Conocimiento abierto

Soy fiel defensora de Wikipedia. Antes me avergonzaba mucho reconocer que utilizaba sus artículos, pero mi yo lexicográfico ha encontrado aquí la fusión perfecta con mi yo digital. Es pura inteligencia colectiva en acción: es, entre todos, utilizar la tecnología como esa infraestructura a través de la cual podemos poner datos al común, ordenarlos y sacar de ellos la mejor información posible y transformarla en conocimiento que nos permita comprender (y luego transformar) la realidad. Y sí, esa realidad puede ser una tarea de escuela mejor documentada o cómo entiendo un proceso histórico de otro país.

¿Han pensado alguna vez sobre la cantidad de biografías que hay o en qué idioma es más utilizada? ¿O cómo se edita un artículo y cómo se verifica la información que se publica? ¿O qué actividades se pueden organizar en centros educativos para aprovechar la difusión del conocimiento?

Para acercarnos a esto lo primero, urgente, es desterrar cualquier resquicio de desconfianza que tengamos hacia ella: hay todo un equipo de personas que cumple con una metodología de trabajo para garantizar que lo que leamos es verificable. Paola Ricaurte-Quijano y Arianna Carli-Álvarez hicieron un estudio sobre el Proyecto Wikilearning y pudieron comprobar que Wikipedia sí puede ser utilizada en un entorno de aprendizaje abierto. Y es que, como dicen estas investigadoras, debemos recuperar el valor de la gestión compartida del conocimiento, y valorar que el comprender cómo funciona esta enciclopedia acorta la brecha que hay sobre el conocimiento, además de facilitar redes globales de aprendizaje.

En Wikimedia Argentina, solo en el 2018, contabilizaron más de 4,400 personas involucradas en sus programas y mejoraron 43,500 artículos de proyectos de Wikimedia. Pero también apoyaron para que diez instituciones pusieran su trabajo en Wikimedia Commons con licencias libres, y sumaron más de 27,000 fotografías tomadas por personas voluntarias.

También tienen programas (igual que Wikimedia México) que apoyan la capacitación a docentes o investigadores que queremos usar Wikipedia en aulas universitarias. Ya un par de veces hemos logrado videoconferencias (en vivo y en diferido) para comentar la importancia de Wikipedia en procesos educativos, y cómo podemos sacarle provecho para favorecer nuestra responsabilidad hacia la humanidad de involucrarnos en la mejora de la información que está publicada en esta enciclopedia en línea. Porque si alguien le encuentra un fallo a un libro, al periódico, al diccionario debe avisar y ayudar a enmendar el error, ¿no? La idea es que, como parte de nuestra ciudadanía digital, ejerzamos la responsabilidad de aportar nuestro conocimiento y nos volvamos, así, ciudadanos del mundo (digital) que habitamos.

En alianza con instituciones públicas y de la sociedad civil han mejorado contenido en ciencia, justicia, fútbol/deporte, arte, patrimonio histórico y desarrollo urbano, por ejemplo. Y han digitalizado más de 400 obras literarias argentinas. También tienen el proyecto WikiDDHH, que es para organizar distintas actividades relacionadas con temáticas de derechos humanos en Paraguay, Colombia, Uruguay, México, Chile y Venezuela.

Acá, como parte de las redes tecnopolíticas, creemos que Wikipedia es una enciclopedia confiable y una plataforma indispensable para ejercer la inteligencia colectiva. También porque se apoya en la alfabetización informativa, porque la información se vuelve la herramienta con la que actuamos sobre el mundo (digital).

En El Salvador, ya el Centro Cultural de la Embajada de España ha organizado un par de jornadas de edición (editatonas) y al menos un taller sobre cómo aportar a la enciclopedia. Solo falta que sumemos personas, sumemos biografías, sumemos fotografías y otros recursos. Así que… ¿wikipediamos?

*Una versión de esta columna fue publicada en esta revista en julio de 2018.

Alfabetización para hacer ciudadanía

Sonia Livingstone me cambió la vida con un artículo de trece páginas. «Concepciones convergentes sobre alfabetización» es un texto de esta sicóloga social inglesa que expone las diferencias que pueden verse entre distintos autores o entidades que trabajan estas temáticas. Ella contrasta cómo suele estudiarse la alfabetización mediática, dirigida a maneras de comprender, analizar y crear materiales para diversos formatos (referidos a medios de comunicación), con la alfabetización informativa, que le suma a lo anterior el uso o comunicación de la información que se ha extraído para abordar problemas o situaciones.

Si vamos más despacio, la alfabetización es el aprendizaje a leer y escribir; por ello puede asociarse a procesos de entender críticamente un texto, de relacionar una novela con un contexto cultural o de interpretar una poesía. Algunos tuvimos la fortuna de que también nos pusieran a trabajar con textos informativos. Y bueno, algunos estudiamos esto antes de Internet… ¿cambia algo la llegada de esta red y de algunos nuevos formatos?

Sí, sí cambia. Hay dos cuestiones que veo fundamentales: debemos aprender nuevas maneras de comunicarnos (hashtags o emojis) y debemos aprender a producir nuestro propio contenido (YouTube, Instagram, Flickr). Saber no solamente cómo descargar una aplicación en el teléfono o en otro dispositivo, o cómo crear un usuario, sino cómo sacarle el mayor provecho posible a esa plataforma.

En esta sociedad de la información y del conocimiento, nos hemos vuelto prosumidores: consumimos lo que los medios o estas redes sociodigitales nos muestran, pero también contamos con herramientas para crear nuestro propio contenido. Y he aquí la cuestión: ¿estamos capacitados para recoger información y producir contenido? ¿Recogemos información de manera crítica y producimos contenido útil?

Retomo de nuevo a Livingstone: «La alfabetización informativa considera la información como una herramienta con la que actuar sobre el mundo». Es decir, volvernos conscientes de lo que leemos en Twitter, lo que «decimos» a través de la foto que subimos a Flickr, lo que dice el video que compartimos en una historia Instagram. No solo de lo que leo o veo, sino de lo que yo produzco, comparto, subo a estas redes o a un blog personal o a una página web (incluso si es institucional o empresarial).

Toda esa información que vamos «subiendo» a Internet es esa herramienta con la cual podremos actuar sobre el mundo. Y por eso la Alfabetización Mediática e Informativa (AMI) es fundamental. Es, parafraseando a Livingstone, lo que nos permite reubicarnos como usuarios activos de los medios de comunicación: nos hace parte de la ciudadanía, en tanto nos hacemos cargo de nuestra incidencia en el ambiente que nos rodea.

Si vemos pasar algún taller o encuesta en estos días de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) y la Escuela de Comunicación Mónica Herrera (ECMH) vayamos o llenémosla. Julio César Mateus, comunicador peruano, dio una conferencia como parte del #CampusAMI de la DW Akademie donde la relacionó con una interacción crítica con los medios de comunicación: acceso a medios, qué consumimos en ellos y cuánto estamos expuestos a estos y a los medios sociales.

Y eso, para estas reflexiones tecnopolíticas, nos permite elegir cuáles medios nos aportan «herramientas con las que actuar sobre el mundo», como diría Livingstone. Y esa toma de conciencia y de acción es lo que nos convierte en ciudadanía, que debería integrar tanto el ejercicio en el mundo físico como en el espacio digital. Por eso, dice Mateus, no puede ser una competencia de comunicadores y expertos, sino de todas las personas. Todas las que, eso sí, queramos hacer ciudadanía.

¿Entonces, nos alfabetizamos?

Inteligencia colectiva

Era 1994 y un filósofo tunecino llamado Pierre Levy publicó un libro que sigue cobrando relevancia en las reflexiones de las tecnologías digitales y la ciudadanía. «La inteligencia colectiva. Por una antropología del ciberespacio» nos hablaba de ese conocimiento repartido en todas partes que busca «el enriquecimiento mutuo de las personas». Explicaba que en realidad la inteligencia colectiva es la habilidad humana de pasar nuestros saberes de generación en generación, que se había hecho de manera bastante estable hasta estos tiempos hiperconectados, cuando gracias a herramientas como Internet, podemos ver cambios en estos saberes en una sola generación por la puesta en común de nuestras habilidades y competencias en tiempo real y sin distinción de fronteras geográficas.

Las reflexiones de Levy pasan por considerar las redes como espacios que pueden potenciar visiones de las problemáticas que, a partir de particularidades de distintas culturas y experiencias, puedan permitir encontrar mejores soluciones. Y es en este sentido que funciona el Centro de Inteligencia Colectiva del MIT. En este espacio creen que la cuestión es cómo podemos conectar personas y computadoras para que, de manera colectiva, actúen (trabajen, resuelvan problemáticas) de manera más inteligente de lo que lo hubiera hecho cualquier persona, computadora o grupo por separado.

En enero de este año, en el Congreso Futuro en Chile y dentro del panel de Ciudadanía Digital, Malone reflexionó sobre nuestra esencia como seres sociales, de cómo la mayor parte de nuestros logros como especie han sido producto del trabajo en grupo, incluso algunos que han superado las barreras espacio-temporales. Nuestros medios de transporte, nuestras maneras de comunicarnos, la diversidad de oferta de ocio y comida: lo que hacemos, usamos, disfrutamos hoy suele ser una evolución de lo que se hacía, se usaba y se disfrutaba unas décadas (o siglos) atrás.

Considera que se piensa mucho sobre la inteligencia artificial y cómo las máquinas irán sustituyendo a las personas. Sin embargo, cree que aún no hemos pasado suficiente tiempo pensando en lo que pueden hacer personas y computadoras juntas que no se había podido hacer antes. ¿Ejemplos? Wikipedia, la enciclopedia más grande del mundo que resulta del trabajo y voluntariado de cientos de personas, y Polymath Project, donde docenas de matemáticos trabajan en línea para resolver teoremas complejos que no habían sido probados.

Uno de sus ejemplos es el Climate CoLab, un proyecto del Centro de Inteligencia Colectiva del MIT, que usa el crowdfoundig para proponer qué hacer ante el cambio climático: esta comunidad en línea reúne a más de 120 mil personas, entre expertos, científicos, estudiantes, empresarios y demás. Ahí se desarrollan propuestas sobre energía, movilidad y otros. Estos niveles de conectividad, sostiene Malone, deberían permitirnos como humanidad alcanzar decisiones y acciones que no solo sean inteligentes sino sabias.

Otro ejemplo de la aplicación de esta puesta en común del conocimiento son los laboratorios cívicos, que Domenico di Siena los define como espacios de trabajo colaborativos que generan infraestructuras, redes de relaciones, protocolos de trabajo y conocimientos que permiten a una comunidad la mejora de su territorio a través de sus dinámicas particulares de inteligencia colectiva.

A veinticinco años de que Levy nos planteara esto de la inteligencia colectiva, estas apuestas de trabajo multidisciplinario para mejorar nuestro entorno me parecen cada vez más humanas y más urgentes. Y creo que hay pocas cosas tan tecnopolíticas y humanizadoras como esta. Actúo con inteligencia colectiva, por tanto existo.

Telegramas más seguros

Hace seis años, Nikolái y Pável Durov anunciaron una aplicación de mensajería instantánea llamada Telegram. Muy parecida a la más conocida WhatsApp, tiene algunas particularidades que hacen que, con cierta frecuencia, algunos especialistas hagan comparaciones entre estas plataformas. ¿Cuál suele ser su función principal? Permitir comunicación inmediata entre dos o más personas que se contactan al intercambiar su número de teléfono. ¿Qué permiten compartir? archivos (fotografías o documentos), notas de voz, llamadas y videollamadas, enlaces de interés, ‘emojis’, ‘stickers’ y ‘gifs’.

¿Cuál es su ventaja (por encima de la popular WhatsApp)? Ambas pueden descargarse para iOS y para Android, y ambas pueden verse también desde la web. ¿Son igual de seguras para los usuarios? Iván Ramírez, especialista en software y creación de contenido, hizo una lista hace varios meses en donde comparaba estas tres aplicaciones: estas dos y Signal. Esta última resultó ganadora (por 4 puntos frente a 1 y 1 de las otras dos) en cuanto a privacidad y seguridad de la información que se comparte a través de ella.

Esto significa que entre WhatsApp y Telegram no hay una diferencia significativa en estas cuestiones: su único punto en este ranking lo otorga la posibilidad de tener chats secretos, muy seguros y fáciles de crear (con candado, que de hecho solo son visibles desde el teléfono y no desde la aplicación web). WhatsApp le debe su único punto al cifrado de los mensajes, que es el mismo que ocupa Signal.

¿Cuál es su desventaja? Siempre puede haber otras maneras de vulnerar la seguridad que estas aplicaciones ofrecen. Y en este sentido, el periodismo de investigación también tiene aquí un nicho de trabajo hacia la ciudadanía. Hace dos meses, Ricardo Roselló, entonces gobernador de Puerto Rico, renunció a su cargo tras un escándalo mediático al ser revelado un chat privado que Roselló mantenía con otros miembros del Ejecutivo y asesores. El Centro de Periodismo Investigativo señaló que en esa conversación grupal «realizaron trabajo político partidista en horas laborables y utilizando recursos públicos desde un chat de Telegram, donde el grupo orquestaba cómo manejar la narrativa política a través de las redes sociales y medios de comunicación del país». El Centro reconoce haber recibido todo el contenido del chat (889 páginas) de una fuente que solicitó anonimato, pero pudo validar que esta información coincidía con filtraciones anteriores similares.

¿Y por qué, entonces, recomiendo Telegram? Porque aunque muchos contactos aún no la utilizan, es cómoda, divertida y segura. Desde esta columna procuramos recomendar o reflexionar sobre herramientas digitales que son más privadas, más seguras para la ciudadanía, menos comerciales y, de ser posibles, diseñadas pensando en los usuarios/ciudadanos. Algunas, como esta, son más de comunicación, pero la idea es promover y discutir cuál tecnología digital es más conveniente, ya sea para envío sencillo de mensajes o sobre plataformas de tomas de decisión. Esas son las #RedesTecnoPolíticas.

Así que esta aplicación de mensajería instantánea también es una opción para tener acceso a lo que se llaman canales, grupos creados por alguien para compartir información o archivos sobre un tema al que uno se suscribe. Por mi parte, tengo un canal de la Agencia Ocote (de Guatemala), uno del Grupo de Investigación en Gobierno, Administración y Políticas Públicas (GIGAPP), y otro llamado Presta pa andar igual, de lecturas sobre feminismo, tecnopolítica, arte, cultura libre y demás. Otra vez, la inteligencia colectiva desde lo digital.

Así que, si se animan, descarguen Telegram y probemos si son, en efecto, telegramas más seguros, más útiles y (con ‘emojis’ y ‘stickers’) más divertidos

Las humanidades digitales

En los años setenta se comenzaba a hablar, en ciertos países y en ciertas áreas de trabajo, de las computadoras y cómo iban a ayudarnos a los humanos a realizar ciertos trabajos. Estas máquinas, muy distintas a las computadoras que vemos ahora, nos ayudaron a romper muchas fronteras y, de manera literal, las fronteras espacio-temporales se rompieron al combinar las computadoras con la internet. Fue así que, con los años y los cambios en la tecnología, un campo que algunos habían llamado informática humanística fue moviéndose hacia lo que algunos llamamos hoy las humanidades digitales.

Algunos sentidos de este término se relacionan con estudios de lingüística y literatura: con las habilidades tecnológicas que nos permiten hacer recopilación y archivo de obras de un mismo autor. Pero poco a poco, va tomando fuerza lo multidisciplinario y lo transdisciplinario: ¿qué hacemos con toda la obra digitalizada de, por ejemplo, Claudia Lars o Salarrué? Podemos hacer mapas interactivos que recorran lo que mencionan ciertas publicaciones o tener datos específicos sobre las palabras que ocupan (frecuencia, significados, otras palabras con que se relacionan más).

Y si seguimos profundizando, vamos entrando en las humanidades digitales como un espacio en donde cada disciplina aporta en la lectura que podemos hacer del mundo que habitamos pero, sobre todo, cómo podemos vivir mejor gracias a esa lectura, a la interpretación de esos datos desde cada área y su puesta en común. De cómo trabajamos juntos para que la información recabada sobre nuestros escritores salvadoreños nos permita trazar rutas turísticas con base en los lugares en que ellos vivieron o sobre los que escribieron, o explorar cómo hacer tours de los lugares de nacimiento de nuestros artistas, que sean accesibles desde la web, o cómo conjugar una visita en Armenia, donde nace Claudia Lars, con realidad aumentada disponible para nuestros teléfonos celulares para enlazar con páginas web sobre la autora, o para contrastar la Armenia de entonces y la de hoy.

Las humanidades digitales se enfocan en innovar al generar conocimiento, en trabajar en equipo y en dar acceso abierto a la cultura. Lo primero, la innovación implica no solo el uso de tecnologías para la generación de conocimiento nuevo o diferente: pasa por replantearse las maneras de recolectar datos y de sistematizarlos para saber qué podemos conocer a partir de estos, para procurar un conocimiento más sabio, más cuidadoso de nuestro entorno y de nosotros mismos.

Lo segundo, es cuando el trabajo en equipo cuenta por la cantidad de habilidades diferentes. Neurólogos junto con musicólogos computacionales (y otros científicos sociales) crean juegos en línea como #HookedOnMusic («enganchados con la música»), para probar el valor terapéutico de ciertas melodías para enfermos de alzhéimer. Las humanidades digitales apoyan la investigación para volver a ser humanos, para no dejar de ser humanos.

Y el acceso abierto a la cultura. Esto va más relacionado con, siempre desde posturas éticas, promover las maneras jurídicas adecuadas para poder reproducir materiales a ningún costo, por lo que reflexiona maneras alternativas de dar las licencias por el trabajo que se crea y se produce. Las licencias de Creative Commons y Wikipedia son modelo de esto: del reconocimiento del trabajo de creación y de la búsqueda de que esas creaciones estén accesibles a la mayor cantidad de personas posible.

La clave sigue siendo la innovación fundamentada en la investigación, la apuesta por la inteligencia colectiva y el conocimiento abierto. Trabajar (juntos) para que nadie se quede atrás: porque, como dice el espíritu Ubuntu, soy lo que soy por lo que somos juntos.

Innovación pública: el hacer juntos

«Un laboratorio es justamente eso, un espacio para probar en pequeño, cometer errores, corregir y alcanzar un prototipo o producto mínimo viable»: dice «El método Santalab«. El laboratorio de innovación pública Santalab.

En septiembre pasado en este espacio hablamos del MediaLab Prado, en Madrid; del Laboratorio de Innovación para la Paz, en la Universidad Nacional de Colombia, y del Laboratorio de Innovación Ciudadana, en Argentina. Ahora les quiero contar del laboratorio que hay en la provincia de Santa Fe, también en el sur de nuestro continente.

Este espacio tiene que ver, por supuesto (como casi todo lo que comentamos acá), con el gobierno abierto; con datos abiertos, transparencia y rendición de cuentas de lo público. Pero también con la idea del Estado abierto de mezclar o hibridar la participación ciudadana en dos ámbitos, para que se potencialice lo que se puede hacer en lo presencial y en lo digital. Y con diálogos y esfuerzos de cocreación, de poner al común procesos de diseño y prototipado para plantear soluciones a problemáticas reales y cotidianas a partir de la puesta en práctica de la inteligencia colectiva. Resolvemos entre todos, haciendo las cosas juntos.

Con la idea de hacer innovación pública a partir de la creatividad ciudadana, desarrollan actividades de trabajo bajo tres líneas: el hacking cívico, la cultura digital y el desarrollo sostenible. La primera implica iniciativas de datos abiertos, participación digital y leyes colaborativas, por ejemplo; la segunda con la promoción del acceso al software libre y cultura libre, entre otros puntos, y el tercero con la apuesta por el reciclaje y la mejora de la movilidad urbana, por mencionar algunos puntos.

¿Qué actividades hacen en el Santalab? Conversatorios sobre acceso a la información pública, por ejemplo. Datatones para que tanto los empleados públicos como la ciudadanía aprendan a trabajar y a visualizar datos abiertos. O el desarrollo de una plataforma digital, llamada Virtuágora y hecha en software libre, para hacer presupuestos participativos en línea y para redactar las bases colaborativas de nuevas leyes.

La clave es la cocreación, lo colectivo, lo abierto. Saber que «no estamos aquí para mandar. Estamos aquí para construir las herramientas para que mande la gente», como decía Pablo Soto, concejal de participación ciudadana, transparencia y #GobiernoAbierto en el Ayuntamiento de Madrid. En ese video de Open Government Partnership, por ejemplo, hablan sobre cómo la ciudadanía se puede unir en línea (desde lo digital para cambiar lo presencial) para organizarse por un cambio legislativo. ¿Qué herramientas podríamos construir en El Salvador de 2019 para que la ciudadanía tome su parte?

Por eso creo que estas discusiones siguen siendo relevantes. La innovación en la educación pasa porque tengamos las habilidades para leer, ocupar y sacar provecho de lo digital. A partir de ahí podemos pensar en innovación en lo público: que como ciudadanía nos reunamos con otras entidades para promover espacios de reflexión que nos permitan pasar a acciones concretas de incidencia en las políticas públicas o de incidencia en nuestro espacio público inmediato. No debemos desaprovechar una oportunidad como esta, la de ocupar la tecnología en pro de lo cívico, en favor de volvernos una ciudadanía (digital) responsable y participativa.

Y bueno, como dicen las Naciones Unidas, que nadie se quede atrás: hay que pensar globalmente y actuar localmente. Y debemos aprovechar las tecnologías (cívicas y tecnopolíticas) que ponen al usuario/ciudadano al centro para ayudarnos a ello, al (re)hacer juntos para lo público.

¿Qué podemos hacer desde la ciudadanía digital?

Esta es la versión interactiva de lo que ya habíamos comenzado a plantear hace un par de meses. Seguimos delineando qué puede ser eso de ser ciudadano digital a partir de un punto importante: qué podemos hacer desde su ejercicio. ¿Por qué esta es una versión interactiva? Porque aunque esta columna se puede ver tanto en la edición impresa como en la digital, la propuesta es dialogarlo con quienes están cerca, con este periódico, en algunas aulas, con la gente de la oficina… en persona o en las redes sociales digitales (con el «hashtag» #CiudadaníaDigital, si les parece). Pero volvemos al punto.

Pongo sobre la mesa esta idea: la ciudadanía digital implica, entre otras cosas, la libertad y la responsabilidad de crear en las redes un espacio de discusión responsable, de aprendizaje colectivo. El reconocimiento del territorio digital compartido que hay que cuidar. También pasa por reconocer que lo que hacemos, opinamos o incluso decidimos influye en un territorio geográfico que posiblemente compartimos muchos en el mundo digital y en el mundo real (dicho lo de «real» solo como opuesto a lo «virtual» o «digital»).

Desde esa lógica de la incidencia en nuestra vida, cabe hablar sobre qué podemos hacer desde su ejercicio. Esta es mi parte favorita: resulta que, como sí busca incidir en instituciones, en el entorno en donde se vive, la ciudadanía digital también implica conocer y ocupar tecnologías cívicas o plataformas tecnopolíticas. Como Decidim. Esta se define como «una plataforma digital de participación ciudadana» que ayuda a tomar decisiones, con la idea de «reprogramar la democracia», gracias a su tecnología libre y segura.

Decidim, por ejemplo, consta de seis módulos para que tanto la ciudadanía como organizaciones e instituciones de Gobierno puedan organizarse a sí mismas de manera democrática. Tienen que ver con planificación estratégica, procesos y presupuestos participativos, iniciativas y consultas ciudadanas, entre otros. Y pueden adecuarse a cada institución: se adaptan a las necesidades que puede tener una organización según su naturaleza y sus objetivos de trabajo. Esta plataforma implica la creación de la tecnología alrededor del usuario.

Arnau Monterde, coordinador de Decidim, decía hace dos años que la democracia no se sitúa solo en la toma de decisiones, sino en la gestión colectiva de algún recurso: el poder intervenir en toda la capa de discusión, de toma de decisiones. Y que eso aplica tanto a organizaciones como a movimientos ciudadanos, que pueden necesitar una reorganización interna para ver qué votaciones pueden potenciarse en tiempo real, o si hay que abrir deliberaciones de propuestas ciudadanas relevantes para la vida de la comunidad. Además, uno de los principios de Decidim es cómo hibridar la participación digital con la participación presencial.

Debemos apostar a tecnologías que, como Decidim, reconozcan que en nuestros países no todo puede hacerse únicamente en lo digital, y que nos ayuden a potenciar lo mejor de ambos mundos. Que faciliten la participación digital de quienes por distintas razones no pueden salir de sus casas o de sus municipios, pero que sí quieren ser parte de una votación o de una asamblea.

Busquemos plataformas digitales enfocadas en quienes las usamos, que protejan nuestros datos y que promuevan la transparencia de los procesos. Hay tecnologías enfocadas, por ejemplo, en la creación artística o en el seguimiento a nuestra propia salud. Hacernos cargo de estas pluralidades también es parte de sabernos ciudadanos digitales. Y, en específico, la propuesta ahora es concientizarnos sobre esas tecnologías que pueden mejorar nuestra toma de decisiones para incidir en nuestra calidad de vida. Ese es un uso político de estas herramientas. Y ahí nos acercamos a las #Redestecnopolíticas y a su aporte de la ciudadanía digital.

Cinco peticiones al presidente electo

Hace un mes en esta columna intentamos acercarnos a la idea de la ciudadanía digital. ¿Podemos pensar en una ciudadanía desde ese ‘territorio’ sin tierras ni fronteras? ¿Podemos hablar de esto en un espacio en donde no requerimos de ningún documento de identidad que nos muestre el arraigo que tenemos por un país o algún tipo de afiliación ante algo?
La propuesta de este espacio es que sí.

A partir de ello, desde esa intención, apelo desde mi ciudadanía digital y la hilo con mi ciudadanía salvadoreña para solicitarle cinco cosas, cinco cuidados o cinco aciertos a la futura Presidencia de la República de El Salvador.
Una, la apuesta por un Estado abierto. Transparencia, rendición de cuentas, participación ciudadana y tecnología deberían ser los pilares de la manera de trabajar por parte de los tres poderes del Estado, pero también de sus diferentes instancias, más la misma manera desde las organizaciones ciudadanas, las empresas privadas y las academias. Porque es una responsabilidad colectiva. Nadie se escapa a esto y son estas tecnologías digitales que, convertidas en tecnologías cívicas, son fundamentales para lograr mayor participación, mayor contraloría y mayor incidencia en las políticas públicas de cada país.

Dos, alfabetización informativa para crecer como ciudadanos. Debemos promover espacios para educarnos en cuestiones de uso de las redes sociodigitales, de cómo podemos cuidar la privacidad de nuestros datos para que estas tecnologías nos ayuden a ser más humanos; no es solamente aprender a leer (libros y periódicos), es aprender juntos a ocupar esa información que recibimos por cualquier medio para incidir en nuestra polis, en nuestra ciudad, en el espacio público (digital o no) que compartimos entre todos. Qué hay que resolver, cómo lo podemos arreglar y cuál es nuestro orden de intervención.

Tres, aprovechamiento de la tecnología para acercarnos a la cultura, al goce, al entretenimiento. Es reconocer que, aunque no todos tenemos acceso a estas redes, sí pueden funcionar para acercar murales de Camilo Minero, poesía de Roque Dalton y Claudia Lars, el Museo de la Palabra y la Imagen a nuestros 262 municipios. Reconocernos como salvadoreñas, como salvadoreños en el exterior, desde nuestras instituciones de Gobierno encargadas de la cultura, pero también desde otras iniciativas ciudadanas que pueden ser apoyadas por las instancias oficiales.

Cuatro, ética en el espacio público digital. Que nos propongamos todos cuidar lo que decimos. Que tomemos conciencia que construimos país, construimos el ambiente en que crecerán nuestros hijos y en el que vivimos nosotros también a través de lo que tuiteamos, lo que facebooqueamos o lo que instagrameamos. Que procuremos recordar que #LasPalabrasSonSemillas.

Cinco, apuesta por las #RedesTecnoPolíticas. Apostarle al diseño y la construcción de tecnologías para que el centro sea la comunidad que se crea alrededor de ellas; que, como ciudadanas y ciudadanos, aprovechemos un círculo virtuoso al tejer redes sociales físicas, humanas, institucionales que realmente incidan en nuestras comunidades políticas físicas, en nuestras colonias, en nuestras calles con la ayuda o la mediación de las redes sociales digitales, tecnopolíticas.

Es la apuesta eterna desde este espacio por la inteligencia colectiva, la cocreación y la participación ciudadana. Es reconocer el derecho humano de que el conocimiento debe ser libre y accesible. Porque es desde ese conocimiento que podemos construir un mejor país. Porque el país lo construimos entre las voces de todos. Entre quienes tuitean y entre quienes nunca entrarán a una red sociodigital. Entre todos. Aprovechar las tecnologías digitales para un Estado abierto va más allá. ¿El nuevo gobierno apostará por algo de ello? Para mientras, yo vengo a ofrecer mi #CiudadaníaDigital.

La ciudadanía digital

Julian Assange, fundador de WikiLeaks, fue detenido el jueves 11 de abril por la mañana. Katie Bouman, informática, ha liderado un equipo que trabajó varios años para que desde el miércoles 10 tengamos una foto única de un agujero negro. Estas dos noticias son algunas de las más impactantes de la semana. O quizás, al menos, sean de las más útiles para pensar en qué es o qué debería ser la ciudadanía digital.

La condición de ciudadanía debería estar asociada a la pertenencia a una comunidad, a un territorio geográfico, y a los derechos y deberes que nos corresponden según esa pertenencia. ¿Entonces por qué podremos apostar por una ciudadanía desde ese ‘territorio’ que en realidad no tiene tierras?

Una de las definiciones posibles la dan Alejandro Natal, Mónica Benítez y Gladis Ortiz, que la asocian con las prácticas políticas y ciudadanas que se ejercen a través de las tecnologías digitales para incidir en instituciones. Y bueno, también se refieren al uso de estas por grupos o movimientos para difundir ideas o retar a algunos sistemas sociopolíticos. O cómo los artistas crean nuevas estéticas en las relaciones con los entornos.

Quizás sea aventurado relacionar estas ideas con Assange y Bouman. Ojalá que no. Verán, WikiLeaks «es una organización mediática internacional sin ánimo de lucro, que publica a través de su sitio web informes anónimos y documentos filtrados con contenido sensible en materia de interés público, preservando el anonimato de sus fuentes» (según nos dice Wikipedia), por lo que aplica a las prácticas ciudadanas que usan tecnologías digitales para retar sistemas sociopolíticos. Es decir, filtra información a través de la web como una manera de denuncia. ¿Voy bien, no? Assange y WikiLeaks son ejemplo de ciudadanía digital.

Con Bouman quizás es más aventurado. Pero creo firmemente que aquí hay un uso de la ciencia para crear arte. Ocho telescopios, más de 200 investigadores y 13 institutos crearon una imagen que nos acerca al estudio de los agujeros negros. Es la pura inteligencia colectiva: la cocreación, la participación, el poner nuestros saberes al común para utilizar la tecnología digital en favor del conocimiento.

Creo, además, que decenas de personas han hecho en estos días otro trabajo importantísimo de ciudadanía digital: han asumido los derechos humanos ante el conocimiento. Nos acercan a él a través de sus blogs personales, de sus publicaciones en redes sociales para explicarnos los riesgos o la magia de cada caso. O a través de las actualizaciones en Wikipedia, que implican, justamente, la libertad y responsabilidad de crear un espacio de discusión responsable, de aprendizaje colectivo.

Ahora muchos hemos podido ver «de cerca» un agujero negro, cuya gravedad no deja escapar ni la luz. [Dato curioso: la imagen ‘pesa’ 5 petabytes de datos; o sea, 5 millones de gigabytes. ¿Cuánto es? Una foto que enviamos en WhatsApp puede pesar 130 kilobytes (KB), y 1,024 KB hacen 1 megabyte (MB), y 1,024 MB hacen apenas 1 gigabyte… ] ¿No les parece que Bouman y los investigadores nos han modificado las estéticas con las que vamos a ir descubriendo más de nuestros entornos inmediatos y del universo? Sí, es aventurado pensarlo como un ejercicio de ciudadanía digital, pero creo que cada voto en un presupuesto participativo, cada documento filtrado, cada foto de un agujero negro, cada artículo de Wikipedia que nos acerca al conocimiento de lo que ocurre en el mundo cuenta. ¿Y ustedes, qué creen?

¿Vamos por un #GobiernoAbierto?

Hoy, domingo 17 de marzo, cierra la semana del #GobiernoAbierto en el mundo: durante estos siete días ha habido actividades en distintos países para que sigamos repensando la transparencia, la rendición de cuentas, la participación ciudadana (colaboración y cocreación) y la innovación tecnológica, los cuatro pilares de esta manera de gobernar. (Pueden rastrearlo a través de #OpenGovWeek en Twitter, Instagram o Facebook, aunque en esta última busquen en los filtros de búsqueda del lado izquierdo que la fecha de publicación sea 2019).

El Salvador es uno de los 14 países latinoamericanos que conforman la Alianza para el Gobierno Abierto, que en total son 68 países en el mundo. ¿Pero qué significa esta alianza? Es una iniciativa voluntaria que ofrece una plataforma internacional para apoyar reformas locales que impulsen la rendición de cuentas, apertura en los gobiernos y una mayor capacidad de respuesta a la contraloría ciudadana. Nosotros entramos en la «tercera ola», en 2012, al igual que Guatemala, Honduras, Chile y otros; además, participamos del Programa Interamericano de Facilitadores Judiciales de la Organización de Estados Americanos (OEA), junto a Guatemala de nuevo, Argentina y Colombia, entre otros.

Este viernes, por ejemplo, Chile presentó el Cuarto Plan de Acción de Gobierno Abierto, así como un portal dedicado exclusivamente a esto. Dentro del plan, por ejemplo, la Defensoría Penal Pública (DPP) asumió el liderazgo de una #JusticiaAbiertaDPP a partir de cinco compromisos: una mesa de coordinación institucional para una justicia abierta, más datos abiertos, un lenguaje claro, más atención a usuarios y ser parte de la política de gobierno abierto.

Y allá, en esos confines del mundo, anda Álvaro Ramírez-Alujas (@RamirezAlujas) para contarnos siempre y desde cualquier plataforma de la importancia de estas prácticas para fortalecer lo colectivo. De hecho, este #OpenGovJedi, junto a Alejandra Naser (@AlejandraNaser) y Daniela Rosales (@danitar83), nos plantea la idea más bien hacia un Estado abierto, donde la premisa fundamental de la cocreación es «nada sobre nosotros sin nosotros». Ellos tres, en la presentación del documento «Desde el gobierno abierto al Estado abierto en América Latina y el Caribe», hablan de promover «la creación de espacios de encuentro y diálogo que favorezcan el protagonismo, el involucramiento y la deliberación de los ciudadanos en los asuntos públicos».

Y es que solíamos asociarlo únicamente al Órgano Ejecutivo, por lo que ahora (al menos en algunos países, como Chile) se va nombrando como Estado abierto: deben de ser los tres poderes y sus diferentes instancias las que se unan en esta tarea. Para ello, es muy importante recordar que los cuatro actores de estas prácticas son el Gobierno, la ciudadanía, la empresa privada y la academia. Es decir, es una responsabilidad colectiva. O sea, entre todos. Nadie se escapa a esto. Y obviamente las tecnologías digitales, las tecnologías cívicas son fundamentales para lograr mayor participación, mayor contraloría y mayor incidencia en las políticas públicas de cada país. De este lado del continente, nuestros compromisos como El Salvador en el Plan de Gobierno Abierto son cinco, divididos por cuatro áreas de trabajo. Son la ciudadanización de las finanzas públicas (transparencia fiscal); procedimiento para participación ciudadana en consultas públicas para el MARN (participación en medio ambiente); anteproyecto de ley de no discriminación más rescate de memoria histórica (derechos humanos), y propuesta para un anteproyecto de ley de rendición de cuentas (fiscalidad integral). ¿Avances? Podemos revisarlos en http://alianza.gobiernoabierto.gob.sv/2018-2020/aga_challenges Datos abiertos, hackatones, gobiernos locales abiertos, herramientas y aplicaciones de fiscalización cívica. Hay mucho por hacer. ¿Qué dicen? ¿Vamos (juntos y cocreando herramientas) por un #ElSalvadorAbierto?