Rigoberta Menchú es la activista guatemalteca que en 1992 ganó el premio Nobel de la Paz. Su biografía, publicada en 1983, cuando estaba en México, le dio el reconocimiento público suficiente como para amplificar su mensaje acerca de las atrocidades cometidas en Guatemala en contra de los indígenas.

La fuerza maya

Una entrevista de Juan Camilo Maldonado

fotografias de Agencias

El Tiempo, Colombia/GDA

No hace mucho existió un mundo sin Facebook. Un tiempo en que no había celulares para denunciar vía streaming un acto racista o reaccionar con reposts a la golpiza de un misógino. Cuesta trabajo imaginarlo, pero no hace mucho era difícil contarle al mundo lo que ocurría en las esquinas más alejadas del planeta: las más excluidas, las más abusadas.

A finales de la década de 1970, el norte de Guatemala era una de ellas. Trágica cuna ancestral de los mayas y retaguardia de guerrillas marxistas, más de 200,000 personas murieron asesinadas, la mayoría civiles, indígenas, inocentes y pobres campesinos que cayeron en las garras de una operación de limpieza étnica de escala masiva, disfrazada de lucha contrainsurgente.

En los setenta y ochenta, las embajadas extranjeras fueron en Latinoamérica una plataforma para hablarle al mundo. Tomar la embajada era tomar los micrófonos y hacerse escuchar. Y eso fue lo que buscó hacer el curtido líder agrario Vicente Menchú, cuando el 31 de enero de 1980 ingresó acompañado de un grupo de campesinos y estudiantes a la Embajada de España en Ciudad de Guatemala, para denunciar el exterminio sistemático al que estaba sometido el pueblo maya.

Las llamas, sin embargo, no le dieron tiempo para hablar. El grupo no había terminado de acomodarse en la embajada cuando el incendio lo consumió todo. Los cadáveres quedaron calcinados. El embajador español Máximo Cajal escapó de inmediato al aeropuerto para huir del horror. “Y un único sobreviviente quedó medio vivo entre todos los cadáveres”, según relató años después Rigoberta, la joven huérfana de este líder agrario. “A ese compañero se le pudo recoger. Se lo llevó a un hospital privado para que fuera atendido. Era el único que podía decir la verdad. Más tarde fue secuestrado por hombres armados en el hospital, hombres uniformados que lo sacaron tranquilamente. Al siguiente día apareció frente a la Universidad de San Carlos de Guatemala, torturado, con perforaciones de bala, muerto”.

La cita proviene del libro “Me llamo Rigoberta Menchú y así nació mi conciencia”. Para la fecha en la que fue publicado –1983, escrita a través de la pluma de la periodista Elisabeth Burgos–, la hija de Vicente Menchú apenas comenzaba a afianzar su español, tenía 24 años y buscaba a través de su testimonio hacer visible ante el mundo la persecución, segregación e injusticia sufrida por los campesinos mayas de Guatemala. Su autobiografía era, en realidad, la historia de su familia y la historia de un pueblo; un pueblo cuyos niños crecían acostumbrados a cenar comida para perros y morían intoxicados por pesticidas mientras trabajaban en los cafetales.

Leí buena parte de “Me llamo Rigoberta Menchú y así nació mi conciencia” durante la noche previa a nuestro encuentro, un viernes de febrero, durante la Cumbre Mundial de Premios Nobel de Paz, en Bogotá. Cuando por fin la tuve al frente –con un huipil de flores doradas bordadas en el pecho y una balaca arcoíris sobre su pelo recogido–, tuve la sensación de que con sus ojos negros me dio un abrazo hondo y sereno. Me había pasado horas leyendo su historia. Había alcanzado a sentir su hambre, su soledad y la indignación de una adolescencia que recién despertaba enardecida ante el abuso de los terratenientes blancos, tan pero tan cercano a la esclavitud. Había sentido, sobre todo, el inmenso dolor de ver morir a tantos que se atrevían a denunciar la injusticia, entre ellos papá, mamá, hermanos, amigos. Rigoberta lo había perdido todo en la guerra guatemalteca. ¿Cómo podía saludarme con tanta calidez y dulzura? ¿Cómo podía transmitirme esta calma profunda una persona que creció bajo los rigores del horror y el abuso?

Inquieto, ese viernes prendí mi grabadora para descubrir a esa mujer maya que en 1983 le prestó su voz a un pueblo, para luego salir al exilio, ganar el Nobel de Paz y hacer de la lucha por la justicia un proyecto de vida y de nación.

Antes de hablar del Nobel, arranquemos por el principio.

¿Usted tuvo una infancia feliz? Tuve una infancia muy feliz. Nací a la orilla de un bosque nuboso, crecí recorriendo los cerros y las montañas como venada. Conocí los nacimientos de los ríos y la brisa de la neblina, porque en mi tierra llueve mucho, día y noche. Chimel es una cuna mágica, donde las piedras cambian de rostro de acuerdo con la claridad de las nubes.

También creció en una zona muy pobre… La pobreza era fuerte. Nosotros crecimos sin zapatos, dormíamos con la ropa mojada. Aguantamos todo tipo de problemas… Pero teníamos huesos fuertes. De niña trabajé en las fincas y lo que hoy recuerdo es el aroma del café.

¿Qué aprendió usted de su padre, Vicente Menchú? Mi papá era católico y me dio a conocer la biblia. Yo era su consentida. Gracias a él desarrollé el liderazgo, pues me llevaba a todos lados y me permitía verlo resolver los problemas de la comunidad.

Mi madre fue una mujer dura, fuerte. Y dura con nosotros. Teníamos todos que tener una disciplina propia. Por ejemplo, nunca permitió que nosotros anduviéramos sucios. Nosotros éramos pobres, pero no sucios, decía. También me enseñó que las mujeres somos prodigiosas y tenemos que cuidarnos, que nuestro cuerpo es sagrado. Y además nos inició en la medicina tradicional: a masajear, a trabajar las plantas... Muchas cosas aprendimos: secretos para que abunde el maíz, para que abunde la comida, para que tengamos bienestar…

Se nota que su madre también tenía una profunda vocación de servicio. No en vano era la principal partera de la región, encargada de facilitar la llegada de la vida a la comunidad… Claro. Mi madre era una referencia de señora patan, que significa “señora del servicio comunitario”. Y también era una mujer de fe, absolutamente maya. Ella nos enseñó acerca de la madre, de las fuerzas del mar, del oxígeno y las piedras. Siempre me dijo: “Mire mija, si algún día sueña de noche no se deje con ese sueño, cuéntelo cuéntelo, porque al contarlo se te va a cumplir en buenas cosas”. Y por eso yo siento que mi misión siempre fue contar y comunicar. Yo escribo cuentos infantiles gracias a mi madre. Mucho de lo que yo proyecto de la niña que se llama Ixquem, el personaje de mis libros, proviene de las enseñanzas de mi mamá.

Y hablando de Ixquem, ¿en qué momento esa niña que vivía extasiada con el aroma a café de los cultivos comenzó a hacer conciencia sobre las injusticias del mundo que la rodeaba? A mí me aportó mucho la lucha del Comité de Unidad Campesina (CUC), esa organización que ayudó a fundar mi padre. Fue la CUC la que comenzó a reclamar por el trato brutal y criminal a los campesinos que trabajaban en el corte de café y en el corte de caña. La comida sucia… El salario miserable… Esos fueron mis primeros contactos filosóficos con la lucha social. Luego vinieron las marchas y manifestaciones, en las que fui participando y en donde descubrí la importancia de cargar una bandera para pedir algo pacíficamente en la calle. Así fui descubriendo que la pobreza no existía solo en mi casa o en mi región, y universalicé un poco más los problemas sociales de Guatemala. Después llegó el racismo: cuando siempre te ponen un apodo porque no saben tu nombre, porque te rechazan o cuando la gente piensa que tú no hablas el español y de repente te están insultando y tú te lo tienes que tragar, aunque lo estás oyendo y lo estás sintiendo. Poco a poco lo que hice fue hablar sobre lo que a mí me tocaba el sentimiento. Hasta que llegó la violencia, la persecución...

¿Cuándo llegó la violencia política a su vida? El 19 de septiembre de 1979, con el secuestro de mi hermano Patrocinio. Él fue la primera víctima de la familia. Mi madre jamás tuvo duda de que su desaparición había sido parte del plan contrainsurgente.

Ese plan contrainsurgente al que usted hace referencia dejó 220,000 muertos, en su mayoría indígenas mayas. ¿Cómo era la dinámica de estas matanzas? Según la historia guatemalteca, a finales de los setenta inició una organización amparada por el Ejército que trató de involucrar a civiles en la guerra. Era un tipo de paramilitarismo que debía peinarle el camino a las tropas visitantes. Esto dio origen a las Patrullas de Autodefensa Civil, en las que se obligó a hombres, mayores de edad, a colaborar en las campañas en las áreas de conflicto. Muchos de ellos fueron forzados a perseguir y a matar a su propia gente. Otros más se convirtieron en paramilitares y con mucho gusto se volvieron parte de la temible Guatemala Judicial o G2, que operó como policía secreta y escuadrón de la muerte. Fue esta fuerza la que aportó la mayor cantidad de muertos políticos en Guatemala. En especial dirigentes, sindicalistas, religiosos, campesinos… El clima en aquellos años era un clima de horror, de miedo. Existían bastantes leyendas o mitos sobre la muerte. Decían, por ejemplo, que para hacer un puente había que sacrificar 10 cabezas, 12 cabezas de personas.

¿Un ritual? Sí. Muchos puentes se construyeron en momentos en que aparecían más difuntos sin cabeza.

Qué metáfora tan cruel sobre la relación entre desarrollo y conflicto armado… Sí, es una metáfora muy cruel porque no solo se difundía terror en la población, sino que era una forma de encubrir el crimen. Nunca se sabía si había sido una autoridad de caminos la que había ejecutado a las personas o quién lo había hecho… Esto es lo que llamarían los abogados el “espíritu teleológico del plan contrainsurgente”. Nunca nos imaginamos que ese clima de horror en algún momento llegaría a nuestra casa. Hasta que desapareció Patrocinio.

¿Qué pasó luego de la desaparición de su hermano Patrocinio? Mi madre se plantó muchas semanas frente al destacamento para buscarlo. Después se dijo que lo vieron amarrado, golpeado, sumamente torturado, antes de meterlo a un helicóptero. Luego se supo de unos 20 presos civiles jóvenes, casi de la misma edad de él, que tenía 17 años. En ese entonces se pensó que esas personas habían sido exhibidas y ejecutadas en una plaza. Mi madre salió a pie para asistir al área donde habían sido ejecutadas esas 20 personas, entre ellas supuestamente mi hermano Patrocinio. Sin embargo, por la lejanía, nunca se pudo hacer la exhumación.

Eso me conduce a una pregunta obligada: ¿cuántos desaparecidos faltan por identificar en Guatemala 30 años después de firmarse la paz? Según el Informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico de Naciones Unidas, hay 50,000 desaparecidos en Guatemala y 200,000 víctimas asesinadas. Se han hecho más de 230 exhumaciones de cementerios clandestinos, un porcentaje mínimo de las exhumaciones. Y en las exhumaciones se encuentran con frecuencia restos mortales de personas que tenían la certeza de que su esposo o su hijo estaba en otra fosa común, o se encuentran víctimas sin familiares, muchos restos humanos calificados como XX (NN).

¿No se sabe entonces cuántos desaparecidos han sido hallados o cuántos faltan por ser ubicados? No, no tengo el dato preciso. Pero, además, el problema de los desaparecidos es como el caso de mi madre…

¿Qué pasó con su madre? Mi madre fue secuestrada, torturada y confinada en un destacamento en Uspantán. Sobre ella hay tres hipótesis. La primera es que la sacaron, la dejaron en un cerro y se la comieron los animales. La segunda, que la sacaron en un helicóptero, golpeada. Y la última, que probablemente está en una fosa común. Lo que más sonó en esa época es que fue comida por animales, pero yo no puedo dar por muerta a mi madre, porque no he visto su cadáver ni he visto dónde están sus restos. Y por eso, si no encontramos los restos, no podemos hacer una nueva estadística de desaparecidos.

¿Usted de dónde ha sacado fuerzas para vivir con tanta incertidumbre y tanto dolor? Una parte importante es la espiritualidad maya. Yo creo que los difuntos no se acaban con que alguien los mate o porque los abandonen en este mundo. Hay una evolución que ocurre en la vida y ellos se vuelven energía cósmica. Y por eso yo tengo la fe en que ellos están, nos apoyan, nos acompañan y nos dan las mejores luces para nuestro caminar. También creo que la lucha contra la impunidad nos ha dado fuerzas y nos ha dado vida. Por ejemplo, yo he buscado los restos de mi mamá y no los he encontrado, pero hemos encontrado los de otras personas. Y qué bueno que otras personas hayan encontrado la felicidad porque dieron entierro digno a sus seres queridos. También he apoyado el tema de la justicia. El juicio y castigo a los delitos de lesa humanidad. Han sido 37 años de mi vida. Y hemos logrado sentar precedentes jurídicos: la no repetición y el reconocimiento a las víctimas. Sin eso, yo no hubiera sido feliz en mi vida. O sea, creo que lo más importante es ver que no se quedaron en el olvido.

Y si hay algo que no va a quedar en el olvido, Rigoberta, es que su padre fue cruelmente quemado vivo dentro de una toma pacífica en la Embajada de España. El 19 de enero de 2015, la justicia guatemalteca sentenció que el incendio en el que murieron calcinadas 37 personas había sido intencional, que aquello había sido una masacre planeada y ejecutada por el Estado… ¿Me podría contar cómo arrancó esta lucha? El día en que todo ocurrió, yo estaba en un convento de las monjas de la Sagrada Familia, en Huehuetenango, otro departamento. Quise venir, pero no se pudo. Se corría mucho riesgo, así que fue imposible que yo recuperara los restos mortales de mi padre. Lo más importante era enterrar a mi padre… En cualquier cementerio que yo hubiera elegido. Desde entonces, la masacre de la Embajada de España me colocó a mí en los reflectores mundiales porque no solo comencé a hablar español; no solo tuve que salir al exilio; no solo tuve que encabezar una nueva carrera de 37 años, sino también porque todos me dijeron que yo era una mentirosa. El Estado guatemalteco y antropólogos norteamericanos me desmintieron, porque yo decía que mi padre encabezaba un grupo de gente pacífica que lo único que querían era asilo; que lo único que querían era que se les perdonara la vida; que los protegieran; que no venían armados, que ellos no convirtieron la embajada en una trinchera.

En ese entonces, la versión del régimen es que su padre había ingresado con guerrilleros armados y que por cuenta de unas bombas molotov se había generado el incendio… ¿Cuáles fueron sus argumentos para desmentir el relato oficial que permaneció vigente por tres décadas? Durante 37 años de investigación, yo sostuve que no era posible que en dos horas y media, 38 cuerpos, entre ellos el de mi padre, se quemaran en un 97 %, con tres grados de quemadura, como chicharrón. Tenían que haber usado más que gasolina, tenían que haber usado un químico letal. Y eso fue lo que se comprobó: que se utilizó un mortero de fuego de fabricación israelí en la quema de la embajada. Se les quemaron órganos principales como el hígado y el riñón.

Impresionante. Lo que en 2015 demuestra la sentencia del tribunal es que a su padre y sus compañeros los quemaron vivos, sin permitirles escapar… No solo eso. Nosotros mostramos archivos de la Policía Nacional en los que se da la orden de ejecución desde la Casa Presidencial. La orden era: “Mátenlos a todos, no dejen vivo a nadie”, esa fue la orden que cumplieron las autoridades. De hecho, el señor Pedro García Arredondo está actualmente pagando una pena de 90 años en prisión. En ese entonces era el ministro de Gobernación y fue quien recibió la orden. Incluso se involucró la cancillería. En aquellos años el canciller se trasladó a Guatemala para ver cómo iban a manejar el enfoque político del crimen. Era un crimen de alto impacto, que evidenció el terrorismo de Estado detrás de un plan contrainsurgente.

Ahora bien, usted también ha tenido duros críticos. Entre ellos un antropólogo llamado David Stoll, quien a finales de los noventa aseguró en un libro que algunas apartes de su autobiografía eran falaces. Stoll terminó generando un amplio debate que se hizo eco en las páginas de The New York Times. ¿Usted alguna vez respondió a sus señalamientos? No, nunca, porque todo eso es irrelevante cuando la meta es la verdad jurídica de lo que tú tienes que presentar. Si el señor tuviera alguna prueba, habría acudido a los tribunales a colaborar con el esclarecimiento de la verdad. Yo a él no lo conozco, no sé quién es, pero lo que hizo nos socavó la vida: generó un hostigamiento brutal contra mi persona, contra mi familia, y tuvo efectos xenofóbicos y racistas que fueron aprovechados por los victimarios y sus familiares. Fue una guerra psicológica y emocional.

Ocurre con frecuencia: la utilización de argumentos académicos para deslegitimar voces que amenazan a sectores poderosos… Sí, nos persiguieron públicamente. Sin embargo, yo ya tengo una sentencia; y lo más valioso es que en esa sentencia se plasman las voces de todos aquellos que dijeron su verdad, incluso la verdad de los victimarios.

Sin embargo, Elizabeth Burgos, quien le ayudó a escribir su autobiografía, admitió que algunos eventos narrados en el libro –como la supuesta muerte de su hermano por desnutrición– habían sido vividos por otros miembros de la comunidad… Es decir, que al final usted había reunido bajo su voz los hechos atroces que les ocurrían a otros, en momentos en que el mundo entero desconocía el brutal genocidio que ocurría en Guatemala… Para mí lo importante es la demanda que yo puse en la Audiencia Nacional de España en 1999 por genocidio, terrorismo de Estado, desaparición forzada y tortura como delito de lesa humanidad. Este fue un proceso que emitió órdenes de captura internacionales contra varios responsables de los crímenes de Guatemala. Esa demanda, que es el expediente 333, contiene 10 años de investigación sobre el genocidio en Guatemala, incluyendo lo ocurrido en la Embajada de España. Me enorgullece haberlo hecho. Y también me enorgullece haber contribuido directamente a la dignificación de la verdad legítima de las víctimas. Esto es lo más extraordinario para mí, reconózcanlo o no.

No me cabe duda de que se lo reconocen… Eso no quita que la polémica suscite reflexiones interesantes sobre el significado de la palabra “verdad”. De hecho, la misma Elisabeth Burgos opinó en El País, de España, que usted no mentía: “Todo ha sucedido, aunque no le haya pasado necesariamente a ella…” Yo no quiero evaluar la polémica, no estoy en eso ahorita.

Hablemos entonces de los aprendizajes que le ha dejado esta lucha. Usted se demoró 37 años en conseguir justicia para el caso de su padre. Muchos dirían que es demasiado el tiempo y los recursos que se invierten, y los riesgos del fracaso muy altos. ¿Qué les diría usted a víctimas de otras guerras, como la colombiana? ¿Vale la pena el esfuerzo? El desafío más grande que asumimos nosotros fue pasar de una verdad personal a una verdad judicial. Yo he comprendido que en esta lucha no todas las víctimas tienen la misma posibilidad de hacer un reclamo de justicia justa. No todas las víctimas van a lograr acreditar su verdad, amparadas por un tribunal. Y esto por varias razones. Una razón es financiera: el costo de la justicia es alto. Yo he sobrevivido en este mundo prácticamente sin vivir en mi casa, porque he tenido que ir a cualquier lado donde yo deba garantizar el recaudo de recursos para pagar abogados, asesorías e investigación, entre otras. Hay otras víctimas que por miedo no se suman a una querella. Hay que pensar que la justicia castiga más a las víctimas que a los victimarios. Son procesos llenos de trampas, de corrupción. En medio de esta situación, nosotros hemos optado por construir desde lo jurídico y sentar precedentes y paradigmas de juzgamiento.

Yo la escucho a usted hablar y pienso que, antes que una carga fatigosa y frustrante, la lucha por la justicia es el motor que alimenta su vida y la dota de sentido… Sí, totalmente. Y eso ocurre gracias a la sensibilidad humana. Yo tuve que ser coherente: si iba a luchar por la dignidad de mi madre, de mi padre y de mis hermanos tenía que luchar por la dignidad de los demás, por los derechos humanos. En el proceso, he aprendido mucho de las normas y de las víctimas. Para mí la escuela de vida es inagotable, en especial cuando eres una de las partes involucradas y no solo un observador de los procesos. Yo realmente me siento muy feliz por lo que hago, aunque no pueda borrar el pasado.

¿A qué se refiere? Nadie me puede dar una orden para decir que olvide a mis muertos o que no sufra por lo ocurrido. Eso es algo íntimo que tiene que asumir uno toda la vida. Por supuesto que cada cumpleaños extrañamos a Patrocinio, a mi madre, a Víctor, mi otro hermano que fue fusilado. También extraño a mi papá cada que cumple años, y el día de su muerte. Eso es parte de nuestra vida.

Eso que dice me recuerda una frase que leí en su autobiografía: “La lucha viene acompañada por nuestros muertos…”. ¿Cómo se relaciona usted con los suyos? Los sagrados difuntos son energías, tienen un sitio en el cosmos y cada vez que les pedimos un favor, nos escuchan, nos entienden y nos acompañan. En muchos momentos yo he estado en peligro y una noche antes he soñado que mi papá me dice: “Mija, no agarres ese camino porque está mal”. Y no lo hago. Y en efecto ocurre algo malo. Es una relación muy especial. Yo cada 20 días le pongo una vela a mis difuntos. Y cuando cumplo años en el calendario maya, siempre les doy todo: sus velitas, sus aromáticas, sus plantas, les hago un almuerzo grande y hablo con ellos. Les digo que perdonen lo que no hago bien, que me iluminen y que me den mucha bendición, mucha prosperidad. En mis ceremonias, algunas veces debo darle una velita aproximadamente a 60 o 70 personas con su nombre y apellido. Por eso mis ceremonias duran tres, cuatro horas…

Usted a mí me recuerda al dalái lama: un ejercicio de intensa resistencia política que se combina con una constante práctica espiritual… Yo creo que no somos nada más que energía; luego no somos más que un ciclo de vida y un ciclo de tiempo. Afortunadamente lo que nos enseñan nuestros abuelos es que tenemos que vivir no solo bien, sino plenamente. Y creo que todos luchamos por esa plenitud de vida. Para eso se tiene que tener una dimensión espiritual, una dimensión social y una dimensión material. Por eso es muy importante no solo vivir del idealismo, sino también tener todo lo necesario para ser feliz. Porque el último fin es la felicidad.

¿Cuál quisiera usted que fuera su legado en América Latina? Nos toca fortalecer algunos de los avances que hemos logrado. Por ejemplo, la educación bilingüe intercultural debería no solo ser reconocida por la ley, sino que debería entrar al presupuesto de la nación. ¿Cuánto cuesta esa educación bilingüe intercultural y quién la va a pagar? La paz no puede ser solo una fiesta de barrio y una coyuntura, sino que se debe convertir en una política de Estado y eso implica una inversión pública a la paz. ¿Y en dónde? Pues en la educación, en la preparación de mediadores de conflictos y facilitadores de diálogos sociales. Tenemos que dedicarle tiempo a nuestros niños.

¿Cómo cambió su vida el Nobel de Paz que recibió en 1992? El Nobel es una tremenda responsabilidad. Sobre todo porque los ojos del mundo se vienen encima de uno. La agenda de un premio nobel la hace uno mismo, y no la hace porque tenga una medalla. La medalla ayuda mucho porque efectivamente tienes una dimensión mundial, pero tú tienes que hacer la agenda. Hay que levantarse más temprano, hay que ver con qué recursos puedes hacer las cosas, con qué equipo, cuándo…

Y con tantos logros alcanzados, ¿hay campo para la frustración? Por supuesto. Hay momentos en que te sientes sola y piensas que al mundo no le importa nada de lo que pasa. Y, entonces, tienes que aprender que tus anhelos no son siempre los anhelos de los demás. Esa es la dinámica de la vida. Y eso es lo más hermoso para mí.

 


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