ENCIERRO LIBERADOR

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

ENCIERRO LIBERADOR

–Somos bienaventurados, ¿verdad?

–Pues yo no sé lo que significa eso, pero lo que sí sé es que me siento cada vez más ventilado por dentro…

–¡Lo que acabas de decir es lo máximo que puede sentirse en la vida, y sobre todo en esto que llamamos el diario vivir! Y más ahora cuando hay tantas adversidades circulando por los alrededores.

–Entonces, vamos a divertirnos un rato para gozar del aire que nos da tan buen servicio, aunque la atmósfera esté tan cargada.

–¿Y a dónde quieres ir?

–A la cantina más penumbrosa que esté a la mano. Un poco de neblina puede permitirnos jugar al escondelero. ¿Qué te parece, jajá?

–Pero en una cantina como la que describes no se puede gozar del aire.

–¿Quién dice?

–Es que en esos lugares el aire siempre está contaminado…

–¿Contaminado? ¿Y dónde no?

–Ah, pues entonces vamos. Y si respiramos humo, Dios proveerá.

–No te preocupes, nena, porque el humo es obra nuestra, y por eso con él siempre sentirnos más en confianza.

LO QUE DICE EL AMATE

El camión cargado de unos cuantos muebles y de algunos utensilios de casa avanzó por la calle de polvo y piedra, que además de sinuosa era peligrosamente irregular. Iba dando tumbos, y tanto el conductor como los dos pasajeros se balanceaban al ritmo de los desniveles del terreno, pese a las maniobras para esquivarlos.

–Ya vamos a llegar, ¿verdá?

–Allá está, mire, en aquel cerrito que se ve adelante –dijo el que conducía, que evidentemente tenía perfecto conocimiento de los entornos, porque ese era su trabajo.

Los dos pasajeros sonrieron, aliviados. Ese sería su destino de ahí hasta el futuro, y tal convicción les hacía sentir que estaban a punto de emprender la verdadera ruta de sus vidas, pese a las rústicas peculiaridades del ambiente.

Cuando estuvieron muy cerca de llegar al sitio indicado, ambos se miraron intensamente a los ojos, como si quisieran reconocerse hasta la profundidad de sus respectivas identidades. Las palabras estaban de más, porque todas las evidencias que les rodeaban eran lo suficientemente vívidas para hablar sin reservas. Entonces se tomaron las manos, que tenían el calorcito sutil de lo anhelado desde la máxima hondura de los sentimientos.

El vehículo se detuvo, y el conductor hizo el gesto de haber concluido su faena:

–Están en casa, señores –les dijo, abriendo la puerta delantera para salir a iniciar el traslado de la carga hacia el interior de aquella especie de galpón que no tenía nada de albergue hogareño.

Ellos se quedaron expectantes, sin moverse. Él se bajó, listo para la descarga, como si reconociera como normal aquella actitud expectante. Luego de unos minutos se les acercó:

–Si buscan alguna comprobación de que estamos en el lugar convenido, pueden preguntárselo al guardián que está ahí.

Ellos giraron la vista hacia el rumbo que se les indicaba. Y lo que había enfrente era un antiguo amate, con la frondosidad propia de su estirpe. Sin decir más, salieron hacia él. Al llegar junto a él se oyeron voces, que no alcanzaban a distinguirse. Cuando volvieron, las expresiones de ambos eran distendidas y casi gozosas. Se dirigieron hacia adentro. El conductor los esperaba en la puerta:

–No se preocupen por el pago: ya lo recibí.

Ellos lo miraron con desconcierto.

–Mi contratista lo dispuso así –y lo dijo dirigiendo la mirada hacia el amate vecino.

Ellos, sorprendidos, empezaron a sentir que todo aquello era cosa de la Providencia natural.

REGRESO ANÓNIMO

Se fue como «mojado», al estilo de antes. Ya no era muy joven, y el impulso de emigrar le surgió de las cada vez más complicadas dificultades para allegarse lo necesario para sostener a su familia inmediata, con mujer y tres niños, el menor de los cuales ni siquiera había cumplido su primer año de vida. Y así él se unía a la caravana creciente de los que se iban al Norte en busca de oportunidades, que con frecuencia no llegaban a tales pero sí representaban sacrificios.

Y para él el principal de los sacrificios era la soledad diurna y nocturna, que lo atería a cada instante. Sin proponérselo fue a instalarse en una aislada comunidad en la zona de Nueva York, quizás con la ilusión de tener mejor acceso a ocupaciones que le proveyeran sustento y le habilitaran remesas. Pero nada de eso cuajó con la rapidez que él imaginara. Un par de años habían transcurrido, y su ocupación seguía siendo limpiar jardines y traspatios de viviendas orilladas, y por consiguiente sus ingresos seguían siendo mínimos y no se veían formas de mejorar. Apenas le alcanzaban para lo elemental. Y de remesas, ni hablar.

Entonces se enfrentó cara a cara con el dilema: hacer todo lo necesario para que su familia inmediata pudiera cruzar con todo y lo peligroso que era o decidirse a regresar él con todo lo desanimador que pudiera ser. Bueno, si se decidía por esta última opción al menos tendría el aliciente de volver a su aire, a sus nubarrones, a los frescos amaneceres, a sus cuartos con olor a familia agrupada, a sus veredas arboladas, a sus cantinas entre iguales…

Y las sensaciones le fueron ganando la voluntad. Hizo los conectes necesarios, y sin dar ningún aviso, cogió camino. Contra todo lo que hubiera esperado, fue más difícil regresar que arribar; y después de un montón de aventuras polvorientas y de amenazas acechantes se encontró en la vereda que llevaba a su cantón.

Lo primero que sintió fue la sensación de hallarse en un lugar desconocido. La vereda era hoy una calle pavimentada, y los terrenos circundantes estaban privados de arboledas. Allá al fondo, lo visible eran construcciones concluidas o en proceso. ¿Qué había pasado? En ese instante pasó junto a él un antiguo conocido:

–¿Quihubo, Lencho, ya regresaste?

–Sí, ¿pero aquí qué pasó?

–Todos vendimos los terrenos con sus casitas, y nos dieron buena lana… ¿No te contó tu mujer? Porque a ella se lo dejaste, ¿verdá?

Se alejó, sin responder. Ahora entendía todos los silencios. Y sin pensarlo más emprendió el otro regreso, pero esta vez como una sombra más.

LITURGIA PARA APRENDICES

Estaba atardeciendo, y el cielo, como todas las tardes de verano, recuperaba fugazmente su primigenia condición de acuarelista. Ellos, la pareja recién formalizada como tal, iban caminando con ánimo de vagabundeo por aquel suburbio que seguía siendo perfectamente marginal, y eso era lo que más les animaba a pasear por ahí.

De pronto ella se detuvo, como si acabara de descubrir algo muy especial:

–¡Aquella casita, mirá! ¿No era donde vivían tus abuelos, de los que todo el mundo decía que eran brujos?

–¿Brujos? Jamás oí eso –reaccionó él con risas.

Continuaron avanzando y ya estaban por internarse en una arboleda. Fue él entonces el que se detuvo:

–¡Mira: por aquí te internabas tú cuando te creías Blanca Nieves!

–¿Yo? Nunca creí semejante cosa… –negó, casi con enfado.

Ambos se quedaron en silencio, ya cuando los ramajes estaban a punto de envolverlos.

–¿Seguimos o regresamos? –preguntó él, como si quisiera abarcar muchos sentidos, diversos como las acuarelas del cielo abierto.

–¿Y cuál es la diferencia? Los enigmas siempre van a estar ahí.

–Es cierto. Cada quien tiene los suyos… Y a eso no escapan ni los caminos, ni las nubes, ni las arboledas…

–Entonces, una arboleda más o una arboleda menos, ¿qué importan?

–Así como un brujo más o un cuento de hadas menos, ¿qué significan?

–Sigamos, pues, a revivir nuestro próximo enigma…

–¡Ojalá sea el amor! –exclamaron ambos.

 


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