CIUDADANÍA FANTASMAL (27)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

LAS FUERZAS DEL BIEN

Cuando el conacaste que desde hacía largo tiempo estaba al borde de la entrada comenzó a languidecer, una especie de sensación nostálgica se fue difundiendo entre los árboles del entorno. Y quien más afectado se veía era el jícaro que se hallaba en el punto en que el rústico jardín se convertía en predio baldío.

–¿Qué les está pasando, amigos? –les preguntó una mañana el pomelo equidistante.

–No nos pasa nada, simplemente es el aire… –respondió el jícaro girando una rama.

–¿El aire? Sólo respiren profundamente y todos estaremos contentos.

Cuando ya atardecía, una bandada de palomas comenzó a girar en torno, como si buscara dónde posarse. Entonces, se hizo sentir el más tímido de sus congéneres presentes en el lugar: el granado cuyas frutas eran la soñada delicia para las ardillas que andaban dando saltos constantes por todas las ramas disponibles.

–¡Vengan a mí, amadas hermanas, que aquí todo les será grato!

El conacaste, el jícaro y el pomelo movieron levemente sus ramas en señal de aceptación, y alguno de ellos dijo:

–Como estamos en familia, hagamos coro…

BABY BOOMER

Presentó su hoja de vida, con un solo comentario: «Estoy dispuesto a hacer de todo».

Dejó la hoja y se fue a esperar la respuesta, zocando para que fuera positiva. Cuando pasaron los días, se acercó a indagar, y lo que oyó lo dejó en silencio:

–Disculpe, señor, pero si no ha recibido noticia es que no hay oferta.

Entonces tomó conciencia como nunca antes de que ya su generación estaba diluyéndose en las brumas del pasado, y guardó su currículo en la gaveta más profunda de su armario.

Salió a caminar por los alrededores de su vivienda, ubicada en una zona de las que estaban desarrollándose más aceleradamente. Por ahí circulaban los millennials y aun los más jóvenes, los de la Generación Z o posmilénica.

Mientras caminaba, los influjos de su propia condición temporal se le iban haciendo más sensibles, hasta convertírsele en una especie de aureola expansiva. Y al instante se sintió rodeado de contemporáneos desconocidos, que le sonreían como a un semejante, hasta que uno de ellos se lo expresó en voz de bienvenida:

–Bienvenido a nuestro mundo de desempleados que buscan horizonte. Aquí no existe la edad, sólo el anhelo de aventura. ¡Vamos!

MAR DE POR MEDIO

Cuando se juntaron lo hicieron expresamente para pasar la vida juntos, sin distancias de ninguna índole. Aquella era una necesidad vital compartida, que apuntaba hacia la unión inquebrantable e indisoluble. Así fue, aunque por ahí, sin que ninguno de los dos lo advirtiera, empezó a emerger una presencia líquida.

–Me ahogo –pensó él.

–Voy flotando –sintió ella.

Y cuando sintieron, sin que tampoco se lo dijeran, estaban en dos latitudes distintas. Él sumergiéndose en el agua salada; ella girando sobre las olas. Y aquello era el peor divorcio inmemorial.

RITO SUPERIOR

Cuando él llegó a visitarla con una rosa roja en la mano, ella entendió de inmediato que aquella tenue relación recién iniciada tenía vocación sin fin. Un par de días después, vino la petición de noviazgo; y sólo unas pocas semanas más tarde llegó el momento de definir la fecha del enlace, que en su versión religiosa sería en una pequeña capilla del vecindario, ahí donde oficiaba el padre Gurdián, que los había bautizado a ambos.

Cuando el padre les preguntó en la ceremonia por su voluntad de hacer vida juntos, ambos titubearon por primera vez, pero ya no era posible ninguna espera. ¿Qué había pasado?

–Vamos, que el autobús aguarda…

Llegaron a la playa en uno de cuyos hotelitos pasarían la luna de miel. Se fueron al bar a tomar algo, y luego, muy tarde, a la habitación asignada.

Él entró al baño a tomar uno de ducha, y salió vestido como si fuera a un convite formal. Ella estaba desnuda sobre la cama y en el ángulo de las piernas entreabiertas tenía una rosa roja.

Él pareció estar recibiendo una visión sobrenatural. Se arrodilló y depositó un beso de inspiración superior sobre los pétalos entreabiertos. Destino marcado.

CRISTALES VOLADORES

En aquel poblado que parecía ajeno a cualquier contacto con las realidades del mundo actual estaba creciendo, sin que ninguno de los habitantes tuviera noción al respecto, una pequeña fuerza que se proyectaba hacia adelante desde una de las chozas más rústicas del lugar.

Era un niño que estaba a punto de volverse adolescente, y que, sin decírselo a ninguno de sus familiares inmediatos, que eran agricultores en pequeño y trabajadoras del hogar, se hallaba dedicado, sin saber cómo ni de dónde, a imaginar fuerzas extraterrestres.

Una noche, ya cuando el amanecer estaba a punto de insinuarse, el aire, en forma de ráfaga personalizada, penetró hasta el rincón polvoriento donde el muchachito iba soltando las promesas de su desvelo. La ráfaga lo levantó como si fuera una brizna y se lo llevó consigo. Nunca se supo más de él, y nadie pareció extrañarse. Fue como si aquello hubiera estado acordado desde el inicio…

LA ÚLTIMA FUNCIÓN

–¡Primera llamada!

Los tres actores, dos hombres y una mujer, parecieron no haber oído el anuncio, y siguieron conversando animadamente. ¿De qué hablaban?

Mientras lo hacían, se hizo presente, sin saber de dónde ni por dónde, un equipo de libélulas que volaban en círculos cada vez más expansivos, aunque el espacio parecía no dar para ello. Ellos apenas se fijaron en lo que pasaba a su alrededor, porque estaban embebidos en su plática. Y entonces se oyó:

–¡Segunda llamada!

Los tres alzaron la vista, como si les llamaran desde otra dimensión; pero continuaron en su coloquio intensivo, ahora más distanciado de cuanto les rodeaba. Era como si estuvieran reunidos en un parque sin límites, lo cual significaba el más extremo contraste con ese reducido espacio de la retaguardia teatral en la que verdaderamente permanecían.

Con una ronquera sin causa identificable sonó la advertencia:

–¡Tercera llamada!

Igual efecto: ellos tres, los actores de la obra, no se dieron por aludidos, y siguieron absortos en su plática.

–¡Señores, tienen que salir al escenario!

Era una voz imperiosa que les restallaba en los oídos. Se levantaron de un salto, sin saber hacia dónde dirigirse. Y mientras todo se derrumbaba a su alrededor, ellos volaban como un residuo de libélulas.

SANTO REPOSO

Cuando se tendía a descansar en aquel catre que resumía en sus crujidos los destellos de su propio crecimiento, todas las fantasías heredadas se le hacían presentes sin esperar nada más.

–¿Estás aquí, como siempre?

Eran voces que cambiaban a diario, sin dejar de ser las mismas.

–No, no estoy aquí, pero voy a estarlo si ustedes me guían…

–Entonces, a deambular se ha dicho por las escarpaduras del insomnio atávico.

 


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