfrente aquel paisaje de habitaciones verticales sin fin visible, al menos desde su mirador personal, podía sentir en forma patente y entrañable lo que es estar inmerso en un vecindario accesible cara a cara; es decir, de cristal a cristal, sólo con el aire libre de por medio. Y eso era justamente lo que él estaba asumiendo anímicamente desde que llegó al lugar por obra de una casualidad que tenía en el fondo una vibrante resonancia de destino. Esa casualidad se había dado cuando sus padres escogieron la emigración como destino familiar, y se conectaron con el coyote que los llevó hacia el Norte a través de todos los desvíos azarosos imaginables. Al fin de cuentas, era la ruta soñada, pese a todos los tropiezos en el avance.

Las mañanas de domingo eran sus momentos favoritos, ya que entonces todas las ventanas del entorno, incluyendo desde luego la de él, tenían habitantes a la vista o al fácil alcance de la vista. Y en esta oportunidad la mañana presentaba de pronto signos fuera de lo común.

Allí, en la cúspide de unos de los edificios más cercanos, estaba brotando una humareda, de algún aparato productor de energía; y como la atmósfera se hallaba impregnada de friolentas ráfagas invernales, los humos eran aún más intensos.

Asomado a su ventanal recibió al instante una impresión de memoria escondida: ¡Sí, aquello era la presencia revivida de su volcán originario, allá en la cordillera a cuyos pies habían transcurrido los primeros años de su vida!

Cerró los ojos humedecidos por el recuerdo, y la escena de afuera se le reprodujo hacia adentro. La pregunta fluyó inevitable: «¿Dónde estoy, entonces?»

Y la respuesta se le fue atragantando antes de emerger sin palabras:

–En el encuentro de dos mundos.

Alrededor, todas las ventanas parecieron enterarse de aquel anuncio estrictamente personal, y de seguro si hubieran tenido manos disponibles habrían iniciado un aplauso de reconocimiento compartido.

PRUEBA SUPERADA

–¡Chantal!, ¿eres tú?

La aludida volvió la cabeza hacia quien le hacía la emocionada pregunta.

–¡Pablo, tú si eres!

La reacción mutua fue de alborozo. Habían sido años sin reencontrarse, y ahora, sin ninguna búsqueda específica, estaban otra vez frente a frente, con los aromas respectivos al alcance de los correspondientes olfatos y con el calor de los cuerpos en actitud de enlace. Las sonrisas se les iban convirtiendo en risas y las imágenes de la cercanía parecían pugnar por animarse al tacto. Sólo las voces, sin embargo, hacían de las suyas:

–Te busqué por todas las direcciones, sin importarme si alguna de ellas me estuviera llevando al fin del mundo…

–Ah, pues yo no me quedé atrás, porque las redes de la Internet se me hicieron escasas para seguirte la pista…

Y sin decir más tomaron rumbo hacia aquel barcito tequilero en el que habían pasado tantas veladas rebosantes de historias personales y de revelaciones imaginadas. Y en el trayecto hacia ahí, cada uno se hizo interiormente la misma pregunta: «¿Cómo fue que de repente nos perdimos de vista y luego de tanto tiempo estamos reencontrándonos como si nada?»

Y ya con las dos copas en la mano volvieron a mirarse a los ojos, hasta el fondo del ser, y las palabras fluyeron con efusión de manantial:

–Yo quise ir a probarme a mí mismo, para volver ya con todas mis dudas resueltas…

–Y yo te leí el pensamiento y me dispuse a lo mismo…

–¡Feliz reencuentro!

–¡Lo mismo digo!

EL SABOR DE LA FE

Cuando arribaron a aquella pequeña explanada que tenía un gran amate en el centro y algunos arbustos de flor desperdigados en los alrededores, ella suspiró hacia adentro como si quisiera que el aire le llegara hasta los más remotos rincones de su ser material y anímico. Luego fueron a ubicarse, como siempre, en un extremo, junto al resedo que albergaba su aroma favorito. Eran los primeros en llegar, y eso les hacía sentirse privilegiados por opción.

–Como no hay brisa, hace calorcito –dijo ella, despojándose del suéter que llevaba encima.

–Es cierto, calorcito del bueno –acotó, él, sonriendo con su picardía característica.

–Eso se va a saber cuando nos retiremos a descansar –murmuró ella con retintín prometedor.

–¿Descansar? ¿Y eso qué significa? –bromeó él con igual murmullo.

En ese justo instante los que siempre se reunían en aquel lugar empezaron a llegar, con la puntualidad acostumbrada. Ellos dos eran los que se anticipaban todas las veces, y eso era algo sabido y aceptado. En cada ocasión uno de los presentes tomaba la iniciativa de presidir la espontánea ceremonia, que no tenía nada de formal. Y esta vez le tocaba a él; pero él hizo un gesto de evasiva y le pasó la voz a ella, que nunca había hablado antes.

–Bueno, me animo porque esta es era de igualdad. Es lo que nos deberían enseñar las deidades supremas…

Uno de los presentes tomó la palabra sin pedirla, porque ahí eso no se estilaba:

–¡Pero si eso es lo que nos enseñan nuestras deidades vegetales!

Todos hicieron un gesto de reverencia, inclinando los rostros hacia el pecho. Y en ese segundo sopló un impulso de brisa que removió los ramajes del amate mayor y de los arbolitos cercanos, haciendo que los aromas despertaran. Y en la brisa venía también un aleteo de llovizna que cayó sobre todos, yéndose a alojar en los labios. Todos saborearon la humedad inspiradora, que fue el don de aquel día.

El aura de tal experiencia se difuminó en el ambiente, dejando una impresión plenamente compartida de que las raíces, los troncos, las ramas, las hojas y las flores cumplían su misión religiosa con nitidez incomparable.

PRIMAVERA INVERNAL EN EL MET

Las lámparas ubicadas en los extremos de la gran sala comenzaron a subir, como señal de que la función estaba por comenzar; y en segundos se abrió el escenario, con la magnificencia característica. Giacomo Puccini ya estaba ahí, con fragmentos inolvidables de tres óperas creadas sucesivamente en el tiempo: el primer acto de La Boheme, el primer acto de Tosca y el segundo acto de Turandot.

Ellos se encontraban ubicados en la fila U, dispuestos emocionalmente a recoger aquel flujo de armonía como un saludo amoroso del tiempo. Y para más beneficio se hallaba presente la voz de Anna Netrebko, la soprano rusa incomparable.

El momento fue mágico, y las armonías largamente conocidas y revividas los envolvieron una y otra vez, dentro del aura creada por las fantásticas escenografías de Franco Zeffirelli.

Luego de tres horas y cuarenta minutos de actuación intensamente vocalizada y de intermedios prolongados para poder ir cambiando los impresionantes escenarios, el vigoroso aplauso final selló la experiencia. Era, pues, momento de salir a la gran plazoleta frente a The Metropolitan Opera. Y el frío amable, inesperado aquel último día del año en la atmósfera de Nueva York, estaba invitándolos a volver a su refugio gozoso, allí junto al amplio ventanal del piso 11 sobre la 2ª. Avenida y sus entornos arborizados en cemento y en metal. Él y ella caminaban hacia la calle congestionada de vehículos con todas sus energías animadas por invitación de don Giacomo, el productor de armonías perfectas.

–Pero vamos antes a ocupar nuestra mesa en Lusardi´s, como siempre antes de la gran medianoche.

–¿Medianoche? ¿De qué hablas?

–Del momento en que el año termina y el año comienza.

–¿Y quién dice que eso pasa en la medianoche?

–Nuestro mejor instructor: el tiempo.

–Pero antes vamos a casa, a lavarnos las manos.

–¡Perfecto: para que el nuevo año nos reciba sin ninguna culpa!

–Jajá.

Así lo hicieron, y unos minutos después cruzaron la calle para llegar a Lusardi´s. Ya en su mesa, se tomaron de las manos:

–Vamos a brindar.

–Ahorita con vino tinto y después con champán.

Y en aquel instante se apagaron todas las luces, y cuando volvieron a encenderse lo que había alrededor era una escenografía al estilo de Zeffirelli. Y ellos, al unísono:

–¡Aleluya, y que el año que entra sea una nueva obra de Puccini!

 


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