ÁLBUM DE LIBÉLULAS (234)

1907. PARA EMPEZAR EL DÍA

–Hay algo que los humanos tenemos que valorar: siempre amanece.

–¿O sea que el sol es el gran maestro?

–El sol hace lo suyo, pero el verdadero gestor es el aire.

–Y además, el aire nos mantiene con vida, y no se lo agradecemos.

–Es que los humanos creemos que el universo somos nosotros.

–Bueno, es que, aunque no seamos poetas, vivimos de metáforas.

–¿Y alguna vez aprenderemos a ser justos con nuestra propia experiencia?

–Tal vez el día en que empecemos el día con la mente en blanco.

–¡Uy, eso sería como renunciar al amanecer multicolor!

1908. CARAVANA DE MIGRANTES

Él era uno de esos seres que viven refugiados en su intimidad más protegida, o al menos eso era lo que percibían cuantos se le acercaban por cualquier motivo; y él se congratulaba de que fuera así, para tener libertad en todo momento. En verdad era un soñador empedernido, que vivía imaginando expectativas y dibujándose rutas hacia ellas. Tenía fama de estacionario, porque nadie le conocía aventuras hacia ninguna parte, y él gozaba con esa fama, porque le daba plena libertad. Hasta que un día le nació decirle a uno de sus pocos allegados: –Me voy en una caravana de migrantes… –¿Cómo es eso? ¿Migrante tú y en caravana? –Pues no es la primera vez… –¿Y quiénes son los otros? Él sonrió con picardía: –Mis sueños, los de siempre.

1909. BIENVENIDO, HORIZONTE

La lluvia torrencial de las primeras horas del día derivó ya al final de la mañana en una tupida llovizna acompañada de bruma, y a media tarde ya sólo quedaba el espesor neblinoso. En la explanada del café más céntrico de la pequeña población ubicada en la falda de la cordillera se reunían por primera vez en largo tiempo los dos amigos de infancia, Pedro y Pablo. Uno de ellos apuntó, luego de los abrazos efusivos: –¿Te has dado cuenta de qué día es hoy? Y el otro negó con un gesto ingenuo. –29 de junio, día en que se conmemora el martirio de esos dos apóstoles de Cristo. –¿Martirio? Y al instante todo el nublado se evaporó como por encanto. Ellos entonces dijeron al unísono: –¡Bienvenido, horizonte, del cielo y de la vida!

1910. TERTULIA CON OLEAJE

Estaban reunidos en La Rotonda del Hotel Palace, bajo el cielo cóncavo de cristal ilustrado. Lo hacían cada cierto tiempo, y los asistentes llegaban de distintos lugares, algunos de ellos en zonas remotas del mapamundi. Y lo hacían siempre durante la temporada invernal, de seguro para tener espontánea invitación al recogimiento en libertad. Esta vez, sin embargo, una inquietud iba y venía por ahí. Al punto que uno de los concurrentes hizo la pregunta en voz alta:

–¿Alguno de ustedes quiere escapar?

La reacción fue un abanico:

–Yo lo que quiero es dormir sin miedo…

–Yo, buscar compañía dentro o fuera de las sábanas…

–Yo, irme de juerga sin horario…

–Yo, caminar, caminar, caminar, hasta ver a Dios…

1911. VUELTA DE TUERCA

Llegó al despacho de su jefe y le presentó con humildad pero con firmeza su petición personal: concluir su trabajo de años, recibir la paga de su tiempo acumulado y poder volver si le era necesario. El jefe, contra todo pronóstico, aceptó las tres peticiones. Ya era libre, pues, y podía volver a la casa familiar, donde vivían sus padres, su esposa y sus dos hijos, ninguno de los cuales había hecho vida propia. Llegó a descansar y a dedicarse a lo suyo, que era la lectura con ansia de escritura. Pero pronto se dio cuenta de que había tomado una decisión errada. La cotidianidad lo asfixiaba. Su gente lo miraba de reojo. Entonces volvió donde su jefe. Y al retornar a su trabajo le empezó a fluir la inspiración. Mensaje entendido.

1912. POR ORDEN SUPERIOR

Desde que todos ellos tenían memoria se les hacía presente el mandato inapelable del más antiguo miembro de la familia: –Prohíbo que se celebre mi cumpleaños, porque eso es celebrar la vida que ya pasó… Y el menor de sus biznietos, que era un adolescente sin reticencias, le objetó un día de tantos: –Pero, tatita, si usted lo que debería hacer es montar un museo de sus cumpleaños… La risa generalizada no cambió el gesto del aludido, que reaccionó con inusitada suavidad: –Pues lo que acabas de decir, muchacho, es la mejor prueba de que tengo razón, porque en los museos lo que hay son piezas de otro tiempo… Y se oyó entonces una voz imperiosamente desconocida: –¡Déjense de perder el tiempo, salud!

1913. NO HAY FICCIÓN INOCENTE

Cuando abrió su laptop se dio cuenta de que ya se hallaba encendida. No era la primera vez que le pasaba, pero esta vez parecía algo diferente. Se quedó en vilo, y de pronto la pantalla pareció abrirse hacia adentro, invitándolo a dirigirse por ahí hacia los ámbitos que estaban apenas insinuados. El impulso fue irresistible, y sin pensarlo ni un segundo se dispuso a seguir la ruta indicada. Como si el espacio fuera capaz de dejarlo pasar, penetró a pleno aire. Y ya adentro, lo que quedaba atrás era irretornable y lo que estaba adelante se abría sin fin. Alguien entró un par de horas después a la sala de estar donde descansaba la laptop. Era el encargado del orden y la limpieza. Cerró la laptop, y nadie volvió a saber de su dueño.

1914. MISIÓN DEL FRÍO

La tarde resoplaba en las esquinas mientras el frío hacía de las suyas. Era un típico día de invierno en las latitudes norteñas. La jovencita recién llegada de la zona tropical tiritaba mientras se iba acercando a la oficina donde había encontrado el primer empleo, que era inesperadamente mucho más de lo que había imaginado. Quizás estaba ante una señal benévola en perspectiva. En su prisa por llegar lo más pronto posible fue a chocar contra un transeúnte que iba en sentido contrario. Él la abrazó para que no fuera a desplomarse. El calorcito mutuo se hizo sentir. Tiempo después, ambos iban por la misma calle para agradecerle al frío.

CIUDADANÍA FANTASMAL (26)

EN LA OTRA GAVETA

Cuando concluyó la época activa de su carrera militar, tuvo que retirarse a vivir a aquella casita suburbana que había sido el hogar familiar desde que tenía memoria. Su mujer de avino a acompañarlo, aunque ella prefería su piso en el centro de la ciudad. Fue una batalla silenciosa, que él ganó por su experiencia en aquellas lides. Los hijos vivían fuera, y no tuvieron nada que ver con aquella decisión.

Ya instalados, comenzaron su nueva vida, como retirados sin retorno. Bueno, al menos para él, porque ella, que era periodista de larga data, siguió siéndolo por las vías virtuales en creciente vigencia.

Una tarde, cuando ya el sol se despedía por los cuatro horizontes, él le preguntó:

–¿No has visto el arma que acabo de comprar?

–Está ahí, en la otra gaveta.

–¿Cuál?

–Esa que tenés en la mente.

Y en ese instante se oyó un sonido de disparo y él se desplomó. Los médicos dijeron que había sido un accidente cerebral fulminante, pero ella sabía la verdad.

EL CUARTO REY

Los tres de siempre estaban preparándose para emprender aquella ruta que los llevaría hacia el encuentro con su mejor destino. Los vehículos animados estaban listos en el corral de siempre. Los trajes propios para una trayectoria semejante pendían de sus perchas, a la espera. Las bebidas calientes se hallaban a punto para entonar los cuerpos antes de que salieran a campo abierto. Y los tres bultos que encerraban las ofrendas aguardaban a la salida.

Uno de ellos advirtió:

–Si no salimos ya, no llegaremos a punto.

–Sí –dijo otro–: nuestra guía ya dio la señal.

–Y la Estrella nunca se equivoca –confirmó el tercero.

En ese preciso instante, un intenso ruido de cabalgadura se hizo sentir. Y el hombre, trajeado para la aventura del camino, entró sin más:

–¡Aquí estoy, vámonos!

Los otros tres le respondieron a coro:

–El cupo está lleno. Tardaste en incorporarte, y la Providencia no pudo tomarte en cuenta. Hasta la próxima. Adiós.

DESDE EL OTRO BALCÓN

La calle era estrecha, como ocurre casi siempre en las zonas clásicas de las ciudades más antiguas. Él vivía en el tercer piso de una edificación de larga data, y justamente enfrente había otra semejante. Su cuarto tenía balcón, y la reja permitía asomarse al aire. Así se acostumbró a permanecer ahí un buen rato cuando regresaba por las tardes de su encierro laboral, casi en un sótano.

otro lado, en línea recta, se abría un balcón exactamente igual. Y una tarde apareció ahí una imagen. Sí, era ella. La conocía. Le hizo un gesto de bienvenida, y ella en ese mismo segundo se esfumó. Pesar profundo, pero sin perder la esperanza, porque las imágenes de los sueños nunca se van del todo.

EN EL BARRIL DE LAS LETRAS

Era su primera noche en Madrid, e hicieron lo de siempre: ir a cenar en el Barril de las Letras, que está en la Calle Cervantes, a una cuadra del hotel. El frío invernal apenas se hacía sentir, y eso le daba al momento su nota gráfica. Gráfica de color y de pálpito.

Comieron y bebieron lo de siempre. Eran frugales pero entrañables. Él pidió ostras:

–Del mar azul, por favor.

Ella pidió lubina:

–De la bahía del ensueño, si es posible.

Ante las dos peticiones hubo respuestas afirmativas. Luego de saborear el tinto Malleolus 2017 de Ribera del Duero, se dispusieron a esperar sus platos, y en cuanto llegaron hicieron la prueba gustativa.

–Lo justo.

–Perfecta.

Y aquello fue el augurio de una noche estelar, con desvelo acariciante incluido.

GOOD MORNING, DEAR MOON

Él la veía cada vez que llegaba a la agencia bancaria a realizar depósitos o a hacer retiros. Era una rubia de piel resplandeciente, que daba la inmediata impresión de ser una inmigrante del Norte, cualquiera de los Nortes. Pero curiosamente nunca le tocaba ser atendido por aquella joven que era un imán irresistible, al menos para él.

Hasta aquel día en que sólo había una ventanilla abierta y un solo cliente en espera. Ella y él. De ahí quedaron en verse fuera del lugar, como si fuera un mandato superior. Y en verdad ella no era originaria del país sino hija de un canadiense que llegó casi por casualidad y se halló con la mujer que le envolvió el anhelo.

De inmediato se fueron a vivir juntos. Y la primera noche descubrieron el misterio común, con la luna en su cuarto creciente. Ahora podían compartir la luz interior que viene de arriba. Y al despertar él la saludó a ella con una frase en su idioma original:

–¡Good morning, dear moon!

UN ALTO EN EL CAMINO

Su enfermedad era enigmática, aunque no precisamente misteriosa. Empezó a ver médicos de distintas especialidades, que le daban opiniones de las más variadas índoles, pero los síntomas iban y venían como si estuvieran encariñados con ese juego sin fin. En eso llegó a la consulta de aquel curioso profesional que tenía toda la pinta de ser un experto en ejercicios atávicos.

–Dígame qué siente, para poder adivinar qué necesita.

–¿Lo que siento? Cansancio e ilusión al mismo tiempo.

–¡Entonces es usted un elegido!

–¿Elegido de quién?

–De usted mismo. De su propia impaciencia. Cálmese, por favor. Concéntrese. Vamos a penetrar juntos en el vitral que tenemos enfrente.

Lo tomó del brazo y avanzaron juntos hacia aquella superficie que parecía una tela pero que era sólo un reflejo. Cuando lo atravesaron, todo se esfumó, y ya estaban adentro. En ese interior, todo parecía un lugar de culto, pero no culto religioso, sino culto emocional.

–Relájese. La ceremonia comienza.

Y todo, ellos incluidos, alzó vuelo. ¿Hacia dónde? Hacia el día siguiente, que era día de asueto. Perfecto para reprogramar los espejismos apaciguadores.

SANTO REPOSO

Cuando se tendía a descansar en aquel catre que resumía en sus crujidos los destellos de su propio crecimiento, todas las fantasías heredadas se le hacían presentes sin esperar nada más.

–¿Estás aquí, como siempre?

Eran voces que cambiaban a diario, sin dejar de ser las mismas.

–No, no estoy aquí, pero voy a estarlo si ustedes me guían…

–Entonces, a deambular se ha dicho por las escarpaduras del insomnio atávico.

INSTANTÁNEAS DEL VERBO APASIONADO (22)

DESTINO CONSAGRADO

El arte blanco lo practica la nieve por vocación inmemorial.

REVELACIÓN EN VIVO

Ahí, frente a la casa de Lope de Vega en el Viejo Madrid, hay un organillero imaginario que anochece con alas.

PENDIENTES DE UN HILO

La luz de nuestro ser es lo más dependiente que existe: basta que la respiración se distraiga un instante para que el ser se apague.

ESCAPE PARA IMAGINATIVOS

Toda memoria tiene una salida clandestina para que si hay un visitante indeseable pueda ser expulsado sin testigos.

COMPAÑEROS DE ESTANCIA

Cuando llovizna, las palomas de las plazas andan buscando aleros como almas en pena.

OJALÁ QUE ASÍ SEA

En las ciudades del futuro los restaurantes preferidos tendrán menús de pétalos.

EN DOBLE SENTIDO

El que ríe por último ríe mejor. El que llora por último llora en silencio.

CIUDAD PARA CADA QUIEN

Madrid de noche: los espejismos salen a deambular tranquilos, las fantasías se desnudan en las pequeñas plazas, el ocio hace crecer la promesa del sol…

ENTRE SABORES

Cena madrileña: en el Barril de las Letras las ostras vienen de un mar azul.

PERFECTO OFICIO

Hay que dejar anochecer para que la luna se sienta cómoda en su rol de anfitriona sonriente.

INSPIRACIÓN CELESTE

Los sueños hablan en lenguas, y es por eso que casi nunca entendemos lo que nos dicen.

EN CLAVE HUMANA

Hay juegos de azar que nos recuerdan el origen de los tiempos, y esa es una señal que debería dejarnos en alerta.

ASÍ SON LAS COSAS

No estamos en la Cuarta Revolución Industrial: estamos en la Primera Revolución Fantasmal.

DOBLE EVIDENCIA

El frío del invierno tiene una maestría forjada en la experiencia; en cambio, el frío del verano apenas balbucea sus primeras letras.

VERSE EN ESE EJEMPLO

El viento se pone en guardia cada vez que las nubes pasan de largo.

APRENDIZAJE ZODIACAL

Los mejores domingos son los que se quedan envueltos en sus sábanas sin ninguna intención de respirar aires desconocidos.

VERDADERA IDENTIDAD

Pertenecemos a la progenie de los invisibles, y por eso nuestra condición actual de seres identificables nos pone a cada instante en entredicho.

TENGAMOSLO EN CUENTA

Por curioso contraste, lo que llamamos firmamento es lo menos firme que hay.

CONFIRMACIÓN AUDAZ

Ayer hubo equinoccio. Mañana habrá solsticio. Lo dije alguna vez, y ahora el soplo de la luz ha venido a recordármelo a través de los cristales.

SÍNTOMA FIEL

Cuando los sobresaltos de la memoria se vuelven frecuentes hay que acudir a la clínica para desvaríos atávicos.

NO LO OLVIDEMOS

En Madrid, la Guía del Ocio es el Evangelio de los transeúntes.

ÍNTIMA CONFESIÓN

Anoche soñé contigo, y mientras lo hacía en ese prado abierto en mi latitud más íntima, los resplandores del amanecer vinieron a recordarme que el amor es el sueño más sagrado.

HACIA AHÍ VAMOS

Nuestros antepasados vivieron en cuevas de tierra natural, y hoy nosotros anhelamos vivir en estancias de transparencia sobrenatural.

PRIVILEGIO FELIZ

Los que tenemos vocación de viajeros reverentes encontramos capillas disfrazadas a cada vuelta del camino.

LO INOLVIDABLE

Mi lugar favorito para dormir la siesta más feliz es a la sombra de aquel amate primigenio que estará siempre ahí, al otro lado de la calle de polvo.

POR FORTUNA ES ASÍ

Toda ciudad, por anónima que sea, tiene su bar destinado a poetas vagabundos. ¡Qué privilegio de la vida imaginaria!

Historias sin Cuento

TODO RÍO ES FUGAZ

Los habitantes de aquella aldea perdida entre los cerros poblados de árboles de tierra encumbrada parecían estar recibiendo una especie de concesión inefable por parte de la Providencia. Uno de ellos, el que había parecido menos capaz de superarse por la vía del trabajo agrícola, tuvo el impulso desconocido de comprar por ahí, en un caserío de los alrededores, un billete entero de la lotería que le ofreció un transeúnte que salió quien sabe de dónde. Y en el sorteo correspondiente ese número resultó ganador. El premio consistía en miles de dólares, una cantidad astronómica para cualquiera de los habitantes de aquella aldea sin identidad en el mapa.

Y entonces el mapa despertó de su distracción perpetua, y llamó a los que vivían en la aldea a tomar camino. El primero en la línea era él, el ganador del premio, y la corriente humana se dirigía hacia la capital del país a cobrar el monto y a depositarlo en una agencia bancaria. Todos sus vecinos lo acompañaban, y no por seguridad, como hubiera sido fácil entender, sino por una especie de impulso que era mucho más que ilusión monetaria.

Llegaron a la sede de la lotería y el premiado recibió su cheque. Los demás lo esperaban afuera. Cuando salió, se puso frente a ellos y esgrimió el documento como si fuera una bandera. Entonces uno de los más cercanos murmuró:

–Está en blanco.

Y aquella simple frase bastó para todos corrieran a juntarse, como si se descubrieran por primera vez. Era hora de volver a la aldea, a reconocerse en sus verdaderos orígenes. Ahora ya no eran un flujo ilusionado que buscaba la costa sino una caravana que avanzaba lentamente hacia arriba.

MENSAJE RECIBIDO

Muchos iban de viaje, y el destino señalado en el pasaje aéreo indicaba que se dirigían hacia una ciudad costera del otro lado del Atlántico, justamente a la entrada del Mediterráneo. Todo estaba listo para embarcar, con los anuncios consabidos que vibraban en los parlantes, y de súbito surgió una voz de advertencia que puso a los pasajeros en expectativa:

–El vuelo 501 está retrasado por razones técnicas. Se avisará cuando vaya a comenzar el embarque.

Él, que era un joven que buscaba siempre respuestas concretas, se acercó al mostrador preciso:

–Señorita, ¿me podría explicar qué pasa?

–Disculpe, no lo sé. Pero no se preocupe, que esto se va a resolver muy pronto.

Ese «muy pronto» fue sumando minutos, hasta que la impaciencia le hizo acudir de nuevo ante el mismo mostrador, donde ya no estaba la jovencita anterior sino un hombre de mediana edad:

–Señor, ¿me podría explicar qué pasa?

–Disculpe, no lo sé. Pero no se preocupe, que esto se va a resolver muy pronto.

Así acudió varias veces con la misma pregunta, y quien atendía siempre era distinto, aunque reiterara la respuesta sin fallar palabra: un adolescente a todas luces practicante, una señora que parecía ajena a aquella realidad, un hombre maduro con pinta de empleado ya a punto de retiro…

Y al final, ya no había nadie a quién preguntarle. Entonces él tomó su equipaje de mano, que era el único que tenía, y se fue hacia la salida de la terminal aérea. Y cuando llegó afuera, los soplos de brisa se le encarnaron en la conciencia: eran sus deseos más escondidos, esos que le repetían a diario que su destino estaba ahí, en el arraigo original, y no en ningún vuelo de escape hacia lo desconocido…

JARDÍN CON ESPESURA

Habían llegado hacía ya algunos años a aquella zona norteña desde su enclave tropical, y la experiencia animosa se les hizo presente casi desde el primer día. Pertenecían ellos a esa clase de migrantes que llevan en sí todas las herramientas anímicas para integrarse de inmediato a su nueva etapa de vida. Es como estar preparados para el examen de suficiencia desde antes de saber cuál será el cuestionario correspondiente.

Así se instalaron, hallaron ocupaciones de buen augurio y se fueron adaptando sin resistencias al nuevo ambiente. Eran ya lo que cualquiera podría catalogar como recién llegados que se apuntaban al éxito inmediato.

Con trabajos de buena paga y de tranquilizadora estabilidad, ubicaron a sus hijos en buenas escuelas y adquirieron vivienda en una zona de los suburbios residenciales con multitud de edificios de altura. Todo apuntaba, pues, hacia la buena vida.

Pero sin decir agua va, de pronto una invasión de mariposillas perturbadoras se les coló por los intersticios no advertidos de esa nueva realidad. Y les pasó a ambos al mismo tiempo, sin que ninguno de los dos se lo dijera al otro.

A partir de ahí, ya no hubo tranquilidad posible, hasta el punto en que los hijos tuvieron por fin que darse cuenta de que algo pasaba y acudieron al consejo profesional. Ejerciendo no poca presión lograron que los padres acudieran a la consulta del psicólogo:

–Percibo que ustedes andan en busca de sus anhelos más profundos…

Ellos se miraron a la hondura de los ojos, quizás como nunca antes. Él hizo un gesto y ella le correspondió afirmativamente. Así vinieron las palabras:

–Sí, lo que necesitamos es un jardín que tenga su propia intimidad. Nos angustian las terrazas colgantes: lo que necesitamos son jardines sobre la tierra… ¡Para poder respirar como Dios manda!

ALTAR EN LA TRASTIENDA

El visitante llegó a primera hora, y en cuanto lo hizo toda la atmósfera del lugar asumió vibraciones anhelantes. La primera pregunta fue el sonido detonador de las ansiedades acumuladas:

–¿Vienes para quedarte?

Él hizo como si no hubiera oído, y eso bastó para que prosperara el interés, y la expresión más viva de ello fue:

–¡Te queremos aquí para siempre!

El aplauso no sonó en el aire pero vibró en todos los oídos. Inmediatamente después, la concurrencia se dispersó por todas las salidas posibles, y él se quedó solo en el sitio en el que estaba parado.

En torno, las luces parecían hacerle señales para que tomara acción. Él miraba a su alrededor, como si buscara imágenes que lo acompañaran.

De repente, se fue abriendo una puerta que hasta ese instante había sido invisible, y por ahí fue llegando un cortejo de sombras que se juntaron en torno a él.

–¿Estamos listos? –preguntó en un susurro.

Las sombras se apretujaron contra su cuerpo, como para hacerle sentir el acompañamiento ideal.

–¡Gracias, gracias, hermanos de aventura!

Como si aquella frase hubiera servido de convocatoria urgente, la concurrencia que estaba ahí cuando él llegó fue regresando en corriente animosa. Las sombras saludaron con emoción compartida.

Y entonces sonó la voz desde arriba:

–¡Llegó el momento!

Todos tomaron camino hacia el interior, con la seguridad de los que van al lugar elegido. Estaba ahí, en el trastienda. Era un espacio vacío, con una estructura de madera al fondo. Los que iban adelante fueron a ubicarse en los espacios disponibles en la estructura, y él se colocó en medio, en el puesto más alto. Misión consumada. El rito podía comenzar.

Historias sin Cuento

AMNESIA IMAGINARIA

El vecino más notorio de los alrededores nos convocó aquella mañana para hacernos saber, a su estilo, melodramático por naturaleza:

–El otoño acaba de fallecer, y como es su costumbre se ha desvanecido sin dejar huella. Lo que está aquí es el primer respiro del invierno. ¡Brindemos por el frío inminente!

Y todos los que estábamos a su alrededor alzamos nuestras copas, que él acababa de llenar con vino proveniente de los viñedos más próximos.

Alguien advirtió entonces:

–Ya nos vamos, para cubrirnos con los abrigos que tenga cada quien a la mano. No queremos exponernos a los caprichos del clima. ¡Vámonos!

Un instante después, el lugar se hallaba sin ninguna presencia humana, y entonces hubo una especie de brote de señales luminosas, como si el aire quisiera hacerse sentir como protagonista del momento. Y aunque nadie podía oírlo, el pálpito dejó fluir su mensaje:

–Aquí estoy, ¿me recuerdan?

Todas las ramas respondieron, agitando las pocas hojas que les quedaban, y el mensaje podía traducirse así:

–Aunque no eres nuestro amigo favorito, te recibimos con toda la naturalidad que nos corresponde por el hecho de convivir en el mismo espacio y respirar el mismo aire.

En ese instante regresábamos y, sin saber por qué vía auditiva, percibimos el breve diálogo que acababa de suceder a nuestro lado.

–¿No sienten que el frío se ha vuelto de repente más intenso? –preguntó uno de los asiduos.

–Eso es pura percepción voluntaria –comentó otro, abriéndose el abrigo.

–Cuidado, que el invierno puede sentirse aludido…

–¿Y? Hagámonos los desentendidos para que los abrigos y las cobijas nos aguanten.

–Bueno, después de todo el invierno sólo se ocupa de sus cosas. Hoy debe estar alistando sus chimeneas, recorriendo sus roperos y dándoles atención a sus trineos…

–Ah, pues que se olvide de nosotros, y mejor vámonos a nuestro bar favorito para que nos renazcan líquidamente las buenas vibras. ¡Perfecta práctica para olvidar todo lo demás! ¿Saben quiénes me han enseñado esto?

–¿Quiénes?

–Los tres Reyes Magos, que después de cumplir su misión se van a tequilear al mismo lugar al que ahora vamos. ¡Que la memoria obsesiva no nos interrumpa!

SI ALGUIEN PREGUNTA POR MÍ

Había sido siempre un ciudadano común y corriente, con las responsabilidades y los hábitos que son característicos de tal condición. Pero de un tiempo a esta parte tanto los hábitos como las responsabilidades parecían estársele volviendo cada vez más imprevisibles, como si la libertad quisiera tomar control de su vida. Una libertad que apuntaba hacia el libertinaje. Los que lo conocían apenas lo notaban porque esos cambios direccionales se mantenían recluidos en su intimidad más estricta.

Hasta que aquella tarde sufrió un desmayo de origen desconocido ya cuando iba a dejar su escritorio de trabajo. Los compañeros de oficina corrieron a atenderlo, y llamaron de inmediato a sus familiares y también a una ambulancia que lo llevara al hospital donde se atendía a los asegurados. En unos cuantos minutos se hallaba en el área de emergencias.

Cuando concluyó el examen inicial, el médico de turno se acercó a él, que estaba solo en su cama, porque ningún familiar había llegado todavía.

–¿Qué me pasó, doctor?

–Aún no lo sé a ciencia cierta. Pudo ser una descompensación cerebral repentina. Hay que hacer varios exámenes.

–Yo sí sé lo que me pasó, pero le ruego que no se lo diga a nadie. Me distraje al volante.

–¿Pero cómo si usted estaba en su oficina, ya para concluir la jornada?

–Cuando me refiero al volante quiero decir: mi vehículo mental. Ahora mismo vuelvo a tomar la ruta, y lo haré con más cuidado. Las carreteras interiores son las más peligrosas. Y por eso si alguien pregunta por mí, hágase el desentendido. No quiero interrupciones en mi camino…

PASAR LA PÁGINA

Sam fue a buscar a su clóset aquella chamarra que le había regalado Susan en la Navidad anterior a su separación. Susan ya no estaba ahí, porque desde que tomaron en presunta armonía el propósito de reiniciar cada uno su camino, ella decidió retirarse y él decidió permanecer. Y desde entonces no había habido comunicación alguna, porque tampoco existía ningún vínculo para hacerlo. Buscaron en su momento tener un hijo, pero todos los embarazos se frustraron, y ese fue sin duda uno de los motivos de la separación concertada.

Ya con su chamarra puesta, Sam salió a la calle en dirección hacia el café que se hallaba justo a la par de la sala de exposiciones en la que Susan tenía montada su colección de cuadros más recientes; porque desde que tomó dirección propia, el ímpetu de la creatividad pictórica se le fue volviendo impulso vívido.

Llegó al café, y cuando atisbó que la sala inmediata se iba llenando de público, se escabulló hasta ahí como uno más, con la intención de pasar inadvertido.

No hubo ceremonia de inauguración, pero Susan se adelantó a decir unas palabras, y en lo que hablaba descubrió a Sam entre los presentes. Se interrumpió por un segundo, como si aquella presencia inesperada le trajera aleteos mentales ya prácticamente dejados en el baúl de los recuerdos.

Lo que dijo después pareció una ligera perorata de la que apenas se enteró. Tenía el pensamiento poblado de otras imágenes. El aplauso de los concurrentes pareció devolverla al plano de los hechos. Vinieron los saludos, y ella esperó que Sam apareciera, aunque ya no lo identificaba entre el flujo de concurrentes.

En una mesa rinconera estaban las bebidas y los bocadillos. Cuando se acercó a ese lugar tuvo a Sam junto a ella, con un libro en la mano.

–Hola, ¿qué haces?

–Aquí, mi tarea de los últimos tiempos.

–¿Con un libro? ¿Es tu nuevo libro? ¿Has vuelto a la escritura?

–No, este libro no es mío. Lo encontré por ahí, y me sirve para seguir en esa tarea…

–¿Cuál?

–La de darle vuelta a la página. No es fácil, porque algunas páginas se resisten…

–¿Quieres que te ayude? Quizás es eso podamos coincidir, y a lo mejor…

Y sus sonrisas coincidentes eran la novedad del día.

AMAR AL AIRE LIBRE

–¡Qué pregunta! El amor no da explicaciones.

–Es que yo no te pido explicaciones: sólo una respuesta en forma de monosílabo. Sí o no.

–Ah, pues entonces te voy a responder con un movimiento de cabeza.

Y ese movimiento, como sucede con todos los de su especie, se prestaba a interpretaciones. Ella se quedó impávida, como si estuviera gozando de la incertidumbre creada. Pasado un par de minutos, ella hizo su comentario:

–Hoy me toca preguntar a mí: Te gusta dejarme en Babia, ¿verdad?

–No fui yo el del gesto.

–Pero ese gesto me nació de muy adentro, de ese lugar al que sólo tú tienes acceso.

–Quiere decir que ese lugar existe.

–¿No lo sabías? ¿O al menos no lo imaginabas?

–Es que los ensueños personales nunca sueltan prenda.

–Bueno, si es así, ya te puedes dar por respondido.

–No es tan fácil, Melissa.

–¿Y qué quieres, entonces: una declaración de amor?

–Me encantaría.

–Pues ahí la tienes. Si algo se resiste a las palabras fáciles es el amor.

–¡Aleluya! Tengo el mensaje entre los labios, y está a punto de convertirse en beso. El beso a la intemperie para que sea más entrañable.

Historias sin Cuento

TORMENTA DE CRISTAL

Los visitantes habituales de este lado de la orilla estaban ya en el borde del agua fluyente, aguardando que el lanchero llegara a recogerlos desde la otra orilla. El día era uno de esos primeros del verano tropical, y en el aire se confundían constantemente los respiros aún húmedos y los soplos de calidez anunciada. Ellos sabían que era preciso tener paciencia, porque Melquíades nunca era puntual, y eso lo resolvía con un gesto de paisano envalentonado. Entretanto, iban pasando por ahí gentes conocidas y desconocidas, que saludaban y se iban de largo, hacia abajo y hacia arriba por las playas abruptas del río mayor que tenía un nombre emblemático: Lempa.

De repente, y como si apareciera por arte de magia, ya estaba llegando a la arena pedregosa la lancha conducida por Melquíades, y luego de que les hiciera un saludo puramente gestual los pasajeros fueron ingresando al vehículo tambaleante a pesar de que la corriente que iba suavemente hacia abajo a cruzar de manera sesgada frente a un paredón de lajas imponentes no tenía ningún sobresalto.

Uno de los que estaban sentados adentro comentó:

–Miren para allá: parece que va a haber tormenta. ¿Estás de acuerdo, Melquíades?

De nuevo un gesto de él que hubiera podido interpretarse como “Pregúntenle a las nubes, como discípulos agradecidos”.

Cuando tocaron la otra orilla, en la hacienda Jiboa, sólo unos segundos después, comenzó a desatarse una llovizna que los envolvió como si fuera una frazada de briznas voladoras. Y el más joven de los transeúntes dijo sin poder contenerse:

–Vamos a llegar empapados a la casa de la hacienda…

A lo que le respondió el mayor luego de hacerle una señal de despedida a Melquíades:

–Algo se quebró arriba, allá en lo alto del cielo, y lo que nos ha caído es un reguero de cristales. Algo querrá decir. Y antes de subir la cuesta persignémonos para dar las gracias…

Y en ese instante se detuvo la llovizna con un suspiro.

FARO A LA VISTA

Era campesino por tradición familiar, pero su ilusión de origen desconocido era ser marinero. Y aunque el mar estaba a corta distancia del cantón en que él había vivido siempre, apenas lo había atisbado desde uno de los cerros inmediatos. Cuando arribó a la adolescencia, los anhelos de horizonte líquido se le hicieron aún más entrañables. No se lo decía a nadie, pero lo sentía como una necesidad que estaba prendida a sus células mayores, las de la imaginación en movimiento.

La adolescencia es un brote de impulsos, y para él fue el despertar de la espuma, esa que llevaba escondida en el fondo de su conciencia desde el mismo instante en que ésta se le empezó a revelar. Una espuma salada e incansable, que le llamaba sin descanso.

Se fue entonces en dirección a la costa marítima, con la urgencia que caracteriza a los mandatos misteriosos y supremos, como si las voces interiores hubieran tomado ahora sí control de todos sus impulsos. Y cuando tuvo el mar abierto a la vista se fue directamente al área en la que había embarcaciones atracadas.

–¿Hay algún trabajo para un desconocido que quiere salir al mar al momento?

–Aquel barquito necesita un ayudante de motores. ¿Usté tiene experiencia? ¿Se anima?

Sin responder, corrió hacia donde le indicaban, tropezando con todo lo que le salía al paso. Y como no había disponible nadie más, le dieron la plaza. Él saltó de alegría. Sin ocuparse de ir a avisar a sus familiares, se instaló ahí, porque el viaje iba a comenzar en unos momentos.

El barco evidentemente era de los de antes, pero para él eso ni siquiera era advertible, porque no tenía ninguna información al respecto. En unos minutos estaban navegando hacia altamar. Él, inclinado sobre unos de los barandales de cubierta, observaba en éxtasis. Y de pronto vio algo que lo invitó a saltar sobre las estructuras metálicas: era el faro en la punta de la costa.

Saltó al aire, porque ahí estaba su nuevo hogar. Y las olas lo envolvieron, emocionadas.

HAY QUE SOÑAR DE PIE

–¿Me permite pasar, señor?

–Este no es lugar para indigentes, perdone.

–Ya lo sé, y por eso le pido permiso respetuosamente. Yo no soy un hombre que vive en la calle, sino que tengo una preciosa casa en las laderas más exclusivas.

–No me diga. ¿Puede comprobarlo?

–No a usted, que me ha rechazado sin conocerme.

–¿Y entonces a quién?

–A aquel guardián que está allá, mire, en la entrada principal. ¿Me permite llegar hasta él?

–Si me presenta algún documento que dé fe, con todo gusto.

–Aquí tiene.

–¿Y esto qué es?

–Lo que escribí ayer por la noche.

–Ay, señor, no quiera verme la cara. Este es un papel cualquiera con unas líneas mal escritas.

–Pero no ha leído lo que ahí dice.

–Es que eso es lo de menos. Yo lo que le pido es una constancia sobre usted.

–¿Y qué de seguro tiene un papel firmado y sellado?

–Bueno, es lo que establece la ley.

–¿Cuál ley?

–La ley de la sociedad.

–Ah, pues yo le estoy presentando algo superior: una hoja donde está escrita la ley de Dios.

–¿Cómo es eso? Usted está loco. ¿Quién se cree?

–Un enviado de Dios que viene a constatar que la tierra puede ser un refugio seguro.

OBRAS SON AMORES

Don Emigdio estaba en su rústico lugar de trabajo ubicado en la parte trasera de su casa suburbana. Era un artesano de vocación heredada, porque su padre, su abuelo y se seguro también su bisabuelo habían hecho lo mismo en sus respectivas épocas. Las artesanías buscaban reproducir los sueños heredados, y por eso las maderas procesadas parecían florecer en ruta hacia el futuro. Don Emigdio ahora tenía un solo nieto, porque el hijo murió en los últimos meses de la guerra interna, allá en 1991, cuando el nietro acababa de nacer.

Fermán, el nieto, recibió su nombre del comandante del grupo guerrillero al que perteneció su padre, y ahora también era artesano. El abuelo decía: “Fermán es un maestro de los de antes. Lo que yo le he enseñado es sólo una señal para que él camine hacia sus orígenes. Verdaderamente el que me enseña es él”.

Y fue entonces cuando Fermán conoció a Milagro, la maestra de parvularia que había llegado al cantón a trabajar en la escuela recién abierta.

–Usted es nueva, ¿verdá?

–Novísima, como la luna que se ve allá, detrás de aquel muro de árboles.

–¿Y cómo se llama?

–Milagro, para que vea.

–Ah caray.

–¿Y usté?

–Yo soy Fermán, un pinche artesano.

–¿Cómo que pinche? En la vida nadie es menos que nadie, salvo por su conducta.

Desde ese mismo minuto el enlace emocional se hizo presente, y ambos dijeron al unísono, con tonos diferentes pero con la misma intensidad:

–Hasta ver a Dios.

Y entonces pareció emerger de las respectivas conciencias una nueva artesanía, que tenía todas las características del destino compartido.

Frente a ellos, una pequeña plazoleta sin arriates ni bancos los invitaba a estar de pie, como si fueran transeúntes que necesitaran un momento de sosiego. Así lo tomaron, sin pensar en ello, y sólo unos minutos después estaban agarrados de las manos, perfectamente seguros de hallarse en la mejor estancia de sus vidas.

–Vamos a trabajar juntos, ¿verdad? –dijo ella, con su sonrisa más incitante.

–¡Claro: artesanías para infantes, como en el principio de los tiempos!

–¿Y eso qué significa?

–Que el amor es la Creación en movimiento… ¡Milagro en vivo!

Historias sin Cuento

DE VENTANA A VENTANA

Ahora que tenía enfrente aquel paisaje de habitaciones verticales sin fin visible, al menos desde su mirador personal, podía sentir en forma patente y entrañable lo que es estar inmerso en un vecindario accesible cara a cara; es decir, de cristal a cristal, sólo con el aire libre de por medio. Y eso era justamente lo que él estaba asumiendo anímicamente desde que llegó al lugar por obra de una casualidad que tenía en el fondo una vibrante resonancia de destino. Esa casualidad se había dado cuando sus padres escogieron la emigración como destino familiar, y se conectaron con el coyote que los llevó hacia el Norte a través de todos los desvíos azarosos imaginables. Al fin de cuentas, era la ruta soñada, pese a todos los tropiezos en el avance.

Las mañanas de domingo eran sus momentos favoritos, ya que entonces todas las ventanas del entorno, incluyendo desde luego la de él, tenían habitantes a la vista o al fácil alcance de la vista. Y en esta oportunidad la mañana presentaba de pronto signos fuera de lo común.

Allí, en la cúspide de unos de los edificios más cercanos, estaba brotando una humareda, de algún aparato productor de energía; y como la atmósfera se hallaba impregnada de friolentas ráfagas invernales, los humos eran aún más intensos.

Asomado a su ventanal recibió al instante una impresión de memoria escondida: ¡Sí, aquello era la presencia revivida de su volcán originario, allá en la cordillera a cuyos pies habían transcurrido los primeros años de su vida!

Cerró los ojos humedecidos por el recuerdo, y la escena de afuera se le reprodujo hacia adentro. La pregunta fluyó inevitable: «¿Dónde estoy, entonces?»

Y la respuesta se le fue atragantando antes de emerger sin palabras:

–En el encuentro de dos mundos.

Alrededor, todas las ventanas parecieron enterarse de aquel anuncio estrictamente personal, y de seguro si hubieran tenido manos disponibles habrían iniciado un aplauso de reconocimiento compartido.

PRUEBA SUPERADA

–¡Chantal!, ¿eres tú?

La aludida volvió la cabeza hacia quien le hacía la emocionada pregunta.

–¡Pablo, tú si eres!

La reacción mutua fue de alborozo. Habían sido años sin reencontrarse, y ahora, sin ninguna búsqueda específica, estaban otra vez frente a frente, con los aromas respectivos al alcance de los correspondientes olfatos y con el calor de los cuerpos en actitud de enlace. Las sonrisas se les iban convirtiendo en risas y las imágenes de la cercanía parecían pugnar por animarse al tacto. Sólo las voces, sin embargo, hacían de las suyas:

–Te busqué por todas las direcciones, sin importarme si alguna de ellas me estuviera llevando al fin del mundo…

–Ah, pues yo no me quedé atrás, porque las redes de la Internet se me hicieron escasas para seguirte la pista…

Y sin decir más tomaron rumbo hacia aquel barcito tequilero en el que habían pasado tantas veladas rebosantes de historias personales y de revelaciones imaginadas. Y en el trayecto hacia ahí, cada uno se hizo interiormente la misma pregunta: «¿Cómo fue que de repente nos perdimos de vista y luego de tanto tiempo estamos reencontrándonos como si nada?»

Y ya con las dos copas en la mano volvieron a mirarse a los ojos, hasta el fondo del ser, y las palabras fluyeron con efusión de manantial:

–Yo quise ir a probarme a mí mismo, para volver ya con todas mis dudas resueltas…

–Y yo te leí el pensamiento y me dispuse a lo mismo…

–¡Feliz reencuentro!

–¡Lo mismo digo!

EL SABOR DE LA FE

Cuando arribaron a aquella pequeña explanada que tenía un gran amate en el centro y algunos arbustos de flor desperdigados en los alrededores, ella suspiró hacia adentro como si quisiera que el aire le llegara hasta los más remotos rincones de su ser material y anímico. Luego fueron a ubicarse, como siempre, en un extremo, junto al resedo que albergaba su aroma favorito. Eran los primeros en llegar, y eso les hacía sentirse privilegiados por opción.

–Como no hay brisa, hace calorcito –dijo ella, despojándose del suéter que llevaba encima.

–Es cierto, calorcito del bueno –acotó, él, sonriendo con su picardía característica.

–Eso se va a saber cuando nos retiremos a descansar –murmuró ella con retintín prometedor.

–¿Descansar? ¿Y eso qué significa? –bromeó él con igual murmullo.

En ese justo instante los que siempre se reunían en aquel lugar empezaron a llegar, con la puntualidad acostumbrada. Ellos dos eran los que se anticipaban todas las veces, y eso era algo sabido y aceptado. En cada ocasión uno de los presentes tomaba la iniciativa de presidir la espontánea ceremonia, que no tenía nada de formal. Y esta vez le tocaba a él; pero él hizo un gesto de evasiva y le pasó la voz a ella, que nunca había hablado antes.

–Bueno, me animo porque esta es era de igualdad. Es lo que nos deberían enseñar las deidades supremas…

Uno de los presentes tomó la palabra sin pedirla, porque ahí eso no se estilaba:

–¡Pero si eso es lo que nos enseñan nuestras deidades vegetales!

Todos hicieron un gesto de reverencia, inclinando los rostros hacia el pecho. Y en ese segundo sopló un impulso de brisa que removió los ramajes del amate mayor y de los arbolitos cercanos, haciendo que los aromas despertaran. Y en la brisa venía también un aleteo de llovizna que cayó sobre todos, yéndose a alojar en los labios. Todos saborearon la humedad inspiradora, que fue el don de aquel día.

El aura de tal experiencia se difuminó en el ambiente, dejando una impresión plenamente compartida de que las raíces, los troncos, las ramas, las hojas y las flores cumplían su misión religiosa con nitidez incomparable.

PRIMAVERA INVERNAL EN EL MET

Las lámparas ubicadas en los extremos de la gran sala comenzaron a subir, como señal de que la función estaba por comenzar; y en segundos se abrió el escenario, con la magnificencia característica. Giacomo Puccini ya estaba ahí, con fragmentos inolvidables de tres óperas creadas sucesivamente en el tiempo: el primer acto de La Boheme, el primer acto de Tosca y el segundo acto de Turandot.

Ellos se encontraban ubicados en la fila U, dispuestos emocionalmente a recoger aquel flujo de armonía como un saludo amoroso del tiempo. Y para más beneficio se hallaba presente la voz de Anna Netrebko, la soprano rusa incomparable.

El momento fue mágico, y las armonías largamente conocidas y revividas los envolvieron una y otra vez, dentro del aura creada por las fantásticas escenografías de Franco Zeffirelli.

Luego de tres horas y cuarenta minutos de actuación intensamente vocalizada y de intermedios prolongados para poder ir cambiando los impresionantes escenarios, el vigoroso aplauso final selló la experiencia. Era, pues, momento de salir a la gran plazoleta frente a The Metropolitan Opera. Y el frío amable, inesperado aquel último día del año en la atmósfera de Nueva York, estaba invitándolos a volver a su refugio gozoso, allí junto al amplio ventanal del piso 11 sobre la 2ª. Avenida y sus entornos arborizados en cemento y en metal. Él y ella caminaban hacia la calle congestionada de vehículos con todas sus energías animadas por invitación de don Giacomo, el productor de armonías perfectas.

–Pero vamos antes a ocupar nuestra mesa en Lusardi´s, como siempre antes de la gran medianoche.

–¿Medianoche? ¿De qué hablas?

–Del momento en que el año termina y el año comienza.

–¿Y quién dice que eso pasa en la medianoche?

–Nuestro mejor instructor: el tiempo.

–Pero antes vamos a casa, a lavarnos las manos.

–¡Perfecto: para que el nuevo año nos reciba sin ninguna culpa!

–Jajá.

Así lo hicieron, y unos minutos después cruzaron la calle para llegar a Lusardi´s. Ya en su mesa, se tomaron de las manos:

–Vamos a brindar.

–Ahorita con vino tinto y después con champán.

Y en aquel instante se apagaron todas las luces, y cuando volvieron a encenderse lo que había alrededor era una escenografía al estilo de Zeffirelli. Y ellos, al unísono:

–¡Aleluya, y que el año que entra sea una nueva obra de Puccini!

Historias sin Cuento

PROEZAS DEL DESVELO

Eran ya tres hijos que habían llegado en secuencia cronológica perfecta, y ahora ya tocaba el arribo del cuarto, que por acuerdo de los progenitores sería el último. Los tres anteriores tenían dos años de diferencia entre sí, y los nacimientos se habían dado en meses inmediatamente sucesivos: julio, agosto y septiembre. Al cuarto, pues, le tocaba octubre. Y para cumplir al punto con las fechas designadas, la concepción debía producirse en enero.

Había pasado el Año Nuevo, y el mes comenzaba a avanzar con el paso rápido que hoy acostumbran los tiempos. El padre de ella sólo miraba a la hija directamente a los ojos; pero la madre sí hacía observaciones al respecto, a su estilo sesgado:

–¿Cómo va la cosa, cariño?

–¿Cuál cosa? –reaccionaba ella, con el retintín usual.

–La cuarta estación…

–Ay, mamá, quién te oyera…

Y así los días continuaban pasando, con la sensación de que lo hacían con aceleración creciente, como ocurre siempre cuando hay una tarea por hacer que no sólo depende de las voluntades puestas en juego. Y ya cuando enero estaba en su recta final, Melvin llevó a Alina al que siempre había sido para ellos el rincón favorito de la pequeña casa que compartían en el suburbio densamente arbolado:

–Alin, ¿está pasando algo dentro de ti?

–Lo dices por…

–No sólo por eso. Te he estado viendo ausente, como si no estuvieras aquí.

–Es que paso muchas horas en su búsqueda.

–¿Búsqueda de quién?

–De cuarto niño que aún no se deja sentir.

–¿Pero dónde lo buscas?

–Por todas partes, pero sobre todo en las noches, porque algo me dice que anda por ahí escondiéndose para que no lo encontremos… Quizás pretende ser un inconforme bromista de nacimiento. No quiere ser el cuarto, sino el primero.

–¡Ah!, ¿y qué te parece si lo buscamos juntos? –se rio él, abrazándola.

–¡Pero de prisa, porque el tiempo se acaba!

Las noches siguientes fueron de desvelo total compartido. Y lo más curioso fue que tal desvelo no les produjo somnolencia diurna, sino al contrario: una energía que parecía obra de magia. Y ya en la víspera del fin de enero ella amaneció casi desvanecida.

–¡¿Qué te pasa, amor?!

–Shhh, no me interrumpas. Estoy esperando que el niño despierte. Ya está aquí. Escúchalo. Pon tu oído sobre mi piel.

MISIÓN DEL TRAGALUZ

Se habían trasladado a aquella ciudad del Norte extremo con la ilusión de todos: lograr una mejor vida y asegurar un futuro más promisorio. El trayecto desde su lugar de origen hasta su nuevo lugar de destino tuvo todas las vicisitudes previsibles cuando se trata de un ingreso indocumentado, pero al final llegaron sanos y salvos, lo cual le agradecieron de inmediato a la Providencia encarnada en la Virgencita de Guadalupe.

Tuvieron casi de inmediato la suerte que muchos tienen que esperar por largo tiempo y a veces nunca llega: les salieron trabajos coincidentes con su experiencia anterior, él como conductor de autobuses y ella como trabajadora doméstica. Estaban rebosantes de alegría, y así se lo comunicaron por WattsApps a sus parientes que habían quedado allá abajo, en un población rural de la costa pacífica.

Era verano, y a pesar de que la temperatura del lugar, supuestamente cálida para el ambiente, era casi fría para ellos, se pusieron sus trajes veraniegos, comprados en una tienda de conveniencia, y así salieron a recorrer los entornos.

Era una comunidad de religiosos que habían dispuesto irse a vivir en el entorno de su iglesia, que era la única del lugar con aquella denominación. No preguntaron cuál era, y simplemente penetraron en el recinto que era muy semejante a una cueva de paredes terrosas con un pequeño tragaluz en lo alto.

Se fueron a sentar en un rincón, y muy pronto llegó a ponerse junto a ellos, de pie, un joven con aire sacerdotal:

–¿Qué vienen a buscar, amigos? –les preguntó con suavidad envolvente.

Ellos en un principio no hallaron qué responder. Sólo sonrieron, cohibidos.

–Ya me respondieron, no son necesarias las palabras. Pasen, pasen y ubíquense.

Fueron a acomodarse en un rincón, ahí donde la tierra tenía más olor a entierro. Un entierro con luz de amanecer. No tardó mucho en comenzar la ceremonia: un coro de seres de distintas identidades, pero todos ellos unidos por una aureola de terrenidad inocultable.

En algún momento, quién sabe cuánto tiempo después, ellos se preguntaron con las miradas:

–¿Y ahora qué hacemos?

Entonces cerraron los ojos y ahí vino la respuesta: el pequeño tragaluz pareció abrirse, como si estuviera invitándolos a la resurrección natural.

Todos fueron saliendo en fila y afuera no había ninguna señal sobrenatural. Al contrario, las gentes se comportaban como lo que eran: personas perfectamente comunes, y ellos en primera línea.

Después de esa experiencia tan fuera de lo normal, ambos tuvieron la sensación íntima de que pertenecían a esa comunidad desconocida en la que el culto no era a una divinidad sino a un encuentro con la tierra. Y desde el instante en que tal sensación se les hizo presente en las respectivas conciencias le dieron gracias a los poderes superiores por haberlos llevado hasta ahí para reconocer la plenitud de sus orígenes.

Y sólo les quedaba decir: «¡Gracias, tragaluz!»

OBRAS SON AMORES

El tiempo había roto todas las barreras y se derramaba por los alrededores con la voluntad espontánea de llegar a tocar los horizontes que estuvieran a su alcance. Eso lo sentía él como cosa propia porque desde que tuvo conciencia empezó a desarrollar el anhelo multifacético de programar su vida tal si fuera una aventura en el tiempo.

Cuando se lo contó a su novia Francine ella lo miró a los ojos como si no acabara de entender.

–¿Estás dispuesta a acompañarme?

Francine le tomó las manos:

–Yo contigo iría hasta el fin de los tiempos…

Todo estaba listo, pues, para el enlace, que se produjo en una soleada playa de última generación, con todas las amenidades costosas a la mano. Pero aquella tarde, sin decir agua va, se desató una tormenta con rayos y centellas, y la ceremonia y el agasajo tuvieron que escapar hacia adentro, a unos espacios que apenas daban para albergar a todos los invitados de pie. La vida en común estaba comenzando, entonces, con una broma pesada del tiempo.

Y desde aquel momento, incluyendo la luna de miel, todo comenzó a mezclarse en su vida y en sus vidas, como si el tiempo la hubiera cogido con ellos. Y la mezcla aludida apuntaba cada vez más hacia una intimidad que no hubieran imaginado ni en sus momentos de mayor ebullición de sentimientos. Lo estaban sintiendo, pero aún no se animaban a vivenciarlo, hasta el día en que todos los espejos de la casa parecieron confabularse para hacerlo ver.

Aquella noche, que ya apuntaba hacia el amanecer, se hallaban acostados en su lecho común, y él dijo de pronto, como si acabara de despertar:

–Voy a cerrar la ventana porque ya no tarda en salir el sol…

–¡Déjalo así, porque el sol ya salió!

–¿Y dónde está?

–Aquí –y tocó con el dedo la sien de él y la sien de ella.

Se abrazaron y se besaron tal si lo hicieran por primera vez.

Y aquello fue como el despertar que ambos, cada uno a su manera, habían venido dejando que les creciera en las mentes, y que hoy, en una insospechada manifestación de anhelos manantializados, se hacía presente para envolverlos en la mejor colcha de todas.

La aventura estaba empezando a materializarse de veras.

La aventura de soñar que al fin estaba convirtiéndose en la aventura de ser. Y el conductor de todo aquello había sido el amor, que es el eterno vigía visionario.

Ahora él podía entender a plenitud la respuesta que le había dado ella en el inicio:

–Yo contigo iría hasta el fin de los tiempos…

Los tiempos que caben en una almohada, que brillan en un ventanal, que alientan en una caricia…

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (233)

1907. ALTAR SONRIENTE

En los bordes de los tejados vecinos los grupos de palomas que venían en bandadas a volar en torno se alineaban con disciplina impecable. Siempre juntas, como si fueran una comunidad monástica. Él, que era el habitante mayor en el edificio de apartamentos que se hallaba enfrente, se asomaba constantemente desde su ventana en uno de los pisos superiores a participar contemplativamente del rito que parecía programado por un maestro que no fallaba nunca; y el fiel cumplimiento de aquella contemplación le producía una serenidad que les daba alivio inmediato a los distintos avatares de una cotidianidad cada vez más poblada de sobresaltos. Pero llegó un día en que tuvo que preguntarse a sí mismo cuál era la identidad de lo que le producía tal sensación. Y del fondo de su propia experiencia brotó la respuesta: “Estoy ante el altar del aire que sonríe…”

1908. CAMINO DE POLVO

Desde que tenía memoria, su afición a caminar descalzo por las veredas del cerro vecino se había vuelto parte natural de su rutina cotidiana. Esto sólo podía hacerlo entonces en los fines de semana y en los tiempos de vacaciones, que eran cuando estaba en la casa de la finca donde vivían su madre y su padrastro. Pero todo aquello fue cambiando para él con el paso del tiempo: cuando ingresó en la vida universitaria desaparecieron las vacaciones programadas, y sus visitas al lugar se hicieron fugaces e imprevistas. Sin embargo, la atracción original seguía ahí, en una comarca perfectamente identificable de su mente. Y el desenlace llegó cuando se decidió a adquirir vivienda propia: regresó al lugar originario, buscó a Lucía, reemprendió con ella el romance de adolescencia, y la invitó a irse en un camino de polvo, descalzos ambos, hacia el futuro.

1909. UN RESPIRO INEFABLE

La casa familiar se fue vaciando en corto tiempo, a partir de la hora en que sus padres dispusieron separarse luego de muchos años de distanciamiento progresivo. Ambos tomaron cada quien por su lado, porque los hijos ya estaban en edad de manejarse por su cuenta. Bueno, salvo él, que era el único graduado universitario pero no sabía cómo administrar su cotidianidad. Él se quedó en la casa, solo y en plan de indigente con recursos. Sólo salía a comprar algunos comestibles y, muy de vez en cuando, piezas de vestir. En verdad, sólo contaba con la compañía de su ventana, que abría muy de vez en cuando. Era como un ermitaño constipado de soledad. Pero un día recibió un regalo sin enviador ni destinatario. El bote con una sustancia para fumigación fragante. Y entonces recordó que existe el aire puro y se fue al jardín más próximo a reconciliarse con él.

1910. LA SOLEDAD ES UN ESPEJO

Sus padres casi se lo preguntaban a diario cuando era un adolescente a punto de concluir su formación secundaria: “Hijito, ¿qué querés ser cuando seás grande?” Y él, ya por costumbre, se quedaba mirándolos sin responder. Sacó su bachillerato y era la hora de elegir carrera universitaria, pero entonces les avisó a sus padres: “Me voy a ir unos cuantos días como turista de mochila. Ahi me comunico con ustedes en el trayecto…” Ellos no hallaron qué decir, y él se fue de inmediato. Pasaron los días y las semanas. Los padres comenzaron a inquietarse, pero en eso reapareció. Parecía otro. Vestido de traje oscuro, con gesto de joven emprendedor y mirada de adulto inminente. Ellos indagaron por su actitud. Él respondió: “No se extrañen. Fui a terapia conmigo mismo. La soledad es un espejo que gira hacia el interior…”

1911. QUE HABLEN LAS HOJAS

Todas las palabras se quedaban en vilo cuando aquel señor de misterioso porte aparecía en el umbral. Aquella tarde, ya con la claridad solar en retirada, el sitio de reunión, rodeado por un amplio boscaje, se hallaba prácticamente vacío, y eso le daba a la ocasión un tinte de originalidad a la vez sutil y comprometedora. Sólo había un par de jóvenes sentados sobre la alfombra, que mostraban la actitud de los iniciados incipientes. Ellos parecieron no advertir la presencia del señor, y él, sin darse por aludido por aquella inadvertencia, fue a ubicarse en su atril, se despojó de su chamarra y abrió el libro que estaba dispuesto. Comenzó su disertación trascendental, pero ellos no se dieron por aludidos. Al final, el señor les pregunto: “¿Qué les pareció el mensaje?” Ellos no disimularon su opinión: “Nosotros sólo escuchamos el mensaje de las hojas…”

1912. SERVICIO SUPERIOR

“¿Qué te pasa, amor?” Era la pregunta de siempre, y él respondió también lo de siempre: “Nada que no sea mi realidad”. Ella entonces simuló un aplauso y lanzó su frase favorita: “Eres el rutinario más original que existe. ¡Bendiciones!” Se abrazaron y ya estaban dispuestos a salir al aire abierto a buscar el lugar más propicio para tomar sus bocadillos vespertinos. Aquel restaurantito con terraza que era posición ideal aquella noche de luna creciente. Les dieron su sitio favorito, y no había nadie en las mesas aledañas. Ya ubicados, pidieron una copa de vino tinto, y él tomó impulso para sincerarse: “Debo confesarme contigo: mi realidad me impulsa a tomar mi camino en solitario. ¿Comprendes?” Ella le tomó mano, emocionada: “¡Amor, estamos en la misma onda! Si nuestros caminos se encuentran, el aire lo dirá!”

1913. LA CORBATA GRIS

Fecha de la boda estaba cada día más próxima, y los preparativos se aceleraban al mismo ritmo. Los contrayentes eran contrastantes: él, un vagabundo que se había convertido en emprendedor; ella, una bailarina que había derivado en promotora de modas. Sus personalidades, sin embargo, coincidían en algo muy básico: el ansia de notoriedad. Así las cosas, llegaron a los umbrales del compromiso definitivo. En uno de los días inmediatos había que definir los últimos detalles. Y él se centró en uno que parecía insignificante: la corbata de su traje. “Es smoking, pero yo voy a llevar mi corbata favorita. La gris que me regaló mi abuelo, que fue la primera que usé en la vida”. “¿Gris?”, preguntó ella con gesto desabrido: “¿A quién se le ocurre? Puede ser hasta de mala suerte”. “Entonces, aquí lo dejamos. Gris o nada”. Ella dio la vuelta. Adiós.

1914. INMEMORIAL FIDELIDAD

La estación lluviosa se estaba iniciando y las siembras comenzaban a multiplicarse en los entornos. Era una planicie propicia para ello, y en las pocas viviendas rústicas que había en el lugar también se activaban los huertos hogareños. Todo parecía exactamente igual a lo ocurrido por costumbre en aquella época del año, pero un curioso habitante emergía sin que nadie pareciera advertirlo. Era él, el retoño de la planta exótica que sus dueños trajeran de muy lejos hacía unas pocas semanas. Estaba habituándose al clima y a la compañía. Y si le hubieran preguntado habría respondido: “Voy a crecer hasta las nubes para atisbar desde aquí mi jardín de origen”.

Historias sin Cuento

REGRESAR AL FINAL

Hizo todos los esfuerzos mentales y disciplinarios para obtener su grado académico al más alto nivel. Era esforzado por naturaleza, y tal condición estaba presente en todos sus ejercicios de voluntad, del tipo que fueren. Bueno, salvo en un punto: le era imposible, y siempre le había sido, controlar los impulsos del sueño, independientemente del lugar donde estuviera.

Sus familiares más cercanos ya estaban tranquilamente al tanto de tal condición y por eso la pasaban de largo sin ningún signo de alerta. Y sus amigos de siempre también. Bueno, salvo uno: el artista en cierne que conoció en una exposición de sus grabados imaginativos, ya que él también insospechadamente había empezado a sentir la vaga tentación de entrar en una de esas rutas creativas.

Ese amigo nuevo le dijo un día:

–Franz, tú eres un reconocido profesional de una de esas ingenierías de última moda, pero no creo que estés en lo tuyo.

–¿Y qué es lo mío? –le preguntó él con curiosidad casi inocente.

–Otra ingeniería, pero de las antiguas en el tiempo: la de las construcciones interiores…

–A ver, a ver, barajámela con más lentitud…

–Te lo digo con una sola frase: ese sueño que te persigue es tu propia búsqueda hacia adentro…

–¡Hombre, hablá claro!

–Aterrizo, entonces: ¿Qué te parece si intentás escribir tus memorias?

La risa se le volvió inevitable:

–¡Pero hombre! ¿Y qué tiene que ver el sueño con mis memorias?

–Eso es lo que vas a descubrir si te animás…

Unos cuantos días después, los dos amigos se encontraron de nuevo, y esta vez en el pequeño estudio del pintor imaginativo, y ahora por decisión no anunciada del novel ingeniero casi renunciante a tal ruta de vida.

–¡Hola, Franz, aunque no me avisaste que ibas a venir, sos bienvenido! Yo aquí paso, en intimidad con la imaginación…

–Quería decirte que ya estoy haciendo mi propio experimento. ¿Querés verlo?

–Sí, cuando querrás…

Entonces Franz comenzó a desvestirse y a enfundarse en una túnica que llevaba en un pequeño dispositivo. Luego buscó un rincón y ahí se tendió contra la pared en posición fetal. Unos segundos después, dormía profundamente, pero casi de inmediato se incorporó sin abrir los ojos. Y empezó a caminar como lo que ahora era: un sonámbulo.

El amigo se ubicó en un asiento próximo a contemplar la escena. Franz se sacó de algún hueco de la túnica un delgado cuaderno. Y en su momento se lo extendió a su amigo. Era el instante de despertar.

–¿Es tu diario?

–Adivinaste. Son mis recuerdos puestos en el papel…

–¿Y por qué no los estás escribiendo en la compu?

–Ah, porque recuerda que yo soy un ser de otro mundo mental, que deambula por su pasado y por su presente con toda la libertad del mundo. ¿No es lo que me auguraste?

Y ambos se abrazaron, como los hermanos inverosímiles que ya eran.

OTRA COPA, POR FAVOR

Cuando se trata de celebrar un acontecimiento tan entrañable como es el aniversario de bodas, lo que se impone como ilusión cumplida es hacerlo bajo la iluminación lunar. Y precisamente aquella vez su aniversario coincidía exactamente con la luna llena. Era, pues, una ocasión más que propicia para reverdecer laureles emocionales a la luz del generoso plenilunio.

Se preguntaron entonces con las miradas unánimes:

–¿A dónde vamos hoy por la noche?

Y la respuesta se dio por la misma vía:

–A la terraza de nuestro bar favorito.

Emprendieron camino de inmediato, y cuando llegaron al sitio lo encontraron cerrado, con un aviso en cartón sobre la puerta de entrada: «Clausurado por orden de la autoridad».

«¿Autoridad? ¿Y eso qué significa?», se preguntaron al unísono.

En un árbol vecino se oyó entonces un canto totalmente insospechado, porque estaban en pleno corazón urbano. Era un búho. Lo reconocieron, aunque era la primera vez que lo oían, y eso fue como una llave maestra para arribar al plano superior.

–¡Vamos, pues, al bar de los anhelos desconocidos a tomarnos una copa de inspiración sin límites!

–¡Vamos, que la noche es nuestra para siempre, como la vida en común!

BLACK FRIDAY

Por reflejo de lo que pasa en el Norte, las caudalosas ofertas comerciales del Black Friday estaban ganando cada vez más terreno. Y ahora también se empezaba a hablar del Ciber Monday. Y las experiencias al respecto iban de la mano con la sucesión generacional. Aunque, como siempre pasa, no todo podía ser previsible, porque como se dice por costumbre: cada cabeza es un mundo, que gira en su propia órbita. Así, pues, la casa de los Guerra Paz mostraba hoy su atmósfera propia, en la que las contradicciones parecían estar entrando en fase cada vez más surrealista.

Él, Ovidio Guerra, era la serenidad encarnada; y ella, Victoria Paz, representaba la adicción a los saltos en el vacío. Era, pues, como si sus respectivos nombres estuvieran invitándoles a la contradicción perfecta.

En ésas habían estado desde que se conocieron y muy pronto entablaran la relación permanente, que les surgió como un imperativo emocional irresistible. Ninguno de los dos se detuvo a reconocer la naturaleza posible de tal impulso, porque el sabor existencial del mismo era suficientemente vivo para que no prosperaran las preguntas dubitativas. Los jugos de la emoción pasional se les repartían por las venas como bocanadas de estación.

Y aquel día viernes, Black Friday, coincidieron en el impulso de ir a gastarse sus sueldos respectivos en los almacenes favoritos. Y por obra del azar se fueron de inicio a aquella tienda de vestimentas que estaban a un punto de ser disfraces, lo cual las hacía muy buscadas por los jóvenes del momento.

Anduvieron viendo perchas y estantes, como si peregrinaran por un mundo recién descubierto. Sus gestos faciales eran diferentes, pero de seguro venían de la misma fuente mental. Hasta que llegaron a aquel rincón. Ahí fueron directamente a lo que les captaba la atención con fuerza inefable:

–Quiero esta vestimenta.

–Yo, este juego.

Lo de ella, una especie de uniforme de batalla. Lo de él, un pantalón y una camisa flotantes, con simulación de alas.

Salieron de ahí con la emoción a flor de piel y a luz de labios:

–¡Aleluya!

–¡Aleluya!