OTRAS REVELACIONES

6 AM.

Se levantó suficientemente a tiempo para hacer sin tardanza el recorrido que le tocaba todas las mañanas desde una de las colonias suburbanas más recientes de la ciudad hasta su sitio de trabajo que era una fábrica de utensilios metálicos para el hogar, en la que se desempeñaba como contador. Se bañó en la ducha, se puso la ropa limpia, se acicaló lo mejor que pudo, tomó sus objetos de escritorio y se dispuso a salir. Vivía sólo, porque su boda se venía postergando… Como su carrito se segunda estaba en el taller, tomó el bus que pasaba más cerca. Sólo había un asiento disponible, junto a aquella mujer cubierta con un velo. No se animó a mirarla, pero ella le susurró: «No me tengás miedo. Estoy aquí para rescatarte». Después de unos segundos de desconcierto, él le preguntó: «¿De qué?». «De tu miedo al compromiso. Conmigo vas a ser libre».

EN NÚMEROS ROJOS

Sus padres vivieron siempre «a tres menos cuartillo», y eso es lo que él tenía en la mente. Pero sus padres no fueron longevos, y se fueron con muy poco tiempo de diferencia, sin dar mayores detalles sobre aquello que parecía un escape. Cuando él se quedó solo en la casa, lo primero que hizo fue emprender una revisión minuciosa de todos los espacios y de todos los rincones. En los muebles no había nada. Todas las gavetas y los estantes vacíos. Entonces miró hacia el techo, y se puso a husmear por ahí. De pronto, algo sonaba como un desván secreto. Quitó la pieza, teniendo que romperla. Adentro, un montón de cajas y bolsas. Subió, y las fue abriendo una por una. ¡Sorpresa insólita! Todo era dinero, desde grandes fajos de billetes hasta monedas de oro. Se rio a carcajadas. ¡Entonces los números rojos sólo habían sido un cuento de hadas!

LA BUENA NUEVA

El tío Anselmo era el mayor de los hermanos, y según las cuentas de algunos otros parientes ya debía andar rondando los cien años, aunque se veía fuerte y ágil. Por eso no era de extrañar que, adicto a los romances como siempre había sido, apareciera con alguna frecuencia en compañía de señoras maduras, de mujeres jóvenes y hasta de una que otra adolescente. Pero esta vez las imágenes despertaron más que nunca: el tío Anselmo apareció con un halo de rejuvenecimiento casi inverosímil, ágil como un deportista superentrenado, y con él una anciana sonriente que parecía un retrato irreal. Todos se detuvieron a observar. Él, entonces, con inocultable picardía, sacó un aparatito y lo activó. Al instante se cambiaron los papeles: él decrépito y ella juvenil. Lo activó de nuevo. Cambiaron los papeles. «Es el último invento de los dioses».

MEDITERRÁNEO EN VELA

Despertó con la íntima sensación de que iba en camino de vuelta a sus orígenes. Entreabrió los ojos, y nada de lo que estaba a su alrededor se le hizo reconocible. Se incorporó, y el ventanal abierto le trajo imágenes de costas lejanas y de islotes inmediatos. ¿Dónde se encontraba, si la noche anterior, al iniciar su reposo nocturno lo que tenía en torno era su vecindario de siempre, en la zona más despoblada del pequeño pueblo en que vivía? No supo cuánto tiempo pasó antes de que volviera a tomar conciencia. Lo que sí supo de inmediato es que iba en un espacio en movimiento. ¿Cómo era posible, si él vivía en una especie de choza al borde del camino? Pero entonces empezó a sospechar que el anhelo es más fuerte que la realidad. Estaba navegando mentalmente hacia el Mediterráneo Oriental, como los descubridores perfectos…

SABOR DE REENCUENTRO

Él observaba mientras en el entorno se agrupaban espontáneamente los visitantes de aquel lugar recién revelado. Para muchos sólo era una cueva profunda, cavada quién sabe cuándo o abierta por algún fenómeno natural; pero más de algún estudioso hallaba en aquello características de catacumba, y él que era imaginativo por naturaleza apuntaba en esa línea. Se incorporó a la fila, y en unos minutos se hallaba a la entrada del enigmático recinto. Pero ya a punto de dar el primer paso hacia adentro, se detuvo y se apartó de la fila. En ese instante, alguien se le acercó, hasta el punto de poder hablarle en murmullo: «Tú sí sabes a lo que vienes, ¿verdad?» Él se sorprendió con tal afirmación. El otro continuó: «Sí, lo sabes muy bien: A reencontrarte con tu familia original. Te llevaré por el paso reservado. Ellos están esperándote».

SIEMPRE HAY SALIDA

Todo se había venido de repente, como esas tormentas que se dibujan en el aire unos minutos antes de estallar. Pero esta no era tormenta líquida, sino emocional. Fallecimientos, pérdidas económicas, depresiones galopantes… Y por fin, aquello: la sensación de que no había salidas a la vista. Salió aquella tarde a caminar, para ver si el aire libre le podía servir de aliciente, aunque fuera como un alivio transitorio. De repente sintió que estaba totalmente desorientado. ¿Qué calle era aquella? ¿En qué ciudad se desplazaba? ¿De dónde había surgido aquella atmósfera friolenta en medio del verano inusualmente cálido? Miró a su alrededor. Todo le era desconocido, hasta el punto de preguntarse entre dientes: «¿Y quién soy yo?» Y cuando se hizo la pregunta una sensación gratificante lo envolvió. Desprenderse de sí mismo era la única liberación posible.

ÁRBOL AL FONDO

«¿Qué querés ser cuando seás grande?», le preguntaron en su casa cuando ya estaba al borde de la adolescencia. Trece años, y la voz comenzaba a cambiarle, y en las próximas semanas sería otra. Respondió con un gesto: «Horticultor». Los que lo interrogaban no entendieron, y cada quien se fue a lo suyo: la madre a la cocina y el padre a su cuarto de lectura. Días después, el padre quiso saber más: «¿No querés ser escritor como yo?» La respuesta fue enigmática: «Sí quiero, pero escribir en la tierra, no en la pantalla de la láptop, porque la tierra nunca se acaba…» La madre llegaba en ese momento: «¡Mirá la respuesta que te ha dado! Es más inteligente que tus personajes…» El padre se dio por aludido: «Pero ahí no vas a tener maestros». «Ya tengo al mejor». «¿Quién?», preguntó el padre burlándose. «¡Aquel» Y el joven apuntó hacia el árbol que estaba al fondo.

REGALO MÍSTICO

El sol venía saliendo, esta vez con una actitud perezosa que no le era habitual. En las habitaciones del vecindario iban despertando los ruidos con igual lentitud. Entonces recordó que estaban en Semana Santa, y que toda la actividad comercial se hallaba suspendida. Él, sin embargo, que era un hombre activo por naturaleza, saltó de la cama, dejando a su mejer dormida, y muy pronto salió a la calle. Sólo unos cuantos transeúntes iban por ahí. Él se dirigió directamente hacia el borde del río que cruzaba muy cerca, en una hondonada. Descendió con la agilidad de siempre, y ya abajo se dirigió hacia el ojo de agua que estaba escondido entre las rocas. Al llegar, se arrodilló. Tomó agua pura entre las palmas de las manos, y en ese mismo segundo un rayo de sol tocó su frente con fuerza vívida. Bebió el agua y alzó la frente: «Gracias por la bienvenida cotidiana».

SUENAN VIOLINES

Eran vecinos desde siempre, y como casi tenían la misma edad se cruzaban por todas partes. Las respectivas familias no eran muy cercanas, pero entre ellos dos la afinidad fue constante. Y cuando llegó el momento de los noviazgos, ellos tomaron la iniciativa. Era algo tan natural que aquello pasó inadvertido. Transcurrió el tiempo, y llegó la hora de la formalización acostumbrada. Ellos anunciaron: «No vamos a hacer ningún compromiso formal, porque esto lo llevamos en el alma». Los padres los oyeron casi como oír llover. Y pasados unos días llegó el otro anunció: «Como ya cumplimos esta etapa, viene ahora el enlace matrimonial». Igual indiferencia. La ceremonia en la humilde iglesia del barrio. Cuando los novios entraban empezó a oírse un grandioso concierto de violines. Todos se miraron extrañados. Los novios sonreían. Era su música interior saliendo al aire.

MEMORIAS DEL VERANO

INDECISIÓN DE OCTUBRE

El año parecía estar entrando anualmente en el espacio de los indecisos, porque antes sus fechas eran puntuales: fin del invierno y principio del verano. La última gran tormenta invernal era el 4 de octubre por la tarde, y después del día 15 los famosos vientos octubrinos se paseaban audazmente por las arboledas. Hoy, cualquier cosa podía pasar. El clima andaba suelto, enarbolando cuanta excentricidad se le ocurría. Aquel día, el indigente que dormía bajo un pequeño puente, despertó como si nada, preguntándose: «¿Lloverá o no lloverá?» A su alrededor pasó una bandada de palomas, con entusiasmo notorio. Él sacó su conclusión nacida de la experiencia: «¡Entonces va a ser un día de sol y brisa!» No acababa de decirlo cuando el retumbo de un trueno lo puso a la expectativa. Comenzó la borrasca. Desde los aleros, el clima observaba, burlesco.

NOVIEMBRE DE PUNTILLAS

El último día de octubre, es decir el 31, era puntualmente la Clausura escolar, en un acto tempranero nocturno, ubicado una parte bajo techo y otra a la intemperie. Como por esas fechas ya nunca llovía, nadie llevaba ropas protectoras, salvo los sacos de los señores, que eran de rigor y las blusas espesas de las señoras por si había frescura excesiva. Ese año, nada parecía alterar el ritual tradicional. Pero de pronto, uno de los jovencitos que estaba entrando en Secundaria se dio cuenta de que entre el público asistente había una presencia enigmática. Cuando lo llamaron al podio, porque era el mejor de su tanda, pasó junto a la señora del enigma. Se detuvo, y todos lo observaron. «Ella es mi hada madrina. Me está enseñando a ser poeta». Ella le sonrió. El público se quedó en silencio reverente. Era la mejor consagración.

12 DE DICIEMBRE

En el barrio más pobre de la ciudad las gentes se desplazaban muy temprano hacia sus ocupaciones cotidianas, de las que obtenían apenas lo necesario para medio sobrevivir cada día. Pero aquella era una fecha muy especial, porque se celebraba el Día de la Virgen de Guadalupe. Ellos, una pareja muy joven, eran desde niños devotos incondicionales de la Guadalupana, y aquel día se fueron muy temprano a la Basílica, a rendirle tributo antes de correr a sus respectivos trabajos, él en una sastrería y ella en una floristería. Se verían hasta por la tarde en su sencillísima vivienda de lámina. Pero llegada la hora ninguno de los dos apareció. Pasaron los días. Algún vecino preguntó: «¿Alguien sabe algo de los Miranda?» Silencio. Pero alguien de pronto explicó en un susurro: «–No van a volver, porque la Virgen les ofreció posada y ellos aceptaron…»

ENERO CON ALAS

Todos los niños de los alrededores estaban de vacaciones, porque noviembre acababa de iniciar su jornada anual, y por las calles correteaban los infantes como personajes salidos de los cuentos. Aquella tarde, el maestro de la escuelita primaria, que era la única del lugar, llegó al aula donde daba clases durante el año escolar, y fue a ubicarse en su mesa de trabajo. Abrió las gavetas en busca de algo, y luego de revisarlo todo se dio por vencido. Lo que buscaba no se encontraba ahí. Salió del recinto y comenzó a caminar por la calle que llevaba a la plaza céntrica del pueblo, donde estaba la iglesia principal. Entró por impulso, y al nomás atravesar la puerta, una anciana le salió al encuentro: «Esto es lo que buscas. Toma». Y le extendió un manojo de plumas. «Son tus alas. Tómalas. Aprovecha las vacaciones tú también…»

EL RÍO SE DISTIENDE

Se encontraba él ahí, a unas cuantas piedras y arenillas del agua fluyente. Se acercó, vestido como estaba, y desde la otra orilla, oyó que lo llamaban: «¡Niño José, lo estamos esperando, anímese!» La lancha se acercaba, surcando la tranquila corriente, y él se dispuso a embarcar de un salto en cuanto arribara. Cuando eso ocurrió, él saltó hacia adentro, sin darle importancia al hecho de que nadie parecía ir conduciendo la lancha. Se acomodó en la tabla de siempre, y dirigió la mirada hacia la otra orilla. El gran conacaste al fondo era el signo de la ruta. Pero en ese instante se dio súbita cuanta de que ese conacaste tan firme en su puesto parecía cada vez más distante. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde se hallaba hoy la orilla? Cerró los ojos, y cuando los abrió se encontraba a punto de arribar a una extensísima playa. Como por encanto el río se había convertido en mar.

¿Y FEBRERO DÓNDE ESTÁ?

Aquel sótano desde hace tanto tiempo es el lugar olvidado de la casa. Nadie baja la escalera tronadora que lleva hasta él. ¿Es que ahí sólo hay cosas inútiles? Como es un niño de muy pocas palabras, no se lo pregunta a nadie, ni siquiera a los más allegados, que además son los perros de la casa, Pepino y Corsario. Pero ese día los llama a ambos, con el gesto que ambos captan de inmediato. Bajan la escalera, y ningún peldaño suena. Es como si fuera una escalera recién ubicada ahí. Al fondo, lo que reina es una penumbra apenas mitigada por una rendija. No hay nada. Es un sótano evidentemente abandonado. Pero él, curioso por naturaleza, va recorriendo cada rincón, y en uno de ellos hay una pequeña alcoba. Empuja la persiana. Adentro hay alguien. «No te asustes, soy Febrero, y aquí me alojo en el invierno. ¿Quieres hacerme compañía? Soy poeta como tú…»

MARZO EN EL COLUMPIO

Maribel era la muchacha más tímida del grupo, y sin embargo era la que tenía más pegue en el ambiente juvenil. Eso le despertaba envidias y admiraciones a cada instante. Por esos días, ya con el verano preparando equipaje, Maribel les avisó a sus padres, que siempre la consideraron una niña seria y responsable: «Me voy de viaje. Quiero pasar un invierno a mi manera». Era una revelación perfectamente inesperada; o más bien, insospechada. «¿Qué dices, muchacha?» «Que me voy de viaje». Más estupefacción. «¿Y cómo es eso?», preguntó el padre, con ansia. «Alguien me ha contratado para que me vaya como trapecista a un circo de París…» «¡Ah, ya sé, –dijo la madre–, esa película, «Trapecio», te tiene embrujada…» Maribel sonrió, y en ese mismo instante so oyó la voz imperiosa del director: «¡Todos a escena!»…

ABRIL CON ECOS

Las calles y los callejoncitos del pueblo están cada día más inundados de polvo, que se levanta al menor impulso de la brisa cálida que lo reseca todo. Las plantas de los alrededores suspiran casi asfixiadas, porque el calor se impone sin piedad. Sobre las tapias y los cercos, las enredaderas, que en invierno son gallardetes orgullosos, ahora apenas se animan a quedarse quietas para no sufrir más de sofocos inútiles. Es un atardecer cualquiera, pero la vidente del lugar, que es una lagartija curiosa que se mete por todas partes queriendo descubrir secretos, en este momento está erguida sobre la última línea de tejas del alero. De repente se alcanzan a oír algunos retumbos leves pero inconfundibles. La lagartija se yergue, y anuncia con su sonido inmemorial: «Las ráfagas ya vienen acercándose. ¡Cuando el torogoz lo anuncie, refúgiense todos!»

CUANDO MAYO DESPIERTA

La primera tormenta llegó con amagos de valentía y con remilgos de timidez. «Es lo de siempre», concluyó el monje Benedicto, que apuntaba todos sus pensamientos y sensaciones en un cuaderno de los de antes. Pero aquel día, las impresiones se le cruzaban, y él pensó que eso era producto de la inestabilidad anímica que venía sufriendo en silencio desde hacía algún tiempo. Se encerró en su celda, y dispuso quedarse ahí todo el tiempo que le fuera posible, ya que era día de reflexión íntima. Llovió durante toda la jornada, y él se acomodó mentalmente a aquel ritmo. Después de medianoche, él, recién despertado, recordó que era 3 de mayo. Y curiosamente amaneció con sol deslumbrante. Él se incorporó. Abrió su única ventana. «¡Gracias, Mayo, por recordarnos que hoy eres tú el conductor de la nave!»

AQUELLAS FECHAS INTACTAS

PRIMERO DE ENERO

El sol parecía indeciso entre salir o no salir, y algunos ramajes de los alrededores estaban evidentemente a la expectativa. Por fin, un soplo de brisa pareció ser la señal esperada para que la transparencia se animara a iniciar su cotidiana labor. Cuando la claridad se abrió paso, todo empezó a cobrar presencia en movimiento, Incluyéndolo a él que era un desidioso por naturaleza. Al asomarse por la puerta de entrada, un rayo solar le envolvió la frente. Fue como un fogonazo de vida. Él no pudo evitar la pregunta que parecía inoficiosa: «¿Quién eres tú, que vienes con esta confianza a tomarme desprevenido?» «¿Desprevenido? ¡Hombre, por Dios, si hoy es Primero de Enero, el día de mi debut, y todos deben reconocérmelo… Espabílate, pues, para no quedar como un trapo roto a la orilla del camino!…

14 DE FEBRERO

Cuando se rompe el encanto parece que todo se rompe, y eso justamente era lo que él sentía en aquellos momentos tan insospechados, cuando Lucy emigró sin decir agua va, ni siquiera a él, que era, según ella decía con frecuencia, el gran amor de su vida. Pero por un impulso incontenible, lo que él hizo de inmediato fue volver la mirada hacia la pared de enfrente, donde estaba el retrato de adolescencia que Lucy le había dado como primer regalo. Junto al retrato se hallaba el calendario que él le había dado en correspondencia, abierto en el mes de febrero y encerrada en un círculo dorado la fecha 14. Aquella coincidencia, en la que hasta hoy reparaba, tenía también su encanto, y él así lo sintió de súbito. Entonces, entre ilusionado y escéptico, se encerró en la casa. Ya cuando atardecía sonó el timbre de la entrada, con eco de retorno…

8 DE ABRIL

A lo lejos, sonaban campanas, aunque era tan a lo lejos que bien hubieran podido ser campanas simplemente añoradas. Ahora que vivía en aquella lejanía tan remota, y no por razones externas sino por impulso que le nacía de lo más profundo de la conciencia, aquellas campanas matutinas o vespertinas tenían la virtud de recordarle que aún estaba en el mundo. Se apartó del ventanuco de su vivienda rústica al máximo, y volvió la mirada hacia el pequeño calendario que estaba colgado a la par. Se fijó en la fecha: 8 de abril, y cayó en cuenta de inmediato: Domingo de Resurrección. Fue como si una campanita en su interior le estuviera enviando un mensaje. Y tuvo, en ese mismo instante, la tentación invencible de salir al descampado, lo que no hacía desde mucho antes. Y al salir le brotó el flujo anímico: «¡Esta es mi resurrección, ir al encuentro del aire libre!»

3 DE MAYO

¿Cuánto tiempo seguiremos estando así, atrapados en la maraña de los acontecimientos imprevisibles, mientras las balas zumban alrededor? La pregunta no rompe la barrera de los labios, pero se queda girando por los espacios de la mente ansiosa. Esa tarde ha quedado con Celeste en ir a una función cinematográfica en un cine cercano. Se prepara y sale. La casa de Celeste está al otro lado de la ciudad, y tiene que ir por ella, cruzando todo aquel espacio cundido de amenazas. Esa tarde, el ambiente parece inusualmente tranquilo. Como si no hubiera guerra en los entornos. Se dirige en su Chevrolet al lugar de Celeste. La ciudad parece un oasis. Él avanza, ilusionado. Pero de pronto un grupo de autos se le pone enfrente: «¿Para dónde va, joven?» «A la casa de mi novia». Las risotadas lo rodean. «¡Entonces, vaya, pero no podrá volver!»

22 DE JUNIO

¡Día del Maestro! ¿Cómo olvidarlo si todos los años, por la noche, había en el Colegio un acto conmemorativo en el que menudeaban los elogios y los agradecimientos? Aquel año, sin embargo, y por obra de los desmanes del clima, cada vez más frecuentes, el acto no pudo realizarse porque un torrente de lluvia implacable lo invadía todo, como si fuera un retrato hablado del Diluvio Universal. Su familia y él que eran devotos de tal celebración porque los padres eran maestros en ejercicio y él, ya adolescente, era un adicto a los símbolos, se quedaron en casa, protegiéndose de la borrasca. Al concluir, todos hicieron su respectiva oración, en estricto silencio. Estaban de pie, juntos, con las manos unidas. Cuando terminaron los rezos respectivos, en el debido secreto, se separaron. Y cada uno pensó: «Una vez más comprobamos que el silencio es el mejor maestro».

2 DE AGOSTO

Plena vacación de agosto, y esta vez la vacación era sinónimo de reclusión. ¿Quién iba a decirlo? En el vecindario, el silencio casi era total, porque lo único que se oía eran los cantos de los pájaros que andaban entre los ramajes de los alrededores, como celebrando la ausencia humana. El joven que estaba encerrado en un cuarto de azotea tuvo, de pronto, la sensación de un concierto jamás imaginado. Y en cuanto le llegó la imagen fue como si el director de la orquesta hiciera su primer movimiento de la nueva pieza. El joven tendido en su catre cerró los ojos, y de inmediato se imaginó a sí mismo batuta en mano. Se estaba iniciando en el estudio de la música, y aquel sería su primer concierto en vivo. Durante los minutos siguientes la orquesta de pájaros invisibles ardió en melodías desconocidas. Él, su director natural, estaba en la gloria.

13 de SEPTIEMBRE

Se sentaron por primera vez en torno a esa mesa angosta, en una oficina administrativa del Seguro Social, como si aquel fuera un encuentro más entre los que ahí tenían lugar a diario. Pero ellos eran diferentes, porque habían llegado al Distrito Federal a iniciar el proceso de negociación de la paz que podía cambiar el destino de todo un pueblo, allá en las comarcas centroamericanas del sur. Alguien abrió la sesión. Todos –los de un bando y los del otro; es decir, los del Gobierno y los de la guerrilla— se vieron directamente a los ojos por primera vez. Y aunque ninguno se percató de ello, aquellas miradas dibujaban una hoja de ruta. Es lo que siempre ocurre: las imágenes predibujan el futuro. Sólo las fuerzas superiores eran capaces de rotar el escenario: ahora no era el 13 de septiembre de 1989 sino el 16 de enero de 1992, en Chapultepec. ¡Gracias, calendario!

21 de NOVIEMBRE

En aquella fecha de noviembre el día amaneció con una frescura inspiradora, como casi todos los años, aunque en esta oportunidad esa frescura tenía un mensaje más íntimo. Descorrió la cortina de su habitación de adolescente, y aunque la niebla matinal aún no se había disipado, él tuvo la instantánea impresión de que esa mañana traía consigo algo nuevo, quizás desconocido. Volvió a cerrar, pero no pudo controlar el inmediato impulso de abrir de nuevo. Sí, ¿qué era aquello? Un paisaje de colinas casi desnudas con algunos caminos serpenteantes. Se quedó inmóvil, observando, hasta que una voz suave y cariñosa lo animó: «Sal a caminar, y muy pronto nos encontraremos». Conocía aquella voz. La recordaba. Era ella, su abuela Lilliam. Corrió a su encuentro. «¿Dónde estamos, Lila?» «Aquí, en Nuevo México, de donde somos, vengo a traerte».

23 de DICIEMBRE

Víspera, la eterna víspera. Pero mientras él avanzaba por aquella vereda polvorienta no aparecía en el ambiente ninguna señal inusitada, y mucho menos providencial. Allá, en la distancia, se dibujaba un pequeño caserío. Cuando lo advirtió iba pasando junto a él, en el lado contrario del camino, un señor que tenía toda la pinta de ser un pastor de ovejas. Él no pudo evitar preguntarle: «¿Conoce usted a los que viven en aquel grupo de casas?» El aludido apenas se detuvo: «Ahí vive gente de paso. Ayer, por ejemplo llegó una pareja de forasteros, y ella está en las últimas del embarazo…» Él, entonces, sin hacer ningún comentario, caminó más rápido hacia aquel rumbo. Se detuvo, temblando de expectativa, sin saber qué iba a pasar. Y de pronto ahí, frente a la puerta abierta, la Virgen, San José y el Niño le sonreían… Los reconoció al instante.

PRENDAS EN EL ALAMBRE

1940

Afortunadamente fue un parto normal, en casa, como se estilaba en esos entonces. Cuando salió de la habitación tapiada donde había permanecido durante 9 meses lo primero que hizo fue respirar fuerte y entreabrir los ojos que al fin estaban viendo la luz. A su alrededor, un par de caras desconocidas lo observaban. Oyó una voz: «Por lo que se ve este niño va a ser un niño precoz». La otra voz, áspera y distante, terció a su modo: «Yo lo veo igual que todos los recién nacidos». En ese instante él entendió que llegaba a un espacio de discordias, y cerró los ojos para sólo ver lo que estaba dentro de sí. Después se sumergió en una especie de alberca mental, de aguas tranquilas y transparentes. En una de las orillas estaba sentado un señor que parecía pastor de ovejas, y que hizo una señal desde lejos. El rebaño se acercó. Y él supo que esa sería su verdadera familia.

1950

Aquella tarde de junio el cielo estaba inesperadamente translúcido. Ellos, la pareja imperfecta, vivían ahora en una casita de la Colonia Santa Eugenia, rumbo a Mejicanos. Y por fin estaban esperando su primer hijo. Los vecinos que vivían a la par, sólo separados por una verja de madera, eran un par de señores muy mayores, y que no salían nunca, los observaban a cada instante desde su corredorcito de madera, hasta que aquella tarde, los dos hombres cruzaron un par de palabras: –Su hijo va a ser poeta –dijo el mayor. El joven se detuvo, como si no hubiera entendido. Y reaccionó a la defensiva: –¿Entonces, según usted, va a ser un pobre iluso? El mayor respondió, sonriente: –Eso es lo que todo el mundo cree, pero aquí está usted para dar fe de que es lo contrario… –¿Y cómo voy a hacerlo? –Dejándolo estar, respetando sus manuscritos.

1960

La ciudad despertaba, esta vez con una cierta aura de destino. Él era aún un colegial que hacía el tránsito cotidiano, cuatro veces a día, mañana y tarde, en las camionetas del transporte público de la Ruta 2. Era sábado, y muy temprano se alistó para ir hacia la estación central del ferrocarril de la IRCA, que tomaba para llegar a Las Cañas, un poco más allá de Apopa. Pero hoy, en vez de tomar rumbo hacia la estación, se fue a un pequeño comedor que estaba en las inmediaciones de la Iglesia de San Francisco, casi esquina opuesta a la refresquería «Bambi». Cuando le preguntaron si quería desayunar, él se quedó en suspenso. El mesero hizo un gesto de indiferencia. De repente repicó una campana. Él lo sintió como un llamado. Se levantó y salió. Desde ese momento, nadie volvió a saber de él, aunque él, como siempre, andaba por sus mismos sitios.

1970

Fue el 1 de enero cuando conoció a Elisa, que era la hija menor de un matrimonio de acababa de llegar a vivir a la colonia. El padre era ingeniero y la madre era enfermera. Se vieron en una cenita de Año Nuevo que había organizado, como todos los años, uno de los vecinos más sociables del lugar a quien llamaban San Valentín. En la mesa estaban apiñadas unas veinte personas, sobre todo mayores, y quizás por eso sentaron juntos a Elisa y a él, los jóvenes, que por la apretazón de los asientos se rozaban piernas y brazos. Como no se conocían personalmente, les tardó atreverse a hablarse. «Por fin te encuentro», dijo él sin pensarlo. «Yo en cuanto te vi me di cuenta». Aquellas dos sencillas frases se les volvieron un nudo de luz en las conciencias. En eso se levantó el anfitrión, y antes de que hablara los dos jóvenes expresaron en alta voz: «¡Gracias, San Valentín!»

1980

A lo lejos se oían los intermitentes estallidos de las ráfagas que se iban volviendo cada vez más comunes, sobre todo en las noches. Aunque muchos aún lo dudaban, la contienda bélica estaba ya en el terreno. Su esposa era incrédula por excelencia, y cada vez que oía alguno de aquellos rafagueos decía la misma frase: «Qué bromistas son los guerrilleros». Él no respondía nada, porque sabía que era inútil; pero en su interior la guerra iba tomando espacios anímicos. Hasta que aquella noche una bomba explotó sobre su terraza. Ella, que ya se hallaba acostada para dormir, saltó con sobresalto: «¡Dios mío, esto sí de veras es en serio!». Y él, que se encontraba en aquel instante haciéndole su rezo cotidiano a la Virgen de Guadalupe frente a una imagen sobre la consola, reaccióno con cierta picardía: «¡Qué bromistas son los guerrilleros!»

1990

Era hora de volver. París, como siempre, a la espera con sus mejores galas. Desde la misma ventana del hotel Splendid donde había estado tantas veces antes observó hoy una perspectiva totalmente nueva; y eso le hizo pensar que se hallaba de veras en otra época, pero una época estrictamente personal. Era el París otoñal de siempre, con todos los árboles en actitud de sacrificio y todas las nubes a la expectativa. París lo recibió con una llovizna casi irreal. Sin pensarlo ni un instante, salió de inmediato después de ubicar su equipaje, y el aire húmedo lo envolvió con su mejor caricia. Entonces, un aleteo del aire le trajo un mensaje inconfundible: «Estás en casa, pero tienes que descansar unas horas antes de reconocer al amor de tu vida…» Así lo hizo, y cuando despertó la tenía a ella enfrente, sonriéndole. Misión cumplida.

2000

Ahora, su maestro más virtuoso y eficiente era el jardín que los rodeaba tanto de día como de noche. Y lo más original de aquel jardín era que respondía a diario al estado de ánimo de la pareja que lo habitaba. Porque ellos, en verdad, aunque pernoctaban en las habitaciones de la casa, vivían realmente entre las plantas y los árboles que estaban alrededor. Por eso aquella mañana de sol apenas perceptible se fueron, por un impulso espontáneo, a buscar un sitio entre las hojas y los pájaros, que los recibieron con la naturalidad de los amigos más afines. «¿Te has dado cuenta de la fecha que es?», le preguntó él a ella sin énfasis. «»Sí, el primer día del Tercer Milenio». «Entonces, recibámoslo acostados sobre la hierba». Ella se reclinó junto a él, extendiendo su cuerpo. Y en ese mismo instante el jardín los envolvió, dándoles la bienvenida.

2010

Eran excursionistas por naturaleza, y los fines de semana los dedicaban a ir por cerros, montañas y lagos a descubrir sitios insospechados, con la ventaja de que el repertorio de búsquedas nunca se agotaba, porque siempre había algo nuevo en algún rincón. Aquel sábado casi todos los asiduos estaban indispuestos o tenían algo especial que hacer; y sólo ellos tres se reunieron en el lugar acostumbrado, a la hora usual. «¿No será esta una señal de que esta vez tenemos que ir al encuentro de otro destino?» «¿Por ejemplo?», preguntó el otro presente. Y el tercero se adelantó: «¡Vamos a la cantina más antigua de la ciudad!» «El Ciervo Azul, ¿verdad? ¿Se acuerdan cuando éramos adolescentes?» Risa general. A la mañana siguiente, cada quien en su casa y en su cama, los tres celebraban su excursión nocturna por el bosque de la memoria…

2020

Se asomó a la ventana y lo único que se le ocurrió en ese instante fue preguntarse: «¿Qué le está pasando al clima, que cada día se vuelve más díscolo?» Y al sólo decirlo, la claridad emergente del día se envolvió de pronto en una nebulosidad que anunciaba tormenta inminente. Pasaron varios minutos, y nada, sólo había sido el presagio caprichoso. Él hizo un gesto de desdén. «Ya ven: el clima se ha vuelto bromista sin gracia, y lo mejor es que no le hagamos caso». Una llovizna apenas perceptible fue la respuesta del aire. Así pasaron algunos minutos, como si el clima, retado por aquella pregunta, estuviera elucubrando una respuesta pertinente. Y, de súbito, se vino un aluvión de ráfagas, que lo lleno todo de presagios torrenciales. Y en medio de aquella borrasca pudo oírse una advertencia: «Y esperen lo mejor, que será una pandemia que nadie ha imaginado, jajá»…

Y NO MÁS DE UNA LÍNEA (5)

NOS URGE RECORDAR

Cuando oímos los pájaros antes de que amanezca, volvemos de inmediato a la primera aurora.

UN DESTELLO FUGAZ

Es el que se hace presente mientras la eternidad espera turno.

UNA ESQUINA CUALQUIERA

Punto de encuentro ente el olvido y la memoria.

JUAN CARLOS I

Acabó como todos los reyes de esta época: huyendo de sí mismo.

ANTES DEL ALBA

El sol arrodillado pide fuerzas celestes para sobrellevar un día más.

MEDITERRÁNEO EN PAUSA

Los veleros están aprendiendo por fin a veranear.

AUDIENCIA ABIERTA

Al nomás amanecer todas las nubes de los alrededores se juntan a planificar su jornada.

AQUEL AMATE ETERNO

Sigue ahí donde lo dejé cuando no volví a aquella calle: en el centro de mi conciencia.

LOS AÑOS NUNCA PASAN

Si uno tiene la disciplina atávica de irlos guardando en la gaveta de la nostalgia.

PUNTO DE EMPALME

Igual que la tierra, la vida padece manía circular.

ORACIÓN DE PANDEMIA

Señor, que los días regresen a su ritmo sin exigirnos recompensas.

HOY SERÁ EL FIN DEL MUNDO

¿Pero de qué mundo? Del que escapará asustado por las muecas macabras del coronavirus.

MISIÓN LABORAL

Necesitamos empleo, pero sin regresar a la época de los insomnios medievales.

ERA DE LOS DESCUBRIMIENTOS

Antes era descubrir playas desconocidas; hoy es descubrir galaxias imaginarias.

DOBLE FUNCIÓN

La esperanza desaparece al primer gesto, pero regresa a la primera mirada.

EL INFINITO ESTÁ AQUÍ

Donde los juegos de la luz dejan de interrumpirnos.

DESPERDICIO DE FRUTAS

Ocurrió en el Paraíso cuando los moradores originarios escaparon.

UN RAYO DE SOL

Es lo único que necesitamos para tener el valor de entreabrir la ventana.

EL BUEN SAMARITANO

Nunca sonríe pero siempre extiende la mano.

NORMA GLOBAL

Todos los lagos del mundo se quejan de dificultades para respirar.

LA VIRTUD SUPERIOR

La tienen los que se olvidan de ellos mismos para que los demás los recuerden.

CUANDO LA NOSTALGIA HABLA

Todas las arboledas de los alrededores entran en éxtasis.

ARTE MAYOR

Es el de sobreponerse sin angustia a las pruebas no superadas.

ENTENDÁMOSLO POR FIN

Cada estación del año tiene su propia forma de respirar.

AUSENCIA DE CORTINAS

Es lo que caracteriza al mundo de nuestros días.

COSAS DEL TIEMPO

En la ONU de estos años, las primeras que piden la palabra son las sillas vacías.

PRUEBA DE RESISTENCIA

Olivia de Havilland vivió 104 años para demostrar que el viento no se lo lleva todo.

PUNTO CRUCIAL

La principal víctima de nuestra era es el misterio.

ESO SE ACABÓ

En épocas pasadas los siglos andaban vestidos como personajes de tragedia clásica.

TERTULIA MATUTINA

Es la de los desvelados que han perdido la noción del tiempo.

Y NO MÁS DE UNA LÍNEA (4)

ESPEJISMO HÚMEDO

Es lo que más se agradece en mitad del desierto.

LA NOCHE SE DUERME

Y entonces las ventanas sonríen liberadas.

MISIÓN DE ARDILLA

Todas las ramas del granado la aguardan a diario para volar sin fin.

REGALO DE LA LUZ

El calendario abierto con la anuencia del Sol.

LO DICE ALGÚN LATIDO

Que algún día podremos recorrer las venas del espíritu.

MAÑANA HABRÁ SOLSTICIO

Las nubes se reúnen en coro para ensayar la bienvenida.

ALMA DE ALDEA

La tenemos todos los que nacimos al lado de un camino de polvo.

UN PAISAJE OLVIDADO

Siempre estará esperándonos a la vuelta del tiempo.

DOMINGO EN CUARENTENA

Todos los otros días de la semana van bostezando en torno.

CIERRE DE ESTACIÓN

Y uno se queda preguntando: ¿Dónde quedó la llave?

AGRADEZCÁMOSLE A LA LUZ

Que sea como sea siempre estará presente.

EL COMENSAL DESCALZO

Es quizás un anónimo enviado de los dioses.

ESTA CALLE ES LA MÍA

Y lo sé porque en ella mis pasos siempre son ecos.

HORA DEL ÁNGELUS

Todos los árboles de los alrededores hacen a diario el gesto de arrodillarse.

SI NO HUBIERA NOSTALGIA

Seríamos autómatas del mañana invisible.

CUANDO HABLA LA LITURGIA

Las voces superiores se quedan en silencio.

HOLA, PEDRO INFANTE

Te fuiste muy pronto, pero tu voz y tus canciones siguen como si nada.

JARDÍN SIN PÁJAROS

Es como iglesia sin imágenes.

¿Y TÚ DE DÓNDE ERES?

Eso le preguntaban al padre Adán los fantasmas que hallaba en el camino.

MILAGRO DE ESPESURA

Se forja cada día mientras los árboles vecinos lo permitan.

ELA FICCIÓN YA NO ES VIRGEN

Y cada día tenemos más sospechas fundadas de que nunca lo fue.

ITINERARIO IMPÁVIDO

Del vientre de la madre al vientre de la tierra: todo principio y todo final están desnudos.

EL QUE QUIERA UNA VIDA FÉRTIL

Tiene que dedicarse a jardinear entre sus vivencias.

AQUELLOS AÑOS CINCUENTA

Vistos desde ahora parecen una prehistoria en tecnicolor.

BENGALURU AL ATARDECER

El jardín se inclina frente al tempo y deja volar su imaginación astral.

DESHIELOS ACTUALES

Al fin nos estamos dando cuenta de que el hielo también es vida.

EL RIESGO GLOBAL

Es que la Globalización nos vuelva adictos a caminar en círculo.

INDIGENTES ANÓNIMOS

Al fin lo somos todos, independientemente de las vestiduras que inventemos.

ES LO DE SIEMPRE

El año ya va en descolgada, y cada día encuentra menos ramas a las que asirse.

TENGAMOS FE

Lo que llamamos muerte es sólo una visión pesimista de la transfiguración de la vida.

ENCIERRO LIBERADOR

ENCIERRO LIBERADOR

–Somos bienaventurados, ¿verdad?

–Pues yo no sé lo que significa eso, pero lo que sí sé es que me siento cada vez más ventilado por dentro…

–¡Lo que acabas de decir es lo máximo que puede sentirse en la vida, y sobre todo en esto que llamamos el diario vivir! Y más ahora cuando hay tantas adversidades circulando por los alrededores.

–Entonces, vamos a divertirnos un rato para gozar del aire que nos da tan buen servicio, aunque la atmósfera esté tan cargada.

–¿Y a dónde quieres ir?

–A la cantina más penumbrosa que esté a la mano. Un poco de neblina puede permitirnos jugar al escondelero. ¿Qué te parece, jajá?

–Pero en una cantina como la que describes no se puede gozar del aire.

–¿Quién dice?

–Es que en esos lugares el aire siempre está contaminado…

–¿Contaminado? ¿Y dónde no?

–Ah, pues entonces vamos. Y si respiramos humo, Dios proveerá.

–No te preocupes, nena, porque el humo es obra nuestra, y por eso con él siempre sentirnos más en confianza.

LO QUE DICE EL AMATE

El camión cargado de unos cuantos muebles y de algunos utensilios de casa avanzó por la calle de polvo y piedra, que además de sinuosa era peligrosamente irregular. Iba dando tumbos, y tanto el conductor como los dos pasajeros se balanceaban al ritmo de los desniveles del terreno, pese a las maniobras para esquivarlos.

–Ya vamos a llegar, ¿verdá?

–Allá está, mire, en aquel cerrito que se ve adelante –dijo el que conducía, que evidentemente tenía perfecto conocimiento de los entornos, porque ese era su trabajo.

Los dos pasajeros sonrieron, aliviados. Ese sería su destino de ahí hasta el futuro, y tal convicción les hacía sentir que estaban a punto de emprender la verdadera ruta de sus vidas, pese a las rústicas peculiaridades del ambiente.

Cuando estuvieron muy cerca de llegar al sitio indicado, ambos se miraron intensamente a los ojos, como si quisieran reconocerse hasta la profundidad de sus respectivas identidades. Las palabras estaban de más, porque todas las evidencias que les rodeaban eran lo suficientemente vívidas para hablar sin reservas. Entonces se tomaron las manos, que tenían el calorcito sutil de lo anhelado desde la máxima hondura de los sentimientos.

El vehículo se detuvo, y el conductor hizo el gesto de haber concluido su faena:

–Están en casa, señores –les dijo, abriendo la puerta delantera para salir a iniciar el traslado de la carga hacia el interior de aquella especie de galpón que no tenía nada de albergue hogareño.

Ellos se quedaron expectantes, sin moverse. Él se bajó, listo para la descarga, como si reconociera como normal aquella actitud expectante. Luego de unos minutos se les acercó:

–Si buscan alguna comprobación de que estamos en el lugar convenido, pueden preguntárselo al guardián que está ahí.

Ellos giraron la vista hacia el rumbo que se les indicaba. Y lo que había enfrente era un antiguo amate, con la frondosidad propia de su estirpe. Sin decir más, salieron hacia él. Al llegar junto a él se oyeron voces, que no alcanzaban a distinguirse. Cuando volvieron, las expresiones de ambos eran distendidas y casi gozosas. Se dirigieron hacia adentro. El conductor los esperaba en la puerta:

–No se preocupen por el pago: ya lo recibí.

Ellos lo miraron con desconcierto.

–Mi contratista lo dispuso así –y lo dijo dirigiendo la mirada hacia el amate vecino.

Ellos, sorprendidos, empezaron a sentir que todo aquello era cosa de la Providencia natural.

REGRESO ANÓNIMO

Se fue como «mojado», al estilo de antes. Ya no era muy joven, y el impulso de emigrar le surgió de las cada vez más complicadas dificultades para allegarse lo necesario para sostener a su familia inmediata, con mujer y tres niños, el menor de los cuales ni siquiera había cumplido su primer año de vida. Y así él se unía a la caravana creciente de los que se iban al Norte en busca de oportunidades, que con frecuencia no llegaban a tales pero sí representaban sacrificios.

Y para él el principal de los sacrificios era la soledad diurna y nocturna, que lo atería a cada instante. Sin proponérselo fue a instalarse en una aislada comunidad en la zona de Nueva York, quizás con la ilusión de tener mejor acceso a ocupaciones que le proveyeran sustento y le habilitaran remesas. Pero nada de eso cuajó con la rapidez que él imaginara. Un par de años habían transcurrido, y su ocupación seguía siendo limpiar jardines y traspatios de viviendas orilladas, y por consiguiente sus ingresos seguían siendo mínimos y no se veían formas de mejorar. Apenas le alcanzaban para lo elemental. Y de remesas, ni hablar.

Entonces se enfrentó cara a cara con el dilema: hacer todo lo necesario para que su familia inmediata pudiera cruzar con todo y lo peligroso que era o decidirse a regresar él con todo lo desanimador que pudiera ser. Bueno, si se decidía por esta última opción al menos tendría el aliciente de volver a su aire, a sus nubarrones, a los frescos amaneceres, a sus cuartos con olor a familia agrupada, a sus veredas arboladas, a sus cantinas entre iguales…

Y las sensaciones le fueron ganando la voluntad. Hizo los conectes necesarios, y sin dar ningún aviso, cogió camino. Contra todo lo que hubiera esperado, fue más difícil regresar que arribar; y después de un montón de aventuras polvorientas y de amenazas acechantes se encontró en la vereda que llevaba a su cantón.

Lo primero que sintió fue la sensación de hallarse en un lugar desconocido. La vereda era hoy una calle pavimentada, y los terrenos circundantes estaban privados de arboledas. Allá al fondo, lo visible eran construcciones concluidas o en proceso. ¿Qué había pasado? En ese instante pasó junto a él un antiguo conocido:

–¿Quihubo, Lencho, ya regresaste?

–Sí, ¿pero aquí qué pasó?

–Todos vendimos los terrenos con sus casitas, y nos dieron buena lana… ¿No te contó tu mujer? Porque a ella se lo dejaste, ¿verdá?

Se alejó, sin responder. Ahora entendía todos los silencios. Y sin pensarlo más emprendió el otro regreso, pero esta vez como una sombra más.

LITURGIA PARA APRENDICES

Estaba atardeciendo, y el cielo, como todas las tardes de verano, recuperaba fugazmente su primigenia condición de acuarelista. Ellos, la pareja recién formalizada como tal, iban caminando con ánimo de vagabundeo por aquel suburbio que seguía siendo perfectamente marginal, y eso era lo que más les animaba a pasear por ahí.

De pronto ella se detuvo, como si acabara de descubrir algo muy especial:

–¡Aquella casita, mirá! ¿No era donde vivían tus abuelos, de los que todo el mundo decía que eran brujos?

–¿Brujos? Jamás oí eso –reaccionó él con risas.

Continuaron avanzando y ya estaban por internarse en una arboleda. Fue él entonces el que se detuvo:

–¡Mira: por aquí te internabas tú cuando te creías Blanca Nieves!

–¿Yo? Nunca creí semejante cosa… –negó, casi con enfado.

Ambos se quedaron en silencio, ya cuando los ramajes estaban a punto de envolverlos.

–¿Seguimos o regresamos? –preguntó él, como si quisiera abarcar muchos sentidos, diversos como las acuarelas del cielo abierto.

–¿Y cuál es la diferencia? Los enigmas siempre van a estar ahí.

–Es cierto. Cada quien tiene los suyos… Y a eso no escapan ni los caminos, ni las nubes, ni las arboledas…

–Entonces, una arboleda más o una arboleda menos, ¿qué importan?

–Así como un brujo más o un cuento de hadas menos, ¿qué significan?

–Sigamos, pues, a revivir nuestro próximo enigma…

–¡Ojalá sea el amor! –exclamaron ambos.

ME LO CONTÓ CLAUDIA

ME LO CONTÓ CLAUDIA

La pequeña sala no tenía nada de original, como si los muebles hubieran sido adquiridos en una tienda de antigüedades anónimas. Era sin duda su sitio favorito, sobre todo para los encuentros de los sábados por la tarde, cuando recibía visitantes armoniosos, que llegaban en busca de recibir testimonios vividos.

Aquella tarde, él le anunció su llegada por la vía de siempre: una breve llamada por el teléfono fijo, que era por entonces el único que existía. Ella lo estaba recibiendo con su sonrisa reservada.

–¿De qué quieres que hablemos hoy, muchacho? –le preguntó ya con los dos vasos de limonada tibia en las manos.

–De ella, porque su cumpleaños llegaba justamente este día…

–Ah, 21 de noviembre. Es como si hubiera sido ayer. En Armenia reinaba la brisa fresca, y míster Richard, el padre de Lilliam, andaba por los alrededores, gozando de la intemperie. Sería la única vez que estaría en el lugar, porque su regreso a Nuevo México ya estaba programado, y el barco no tardía en arribar a puerto…

–¿Cómo era don Richard?

–Germánico. Se parecía a ti. Lástima que no llegaste a conocerlo.

–Entonces no le debe haber simpatizado Héctor, el dentista de Armenia, de quien Lilliam se prendó y con quien acabó casándose…

–Uy, no. Míster Richard se fue sin decir palabra. Lilliam lo miraba desde su ventana en nuestra casa, y nunca lo volvió a ver.

–¿Y usted estuvo en la boda de Héctor y Lilliam? –Sí, les dediqué un soneto. ¿Quieres oirlo?

Él asintió, sonriendo. Claudia alcanzó un cuaderno de manuscritos antiguos y empezó a leer. Cuando concluyó, él tenía los ojos húmedos.

–¿Te emocionaste, verdad? Puedes llorar si quieres, porque estamos en confianza. Lilliam nos observa desde allá, mira: desde aquella ventana en la casita que está sobre la colina de enfrente. Ese es hoy su refugio, y este día espera que lleguemos a desearle feliz eternidad. ¿Vamos?

HORA DE DESPERTAR

La claridad matutina iba ya colándose por todas las rendijas disponibles, y no era necesario acudir al auxilio del reloj para saber que el día muy pronto estaría a la puerta. Sin embargo, lo curioso de aquel amanecer era que los pájaros de siempre, que celebraban sin falta la presencia de la luz en el aire, se hallaban esa vez en silencio de cariz sacramental.

–¡Arriba, muchacho, ya es hora de levantarse! –ordenó la voz maternal desde la puerta entreabierta, haciendo que él se revolviera entre la colcha cálida, que aún tenía olor a polvo.

Al instante, el aludido estaba de nuevo totalmente privado, y la figura femenina empujó la puerta y entró. Se inclinó sobre él, y al verlo íntimamente aferrado a su almohada un gesto de ternura que no era tan usual en ella le envolvió el rostro. No tuvo el valor de repetir la orden imperativa de hacía unos segundos y sólo hizo con la mano una señal que parecía el inicio de un rito. Luego susurro, con un tono de voz que parecía de otra persona:

–Si necesitas seguir descansando, hazlo. Voy a estar pendiente del momento en que quieras incorporarte. Eso también me hace feliz.

Entre las rendijas de los sencillos cortinajes se empezó a notar que la luminosidad creciente iba alejándose a campo abierto; pero en contraste los pájaros ausentes ya se estaban haciendo oír con impulsos evidentemente celebratorios.

Cualquiera hubiera podido preguntarse: ¿Será que está volviendo la noche? Y sólo la insinuación de esa pregunta hizo que el durmiente se agitara en el lecho rústico, como si de repente se sintiera responsable de la ausencia de la luz. Se incorporó, sin levantarse, y eso bastó para que todo el entorno se animara jubilosamente: la claridad empezó a volver, el aire retornó con ansias amigables, y ella volvió a asomarse por la puerta entreabierta:

–¡Levántate, pues, muchacho, que es hora de resucitar entre los sueños, así como resucitaste entre los muertos! Ahí te aguarda, afuera, la vida natural, y de tu ejemplo depende que este despertar deje de ser milagro y se convierta en promesa…

EL HORIZONTE NOS ESPERA

–Bueno, pero aquí nosotros no tenemos horizonte, sólo muros alrededor.

–Tú escogiste nuestra casa, en la que según tus propias palabras viviríamos para siempre…

–Es que tú estabas dedicada fervorosamente a los preparativos de la boda…

–Pero ni siquiera me contaste cuáles eran las opciones y cuál sería tu decisión.

–Entonces, ¿me equivoqué?

–No estoy diciendo eso, sino recordándote que fuiste tú el que dejaste fuera al horizonte.

–¿Qué me quieres decir, pues?

–Que en este encierro estamos más distantes que nunca.

–¡Dios mío, parece una sentencia! ¡Tengo que apelarla de inmediato!

–¿Ante quién?

–Pues ante el único tribunal disponible: el Tribunal del Aire y de la Luz, que es único capaz de apartar los muros para que el horizonte reaparezca.

–¿Y cómo es que no te habías dado cuenta en todos estos años transcurridos?

–Porque algo internamente se me ha estado incubando como ilusión migratoria. El horizonte empezó a llamarme a través de los obstáculos de piedra. Y ahora es tiempo de que eso lo sintamos juntos, para preparar de inmediato nuestra renovación de votos al aire libre y con los caminos abiertos a disposición. ¡Hoy seré yo el que se dedique fervorosamente a los preparativos de la boda liberadora! ¡Aleluya!

EN BUENA RUTA

Desde que tenía memoria, siempre había estado al tanto de que en el lugar había presencias que no tenían identidad reconocible, pero que él nunca tomó como amenazas en cierne, sino que más bien las llegó a sentir como compañía acogedora. Y eso era así quizás porque jamás tuvo temor de lo desconocido, de seguro porque en ningún momento se planteó lo desconocido como algo cotidiano, sino apenas como algo que sólo estaba presente en los libros.

En la medida que crecía, sin embargo, los sentimientos emergentes le iban poniendo enfrente enigmas por descifrar, y eso lo tenía crecientemente en ascuas.

Aquella mañana, un soplo de brisa húmeda estaba animándolo a quedarse en casa, aunque en el instituto donde cursaba su último año de bachillerato las labores de aula llenaban el horario.

La disyuntiva le hizo asomarse a la pequeña terraza que daba a un espacio arbolado a medias, muchos pisos más abajo. Se apoyó en la baranda y entrecerró los ojos aún adormecidos. La brisa húmeda seguía jugueteando entre las ramas. Y él, de pronto, tuvo la tentación de volar. Tentación peligrosa e irrealizable. En ese preciso momento algo apareció abajo. Sí, era otra vez la joven que había conocido en el sueño y que ahora se presentaba por primera vez en la vigilia.

–¿Eres tú, verdad? –susurró, pese a que la distancia entre él y la presencia era de muchos metros.

La joven sólo tuvo una tímida reacción: alzar el rostro hacia donde él se asomaba, y así pudo él contemplarla por primera vez a la luz del día, aunque fuera en una luz casi penumbrosa.

–¿Me reconoces, no es cierto? –insistió él en voz más alta. –Si es así, házmelo sentir por cualquier medio que quieras. Con eso me harás un ser afortunado…

Ella, entonces, pareció recogerse en sí misma, acaso temerosa de lo que podía venir.

–No te aflijas –trató de reconfortarla él, inclinándose todavía más, ya casi a punto de saltar.

Ella, ante tal impulso, se animó a responderle:

–Lo que quiero es que te sientas tranquilo, como hemos estado siempre en el sueño… ¡Tranquilo y confiado, porque estamos juntos!

–Te oigo como si estuvieras aquí, a mi lado, y eso parece un milagro sencillo pero real.

–Ah, pues entonces ya podemos entendernos por completo. Nos encontramos en el mismo plano, y eso es como estar abrazados todo el tiempo…

–¿Y ahora, qué hacemos?

–Caminemos por la arboleda.

–Ha sido lo que siempre anhelamos, ¿verdad?

Y en ese justo instante, algo como una fuerza superior, quizás con vocación sobrenatural, los envolvió a ambos, haciendo que de pronto estuvieran uno a la par del otro, listos para avanzar entre los árboles con ruta desconocida.

Los árboles eran escasos, pero ellos avanzaban como si lo hicieran entre una espesura creciente. Ya no eran visibles desde ninguna perspectiva. ¡Libertad total!

INSTANTÁNEAS DEL VERBO APASIONADO

VISIÓN SUPERIOR

«Quiero ver», dijo un ciego; y entonces él se convirtió en el único que pudo verlo absolutamente todo.

UNA VERDAD SIN MÁS

La ingratitud está graficada en aquel dicho de origen chino: Cruzar el río y destruir el puente. Tengámoslo presente cada día antes de llegar a la orilla.

PARA QUE NADIE OLVIDE

El día acaba de empezar y yo le sigo la corriente. Si no lo hiciera, me quedaría inmóvil como una imagen de alguna otra eternidad,

PARÍS, 1957

Noviembre 11. Los desfiles abundan. Pero yo, adolescente impávido, lo que quiero es descubrir una pequeña calle sin salida.

NO HAY FRONTERA FELIZ

Cada mañana tomemos sin reservas la mejor decisión de todas: cruzar todos los puentes aunque los ríos sean invisibles.

LA PRINCIPAL SOSPECHA

Desde que el mundo es mundo nadie ha podido constatar que el Creador del Universo formalizara sus derechos de autor. Y nosotros aquí, sin nada que nos avale.

LA HORA CERO

Es cada una de las horas que nos toca vivir, y menos mal que lo olvidamos constantemente.

LOS CAMINOS DE ENTONCES

Eran sendas de polvo que conducían hacia las arboledas y hacia los riachuelos sin preguntarnos hacia dónde nos dirigíamos.

LOS PRIMEROS EN LLEGAR

Serán los últimos en volver porque esa es la lógica elemental e invariable de los impulsos humanos.

¿Y TÚ DE DÓNDE VIENES?

Del mar, como todos los descendientes de emigrantes; y lo demuestro con mi devoción por las orillas olvidadas.

AYER, CUANDO AMANECÍA

Me asomé a mi ventana sin abrirla, y las estrellas, que estaban despidiéndose, me recordaron sin palabras que se irían sin desaparecer.

TORMENTA EN CIERNES

¿Cuál tormenta en este cielo resplandeciente? La que siempre inventamos para no sentirnos hijos de dominio del espacio abierto…

LOS OTROS VELÁMENES

Son los que están allá, al final del muelle imaginario desde el cual zarparemos algún día.

ES UN JUEGO DE AZAR

Aunque nos obstinemos en imaginar que esta cadena de minutos es la mejor obra del ingenio creador.

ACEPTÉMOSLO SIN CHISTAR

El Destino siempre nos habla; pero el problema es que con gran frecuencia nos envía mensajes en lenguas.

ODISEA PROFUNDA

Nuestras neuronas nos recorren de un extremo a otro –norte, sur, este y oeste–, pero nunca falta ese resuello que las despista hasta dejarnos en control.

NATURALEZA ÍNTIMA

Somos sujetos de ida y vuelta: cada día nos movemos en un péndulo que nunca hemos podido identificar y mucho menos controlar.

ESTAMOS EN CRISIS, ¿VERDAD?

Preguntárselo es válido, siempre que eso no desate el torbellino de las interrogaciones sin respuesta.

EL ÁNGEL DE LA GUARDA

Si nos lo proponemos, él se hará presente cada vez que los escombros acumulados estén a punto de llenar las estancias de la conciencia.

TERTULIA INGRÁVIDA

Llegamos los de siempre, y luego de una jornada de rememoraciones inesperadas, nos despedimos los de nunca.

ALAS PARA DESCANSAR

Después de tanto tiempo de vivir acompañados por el aire ya estamos listos para saber que las alas son más necesarias en el reposo que en el vuelo.

UN JUEGO IMAGINARIO

Cuando la Providencia quiere hacernos sentir que siempre está a nuestra disposición, se asoma al armario más próximo y saca a relucir las vestimentas originarias.

PRIMER ALBOR

Cada vez que asoma, la oscuridad en la que dormimos nos mira a los ojos, como si estuviera pidiéndonos cuentas.

APARECE EL COMETA

Y todos los ramajes de los alrededores se reúnen para darle la bienvenida a su consejero más confiable.

REFUGIO PARISINO

Nunca he vuelto a encontrarlo en mis viajes, y eso me hace empezar a entender que se ha trasladado a algún lugar de mi conciencia.

REVELACIÓN PANDÉMICA

Hoy podemos sentirlo a plenitud: nuestros primeros maestros en el arte de la cuarentena fueron ellos, Eva y Adán.

EL SOL DESCALZO

EL SOL DESCALZO

No tenía necesidad de abrir la ventana de su cuarto, porque lo que ahí había era un hueco informe en la improvisada pared de madera carcomida por el tiempo. En verdad, aquello no era una vivienda que mereciera el nombre de tal, sino apenas un espacio que mostraba todas las características de haber sido la invención casi agónica de un indigente que no quería despedirse de este mundo a la intemperie.

Afuera, el aire parecía divagar con un estilo desconocido, escapando de los espacios abiertos y notoriamente en busca de refugios entre los árboles o en los ámbitos habitados. Y cuando él se asomó por el hueco de la ventana, lo que recibió de inmediato fue un soplo de amigable comunicación, que traía consigo algún olor natural recogido de seguro muy lejos de ahí. No pudo contener el impulso:

–Gracias, amigo, porque vienes a hacerme compañía.

Entonces el soplo pareció tomar forma, ya incorporado al sencillísimo plano hogareño. Y él descubrió que era una imagen de interioridad resplandeciente con un atuendo inidentificable y los pies desnudos.

PASIÓN DE LEJANÍA

Aquel amanecer, su despertar fue como hallarse de repente en un espacio totalmente desconocido. No era la primera vez que lo sentía así, pero en esta ocasión todo le parecía como si hubiera perdido de repente los indicios de orientación y se hallara en una especie de limbo emocional, sin coberturas protectoras a la mano. Alguien tocó levemente a la puerta de su cuarto de dormir, y él, como todos los días, entendió de inmediato el mensaje: el desayuno estaba servido, y en esa oportunidad no se había incorporado a tiempo para tomar su ducha habitual y fugaz de agua casi caliente.

Salió al comedor, que quedaba inmediato a su cuarto, porque en verdad la vivienda no daba para ningún distanciamiento. Ya estaban ahí, a la mesa, sus padres y sus dos hermanos menores. Y luego de los saludos de ritual, el padre le preguntó haciendo que las palabras brotaran entre la maleza del bigote espeso y de la barba tupida:

–¿Ya tomaste la decisión que me anunciaste ayer?

Todos, sin dar señales explícitas, se hallaban a la expectativa. Él aspiró y respondió:

–Sí, ya sé lo que voy a hacer: me voy de aquí para siempre.

–¿Es que algo te hemos hecho, hijo, o en algo te hemos fallado? –le preguntó la madre, conmovida.

–No, no son ustedes, soy yo. No puedo quedarme en el lugar donde nací. Y más ahora que tengo que definir mi vida cuando mi educación media está por concluir. Debo ir a probar y a recorrer mis lejanías soñadas. No sé dónde ni cómo. Llevo ilusión de migrante, como tantos otros. Sólo que yo no lo hago por necesidad sino por vocación. ¿Entienden?

CRUCE DE ENSUEÑOS

Fidelio era un joven emocionalmente montañoso y abrupto, que paradójicamente había ido evolucionando hacia una llanura de sentimientos en cuyo centro se alzaba una ermita con imágenes inefables. A los que lo conocían bien les resultaba cada vez más difícil identificarlo ahora con lo que conocían de él. Se hallaba evidentemente a la expectativa de sí mismo, sin dar ninguna señal externa de ello, con todos sus poderes interiores a la expectativa.

Entonces apareció Miroslava, que venía de alguna remota comarca ubicada al otro lado del mar, y cuando Fidelio la tuvo enfrente sin que ella diera a conocer qué la había llevado hasta él, fue como si se abriera un portón insospechado hacia lo que de seguro él había guardado como expectativa silenciosa desde siempre.

–Hola, mi amor –lo saludó ella, como si fueran remotos conocidos–. Vengo a responder a tu llamado.

Él se quedó inmóvil, como si se hallara ante una presencia sobrenatural.

–Sí, eso soy, Fidelio. Me envía tu anhelo más profundo. ¡Vámonos a recorrer los mundos que soñamos, y después nos recluimos en la cabaña más próxima al más allá! ¿Te animas?

MEMORÁNDUM DE CLAN

Cuando los tres hijos de aquel matrimonio que se había dado de pronto, como si una fuerza interior compartida señalara la ruta, llegaron casi simultáneamente al momento de empezar a cumplir sus respectivos destinos, el padre sintió que aquella misma fuerza original le estaba ordenando mantener el núcleo intacto. Se lo planteó así a la madre de sus hijos, y ella asintió sin comentarios. Entonces propició una reunión de familia y ahí planteó su decisión inapelable:

–Cada uno de ustedes puede tomar el rumbo profesional que quiera, pero ninguno se irá de esta casa. Decisión tomada y comunicada.

El silencio acostumbrado fue la respuesta unánime. En los días siguientes, el ambiente familiar se mantuvo intacto, como si ninguno de los que formaban parte de él albergara algún anhelo de rebeldía. Se miraban cautelosamente entre sí, según era su forma habitual de hacerlo, y quizás sólo alguien que portara una lupa de poder excepcional habría podido detectar un rasgo diferenciador en las actitudes compartidas. Pero…

Y en ese pero estuvo la clave. Contra lo que cualquiera hubiese podido imaginar, la ruptura del círculo perfecto se produjo sin anuncio por la parte más fuerte del enlace.

Una mañana, él ya no estaba ahí. Jamás había pasado. Desapareció sin dejar rastro. ¡Era el padre! Todos se miraron penetrantemente, como si quisieran reconocerse de veras. Él siempre había dado la pauta. Era el jefe absoluto del clan.

Y así se fue desgranando la mazorca. Y la última en esfumarse fue la madre. La casa quedó vacía, como un castillo abandonado. Los nuevos fantasmas podían tomar posesión de él, siempre que lo hicieran con voluntad y obediencia de clan.

SOLIDARIDAD NATURAL

–¡Tenemos hambre! ¡Tenemos hambre! ¡Tenemos hambre!

Era el reclamo vociferante de las pequeñas multitudes que se aglomeraban en las esquinas como si los pocos transeúntes motorizados pudieran responder de inmediato al grito que envolvía una petición ansiosa. Y las improvisadas banderas blancas ondeaban queriendo quizás subir en el aire hasta encontrar algún predio invisible donde hubiera oídos dispuestos. Así las cosas, arriba, en las profundidades del cielo abierto, se estaba fraguando otra tormenta: la que venía con ráfagas líquidas y con estallidos sonoros.

De pronto, y como si se sumara a la urgente demanda, la lluvia se abalanzó tal si quisiera inundarlo todo. En unos instantes todo se halla totalmente empapado, incluyendo a los reclamantes y a sus banderas. Entonces, entre los portadores de éstas se alzó un individuo que había pasado inadvertido y que súbitamente ganaba protagonismo:

–¡Hermanos, la Naturaleza nos acompaña, vamos a su encuentro!

Como si aquello hubiera sido una señal superior, la lluvia furiosa empezó a disminuir y los presentes, sin dejar de enarbolar sus banderas blancas, tomaron camino hacia las alturas vecinas. Ahí les aguardaba otra multitud subida en carrozas antiguas cargadas de víveres cultivados en la zona:

–¡Suban, hijos de la Tierra como todos nosotros: la fiesta del sustento nos espera!