EL SOL DESCALZO

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

EL SOL DESCALZO

No tenía necesidad de abrir la ventana de su cuarto, porque lo que ahí había era un hueco informe en la improvisada pared de madera carcomida por el tiempo. En verdad, aquello no era una vivienda que mereciera el nombre de tal, sino apenas un espacio que mostraba todas las características de haber sido la invención casi agónica de un indigente que no quería despedirse de este mundo a la intemperie.

Afuera, el aire parecía divagar con un estilo desconocido, escapando de los espacios abiertos y notoriamente en busca de refugios entre los árboles o en los ámbitos habitados. Y cuando él se asomó por el hueco de la ventana, lo que recibió de inmediato fue un soplo de amigable comunicación, que traía consigo algún olor natural recogido de seguro muy lejos de ahí. No pudo contener el impulso:

–Gracias, amigo, porque vienes a hacerme compañía.

Entonces el soplo pareció tomar forma, ya incorporado al sencillísimo plano hogareño. Y él descubrió que era una imagen de interioridad resplandeciente con un atuendo inidentificable y los pies desnudos.

PASIÓN DE LEJANÍA

Aquel amanecer, su despertar fue como hallarse de repente en un espacio totalmente desconocido. No era la primera vez que lo sentía así, pero en esta ocasión todo le parecía como si hubiera perdido de repente los indicios de orientación y se hallara en una especie de limbo emocional, sin coberturas protectoras a la mano. Alguien tocó levemente a la puerta de su cuarto de dormir, y él, como todos los días, entendió de inmediato el mensaje: el desayuno estaba servido, y en esa oportunidad no se había incorporado a tiempo para tomar su ducha habitual y fugaz de agua casi caliente.

Salió al comedor, que quedaba inmediato a su cuarto, porque en verdad la vivienda no daba para ningún distanciamiento. Ya estaban ahí, a la mesa, sus padres y sus dos hermanos menores. Y luego de los saludos de ritual, el padre le preguntó haciendo que las palabras brotaran entre la maleza del bigote espeso y de la barba tupida:

–¿Ya tomaste la decisión que me anunciaste ayer?

Todos, sin dar señales explícitas, se hallaban a la expectativa. Él aspiró y respondió:

–Sí, ya sé lo que voy a hacer: me voy de aquí para siempre.

–¿Es que algo te hemos hecho, hijo, o en algo te hemos fallado? –le preguntó la madre, conmovida.

–No, no son ustedes, soy yo. No puedo quedarme en el lugar donde nací. Y más ahora que tengo que definir mi vida cuando mi educación media está por concluir. Debo ir a probar y a recorrer mis lejanías soñadas. No sé dónde ni cómo. Llevo ilusión de migrante, como tantos otros. Sólo que yo no lo hago por necesidad sino por vocación. ¿Entienden?

CRUCE DE ENSUEÑOS

Fidelio era un joven emocionalmente montañoso y abrupto, que paradójicamente había ido evolucionando hacia una llanura de sentimientos en cuyo centro se alzaba una ermita con imágenes inefables. A los que lo conocían bien les resultaba cada vez más difícil identificarlo ahora con lo que conocían de él. Se hallaba evidentemente a la expectativa de sí mismo, sin dar ninguna señal externa de ello, con todos sus poderes interiores a la expectativa.

Entonces apareció Miroslava, que venía de alguna remota comarca ubicada al otro lado del mar, y cuando Fidelio la tuvo enfrente sin que ella diera a conocer qué la había llevado hasta él, fue como si se abriera un portón insospechado hacia lo que de seguro él había guardado como expectativa silenciosa desde siempre.

–Hola, mi amor –lo saludó ella, como si fueran remotos conocidos–. Vengo a responder a tu llamado.

Él se quedó inmóvil, como si se hallara ante una presencia sobrenatural.

–Sí, eso soy, Fidelio. Me envía tu anhelo más profundo. ¡Vámonos a recorrer los mundos que soñamos, y después nos recluimos en la cabaña más próxima al más allá! ¿Te animas?

MEMORÁNDUM DE CLAN

Cuando los tres hijos de aquel matrimonio que se había dado de pronto, como si una fuerza interior compartida señalara la ruta, llegaron casi simultáneamente al momento de empezar a cumplir sus respectivos destinos, el padre sintió que aquella misma fuerza original le estaba ordenando mantener el núcleo intacto. Se lo planteó así a la madre de sus hijos, y ella asintió sin comentarios. Entonces propició una reunión de familia y ahí planteó su decisión inapelable:

–Cada uno de ustedes puede tomar el rumbo profesional que quiera, pero ninguno se irá de esta casa. Decisión tomada y comunicada.

El silencio acostumbrado fue la respuesta unánime. En los días siguientes, el ambiente familiar se mantuvo intacto, como si ninguno de los que formaban parte de él albergara algún anhelo de rebeldía. Se miraban cautelosamente entre sí, según era su forma habitual de hacerlo, y quizás sólo alguien que portara una lupa de poder excepcional habría podido detectar un rasgo diferenciador en las actitudes compartidas. Pero…

Y en ese pero estuvo la clave. Contra lo que cualquiera hubiese podido imaginar, la ruptura del círculo perfecto se produjo sin anuncio por la parte más fuerte del enlace.

Una mañana, él ya no estaba ahí. Jamás había pasado. Desapareció sin dejar rastro. ¡Era el padre! Todos se miraron penetrantemente, como si quisieran reconocerse de veras. Él siempre había dado la pauta. Era el jefe absoluto del clan.

Y así se fue desgranando la mazorca. Y la última en esfumarse fue la madre. La casa quedó vacía, como un castillo abandonado. Los nuevos fantasmas podían tomar posesión de él, siempre que lo hicieran con voluntad y obediencia de clan.

SOLIDARIDAD NATURAL

–¡Tenemos hambre! ¡Tenemos hambre! ¡Tenemos hambre!

Era el reclamo vociferante de las pequeñas multitudes que se aglomeraban en las esquinas como si los pocos transeúntes motorizados pudieran responder de inmediato al grito que envolvía una petición ansiosa. Y las improvisadas banderas blancas ondeaban queriendo quizás subir en el aire hasta encontrar algún predio invisible donde hubiera oídos dispuestos. Así las cosas, arriba, en las profundidades del cielo abierto, se estaba fraguando otra tormenta: la que venía con ráfagas líquidas y con estallidos sonoros.

De pronto, y como si se sumara a la urgente demanda, la lluvia se abalanzó tal si quisiera inundarlo todo. En unos instantes todo se halla totalmente empapado, incluyendo a los reclamantes y a sus banderas. Entonces, entre los portadores de éstas se alzó un individuo que había pasado inadvertido y que súbitamente ganaba protagonismo:

–¡Hermanos, la Naturaleza nos acompaña, vamos a su encuentro!

Como si aquello hubiera sido una señal superior, la lluvia furiosa empezó a disminuir y los presentes, sin dejar de enarbolar sus banderas blancas, tomaron camino hacia las alturas vecinas. Ahí les aguardaba otra multitud subida en carrozas antiguas cargadas de víveres cultivados en la zona:

–¡Suban, hijos de la Tierra como todos nosotros: la fiesta del sustento nos espera!

 


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