Historias sin Cuento

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

LA CARAVANA PERFECTA

Aunque no tenían ningún mapa disponible que les diera orientación segura sobre las rutas que había que seguir para llegar al punto de destino, contaban con una inspiración inesperada, que les había surgido del aire, que es el reservorio alentador por excelencia.

Los vehículos todoterreno en los que iniciaran el recorrido se habían quedado en un garaje alquilado que se hallaba cerca del lugar en que emprendieran la marcha, porque ellos, que no renunciaban a las ventajas de los tiempos actuales, querían sentirse peregrinos, y por eso iban a pie, en busca de aquella luz que les hacía recónditas señales desde siempre.

En las primeras jornadas de la travesía las condiciones climáticas se mostraron adversas, con ráfagas de viento que lo conmovían todo y con lloviznas repentinas que parecían ondas virtuales. Y aunque nadie podía considerarse formalmente el conductor de la caravana, alguien en cada momento asumía la voz cantante:

–Allá en lo alto hay algo que parece una hoguera en suspenso, cuyos latidos se derraman como si estuvieran enviándonos una señal de guía. Quizás hacia ahí deberíamos enfilar el rumbo.

Otra voz expuso entonces su reticencia:

–Nada es seguro. Mejor esperemos a tener algún indicio cierto.

Una tercera voz salió al paso:

–Dejemos que el instinto nos conduzca. Aunque el instinto es tan libre que nunca se sabe dónde está.

Y al decir en voz alta la palabra “instinto” un leve revuelo de luces se activó en el aire quieto, como si todas las palomas y las golondrinas de los alrededores respondieran instintivamente a un llamado superior.

Se asomaron en ese mismo instante a un valle que hasta entonces había permanecido invisible. Era un valle enteramente abierto, que llegaba hasta la línea del horizonte y parecía estar totalmente desierto. Los tres viajeros reaccionaron con la unanimidad del anhelo angustioso:

–¡Necesitamos que alguien nos guíe! ¿Pero quién va a auxiliarnos en esta soledad?

Se acurrucaron en el suelo arenoso, y comenzaron a rogar en silencio, alzando las manos hacia arriba, como si en el aire estuvieran todos los auxilios disponibles.

Una música suave y densa empezó a sonar en los alrededores, haciendo sentir que una orquesta en la que se mezclaban los intérpretes consagrados con los adolescentes en formación había llegado a dar una muestra perfecta de lo que son las alianzas virtuosas de la fe.

–¡Avancemos, avancemos, que este es el camino! No podemos permitirnos el falso lujo de llegar tarde.

Y al decirlo, la estrella que estaba en la parte más alta del cielo fulguró con un destello superior, que les hizo recordar de inmediato que su propia iluminación de siempre se había vuelto de pronto visible y sensible para llevarlos hacia el lugar que buscaban.

–Nuestra luz está aquí, recordándonos que somos los portadores del mejor regalo…

Y al decirlo, tres aleteos llegaron a posarse a la par de ellos, que ya estaban incorporados para continuar su travesía. Eran aleteos que no mostraban sus alas porque de seguro provenían de seres de otra esfera. Así lo entendieron de inmediato los tres peregrinos, que se miraron a los ojos buscando alguna respuesta.

–¡Son ellos!

–¿Quiénes?

–Los guías.

–Yo no los veo, y por eso no puedo identificarlos.

–Ah, pero lo bueno es que ellos sí nos identifican a nosotros.

–¿Y tú cómo lo sabes, Gaspar?

–Porque estoy entrenado en señales extraterrestres.

–Quizás eres sólo un iluso.

–¡Gaspar, Melchor, basta de disputas inútiles! Lo que hay que hacer es preguntarles a los guías…

Y al decirlo, las tres formas etéreas que ahora les acompañaban tomaron cuerpo a su lado.

–¿Quiénes son ustedes? –preguntó Baltasar, con voz imperiosa.

–Sus ángeles de la guarda, y estamos aquí para acompañarlos hasta el sitio destinado, que ustedes por su sola cuenta no podrían identificar. Es todo lo contrario de los regalos que ustedes traen en sus alforjas. Pero ahí todos vamos a tener que convencernos de que la paja envolvente, la tela rústica y el aliento cálido valen más que la mirra, el oro y el incienso…

SUEÑOS EN LÍNEA

Somos tres compañeros desde siempre, es decir, desde antes del kindergarten hasta después de recibir los grados académicos. Pero ahora hay que tener en cuenta que nuestras orientaciones profesionales no tienen nada que ver entre sí. Yo soy coordinador de proyectos para proteger el medio ambiente; y mis dos amigos son, respectivamente, periodista en el área política y promotor de la cultura del emprendimiento con vocación internacional.

Nos va bien en nuestras labores correspondientes, y para los tres ha llegado el momento de sentar cabeza emocional. Necesitamos familia propia con ansias de descendencia. Estamos, pues, reunidos para hablar del punto.

–¿Por quién te has decidido?

–Por Tania, que es jardinera nata. ¿Y tú?

–Por Rosalía, que es promotora de la mujer en el campo público. ¿Y tú?

–Por Melania, que es analista de proyectos innovadores en el área de los negocios.

Y los tres al unísono:

–¡Vamos a formar una red de sueños cumplidos! ¡Que viva la armonía de los contrastes!

¿CUÁNTO FALTA PARA LLEGAR?

Nunca nos ha sido posible definir el cálculo sobre la duración del trayecto. Y es que hay muchos misterios envueltos en dicho cálculo. Y además, una voz muy profunda nos está repitiendo constantemente: “¿Para qué quieres saber lo que sólo te va a servir para sentirte preso en la inminencia de lo desconocido?” Ah, pero entonces hay qué saber al menos de quién procede esa voz. Preguntémoselo sin ambages:

–¿Y quién eres tú para hablarnos con esa confianza?

–¿Yo? ¿No me has reconocido? Soy la Vida, es decir tu nodriza y tu maestra…

–Perdón, no quise ofenderte.

AROMA ENTRE EL HUMO

De ventana a ventana, con la angosta calle de por medio, se habían estado viendo desde que tenían memoria; y aunque se trataba de miradas directas a los ojos, nunca a lo largo del tiempo llegaron a conocerse en persona. Parecía inverosímil, pero ellos lo tomaban como lo más natural.

¿Cómo era posible que viviendo enfrente en un lugar tan apartado de aquella zona suburbana jamás se hubieran cruzado? Era como si estuvieran separados por una barrera invisible pero impenetrable. Eso sí, de ventana a ventana la comunicación visual era perfecta.

Pero aquel día domingo de intenso calor veraniego comenzó a circular por el aire la sensación de una novedad climática. Era media mañana, y ellos dos estaban en su respectiva ventana, observándose.

De súbito, una explosión desconocida sacudió el ambiente, y de inmediato las llamas se alzaron por doquier. Ellos desaparecieron de sus ventanas y bajaron a la calle. La humazón era insoportable. Sin pensarlo dos veces, corrieron el uno hacia el otro, y el intenso abrazo los fundió en un solo suspiro.

El incendio se esfumó así como había llegado. Quedó una claridad impecable dominada por el aroma que sólo ellos dos sentían.

 


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