Historias sin Cuento

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

PODER DEL FUEGO

Según las respectivas normas familiares, ellos eran muy jóvenes para tener una relación en forma, y por eso sólo se veían de reojo cuando había alguien alrededor. Pero un día de tantos, en sus casas se percataron de que algo muy raro estaba pasándoles: tenían los rostros intensamente requemados, como si hubieran estado expuestos a agresiva combustión solar. El diálogo fue igual en ambos casos:

–¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te quemaste así?

–No es nada, sólo que la hoguera que tengo adentro se salió de su escondite y me envolvió sin que pudiera evitarlo…

MEMORIA DE LA ALTURA

El sendero polvoriento iba hacia arriba, entre la espesa vegetación de arbustos que extendían sus brazos como si fueran una multitud en pose fraternal frente a cualquier presencia invisible. Por esa ruta iba un grupo de laborantes sencillos con destino directo hacia la parte más alta del terreno, donde todo estaba listo para el trabajo de cada día en esa época del año. El clima era, desde luego, el director de orquesta, con todas sus excentricidades a la mano, y el nombre de la finca cafetalera invitaba al juego de la veleidad sincronizada: La Rosa de los Vientos.

La voz del mandador se hizo oír, con el imperativo tono de siempre:

–¡Apúrense, muchachos, que los granos rojos no esperan, sobre todo cuando hay amenazas de aguacero!

Y en efecto aquella voz pareció ser una señal permisiva lanzada hacia las nubes, que se congregaron al instante y soltaron sus ráfagas líquidas como si ya no resistieran los apremios urinarios. Los cortadores corrieron a refugiarse en una galera que estaba muy cerca de ahí, y donde se guardaban antes de ser aplicados los fertilizantes y los venenos. El lugar era sombrío, y el mandador, que era experto en ese tipo de emergencias, fue a sacar unas lámparas de mano para que todos se sintieran seguros en la oscuridad. No era la primera vez que lo hacían, y por eso no había de qué asustarse.

La tormenta novembrina fue mucho más intensa de lo esperable, y todo hacía indicar que aquel año la cosecha de café sería más reducida que las de los años anteriores, cuando ya la productividad de las fincas venía en descenso por el agobio de las plagas y por las excentricidades del clima. Al amanecer del día siguiente, Romualdo, el mandador, fue a reconocer los estragos en las distintas zonas de la propiedad, desde las partes bajas que estaban a la par de la carretera pavimentada hasta los tablones que subían por las faldas del cerro.

Después llamó por teléfono al propietario de la finca para informarle de lo ocurrido. Don Eligio estaba fuera del país por algunos días, y él tenía que tomar la decisión de recolectar de inmediato los granos caídos, que formaban una alfombra purpúrea extendida hacia todos los linderos. Así lo hizo.

En los días siguientes, la atmósfera climática pareció querer entrar en contacto directo con los cultivos de estación, y el café era el más sensible de todos. Los arbustos, en cercanía fraternal, se estaban reponiendo anímicamente del embate de las aguas superiores, y eso hacía que toda aquella comunidad vegetal de brazos entrelazados fuera una invitación al encuentro fervoroso de los espíritus anhelantes de confianza inmemorial. Los cortadores con sus sacos a cuestas iban a depositarlos en el amplio patio ubicado frente a la casa patronal, que no hacía mucho había sido remodelada para que el dueño y su familia pudieran ir a pasar ahí cómodamente sus vacaciones de fin de año, recibiendo los frescos efluvios de las tierras de altura. Muy pronto llegarían esas fechas en la segunda quincena de diciembre.

La cosecha estaba en áscuas, y las tormentas inesperadas traían malos augurios. Por eso cada día, al amanecer, Romualdo lo primero que hacía era abrir la ventana de su casita de madera para ver el cielo, y si la claridad estaba intacta siempre le agradecía en voz alta a la Virgen de Guadalupe:

–¡Gracias, Señora, por mantener a raya a las nubes rebeldes!

La frase se mantuvo incólume durante los días siguientes, hasta aquel en que estaba anunciado el regreso de don Eligio. Esa mañana, más temprano que de costumbre, Romualdo, en vez de asomarse a su ventana salió directamente al aire. Dada su experiencia climática, percibió al instante que la humedad estaba de vuelta.

Refunfuñó sin hablar, y unos segundos después soltó la frase:

–Sólo esto nos faltaba.

Los cortadores iban recogiendo ya sus aperos de colecta para irse a los tablones que tenían asignados, desde aquella explanada rumbo a la coronilla del volcán.

Romualdo les preguntó cuando ya estaban reunidos:

–¿No sienten que está cayendo una lloviznita menuda?

Todos extendieron los brazos con las palmas de las manos hacia arriba. La mayoría negó con un gesto, pero aquel cipote que estaba iniciándose en las labores se animó a decir:

–A mí me cayó una gota.

En ese preciso momento sonó muy cerca el vehículo del dueño, que todos conocían. Una camioneta de doble tracción, apta para caminos como aquellos en cualquier época del año.

Don Eligio desmontaba de un salto, a su estilo de equilibrista frustrado. Y se dirigió a Romualdo, como si los otros no existieran:

–Vamos adentro, porque tenemos que hablar.

En el interior, que era un cómodo espacio más urbano que rural, don Eligio, de pie, le informó a Romualdo:

–Voy a vender esta finca. Ya tengo el comprador.

El mandador tuvo al instante la sensación de que a su alrededor todos los espacios estaban a la expectativa. Aquel anuncio no era tan inesperado como parecía, porque en varias ocasiones de los tiempos recientes había soñado que la finca cambiaba de dueño, y los nuevos propietarios se le aparecían con distintos rostros.

–¿Y se puede saber quién es?

–Sí, se puede: Valentín, el vecino.

–¡Ah, don Valentín, estuve hablando ayer con él!

–¿Y no te dijo nada?

–Sólo me dijo que no hay que tenerles miedo a las nubes que llegan.

–¿Nubes? ¿Cuáles nubes?

Romualdo se quedó haciendo gestos para que don Eligio no insistiera en más explicaciones. Valentín era un recién llegado al cultivo del café, porque hacía muy poco que había heredado la finca de su padre. Romualdo discretamente le estaba dando consejos para que pudiera trabajar con eficiencia en esta época de múltiples desafíos tanto naturales como comerciales.

Cuando Romualdo salió al aire, sintió que las nubes estaban esperándolo. Habían bajado a encontrarse con él desde la cumbre del volcán.

BUENOS DÍAS, DESVELO

Su habitación era la más distante de la puerta de entrada y daba a un predio baldío que luego se extendía hacia una arboleda rústica. Y quizás por las crecientes tensiones del trabajo, refugiarse en ese rincón se le había vuelto adictivo.

Aquella noche el ambiente estaba cargado de amenazas de lluvia. Se acostó sobre su lado derecho, casi frente a la ventana que daba al entorno. Empezaron a destellar relámpagos y las agitadas ráfagas líquidas no se hicieron esperar.

Él, que era fervoroso amigo de las emociones naturales, estaba casi en éxtasis. Los truenos de diferentes registros eran el anuncio de un entrañable concierto de música pop. Y así fue pasando en vela la noche entera, hasta que las luminarias del día se hicieron presentes. Entonces él se incorporó y se arrodilló en la cama.

 


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