La Comunicación post pandemia

Estamos diseñados para comunicarnos. Solo tenemos que visualizar los diversos sistemas de nuestros cuerpos y la forma en que operan, en sincronía y cooperación, para ayudarnos a sobrevivir y a prosperar mientras habitamos la tierra.

Sin embargo, nos hemos desconectado de esa naturaleza y sabiduría disponible adentro de nosotros. Y lamentablemente iniciamos un combate en contra de nuestros cuerpos y de nuestras emociones, creyendo que los primeros deben ser mutilados cuando un órgano enferma y que las segundas son ruido y estática que puede apagarse a voluntad.

En esa desconexión hemos perdido lo que nos hace humanos. Esa información valiosa que proveen nuestras emociones como fuerzas internas que nos impulsan a tomar decisiones, en nuestras relaciones personales e interpersonales, y en la efectividad y la creatividad que cada uno posee.

Pero 2020 se encargó de poner un alto a la obsesión por la productividad, la sobre ocupación, la excesiva responsabilidad y el estrés al máximo como símbolos de estatus y de relevancia.

Sin opción tocó parar. Y aunque ese alto obligado trajo otros desafíos, nos mostró que es posible reducir la velocidad del “progreso” y de los niveles de estrés para facilitar, en ese espacio, conversaciones y relaciones pausadas y significativas.

Los humanos no tuvimos otra alternativa más que despertar el lado derecho de nuestro cerebro, en el que habitan nuestras capacidades para expresarnos creativamente y donde se encuentran aspectos emocionales vitales para mejorar nuestra convivencia pacífica y colaborativa.

Esas habilidades del cerebro derecho son la empatía, que nos vuelve conscientes de los sentimientos, problemas y motivaciones de los demás; la sociabilidad, que requiere que interactuemos entre nosotros; la influencia, para motivar y persuadir; y la asertividad, para asumir el mando y dirigir con decisión.

Además, activamos otros aspectos del liderazgo más allá de la eficacia, la estrategia y la productividad. Mantenernos a salvo y cuidarnos fue el mandato más importante durante la mayor parte de este año.

Fue así como la comunicación y la gestión emocional se pusieron al centro de las habilidades de liderazgo para permitir la conexión y la colaboración entre las familias, empresas, y diversos tipos de instituciones.

Sin las conversaciones correctas fuimos testigos de cómo algunos líderes sembraban el terror y el descontrol, elevando los niveles de ansiedad y depresión entre miles de personas.

Finalmente, la comunicación y la inteligencia emocional están siendo valoradas con la relevancia y el énfasis necesarios en las interacciones de todo tipo. La comunicación como una habilidad que humaniza nuestras relaciones y las emociones como una inteligencia fundamental para el desarrollo de los individuos.

Gary Burnison, CEO de la consultora global en desarrollo organizacional Korn Ferry, ofrece, basado en investigaciones realizadas durante los meses más álgidos de la pandemia, recomendaciones para fortalecer nuestra comunicación. El ejecutivo, señala que al conversar ofrezcamos esperanza, que empoderemos con información, que contrarrestemos el miedo con hechos y que expresemos lo difícil con seguridad en lugar de autoridad.

Burnison explica, además, que es esencial reconocer y aceptar las emociones complejas a nivel personal e interpersonal, cuidar el tono y el contenido de nuestra comunicación dirigiéndonos a otros con inteligencia emocional y liderando, finalmente, a través de un contacto real y humano.

2020 ha sido un año complejo y desafiante. Hemos perdido demasiado, pero sobre todo hemos ganado entendimiento y claridad acerca de las necesidades humanas de comunicación, conexión, liderazgo y colaboración. De nosotros depende no olvidarlo de cara al futuro.

La destrucción del medio ambiente como inversión

Tras los Acuerdos de Paz, El Salvador era entonces un país con muchas heridas, que se recuperaba de sus traumas y se encontraba en un estado de shock. Esto sirvió de excusa para poder responder a la crisis e implementar nuevas reformas tanto en lo político como en lo económico. Además de iniciar el proceso de democratización, se implementó un modelo económico que respaldaría el nuevo sistema político. Casi calcado del modelo chileno, y siguiendo directrices del Norte, se buscó no solo primar intereses de la élite nacional, también se adhirieron los intereses de grandes compañías extranjeras.

Pero, el problema no terminó ahí. Mientras estos cambios garantizaron estabilidad para un ínfimo porcentaje de la población, la gran mayoría de la población salvadoreña fue dejada de lado. Los años han pasado y, en la actualidad, vemos los efectos que provocaron estas reformas: desde la acentuación de la pobreza y desigualdad, hasta la vulneración de derechos sociales de poblaciones excluidas, servicios públicos de baja calidad, el incremento de la violencia y la expulsión de miles de compatriotas que se fueron en busca de un sueño (pese a que el camino a ese sueño fuese un infierno).

Es el año 2020, hubo cambio en el Ejecutivo, pero la lógica neoliberal de los 90s aún continúa siendo implementada. La actual administración está repitiendo lo mismo que sus antecesores hicieron, pese a la promesa de hacer las cosas diferentes. El actual presidente, aunque ofreció una plataforma electoral «antineoliberal», escondía diferentes propuestas que harían justamente lo contrario. «Locura es repetir una y otra vez lo mismo esperando resultados diferentes». A casi un año y medio en el cargo, es evidente que las nuevas ideas eran seguir inyectando viejas recetas económicas del siglo pasado.

En la búsqueda de asegurar mayor inversión, este gobierno está atropellando los derechos de muchas personas, a la vez que degrada nuestro medio ambiente y destruye nuestro patrimonio cultural. Ejemplos hay de sobra: La octava represa en Sensunapán, Tacuscalco, el proyecto habitacional en el Cerro Afate, y más recientemente, Ciudad Valle El Ángel, y el megaproyecto turístico Cancún de El Salvador en Isla Tasajera. Estos grandes proyectos inmobiliarios aumentan la vulnerabilidad de nuestros territorios, destruyen nuestra biodiversidad, fomentan la pobreza, y atentan contra la vida de nuestros pueblos indígenas y su memoria ancestral.

Fomentar la inversión va más allá de los clásicos «garantizar reglas» y «estabilidad jurídica». En este país, las reglas han estado muy claras y los permisos medioambientales son entregados a discreción, porque lo importante es «generar empleos» y «fomentar la inversión». Todo esto se hace con el objetivo de garantizar los intereses económicos de unos pocos, en detrimento de la población más empobrecida de este país, a quienes se les atropellan sus derechos y libertades económicas constantemente.

Seguimos en deuda

Este 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Siempre que esta fecha se acerca y se multiplican las publicaciones, artículos y estudios sobre esta realidad, saltan las voces que piden igualdad: que se condene la violencia contra todos.

Y aunque es innegable que la violencia es condenable venga de donde venga y se dirija hacia donde o a hacia quienes se dirija, también es importante entender que la violencia hacia las mujeres tiene particularidades que requieren especial atención, y raíces tan antiguas y profundas que, hasta hoy en día, no se han logrado erradicar.

Con lo engañoso que resulta hablar de la evidencia vivencial, piense la estimada lectora sobre las veces en las que se ha sentido amenazada, agredida, violentada, y en cómo la situación habría sido distinta si no fuera mujer, sino hombre. Piense también el respetable lector en las veces que ha sentido temor, tristeza o impotencia al presenciar o saber de un hecho de violencia que involucre a una familiar, amiga o conocida y, de nuevo, cómo habría sido si se hubiera tratado de un hombre.

No se trata de victimizarse, de creerse merecedoras de un trato especial o de despreciar a los hombres. Se trata de reconocer una realidad que requiere cambios culturales, de mentalidad, de creencias, de políticas públicas, para que este mundo sea más seguro para las mujeres.

Veamos algunos datos alarmantes que comparte Naciones Unidas, en ocasión de esta fecha:

• En todo el mundo, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual, principalmente por parte de un compañero sentimental.

• Solo el 52 % de las mujeres casadas o que viven en pareja decide libremente sobre las relaciones sexuales, el uso de anticonceptivos y su salud sexual.

• Casi 750 millones de mujeres y niñas que viven hoy en día se casaron antes de cumplir 18 años, mientras que al menos 200 millones de ellas se han visto sometidas a la mutilación genital femenina.

• Una de cada 2 de mujeres asesinadas en 2017 fue asesinada por su compañero sentimental o un miembro de su familia. En el caso de los hombres, estas circunstancias únicamente se dieron en uno de cada 20 hombres asesinados.

• El 71 % de las víctimas de la trata en todo el mundo son mujeres y niñas, y 3 de cada 4 de ellas son utilizadas para la explotación sexual.

• La violencia contra la mujer es una causa de muerte e incapacidad entre las mujeres en edad reproductiva tan grave como el cáncer y es una causa de mala salud mayor que los accidentes de tránsito y la malaria combinados.

Así que sí, hay que reconocer el terreno ganado, celebrar que ahora como mujeres tenemos más libertades, se nos reconocen más derechos y podemos lograr mucho más en todos los ámbitos de la vida, que nuestras bisabuelas hace 100 años.

Pero de la misma manera es urgente que como sociedades abramos los ojos a las enormes deudas que persisten, a la normalización que hay en las diversas formas de violencia, y a cómo reaccionamos ante ellas.

Las salvadoreñas vivimos en aún en un entorno en el que se suele culpar a la víctima, en el que se considera que no hay que meterse en problemas de pareja —aunque esto incluya agresiones verbales y físicas—, en los que recurrir a las entidades respectivas para denunciar equivale a exponerse a la revictimización.

Mientras no reconozcamos que todas estas deudas existen, estaremos lejos de poder solucionarlas. Como personas, como sociedad, como país, como Estados, es urgente actuar. En El Salvador había toda una institucionalidad para trabajar por los derechos de las mujeres, pero recientemente esta institucionalidad luce muda, maniatada, desmantelada. Ojalá pasada la emergencia por la pandemia estos espacios se retomen y rescaten, y que no quedemos, por el contrario, con una deuda mayor a la que ya teníamos.

Un museo para Acajutla

Hay pocos lugares en El Salvador con tanta historia como la que tiene Acajutla. Hace unos años, recorriendo su playa, el arqueólogo Roberto Gallardo –en busca de los vestigios del barco SS Colón, que aún se pueden ver encallados en la arena– me hablaba de la riqueza arqueológica del área. De los pecios sumergidos alrededor de la cercana punta Remedios o del edificio de la antigua aduana que aún está en pie. Ese día, además de los restos del SS Colón vimos lo que aún queda de la estructura de metal del antiguo puerto de Acajutla.

Son solo algunas de las edificaciones que guarda este enclave de la costa sonsonateca que, desde la época colonial hasta el presente, es una de las principales entradas y salidas para el país. En el inicio de la colonia, el puerto de Acajutla se convirtió en el principal punto de salida de lo que se producía en esta tierra: el cacao, el bálsamo, y, posteriormente, el añil. Su nombre precolombino –cuya etimología es “lugar de tortugas y matas”– se mantuvo y era un puerto en la ruta del Pacífico entre Perú y Nueva España.

Con la independencia devino el liberalismo y el puerto de Acajutla siguió siendo clave para conectarse con el comercio mundial. El floreciente cultivo del café era embarcado en Acajutla y llevado a otros mercados. En mayo de 1849 se escribió en la Gaceta del Salvador que “el progreso y la civilización de un país se obtiene por el comercio… El vapor ha comenzado a surcar nuestros mares y él despertará por todas partes el espíritu de empresa y nos sacará del letargo en que hemos permanecido”.

El domingo, 8 de enero de 1854, el barco de vapor “El Primero” fondeó en Acajutla. Fue la primera vez que un vapor comercial arribó a la costa salvadoreña. Antes de esto, solo dos barcos llegaban cada mes, después de un par de años, ese número se incrementó a 63. Los puertos de La Unión, La Libertad y, por supuesto, Acajutla eran esas ventanas al mundo. Por esa misma inercia, el primer tramo del ferrocarril en el país se inauguró entre Acajutla y Sonsonate, comenzando una línea que después recorrería buena parte del país.

El documental “Acajutla, historia de un puerto” retoma buena parte de esta historia hasta nuestros días, en los que la terminal portuaria sigue siendo la principal del país. Además de las excavaciones cerca de la antigua aduana donde se han encontrado utensilios de finales del siglo XIX e inicios del XX. Acajutla tiene una historia tan vasta que debería de traducirse en un museo de la navegación en El Salvador, ubicado en esa vieja aduana, donde se retome el impacto que ha tenido el transporte marítimo para el país.

Incluir tanto las singularidades como las limitantes que siempre ha tenido el puerto. Desde la llegada de la corbeta Luconia en 1802 desde las Filipinas, previa una escala en Acapulco –como lo consigna una investigación del historiador Pedro Escalante Arce– hasta las quejas de los extranjeros que llegaban al puerto por la peligrosidad del desembarco en el mar a finales del siglo XIX. Y luego, en la época contemporánea, en 1961 con el nacimiento de la Comisión Ejecutiva del Puerto de Acajutla (en la actualidad CEPA), que ya tiene experiencia en museos como el del ferrocarril, inaugurado en 2015.

Acajutla tiene un gran potencial que no está aprovechando. Y, peor aún, corre el riesgo de perderse como tantas otras cosas que se han abandonado en el país. Acajutla tiene que volver a ser como hace 170 años, con la llegada de los primeros barcos de vapor, cuando nadie quería estar lejos de las novedades que traían las olas del mar.

Autoridad Interior

Muchas mujeres necesitamos fortalecer lo que llamo Autoridad Interior.

Para mí significa creer en quienes somos en esencia, aceptar lo hermoso y también las partes menos luminosas que nos habitan; y sobre todo abrazar, con tanta fuerza que nadie pueda separarnos de ella, la creencia de que valemos tanto como cualquier otro ser humano solo por el hecho de existir.

Necesitamos obviar, olvidar y, si es posible, quemar creencias tóxicas del tipo: “los hombres y sus creaciones valen más que las de las mujeres”, “los mejores líderes son hombres”, “el poder es masculino y requiere que te impongas por la fuerza”, “necesitamos aprender cómo lideran los hombres para tener éxito”, “las mujeres se hacen daño entre ellas mismas”, “el éxito solo puede ser material”, entre otras ideas que han sido implantadas por una cultura sobre masculinizada en donde la violencia, el abuso, el irrespeto a la dignidad humana y también a la naturaleza es la moneda imperante.

Las mujeres precisamos equilibrar los aspectos masculino y femenino en nosotras. Para hacerlo no hay más camino que elevar lo femenino al lugar que le corresponde y volver a nuestro centro para conectar con la esencia que, para cada mujer, será una fórmula diferente y única.

Aspiro a que mi autoridad interior solo se fortalezca con el tiempo. Me ha tomado, prácticamente la vida entera entenderlo y poder, de una vez por todas, dirigir mi vida.

A través del hábito de la escritura diaria establecí 12 acuerdos íntimos y personales que me ayudan a conectar conmigo cada vez que me distraigo o me pierdo, y cada vez que cedo a esas programaciones mentales dañinas y persistentes.

Esos 12 acuerdos están divididos en 2 áreas. La primera se refiere exclusivamente a la relación conmigo misma, y la segunda está vincula a mi relación con los demás.

En mi relación íntima y personal estos acuerdos señalan que:

1. La lealtad es primero hacia mi. Sin posibilidad de negociación.

2. Las primeras horas de la mañana son para cultivar la relación conmigo misma.

3. Mis pensamientos y mis emociones son mi responsabilidad. Nadie más tiene ningún poder sobre ellos.

4. Busco permanentemente mi verdad y esta se expresa en mi cuerpo.

5. Reconozco que mi voz tiene poder porque viene de un conocimiento profundo de mi misma.

6. Acepto que sentirse víctima es un paso necesario hacia la sanidad, mental, emocional y espiritual, pero no es un estado en el que quiera permanecer mucho tiempo porque no es generativo ni efectivo.

7. Cultivo mente de principiante que me facilita el entendimiento y una curiosidad sana.

Y en las relaciones interpersonales y con mi entorno estos dicen:

8. Establezco límites y digo “no” o “sí” claramente.

9. Expreso mi verdad de forma asertiva, aunque eso signifique sentirme incómoda e incomodar a los demás.

10. Evito activamente participar en grupos o con individuos con los que siento que mi esencia no es valorada ni respetada.

11. No estoy aquí para cumplir las expectativas de los demás. Cada uno es libre de pensar y hacer lo que le convenga.

12. Busco y recibo recomendaciones de quienes viven activamente “eso” que me aconsejan.

Al mismo tiempo que soltaba la necesidad de validación externa iba reconociéndome ampliamente. Al hacerlo, cultivé lo verdadero y profundo en mí y establecí una capacidad de enfoque que no había experimentado antes. Sin duda este es solo un camino. Para mi es la libertad de saber quién soy.

Una agenda legislativa a favor de los derechos humanos

Estamos a escasos cinco meses de las próximas elecciones legislativas, y los diferentes partidos políticos y sus candidatos deberán presentar sus propuestas muy pronto. Dentro de la oposición, abundan los candidatos y las candidatas cuya única carta de presentación es ser eso: «oposición». Genera preocupación que, dentro de este grupo heterogéneo, hay voces que ven la protección a los derechos humanos en un segundo plano. Pareciera que lo único que les califica para obtener una diputación es evitar una «dictadura», o el control total de la Asamblea Legislativa por parte del oficialismo. Demostrando así, una visión muy cortoplacista y sin objetivos.

Pese a que es muy temprano para exigir propuestas, sí es un buen momento para demandar a los partidos políticos que no pierdan el enfoque. Esta legislatura (al igual que sus antecesoras), ha prolongado el debate para proteger derechos humanos fundamentales. Aunque la actual legislatura finaliza en mayo de 2021, la coyuntura electoral podría frenar cualquier discusión.

Entre los temas pendientes de legislar, figura la protección de derechos de los pueblos indígenas, que aseguraría sus derechos económicos, sociales y políticos. Igualmente, se ha prorrogado la aprobación de una Ley de Identidad de Género para personas Transgénero y Transexuales. Esta falta de reconocimiento incide en la exclusión del sistema escolar, acceso a salud, e inclusive, en generar impunidad en crímenes de odio basados en la orientación sexual e identidad de género.

Asimismo, la protección de las personas defensoras de derechos humanos y de periodistas, permanecen siendo temas pendientes en materia legislativa. Esto preocupa aún más en un contexto en el que los ataques desde el oficialismo a activistas de derechos humanos y periodistas están incrementando. Por otro lado, no retomar la discusión sobre la Ley de Justicia Transicional, Reparación y Reconciliación Nacional, mantiene en la impunidad muchas violaciones a los derechos humanos ocurridas durante el conflicto armado, permitiendo la falta de acceso a justicia y verdad.

De igual forma, los derechos de la población salvadoreña más empobrecida permanecen siendo violentados ante la falta de legislación que regule el acceso a agua potable y alimentación de calidad. Parte de este problema, es que el agua y la alimentación no son vistos como un derecho, sino como un negocio. Por último, permanece pendiente la reforma del artículo 133 del Código Penal que salvaguardaría el derecho a la salud reproductiva y la vida de las niñas, adolescentes y mujeres salvadoreñas.

La falta de visión en muchos candidatos de la «oposición» se traduce en propuestas populistas, irrealizables, y sin una ideología clara; mientras la población salvadoreña más desprotegida, continúa sufriendo diferentes estigmas. Ante la eventual incapacidad de la actual Asamblea Legislativa por retomar estos temas, los candidatos deberán demostrar su compromiso con la aprobación de esta legislación.

Es importante mantener el sistema de pesos y contrapesos, y el rol fiscalizador de la Asamblea Legislativa, pero esto no es excluyente de protección de derechos humanos, que es uno de los elementos de un Estado Democrático de Derecho. No podemos vivir en democracia si no aseguramos los derechos de gran parte de la población salvadoreña que ha vivido excluida y violentada. La oposición debe tener una postura clara y fuerte en cuanto a asegurar los derechos de la población salvadoreña. Creer que los derechos humanos no son prioritarios, también atenta contra nuestro mismo sistema democrático.

Nuevas formas de hacer las cosas

En pleno siglo XXI uno podría pensar que la transformación digital ya no es una necesidad, que es algo inherente al quehacer humano pues lo que antes denominábamos “nuevas tecnologías” son ahora parte del día a día.

Sin embargo, esta es una visión bastante alejada de la realidad, sobre todo en países como El Salvador, donde un 80 % de los hogares no cuenta con una computadora, una cantidad similar no tiene servicio de internet, y donde la pobreza —que muerde los talones de cerca de la mitad de la población— es en sí misma un obstáculo para el acceso a la educación y al desarrollo.

En este contexto, la pandemia del covid-19 se volvió un catalizador para que cientos de miles de personas dieran el paso: encerrados en los hogares, muchos trabajadores debieron adaptarse al teletrabajo, y mientras que para niños y jóvenes la continuidad educativa significó buscar la manera de conectarse a clases en línea.

Es también cierto que las tecnologías son herramientas que pueden ayudar a cerrar esas brechas de pobreza y falta de recursos y oportunidades que, en principio, limitan la transformación digital de las personas, de los hogares, de las sociedades, la cuestión es facilitar el acceso a estas a quienes por sus propios medios no podrían tenerlas.

Un caso ejemplar del que no se habla mucho es la plataforma Capacítate para el empleo, disponible en línea desde junio del año pasado, y que contiene cerca de 300 cursos en diferentes áreas del saber, desde estilismo hasta programación. No hay requisitos para inscribirse, los cursos son gratuitos, y se puede tener acceso a plataforma desde cualquier dispositivo con acceso a internet.
Los cursos son gratuitos. Adicionalmente, quienes completan el proceso pueden certificarse a través del Instituto Salvadoreño de Formación Profesional (INSAFORP), también de forma gratuita, e incluir estas credenciales en sus hojas de vida.

En poco más de un año, más de 80,000 personas han aprovechado esta plataforma, pero podrían ser muchas más. Se trata de un recurso gratuito, accesible y que se adapta a las necesidades de cada quien. Al entrar a la página capacitateparaelempleo.org, se encuentra con que los cursos están agrupados según la visión que uno tenga: autoempleo, crear una empresa, acceder a un empleo en determinada área, ampliar un negocio, e incluso hay formación para empleados públicos.

La pandemia del covid-19 ha significado un boom en los sitios que ofrecen formación en línea, y en países como China la denominada nueva normalidad implica ahora una fusión entre las clases presenciales y las que se toman a distancia.

En El Salvador, la Fundación Gloria de Kriete, que desarrolla el programa Capacítate para el empleo, reporta que los jóvenes son los principales usuarios de la plataforma, pero también hay una mezcla importante de otros grupos de edad. Aunque poco menos de la mitad de quienes se han certificado son mujeres, sí reportan una buena presencia de ellas en carreras técnicas.

La formación en línea es un campo al que cada país ha incursionado a su propio ritmo. En lo que respecta a El Salvador, es innegable la presión que significó la pandemia y las medidas de contención aplicadas para tratar de reducir los contagios. Solo en Capacítate para el empleo aumentaron los usuarios un 86 %.

Los recursos en línea y las acciones para aumentar el acceso a estos, sin importar el nivel socioeconómico de la población, son un elemento fundamental para impulsar el desarrollo. La educación en su acepción tradicional se va quedando corta ante los nuevos retos y necesidades que se han enfrentado en contextos como el de la actual pandemia, y la transformación digital es una de las respuestas que han que fortalecer.

Salvar el lago de Ilopango

Crecí escuchando un cuento sobre el lago de Ilopango. Me lo contaba mi tía abuela, a quien, a su vez, se lo habían contado siendo una niña. Era un cuento simple: hace muchísimos años, unos chinos habían llegado al pueblo de Ilopango y conocieron su lago. Recorrieron sus playas y navegaron sus aguas. Los chinos trabajaban en el pueblo, pero casi todas las tardes bajaban por una calle sinuosa para descansar en sus orillas. Desde el primer momento, se quedaron tan embelesados con él y su belleza que, inteligentes como eran, idearon un plan para robárselo. Lo iban a encapsular para llevarlo a su país. Pero el día que iban a proceder –ya tenían todo preparado– la gente de Ilopango se dio cuenta y los echaron del pueblo. De ese modo habían salvado al lago y lo teníamos que apreciar.

Años después, hablando por casualidad con jóvenes del pueblo me dijeron que sus abuelos les habían contado el mismo cuento. La historia tenía sus variaciones –no eran chinos, sino que japoneses– pero siempre guardaba la misma esencia, la gente salvando el tesoro “lagueño“. Desde pequeño asumí el grandísimo valor que esos abuelos de Ilopango daban a su lago. Algunos se ofendían si alguien hablaba mal de él. Era una especie de lugar sagrado, porque en sus recuerdos, de hace más de 70 años, era ese lugar prístino y bello donde pasaban buena parte de la semana santa, bajo una ramada, escudriñaban el cielo durante los atardeceres o simplemente donde se relajaban pescando.

No sé en que etapa ese profundo vínculo se perdió. Asumo que pudo ser con el desarrollo industrial. La zona franca, las fábricas y la creciente ciudad fueron desdibujando al viejo pueblo y también sus costumbres. Pero no solo eso, sino que también trastocó al lago. Ahora su hermosura contrasta con su contaminación. Cada temporada lluviosa es igual, los ríos que alimentan al lago crecen y su corriente arrastra toneladas de basura, desde los más variados plásticos hasta jeringas hospitalarias. La mayoría son desechos domésticos que la gente tira en las quebradas y el agua lluvia lleva hasta el lago. Mientras que, en la temporada seca, el río Chagüite se tiñe de distintos colores por los desechos de fábricas.

Y no ha habido quien salve al lago de esto. Los años nos han enseñado que nadie ha tenido que venir de un país lejano a robarlo, sino que se destruye desde aquí, por sus mismos vecinos. Pasan los Gobiernos, los distintos discursos, los ministros de Ambiente, y todo sigue igual. Ante la indolencia de las autoridades, son pocos los que han salido a defenderlo, como la Fundación Amigos del Lago (Pro Lago de Ilopango) que organiza campañas de limpieza en sus playas y desarrolla otros proyectos para los habitantes de su cuenca. El resto le ha dado la espalda al lago.

Hace poco, leyendo un texto del francés Fernand Montessus de Ballore (1851-1923), que en su paso por El Salvador escribió de efemérides sísmicas y volcánicas, me encontré que, durante la última erupción de la caldera de Ilopango en 1880, los lugareños atribuyeron el fenómeno natural a una sirena que, según las leyendas, habitaba en el fondo del lago, y que se había enojado por la introducción de un pequeño barco de vapor que operaba desde Apulo por iniciativa del presidente Rafael Zaldívar.

Cuando ocurrió la erupción, los lugareños también dijeron que el Gobierno había vendido el lago para sacar una pilastra de oro que era guardada por el ser mitológico. La leyenda versaba sobre el castigo por generar un desequilibrio en lo natural y, sobre todo, anteponer otros intereses. Era una época en la que el “desarrollo” estaba cambiando paisajes más rápido que en cualquier otro momento. Entonces aparecían esas leyendas, como si fueran mecanismo de defensa, para tratar de salvaguardar esos lugares. Para que la gente entrara en razón y supiera que era el momento de salvar al lago.

La herida y la esperanza del 2020

2020 no ha dejado piedra sin remover. Este tiempo, transformador y cuestionador, me ha dejado el regalo de participar en diversos círculos de mujeres en los que hemos conectado con las historias personales y las de quienes nos antecedieron.

El común denominador en las memorias de esas mujeres han sido hombres ausentes y en muchas ocasiones presentes, pero violentos y abusadores. Madres, múltiples hijos, hombres alcohólicos y frases como: “Me violó mi papá”, “abusó de mí mi tío”, “lo hizo mi abuelo”, “mi hija también fue víctima”, han sido la antesala para reconocer el dolor y romper el silencio que abre una puerta hacia la herida y la medicina que la acompaña.

Son mujeres que decidieron reconocer, valientemente, sus historias personales, familiares y colectivas para atravesar su herida, quemar el victimismo y dar paso a un poder real que nace dentro de ellas. Viven con autenticidad y consciencia.

“El amor es sólido” declara una. “Es lo que sostiene al mundo” enfatiza cuando discutimos cómo sanar, perdonar y continuar. Porque se requiere mucho amor para hurgar dentro y en el pasado.

El mundo evoluciona y nos impulsa. Y, de tiempo en tiempo, volvemos, consciente o inconscientemente, a la herida interna que sana lentamente.

Si somos conscientes observamos y sentimos la herida y, aunque duela física, emocional y espiritualmente, la sanidad llega con mayor fuerza en cada intento. Si no lo somos, observamos la vida a través de los ojos de la víctima que sufre sin entender que existen puertas que otras mujeres atravesaron y abrieron para ella.

Lo que escribo no es simple retórica.

La ciencia de la Epigenética ha demostrado cómo nuestras historias y las de nuestros ancestros son trasladas de generación en generación a través del ADN. Ese código heredado no solo determina el color de nuestros ojos y cabello, sino que también nos traduce las posibilidades y los traumas de quienes vivieron antes; así como nosotros lo haremos con quienes llegarán después.

Cuando deseamos realizar cambios y obtener resultados diferentes, es necesario enfocarnos y trabajar en dos ámbitos. El externo y el interno.

En lo externo, necesitamos establecer con claridad un objetivo y concretar un plan de acción para llegar a ese lugar deseado.

Pero el trabajo más relevante y desafiante se produce cuando intentamos ordenar nuestro mundo interior.

Ese proceso se complejiza porque no acostumbramos a observarnos con detenimiento y porque es más cómodo creer que son solo las circunstancias externas las que nos definen, colocándonos automáticamente en estado de víctima.

Y ese estado evita que asumamos la responsabilidad que nos corresponde, como adultos, para modificar una situación que no es placentera, adecuada o correcta.

Sin duda que las circunstancias externas inciden en las posibilidades de un individuo, sobre todo en un mundo en donde aún se clasifica a las personas a través de los lentes de clase, raza, género, religión y posición social, y donde la balanza tiene claras inclinaciones que favorecen a los privilegiados versus quienes nacen en la periferia del sistema que hoy por hoy rige al mundo.

Reconocer nuestras historias pasadas para inspirarnos con el sacrificio y el liderazgo, también implica confrontar las partes menos luminosas de quienes nos precedieron. Porque ocultar las historias personales y familiares por mantener una “imagen” de los ancestros, especialmente los hombres de la familia, “héroes y proveedores”, nos atasca en el presente y bloquea nuestro desarrollo futuro.

Para sanar, considero que no hay otro camino que ir hacia adentro en un proceso individual que inevitablemente impacta al colectivo.

Es a través de la consciencia plena de esas historias que logramos asumir la responsabilidad de nuestra vida y nuestra sanidad mental, emocional y espiritual. Y cuando lo hacemos nos regalamos una medicina para el presente e impactamos en la construcción del futuro.

Incoherencias de la A hasta la Z

Estamos a unos meses que se cumplan 40 años de una de las peores masacres ocurridas en Latinoamérica. Durante la Operación Rescate, soldados del Batallón Atlacatl masacraron a 1,725 personas del cantón El Mozote y lugares aledaños. La mayoría de las víctimas fueron niños y niñas. Casi 40 años después de ese fatídico diciembre de 1981, el Estado salvadoreño no ha tenido un verdadero compromiso contra la impunidad.

De las administraciones de ARENA nunca se esperó mucho. Su rol de encubrimiento y protección a criminales de guerra estuvo siempre claro. El FMLN, que se proyectó como un cambio, se jactó de pedir perdón y reconocer la responsabilidad del Estado en la masacre. Pero, más allá de derramar lágrimas en El Mozote, continuó la negativa de revelar los archivos militares. Si bien es cierto este compromiso lo tuvieron que asumir las administraciones pasadas, ahora esta responsabilidad recae sobre el gobierno de turno. Y, en este caso, la administración de GANA ha sido, cuanto menos, incoherente y ha manejado un doble discurso.

En sus primeros días, el presidente ordenó eliminar el nombre del coronel Domingo Monterrosa del Cuartel de la Tercera Brigada de Infantería. Pero, al mismo tiempo, eliminaron la Secretaría Técnica y la Secretaría de Inclusión Social, encargadas de coordinar las medidas de reparación hacia las víctimas. Para evitar críticas a esa medida, el presidente sostuvo una reunión con las víctimas de la masacre de El Mozote y lugares aledaños. Sin embargo, el presidente nombró viceministro de Defensa al apoderado legal de acusados en la masacre de El Mozote. Posteriormente, el presidente expresó su compromiso con la verdad, al prometer abrir los archivos militares «de la A hasta la Z».

Cuando llegó el momento de la verdad, el Gobierno ya no se adhirió a sus compromisos. En marzo, el Estado Mayor negó el ingreso de las comisionadas del Instituto de Acceso a la Información Pública, quienes llegaron a realizar una diligencia administrativa para conocer archivos militares relacionados con la masacre estudiantil del 30 de julio de 1975. Y más recientemente, desobedeciendo una orden judicial, se bloqueó la inspección de archivos militares que podrían esclarecer la masacre de El Mozote.

Este último hecho es el que preocupa, ya que la negativa del Gobierno no solo viola la independencia judicial, también podría incurrir en posibles delitos penales. Es preocupante también el rol que la Fuerza Armada está teniendo, la cual no se apega a su mandato constitucional o a un poder civil. Existía un mito según el cual esta era la institución que más había cumplido los Acuerdos de Paz, pero esta administración, no solo le ha brindado mayor protagonismo, también le ha regresado su rol intervencionista en la toma de decisiones, desmitificando lo que se creía.

El falso compromiso de esta administración es un menosprecio hacia las víctimas, a quienes se les engañó de la manera más burda. Cuando el presidente vetó la Ley de Justicia Transicional, dijo que era absurdo que las víctimas del conflicto armado esperaran 40 años por justicia. Negarse a abrir los archivos militares solo confirma su compromiso con la impunidad, y si el presidente continúa negándose, los años se irán sumando. En este punto es válido preguntarse, ¿a qué intereses responde el presidente? ¿Quién gobierna el país, las Fuerzas Armadas o el presidente de la República?