Penumbras

Todo lo que se escoge ocultar o hacer en las sombras, bajo la mesa, indefectiblemente genera sospechas. ¿Qué necesidad hay de ocultar algo que se está haciendo dentro de los límites de la legalidad, la ética y, vaya, si lo quiere agregar, de la moralidad? Si se escogen las penumbras o la oscuridad total, pocas veces es justificable.

El ámbito de la administración pública representa un ejemplo lleno de contrastes. Se trata de un aparataje amplio y complejo que funciona mayormente con los fondos que se obtienen de los tributos de toda la población, junto con préstamos que eventualmente serán igualmente pagados con impuestos de la gente. Además, las decisiones que se toman, las políticas, planes y proyectos que se definen, tienen una incidencia directa en el funcionamiento del país y en la calidad de vida de quienes lo habitan.

En la cosa pública, aunque suene a pleonasmo, no cabe lo oculto. Con contadas excepciones, como los casos en los que se alega riesgo de la seguridad nacional, el ciudadano debería poder saber cómo está operando la administración pública, qué hacen sus funcionarios, hacia dónde va el dinero, pero esto es aún, en muchos casos, una utopía.

El seguimiento a la formulación, aprobación y ejecución del presupuesto general del Estado, el instrumento de política fiscal por excelencia donde además se definen los recursos para ejecutar el resto de políticas, sigue siendo una tarea difícil.

En la fase de formulación, muy pocas personas pueden saber cuánto, cómo y por qué se asigna a cada rubro. Es hasta que el proyecto del presupuesto llega a la Asamblea que se logra una mayor difusión de este, y acceso a su contenido. Sin embargo, el proyecto presentado y el aprobado suelen diferir, y requiere un trabajo muy minucioso encontrar las diferencias.

Finalmente, el presupuesto votado y el ejecutado también varían. Las transferencias entre partidas son difíciles de seguir y rastrear. La semana recién pasada, la Fundación Nacional para el Desarrollo (FUNDE) lanzó una herramienta para hacer este tipo de seguimiento que, sin embargo, presenta serias limitantes: la fuente de los datos es el mismo Gobierno, los mismos entes ejecutores, y no ha sido fácil obtener la información. Y es allí, en esos constantes movimientos entre partidas, donde pueden encontrarse los primeros indicios de mal manejo o corrupción. Hacerlo a ciegas, con la luz apagada, es casi imposible.

Luego vemos el debilitamiento al trabajo de entidades como el Instituto de Acceso a la Información Pública, cuyas órdenes y decisiones son abiertamente desobedecidas por los funcionarios, que optan por enfrentar las sanciones económicas o ampararse ante la Sala de lo Contencioso Administrativo para no tener que dar la información que el IAIP ha solicitado. Más obscuridad. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cuál es el temor a la transparencia y a la rendición de cuentas?

Acá podrían agregarse ejemplos como el de los procesos abiertos a funcionarios de la Corte de Cuentas de la República, o a los casos en los que la corrupción ha enquistado al mismo poder judicial. Los obstáculos para que la luz brille se acumulan, haciendo más densa la penumbra.

En El Salvador el combate a la corrupción se sigue limitando a juzgar y procesar, en el mejor de los casos y cuando no han huído del país, a ex funcionarios, una vez han dejado sus cargos y el dinero ha desaparecido. El verdadero reto es cerrar los espacios para que se den estos malos manejos, y la mejor forma de hacerlo es con las luces encendidas.

Lo que trae el río Lempa

Sus aguas son un espejo. Nuestro espejo. Un espejo de fracasos, luchas y búsquedas. Un reflejo de lo que intentamos ser y de lo que desechamos. Hay muchos ríos grandes y caudalosos, el Magdalena, el Usumacinta, el San Juan, el río Coco, el nuestro siempre ha sido el Lempa. Casi todos los caminos parecen morir, tarde o temprano, en el río. Y de vez en cuando nos llegan noticias suyas. Las últimas dicen que hay algas que han enturbiado su cauce más de lo normal. Los que comunican las noticias lo dicen tristes, como si estuviera peor de lo que ya sabíamos que estaba.

Es grave: el Lempa nunca ha sido un problema, sino que una solución. Como una fuente de respuestas a la hora de beber, sembrar, iluminarnos, pescar o simplemente estar. Ha funcionado así desde mucho antes que El Salvador fuera nombrado de ese modo. Sus 422 kilómetros –el mayor de los ríos que desembocan en el Pacífico centroamericano– son el raquis que sostiene esta tierra. Su afluente dibuja límites administrativos del país desde que entra por Citalá, Chalatenango, después de nacer en las montañas de Chiquimula, en Guatemala, y discurrir por 31 kilómetros en Honduras.

Su cauce caprichoso está al alcance de la mano, en el celular, basta con teclear su nombre y buscar su mapa. La línea azul que serpentea entre Chalatenango y Santa Ana y llega cerca del lago de Güija, ahora lleno de algas, las mismas que, según una hipótesis de las autoridades, pudieron llegar al Lempa a través del río El Desagüe. Este fenómeno no hubiera sido de tal magnitud si río abajo no se usaran esas aguas para suplir a más de un millón y medio de personas. La planta potabilizadora de «Las Pavas», la más grande del país, no fue capaz de revertir el estado del afluente.

Casi el 50 % del agua del Gran San Salvador se tiñó de color amarillento y olor fétido. Parecía una venganza, no un sabotaje político en busca de desestabilizar al Gobierno, sino de la misma naturaleza. Por casi tres décadas, esa planta en San Pablo Tacachico, La Libertad, ha tomado agua del Lempa para llevarla a miles de hogares. ¿Qué se le regresa al río? Aguas abajo, el Lempa se encuentra con una vertiente de aguas negras que llamamos río Acelhuate y llega desde el mismo San Salvador. Es un pacto cruel con el río: nos da vida, nosotros se la quitamos de una manera ingrata.

Con el agravante que no es lo único que nos da, desde que el norteamericano George A. Fleming convenció a los gobiernos militares, a finales de los cuarenta, que era viable generar electricidad construyendo represas a lo largo del Lempa. Lo que devino en la construcción de la presa 5 de noviembre (1954), Guajoyo (1963), Cerrón Grande (1976) y la 15 de septiembre (1983). Tan icónicas del «desarrollo» que la Cerrón Grande fue estampada en los billetes de 1 colón, como si la fuerza del Lempa fuera un motivo de orgullo nacional. La energía hidroeléctrica aún alimenta a por lo menos 3 de cada 10 hogares del país.

Pero en otro revés, llegamos a una época que nunca se pensó. Hace tan solo tres años, las autoridades de Ambiente indicaban que después de temporadas lluviosas raquíticas, el caudal del Lempa había disminuido en un 60%. El mayor de nuestros 590 ríos y riachuelos se debilita. Algo que afecta directamente el modo de subsistencia de miles de familias que viven en la ribera de su cuenca media y baja, que viven de la pesca y otras actividades agrícolas que necesitan del riego. Y también amenazando a las más de 40 especies de peces que habitan en su caudal.

Los científicos han establecido que el río Lempa tiene aproximadamente 2 millones de años. Primero fue un lago que estuvo en el actual Chalatenango. Una etapa que cuesta imaginarse, rodeado de frondosa naturaleza y paz. Después llegó el hombre, fue frontera entre pipiles y lencas, y solo en el siglo XX, el río fue testigo de masacres, la guerra civil y la construcción de puentes que unieron sus orillas. El río Lempa existió mucho antes de El Salvador, pero El Salvador no puede existir sin el Lempa.

Creadores de significados

Me relaciono con ciertas palabras de una forma cercana porque al pensarlas, hablarlas y sentirlas estas generan significados importantes que me impulsan. Tres de las más relevantes son: límites, tiempo y rendición.

Los humanos somos creadores de significados. Nuestra mente está permanente lanzándonos frases, oraciones y palabras para interpretar lo que nos sucede. Si alguien me dirige una mirada mi mente genera variadas representaciones o conceptos para ese simple acto de ver. Puede deducir que esa persona busca acercarse para conversar, o que no le caigo bien, o incluso puede advertirme que esa mirada «luce» amenazante. ¿Verdades? Depende.

En términos generales lo que la mente produce, en forma de lenguaje, son percepciones basadas en nuestras experiencias. Y sabiendo que somos creadores de significados procuro no dejar a la mente sola a la hora de diseñar el diálogo que se produce en mi interior.

Por ejemplo, a la palabra tiempo me gusta verla como una idea y un espacio en el que me organizo, priorizo y avanzo. Es decir, decido ser la dueña de mi tiempo y evito expresarme con frases del tipo «no me alcanza», «es escaso» o «no me pertenece».

Algunos pensarán que soy dueña de mi tiempo porque administro mi negocio. A esto respondo inmediatamente recordando la historia del creador de la logoterapia, Viktor Flankl, que, mientras estuvo recluido en un campo de concentración nazi, decidió convertirse en un observador para identificar hasta dónde es capaz de llegar un ser humano en condiciones extremas. Su decisión le permitió mantenerse cuerdo, sobrevivir y crear una terapia psicológica.

Frankl demostró que aún en circunstancias extremas se puede dirigir a la mente. Y si existe al menos un humano que puede, eso significa que nosotros también estamos dotados con las mismas posibilidades.

Por otro lado, la palabra límite es un concepto útil a la hora de proteger nuestro espacio y tiempo ya que se convierte en una especie de «contenedor» que facilita el enfoque y el avance.

Al establecer mis límites sé que algunas personas experimentarán incomodidad. Yo misma me observo sintiendo esa sensación al expresarlos, pero su significado es tan importante –porque me permiten mantener mi centro, poner un alto a relaciones desgastantes, descansar y avanzar—que acepto la incomodidad al practicarlos.

La tercera palabra es rendición. Durante mucho tiempo asumí la creencia que como mujer debía ser perfecta. Una idea llevada al extremo por muchas mujeres, a las que se nos enseña desde pequeñas que debemos mostrarnos amables y hacer todo lo que esté en nuestras manos y más para lucir siempre jóvenes, o para solucionar los problemas que se nos presentan. Conceptos irreales e inútiles.

Desmontar esa creencia ha sido desafiante porque no solo he tenido que aceptar que ser perfecta es completamente irreal, sino que, además, he tenido que reconocer que a ese concepto lo acompaña otro que es todavía más tóxico: «si no soy perfecta, tampoco soy digna de amor».

Y en ese proceso quirúrgico con mi mente y con mis emociones había dado muchas vueltas buscando desarmar esas percepciones. Los resultados no habían sido satisfactorios. Y lo único que me faltaba experimentar era simplemente rendirme. En otras palabras, aceptar totalmente y sin posibilidad de escape el efecto que esos pensamientos tenían en mí vida. Esa rendición soltó el nudo que mantenía fuertes a esas ideas dañinas.

Los significados que nos auto generamos son filtros que inciden en nuestras decisiones y acciones, por lo que se vuelve estratégico y saludable revisar el estado de esos mensajes que nuestra mente nos envía. Vale la pena ajustar los lentes con los que salimos a la vida todos los días.

Innovación para la democracia

Pensar, debatir, actuar. O pensar, investigar, prototipar y diseñar «nuevas formas de construir una ciudad más democrática. O desde la democracia y la colaboración, explorar «la intersección entre democracia, tecnologías y ciudad». ¿Conocen una entidad en nuestro país cuya misión sea esa? Pues el Laboratorio de Innovación Democrática del Ayuntamiento de Barcelona la tiene.

De hecho, uno de sus objetivos es «prototipar modelos de ciencia ciudadana, innovación social y co-gestión y gobernanza de laboratorios urbanos». ¿Qué tan familiarizados estamos con la posibilidad de mejorar la gobernanza de nuestros espacios locales a partir de investigaciones académicas o institucionales hechas junto a la ciudadanía? ¿O de que podemos trabajar con metodologías participativas y experienciales para solucionar problemas de nuestras ciudades? ¿Les parece esto lo suficientemente disruptivo?

En Barcelona se está planteando este proyecto desde Decidim, plataforma de la que hablamos en esta misma columna en junio del 2019 («¿Qué podemos hacer desde la ciudadanía digital?»). Esto implica que podemos entrar a la plataforma digital y conocer los planteamientos, los tiempos y las propuestas que las personas han ido brindando a lo largo del desarrollo de esta idea, lo que la vuelve un ejemplo de esa innovación para la democracia: el ocupar las tecnologías como una manera de potenciar la participación ciudadana.

Sin embargo, no es tan nuevo. Hace exactamente cinco años se formó el Laboratorio de Innovación Democrática (LID), «una comunidad de académicos y practicantes interesados en incrementar la calidad de la ciudadanía y fortalecer los espacios participativos. Con sede en Guadalajara, México, los integrantes del LID conformamos una organización de la sociedad civil sin fines de lucro, apartidista e independiente». En enero del 2015. En Barcelona, este laboratorio es parte de un proceso que, según se documenta en Decidim, inició en diciembre del 2015. ¿Y en El Salvador, estamos listos para (iniciar/planificar/ejecutar) un proyecto como este?

El Centro Cultural de España en El Salvador ha formado el Experimenta Ciudad, un proyecto de Medialab Prado lanzado en la red de centros culturales de la AECID y coordinado desde acá, que incluyen propuestas para mejorar San Salvador y el centro histórico. Vale la pena acercarse y unirse a la red.

Hoy más que nunca debemos «pensar globalmente y actuar localmente». Y eso implica que seamos capaces de repensar nuestras maneras de democratizar toda la toma de decisiones y de considerar cómo podemos innovar en estos procesos. Igual implica también el estudio y desarrollo de tecnologías (cívicas y tecnopolíticas) que pongan al usuario/ciudadano al centro para ayudarnos a (re)hacer juntos lo público. Así que vuelvo a insistir en que creo que podemos (re)crear un círculo virtuoso al tejer con esta perspectiva nuestras redes sociales físicas (humanas, institucionales) que mejoren la incidencia que tenemos en nuestras comunidades políticas con la ayuda de las redes sociales digitales, tecnopolíticas. Nuestra democracia también necesita innovación.

¿A qué jugamos?

Hablar de reglas del juego ya es un cliché cuando se habla de clima de negocios y ambiente para las inversiones, pero es un cliché necesario. Pocas cosas hay tan cobardes como el dinero y si la apuesta económica de un gobierno es atraerlo, debe saberse desde un principio cuál será el juego y bajo qué reglas.

A seis meses de iniciada la administración de Nayib Bukele, el tema estrella ha sido la seguridad. Recién esta semana se comenzó a hablar oficialmente de la política económica que se impulsará: el fomento a las inversiones. Hay que aclarar que esto es algo que ya habían mencionado, desde el arranque de la gestión, diferentes funcionarios, como la ministra de Economía y el comisionado presidencial para Proyectos Estratégicos. Ambos se refirieron en reiteradas ocasiones al hecho de que había varios proyectos detenidos principalmente por trabas como permisos demorados, y que se había montado una oficina en Casa Presidencial para atender estos casos.

Estos proyectos suman, según los funcionarios, entre $2,000 y $3,000 millones y, de echarse a andar, esperan que dinamicen la economía, generen empleos y ayuden a aumentar la tributación. Aunque no se ha dado a conocer en detalle la política fiscal que implementará este gobierno, la comisionada presidencial de Operaciones y Gabinete de Gobierno, Carolina Recinos, dijo que el presidente Bukele ha dado la orden de no subir impuestos, y que la apuesta es aumentar los ingresos fiscales con mayor crecimiento.

El fomento a las inversiones puede ser, y ha sido, parte de las políticas de varios gobiernos en el pasado cercano, principalmente en las que estuvieron bajo presidente del partido ARENA. La facilitación de los procesos y trámites y la mejora en lo que se denomina el clima de negocios (reducir los costos y tiempos para establecer y operar empresas) también han estado incluidas en las agendas de presidentes anteriores.

¿Qué será lo que hará diferente a la apuesta por la inversión que están haciendo el presidente Bukele y su gabinete? En su discurso del jueves, el presidente daba algunas luces y se refirió a la innovación, a la facilitación de trámites para los ciudadanos y a la apuesta por sectores específicos, como la agricultura y la construcción.

Es importante señalar que las inversiones por sí solas no son garantía de mayor crecimiento económico, y mucho menos de que esta sea inclusivo. El desarrollo humano es una gran deuda en El Salvador y este requiere reducir las enormes desigualdades en el ingreso que aún persisten, y no solo en eso, sino en aspectos como el acceso a salud, educación, servicios básicos y vivienda de calidad. Mientras grandes porciones de la población, tanto en la zona rural como en las comunidades marginales de las grandes ciudades, carezcan de servicios básicos como agua potable o un techo seguro, se seguirán requiriendo soluciones en este sentido.

La facilitación de las inversiones tampoco puede sacrificar la protección del medio ambiente, ni el equilibrio en la distribución del agua, ya escasa en varias zonas del país. La agricultura no puede limitarse a la agroindustria y si bien se requieren soluciones para sectores como el café, golpeado por bajos precios, plagas y el cambio climático, se debe hacer una apuesta seria por la seguridad alimentaria y la autonomía en granos básicos.

No basta con que venga inversión, debe buscarse inversión de calidad, que genere valor agregado y empleos mejor remunerados. El Salvador tiene un problema de baja productividad que puede corregirse a través de mayor tecnología e innovación, algo que parece tener bastante claro el presidente Bukele, así que habrá que esperar y ver cuáles son las acciones que se toman en este sentido.

Arranca 2020 y por supuesto que no estamos exigiendo que se resuelva en un par de meses problemas que ya se han vuelto estructurales, pero sí es necesario que haya mayor claridad y difusión sobre las políticas económica, fiscal, de salud, de educación, medioambiental, del agro, por mencionar algunas, porque en estas políticas veremos lo que este gobierno quiere hacer, y deben contener los planes con sus apuestas y prioridades, las que se ejecutarán a través de programas y proyectos. Necesitamos saber qué quieren hacer, a qué jugaremos, y bajo qué reglas.

Un océano de basura

Nunca en la historia hubo tanta información al alcance. Tantos datos juntos. Tantas fotos y textos, videos y mensajes escritos, notas de voz e ilustraciones, propaganda y gráficos. Gota a gota es como llenar un océano. Y sumergidos en él, la mayoría somos arrastrados por sus corrientes. Ninguna generación en la historia vivió algo que fuera parecido. Hace tan solo unas décadas atrás, en muchos pueblos de El Salvador, la comunicación se limitaba a lo que podía hacer ANTEL, un par de periódicos y la vaga señal de la televisión. La información era un lujo. Pero eso cambió y ahora, para muchos, todo un torrente de información escurre entre las manos.

Nunca en la historia hubo tanta desinformación al alcance. Si bien las falsedades siempre existieron, nunca en la proporción actual. Datos falsos que contaminan el océano de información creado. Políticos y gobiernos mentirosos siempre existieron, también medios y periodistas corruptibles, pero nunca con el alcance de hoy en día. Una carga ideológica que tiene el propósito de manipular a las mayorías. Al inicio de la era digital se acuñó el término de «navegar» por la red, pero, a 20 años del inicio del siglo, muchos naufragan en un mar de notas falsas.

Antes el problema fue el acceso a la comunicación, ahora es un exceso de los datos imprecisos. Entonces comunicar se reduce a manipular, sobre un determinado suceso o personaje. Solo son ilusiones y mitos. Pero hay algo que no cambia: el ser humano es comunicativo por excelencia. Y en este generación, no somos más ni menos comunicativos de lo que nuestros abuelos algunas vez fueron, solo contamos con las herramientas para trasmitir más información. Y más rápido, como si fuera la corriente furiosa de un río que no se detiene.

En este punto, según el libro «Fake News» del periodista Esteban Illades, el internet y las redes sociales han sido utilizados por gente cuyo negocio es la desinformación. «La idea es crear contenido –la distinción lingüística es interesante: contenido implica la descripción de un producto, no una noticia– y conseguir que éste se disperse lo más que se pueda». Esto se vincula a otro fenómeno que se conoce como el de la «cámara del eco», que se refiere a que las creencias del usuario se amplifican en la red, debido a que cada persona tiende a aprobar el contenido de otros usuarios que opinan parecido e ignorar a los que difieren de sus puntos de vista.

El problema se agudiza aún más cuando el usuario, con tal de confirmar lo que opina (sesgo de confirmación) utiliza fuentes dudosas. Aquí entran sitios que escriben notas sesgadas a favor de determinado político o partido. Dentro del sesgo de confirmación, la gente está dispuesta a creer lo que lee, así se encuentre en un sitio desconocido para ellos o un lugar que no es confiable. Ese contenido se replica y se forma un gran océano de basura. No es otra cosa que una involución de la teoría periodística que tiene al contraste de fuentes como uno de sus pilares. Escuchar dos o más versiones del mismo asunto en las notas.

Hay quien cree que todo este aparataje es obra de fanáticos políticos a favor de tal o cual bandera o personaje. En realidad, son estrategias ideadas por ellos mismos y sus equipos de trabajo. Todo es parte de un gran negocio que es guiado por la brújula de la política: la consecución y preservación del poder. Con ese objetivo, ellos son capaces de asumir cualquier papel, incluso el más ridículo.

Momentos valiosos de la década

Hay un debate acerca de si 2019 marca el final de la década o si esta finaliza hasta 2020. Independientemente de quien tenga la razón el momento me pareció propicio para hacer una evaluación de los últimos años. Y me senté a escribir muchas horas durante noviembre y diciembre para descubrir mis cuatro momentos más valiosos de este período.

Escribo por placer. Esta práctica se ha vuelto mi herramienta favorita para observar mi vida; sin embargo, no recuerdo haber hecho antes un recuento tan amplio como en esta ocasión. Personalmente esta década estuvo plena de aprendizajes. Al inicio de este período llevaba un buen tiempo experimentando incomodidad con mi profesión. Había dejado de sentir satisfacción, pero no tenía idea por qué ni qué podía hacer para cambiar esa incomodidad. Entre 2010 y 2011 inicié una búsqueda consciente para explorar nuevas avenidas en esta área, y fue en 2012 cuando finalmente decidí emprender.

Y emprender es el primer momento que destaco de esta década porque me ha permitido desarrollar habilidades como la paciencia, la consistencia, la creatividad y el orden, además me llevó a profundizar en mi auto conocimiento como una herramienta para gestionar la energía que sostiene mi vida y mi negocio. Esos aspectos, que provienen de mi interior, son las piezas fundamentales que me han facilitado atender y entender las inevitables pruebas, los errores y los retrocesos, así como los cambios naturales en el desarrollo de un negocio.

El segundo momento clave, que le ha dado mucha estabilidad a mi vida, fue la decisión de darle una nueva oportunidad al amor y casarme con un compañero de viaje y no con un esposo. Mi vida en pareja, como la de todos, no ha estado exenta de problemas y tropiezos, pero si algo puedo destacar de esta relación es la capacidad, que juntos desarrollamos, para confrontarnos mutuamente, para sostener las conversaciones difíciles y para mantener un paradójico equilibrio entre la vida de pareja y nuestro derecho a cultivar una vida independiente a «nosotros».

El tercer punto fue un nuevo emprendimiento. La idea la concebí en 2015 y surgió a la luz en 2017. Este proyecto le dio vida concreta a mi deseo de alinear lo que hago como profesional con mi propósito de vida. Deseaba conectar con un propósito tan fuerte que me impulsara a resistir los altos y bajos del camino emprendedor.

Tomar la decisión de perseguir este sueño avivó mis miedos y durante mucho tiempo busqué aprobación externa sin ningún resultado. Sin embargo, este deseo fue como un fuego interno que me impulsó a descubrir mi autoridad personal y a dejar de escuchar el ruido de afuera.

Y el cuarto momento, el más importante y transformador, fue cuando en 2013 milagrosamente concebimos un hijo cuya energía siempre la sentí masculina. Este bebé llegó cuando ya no lo esperábamos. Recuerdo como el momento más relevante el día que por primera y única vez escuchamos latir su corazón, y por un espacio reducido de tiempo fuimos felices imaginando cómo sería su vida y cómo sentiríamos su compañía.

«Bebé», como aún lo llamamos, no nació, pero su recuerdo y su breve paso por mi vida dejó un suspiro de amor que jamás había sentido. Uno que marcó un antes y un después y me mostró una inmensidad inexplorada. Un alma habitó mi cuerpo y, hasta hoy, ha sido el máximo regalo que la vida me ha podido dar. Nuestro bebé no nació. Desconocemos las razones. Pero lo recordamos constantemente y sin duda, para mi, fue el momento más maravilloso de estos últimos diez años.

Y como escribió el filosofo danés Søren Kierkegaard «la puerta de la felicidad se abre hacia adentro» y por eso la auto observación es la entrada a esa felicidad tan personal y a veces escurridiza.

Feliz inicio de una nueva década.

Tres nodos de esta red

Cuando pienso en una red «digital» la veo como ese tejido conformado por esos nodos que suelen ser personas que están interactuando en esa red, y que justo es al interactuar que permiten que los «hilos» entre un nudo y otro se llenen de luz o color, en cuanto a que la metáfora de lo digital suelo pensarla como una red blanca contra un fondo azul oscuro, con nodos o puntos que pueden iluminarse un poco más.

Estas redes digitales podrían, metafóricamente, representar un año, y permitirían leer cuáles son esos puntos o nodos centrales en ese período de tiempo. Aquí dejo tres de mis nodos de este año.

1. El futuro está en la #InteligenciaColectiva. Desde las ciencias sociales o humanísticas, me parece que hasta la #InteligenciaArtificial depende para su uso, comprensión y potencialidad de lo colectivo. Esta también puede verse como metodologías de trabajo, que permiten o facilitan el encuentro de lo multidisciplinario en función de la resolución de asuntos cotidianos. Al final, «todo lo que sabemos lo sabemos entre todos», diría Jesús Martín Barbero (citando a Antonio Machado). Este sería el nodo de la esperanza.

2. El espacio para trabajar (el futuro) es un laboratorio de innovación. Laboratorio porque se diseñan soluciones ante un problema identificado, se prototipan los modelos de esa solución, se prueban y si son exitosos se escalan. La innovación entendida como las nuevas maneras de hacer algo, y esto encaja con la inteligencia colectiva porque es la puesta en acción de esta. En ello, la comprensión o visualización de que la tecnología es el instrumento para estas transformaciones es fundamental: no ofrezcamos lo digital como solución, sino como la herramienta con la que vamos a actuar sobre nuestro mundo. Este es el nodo del potencial.

3. La brecha digital debe ser usada a favor. La gran pregunta sigue siendo cómo damos acceso a todas las personas que habitamos este país a las tecnologías digitales. Los números no suelen estar a favor: el Grupo del Banco Mundial dice que apenas tenemos acceso a esta red el 34 % (en el 2017), pero más allá de la certeza del número hay otras preguntas clave. Los números normalmente no reflejan el tipo de uso que se le da a la red: ¿es para informarse, para entretenerse? ¿Se conocen los riesgos y se sabe cómo sacarle el mayor provecho? Por eso, la contraparte de este es la #AlfabetizaciónDigital. No es solo buscar darnos acceso a todos, sino educarnos en ese acceso: y eso puede hacerse desde antes para que, cuando la conexión llegue, hagamos un uso crítico y útil de la herramienta. Este es el nodo del desafío.

¿Cuáles son para ustedes los tres nodos centrales de su año? ¿Hacia dónde se ven en el 2020? Acá seguiremos abogando por reflexiones sobre tecnología cívica, innovación ciudadana y gobierno abierto, pero ante todo por pasar ya a la acción (colectiva, por supuesto). La ciudadanía, digital y física, nos requiere teorizando y practicando la mejora de nuestra polis, y en eso seguiremos buscando referentes de cómo hacer un uso responsable de las tecnologías, así como de la concientización de la preferencia ante los datos abiertos, la cultura de la participación, el aprendizaje colaborativo y la innovación pública. Que este nuevo año nos permita multiplicar la esperanza, aprovechar al máximo el potencial y resolver el desafío, y que le sumemos siempre paz, convivencia ciudadana, salud y amor para nuestras familias y nuestros espacios vitales. ¡Feliz Navidad y Año Nuevo!

Fe

La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, según la definición bíblica. Aunque en el plano metafísico es algo básico y en la parte espiritual es el sostén de millones y millones de personas en el mundo, es cierto que hay muchísimas cosas para las que no basta con creer.

Puedo tener fe en que el próximo año será mejor, pero depende de mí actuar, trabajar y poner de mi parte para que eso suceda. Puedo, así mismo, tener fe en mis gobernantes, en esos a los que les confié mi voto y quienes ahora se sientan en las sillas del poder y deciden cosas que serán determinantes para mi calidad de vida y la de mis compatriotas.

Con ese poder, dado por la mayoría que acudió a las urnas, pueden decidir en qué usarán nuestros dineros, esos que pagamos cada vez que compramos algo, recibimos un pago o nos aplican tasas e impuestos que ni sabemos que existen —con la gasolina seguimos pagando el FEFE, al que le decían «impuesto de guerra»—. Deciden, además, en qué montos y para qué fines contratar más deuda.

Entonces, sobre esa plata pueden tomarse decisiones que fomenten el bienestar social: invertir en mejorar la salud pública, la educación, los servicios para la población más pobre. Puede priorizarse recursos para reforzar lo que se traduzca en mejoras para la gente y reducir el gasto en cuestiones como viajes o lujos para los funcionarios públicos. Incluso tenemos un fallo de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia en este sentido.

Mucha fe puedo tener en mis gobernantes, pero allí sí necesito ver, sí necesito saber y sí necesito conocer cómo y en qué usará la plata. No se vale que el proceso de elaboración y discusión del presupuesto sea tan poco público y tan poco transparente. La población tiene acceso al proyecto de presupuesto una vez presentado y luego, tras su aprobación, una vez publicado. Porque pese a que las reuniones de la Comisión de Hacienda de la Asamblea Legislativa se transmitan por radio o televisión, las verdaderas decisiones se siguen tomando a puerta cerrada, bajo la mesa, y según pactos que poco tienen que ver con el bienestar de la gente.

La fe, la confianza en mis funcionarios no puede ni debe ser un cheque en blanco ni un salvoconducto para que hagan lo que les dé la gana. La transparencia ha sido el gran ausente en los procesos de formulación del presupuesto durante décadas y si de verdad vamos a hacer las cosas distintas, cambiar esto es un buen inicio.

Es delicadísimo que el plan de gastos del Estado no se maneje como lo que es: una herramienta de política fiscal cuyos fines deben ser asegurar una gestión alineada con el bienestar social, con la sostenibilidad y con la austeridad en las áreas en las que se pueda aplicar. Seguimos siendo el país con una de las planillas públicas más caras de la región, se sigue manteniendo partidas de gastos reservados, le seguimos dando más recursos a publicidad que a entidades que cuidan del bienestar de los niños, del medio ambiente o de la promoción del turismo. Incumplimos fallos judiciales que nos mandan a tener presupuestos equilibrados y sin gastos subestimados ni ingresos inflados.

El problema de un presupuesto mal elaborado y mal enfocado es que el resultado es una merma en la calidad de la vida de la gente, sobre todo de los más pobres, por dos causas principales. Primero, si no se prioriza bien el gasto, no se dedican suficientes recursos a los servicios básicos, esos a los que la población más vulnerable no puede tener acceso a menos que el Estado se los provea.

Segundo, con presupuestos desequilibrados, se debe recurrir cada vez más a deuda, y los futuros presupuestos deberán destinar, como ya pasó en 2019, más recursos al pago de la deuda que a salud y educación combinados.

No es poca cosa. Tengo fe en que finalmente nuestros gobernantes entenderán. Ojalá no me equivoque.

El Salvador y el mar

La historia cuenta que el pueblo de Jucuarán fue atacado por un grupo de piratas ingleses. Los invasores asaltaron e incendiaron el poblado anclado en la actual costa de Usulután, y masacraron a muchos de sus habitantes, mientras que los sobrevivientes se refugiaron en los cerros vecinos. Corría el año de 1682. La costa del Pacífico centroamericano era testigo y víctima de la incursión pirata en una ruta comercial española, que movía mercancías entre el Perú, Centroamérica y la Nueva España (actual México). La consigna para los europeos era que el que dominaba el mar –sus rutas de navegación– dominaba el mundo. Hacía menos de 15 años que Henry Morgan había saqueado Maracaibo y Panamá. Lo ocurrido en Jucuarán también parece sacado de una de las crónicas escritas por Alexandre Exquemelin.

Pasado el peligro, los jucuarenses que quedaron retornaron a su pueblo nativo, pero decidieron ya no edificar la población en el mismo lugar. Se mudaron a la ubicación actual del poblado, más alejado de la costa, en una decisión defensiva. No querían revivir su tragedia mientras los piratas merodeaban también el golfo de Fonseca. Aunque los ingleses hacían expediciones terrestres, al menos les daba más tiempo para huir. Presos del miedo, los pobladores renunciaron a estar más cerca del mar. Esta es parte de la historia sobre Jucuarán que recopiló el académico Jorge Lardé y Larín y publicó originalmente en 1957. La historia de Jucuarán ilustra bien lo que ocurrió con El Salvador y cómo le dio la espalda al mar en buena parte del siglo XX.

La zona costera del país ha estado abandonada a su suerte. Y cuando se hace esta afirmación, no se refiere a grandes obras de infraestructura moderna; sino a los problemas más básicos de aguas residuales y vías de acceso. Algo generalizado en casi todo el litoral salvadoreño, con casos como la contaminación en la bahía de Jiquilisco, por los ríos que la alimentan; la falta de acceso al agua potable de muchas comunidades cercanas al puerto de La Libertad; la escasa oferta laboral, más allá de la pesca en la mayoría del territorio, entre muchos otros. Una falta de oportunidades generalizada que, incluso, ha provocado el éxodo de generaciones completas en poblaciones como la de la playa El Tamarindo, en el departamento de La Unión.

Incapaz de dar respuesta a población en la costa, ahora el Estado, al fin, parece arrancar una intervención que puede mejorar el nivel de vida de algunas de estas comunidades. Uno de los proyectos que sería financiado con la cooperación china. Si bien es cierto que se coloca al turismo como uno de los ejes centrales para el desarrollo de la zona costera, vale hacer la acotación que en Latinoamérica hay grandes centros turísticos –como Cartagena de Indias o Cancún– rodeados por cinturones de pobreza. Se debe promover un desarrollo integral de la zona costera. Que el centro de los proyectos sea la población. Se ha dicho hasta la saciedad que el crecimiento económico no implica, en el sistema en el que vivimos, que se mejore la calidad de vida de la gente.

Actualmente, si uno recorre la costa de Jucuarán –más de 300 años después de los hechos que marcaron su cambio de ubicación– se encuentran comunidades dispersas de «mareños» con vías de acceso en mal estado, altos índices de pobreza y familias que luchan por subsistir. Es un contraste cruel. En el lugar ya hay pocos hostales y hoteles construidos en este paraje idílico que albergan, en su mayoría, a turistas europeos y norteamericanos que llegan atraídos por las olas y las playas de origen volcánico. Uno de los lugareños de la costa de Jucuarán me lo resumió tristemente: «Aquí estamos en el monte, vivimos como en los tiempos de antes».