Historias sin Cuento

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

PEREGRINO DESTINADO

Después de dormir por largas horas para reponerse de la interminable travesía, abrió los ojos y se encontró con un amago de claridad que estaba entrando por el ventanuco más próximo para darle la bienvenida. En el pequeño camarote donde había varios espacios ocupables para el reposo nocturno sólo él estaba en aquel momento, y eso le permitía hacer algo que se le había ido volviendo adictivo: hablar en voz alta consigo mismo, sin que nadie fuera a creer que aquello era una señal de desajuste mental.

–¿Qué día es hoy? –preguntó preguntándoselo.

–Es domingo –se respondió, aunque la voz parecía muy diferente a la suya.

–¿Y entonces mañana?

–Hombre, será lunes, y habrá que retomar la travesía.

–Pero aquí ahora no hay nadie, y voy a tener que seguir solo.

La voz se le apagó por unos segundos en la garganta. Carraspeó, como si quisiera enviarse una señal a sí mismo. De pronto la voz le revivió:

–Sí, porque esta semana será crucial, como todos los años.

Se reanudó el silencio, pero la voz no cejaba.

–Bueno, si voy solo quizás seré menos vulnerable, porque los que esperan imaginan que llegamos en caravana, y ya están preparados para hacer todo lo que quieren hacer de nosotros…

En ese preciso momento hubo, allá a lo lejos, bajo tierra, un sonido borbollante, como si la tierra quisiera decir algo. Él tuvo el impulso de arrodillarse, y lo hizo. Elevó los ojos hacia arriba, y así se quedó por largos segundos.

–Gracias, Padre –murmuró, sin despegar los labios–. Estoy listo. Solo o acompañado.

En cuanto lo dijo, empezaron a aparecer los acompañantes. Y uno de ellos, el que venía en la cabecera exclamó:

–Hay que seguir para llegar a tiempo. Todo está listo para la hora cero en aquella colina reseca…

MISIÓN CUMPLIDA

–¿Traés lo que te pedí?

La pregunta tenía tinte de orden inapelable. Él así lo acepto. Hizo un gesto afirmativo con la cabeza casi inmovilizada por el ansia.

–Entonces, hay que dejarlo ahí, detrás de la puerta, en la repisa.

Él avanzó un par de pasos bajo la mirada del hombre que se hacía valer. Sacó de su mochila un pequeño paquete envuelto en papel de periódico y retrocedió para alejarse.

–¡Un momento! –ordenó el otro, extendiendo el brazo.

–¿Qué más hay que hacer? –indagó el aludido, ya con un amago de impaciencia.

–Esto –dijo el otro, extendiéndole un revólver de los de antes.

–¿Y qué es eso? –quiso saber, porque ahí había gato encerrado.

–El próximo mandado.

–Le he dejado el arma que me dio ayer. ¿Por qué no puedo usarla otra vez?

–Porque cada cabeza es un mundo, y cada disparo debe salir del cañón apropiado. ¿No lo has entendido todavía?

Él asintió casi tembloroso.

–Aquí está la dirección. Confío en tu puntería.

Y esa última frase pareció un mandato divino. En ese justísimo instante miró el arma y la alzó a la altura de la frente de su interlocutor. El disparo instantáneo resonó como una misión íntima. Puntería perfecta en el blanco perfecto. Dio un pequeño salto de alegría infantil. Y colocándose el arma entre la piel y el cincho salió de prisa a cumplir el trabajo encargado. Era hombre de palabra.

REVELACIÓN A TIEMPO

La mujer lo miró a los ojos, como si quisiera descubrir en ellos algo que le sirviera para entender lo que él estaba pensando, y como nada se le hacía patente con aquella mirada, se animó a hablar:

–Sé que algo te toca hacer mañana, y no me has contado qué será. ¿Por qué tanto misterio?

–¿Misterio? No hay ningún misterio. Voy a hacer mi trabajo de siempre.

Al decirlo ya estaba listo que ingresar en el lecho, entre las colchas espesas. Se dirigió hacia ahí, y ella tuvo la sensación de que él no quería hablar más. Eso la puso más en ascuas.

–Una vecina me dijo hoy por la tarde que iba a haber una redada de delincuentes. ¿Es cierto?

–No sé.

–Por favor, no me dejes en esta incertidumbre. ¿No es relacionado con esa gente que ha andado diciendo por las calles que la Divinidad se hará sentir?

–¡Mujer, los rumores nunca faltan! Mejor durmámonos.

Ella se quedó callada. No era la primera vez que su marido se guardaba información sobre su trabajo como agente de seguridad. Silencio comprensible, aunque esta vez algo le chisporroteaba a ella en su interior. Se introdujo entre las colchas como si buscara refugio.

–Bueno, pues, veamos si viene el sueño. Y si viene, que no sea pesadilla.

Él respiró con fuerza. Lo hacía cada vez que se avecinaba una tarea peligrosa. Ella se introdujo más entre las colchas como si buscara refugio. Él, a su lado, ya resollaba como si fuera en trote persiguiendo fugitivos… En unos cuantos minutos, ambos, insospechadamente, se hallaban inmersos en sus respectivas latitudes mentales.

Ella caminaba en silencio, acercándose a aquella cabaña perdida entre las tierras áridas. Cuando llegó a la puerta apenas existente alguien estaba abriéndola:

–Te esperaba. Entra. Esta es la última noche…

–Tú eres el Mesías, ¿verdad?

–Mañana lo sabrás.

Y en ese instante apareció otra imagen. La del sueño que respiraba a la par de ella.

Él le preguntó a ella con el tono imperativo que le caracterizaba:

–¿Qué estás haciendo aquí?

–Esperando que llegues para decirte lo que siento. Si tocas al Mesías te vas a hundir en un sueño sin fin. La muerte en vida.

despertaron al unísono. Y sin decir palabras, ambos escaparon juntos hacia la salvación desconocida.

APRENDIZAJE NATURAL

Fueron a acomodarse cada uno de ellos en una de las sillas metálicas que estaban ubicadas en pequeños círculos entre los árboles tupidos que apenas dejaban pasar los rayos de sol, aun en las horas de luz más intensa e invasora. Iban ahí cada vez que querían hablar en total intimidad, fuera del aula. Pero en esa ocasión luego de estar en sus sitios inmediatos se quedaron en total silencio.

Y eso estuvo así hasta que una especie de aleteo cruzó alrededor de ellos, como si proviniera de una bandada de avecillas transparentes que parecían usar dicha transparencia para congeniar con los ramajes.

–¿Estás aquí, verdad? –inquirió inesperadamente el más joven.

–Si tú lo sientes, así será. Recuerda que estás aprendiendo a reconocerte entre tus eternos contemporáneos –aclaró el mayor, sin ningún tono profesoral.

–Entonces, ¿puedo cerrar los ojos?

–Los ojos del cuerpo sí, pero los ojos del alma deben permanecer abiertos.

No hubo reacción de parte del más joven, que simplemente extendió las piernas y se inclinó más hacia atrás, como si buscara posición de reposo. El silencio fue a ocupar una de las sillas que quedaban en aquel pequeño círculo. La escasa presencia del sol se fue diluyendo como en un bostezo indescifrable y las ramas circundantes se acurrucaron en sí mismas de seguro con intención de ser partícipes de la escena.

Pasados los minutos, que no había cómo medir, tanto el más joven como el mayor dieron señales de despertar.

–¿Es de día? –indagó el mayor.

–Sí, es de día porque es de noche. Aquí no importa –dijo el más joven.

Los ramajes palpitaron ilusionados.

–Entonces, ¿dónde estamos? –preguntó el mayor.

Lo único claro era que el tiempo se había escapado, y que ellos ahora estaban volviendo a intercambiar identidades. Ley de la vida superior.

 


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