CIUDADANÍA FANTASMAL (28)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

EL SOÑADOR INMÓVIL

Estos son tiempos de crisis, y tal condición se ha vuelto tan común y cotidiana que está en vías de pasar inadvertida. Él era un pensador sigiloso, y sus palabras se colaban por los intersticios de las conciencias ajenas, como en un juego de ilusiones sutiles. Casi nadie lo advertía así, y eso hacía que se le considerara un malabarista inofensivo, que no despertaba ningún interés de comunicación amistosa.

–¿Puedo acompañarlos a la Taberna de los Sueños? Es sábado, y todos los sábados deberían ser Sábados de Gloria.

–¿Vos en la Taberna? Mejor te quedás flotando entre tus libros que apestan a viejo…

–Gracias, voy con ustedes.

Y aquella noche se anunciaba eclipse. La taberna estaba casi desierta, y los que circulaban por ahí no presentaban signos de identidad, como si se tratara de gente recién llegada de muy lejos.

De repente, todos los focos se apagaron. Sólo él, sentado en un extremo de la mesa compartida, tenía iluminación alrededor, como si fuera una imagen. Los acompañantes se levantaron y lo rodearon.

–Gracias por estar aquí, visitante de lo ignoto.

–Perdona nuestra incomprensión, pero ya te reconocimos, Maestro.

Y al decir la palabra se encendieron las luces, y la Taberna estaba llena de contertulios. Él hizo un gesto, y sin moverse extendió las manos y cerró los ojos.

HORIZONTE EN ASCENSO

Lo que antes fue una aldea después se convirtió en un poblado en expansión y era hoy una ciudad creciente que ganaba cada vez más espacios verticales. Desde uno de esos espacios con azotea embarandada se podían contemplar los límites más distantes, con mar escondido al fondo.

–Y si es así, ¿por qué dices que ese es un horizonte en ascenso?

–Porque todos los horizontes que merecen ese nombre lo son.

–Ah, no, lo que pasa es que te estás proyectando. Tú te crees el horizonte.

–¿Y cuál es la novedad? Todos nos creemos nuestro propio horizonte.

–Sí, como esa aldea de la que venimos.

–¿Aldea? Era una caverna en el cerro más próximo.

–¿Y quiénes somos, pues?

–Los sobrevivientes que estamos a punto de lanzarnos a nuestro propio vacío. Van a decir que nos quitamos la vida en el aire, cuando en verdad la ganamos en la tierra… ¡Hasta siempre!

DON GENARO A PRIMERA HORA

Como todos los días hábiles para la enseñanza en el aula, se puso enfrente del mismo grupo de niños que le tocaba educar en aquel Cuarto Grado de Primaria. Él era joven, espigado y muy poco expresivo, y por eso sus alumnos lo miraban casi como a un igual muy diferente.

–Hoy toca geografía. ¿Quieren viajar al Norte o al Sur?

Expectativa inicial, hasta que se alzó una mano en el centro del cuarto de clases:

–Un lugar con frío, por favor.

–Bueno, puede ser al Norte o puede ser al Sur. ¿Qué prefieres?

–Esa montaña que se ve desde aquí.

–Es un volcán, el nuestro. El Volcán de San Salvador.

–Vamos mañana, y que todos los compañeros traigan su suéter.

Don Genaro sonrió, como pocas veces lo hacía:

–Ya veo que vas a ser poeta. Te gusta el aire, ¿verdad?

–Si usté lo dice, profe, le voy a hacer caso.

CORONAVIRUS ÍNTIMO

–¿No sientes algo desconocido que se te acerca y se te aleja al mismo tiempo?

–¿Por qué me preguntas eso?

–Porque te veo llorar y sonreír a la vez.

–Olivia, estás divagando. ¿Tú tienes dificultad para respirar?

–¡Uy, no! Si la tuviera, me iría a la clínica más próxima.

–Pues no es necesario, basta con que te laves bien las manos con agua y jabón…

–¿Sólo las manos? –preguntó ella, con expresión pícara.

–Ah, eso vamos a saberlo cuando se apaguen las luces –respondió él siguiendo el juego.

–En todo caso, es mejor prevenir que lamentar –insinuó ella antes del estornudo.

–¡Jesús María, comenzó la tormenta!

–No, no, no, ven para acá. Lo desconocido se acerca y se aleja al mismo tiempo. Acabas de decirlo.

–¡Ay, mi vida, es que el amor es la máxima plaga! –sentenció él, con aire de experto.

–¿Y entonces?

–Pues vámonos a cualquier parte, menos a China.

–¡Ay, pero es que en un bosque de la China es donde mejor se duerme!

HAY QUE SOÑAR DE PIE

Eran afines. Bueno, más que afines. Y en verdad muchísimo más que afines. Pero tenían que comprobarlo, y eso abría infinidad de opciones. Era hora de dejarlo claro sin dudas.

–¿Qué tienes en mente? –indagó él, con la puntualidad que le caracterizaba.

–Tengo muy poco que ver con mi mente –adujo ella, a quien le gustaba jugar con los símbolos.

–Mejor así. Es lo que esperaba.

–¿Tú? Pero si eres lo más previsible que cualquiera podría imaginar…

–Igual digo, querida.

–¿Querida? ¿A qué viene ese calificativo tan confuso?

–¡Por favor, ábrete para dejarme entrar!

–¿Abrirme? ¿Qué te pasa?

–Jajajá. Te destapaste, mi vida.

–¿Tu vida? Es lo más inverosímil que he oído nunca.

–Entonces, dejémoslo así. No vaya a ser que se nos arruine el encanto de no saber quiénes somos.

SORPRESAS DEL CAMINO

La carretera recién pavimentada se iba abriendo paso entre promontorios de desechos sólidos y apiñados conjuntos de árboles raquíticos. Aquel era, pues, un ambiente típicamente residual, y eso le daba una apariencia de abandono que tendía a sobrecoger el ánimo de quienes andaban por ahí, y muy especialmente de los transeúntes ocasionales.

El motociclista que acababa de aparecer tras una vuelta de la ruta se detuvo de súbito y corrió hacia un macizo de arbustos inmediatos. Evidentemente tenía urgencia orgánica. Volvió casi de inmediato con gesto distendido.

–A Dios gracias mi vejiga funciona –pensó, con sonrisa notoria.

En ese justo momento se hizo ver una persona que venía caminando sola por la carretera. Era una joven que se veía muy del lugar. Él la observó con atracción súbita.

–¿A dónde vas, muchacha?

–A ese caserío que está ahí.

–¿Querés que te lleve en la moto?

Ella titubeó. De seguro nunca le habían hecho una invitación semejante. Pero se montó sin decir más. Arrancaron. Y el caserío aludido no apareció por ninguna parte.

 


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