Fluir en el tiempo, como la naturaleza

Los griegos utilizaban dos conceptos acerca del tiempo: Kronos y Kairos. Kronos como la “medida” lineal del tiempo; y Kairos como la “participación” en el tiempo. Nuestras vidas en la actualidad están regidas por el primero que se expresa a través del reloj, los horarios, el estrés provocado por el hacer excesivo; y el permanecer ocupados y preocupados tratando de cumplir con él, olvidándonos de estar verdaderamente presentes.

Kronos cuadricula, y aunque efectivo, si Kairos no se incluye, corremos el riesgo de perder el disfrute de lo que hacemos. Vivir desde Kronos es correr, estar adentro de los esquemas y atados. Vivir a través de Kairos es participar, implicarse, fluir y renovarse en el proceso.

Kairos es como la naturaleza, que siempre está concentrada en su constante renovación. Hace algunos años me acerqué a la naturaleza y empecé a comprender sus ciclos. Me alegraba cuando todo florecía, y me entristecía cuando lo verde y colorido empezaba a envejecer y morir. En aquel entonces, no entendía que ella se mantiene en un ciclo constante de renovación y renacimiento; en ese “tiempo sin tiempo”, en un fluir que se asemeja a una espiral que gira y avanza lenta y constantemente.

Los humanos nos hemos desconectado de ese estar “dentro” del tiempo, y nos hemos casado con la idea de que este nunca se detiene; perdiendo energía valiosa en una lucha incesante para que la vida se mantenga en línea recta y sin desviaciones.
La energía se dispersa cuando perseguimos aquello que “otros” nos dicen que debemos alcanzar; cuando creemos que el “tiempo” se nos acaba y corremos detrás de él en lugar de ir por nuestros sueños, ideas y motivaciones. Y la energía se renueva cuando reconocemos los ciclos naturales del espacio que habitamos, y aprendemos a descansar para reponernos.

Pensadores, escritores y filósofos han hablado de ese fluir durante siglos: “Sé cómo un árbol, deja que las hojas muertas se caigan”. “…planta tu jardín y adorna tu alma…”. “Adopta el paso de la naturaleza: su secreto es la paciencia”. “El secreto no es correr detrás de las mariposas, es cuidar el jardín para que ellas vengan a ti”.

Las claves para fluir en el tiempo se expresan en la naturaleza. La tierra que recibe la semilla, el viento, el sol, las aves e insectos que movilizan lo necesario para que esa semilla se alimente y crezca; la lluvia que llena de vida las profundidades; los frutos que se ofrecen una y otra vez hasta que llega el momento de cerrar un ciclo y dar paso a una nueva fase.

Entender la naturaleza es comprender el manejo del tiempo; porque en ella todo llega en su justo momento. Como señala la analista junguiana Jean Shinoda Bolen: “Todas y cada una de las cosas que existen en la naturaleza pertenecen a su grupo particular con el que comparten semejanzas, al tiempo que cada una es en sí misma única; en ningún caso hay dos ejemplares idénticos. Sin embargo, cada una de ellas florece o fructifica junto con las demás, cuando llega su temporada”.

Votos de castigo

En América Latina, los vaivenes de derechas e izquierdas en el poder parecen venir por olas. Hace dos décadas fueron las izquierdas quienes ganaron terreno, para alegría de muchos que, con las cicatrices aún frescas de las dictaduras en la región, lo veían impensable.

Y de estas izquierdas nacieron líderes entrañables, como Pepe Mujica, y otros que decepcionaron, como Dilma Rousseff, quien además cargó con el costo de un esquema de corrupción que se arrastró por el continente y contaminó cantidad de gobiernos, incluido, según aún se investiga, El Salvador.

El desencanto fue entonces el vapor que hizo avanzar la maquinaria de nuevos movimientos, más hacia las derechas, con agendas tan extremas como la de Jair Messias Bolsonaro, el primer militar que asume las riendas de Brasil desde el fin de la dictadura en dicho país.

El hecho de que tenga posturas abiertamente machistas, de que trate con desprecio a sus oponentes políticos y haya llegado a instaurar un régimen de mano dura, además de estar promoviendo la facilitación en la fabricación y compra de armas, y aún con todo esto, sea celebrado por miles de brasileños, es un signo que no se puede tomar a la ligera.

En los tiempos recientes son pocos los gobernantes que llegan al poder por méritos propios, porque se demuestren capaces, probos y preparados, o porque tengan plataformas y propuestas de calidad. Ahora es cada vez más común que las elecciones las ganen dos cosas: la mera popularidad, y el voto de castigo.

En el primer punto no hay mucho que explicar. Políticos jóvenes, carismáticos y bien parecidos no tienen muchos problemas para hacerse de la simpatía de los votantes. En El Salvador tenemos diputados especialistas en explotar su imagen y que ya llevan más de un periodo sin más mérito que verse bien en las fotos, videos o anuncios que comparten en los diferentes medios y redes sociales. Esto puede parecer inofensivo, y lo sería, salvo que estos puestos los deberían estar ocupando personas capaces con agendas claras, profesionales con una visión de país que aporten a la formulación de las políticas públicas y nuestras leyes más allá de lo que le pidan los financistas de sus campañas.

Un efecto secundario y triste del voto por rostro: que nuestra Asamblea se llene de caras bonitas con poco valor agregado.

Pero el segundo aspecto, el voto de castigo, es definitivamente un juego de ruleta rusa. El desencanto con quien ostenta el poder nos lleva a firmarle un cheque en blanco no a la que nos parece la mejor opción, sino a quien vemos que tiene más posibilidad de ganarle a quien queremos sacar del cargo.

Las experiencias recientes en América Latina demuestran que cuando nuestros pueblos deciden dar un voto de castigo, no les importa que esto implique darse un balazo en un pie o un escopetazo en la cara.

El riesgo está en que puede ser que quien gane sea realmente al final un buen funcionario, o todo lo contrario. Es una apuesta en la que quien tiene todo que perder, quien recibe el verdadero castigo en caso de equivocarse, es el pueblo.

A días de la elección presidencial, muchos aún no deciden a quién darán su voto. Otros ni siquiera se han convencido si vale la pena ir a votar. No voy a decirle qué hacer, usted está en su derecho de participar o no en los comicios, pero es importante que sepa que lo que decida el resto, si usted opta por no votar, sí le afectará durante los próximos años. En mi caso, prefiero pensar que sí traté de tener alguna incidencia en lo que, entre todos, decidiremos este 3 de febrero. Yo sí iré a votar.

Sin odios ni rencores

Dos políticos de partidos distintos comparten mesa en un hotel capitalino. Ríen, bromean, brindan. Otro grupo está reunido en la casa de algún aliado/patrocinador, y el escenario es parecido: una plática amena y fluida. Muchos se conocen desde hace años. Otros son nuevos en el medio, y se dedican a observar y aprender.

Mientras estas escenas se repiten con muchísima frecuencia. Es parte del arte de la política. Los grandes acuerdos rara vez se gestan en las mesas montadas para el diálogo, o en las comisiones de la Asamblea Legislativa. Las decisiones clave se toman en estos espacios, a puerta cerrada, lejos de las cámaras y los micrófonos.

Para el público se monta otro tipo de espectáculo. Los políticos suelen asumir el papel de rivales y espetar discursos confrontativos en los que suelen atacar las posiciones de sus contrarios y ensalzar el trabajo de los de su mismo color. Frente a los espectadores, nosotros, sus votantes, ellos se intercambian señalamientos y culpas y defienden sus acciones bajo las banderas siempre efectivas de sus líneas ideológicas.

El ciudadano desprevenido puede caer fácilmente en la dinámica de este circo y emular, desde su propio ámbito, esta batalla contra el rival político, contra el simpatizante del otro partido. Aunque es algo que no es nuevo, es recién ahora que los espacios virtuales, las redes sociales y el acceso a la tecnología permiten que esta lucha se haga más visible.

Los muros de Facebook y las cronologías de Twitter se convierten en verdaderos campos de guerra en los que amigos y familiares se enfrentan. Si bien es cierto que el ambiente se exacerba por la influencia de cuentas falsas, troles e información manipulada o tendenciosa, la gente real, esa de carne y hueso con un trabajo y una familia, también suele caer en esta ola de pasionismo electoral.

¿Realmente vale la pena perder amistades, enemistarse con un familiar, o poner en riesgo otro tipo de relaciones por defender al político de mi preferencia? Yo le diría que no, no lo vale. La maquinaria electorera, esa que busca a toda costa la cosecha de votos que manda en este juego de sillas de la alternancia en los gobiernos, se nutre de odios y rencores. Nuestra clase política sabe que es muy poco lo que logra apelando a nuestro intelecto, entonces hace de la seducción a sus simpatizantes algo emocional. Apelan a creencias profundas, a increpar a los valores de la gente, a su religión. Apuntan el dedo hacia el contrincante y le recitan sus defectos para que usted decida votar por ellos, la mejor opción.

El odio por el otro, por el que no piensa como yo, por el que no vota como yo es un efecto directo de este tipo de diseño de campaña electoral. Ellos, el partido contrincante, y todos sus simpatizantes son el enemigo a vencer. En esa polarización, en ese juego de todo o nada, ignoramos u olvidamos que estos mismos colores que ahora defendemos con pasión se mezclarán más adelante en lujosos restaurantes para decidir nuestro futuro, el de todos, sin importar por quién se haya votado, o si ni siquiera se asistió a los comicios.

No vengo a decirle que no se sienta orgulloso de sus colores partidarios, ni mucho menos a sugerir que no es válido ser simpatizante, correligionario o miembro de un partido político. Para nada. Este sistema de partidos, con todo y sus defectos, es parte de nuestra dinámica democrática que tanto nos ha costado conquistar.

Mi invitación, más bien, ahora que nos acercamos a la recta final de esta campaña presidencial, es a que cambie su enfoque, que su elección sea más racional, que se fije en lo que nos prometen y lo recuerde para luego exigirlo. Pero sobre todo, a que dejemos a un lado el odio y el rencor contra quienes piensan y votan diferente a nosotros. No pierda amistades ni aleje a sus familiares para defender a un político. No vale la pena, y él ni siquiera lo necesita.

El agua no es de todos

No hay que engañarse. Hace tiempo que el agua en el país dejó de ser «de todos» y se ha convertido en un privilegio. Ahora, el acceso al líquido marca una profunda división social al igual que el acceso a servicios de salud de calidad o a la seguridad. No se ha necesitado privatizar el agua –ni la salud– para que esta sea un negocio, ante la mirada indolente y cómplice del Estado.

En ese gran marco de inequidad, en el que más de un millón de salvadoreños aún no cuenta con agua potable en sus hogares, se discute una ley de agua. Un proyecto que ha caldeado los ánimos de la gente y los primeros ya han salido a las calles a protestar. Esto por lo que se considera un intento de la derecha por privatizar el recurso. Aunque, en realidad, lo que hay en el país es una privatización fáctica del agua. Al menos para una buena parte de la población así lo es.

El agua es un lujo. Para las familias más pobres lo ha sido desde hace décadas. Privadas de un servicio de agua potable y de un saneamiento adecuado, han vivido una pesadilla que ahora el resto de la sociedad teme que se vuelva algo generalizado. Y solo porque se ha comenzado a plantear como un problema que puede afectar a todos los estratos sociales es que se le ha dado más atención al tema.

Pero muchas familias tienen años de comprar barriles de agua para vivir, encareciendo aún más su precaria situación. Solo un ejemplo: en el cantón El Coyolito, de La Unión, nunca han tenido acceso al agua potable. Sus pozos se secan en los meses sin lluvias y tienen que comprar toda el agua que consumen: la que beben y usan para los quehaceres domésticos. Se la compran a un vecino de otro cantón que ha descubierto un nacimiento en su patio y comercializa el líquido. Así, sin ninguna autoridad visible, el agua es una mercancía más en las desérticas afueras de La Unión.

El caso de esta comunidad no es aislado ni único, sino que se multiplica en los demás departamentos del país. LA PRENSA GRÁFICA publicó hace unos días cómo desde ranchos privados sacan agua a discreción del lago de Coatepeque para comercializarla. Pero no solo ahí. El marcado consumo de agua envasada en el área urbana es otra muestra de una privatización de facto del líquido. Comprar agua era algo impensado en el tiempo de nuestros abuelos, hace apenas tres generaciones. Sin embargo, ha pasado lo mismo que en el ámbito de la salud. El sector público brinda un servicio tan malo que los que pueden pagar prefieren lo privado. Incluso las instituciones del Estado, que así como contratan seguros médicos para sus empleados compran agua embotellada para sus oficinas. De nuevo, el acceso al agua de calidad se determina por el poder de compra.

Y en el centro de todo está la incompetencia de ANDA. La Asociación Salvadoreña de Industrias de Agua Envasada (ASIAGUA) lo tiene claro cuando refuta uno de los «mitos sobre el agua embotellada» que cree la población: «El problema no es que no exista suficiente agua para suplir la demanda de la población y la industria, el problema es que ANDA no es capaz de abastecer lo requerido debido al mal estado de sus cañerías y equipos de bombeo; por lo que, si las industrias desaparecieran, aun así seguirías sin el servicio de agua potable», apunta un afiche en su página oficial.

La discusión de la ley de agua no se puede trivializar. Tampoco se puede caer en la simpleza de asegurar que es una cortina de humo. Es un tema vital. Legislar sobre el agua es legislar tanto a los consumidores como a los poderosos. No solo a las empresas que la comercializan sino a la agroindustria. En los últimos años, el país ha reportado cosechas récord de caña de azúcar, lo cual conlleva uno de los principales consumos de agua del país. Ser un país productivo y garantizar agua para todos es lo que se debe discutir en el marco de la ley de agua. Los salvadoreños que no tienen acceso al líquido lo demandan. El agua debe ser de todos.

El sueño de detener al tren del progreso

El progreso es un tren ultrarrápido que avanza sin fin, siempre en línea recta, sin detenerse, sin equilibrar nada. Corre con una obsesión infinita por acumular, por crecer, por consumir, por innovar, por hacer. Su deseo, desenfrenado, se enfoca en el tener cosas, descuidando en esa carrera lo humano y despreciando a la naturaleza.

Tuve un sueño en el que los maquinistas que dirigían ese tren ultramoderno, siempre vivo y atareado, decidían frenar por unos segundos. Durante ese breve tiempo, modificaban los techos de hierro que los mantenían aislados y los cambiaban por ventanas transparentes que abrían y cerraban a su antojo. El resultado era agridulce. Por un lado se sorprendían frente a los verdes y azules intensos del cielo y la naturaleza; y por otro, observaban la destrucción y el abandono a su alrededor. Niños sin salud ni educación, casas de lámina sin agua, espacios polvosos y grises.

Mundos paralelos rodeaban al tren del progreso. Algunos, salvajes en los que la naturaleza había tomado control de edificios y ciudades abandonadas, y se observaba poca vida humana; otros, donde solo se percibían espacios cubiertos por cemento y hierro, edificaciones que mostraban el intento por atraer al tren y que habían causado tal daño, que flores y aves se habían retirado por completo al no encontrar espacio, agua ni aire para vivir.

Los maquinistas se mostraban sorprendidos y se cuestionaban entre ellos cómo había podido suceder tanta destrucción alrededor de su tren sin que se hubieran percatado. Otros se preguntaban cómo nunca se habían detenido a ofrecer ayuda a quienes se habían quedado en esos espacios, o a cuidar que la naturaleza jamás se retirara por completo.

Entendían perfectamente que la humanidad estaba íntimamente vinculada a la vida del planeta. Lo habían leído o escuchado de alguno de sus referentes o en informes a los que eran asiduos, pero que habían ignorado por estar concentrados en el avance sin fin del progreso. Nunca pensaron en detenerse y observar lo que sucedía a las sociedades y a los individuos que habían quedado fuera del sistema. Siempre habían creído que, de alguna manera, las personas sobrevivirían y se incorporarían en algún momento a su tren.

En esos breves segundos se daban cuenta de que esos humanos que estaban fuera jamás lograrían alcanzarlos sin ayuda de los maquinistas que podían desacelerar y facilitar la incorporación de otras personas. Descubrían que el tren y la naturaleza permanecían en una constante guerra, un conflicto en el que algunas veces la máquina del progreso lograba dominar y otras en que la naturaleza salía victoriosa destruyendo con furia sus vidas y sus creaciones.

Desperté asustada porque, en el sueño no visualicé ningún punto de encuentro. Mi deseo es que los maquinistas se den cuenta de que el progreso no valdrá la pena sin el equilibrio y la armonía entre la vida humana y el mundo natural, sin que se ofrezca a todos las mismas oportunidades para que avancen y tengan la opción de subirse al tren o de dirigirse en dirección contraria, si así lo deciden. Mi aspiración es que aprendamos a desacelerar y a explorar nuevas formas de progreso en el que todos quepamos, y en el que todos tengamos opciones para avanzar a diferentes velocidades. Algunas veces será más rápido, por alcanzar un sueño, y otras más despacio, para cuidar de quienes no han tenido las condiciones necesarias para avanzar o simplemente para disfrutar del fresco de una mañana y el aroma de una flor.

La democracia del noventa y dos: reformar o morir

El pasado noviembre tuve la oportunidad de participar en dos conversatorios impulsados por organismos cooperantes: la Fundación Heinrich Böll de Alemania y el Instituto Republicano Internacional de Estados Unidos (IRI). Ambos para dialogar sobre el sistema político y electoral del país con académicos, jóvenes y políticos, principalmente.

El conversatorio de la Fundación Böll tuvo como base un documento elaborado por el doctor Rubén Zamora, denominado «Partidos políticos, Asamblea Legislativa y aparato electoral». El del IRI tuvo como base un estudio de mi autoría, auspiciado por el mismo instituto, denominado «La observación electoral en El Salvador: recomendaciones de misiones nacionales e internacionales». Dicho estudio ofrece una síntesis comparativa de las principales recomendaciones realizadas por las misiones de observación electoral internacional y por las de organizaciones de la sociedad civil nacionales, para las elecciones realizadas entre los años 2012 y 2018.

Los informes de observación internacional analizados fueron los de la Unión Europea, la Organización de Estados Americanos y la Misión de Expertos Electorales de la Unión Europea. Los informes de sociedad civil fueron los de la Iniciativa Social para la Democracia, la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social, y la Fundación Doctor Guillermo Manuel Ungo. Las recomendaciones contenidas en dichos informes son un excelente insumo, que nos dibujan grandes líneas de hacia dónde debería transitar una necesaria reforma político-electoral.

De ambos conversatorios y documentos extraigo importantes lecciones sobre el futuro del proceso democrático y de paz pactado en 1992. La primera es que más de 25 años después de la firma de los Acuerdos de Paz, el principal reto de estos tiempos es la recuperación de la confianza de la población en la democracia. Y que esto solo será alcanzable a través de un diálogo y acuerdo entre los partidos políticos y la sociedad civil, que tenga como principal norte la revitalización de la democracia.

Otra importante lección es que esta discusión debe retomarse con mayor fuerza inmediatamente después de las elecciones presidenciales, independientemente de quien las gane. Debemos pasar rápidamente a discutir con mayor profundidad y alcance una reforma al sistema electoral y de partidos. Los partidos políticos que actualmente dominan el sistema político deben tomar en serio esta discusión y las propuestas avanzadas desde la cooperación y la sociedad civil en este sentido, o ponen en peligro su propia supervivencia.

La necesidad de que las nuevas generaciones se involucren como actores políticos para impulsar una reforma al sistema que garantice una mayor y mejor representatividad es otra de esas importantes lecciones. Particularmente, las mujeres deben jugar un rol fundamental en la transformación del sistema político, pues uno de los principales retos de nuestro actual sistema es lograr una mayor participación de mujeres en cargos de elección popular y de liderazgo político.

Otra lección de fondo que deben comprender quienes aún rigen el actual sistema político es que a la angustiada y hambrienta caravana que huye del país le importa poco o nada la democracia. La democracia no la consuela, no le da de comer, ni le garantiza ningún derecho. Y por lo tanto, está dispuesta a abandonarla o derrumbarla en cualquier momento.

Dado que esta es mi última columna en Séptimo Sentido, aprovecharía para enfatizar como lección final para el sistema político y para nuestra nación, las líneas principales sobre las que han ido mis 14 columnas publicadas. La lección que nos dice que no tendremos paz sin justicia, y que tampoco tendremos una democracia duradera sin instituciones que aborden efectivamente las profundas desigualdades socioeconómicas del país.

Carta a Santa

Querido Santa:

Años de no escribirte. No es que haya perdido la fe o que ya no crea en la magia, pero pensé que estarías ocupado y, hasta hoy, he podido arreglármelas con mis deseos de Navidad.

Esta vez me he puesto ambiciosa, y sí creo que necesitaré que me eches la mano para completar mi lista.

  1. Un sistema de procesamiento de votos eficiente. Que el próximo 3 de febrero sepamos rápido y sin dudas quién será nuestro próximo presidente. Que no haya espacio para sospechar de fraude, que ganadores y perdedores se porten a la altura y, sobre todo, que estén conscientes del país que reciben, uno del que no podrán servirse, sino porque el que tendrán que trabajar duro, muy duro, para poder sacar a flote.
  2. Un gabinete decente. Hasta ahora no tenemos idea de quiénes son los cuadros que se perfilan como nuestros futuros ministros. Esto te lo encargo mucho porque, como sabrás, el país no anda bien casi en ningún área, y nos urge gente que sepa administrar bien los pocos recursos que tenemos y que llegue, finalmente, a servir, y no a servirse, como ha sido costumbre.
  3. Un ministro de Hacienda con don de convencimiento. Los que hemos tenido hasta hoy saben el tipo de problemas que hay en el erario público pero no han logrado que sus jefes, los presidentes, los comprendan. Requerimos a alguien que logre apoyo del Ejecutivo, del Legislativo y de la Corte Suprema para tomar decisiones difíciles pero necesarias para poner en orden las finanzas del Estado.
  4. Cuerpos de seguridad que respeten los derechos humanos. Sueño con un país en el que no se te persiga por ser joven y pobre, en el que no haya abusos ni se excedan en el uso de la fuerza, y que nuestros policías y soldados nos hagan sentir seguros y orgullosos.
  5. Jueces probos. Ya sé que esta te la puse difícil, pero vamos, es Navidad, y se puede creer en milagros. Por favor, haz que la nueva Corte Suprema de Justicia se tome en serio el tema de la depuración judicial, y que el castigo para los malos jueces sea, cuando menos, la remoción, ya no digamos un debido proceso si han incurrido en delitos. Que eso de que nada más los cambien de juzgado quede en el pasado. Y a los jueces, hazlos conscientes de su gran responsabilidad, y que lleguen a trabajar, aunque no tengan que marcar asistencia.
  6. Tolerancia. Muchos de los problemas de nuestro país nacen del hecho de que somos mecha corta, nos peleamos por todo y nos encanta discutir por cualquier cosa, desde el equipo de fútbol al que apoyamos hasta religión. Mándanos mucha tolerancia, sobre todo para no abusar de nuestro poder y nuestro privilegio para reprimir a quienes son diferentes a nosotros o a los menos favorecidos. Quítanos el deseo de andar armados o de tomarnos la justicia por nuestra cuenta.
  7. Solidaridad. No creas, no todo es malo por estos lares. Hay mucha gente que trabaja, sin recibir nada, por ayudar a otros, por alimentar a las madres de los niños que deben permanecer en los hospitales, por llevar un poco de compañía o consuelo a los ancianos que no tienen hogar o familia, por alimentar y dar refugio a los perros y gatos de la calle, por reunir dinero para pagar operaciones urgentes que nuestro sistema público de salud no alcanza a cubrir. Pero aún es poco, porque no todos ayudamos. Danos solidaridad para que se multipliquen las manos y los recursos dedicados a hacer el bien.

Hasta acá me quedo, Santa. Te tendré chocolate caliente y salpores de arroz debajo de mi arbolito de chirivisco.

Al margen

La pequeña anciana hacía lo posible para evitar ir al pueblo. Caminaba solo por veredas, por caminos vecinales poco transitados, siempre ocultándose y sin mirar a nadie directo a los ojos. La última vez que se había acercado al pueblo la habían apedreado. Huyó como pudo, nadie le tuvo piedad. Ni los niños que con piedra en mano la persiguieron hasta los linderos del poblado. Resignada, ella misma se exilió. No volvería. Se pasaba los días yendo y viniendo por el campo, buscando quien le regalara un poco de comida para llevarse a la boca. La gente le temía y ella sabía perfectamente por qué. Pensaban que la anciana era una bruja, un ser capaz de lo peor y que preparaba conjuros en el rancho, rodeado de palos de jocote, donde vivía en la ribera del río Acelhuate.

La historia completa de la anciana Jacinta está en el cuento titulado “La bruja”, escrito a principios del siglo pasado por Arturo Ambrogi. Una de las grandes influencias locales de Salarrué y que se pasó la vida escribiendo sobre la gente que habitaba El Salvador. El cuento –dedicado a María de Baratta– es un perfil de una abuela que se había quedado sola y que vivía de los pocos vecinos que la consideraban. El resto de la sociedad le había dado la espalda. Esos eran los personajes que seducían a Ambrogi, los “marginales de la vida”, como él mismo los llamó. Muchos de ellos, como los contrabandistas de chaparro que se iban a las profundidades del monte a “sacar” licor, ya no se encuentran, pero hay otros, como la abuela Jacinta, que guardan su vigencia.

Hay cosas que no cambian aunque hayan pasado 100 años. Una de ellas es el abandono que sufren miles en el país cuando llegan a la vejez. Sin una pensión ni acceso a servicios de salud de calidad en el momento de la vida cuando más se necesitan. Una situación al límite que es realidad de todos los días en El Salvador. No solo se trata de la indigencia, sino de muchos que viven de lo que sus familias, con un ingreso precario, puedan darles. La mayoría se ha esforzado toda la vida para no tener nada seguro durante sus últimos años. Así es la economía que marca la vida en el país: una que te exprime cuando sos útil y te desecha cuando no te quedan más fuerzas.

Descartables. En el marco de la campaña presidencial, se han planteado temas como las medidas a tomar para enmendar el sistema de pensiones, un sistema que ya tiene más de 20 años de haber sido implementado y que no cuadra a la economía local, donde la informalidad es la norma. Pero aún para los que sí cotizan en el sistema, cada vez son más las profesoras, enfermeras, costureras de maquilas, empleados del sector servicios que –ya en edad de jubilación– se dan cuenta de que lo ahorrado en toda su vida laboral no garantiza lo más básico.

Los adultos mayores nunca han sido prioridad en el país. No es secreto. Se les pide conformarse con llegar a viejos y nada más. Pero en las próximas décadas se afrontará un panorama más complejo: nuestra población está envejeciendo como nunca antes y serán más los que lleguen a la tercera edad en vulnerabilidad. Se necesita que este deje de ser un tema periférico y que sea asumido como un eje central para el bienestar social del país. Según una investigación de FUNDAUNGO retomada en Diario El Mundo, si en las próximas dos décadas no se realizan reformas fiscales, el envejecimiento de la población haría que la deuda pública sobrepase el 80 % del Producto Interno Bruto (PIB) por un mayor gasto en salud y seguridad social para adultos mayores. Mientras no se haga nada por cambiar, más generaciones de salvadoreños se dirigen hacia un abismo.

Cuestionar a fondo al patriarca

Por siglos se ha repetido la creencia falsa que la prostitución femenina es la “profesión” más antigua de la humanidad. En su libro “Calibán y la bruja” la escritora y profesora universitaria de Hofstra en Nueva York, Silvia Federici, presenta ampliamente su visión acerca de cómo en la Edad Media, en Europa y luego a través de la conquista en América, y durante la transición entre el feudalismo y el capitalismo, se despojó a las mujeres de sus principales actividades económicas que estaban relacionadas con el cultivo de la tierra, el oficio de parteras y cuidadoras de la salud, así como de trabajos artesanales, lanzándolas a las calles y dejándoles únicamente dos opciones: ser esposas y madres o ser prostitutas.

Federeci señala que “las mujeres no hubieran podido ser totalmente devaluadas como trabajadoras, privadas de toda autonomía con respecto a los hombres, de no haber sido sometidas a un intenso proceso de degradación social; y efectivamente, a lo largo de los siglos XVI y XVII, las mujeres perdieron terreno en todas las áreas de la vida social”.

Este proceso, según la escritora, inicia hacia finales del siglo XV cuando los artesanos implementaron una campaña para devaluar el trabajo femenino con el propósito de excluirlas de los talleres. Durante este período se eliminaron muchos derechos de las mujeres; por ejemplo, el acceso a trabajos asalariados y a la libre circulación. Además, desde los ámbitos religiosos y culturales se construyó un concepto femenino acerca de sus virtudes y sus vicios. En este proceso, indica, se identifican dos tendencias: “Por un lado la construcción de cánones culturales que maximizaban las diferencias entre mujeres y hombres; y por otro se estableció que las mujeres eran inferiores a los hombres, excesivamente emocionales y lujuriosas, incapaces de manejarse por sí mismas y tenían que ser puestas bajo control masculino”.

Federeci indica que la caza de brujas concluyó la degradación de la identidad social en el que “la definición de las mujeres como seres demoníacos y las prácticas atroces y humillantes a las que muchas de ellas fueron sometidas dejó marcas indelebles en su psique colectiva y en el sentido de sus posibilidades” porque “destruyó todo un mundo de prácticas femeninas, relaciones colectivas y sistemas de conocimiento que habían sido la base del poder de las mujeres en la Europa precapitalista…”.

En la Edad Media, se cultivaron y florecieron esas creencias que continúan alimentando la violencia en contra de lo femenino. Reducirla hasta eliminarla requiere de múltiples actores. La responsabilidad de los adultos es desmontar y construir un nuevo modelo para relacionarnos con lo femenino y lo masculino, y mostrar a las nuevas generaciones que es posible vincularnos desde la sanidad emocional y el respeto.

Las mujeres requerimos recuperar lo que nos fue expoliado y los hombres, como una obligación moral, deben proveerse su propio proceso para actualizar esas creencias acerca de lo femenino. Las iglesias, por su parte, deben cuestionar a sus patriarcas y replantearse la forma en cómo orientan a sus feligreses en relación con este flagelo que destruye la vida de niñas y niños y el futuro de nuestras familias y sociedades.

La solución empieza por mí, cuando asumo mi poder como mujer, cuando me reconcilio con mi historia y me atrevo a cuestionar a los patriarcas de mi vida, recogiendo lo bueno y desechando lo malo de una vez por todas de mi sistema. Y también cuando activo e invito a líderes religiosos, políticos y empresariales para que se sumen a la tarea de desmontar esas creencias dañinas acerca de las mujeres, de nuestros cuerpos y de nuestra participación en la economía.

La estupidez también gana elecciones

«En política y en la vida, la ignorancia no es una virtud».
Barack Obama

Corren tiempos en los que emergen liderazgos políticos mundiales, que ponen en serio entredicho los cimientos y las aspiraciones democráticas avanzadas luego de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948. En diferentes latitudes del globo, las fuerzas partidarias tradicionales -que han liderado las democracias formales durante varias décadas- han comenzado a perder importante terreno electoral o han sufrido derrotas que los confinan a la desaparición o la irrelevancia.

La ineficiencia de las democracias para mejorar las condiciones de vida de amplios sectores de la población, la irrupción de las redes sociales como medios alternativos de información y participación, la contestación de estas a la centralidad en la generación de opinión pública de las grandes cadenas nacionales e internacionales de noticias, la irrupción de una generación de votantes que no vivieron la guerra fría, las olas de migrantes hacia Europa y Estados Unidos que aumentan en cantidad y drama en los últimos años, así como importantes casos y entramados de corrupción procesados, entre otros elementos, han propiciado una grave crisis en los partidos que hegemonizaron las democracias de finales del siglo XX.

En algunos casos, las rupturas con los partidos tradicionales se han traducido en una revitalización democrática de dichos sistemas. En otros países, dichas rupturas han resultado en virajes hacia liderazgos, movimientos y discursos de fuerte corte antidemocrático y anti derechos humanos. El Salvador no es ajeno a dicho contexto y estamos a las puertas de una elección presidencial bajo esa lógica de rompimiento con las fuerzas tradicionales. Los resultados de las elecciones de 2018 ya esbozaron esa transformación en las claves con las que el electorado salvadoreño había venido votando de manera estable desde la firma de los Acuerdos de Paz.

Por su parte, Honduras y Nicaragua viven acelerados procesos de involución democrática. Mientras que Guatemala vive un tenso proceso entre las fuerzas políticas tradicionales y las emergentes fuerzas institucionales y sociales, que libran sus principales batallas en las canchas del respeto a la institucionalidad democrática y las de la tradicional imposición de oligarquías forjadas en la impunidad y el compadrazgo.

Los liderazgos antidemocráticos que irrumpen apuestan por discursos y acciones que promueven el unilateralismo, el aislacionismo y el proteccionismo, obstaculizando los avances en materia de integración de algunas regiones, así como las aspiraciones de otras naciones por alcanzar mayores estadios de apertura e integración. Sus discursos cuestionan la veracidad de los riesgos que enfrentamos como humanidad y ponen en entredicho la apuesta por enfrentar colectivamente -desde la cooperación y el multilateralismo- los retos globales.

En Europa, las últimas elecciones nacionales se han vivido en clave de «brexit», en una suerte de referendos sobre la permanencia o no en la Unión Europea. Por su parte, Centroamérica tiene una antigua e inconclusa historia de integración, que se enfrenta a una importante porción de la ciudadanía centroamericana que la desconoce o que evalúa las instituciones de la integración como inútiles para sus intereses y necesidades cotidianas. Y que considera que estas responden principalmente a los intereses de los «establishments» políticos de la región.

Ante este escenario de crisis mundial, regional y nacional, las juventudes que creen en la libertad y la democracia están especialmente llamadas a juntarse para profundizar el pluralismo democrático y la apertura de las naciones. No se trata de emprender ofensivas que pretendan volver al anquilosamiento político que propició estas rupturas antidemocráticas, sino de construir en la crisis unos nuevos liderazgos, portadores de una renovada agenda democrática nacional y mundial.