JUGUEMOS AL TIEMPO PERDIDO

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

JUGUEMOS AL TIEMPO PERDIDO

Cuando salió de prisión luego de estar encerrado durante más de diez años por delitos diversos se encontró de pronto con una libertad que lejos de cautivarlo le ponía los pelos de punta. Su mujer lo había dejado para irse como inmigrante ilegal con los hijos hacia el Norte, y la pequeña casa donde siempre vivieron estaba hoy en poder del abogado que tuvo su caso por todo el tiempo, para responder por honorarios profesionales. Tuvo entonces que refugiarse, sin pedir permiso y como una especie de invasor de los que hoy se estilan, en el cuchitril donde se alojaba su único pariente vivo: Noé, el que reparaba zapatos y hoy también ejercía labores de brujo; y esto último le daba mucho más ingreso porque en tiempos de penuria y de inseguridad casi todo el mundo quiere ir a hacerles preguntas a los espíritus escondidos.

Noé lo recibió como si él fuera mensajero de algún poder que se hacía sentir sin darse a conocer. Él pronto percibió que Noé, su primo segundo, estaba tratándolo como si fuera su hermano, y como nunca tuvo hermanos tal sensación se le hacía especialmente inefable. Así se lo dijo un domingo con sabor a canela disuelta en café:

–Lástima que no te conocía antes, Noé, porque quizás me hubieras enseñado el buen camino.

–¿Yo? ¿Cómo cres, hombre? Yo ando casi siempre en malas compañías…

–Nunca te he visto con nadie sospechoso.

–Es que la gente con la que ando no se mira. Son puras sombras… A la gente le gustan las sombras, y paga por tenerlas a su alrededor. Yo sólo soy un arriero de sombras…

–Bueno, pues allá vos. Yo lo que te digo es que vengo de conocer las verdaderas sombras, y eso es lo que quiero olvidar. En serio, hermano.

Cuando pronunció la palabra hermano, Noé se cubrió el rostro con los dedos crispados.

–¡Se me hizo, se me hizo! –exclamó, con voz enternecida.

Y en ese instante se le acercó para abrazarlo, como si acabara de encontrar lo que andaba buscando desde siempre.

Él se sintió tocado por una fuerza superior:

–¡Gracias, mano!

EL MORRAL DE JIBOA

Las orquídeas se multiplicaban en las ramas de los morros sin que nadie hiciera nada para que eso ocurriera. Al menos nadie que tuviera identidad humana reconocible. Desde su más remota infancia venía transitando, en caminos de tierra o en rutas de nostalgia, por aquellas extensiones de tierra generosa, y el hecho del florecimiento multiplicado en los ramajes no tenía para él ninguna connotación extraordinaria. Era lo normal en aquel ambiente durante la temporada veraniega, como si las orquídeas silvestres tuvieran nexos familiares con la fresca y soleada libertad del aire que correteaba por los alrededores.

Ahora regresaba a la casa patronal en el centro de la prominencia rocosa que estaba junto al límite con la propiedad vecina, muy cerca ambas del caudal del río Lempa y al pie del cerro casi despoblado de vegetación que estaba en el costado. Cruzó la puerta de golpe y de inmediato estuvo junto a la bodega donde se guardaban todos los aperos de trabajo, incluyendo desde luego las monturas, las riendas, las espuelas, los lazos…

Pensó entonces en Lucero, el caballo que estaba ahí, en el corral, siempre dispuesto a salir trotando por los potreros y los morrales, hasta llegar al cantón vecino, Los Arracados, donde vivía aquella cipota de ojos azules cuya imagen nunca desapareció de su mente, aun en los tiempos más absorbentes de sus distintas ausencias.

Sintió de pronto que todo aquello había sido una odisea de todos los colores imaginables, pero sin perder en ningún momento el destello vagabundo de aquellos ojos, que ahora vivían en muchas de sus historias escritas, como si hubieran encontrado su destino natural. Entró en la bodega, y todo estaba exactamente igual. Eso le produjo una ansiedad inesperada. ¿Significaba que Lucero se hallaba ahí nomás, en el corral de siempre?

No se animó a ir a comprobarlo, y en cambio se dirigió hacia la casa patronal, que estaba rodeada por una especie de cinturón tendido de piedras rústicas y tenía enfrente un amate que parecía haber nacido del tamaño actual. Se detuvo ante la puerta central que tenía sobre el borde superior el sencillo grabado a color y enmarcado en madera limpia de un santo de cuyo nombre nunca pudo acordarse. Pero esa imagen ya había encontrado identidad entre sus devociones presentes: era San Francisco de Asís rodeado de su familia de seres de los montes.

¿Entraría o no entraría? El dilema no duró nada: empujó la puerta, que en verdad estaba ligeramente entreabierta, y pasó al interior. Como venía ocurriéndole desde que inició su travesía después de cruzar el río Lempa, todo se hallaba en su sitio. Y al estar en aquel espacio que era el de la intimidad posible se hizo mentalmente la pregunta obligada:

“¿Qué significa el tiempo, si la voluntad de cruzarlo en la dirección preferida puede tomar cuerpo en el momento menos pensado?”

Y entonces tuvo el impulso irrefrenable de volver a la vegetación más cercana, que se extendía al sólo descender el promontorio de laja donde estaba ubicada toda la edificación principal. Iba de camino cuando una presencia le hizo detenerse con sobresalto: sí, ahí estaba Lucero, ensillado para hacer el paseo de siempre. Y cuando se le acercó se dio cuenta de que el caballo era sólo una brillante nubecilla de polvo. El de entonces se había quedado vagando entre los morros vecinos, con la alegría de los espíritus libres.

Se apuró a bajar para acercarse a las orquídeas florecientes entre los brazos de los morros. Y como el morral venía de un invierno copioso, todas sus energías creadoras se hallaban en acción. Él se introdujo entre los follajes como si lo hiciera entre las estructuras simbólicas de un templo que no tenía ningún temor a encontrarse a merced de los elementos terrestres y astrales. De repente, sin embargo, lo que era una floración perfectamente natural y previsible se le convirtió en un misterio anhelante. Las orquídeas no sólo estaban en los ramajes de afuera sino también en los ramajes de adentro. Y como a ellas, les ocurría lo mismo a la tierra y al aire. Mientras se alejaba hacia el río para cruzarlo y volver al diario vivir, se fue dando cuenta de que estaba entendiendo por fin el significado del tiempo, su guía inseparable…

MISIÓN DE LA CENIZA

Su vida en familia fue siempre entrañable y distante a la vez. Estaba y no estaba entre los suyos, como en un juego de imágenes que se encendían y se desvanecían al mismo tiempo.

Un día de tantos, llegó la hora de sacudir todos los lazos. No tenía que decirle nada a nadie, porque a nadie podía importarle. Bueno, salvo a ella, a la Toña, que había guardado en su tumbilla sus primeros manuscritos inocentes.

–Toñita, ya no vas a verme.

–¿Por qué, niño?

–Porque me voy.

–¿Y para´onde?

–A gozar del aire.

–Ummm… eso está feyo. ¿No será que se quiere horcar de una viga?

–Ah, Toñita, cómo vas a crer. Si a mí me gusta la vida. Y si está ensalivada, mejor, jajá.

–Ah, ya caigo: se va a dormir en una sola cama con alguna cipota sin estrenar.

–¡Toñita!… ¿Qué comés que adivinás?

La verdad era que no había nada de aquello por ahora. Aunque si se daba algo así pues tampoco iba a hacerme el desentendido. En verdad lo que quería era “gozar del aire” de una manera muy personal, que quizás nadie entendería del todo. Bueno, tal vez la Toña.

–Mirá, Toñita, a ver si me enseñás uno de los papeles míos que tenés guardados en tu tumbilla…

La Toña volvió a ver hacia otra parte, como si no le estuvieran hablando a ella. Sentí de pronto una apretura en el pecho. Ella se explicó en un hilo de voz:

–Comenzó un incendio y se quemó la tumbilla.

Tuvo entonces una reacción inesperada: por dentro se le desató un incendio y en unos segundos todo el pasado familiar se hizo ceniza. Ahora sí ya podía gozar del aire a plenitud. Los nudos estaban deshechos para siempre. A su alrededor los rostros de los padres y de los hermanos sonreían.

–¡Gracias, Toñita, me diste en el clavo!

–Ah, muchachito inocente, ¿no te habías dado cuenta?

–¿De qué?

–De que Dios tarda pero nunca olvida.

 


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