“Si no nos tomamos la salud mental en serio, en un par de años, vamos a ver repercusiones bien grandes en la salud pública”

Laura Arévalo, directora de fundación Continúa

En 2016, Laura fue diagnosticada con fibromialgia, una enfermedad crónica que le causa dolor en el cuerpo, fatiga, trastornos del sueño, mareos, vértigos y taquicardia. Junto a ese padecimiento llegó un trastorno depresivo, y Laura intentó suicidarse dos veces. El dolor físico y el dolor emocional le resultaban agobiantes, insoportables. Un día, recuerda, se estaba bañando y no podía dejar de llorar porque se sentía miserable. En ese momento, pensó que no quería que nadie más sintiera, al menos no solo, lo mismo que ella. Y tomó la decisión, cuenta, de apoyar a otras personas que estuvieran pasando por la misma situación.

Ahora, Laura Arévalo es fundadora y directora de Continúa, una fundación que trabaja en programas de salud mental. Ella, que es economista, ha reunido a un grupo de expertos para brindar apoyo a las personas que, por sus propios medios, no pueden pagar un tratamiento con un psicólogo o un psiquiatra.

Laura cuenta en esta entrevista cómo ha sido el trabajo de migrar los servicios de Continúa a la modalidad virtual. Era necesario adaptarse a los cambios que vinieron con la Covid-19, dice, porque es en este momento cuando se vuelve más importante llevar atención psicológica. Explica, además, por qué le preocupa que, en tiempos de emergencia, no se esté prestando la atención necesaria a la salud mental de los salvadoreños.

¿Con qué intención se crea Continúa?
El objetivo de la fundación es concientizar, educar, reducir el estigma, cambiar la forma en que vemos la salud mental y brindar un acceso fácil y humanitario. Esto surge porque me di cuenta de que en el colegio o en la escuela nos enseñan educación física, nos enseñan sobre biología, pero no nos enseñan cosas básicas sobre la salud mental, y ahí fue que yo dije: “Esto debe cambiar”.

¿Por qué Continúa?
Porque, para nosotros, la salud mental es igual de importante que la salud física. En el país, lamentablemente, no es así. Aquí, la salud mental es un lujo, y tiene que dejar de serlo. La gente no tiene acceso a este servicio porque es carísimo ir a un psicólogo o a un psiquiatra privado. Y el sistema de salud pública no da abasto. Por eso, básicamente, nace Continúa.

¿Cómo abordan el tema de la salud mental?
Somos un equipo multidisciplinario. Claro, son los psicólogos los que brindan la atención, pero también tenemos economistas y comunicadores. Y eso es lo bonito del equipo, que vemos el tema de la salud mental desde diferentes puntos de vista, no solo desde el lado técnico y clínico. Buscamos brindar a las personas esa parte humanitaria, desde los testimonios de quienes hemos pasado por alguna crisis. Por eso, nos gusta hablar sobre el tema abiertamente, y creemos que hablar desde las experiencias vuelve más digerible todo lo que hay entorno a la salud mental. Así, buscamos también generar empatía, y, a partir de ahí, empezar con la labor de educación y concientización.

¿Qué tipo de actividades realizan?
Nuestra misión es reducir el estigma, concientizar y educar. Por lo que tenemos distintos programas y pilares, y nos conducimos a través de tres ejes estratégicos: prevención, educación e intervención. Y los pilares son los programas escolares, programas empresariales y un centro de atención. A través de estos pilares damos charlas testimoniales y talleres en los que capacitamos a las personas para identificar sintomatologías y señales de alerta que puedan llegar a presentar quienes las rodean.

Y, finalmente, brindamos atención psicológica directa. Tenemos un programa en el que ofrecemos atención gratuita. Es un tratamiento integral que comienza desde que llega el paciente hasta que el psicólogo decide darle de alta.

Hay personas que no solo necesitan que se les lleven canastas básicas, también requieren atención psicológica integral

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¿Por qué dedican buena parte de sus esfuerzos al trabajo con los jóvenes?
Hay un dato muy alarmante, y es que nosotros somos el tercer país con la tasa más alta de suicidios. Con esa información debemos preguntarnos: ¿qué pasa con la gente que muere de esta manera? Esa no es una decisión que se tome de la noche a la mañana. No es que la persona estuviera bien y de repente decidiera suicidarse. No, la depresión es como cualquier otra enfermedad que empieza a mostrar sintomatología mucho antes. El suicidio es la segunda causa de muerte en los adolescentes.

Tuvimos el caso, que siempre cuento porque es bien duro, de una persona cercana a mi esposo que murió por suicidio el año pasado. Este joven tenía 14 años, y estaba presentando las señales de una persona con trastorno depresivo que está pensando en el suicidio. Empezó, por ejemplo, a regalar todas sus pertenencias de valor en el colegio. También se comenzó a despedir de sus familiares. Estaba presentando esta serie de señales que nadie logró identificar. Y, lastimosamente, perdimos esa vida.

¿Cómo cambia su trabajo con la llegada de la pandemia?
Cambió bastante. Por ejemplo, los programas escolares que realizábamos dentro de los centros educativos tuvieron que parar. Eso, sin embargo, no significó que dejáramos de educar a los jóvenes. Seguimos realizando webinars sobre salud mental para estudiantes.

También cambió nuestra manera de brindar atención psicológica, porque ya no podíamos atender a los pacientes en el espacio físico que habíamos preparado para eso. Y nos preocupaba, pues vimos que la salud mental de las personas se estaba resquebrajando con la pandemia. Esta situación nos pegó a todos y nos pegó duro. Eso nos llevó a tomar la primera acción frente a la crisis, que fue dar atención gratuita en línea. Vimos la necesidad urgente de atender a través de un directorio de psicólogos que ofrecieran su ayuda. Nos tocó migrar a esa modalidad.

Fotografía de Javier Aparicio

¿Cómo llegan a las personas cuando se cambia la modalidad de atención?
Salud Mental para El Salvador nace durante la pandemia, y es un programa de atención gratuita en línea. Esa modalidad no nos ha impedido llegar a las personas que necesitan apoyo. Yo sí estoy consciente de que no toda la gente tiene acceso a internet en las comunidades, pero hemos intentado aprovechar los recursos que tenemos a nuestra disposición para poder llegar a la mayor cantidad de personas posible.

Para eso, lo primero que hicimos fue establecer contacto con líderes comunitarios que pudieran prestarnos un espacio dentro de su hogar u hotel. Buscábamos un espacio cerrado, con internet y con computadora o celular para que las personas de la comunidad pudieran llegar y conectarse con un psicólogo. Eso lo hicimos en las comunidades costeras, y atendimos a bastantes pacientes que lo necesitaban.

La pandemia sí nos obligó a utilizar muchísimo más la tecnología para poder acercarnos a las personas. Por ejemplo, en diciembre, vamos a lanzar un podcast en el que estaremos educando y concientizando sobre salud mental. Va a ir dirigido, sobre todo, a jóvenes, porque no podemos asistir a los centros escolares.

¿Qué tipo de casos han atendidodurante estos meses?
Salud Mental para el Salvador nace a partir de un caso de intento de suicidio que nos llegó. Y, por motivos personales, yo soy bien sensible con ese tema. El suicidio es una de las situaciones con la que más luchamos en la fundación. Durante estos meses, hemos tenido casos de intentos de suicidio, depresión, ansiedad y de violencia intrafamiliar. También hemos atendido situaciones de duelo, mucho más con esto de la Covid-19.

Nosotros, además, nos enfocamos en atender estrés, el síndrome de agotamiento profesional y enfermedades autoinmunes y crónicas. Yo, que tengo fibromialgia, les insisto a otras personas que tienen la enfermedad que el acompañamiento psicológico es necesario. Lo mismo, por ejemplo, con gente que tiene lupus o cáncer. Trabajamos con personas que tienen este tipo de condiciones médicas, porque se suele creer que solo afectan la parte física, pero no, también afectan la parte emocional.

¿Cómo logran conexión emocional con las personas que buscan su apoyo, cuando la atención se brinda a través de una pantalla?
En eso sí le doy todos los honores y aplausos a nuestro equipo de psicólogos, porque es espectacular. Todas las personas que han pasado consulta con nosotros, sin excepción alguna, nos dicen que son muy, muy buenos. Para mí, es bien importante que siempre mantengamos altos estándares de calidad en la atención. Por eso, tenemos programas de mentoría, en los que psicólogos con más experiencia apoyan a nuestro equipo. De manera que siempre estén aprendiendo. Esto, porque sabemos que es bien delicado atender a una persona. Es el mismo trabajo de un médico. Un médico te puede salvar la vida, pero también una mala praxis te puede dejar muy mal. Por eso es que damos tanta importancia a nuestra formación constante. Y la conexión se va logrando casi de manera natural, porque cuando se trabaja con empatía, eso se transmite a pesar de estar a través de una pantalla.

¿Qué han hecho para superar los obstáculos que llegaron con la pandemia?
Comunicar. Cuando inició la pandemia, comenzamos a decir: “¿Qué hacemos? Esta situación va a poner bastante mal a la gente”. Yo soy bien sensible y, a veces, lo considero una debilidad. Por ejemplo, cuando pasó lo de Amanda, me ponía a llorar y decía: “Hay gente que lo está perdiendo todo, ¿y qué estamos haciendo nosotros por ellos? Hay personas que no solo necesitan que se les lleven canastas básicas, tambiénrequieren atención psicológica integral”. Comunicar todo eso, compartir esas inquietudes con el equipo, nos ayudó a ir encontrando maneras de acercarnos a las personas para ayudar.

Un ejemplo de eso es Salud Mental para El Salvador. El programa fluyó de manera bien natural. Un día, una persona nos dijo que nos prestaba un cuartito del hotel para hacer las sesiones en su comunidad, porque ella identificó que había mucha necesidad. Para lograr eso fue muy útil la comunicación constante con el equipo, con las contrapartes y con las comunidades.

En el contexto de la pandemia, ¿cómo establecen comunicación con estas comunidades?
En la mayoría de casos, ellos son los que nos buscan. Hemos tenido un alcance orgánico, porque no se ha invertido tanto en publicidad. Ahí es que nos damos cuenta de que el país necesita esto. La gente nos ha buscado y nos han llegado casos de casos. También nos ha ayudado tener alianzas con otras instituciones que tienen presencia en comunidades de zonas vulnerables. Así es como hemos logrado establecer contactos con esas comunidades. Pero la mayoría de personas nos buscan directamente.

Laura Arévalo, directora de fundación Continúa

¿Cómo recibió usted la noticia de la pandemia?
Al inicio, me metí en una burbuja de “lugar feliz”. Estaba intentando no afectarme. Pero, después, me comenzó a impactar toda la sobreinformación. Me afectó mucho pasar en el celular viendo cuál era la última noticia que salía en Twitter. Y, físicamente, la fibromialgia también se intensificó. Había días en los que no podía caminar. Con esta enfermedad da mucho dolor de cuerpo. Antes de la pandemia, yo solo había tenido una crisis en la que no podía caminar, mis piernas no respondían. Por eso, fue un poco traumático recordar ese momento en el que, literalmente, no lograba ni pararme. Pero, en medio de toda la crisis, me salvó mucho estar con mi familia. Tuve la suerte de pasar con mis papás todo el tiempo de cuarentena. Creo que estar en familia y mantener una comunicación constante con ellos me ayudó bastante.
Al principio, además, sufrí mucha ansiedad. Para superar eso, me ayudó mucho establecer rutinas de autocuidado. Respeté mis horarios, que es algo que muchos no hicieron durante la cuarentena, y establecí un espacio de trabajo. Me enfoqué mucho en cuidarme.

¿Cómo se logra ayudar a otros cuando uno mismo está intentando mantenerse estable?
Querer ayudar es algo que siempre he tenido en mi corazón. Creo que cuando dije: “Voy a fundar Continúa porque no quiero que nadie más pase por esto”, y cuando se convirtió en una misión y mi propósito de vida, se volvió parte de mí. Por eso, siempre estoy pensando en que la gente que está pasando por momentos difíciles no esté sola. Me pasa también que amigas me contactan con personas que tienen fibromialgia o depresión, y que simplemente quieren platicar con alguien que las entienda. Solo buscan comprensión. Por eso, yo creo muchísimo en el círculo y red de apoyo, porque eso fue lo que a mí me ayudó a salir de la depresión y a sobrellevar la fibromialgia.

En ese sentido, creo que sentirme apoyada generó un cambio en mi forma de pensar, y dejó ese chip de querer ayudar. Si eso hubiera sido diferente, quizá nunca se me habría ocurrido ponerme a ayudar a los demás. Habría intentado sobrevivir y cuidarme solo a mí. Aunque, yo sí creo que uno no puede ayudar a otras personas, o al menos no de la mejor manera, si no se siente bien.

Creo que lo que va a pasar es que nos vamos a encontrar con muchos duelos no resueltos. Duelos que van a marcar a las personas. Solo el hecho de que se nos muriera un familiar y no pudiéramos ir a su vela, o ver que tiraban a alguien en una bolsa y no se sabía quién era, es algo traumático.

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Durante esta crisis, ¿hay algo que le cause temor?
Siempre tengo miedo. Siempre. Tengo miedo de que algún día nos equivoquemos con algún paciente. Tengo miedo de que algo salga mal en alguno de los procesos. Pero, a pesar de los miedos, hemos seguido ayudando. Y creo que lo más importante para superar los miedos es comunicar. Si tengo miedo, lo digo. Siento que al comunicarlo se hace más pequeño el problema y te da poder. Cuando uno ya lo saca es como: “Bueno, está bien tener miedo. Lo que no está bien es no hacer algo para vencerlo”. Entonces, miedo siempre tengo, pero no hay otra opción, debo seguir.

Durante estos meses, tuve miedo por los fondos. Pensaba: “De dónde vamos a sacar dinero para ayudar a la gente? ¿Qué pasa si nos llegamos a quedar sin fondos, porque sabemos que la economía no está en su auge? ¿Qué pasa si de repente ya nadie nos puede ayudar? No podemos dejar a la gente tirada a medio tratamiento”. Esa es una de las cosas que más me da miedo.

En medio de la crisis, ¿qué es lo que más ha disfrutado?
Lo que más he disfrutado es ver los mensajes de agradecimiento de las personas. La pandemia nos puso a todos en perspectivas bien distintas, y yo he aprendido a disfrutar de esas cosas pequeñas. Recibir los mensajes de agradecimiento de alguien que estaba muy mal y que ahora nos dice que gracias a nosotros ha podido continuar con su vida, me llena de satisfacción.

En términos de salud mental, ¿qué cree que nos espera después de la pandemia?
Creo que lo que va a pasar es que nos vamos a encontrar con muchos duelos no resueltos. Duelos que van a marcar a las personas. Solo el hecho de que se nos muriera un familiar y no pudiéramos ir a su vela, o ver que tiraban a alguien en una bolsa y no se sabía quién era, es algo traumático. Vamos a tener muchísima ansiedad y estrés postraumático. Creo, además, que como país vamos a ver mucho síndrome de agotamiento laboral, porque la gente que sigue empleada está haciendo más trabajo del que hacía antes de la pandemia. Y eso, a la larga, va a impactar mucho.

Pienso que si no nos tomamos la salud mental en serio, en un par de años, vamos a ver repercusiones bien grandes en la salud pública.

Fotografía de Javier Aparicio

“Me preocupa la indiferencia de las personas y, a veces, hasta del mismo sistema”

Fotografía de cortesía

Las casas de la comunidad están construidas en un terreno usurpado. Están lejos, en un cerro. De la comunidad ninguna alcaldía quiere hacerse cargo. Las municipalidades se lanzan entre ellas la responsabilidad de la zona, como si no la habitaran personas. Aquí, en unas gradas, un niño en edad preescolar espera a Kara. Cuando la ve llegar, corre a encontrarla.

El niño le cuenta, entre otras cosas, cómo la tormenta Amanda le llevó el techo del cuartito en el que duerme junto a sus tres hermanos y su sobrina, que tiene casi su edad. El viento también le llevó uno de sus juguetes favoritos. Pero, ahora, ya no tienen que preocuparse tanto por las lluvias, porque la ONG que Kara dirige les construyó una casa provisional. Es de madera, no como la que tenían antes, de plásticos y láminas. La casa es provisional, porque ellos no saben en qué momento los dueños del terreno van a decidir sacarlos.

Esa es una de tantas familias a las que Proyecto Red ha llevado atención psicológica, atención médica, becas, alimentos y, también, un techo seguro. Les ha llevado, cuenta la madre de los niños, una vida distinta.

Kara García es la directora ejecutiva de Proyecto Red, una ONG que nació con la creación de la Lepina. Lo que busca es apoyar a familias de escasos recursos que han sufrido vulneraciones a sus derechos. La prioridad son las que tienen niños, niñas y adolescentes que han vivido en orfanatos, instituciones, hogares o en centros de acogimiento, y que están siendo reintegrados con sus parientes biológicos.

Kara cuenta en esta entrevista cómo trasladaron todas sus actividades a las comunidades. Lo hicieron, dice ella, porque esa era la única manera de dar seguimiento a las víctimas de trauma. Explica, además, que la llegada de la pandemia aumentó las vulneraciones a los derechos humanos y la violencia que ya se sufría en el hogar. Por lo que, llegar al territorio era la única manera de velar por el bienestar de las familias a las que apoyan y de intentar evitar que el encierro terminara en tragedia.

Nuestro trabajo no paró. No para nunca, porque en los momentos de más encierro es cuando los abusadores se vuelven más agresivos. Por eso, aprovechamos el tiempo para hacer denuncias y para proteger los derechos de las víctimas.

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¿Con qué intención nace Proyecto Red?

El proyecto se funda a partir de una necesidad muy grande, pues vimos que miles de niños, niñas y adolescentes habían estado institucionalizados, y fueron reintegrados con sus familias biológicas sin brindarles ningún tipo de apoyo. Por eso, nosotros intentamos llevar atención integral a estas familias, con la intención de satisfacer sus necesidades físicas, económicas, emocionales. Para que, en algún momento, puedan ser autosostenibles.

¿Cómo es el proceso para acercarse a las familias?

Trabajamos en conjunto con el Consejo Nacional de la Niñez y de la Adolescencia (CONNA) y con el Juzgado Especializado de la Niñez y Adolescencia. Ellos nos remiten los casos de los niños más vulnerables del país, de los niños que han sufrido algún tipo de vulneración a sus derechos, y les brindamos apoyo a ellos y a sus familias.

¿Qué situaciones encuentran cuando llegan a los hogares?

Nos encontramos con situaciones muy duras. El tipo de situaciones que casi no se ven en el día a día. Vemos, sobre todo, casos graves de abuso. Trabajamos con casos de maltrato, abuso físico, muchos casos de violencia sexual, abandono y trata. Identificamos qué es lo que está afectado al niño, niña o adolescente y a su familia, y lo informamos al Trauma. Trauma es la metodología que utilizamos. Y lo que se busca con ella es que todas nuestras intervenciones se basen en técnicas que reconozcan el trauma vivido por cada persona. Eso es bien importante, porque sabemos que todas las personas a las que apoyamos, incluyendo a los familiares, a los padres, a los responsables, también han sido víctimas de traumas en sus vidas.

¿Cómo cambia su trabajo con la llegada de la Covid-19?

Ha cambiado bastante. Creo que todos hemos experimentado cambios en muchos ámbitos. En nuestro caso, siempre hemos tenido actividades en la oficina: arteterapia, terapia lúdica y atenciones psicológicas. En las sedes tenemos diferentes actividades grupales, pero una parte importante de nuestro trabajo está en el campo, visitando a las familias en sus hogares. Con la llegada de la Covid-19 pasaron dos cosas. La primera es que nos enfocamos en brindar alivio a las familias que forman parte del proyecto, con las que trabajamos directamente. También visitamos comunidades que sabemos que tienen muchas necesidades. Llevamos paquetes de alimentos, kits de higiene y productos de limpieza. Y, durante tres meses, estuvimos de lleno apoyando de esa manera.

Lo segundo fue que, luego de ver la necesidad y lo que la Covid-19 estaba causando, decidimos ajustar también nuestras formas de trabajo. Durante los meses más críticos, trasladamos el 100% de nuestras atenciones al campo. Llegamos a las casas de las personas a las que como ONG servimos. Llevamos a las comunidades apoyo legal, psicológico y cualquier otro tipo de ayuda que las personas pudieran necesitar.

¿Qué fue lo primero que pensó cuando se enteró que se había declarado cuarentena a nivel nacional?

Pensé en los fondos, porque somos una ONG. Todo lo que hacemos es financiado por donantes individuales, y esta situación ha generado una crisis económica mundial. Por eso comencé a pensar en la sostenibilidad del trabajo. Y pues sí, hemos sentido el impacto, pero, al mismo tiempo, hemos visto mucha generosidad. Eso me ha llenado de gozo y alegría. Mucha gente de aquí mismo, del país, nos ha apoyado y ha brindado ayuda para las personas más necesitadas. Ha sido increíble la forma en que la ayuda ha llegado en el momento preciso.

¿Qué fue lo primero que detectó al llegar a las comunidades?

Hemos visto cifras altas de abuso durante la pandemia. Es muy trágico que niños, niñas y mujeres, que suelen ser las víctimas, estén atrapados con sus abusadores. Por eso, durante la cuarentena, nos enfocamos mucho en abogar y luchar por esas personas. Nuestro trabajo no paró. No para nunca, porque en los momentos de más encierro es cuando los abusadores se vuelven más agresivos. Por eso, aprovechamos el tiempo para hacer denuncias y para proteger los derechos de las víctimas.

Durante este año, hemos recibido muchos casos nuevos de abuso, que ya estamos apoyando. Ha sido una situación muy grave. Y sabemos que nosotros solo podemos ver una muestra de lo que está pasando. Por eso es tan importante que todos seamos conscientes de lo que sucede en cuanto a cifras de violencia, no solo en el país, también a nivel mundial.

Fotografía de cortesía

¿Cómo logra acercarse a estas familias, acercarse a los niños o mujeres que están siendo víctimas de violencia, teniendo en cuenta que el agresor está en casa?

Ha sido difícil, porque la base de nuestro trabajo es la confianza. Las relaciones de confianza. Y, en algunos momentos, ha sido muy duro para nosotros cuando un niño se nos acerca y quiere abrazarnos, y no podemos hacerlo porque queremos evitar el contagio. A pesar de eso, buscamos seguir construyendo buenas relaciones, pues creemos que es la mejor forma para trabajar con víctimas de trauma. Y está comprobado. Las personas se abren cuando saben que pueden confiar en uno. Eso es lo que necesitamos para poder brindarles apoyo.

Las víctimas perciben cuando yo me muestro interesada en su bienestar. Justo la semana pasada nos remitieron un nuevo caso, y, con el fin de brindar apoyo a esa familia, les llevamos una cama y también atención psicológica. Ellos, instantáneamente, vieron cómo es nuestra forma de trabajar. Y, quienes estaban sufriendo, se animaron a hablar sobre lo que les estaba pasando.

¿Han encontrado alguna limitante?

Creo que las mascarillas, los equipos y las medidas de protección nos pueden poner una barrera física, y podrían llegar a impedir un poco la confianza, pero al final lo que cuenta es el corazón. El corazón detrás de las acciones que uno realiza y que las personas perciben. Eso, cuando es genuino y se hace con compromiso, puede romper cualquier tipo de barrera. Y lo hemos hecho así desde el 2011 hasta hoy. Así que, gracias a Dios, hemos podido brindar apoyo a más de 40 víctimas de violencia durante este año.

Además de la violencia, ¿qué otra situación ha logrado identificar?

Esto lo respondo un poco desde mi perspectiva, porque soy estadounidense, y las cosas están difíciles en todas partes. Cuando hablo con mi familia que está en Estados Unidos, hablo con donantes y amigos, me doy cuenta de que sí hay sufrimiento en todo el mundo. Pero aquí es otro nivel. En este país, la gente literalmente no ha tenido nada para comer en el día. Y nosotros hemos tenido el privilegio de llegar en el momento más crítico, en ese momento cuando ya no tenían ni una taza de arroz para una familia de 8 personas. Ha sido un trabajo muy intenso. Y ha sido, también, una experiencia triste porque no hemos podido llegar a cubrir toda la necesidad. Sin embargo, confiamos en que llegamos a las personas indicadas en el momento indicado.

No sé si está bien comparar, pero mucha gente habla en Estados Unidos de la necesidad, y cuando veo la situación en la que se encuentran las personas aquí, creo que no hay comparación. Estamos hablando de una región, de un mundo, totalmente diferente al de los países desarrollados. Nos hemos encontrado a personas con hambre, sin poder acceder a los servicios médicos. Por ejemplo, nos encontramos con una mujer que estaba embarazada, se encontraba en mal estado de salud. Ya estaba en proceso de pérdida del bebé, y no la atendieron. Simplemente no las estaban atendiendo porque no eran casos de Covid-19, y eso es muy grave.

Además, hemos visto muchos casos de niños que han dejado de estudiar. Y nosotros no sabemos con certeza qué va a traer todo esto, pero hemos tratado de ayudar, en lo que podemos, a los que están en nuestro programa. Eso también ha sido bien difícil, porque nos hemos encontrado con padres que no pueden leer ni escribir, o que no pueden pagar internet para que los niños accedan a las guías. También, hay maestras que no tienen los recursos para entregar las guías de manera personal. Y los niños están ahí, sin poder tener educación. Esa situación ha sido una de las más graves que hemos identificado. Es preocupante porque no solo es la falta de alimentos, es no poder gozar de otros derechos.

Cuando hablo con mi familia que está en Estados Unidos, hablo con donantes y amigos, me doy cuenta de que sí hay sufrimiento en todo el mundo. Pero aquí es otro nivel. En este país, la gente literalmente no ha tenido nada para comer en el día. Y nosotros hemos tenido el privilegio de llegar en el momento más crítico, en ese momento cuando ya no tenían ni una taza de arroz para una familia de 8 personas. Ha sido un trabajo muy intenso.

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De manera personal, ¿cómo le impactó la llegada de la pandemia?

A todos nos ha tocado ajustar nuestra vida, nuestra forma diaria de vivir. En mi caso, estoy embarazada. Y ha sido un gran cambio porque he tenido que vivir esta etapa protegiéndome todo el tiempo, cuidando mi salud mental, intentando no estar afligida. Además, El Salvador no es mi país de origen. Por eso, me ha costado acostumbrarme a muchas cosas. Pese a eso, creo que no podría estar en otro lugar. Porque qué mejor forma de enfrentar la pandemia si no es ayudando a los demás.

¿Qué es lo que siente o piensa cuando llega a las comunidades y se encuentra con estas situaciones?

Yo elijo estar feliz de poder ayudar. Porque si nos ponemos a pensar en que la necesidad es abrumante, nos deprimimos y sentimos que no estamos consiguiendo impactar. Y yo siempre he pensado que, si todos hacemos algo, vamos a lograr algo muy grande.

Hay una historia que me impactó mucho, es de una de las familias que nosotros apoyamos en Red. Ellos tienen una historia difícil. Están todavía superando muchos retos, pero ya llevan un tiempo en nuestro proyecto. En el contexto de esta crisis, hicimos una campaña para recaudar fondos para cubrir las necesidades que se presentaron. Un día, llegamos a su casa a entregarles víveres. Ahí, nos comenzaron a contar que habían perdido sus trabajos, que se habían quedado sin lo que les permite tener comida en su hogar. Estaban como en la mayoría de los casos. Pero cuando lanzamos la campaña, esa familia decidió hacer una donación de $20, porque ellos en su corazón creen eso: si todos hacemos algo, vamos a hacer mucho. Esa ha sido la filosofía en Proyecto Red, especialmente, durante esta pandemia.

Como directora de la ONG, ¿por qué decidió trasladar las actividades a las comunidades y no hacerlo, por ejemplo, de manera virtual?

En este contexto, no me puedo imaginar haber intentado trabajar con las familias de otra manera. Si nosotros nos apuntamos para hacer este trabajo, para asumir este compromiso, no había forma de no hacerlo en el territorio. Eso es lo lógico para mí. Para nosotros, acercarnos a las comunidades era la única manera de llegar a las personas y de cumplir nuestra misión. Cuando se trata del tipo de necesidades con las que nos encontramos y trabajamos, de manera virtual no iba a ser posible ayudar.

¿Qué es lo que se lleva a su casa después de un día de trabajo?

Alegría. Y creo que hablo también por todo mi equipo. De ese trabajo diario nos llevamos alegría y satisfacción, porque sabemos que hemos ayudado a las personas que Dios nos ha puesto en el camino. Tenemos claro que solo hemos logrado llegar a un porcentaje mínimo de personas en el país, pero hemos llegado a quienes debíamos ayudar. Y eso nos llena de felicidad y de agradecimiento. Estamos muy agradecidos porque tenemos la oportunidad de apoyar en los momentos de más necesidad.

Fotografía de cortesía

¿Ha sentido temor en algún momento?

Sí, cuando íbamos a entregar la ayuda a las familias y nos encontrábamos con los retenes. Porque la forma en la que los estaban haciendo era intimidante. Y creo que eran intimidantes a propósito. Pero nosotros teníamos autorización para circular, entonces no había problema con eso. A veces, nos paraban, pero al ver a lo que íbamos, los policías y los militares nos decían: “¡Qué bendición!” o “¡Qué bueno lo que están haciendo!”, y nos dejaban pasar. No dejaba de dar temor, pero al final era confiar en nuestro trabajo, y todo salió bien.

¿Hay algo que, en estos meses, la agotara?

Hay algo personal, muy personal, que ha sido muy difícil para mí. Y es no tener la posibilidad de viajar a mi país. Yo digo a mi país de origen, porque ahora este es mi país. Pero no he podido viajar a ver a mi familia, porque no hay certeza de poder regresar. Entonces, no he salido todo el año, y eso ha sido un poco extraño. Pero también sé que hay un propósito más grande, y que estoy aquí, en este momento, por algo. Durante este tiempo, he tenido el regalo de ver el impacto que hemos tenido.

¿Hay algo que le preocupe a futuro?

Algo que me preocupa siempre, y que este año se ha reforzado, es la cantidad de casos de abuso que hay. También me preocupa la indiferencia de las personas y, a veces, hasta del mismo sistema. Y, lastimosamente, eso se ha endurecido en estos meses debido a la pandemia. La pobreza y las necesidades nunca se van a acabar, pero siempre hay cosas que todos podemos hacer para ayudar. Y no solamente a la gente que necesita un plato de comida, también a quienes necesitan que alguien esté siendo su voz. Esta situación me genera emociones simultáneas. Por un lado, estoy alegre de poder ayudar, pero también siento frustración por toda la indiferencia. Realmente, alguien tiene que estar para la gente más vulnerable, y por eso estamos nosotros.

“Los maestros estamos haciendo la lucha por un lado y por el otro”

Fotografía de Wendy Urbina

Carmen García sonríe cuando habla de sus estudiantes. Es maestra desde 1983, pero el tiempo en la profesión no le ha robado la ternura con la que se refiere a los niños. Este año, trabaja con tercer grado. Atiende las secciones A y B, mañana y tarde. En años anteriores, ha dado clases a jóvenes de tercer ciclo. Ese cambio ya le significaba un reto, era un terreno poco conocido. Pero, en marzo, con el cierre de los centros escolares, vino para ella el reto más grande: dar clases a distancia a niños sin acceso a internet y sin recursos tecnológicos.

En sus 37 años enseñando, nunca había vivido una situación parecida. Los periodos sin ver a los estudiantes habían sido cortos, usualmente, causados por las suspensiones de clases por lluvias. Por eso, el anuncio de la cuarentena nacional le resultó inmanejable. Recuerda muy bien el momento, porque estaba en el hospital, recién operada. Ahí, supo que el camino que iba a tener que recorrer junto a sus estudiantes sería complicado. Y, con los recursos que tenía a disposición, asumió el compromiso de no soltarlos.

Carmen habla en esta entrevista sobre su experiencia docente durante los meses de pandemia. Cuenta cómo se ha enfrentado a los retos educativos que se potenciaron con la Covid-19, y a los que llegaron con esta crisis sanitaria. Y explica por qué, después de dar clases a muchas generaciones, durante este año se ha sentido acorralada pedagógicamente.

¿Qué la motivó a enseñar?
Desde pequeñita me gustaba jugar a ser maestra. En ese entonces, jugaba con carbón y cartón. Hacía dibujos. Y como tenía unas muñecas, me ponía a enseñarles a ellas. Como que desde ahí ya me llamaba la atención la profesión.

¿Con cuántos estudiantes trabaja?
En total, trabajo con 58 alumnos: en una sección tengo 38 y en la otra 20. En otros años, he dado clases a tercer ciclo. Lo hice por bastante tiempo. Pero ahora que me han dado tercer grado, siento que también lo puedo desempeñar, porque me parece bien agradable trabajar con niños. Los niños pequeños son sinceros, dicen todo lo que piensan, lo que les gusta y no les gusta. Me dan confianza.

¿Cómo fue el momento en el que se enteró de la suspensión de clases presenciales?
Estaba incapacitada. En esos días, me di cuenta de que había suspensión de clases. Me sentí mal porque por mi estado de salud iba a ver menos a los niños. También me preocupaba porque las noticias eran bastante aterradoras. Decía: “Quizá ya no voy a ver a mis alumnos”. Yo venía de un hospital y me había costado recuperarme de la operación, por eso pensaba eso.

Además, fue difícil porque unos compañeros maestros se habían quedado encargados de mis niños. Ellos tenían mis libros, se los había dejado para que trabajaran con los estudiantes. Y, cuando declararon cuarentena, ya no podíamos ir a la escuela a traer los materiales. Al final, me tocó buscar información de los contenidos en internet para ir trabajando con los niños.

¿Cómo se sintió cuando comenzó a trabajar con la modalidad a distancia?
Se siente nostalgia. Quiérase o no, los niños le llenan a uno algunos momentos. A veces, me pongo a acordarme de sus caritas cuando les estaba dando las clases, de todo lo que hacían, y me hace falta. Me hace mucha falta estar con ellos. Uno se acostumbra a ese trabajo, a estarlos viendo a diario. Y, aunque parezca mentira, se siente el vacío cuando ya no los ve.

Si esto sigue, me preocupa que llegue un momento en que los niños ya no quieran estudiar, que ya no quieran continuar. Me inquieta que los papás digan: “No, mejor ya no vas seguir”. Que no nos ayuden. Porque ellos también se cansan de estar haciendo las tareas o estudiando junto a sus hijos. Eso demanda tiempo.

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¿Qué es lo que más extraña de las clases presenciales?
Íbamos trabajando bien con los estudiantes. Eso me impactó bastante porque ya no pude seguir el ritmo de lo presencial. Antes de la pandemia, estábamos trabajando de la mano con los papás y con los niños. Estábamos haciendo algo juntos. Pero, con todo esto, me sentí frustrada. Como maestra, me había forjado metas y, después, yo decía: “Ya no voy a lograr lo que me había propuesto”.

Usted trabaja con niños que viven en situación de pobreza extrema, y eso vuelve más complicado el contacto virtual. ¿Cómo ha sido su trabajo con ellos?
A veces, me siento atrapada. No encuentro qué hacer. Hay niños con los que, por la pandemia, no he tenido mucho contacto. Además, a mí me operaron a finales de febrero, entonces hubo un tiempo en el que no estuve con ellos, como 15 días. A los 15 días, se dio esto. Ahí yo me sentí peor todavía, porque los había dejado y sabía que no iba a ser fácil recuperar todo. Además, uno sabe cómo van rindiendo los alumnos, que cada uno aprende de maneras diferentes. Tenemos niños que agarran las cosas bien rápido y tenemos otros con los que se debe ir un poco más lento. Pero el esfuerzo se hace con todos. Si al niño le cuesta un poquito, uno se va acomodando a sus formas de aprender.

¿Qué alternativa le ha quedado para evitar la deserción?
Con la pandemia se ha vuelto más complicado. A mí se me hace más difícil ir a sus casas por mi problema de salud. Es riesgoso para mí. E, incluso, si yo me enfermo en el camino y llevo eso a los hogares de los niños, también es peligroso para ellos. Por eso, busqué maneras de comunicarme. Ya tenía los números de teléfono de algunos papás. El problema fue que muchos habían cambiado el número de celular o lo habían perdido, ahí la comunicación no fue tan eficiente. Por eso, unas mamás me ayudaron a recopilar los números, y con los que yo ya tenía en mi archivo, logré comunicarme. El problema más grande me lo encontré con los que no tienen teléfono.

¿Cómo se ha organizado para dar las clases virtuales o a distancia?
Con algunos nos comunicamos hablando por WhatsApp, pero desde ya hace tiempo me dicen que el teléfono no tiene mucha capacidad, que tiene poco espacio. Entonces, para recibir la clase no les alcanza. Son pocos los que se conectan a la sesión virtual. Por eso, lo que estoy haciendo es que lo que yo doy en las clases, se los mando al grupo de WhatsApp. Pero, incluso así, algunos no lo pueden recibir, por lo mismo, porque no tienen espacio.

Comencé dando las clases por Zoom. Estuve así un tiempo, luego dijeron que esa plataforma era muy pesada, y que por eso no todos se conectaban. Después, entré a Meet, que es con la que estoy ahorita. Con esa me he quedado para no estar moviéndonos de plataforma. Pero pasa lo mismo, no todos entran porque para eso hay que gastar en internet, y la gente no tiene.

Fotografía de Wendy Urbina

Además de los materiales virtuales, ¿de qué otras maneras ha intentado acercarse a los alumnos?
Con las guías impresas. Al principio, los papás venían y pagaban para que se las sacáramos. Pero, para esta tercera fase, nos enteramos de que Soleterre estaba ayudando a imprimirlas. Ahí, comencé a preguntar en el grupo que quiénes necesitaban guías. Eso les salía mejor porque no tenían que comprarlas. Así, comenzaron a anotarse, hicimos una lista y las vinieron a traer.

Empezaron bien. Luego, quizá sentían más complicado, no sé por qué, pero ni el teléfono me contestaban. Ahí estaba yo llama y llama para decirles que ya estaban las guías, y no venían a traerlas. Entonces, lo que hago ahora es que cuando viene alguien a recoger la de su hijo, y vive cerca de otros niños, le doy las guías de los que viven en su zona. Por ejemplo, si viene de Las Flores, él se las lleva todas. Lo otro que me ha tocado hacer, para los niños que sus papás no pueden venir a recoger las guías, es mandárselas en una mototaxi.

¿Por qué hace ese tipo de esfuerzos?
Porque yo me podría poner a pensar que por capricho no quieren venir a traer los materiales o no quieren entrar a la clase. Pero intento entenderlos, ponerme en sus zapatos, y sé que las situaciones que viven son complicadas. Además, puede ser que los papás no vengan porque se están cuidando del virus y están protegiendo a sus hijos.

¿Cuántos alumnos se conectan en las clases virtuales?
No son muchos, son como 10 u 11, pero no es siempre. Hay unos que reciben clases con la ONG que les reparte las guías. El día que reciben esa clase, se me conectan menos. Hay momentos que son más difíciles. Una vez, solo una niña se me conectó, pero yo seguí. Le dije: “mire, hija, por usted voy a dar la clase, porque está aquí y no la voy a dejar”. Entonces, no, no es el 100% de los niños el que recibe las clases. Lo que intento es hacerles folletos y materiales que a ellos les sirvan, porque sé que no todos pueden conectarse. Por ejemplo, para el mes de la independencia, les mandé un folletito de los símbolos patrios para que lo tuvieran, lo fueran pegando y lo estudiaran. Y como en el programa de la clase también venía eso, les salió bien. Aproveché a mandárselos de una vez con las guías.

¿Cómo han sido para usted los días en que solo se le conecta una alumna?
Me siento mal, no encuentro qué hacer, porque digo: “Bueno, y mi trabajo ¿dónde queda? ¿Cómo voy a hacer con ellos? No están aprendiendo”. Y ese es un problema que tenemos todos los educadores, porque los niños se desmotivan, se van acomodando a no hacer las cosas o sienten difícil el aprendizaje cuando no tienen a nadie que los acompañe o les esté explicando.

¿Qué pasa con los estudiantes que ya no quieren o ya no pueden seguir?
A mí se me habían ido unos estudiantes. Dijeron que ya no, y ya no. Pese a eso, yo siempre les mandaba las guías. Y una vez vino una de las mamás y me dijo: “Necesito platicar con usted, porque mi hijo sí va a seguir. Quiero que pase, no quiero que pierda el grado. Yo le voy a ayudar”. Se llevó las guías y ya fue otro niño que recuperamos. Luego, otro alumno que también me había dicho que ya no, me llamó para decirme: “Mire, voy a seguir”, y me mandó unas cositas que había hecho. Eso para mí fue un logro, porque había trabajado con pocos recursos.

Fotografía de Wendy Urbina

Los trabajos me los mandan por los grupos de WhatsApp. Ahí tengo las fotos de los trabajitos que me van compartiendo. No nos estamos comunicando tan seguido, pero cuando hay algo que explicar, me preguntan y yo les digo. También me mandan las evidencias de lo que han hecho. Por ejemplo, el otro día, les dejé de tarea que me hicieran un metro. Luego, les pedí que se midieran, que midieran la puerta y que me mandaran fotos de cómo lo habían hecho. Me compartieron fotos de ellos midiendo todo en la casa.

Teniendo en cuenta las condiciones en las que los alumnos están haciendo sus tareas, ¿cómo se siente cuando las recibe?
Me siento alegre porque, a pesar de las circunstancias, las están haciendo. Están intentando. El otro día, un niño me decía: “Es que, maestra, yo no puedo”. Y yo le daba ánimos y le decía: “Sí puede, no importa cómo lo haga. Lo que importa es que está aprendiendo”. Lo que veo como docente es su esfuerzo, eso también lo valoro. Por eso, cuando hacen algo, como sea, para mí, es un logro.

¿Qué ha sido lo más cansado de ser maestra en medio de esta crisis?
Querer alcanzar algo y verlo difícil. Es complicado luchar contra esta situación, porque no podemos avanzar como deberíamos. Estos últimos días, me ha tocado estar insistiéndoles a los papás para que vengan a traer las guías, y no han querido. Hasta les puse en un mensaje que el aprendizaje de los niños era tanto responsabilidad mía como de ellos, porque yo recibo las guías para entregarlas. Ahí vi que cambió un poco la actitud. Pero igual, se las sigo mandando en mototaxi, porque tienen que continuar. Y, además, pienso que estas guías les van a servir también el otro año, para reforzar a los niños que no dieron su porcentaje completo o que no lograron asimilar bien los contenidos.

Una vez, solo una niña se me conectó, pero yo seguí. Le dije: “mire, hija, por usted voy a dar la clase, porque está aquí y no la voy a dejar”. Entonces, no, no es el 100% de los niños el que recibe las clases. Lo que intento es hacerles folletos y materiales que a ellos les sirvan, porque sé que no todos pueden conectarse.

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¿Considera que la estrategia de clases por televisión ha sido efectiva?
No con todos, porque algunos tienen televisión y no les llega el canal 10. Les decía yo que lo podían ver por internet también, pero algunos no tienen o la red no les da para mucho. Ellos, sin embargo, intentan trabajar con lo que tienen. Unos sí estudian con lo que ven en el canal 10. Otros trabajan con las guías que yo les hago llegar. Algunas mamás fueron sinceras y me dijeron que les salía mejor que el niño se quedara con lo que dan en la televisión. Me explicaron, al principio, que les quedaba lejos aquí para recoger las guías.

¿Cómo ha hecho para poner notas a los estudiantes?
Hay unos niños que no están recibiendo las clases porque no tienen ni televisión. Viven en extrema pobreza. Tampoco tienen celular. Otros de mis alumnos están trabajando con Soleterre. Ahí yo le pregunto a la coordinadora quiénes están yendo, porque eso me va a servir para evaluarlos. En el caso de la nota del primer periodo, tomé en cuenta lo que habían hecho al principio del año, porque ellos rindieron. En los primeros meses de clases presenciales identifiqué cómo trabajaba cada niño y qué le costaba. Eso me ha ayudado bastante a la hora de evaluar.

¿Qué le preocupa si la pandemia continúa y el siguiente año no se vuelve a las clases presenciales?
Si esto sigue, me preocupa que llegue un momento en que los niños ya no quieran estudiar, que ya no quieran continuar. Me inquieta que los papás digan: “no, mejor ya no vas seguir”. Que no nos ayuden. Porque ellos también se cansan de estar haciendo las tareas o estudiando junto a sus hijos. Eso demanda tiempo. Sin embargo, algunos sí han ayudado. En esos casos, se nota el apoyo, porque los niños responden de manera diferente. También se nota cuando los estudiantes no cuentan con ayuda. Los niños se vuelven irresponsables y ya no quieren trabajar.

Sé que tenemos alumnos que, aunque quieran, no pueden seguir estudiando. Por eso los maestros estamos haciendo la lucha por un lado y por el otro, no todos de la misma forma, pero la estamos haciendo.

“Buscamos en las comunidades el espacio que antes ocupábamos en las escuelas”

Ana Concepción Castillo, cordinadora Nacional de Soleterre. Fotografías de Wendy Urbina

En Chalatenango, las comunidades Motochico y Los Leones quedan bien escondidas. Están lejos de las casas que tienen acceso a internet, televisión o teléfonos inteligentes. Están cerca de un río que, por las lluvias, corre con fuerza y llena el lugar con el sonido de su paso. Por ahí camina Ana, apartando con la mano algunas ramas que amenazan con golpearle la cara y levantando los pies cada vez que se encuentra con un nacimiento de agua. Se detiene unos segundos frente a las casas que encuentra en su camino, se asoma y saluda. Le devuelven el saludo. Lo hacen con un tono cargado de afecto y familiaridad. Muchos de ellos son padres de los niños con los que ella trabaja en el proyecto de Escuelas y Comunidades Inclusivas.

Ana Concepción Castillo no paró durante la pandemia la labor que viene realizando con Soleterre, una ONG de la cooperación italiana, desde 2007. Esas comunidades que ahora visita con proyectos de educación y prevención de la violencia la vieron crecer. Y, en el 96, la vieron irse. La situación de pobreza extrema que atravesaba su familia, de siete hermanos y una mujer queriendo sacarlos adelante sola, la obligó a buscar mejores oportunidades en Italia. Allá, logró sacar un técnico en trabajo social. Volvió a El Salvador 12 años después. Ahora, estudia una licenciatura y también es la coordinadora de la ONG.

Ana trabaja en comunidades que tienen baja escolaridad. Eso se debe, en buena medida, a que no tienen una escuela cerca. Para llegar, hay que caminar mucho, por lugares solos que, para cualquier niño, resultan peligrosos. Muchas de las niñas de la zona llegan hasta sexto grado, porque seguir yendo las vuelve posibles víctimas de violación. Ya ha pasado. Otros abandonan la escuela para irse a trabajar al campo, con sus padres. Y otros no la comenzaron nunca.

Ana cuenta en esta entrevista cómo, desde Soleterre, han intentado alcanzar a los niños un poco de educación, recreación e, incluso, comida, durante estos meses de crisis. Habla sobre la dinámica de traslado a las comunidades del proyecto de educación inclusiva que tenían en los centros escolares, y sobre cómo ha vivido el trabajo en el territorio en tiempos de la Covid-19.

 

¿De qué trata el proyecto Escuelas y Comunidades Inclusivas?

La intención es que escuelas y comunidades actúen en bien de la educación de las niñas y los niños. Esto tiene como origen reconocer que la comunidad es parte de su proceso formativo. Por eso, el proyecto tiene dos componentes muy importantes: el trabajo con miembros de la comunidad educativa y el trabajo con madres, padres o cuidadores de todos los municipios en los que tenemos presencia.

También trabajamos con ellos la prevención de la violencia. Porque, después de un diagnóstico que hicimos cuando iniciamos el proyecto, nos encontramos con casos de maltrato infantil. Aquí hay violencia intrafamiliar. Hay diferentes tipos de violencias que se viven en la comunidad y que, lamentablemente, también se viven en la escuela.

¿Cómo logra, en medio de la pandemia, llegar a los niños que con la educación a distancia no se está logrando alcanzar?

He estado en las comunidades, junto al equipo, desde que comenzó la cuarentena. Esto, porque activamos un plan de contingencia ante la pandemia. Nos tocó repensar y reacomodar muchas actividades, porque la mayoría que se realizaban con niños y niñas se llevaban a cabo en los centros escolares, y fueron cerrados. En ese proceso de cambio, lo que hicimos fue involucrar a los actores locales: las adescos y las familias. Nos preguntamos: ¿qué podemos hacer con la situación que estamos viviendo? Lo que hicimos fue trasladar las actividades a la comunidad, excepto las que involucraban directamente a los equipos docentes. Es decir, buscamos en las comunidades el espacio que antes ocupábamos en las escuelas para desarrollar talleres de habilidades para la vida y habilidades blandas, por ejemplo. Por supuesto, aplicando protocolos de bioseguridad estrictos, como el uso obligatorio de la mascarilla, la aplicación de alcohol gel, el distanciamiento social y la toma de la temperatura.

Muchas de esas familias viven con lo que ganan a diario, y con todo cerrado, ya no tenían ingresos. Estaban en una situación desesperante. Yo me ponía a pensar en cómo estaban los niños, en cómo estaban las mujeres que los crían solas, que ganan dos o tres dólares porque han hecho una hamaca en el día. Y, con la situación, ya no contaban ni con eso.

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¿Qué se ha reorganizado del trabajo con las niñas y los niños ahora que las actividades se encuentran en las comunidades?

Hemos activado grupos y minigrupos de refuerzo psicoeducativo, porque la parte psicológica es elemental. Sí se han hecho las tareas de matemáticas, se han hecho las tareas de cada materia, pero primero hemos trabajado la parte psicológica. Y comenzamos hablando de cómo puede cada quien, la familia o la comunidad, trabajar para superar el miedo al contagio del coronavirus. Porque no hay que negarles a los niños y a las niñas que la pandemia no va a desaparecer de un día para otro. Eso nos llevó a que, a través del enfoque territorial con el que ejecutamos el proyecto, el acceso a las familias no se nos negara, incluso durante la cuarentena.

Ese abordaje psicológico de cómo vamos enfrentando el miedo al contagio permitió que las familias autorizaran que los niños se reunieran. Tenemos minigrupos de cuatro o tres niños, porque estamos en comunidades que no tiene una casa comunal. Por eso, una familia nos ha abierto un espacio en su casa. Y sabemos que para ella eso es un riesgo, porque llegan otras personas ajenas a su hogar, sin embargo, son familias que reconocen la gran necesidad que hay, y a pesar de todo nos abren su puerta.

¿Cómo cambió su trabajo con la llegada de la pandemia?

Fue un cambio radical, porque el MINED es un socio del proyecto y, constantemente, estábamos coordinándonos con la Departamental de Educación y con los centros escolares, pero eso se cerró con la llegada de la pandemia. Ahí fue cuando dije: “aquí hay que entrar con la comunidad”. Y eso se ha vuelto clave, porque ya no solo es que necesito que se me abra un portón, es ver a diario, casa por casa, lo que están pasando estas familias, estos niños, y buscar soluciones. Eso me ha llevado a trabajar tres veces más durante estos meses de crisis.

Cuando traslada las actividades al territorio, ¿qué situaciones logra identificar?

En lo peor de la crisis, llegamos con paquetes de víveres a las comunidades, porque sabíamos que las familias con las que trabajamos estaban sufriendo hambre. Muchas de esas familias viven con lo que ganan a diario, y con todo cerrado, ya no tenían ingresos. Estaban en una situación desesperante. Yo me ponía a pensar en cómo estaban los niños, en cómo estaban las mujeres que los crían solas, que ganan dos o tres dólares porque han hecho una hamaca en el día. Y, con la situación, ya no contaban ni con eso. Por eso, vimos cómo reubicábamos fondos y, aunque no eran muchos, pudimos entregar como 800 paquetes de alimentos. Eso permitió reconstruir, a pesar de la coyuntura de la pandemia, esa relación propositiva con las familias para beneficio de los niños y las niñas.

En ese momento, descubrimos que la violencia había incrementado. Yo, que visito las comunidades y a las familias, no quiero enjuiciar a nadie. No, es que a raíz de que nos conocemos y de que analizamos todo el tema que está en torno a la educación y a la prevención de la violencia, nos motivamos a buscar estrategias aún en medio de la crisis.

¿Qué necesidades ha identificado a nivel educativo?

Desde que se suspendieron las clases, hemos impreso aproximadamente 8 mil guías de las que el Ministerio de Educación está compartiendo de manera digital. Había muchos niños y niñas que de ninguna forma iban a poder acceder al contenido en esa modalidad. Hay muchas familias que no tienen ni teléfono, otras sí tienen, pero no iban a recargar porque su preocupación es comer, no poner internet. Nos encontramos, además, con personas que no saben ni qué es un PDF. No tienen la aplicación para verlos. Por eso, se comenzó la misión de imprimir las guías.

En este proceso, la experiencia que hemos vivido junto a las familias y los docentes ha sido muy interesante, porque hemos llegado a niños y niñas que era seguro que se iban a quedar sin el acceso a estos materiales. No por falta de voluntad de ellos o de sus padres, sino porque las condiciones en las que viven, normalmente, los excluyen de ciertas acciones.

¿Cómo se ha sentido estando en el territorio estos meses?

Al inicio, tuve mucho miedo. Fue en lo personal, pero también por todo el equipo técnico que tengo a mi cargo. Había que animarlos a que saliéramos al territorio. Yo tenía muy claro que el proyecto no podía quedarse encerrado, que el proyecto en línea no me iba a permitir llegar a los que siempre están excluidos. Pese a eso, tuve temor de contagiarme y de contagiar a todas las personas que yo iba a ir a visitar. Esa era mi mayor preocupación, que pudiera ser asintomática y llegar a conversar con la gente o a ver a los niños y a las niñas y convertirme en quien los contagiara.

Los primeros días me iba con esa inquietud. Decía: “ojalá no haya llevado el virus a esta casa. Ojalá que hoy que me reuní con estas personas no les haya transmitido ninguna enfermedad”. Pero también pensaba que si era yo quien estaba animando a la gente a que continuara con el trabajo, tenía que superar ese miedo primero. Poco a poco me fui sobreponiendo, y ahora estoy más convencida que nunca de que no debemos detenernos.

 

En medio del temor y la incertidumbre, ¿hay algo que disfrute de manera especial cuando trabaja en las comunidades?

Encontrarme con la gente. Encontrar al niño que a las 7 de la mañana ya está listo porque va para el taller psicoeducativo, al taller de dibujo y pintura o al de manualidades. Y ahora, por la mascarilla no le puedo ver la sonrisa, pero sus ojos comunican que va contento. También conversar con las madres y los padres sobre cómo están viviendo esta situación. Dialogar con las adescos y las directivas de lo que está pasando en la comunidad. Me encanta.

Todo eso lo disfruto porque sé que, poco a poco, vamos construyendo una resiliencia comunitaria, y eso es muy importante. Necesitamos saber que en nuestras comunidades tenemos recursos, capacidades y habilidades. A mí me gusta escuchar que la gente ya hace propuestas, que no solo tiene un listado de las cosas que cree que necesita o que necesita, sino que dice: “aquí estoy, ¿dónde voy a traer la guía?”. Con eso, ya está diciendo: “estoy a disposición para hacer mi parte”. Para mí, a diario, esa es una fuente de inspiración.

De todas las situaciones difíciles con las que se ha encontrado en las comunidades durante estos meses, ¿cuál es la que más le duele?

Me duele ver la desprotección de muchos niños y niñas. Eso me hiere, pero también me reta a seguir comprometida, porque la niñez tiene propuestas muy claras. Ellos me dicen: “yo quiero esto”, “esto me gusta”. Y cuando veo a esos niños descalzos, que me les acerco a las 10 de la mañana y escucho que el estómago les hace ruido porque no han comido, ahí es que yo digo: ese es mi reto. Por eso, tenemos que sumar esfuerzos con instituciones y organizaciones, porque las comunidades están listas para trabajar.

En la zona hay muchos niños no escolarizados, ¿cómo ha sido su experiencia con ellos?

Es una experiencia dolorosa, y, al mismo tiempo, es una experiencia que me confirma la historia. El no invertir como se debe y como se necesita en la educación, nos lleva a tener a niños de 10, 12 años que no están escolarizados. Nosotros recibimos en nuestro proyecto a niños que viven diferentes situaciones y condiciones. Ahora, por ejemplo, lo sabemos muy bien, porque ellos nos lo dicen, de manera muy inocente: “yo ya no seguí”, y agachan su cabecita. Y uno podría decir que no siguió porque no quiso, pero no, no siguió porque no pudo, que es muy diferente.

Del trabajo en las comunidades, ¿qué ha sido lo más difícil?

En algunos sectores, convencer a las personas de que, a pesar de la coyuntura que vivimos, podemos sentarnos y dialogar, aunque sea a dos metros de distancia, sobre lo que se puede seguir haciendo. Eso ha sido complicado. Y ese es el riesgo, que nos escondamos detrás de la pandemia y nos acomodemos.

La pandemia ha aumentado el riesgo de exclusión para la gente que siempre ha estado en esa situación. Ha destapado esas ollas que estaban tapaditas en nuestra sociedad. La pandemia ha venido y le ha dado vuelta a la tapadera y nos ha dicho: “mire, esta es su realidad. El niño va a la escuela sin comer, no tiene zapatos. La señora se anda endeudando pidiendo lo que va a ganar mañana para darle los tres tiempos de comida”. Y los actores locales y las organizaciones que prestamos servicios nos debemos a esa sociedad. Tenemos que ser sus voces y sus ojos.

¿Qué ha sido lo más cansado en todos estos meses?

Ser maestra de mi niña y mi niño que estudian. Porque, como miles de mujeres, no tengo la formación académica para hacerlo. Soy madre, soy esposa, soy estudiante y soy coordinadora del proyecto. Pero de todas esas funciones que desempeño con mucho compromiso y con mucho amor los siete días de la semana, la más cansada, desde marzo, es ser maestra. Ahí es donde yo me pregunto cómo hacen las mujeres que no tienen quien las apoye, que son madres solas y que no han tenido la oportunidad, como yo sí la he tenido, de llegar a la universidad. Tal vez se quedaron en tercer grado, en cuarto grado, y sus hijos están en tercer ciclo. O como me decía una vicepresidenta de una adesco: “Conchi, yo estudié noveno, pero no puedo ayudar a mi niño de tercer grado. Y entonces yo lloro porque no sé qué hacer”. Y, a veces, escucho que solo culpamos a las familias, pero hay que preguntarnos por qué las familias no lo hacen.

Con lo que ha visto y vivido hasta este momento, ¿qué le preocupa a futuro?

Me preocupa que no respondamos como debemos, amparándonos en la situación de la pandemia. A mí eso me da mucho temor. Que sigamos dejando solas a las personas que siempre han estado solas. Y, ahora, pueden tener esta crisis como justificación para decir: “no puedo ir porque está el virus”. Sí puede ir si toma todas las medidas de seguridad. Me angustia que así como la pandemia nos vino a destapar las ollas, las vuelva a tapar. Y se queden así, mientras los niños, las niñas, las mujeres y las personas adultas mayores se encuentran desprotegidas.

¿Qué es lo que usted se lleva del trabajo que ha estado realizando durante la situación de emergencia?

Me llevo la sonrisa de las niñas y los niños. Me llevo la gran energía y compromiso de las madres, y también de algunos padres. Pero casi siempre son las madres las que están en primera línea. Es que las mujeres están pendientes desde las cuatro de la mañana hasta las 9 de la noche. Están pensando en la guía del Ministerio, están pensando que el niño no estudió. Cuando eso pasa, ellas se sienten mal porque no estudió, y con su mirada siguen buscando apoyo, y, a la vez, comunicando esa disponibilidad que tienen para comprometerse.

Cada día recojo eso en mi trabajo: la disposición de madres y mujeres cuidadoras, analfabetas a veces, pero que están preocupadas porque el niño o la niña no está estudiando. Que ya no hay cupo en el taller artístico que estamos dando, “en el próximo me lo pone”, me dicen. Siempre me llevo eso a mi casa. Por eso, es importante que también se valore y se piense en programas enfocados en cómo acompañar a las jefas de hogares que están al frente del proceso educativo en esta pandemia. Y no enjuiciarlas preguntando por qué no ayudan, por qué no quieren hacerlo. Detrás de ellas hay una historia, hay un cansancio diario que solo ellas saben cómo van a resolviendo.

Los índices de trabajo infantil han aumentado tras la cuarentena

Fotografías de Michael Huezo

Aquí hay un salón con guitarras que hace tiempo nadie toca. Hay otro con libros, que apenas han sido abiertos. Hay una cancha de fútbol rápido y también un área de juegos. Este solía ser un lugar seguro en donde por lo menos 200 niños de entre los 7 y los 18 años encontraban los alimentos que escaseaban en sus casas desde antes de la cuarentena por covid-19. Y, también, encontraban asistencia para resolver tareas. Este lugar es la casa hogar del programa Ángeles Descalzos y está ubicado cerca del Mercado Colón, en Santa Ana.

Lucy Luna es directora ejecutiva de la Asociación Salvadoreña Pro Salud Rural (ASAPROSAR), que es la institución que ha puesto en marcha el programa Ángeles Descalzos. El objetivo con el que nació fue el de aumentar las horas de los niños en la escuela y restar las de trabajo, y por trabajo se entiende el que es en ventas ambulantes, en las cocinas del mercado, en las verdulerías o cargando bultos. Este es un contexto que reúne una gran variedad de riesgos.

En el camino, las personas que laboran aquí no solo se dedicaron a reducir el trabajo infantil, también notaron que, aunque los niños pasaran más tiempo en las instituciones educativas, había otros factores que reducían su competitividad, uno de ellos: el acceso a alimentación. Por esto, se convirtieron en un espacio en donde se comía, se estudiaba, se hacía deporte y se platicaba. Aquí, con el salón de las guitarras y el de los libros, hay una sala de crisis. En este lugar, con asistencia de un profesional en psicología, muchos niños han contado sus traumas, sus peores experiencias con el abuso, el maltrato o la violencia.

En medio de una zona de comercio, aquí, desde el portón metálico hacia adentro, los niños encontraban lo básico para poder ejercer su infancia. Pero esto cambió con la pandemia.

Luna cuenta en esta entrevista cómo la institución ha intentado adaptar sus funciones a la dinámica eminentemente virtual de la pandemia. Pero hay servicios en los que la presencia era una parte fundamental en la correcta ejecución. Los niños, cree Luna, están ahora expuestos al virus y a los riesgos sociales. Ha habido, para ellos, un retroceso importante en la calidad de vida. Este es un factor que, para Luna, no se está tomando en cuenta al elaborar las políticas a seguir.

¿Cómo era un día normal en Ángeles Descalzos antes de la pandemia?

Estaba abierto de 7:30 de la mañana a 5:30 de la tarde. Teníamos dos turnos, para poder atender a los que estudiaban en la mañana y a los que estudiaban en la tarde. Nosotros los recibíamos, dejaban sus bolsones, les dábamos su refrigerio nutritivo, porque muchos no tienen acceso a alimentos en sus casas, y, después de eso, se distribuían en las diferentes clases de refuerzo. Unos iban a liderazgo, otros con el psicólogo, y algunos más se iban a la parte deportiva. Cada uno de ellos, de acuerdo a su propio contexto y necesidad, se atendía en una sección distinta. Había recesos entre las clases. Y les dábamos almuerzo para que todos se fueran a sus clases, en la escuela o aquí, con la pancita llena.

¿Qué servicios tenían disponibles?

Trabajamos en cuatro áreas de atención. Una es la parte psicoemocional del niño, damos atención al trauma, esto es muy importante por las condiciones de trabajo ellos tienen y por las condiciones de violencia a las que deben enfrentarse en el mercado y en sus casas. También atendemos la parte educativa, los ayudamos a nivelarse para que no deserten de la escuela, se mantengan ahí y disminuyan las horas laborales. A la vez, trabajamos la parte artística y deportiva, con una cancha de fútbol y un programa de magia. Y la cuarta área es la parte social, que trabajamos con la familia, con los vendedores.

Nuestras educadoras encuentran la manera para trabajar con ellas a la hora que se pueda, les dan las 10, 11 de la noche resolviendo tareas. Porque las mamás no tienen cómo hacerlo. Esta es una realidad en las familias en las que los niveles educativos son bajos. No pueden, aunque quieran, ayudar a sus hijos.

***

¿Qué pasó aquí ese día de marzo cuando ya no pudieron recibir a los niños?

Nos tomó de sorpresa, como a todos. Nos llevó un tiempo procesar la situación. Se nos ocurrió comenzar por hacer un directorio para sondear varias cosas. Primero, pensamos que a lo que le teníamos que poner atención era el tema educativo, necesitábamos saber si todos nuestros niños iban a poder tener relación con sus maestros. La otra prioridad, que iba casi a la par, era verificar que estuvieran comiendo, porque muchas familias ya estaban desabastecidas desde antes de que llegara la cuarentena. Y, luego, había que ver qué se podía hacer con el tema económico, teníamos que conocer qué había pasado con los negocios. Si las familias estaban trabajando, de qué estaban trabajando. Así, con esa información, empezamos a discutir estrategias para no perder la relación con los niños y niñas.

¿Tienen los niños suficientes recursos para sacar adelante las actividades escolares?

No, la verdad es que la mayoría de personas con las que nosotros trabajamos sacan menos de un dólar de ganancia al día. Y, generalmente, tienen que vivir casi de prestar dinero o de prestar verduras para venderlas. No tienen, nunca han tenido, lo suficiente para poder comer. Algunas madres nos empezaron a llamar desesperadas para decirnos que no tenían alimentos y que lo que estaban haciendo era dormir a sus hijos temprano para que no les pidieran comida. Otras solo hacían un tiempo. Unas más salían a buscar basura. En ese primer momento, vivimos una situación realmente caótica. Ahora sabemos que el 80 % de las familias de nuestros niños y niñas se quedó sin empleo, sin fuente de ingresos. Sin ningún recurso y sin alimentación, esta es la situación en la que estamos con ellos.

¿Cómo procedieron en ese primer momento de crisis?

Lo primero fue darle soporte al equipo en la parte emocional, porque ninguno estaba con la fuerza suficiente para saber qué hacer ante lo que se nos venía. Después, comenzamos a hablar con las mamás y los papás. Así, nos dimos cuenta de que no, de que el tema era alimentos, que los niños y las niñas prácticamente estaban ya desabastecidos. Pasaban hambre. Y le teníamos que dar prioridad a esto. Necesitábamos hacer asequibles los alimentos. Ya con esto en mente, trabajamos en conseguir alimentos que sirvieran por lo menos para 40 días y fueran nutritivos y adecuados para los niños y las niñas. Cuando los tuvimos, empezamos a gestionar y a citar a las familias de cinco en cinco para entregar los paquetes.

¿Y qué pasaba, mientras, con la continuidad escolar?

Una vez tuvimos hecho lo de los alimentos, pasamos al tema educativo. Comenzamos a averiguar la situación de las escuelas, la situación de acceso a Internet, de acceso a teléfonos. Nos dimos cuenta de que el 70 % de niños y niñas no tenía acceso, no tenía teléfonos inteligentes y que, entonces, tenía que pagar de uno a tres dólares para poder conectarse, para, así, ver las guías que les estaban dejando. Eso para verlas, resolverlas era otra cosa. Aquí, tenemos que partir de que las familias de nuestra zona no tienen cómo alcanzar el sistema educativo. Nosotros tampoco hallábamos la manera de ayudarles a todos en eso. Entonces, se nos ocurrió comenzar a facilitarles las guías, nos rebuscamos para entregarlas impresas. Hicimos una pequeña oficina en la casa de una compañera educadora que vivía en la zona y con ella armamos una forma de darles las guías a las familias para que las tuvieran. Ya la asesoría para llenarlas la dimos en línea a quienes podían y presencial para los que no tenían otra forma, otro recurso. Estas fueron las dos medidas que tomamos y que mantenemos, por el momento.

Ahora bien, algo que nos ha costado mucho es indagar cómo están en la parte emocional los niños y las niñas. No hemos tenido comunicación directa, en muchos casos, solo hablamos con las mamás y lo que ellas nos han ido contando nos preocupa muchísimo.

 

¿Qué es lo que intuyen que pasa a ese nivel?

Las mamás, con la cuarentena, se hicieron más conscientes de que la situación económica desesperante las estaba llevando a una situación de estrés. Esto las tenía completamente agotadas. Además, se hizo más evidente que ellas no tienen la paciencia o los conocimientos suficientes para estar ayudándoles a sus hijos. Esto ha estado llevando a que caigan en el maltrato y la violencia. Y esto no es solo de madres o padres a hijos. Es, incluso, de niños hacia niños. Y fue así como decidimos, poco a poco, retomar el programa de atención psicológica.

Fotografías de Michael Huezo

¿Qué tipo de manifestaciones de estrés se ve en los niños?

Problemas para dormir, ansiedad e hiperactividad es lo que se puede ver en los niños. Pero, empieza en las mujeres. Los problemas en ellas están agudizados porque son responsables de llevar seguridad y alimento a sus hijos. Cuando todo se cerró, ellas ya no pudieron ni ir a buscar botellas o material para reciclar y estaban sin ningún ingreso. Los niños estaban encerrados y eso generaba mucha tensión. Eso pasaba durante la cuarentena. Ahora que hay reapertura económica, aparece el otro extremo del problema, que es que, como no hay escuelas presenciales, entonces los niños y las niñas pueden estar, más que todo, en la calle. Este es un gran riesgo, porque ahí hay acoso, abuso sexual y otros peligros que se agudizan.

Con la reapertura económica, además, muchos de los padres y madres se han traído a sus hijos a trabajar. No hemos podido sacar números, porque no hemos podido hablar con ellos directamente. Pero hay madres que nos han dicho que continuar estudiando representa mucho gasto y, entonces, mejor se los han llevado a todos a trabajar. Uno con los dulces, otro vende los chocolates y la mamá con el canasto.

¿Han aumentado la violencia intrafamiliar y el trabajo infantil?

El problema es que hablar con los niños y niñas para preguntarles a ellos cómo se sienten ha sido difícil, pero hablando con las mamás, ellas nos dicen que si el niño les pedía que le ayudaran con la tarea, y ellas realmente no tenían cómo ayudarles, lo que hacían era castigarlo, pegarle. Hay mamás que no han estudiado suficientes años como para poder ayudar a resolver las guías. Y los niños necesitan esa asesoría. Por esto las mamás nos han buscado para decirnos que intervengamos, porque la situación es tan caótica que ha habido casos en los niños les pegan a sus hermanos, se pelean por material escolar, porque no es suficiente. Tuvimos el caso de un niño que amenazó a su hermano con un cuchillo. La mamá nos vino a buscar para que le ayudáramos a manejarlo. La realidad de las mujeres aquí es muy difícil. Trabajan todo el día y llegan a las 7, 8, 9 de la noche a casa y, a esa hora, tienen que sentarse a hacer tarea y, a esa hora, se dan cuenta de que no tienen el material, o no tienen la habilidad y se sienten frustradas. Nuestras educadoras encuentran la manera para trabajar con ellas a la hora que se pueda, les dan las 10, 11 de la noche resolviendo tareas. Porque las mamás no tienen cómo hacerlo. Esta es una realidad en las familias en las que los niveles educativos son bajos. No pueden, aunque quieran, ayudar a sus hijos.

Ahora que hay reapertura económica, aparece el otro extremo del problema, que es que, como no hay escuelas presenciales, entonces los niños y las niñas pueden estar, más que todo, en la calle. Este es un gran riesgo, porque ahí hay acoso, abuso sexual y otros peligros que se agudizan.

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Este era un lugar seguro para niños y niñas, ¿con qué se está sustituyendo lo que encontraban aquí?

Esta es una de las preocupaciones más grandes que tenemos. Estamos ahorita atados de manos, hay una regulación que dice que no podemos atender niños, porque eso es causa hasta de multa y por eso hemos tomado medidas. Sabemos que nos necesitan. Así que hacemos atenciones en grupos pequeños, hacemos intervención casa por casa, se ha cambiado todo el protocolo de atención. Sabemos que este espacio significa seguridad para los niños y las niñas y, ahorita, no lo tienen. No tienen escuela ni este espacio y están más vulnerables que antes. Y eso lo vemos en que los índices de trabajo infantil han aumentado tras la cuarentena. Este programa nació, de hecho, para ofrecerles una alternativa y que bajaran sus horas laborales y como ahorita, prácticamente, no tienen nada, han tenido que regresar a la venta. Otros están en sus casas encerrados con sus agresores y otros, que nos hemos dado cuenta, andan vagando, en las calles y ahí está el peligro de que los secuestren o de sufrir agresión sexual. Todos estos riesgos son más reales para ellos que viven aquí, esta es una de las cosas en las que estamos queriendo sensibilizar a los actores. Los niños no tienen un espacio seguro en este momento, es muy preocupante para nosotros.

Una buena parte de los delitos sexuales se comete en casa de la víctima. ¿Han tenido indicios de que este delito haya afectado más a los niños y niñas del programa?

Estamos dándole énfasis a las niñas en salud sexual reproductiva. Estamos repartiendo cajas lúdicas para que las niñas puedan tener información y puedan tomar una decisión acertada. Una caja lúdica es en la que viene material, guías de trabajo, juegos, material para que ellas hagan su propia guía en salud sexual reproductiva. Sabemos que están vulnerables. Es por ello que queremos que tomen decisiones asertivas. Queremos que sepan identificar zonas de protección. Por ejemplo, hemos establecido claves, códigos a la hora de hablar para que ellas puedan decirle a sus maestros o a la psicóloga que están cerca del agresor, que su padrastro las viola o las molesta, sin que ellos sepan. Estamos buscando la manera de que nos puedan decir a nosotros la situación, pero sin exponerse. Sabemos de abusos que se han dado en el marco de conseguir materiales para continuar la educación, como cuando el vecino le dice que puede usar la computadora y esta persona aprovecha la ocasión para el abuso.

Fotografías de Michael Huezo

Ante una eventual recuperación, ¿en qué aspecto se van a enfocar?

Lo que más les ha afectado a los niños y niñas de aquí es el trabajo infantil. Con la cuarentena, las familias se quedaron sin trabajo. Ahora que ya se reactivó esto, se han tirado a la calle y se han traído a sus hijos hijas para vender, porque la mayoría de ellos tiene préstamos y lo que hacen en el día no les genera lo suficiente para cumplir con esas obligaciones y para pagar todo lo demás. El trabajo, de esta manera, hace crecer la vulnerabilidad en que los niños se encuentran.

De aquí a diciembre, ¿cuál es el plan? ¿Qué piensan ejecutar?

La misión uno es el tema educativo. Queremos que terminen su año escolar y vamos a seguir trabajando en hacerles asequibles las guías de estudio, en darles los materiales que necesitan. Vamos a seguir trabajando en darles las canastas alimenticias a los que se quedaron sin negocio y sin nada. Y, para ellos, estamos trabajando un programa de acceso a capital. Para que puedan mejorar en el tema de deuda. Y lo otro en lo que queremos ayudar es cómo pueden diversificar sus negocios, esto es lo más difícil. El sector informal no ha sido tomado en cuenta y queremos respaldar, sobre todo a las mujeres, para que puedan tener capital, pagar sus deudas y hacer negocios diferentes.

Las mujeres que sacan adelante a sus familias y al cantón

Fotografías de Julio Umaña

A Reina Valdales la Tormenta Amanda le destruyó la mitad de su cosecha de maíz. Lo cuenta como si fuera algo habitual. Porque, en efecto, no es la primera vez que le pasa. En el Cantón San José El Naranjo, donde ella vive, ya están acostumbrados a ver cómo las tormentas acaban con sus medios de vida. Esta situación, sin embargo, no deja de representarles una tragedia.

Después de la tormenta Amanda solo le quedó maíz para el consumo familiar. Cuando las tormentas o las sequías no le destrozan la siembra, logra sacar 40 sacos de maíz. 20 para vender y 20 para su hogar. Eso le tiene que alcanzar para todo el año. Cuando el tiempo es bueno y puede recoger toda la cosecha, con lo que vende le alcanza para comprar, de vez en cuando, un poquito de pollo, carne, crema y queso para acompañar las tortillas y los frijoles. Vende, cuando se puede, a $30 el saco de maíz. Con los 20, hace $600. Es decir, $50 para vivir cada mes. Pero, como suele pasar, el saco se lo compran a $18, le dan $360 por los 20. Así, le quedan $30 mensuales. Pero, este año, no va a tener ni eso.

Hay una parte de la economía que no puede verse distante de la sostenibilidad de la vida, señala la economista Tatiana Marroquín. Es el caso de las producciones que se tienen en los espacios rurales, que son para consumo propio y para la sobrevivencia. Entonces, explica, una pérdida de esa magnitud en las cosechas afecta gravemente la vida de las familias, porque lo ocupan para alimentarse.

“Cuando vemos que ellos tienen producciones no solo para autoconsumo, sino para el consumo de las familias en las ciudades, nos damos de cuenta que también se ve impactada la economía a nivel agregado. Es decir, que si se afecta la economía de lo rural, se afecta la economía en todo su conjunto. Por eso es tan importante entender que la economía y la sostenibilidad de la vida están íntimamente ligadas”, dice Marroquín.

“Esta pérdida me va a afectar bastante. Uno a veces en el hogar necesita de un par de zapatos o de un pantalón, con eso se limita, porque ya no tiene para comprarlo. En la salud también afecta, porque si a mí se me enferma un niño, vendo un poquito de maíz de lo que he sacado de la cosecha y ya hago unos centavos para ir con el doctor. Porque aquí clínica hay, pero a uno no le dan nada. Es como que no hubiera”, explica Reina.

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PERDER LO POCO QUE SE TIENE

Para Reina, de 50 años, estos han sido días de pérdidas. Ella, que no tuvo hijos biológicos, crio a dos sobrinos desde que eran unos bebés. Y, hace dos meses, José, el mayor de ellos, enfermó. Comenzó a sentir náuseas e hipo muy fuerte. De inmediato, Reina lo llevó al médico para que lo revisara. El doctor le dijo que, aunque el niño no tenía fiebre ni gripe, parecía tener algunos síntomas de neumonía, porque la flema se le había acumulado en los pulmones. Le puso terapia respiratoria, le dio un antibiótico para aflojar la flema y les dijo que volvieran al día siguiente para evaluar su estado de salud. Así lo hicieron. El diagnóstico fue el mismo. Ese día, al regresar de la consulta, lo vio triste, ya no quiso comer ni tomar suero. Lo único que tomó fue un poquito de agua, y, dice Reina, se le murió en los brazos. Tenía 12 años.

“Aunque el año ya era difícil, con mis dos hijos aquí en la casa yo me sentía bien. Siempre he sido una persona así, bien fuerte, que no me gusta que me vean que me levanto triste. Por eso, aunque tenga algún problema siempre me rio con la gente. Pero, después de lo de mi niño, sí me he sentido mal. Incluso, he estado yendo a la clínica y me han dado un medicamento para la presión y unas pastillas para el corazón, porque, a veces, siento que me hace bien feo”, cuenta.

Monitoreo. Reina es la encargada de monitorear a diario la cantidad de agua que ha caído en la zona. Con eso, las mujeres toman decisiones sobre los momentos más oportunos para sembrar.

Reina tiene la mirada profunda y dulce. Su cabello es negro y corto, con colochos que dan vueltas sobre sí mismos. Sobre ella recaen todas las responsabilidades del hogar. Desde hace siete años, cuida a su madre, a quien varias complicaciones de salud le impiden caminar. Pasa de la cama a la silla de ruedas. Por eso, Reina, además de tener que llevar el alimento a su casa, debe también comprar todo lo que su mamá necesita para uso personal y de salud.

San José El Naranjo está ubicado en Ahuachapán, departamento que, según la Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples de 2019, es el segundo con mayor porcentaje de hogares en condición de pobreza del país. El documento también señala que Ahuachapán ocupa la misma posición en los departamentos que presentan los ingresos más bajos. Y, además, se agrega que el promedio mensual de ingresos en el área rural es casi $300 menor que en el área urbana.

La cuarentena por la pandemia de la Covid-19 llegó a agravar la situación de Reina, pues durante los meses que se mantuvo el cierre económico, ella no pudo salir a hacer su “ventecita” de ropa con la que se ayudaba para los gastos del hogar. Además, cuenta que, de alrededor de 700 familias del cantón, solo 20 recibieron el bono de $300 dólares que el gobierno prometió para las familias más necesitadas del país. Ella, que este año se vio en una situación sumamente precaria, no salió “beneficiada”. Tampoco han recibido apoyo cuando los inviernos o las sequías destruyen sus cosechas.

“El gobierno está bastante aislado de nosotros, porque como se ve, ellos solo se centran donde la gente pasa, ve y les dice “qué bonito tiene el presidente”, pero en las comunidades estamos con muchas necesidades y con nada de ayuda. Nosotros aquí estamos abandonados por parte del gobierno. Estamos abandonados por el Estado”, comenta.

Este año, para evitar atravesar temporadas de escasez económica y alimentaria, como les pasa con frecuencia, comenzaron un proyecto de huertos caseros. En marzo, recibieron las semillas y comenzaron a sembrar chiles, tomates, pepinos, berenjenas, pipianes y lechugas. Así que, cuando la pandemia se encontraba en la etapa más crítica, ellas ya estaban viendo los primeros frutos de su trabajo.

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EL CAMBIO CLIMÁTICO NO PERDONA AL CANTÓN

San José El Naranjo es un cantón caliente y húmedo. Aquí, abundan las casas de adobe, bajareque y algunas láminas. Cuando ha llovido, las grietas de las calles se llenan de lodo y caminar sin tropezar se vuelve difícil por la condición en la que se encuentran algunas sendas. Para llegar a las casas de algunos de sus pobladores, hay que pasar por un puente que atraviesa un río. Es decir, caminar es la única opción. Entre las calles deshechas y las casas a medio hacer, la vulnerabilidad del lugar es un hecho indiscutible. Y, al cantón, el cambio climático lo azota sin piedad.

“El Salvador es un país altamente expuesto a los efectos del cambio climático”, explica Enrique Merlos, coordinador de Desarrollo territorial de la Fundación Nacional para el Desarrollo (Funde). “Según las investigaciones que ha hecho el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, el 88.7% del territorio se considera como una zona de riesgo, pues es propenso a inundaciones, deslizamientos y sequías. En ese 88.7% vive el 95.4% de la población. Es decir que, básicamente, casi todos los salvadoreños están expuestos a algún tipo de vulnerabilidad”, dice el experto.

En ese sentido, los inviernos suelen ser crueles para El Salvador. Elsa Ramos, investigadora y docente de la Universidad Tecnológica (UTEC), explica que durante los últimos años se ha observado que en un día puede caer la misma cantidad de agua que antes caía en una semana, en quince días o, incluso, en un mes. Y, lo que va del 2020 no ha sido la excepción: “con las tormentas tropicales Amanda y Cristóbal recibimos en ocho días la cantidad de agua que habríamos tenido que recibir prácticamente entre cuatro y seis meses. Eso fue devastador para las cosechas”, explica Ramos.

“Para nosotros este ha sido un año desastroso, porque la tormenta Amanda fue corta, pero tuvo un impacto de destrucción como de un mes. Eso no pasa todos los años, porque no siempre vienen las tormentas con huracanes. La mayoría de personas del lugar tuvo pérdidas. Algunas se quedaron casi sin nada”, cuenta Reina, mientras camina con gran destreza entre el barro que cubre algunas calles empinadas.

Agua. Las mujeres recogen agua durante la época lluviosa para poder regar sus huertos cuando vengan los días de sequía.

Durante este año, y en el contexto de la pandemia, el tema ambiental ha quedado, dice Ramos, “ni siquiera en un segundo plano. Si no tomamos medidas en este momento, la crisis climática por la que ya estamos atravesando se va a convertir en un desastre. No en un desastre natural, sino en uno social. Porque las personas necesitan tener un medioambiente sano para tener una calidad de vida digna y humana”.

Ante esta situación, indica Gregorio Ramírez, técnico de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES), en El Salvador es necesaria una política de adaptación. “Con el gobierno anterior se tuvo una. Sin embargo, con este no se le ha dado seguimiento. Es importante una política que permita crear las estrategias para que el país pueda generar resiliencia, ya sea a través de proyectos concretos, como la educación ambiental para la adaptación, o a través del mejoramiento de algunos sistemas de producción”. También, dice, es necesario contar con una Ley de Cambio Climático que dé lineamientos e institucionalice el tema.

“La CEPAL dice que la recuperación de los países centroamericanos, teniendo en cuenta los impactos del Covid-19 y también el cambio climático, va a tardar en promedio de 6 a 10 años. Estamos hablando de aproximadamente una década para que nosotros podamos como país comenzar a adquirir el desarrollo que teníamos en el 2019”, agrega Ramos.

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ORGANIZACIÓN Y RESILIENCIA COMUNITARIA

Las mujeres del cantón San José El Naranjo han buscado formas de paliar las crisis que las golpean: el cambio climático y el hambre. Se han reunido, desde 2008, para hacer jornadas de limpieza y reforestación en sus comunidades. Decidieron, para ganar espacios que siempre se les habían negado, crear la Asociación de Mujeres Jujutlecas. Son 31 mujeres de 6 comunidades las que se han formado en temas de género y medio ambiente para, según cuentan, “proteger su territorio”.

Este año, para evitar atravesar temporadas de escasez económica y alimentaria, como les pasa con frecuencia, comenzaron un proyecto de huertos caseros. En marzo, recibieron las semillas y comenzaron a sembrar chiles, tomates, pepinos, berenjenas, pipianes y lechugas. Así que, cuando la pandemia se encontraba en la etapa más crítica, ellas ya estaban viendo los primeros frutos de su trabajo.

Reina, que es la presidenta de la asociación, dirige la caminata para visitar los huertos de las seis mujeres que la acompañan. Ella va al frente, con pasos firmes y largos. Y, de vez en cuando, vuelve la mirada para asegurarse que ninguna se ha quedado. Todas la siguen con naturalidad, y cuando se trata de explicar algo sobre las siembras, le ceden la palabra. Lleva tenis, jeans azules y una camiseta verde. Espera y extiende la mano cuando se cerciora de que alguien tiene problemas para subir por alguna vereda. Sonríe y dice: “hasta uno que ya está acostumbrado a andar aquí se cae a veces”.

Los huertos suelen estar ubicados en alguna esquina de los patios de las mujeres. A veces, es lo único verde que se puede ver entre los espacios llenos de tierra y barro. Están cercados con una malla ciclón que se detiene en cuatro troncos o ramas gruesas clavadas en el suelo. Cada mujer, cuando le llega el turno de mostrar su huerto, se acerca a las plantas y, como en este momento no todas tienen verduras, las señalan para explicar de qué es cada una. A pesar del tiempo, se siguen sorprendiendo con el tamaño de las berenjenas y de los pipianes, que más parecen ayotes. Cortan, aprovechando el momento, algunos tomates que ya están en su punto, y, agarrándolos con las dos manos, los muestran con orgullo. Eso les ha dado de comer durante la pandemia. Y, aunque han perdido sus cosechas y, sus familiares, los empleos, las sopas de verduras no faltaron durante estos meses.

La primera cosecha les llegó en buen momento. Ahora, muchas ya esperan con emoción la segunda y, otras, hasta la tercera. Hablan de sus huertos con ternura. Como quien se refiere a algo a lo que le ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo. Una de ellas dice que lo trabaja junto a sus dos hijas. Ahí, cuenta, les enseña a cuidar el medioambiente y a ser responsables con la tierra.

Reina habla con seguridad y sonríe con los ojos mientras conversa. Toca, de vez en cuando, la cartera de manta que lleva en el hombro, como para asegurarse de que sigue ahí, que no la ha perdido. Cuenta, con la voz cargada de emoción, que los huertos han sido un éxito. Ella, a pesar de los riesgos de la pandemia, se ha encargado durante estos meses de visitar a las 31 mujeres que forman parte del proyecto. Asegura que, en estos tiempos de crisis, esas verduras han sido un gran alivio para su economía. Quien la ve y la escucha hablar no podría imaginarse la difícil situación que tuvo que atravesar hace apenas unas semanas.

“Hubo un día que yo les dije a las compañeras que iba a dejar todo botado. Pero ellas me animaron a seguir adelante. Por eso, he reflexionado y pienso que todo este esfuerzo tiene que valer la pena. Y seguí. Ocho días tenía de habérseme muerto el niño y yo ya andaba visitando los huertos. Cualquiera de los que me veían podía decir que yo no sentía nada. Pero no era eso, lo que pasa es que desde que acepté el compromiso con la comunidad, tengo una responsabilidad con la gente”, comenta.

Estos proyectos son importantes, dice Ramírez, porque buscan que “en las comunidades se creen capacidades e iniciativas que demuestren que, de manera sustentable, ecológica, equitativa y programática, se pueden implementar acciones que contribuyan a generar condiciones para la adaptación al cambio climático”.

Juntas. Las mujeres de la comunidad elaboran con elementos naturales los fungicidas y pesticidas que utilizan en sus huertos. Lo hacen de manera conjunta.

El objetivo de los huertos familiares, dice Reina, es siempre tener garantizado el alimento. “Durante la pandemia, las mujeres hemos comido, y lo que no nos alcanzamos a comer, lo regalamos a quienes no tienen huerto. También vendemos una parte de la cosecha. Ya con eso podemos llevar ingresos. Por ejemplo, yo saqué bastante pepino. No me lo alcancé a comer todo, entonces regalé una parte y la otra la vendí. Si logré vender $5, con eso ya tenía para comprar sal y azúcar”, cuenta.

Reina es enfática en la necesidad que tienen las mujeres de apropiarse de los espacios. Busca, entre otras cosas, que sus compañeras del cantón logren autonomía. En ese sentido, Marroquín menciona que “el empoderamiento económico es elemental para que las mujeres se puedan sentir independientes, no solo en organizarse, hablar y decir lo que piensan, sino también en que tengan la capacidad económica de estar en situaciones de libertad”.

Para esto, dice Ana Castillo, coordinadora de Soleterre, ONG que trabaja con OSC comunitarias con enfoque de Derechos Humanos, es importante que las mujeres ocupen espacios de liderazgo dentro de las comunidades, pues históricamente se ha buscado excluirlas. “Se suele pensar que las mujeres no tienen capacidades ni propuestas, cuando es al contrario. Está demostrado que ellas tienen grandes capacidades en términos organizativos, y que pueden abonar mucho a acciones de desarrollo como tal”, explica.

También agrega que, en las zonas rurales, como en gran parte de la sociedad salvadoreña, la mayoría de familias están a cargo de las mujeres. “Entonces, ellas llevan la responsabilidad de sus hijos e hijas y, por tanto, el tema de la comunidad les compete. Ahí, ellas son protagonistas”, comenta.

Reina y las mujeres de la organización trabajan sus huertos con repelentes y abonos orgánicos. Eso es parte de la lucha por mejorar las condiciones medioambientales en su cantón. Sueñan poder enseñar a otras mujeres a cosechar en huertos caseros, y que el siguiente año sean más las que se sumen a la iniciativa.

“Este proyecto nos ha ayudado psicológica y económicamente. Cuando estábamos en la cuarentena, nos dedicábamos a cuidarlos. No andábamos pensando en que nos íbamos a enfermar. Por eso, vamos a tratar la manera de trabajarlos mejor. Estamos pensando en que, cuando ya estemos bien superadas, y que ya saquemos bien adelante los huertos, vamos a abrir un mercadito para las mujeres. Esa es mi visión”, concluye Reina, y vuelve a sonreír con la mirada.

Reapertura económica: empresas endeudadas y clientes insatisfechos

Fotografía de archivo
Fotografía de archivo

Vera Mejía pagó por un servicio que no recibió. En enero, se inscribió en un nuevo gimnasio. El lugar le pareció atractivo porque le quedaba cerca de la casa. Al comenzar, pagó la membrecía anual y una promoción por tres meses. Llevaba mes y medio cuando se declaró el Estado de Emergencia Nacional y cerraron las instalaciones. Ella continúo haciendo ejercicio en su casa, con la certeza de que al reabrir la economía podría volver al gimnasio a completar el tiempo que le había quedado pendiente.

El 24 de agosto el gimnasio anunció que podían acercarse o hacer una llamada para comenzar el proceso de reingreso. Vera llamó para informarse sobre cómo iba a funcionar todo con la reapertura. Para su sorpresa, le comunicaron que tenía que pagar una nueva mensualidad, pues las que había cancelado ya no tenían vigencia. “Los meses se vencieron”, le informaron.

En casos como el de Vera, lo primero que se debe tener claro, dice Nelson Martínez, asesor jurídico del Centro para la Defensa del Consumidor (CDC), es que toda adquisición de bienes o contratación de servicios va acompañada de derechos. Entre ellos, ser protegidos de cobros por servicios no prestados. Ante estas situaciones, se debe hacer un reclamo que permita al consumidor recibir una compensación si los servicios son entregados en calidad o cantidad diferente a la ofrecida.

Martínez explica, además, que esta “situación excepcional” no solo ha afectado a los consumidores, también ha impactado a las empresas que prestan servicios, debido a la ausencia de una regulación que las proteja y apoye a los clientes. Por eso, dice, “lo importante es buscar una salida que beneficie a ambas partes”.

“Yo les pregunté: “¿cómo es que se me vencieron los meses si el gimnasio estaba cerrado, todo estaba cerrado?” Pagué por anticipado para que se me brindara el servicio, y no lo hicieron”, dice Vera.

El Informe de Coyuntura Económica mayo 2020 de la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (Fusades) muestra que en marzo de este año el índice de Confianza de los Consumidores se “deterioró rápidamente”, causando un retroceso en el incremento logrado desde el 2017. “Este es otro indicador que registró la mayor reducción mensual a lo largo de la serie histórica”, dice el análisis.

Vera hizo llamadas al gimnasio y no obtuvo respuesta. Luego, optó por hacer una denuncia en Twitter. El gimnasio la bloqueó de la red social. Después de un tiempo, la desbloquearon y le pidieron disculpas. La invitaron a acercarse a las instalaciones para llegar a un acuerdo, pero la solución que le brindaron fue pagar otra promoción de tres meses y, con eso, ellos le “regalarían” 15 días más.

Ante esa situación, ella investigó si la Ley de Protección al Consumidor la defendía, y se dio cuenta de que sí. Por lo que puso una denuncia en línea en la Defensoría del Consumidor, de la que aún espera respuesta.

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SIN PODER DEVOLVER EL DINERO

Según el Informe de Análisis Económico publicado en septiembre por Fusades, el sector servicios fue el segundo más afectado durante la pandemia, después de la construcción, pues cayó en promedio -75.7 puntos. Sin embargo, en los últimos tres meses logró recuperarse un poco, llegando, en agosto, a -58.3 puntos.

Salvador Linares es dueño de un gimnasio desde hace cuatro años. Comenta que el negocio estaba teniendo un buen momento cuando comenzó la pandemia. El cierre ha sido duro para él. También lo ha sido para los dueños de los 30 gimnasios de la asociación a la que pertenece. Cuatro de ellos tuvieron que cerrar. Además, se ha dado cuenta de, al menos, otros cinco, que no pertenecen a la asociación, que también se vieron obligados a no continuar.

“Nuestro ámbito ha sido bastante afectado. En nuestro caso, muchas personas dependen totalmente de su negocio, y les ha tocado cerrar por eso mismo, pues no hay ingresos mientras no se pueda abrir. La maquinaria, el mantenimiento, el personal y el local cuestan bastante. Ha sido difícil pagar la renta. Nos ha costado incluso ahora que ya se puede abrir”, comenta.

Fotografía de archivo

Salvador no ha abierto su gimnasio. Dice que logró mantenerse los primeros dos meses del cierre, pero, luego de ese tiempo, le fue imposible. Por eso, comenzó a dar entrenamientos personalizados en casas. Él sabe que su salud corre peligro. También está consciente de que es arriesgado para los clientes. Pero, para él, esa es la única manera de sacar adelante su hogar.

La mayoría de clientes de Salvador ya habían pagado su mensualidad cuando se declaró cuarentena nacional. Ahora, no encuentra la forma de devolverles el dinero. No sabe qué va a hacer. Los clientes le han dicho que quieren reintegro, pero él no tiene la solvencia económica para hacerlo.

“Para mí es complicado porque pasamos muchos meses sin trabajar, y son varias personas las que han pagado. A todos nos ha afectado esto, creo que deberíamos agarrar parejo y no exigir que se regrese todo el dinero. Yo sé que es pérdida, pero todos hemos perdido. A mí sí se me dificulta hacer esa devolución”.

Martínez, del CDC, explica que las empresas no tienen la opción de no devolver lo que ya han recibido. Deben buscar la forma de responder a sus clientes, ya sea brindando el servicio en una fecha distinta, reintegrando de forma parcial, bajando el precio de cuotas posteriores si es una suscripción sujeta a plazo. “Los derechos de los consumidores son irrenunciables por lo que, para ambas partes, conviene solventar la situación por los Medios Alternos a la Solución de Conflictos establecidos en la Ley de Protección al Consumidor”, comenta.

Ante la ausencia de una regulación especial que ayude resolver este tipo de conflictos, Samuel Salazar, director de Proinnova de Fusades, dice que es necesario que las partes busquen alternativas. “Lo primero que se debe hacer es conversar con el cliente. Si esto se hace así, el usuario va a entender perfectamente la situación en que se encuentran. Lo que hay que buscar es algún mecanismo de solución”, explica.

Sin embargo, para esto, dice, también es necesario que se brinde un plan a las empresas, pues se requiere de asesoría para, por ejemplo, enseñar a un gimnasio cómo puede virar su negocio a ofrecer servicios en línea o dar asistencia personalizada a las personas con las que ya adquirió el pasivo. Lo importante, en estos casos, es que el cliente sepa que la empresa sigue de su lado.
Salvador hizo un sondeo para saber si sus clientes estaban dispuestos a volver, pero la mayoría le respondió que, por la situación, tiene miedo. Por eso, considera que “no sale” abrir solo para las personas que ya le habían pagado y le piden devolución de dinero. “Con eso ni siquiera sacaríamos para lo de la renta, y algunos no pagamos poco. Y no es solo eso, también hay que pagar recibos y personal”.

Diego Tovar, mercadólogo y catedrático de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), dice que, desde el inicio de la pandemia, las empresas no han recibido información clara sobre medidas de apoyo a las que pueden tener acceso. Tampoco se les ha dado la orientación que se requiere en estos casos, especialmente, porque las empresas de servicios dependen casi totalmente del contacto directo con sus clientes.

“No hubo un acercamiento de las autoridades correspondientes para guiar a estos negocios para ver cómo se hacía un plan de cierre y de reactivación. Ahí sí se ha fallado porque no hay ningún apoyo directo. No dieron capacitaciones o indicaciones a la medida de cada rubro. A muchas empresas de servicios les tocó parar completamente y no se les dijo qué hacer en esa situación”, explica.

La mayoría de clientes de Salvador ya habían pagado su mensualidad cuando se declaró cuarentena nacional. Ahora, no encuentra la forma de devolverles el dinero. No sabe qué va a hacer. Los clientes le han dicho que quieren reintegro, pero él no tiene la solvencia económica para hacerlo.

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EMPRESAS ABANDONADAS

La esperanza de Salvador, y de otros miembros de la Asociación de Gimnasios, es recibir algún tipo de apoyo del gobierno. Le escribieron una carta al presidente de la república, Nayib Bukele, solicitando su ayuda, pero no obtuvieron respuesta. También ven complicado poder acceder a créditos u otro tipo de beneficios, porque no cumplen con los requisitos que se les solicitan.

“El gobierno ayudó a la Federación de Gimnasios, pero los independientes nunca tuvimos apoyo. Sí mencionaron que iban a ayudar a las pequeñas empresas, pero piden cosas demasiado exageradas, como declaraciones de IVA, renta o seguros. Ya se sabe que muchos gimnasios pequeños no tenemos todo eso”, cuenta Salvador.

La Cámara de Comercio e Industria de El Salvador realizó, en mayo, una encuesta empresarial que reveló que el 91% de las empresas se vio afectado debido al cierre económico. En el sondeo se tuvo una participación mayoritaria de los sectores Servicios y Comercio, con el 86% de la muestra. Además, las micro, pequeñas y medianas empresas representan la mayoría de las unidades económicas participantes, con el 85% del total.

En el mismo sondeo se consultó a las empresas sobre las medidas que tomarían si el periodo de emergencia se extendía hasta mediados de junio, tal y como sucedió. Ante esa pregunta, el 33% de las empresas respondió que necesitaría solicitar un crédito.

En esta crisis, las micro y pequeñas empresas son las más vulnerables, explica Salazar. Quienes se encuentran en la informalidad son los que menos posibilidades tienen de acceder al mundo de la formalidad, en el que se encuentran los créditos. Incluso, para las micro y pequeñas empresas que están registradas también es algo difícil, explica, pues ni la banca nacional ni privada tienen recursos para apoyarlas a todas.

El 58.29% de las microempresas se vio “afectado completamente”, muestra el Informe Situación de la empresa salvadoreña frente a la emergencia Covid-19, realizado por Departamento de Administración de Empresas de la UCA.

“El Estado no tiene los fondos necesarios para dar ayuda económica a las más de 300 mil micro y pequeñas empresas que hay en El Salvador, según la Encuesta 2018 de la MYPE. Los empresarios tienen que estar atentos a que den información clara, pero hoy por hoy no lo vemos a corto plazo. Entonces, lejos de estar esperando a que el Estado resuelva ese problema, las empresas deben comenzar a generar algunos mecanismos para intentar mantenerse a flote”, concluye.

Óscar Cabrera, presidente de la Fundación para El Desarrollo de Centroamérica (FUDECEN), dice que los criterios que ha definido el gobierno para que apliquen las micro y pequeñas empresas solo son para las que se encuentran en la formalidad. “Yo puedo acceder a un crédito solo si tengo una clasificación en el sistema bancario. Esto es prácticamente imposible. La última Encuesta de la Micro y Pequeña Empresa mostró que más del 90% no lleva ni registro de contabilidad”, comenta.

La Comisión Nacional de la Micro y Pequeña Empresa (CONAMYPE) no cuenta con fondos para brindar apoyo de alivio económico a las empresas que lo necesitan debido a la crisis generada por la pandemia. Esa es la respuesta que se brinda en la línea de atención telefónica que han habilitado. Ahí, invitan al usuario a llamar al Banco de Desarrollo de El Salvador (Bandesal), explicando que a través de esa entidad se puede tener acceso a estos apoyos. Sin embargo, en Bandesal tampoco se encuentra una respuesta esperanzadora.

Gracia Chávez, encargada de prensa de la institución, explica que el apoyo que ellos están brindando, por el momento, es solo para sus clientes. Para acceder a los fondos que el Banco Interamericano de Desarrollo aprobó para la recuperación de las MIPYMES, “BANDESAL debe gestionar la aprobación y ratificación de garantía soberana ante la Asamblea Legislativa”, dice un comunicado de la institución, con fecha 31 de agosto de 2020. Según Chávez, ese es un proceso largo.

Carmen Aída Lazo, economista y decana de la Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN), dice que las medidas de ayuda económica para las empresas debieron comenzar a implementarse en marzo, junto a las medidas para proteger la salud. “Estamos en septiembre y todavía no se tiene claro quiénes pueden aplicar, quiénes no. No hay claridad en los fondos que se han asignado ni a dónde pueden acudir las empresas para buscarlos”, comenta.
Además, agrega que no solo se ha fallado en el tema de la ayuda económica, sino también en otros apoyos que podrían haberse brindado. “Era necesario acercarse a estas empresas, que requieren contacto con sus clientes, y formarlas con protocolos de bioseguridad, por ejemplo”, dice.
También, comenta que se necesita reforzar otros sectores que no se vieron tan afectados, para que los miembros de las empresas que cerraron en el sector servicios puedan integrarse a ellos. “De lo contrario, el nivel de desempleo va a aumentar de tal manera que va a ser muy difícil recuperarse. Es algo que ya estamos viviendo”.
Por eso, explica Cabrera, es grave que el gobierno no esté priorizado el destino de recursos para apoyar a estos negocios, que son la columna vertebral de la economía y del empleo. Su cierre significará un duro impacto para el país, ya que “de los 2.8 millones de ocupados que hay, dos millones pertenecen al sector informal, y estos están relacionados con las micros y pequeñas empresas”, dice.

El Informe de Coyuntura Económica de Fusades indica que, por cada empleo formal existen 2.5 empleos informales. Eso quiere decir que, si por cada persona que pierde su empleo en la formalidad, 2.5 lo pierden en la informalidad, “aproximadamente, 161 mil trabajadores en el sector informal perderían su fuente de ingresos entre abril y marzo”. Además, el informe indicaba, en marzo, que, si los trabajadores no recibían ingresos o si su ingreso se veía reducido al menos por dos meses, la pobreza pasaría de un 30.9% a un 40.7%.
“No sé si va a ser posible que muchas de estas empresas que ya cerraron puedan reabrir con el apoyo. Tampoco sé si las que lo están esperando logren mantenerse hasta que llegue. La respuesta del gobierno ha sido insuficiente y muy limitada. El común denominador en esta problemática ha sido la alta polarización política, la falta de acuerdos entre los poderes Ejecutivo y Legislativo”, dice Cabrera.
Además, agrega, esto es peligroso para el país, pues, si el apoyo no llega a las empresas, el impacto que se ha estimado en la caída de crecimiento económico de este año (-7,2%), el crecimiento en el número de pobres (600 mil personas) y la reducción de la clase media (pasar del 22% al 15%), podría ser mucho peor.

Salvador, aunque sabe que su situación es complicada, espera no tener que cerrar. “Ahorita todo es pérdida, pero estoy confiando en Dios para que me ayude. Siempre he sido bien dependiente de él, y espero lograr salir adelante con el trabajo que ando haciendo en las casas”, cuenta.

Los expertos coinciden en que hay un problema de claridad en la información sobre las medidas de apoyo económico a las que pueden acceder empresas.

¿Cómo cuidar la salud mental de los niños en medio de la pandemia?

Fotoarte LPG

Caleb tiene seis años. Es alegre, servicial y tiene la voz dulce igual que el carácter. Cuenta que antes le gustaba estudiar. Lo que más le agradaba de ir al kínder era jugar con sus amigos, a quienes ya no ha visto desde que suspendieron las clases presenciales. Tampoco se han comunicado por ningún medio. Los extraña y le hace falta compartir tiempo con ellos. Estar en casa todo el día lo hace sentir mal, aburrido y triste. Esto, en gran medida, se debe a la cantidad de tareas que le dejan, a las que, a veces, dedica hasta seis horas al día. Caleb, que este año cursa preparatoria, se pone a llorar porque, para él, la carga es desesperante.

El 11 de marzo, con una declaratoria de cuarentena nacional, fueron suspendidas las clases presenciales en todos los niveles de instituciones educativas públicas y privadas. A partir entonces, los niños, acostumbrados a asistir a los centros educativos y a convivir con sus compañeros, dejaron de hacerlo y comenzaron el esfuerzo por integrarse a la modalidad educativa que sus recursos les permitieran. La ruptura en sus rutinas y la carga de todo lo que implica la pandemia han tenido un impacto psicosocial y de salud mental significativo en sus vidas, indica el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

Frente a esto, profesionales de la salud mental y ONG han incrementado los esfuerzos por llevar apoyo psicológico y emocional a la niñez salvadoreña. “Se está brindando atención, solo que ahora es en la modalidad virtual, a través de videollamadas o llamadas tradicionales. De manera que los niños, niñas y adolescentes tengan siempre este espacio para ser escuchados, orientados y para que puedan expresar sus emociones y preocupaciones”, explica Yesenia Segovia, asesora nacional de protección de la niñez de Plan Internacional,

Esta, sin embargo, no ha sido una tarea fácil. María José Figueroa, coordinadora de la Clínica psicológica de Fundasil, dice que brindar atención psicológica a los niños es complejo, pues es difícil que ellos busquen apoyo por sus propios medios, y si lo hacen, el psicólogo solo los puede atender si tienen una autorización de sus encargados o cuidadores. Entonces, lo que suelen hacer es orientar a los padres para que sepan abordar a sus hijos.

Figueroa dice, además, que, con la virtualidad, la situación se complica más. Porque parte de la atención psicológica es tener control del ambiente. Y, en ese sentido, eso se vuelve difícil para el psicólogo que lo está atendiendo, pues solo puede tener acceso a una parte de la pantalla, mientras que lo demás escapa de su control. “Por eso intentamos ayudar más a los adultos, para que ellos desde un abordaje cálido, respetando sus derechos, puedan hacer más por sus hijos o por los niños que están a su cargo”, explica

Yanci Valladares es madre de dos niños y una niña: Caleb, de seis, Nehemías, de 8 y Saraí, de 13. Para ella, estos han sido días difíciles, llenos de estrés y preocupaciones. Debido a la cuarentena, suspendieron su trabajo en una empresa que vende productos por catálogo. Las primeras semanas, logró sacar adelante los gastos del hogar con unos ahorros que tenía. Cuando ese dinero se acabó, comenzó a hacer comida para vender entre sus vecinos.

Desde que comenzó la pandemia, Yanci ha notado cambios en el estado de ánimo de los niños. “Ellos reaccionan distinto porque son bien diferentes. La niña, que antes era muy activa, ahora pasa mucho tiempo acostada. No se duerme, solo está ahí. El segundo niño se me pone más agresivo, por ratitos, cuando está estresado. Yo le digo “cálmese, hijo, tranquilo. Juegue, coloree, cante”, pero él dice que no, que está aburrido. Al pequeño le agarra de llorar, se ha vuelto más sensible, se pone a llorar cada vez que le digo que no haga algo. Eso a uno lo desespera también”, comenta.

Figueroa añade que, en el caso de los niños, ha sido frecuente ver dificultades en la conducta relacionadas con el encierro. “Se debe partir de que hay una multidimensionalidad de realidades dentro del marco de estar confinados. Hay niños que están viviendo en cuartitos chiquititos y hay otros que están viviendo en casas con jardín. Las reacciones serán distintas tomando en cuenta estas realidades en las que los niños y niñas están”, explica.

La psicóloga dice que otro elemento a tomar en cuenta es que ha aumentado la cantidad de trabajo que tienen los padres, por lo que hay menos tiempo para los hijos. Entonces, hay una exigencia emocional que no está siendo suplida porque los cuidadores están ocupados en sus labores. “Esta desvinculación que se está dando es algo que tiene repercusiones en la conducta de los niños”, dice Figueroa.

Yanci ha visto el impacto que ha tenido la pandemia en la vida de sus hijos. Pues, aunque no comprenden con exactitud lo que está sucediendo, se preocupan por lo que ven en la televisión, y le preguntan que “por qué ha venido un virus tan malo a matar a tantas personas inocentes”. Eso los tiene alterados.

Edith Lue es psicóloga escolar. Trabaja con centros educativos del departamento de La Libertad. Ella explica que desde que comenzó la crisis por la Covid-19 ha atendido casos de niños que se han vuelto más inquietos, han mostrado cambios en su conducta y que ya no quieren estudiar.

Lue ha buscado formas para no dejar de brindar sus servicios como psicóloga escolar. Se reúne por WhatsApp, o por otras plataformas, con los estudiantes. Esto depende de los recursos con los que ellos cuenten. Puede ser que se comunique con sus padres por mensajes o, si los niños tienen acceso a una computadora e internet, lo haga a través de una videollamada. Sin embargo, por el tiempo que le demanda preparar las sesiones, su capacidad de atención ha disminuido. “Antes, atendíamos a dos niños al día, ahora atendemos solo a uno. Preparamos los materiales por la mañana y atendemos al niño por la tarde, porque mucho de nuestro material ha quedado en las escuelas”, comenta.

Lazos. Los hijos de Yanci soy muy apegados a sus abuelos. Desde que no los pueden ver, han hecho un conteo de los días que llevan alejados.

En la escuela donde estudian los dos hijos mayores de Yanci, Nehemías y Saraí, hay un psicólogo que imparte charlas a través de Facebook Live para enseñar a los niños a organizar su tiempo, de manera que puedan adaptarse mejor a los cambios que han tenido. También ha sugerido hacer manualidades que les ayuden a distraerse y a sobrellevar la situación. Él ha dado su número telefónico a los padres por si los niños necesitan apoyo psicológico y emocional, pero Yanci no le ha llamado “todavía”.

No todos los menores en edad escolar tienen acceso a atención psicológica en sus centros educativos. En 2018, según estadísticas del Observatorio del Ministerio de Educación (Mined), de los 589 centros escolares (C.E) ubicados en el departamento de San Salvador, solo 109 ofrecieron consulta psicológica a sus estudiantes, es decir, el 18 %. En el segundo departamento más poblado del país, La Libertad, 47 de 439 C.E realizaron este tipo de consultas, lo que corresponde a un 10.71%. En Santa Ana, el tercer departamento con más población, de 450 C.E, solo 47 brindaron este servicio de salud mental, que es igual al 10.24% de los C.E.

“Las psicólogas educativas no hemos abandonado a los estudiantes, y mucho menos el resto de organizaciones que también trabajan con ellos. Muchas escuelas no tienen psicólogas, pero hay otras instituciones que apoyan a los niños, como Save the Children o Plan Internacional, que sí están dando asistencia desde las casas. No se logra abarcar al 100 %, pero sí se les está dando atención”, concluye Lue.

Caleb ha buscado nuevas maneras para soportar el aburrimiento. Al principio, usaba la bicicleta en el patio de su casa, pero, hace poco, se le dañó y ya no ha podido jugar con ella. También hace, junto a sus hermanos, casas, comida o pistas de carreras con trocitos de madera y piedritas que encuentra en su hogar. Lo primero que quiere hacer, cuando se acabe la pandemia, es ir a ver a sus abuelitos, que, en videollamadas, le dicen que esta situación pronto va a pasar y le recomiendan cuidarse mucho.

 

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DETECTANDO SEÑALES DE ALARMA

Lucia Romero, psicóloga y catedrática, dice que la salud mental para la niñez en El Salvador es un terreno abandonado, que poco a poco va sumando aliados que tienen como horizonte común la lucha por el derecho a una vida en bienestar. Desde la puesta en marcha de la Ley de Protección Integral de la Niñez y Adolescencia (LEPINA), se dibuja sobre el mapa una ruta para trabajar por los derechos de la niñez salvadoreña.

Una de las principales labores de estos aliados es identificar señales de alarma en relación a abusos contra menores. En ese sentido, Save the Children realizó un diagnóstico de necesidades, en el que detectó que los niveles de estrés durante las primeras dos semanas de la pandemia aumentaron en el 75% de los hogares consultados. Y, ante esas afectaciones, no se vislumbraban en el territorio programas de atención para apoyar a la población, explica la directora de operaciones de programas y punto focal de dicha organización, Ludin Chávez.

Chávez también dice que, comúnmente, los altos niveles de estrés en las personas se deben a incertidumbres aumentadas con ira, frustración y miedos que suelen traducirse en expresiones de violencia que pueden ir creciendo en intensidad y en frecuencia. Este tipo de emociones se dirigen a las personas que, dentro del hogar, pueden tener mayor vulnerabilidad, como los niños, adolescentes y mujeres.

Según Romero, la detección de este tipo de situaciones y otros esfuerzos que realizan las ONG son un alivio en el terreno de las comunidades, pues se apuesta por la prevención desde la educación en disciplina positiva, el fortalecimiento familiar y el mejoramiento de las condiciones y recursos de las familias.

Alexandra tiene nueve años. Le gusta leer y admirar la naturaleza. Lo que más extraña de la vida sin pandemia es ver a sus amigos y visitar a sus maestras. Cuando le dijeron que ya no iba a poder salir, se sintió angustiada. Estar encerrada en el mismo lugar todo el día, todos los días, le genera estrés. Al principio, lloraba mucho. Lloraba de repente. Ahora, cuenta, ha intentado verle el lado positivo a la situación, como que puede pasar más tiempo con sus cinco mascotas: un pollo, tres patos y un conejo negro.

Por ahora, vive en el kínder donde su mamá trabajaba haciéndoles la comida a los niños. Desde que suspendieron las clases, ella ya no pudo trabajar. Alexandra se preocupa porque la ve triste. Dice que la encuentra callada y seria. Le causa angustia porque está acostumbrada a verla sonriendo y hablando. Intenta entender qué siente para ver cómo puede ayudarla. A sus nueve años, ya carga con el estrés que le ha generado la pandemia y con la responsabilidad de consolar a su madre. En su escuela no hay psicólogo. Tampoco conoce a uno que pueda acompañarla, apoyarla o escucharla durante el encierro.

Caleb ha buscado nuevas maneras para soportar el aburrimiento. Al principio, usaba la bicicleta en el patio de su casa, pero, hace poco, se le dañó y ya no ha podido jugar con ella. También hace, junto a sus hermanos, casas, comida o pistas de carreras con trocitos de madera y piedritas que encuentra en su hogar. Lo primero que quiere hacer, cuando se acabe la pandemia, es ir a ver a sus abuelitos, que, en videollamadas, le dicen que esta situación pronto va a pasar.

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NIÑEZ MÁS VULNERABLE

La Dirección de Análisis y Técnicas de investigación e Información de la Fiscalía General de la República (FGR) muestra que, del 1 de enero al 31 de julio de 2020, se identificó a 1,224 menores víctimas de violencia. Además, según los prontuarios estadísticos del ISNA, en el primer y segundo trimestre del año 2020 se han atendido un total de 2,456 casos por vulneración de derechos.

Esa es una cifra alarmante en comparación con las 2,009 atenciones que se dieron en los doce meses del año anterior. “Es un hecho histórico, sabiendo que nuestra niñez se encuentra en cuarentena, con las personas que “deberían” brindarles espacios seguros, sanos y de protección”, explica Romero.

Para Figueroa, de Fundasil, el confinamiento ha expuesto a la niñez a sus agresores y le ha quitado todo el sistema de apoyo externo con el que antes contaba. “Los niños han dejado de tener la ayuda de sus factores protectores externos, que para algunos son la escuela, la profesora, los amigos, los tíos o los abuelos”.

En eso coincide Patricia Velasco, psicóloga de la FGR, pues comenta que “los niños viven situaciones difíciles en los hogares, empezando por cómo se habla y se les habla. Se les grita, les dicen palabras soeces y los insultan. Eso es el pan de cada día, lo común. También pasan viendo las peleas de los padres o ven cuando hay golpes. Antes, cuando estaban en la escuela, presenciaban menos ese tipo de acciones”.

Atención reactiva y no preventiva

Según datos estadísticos del Ministerio de Salud (Minsal), de enero a junio de 2020, se detectaron 56 casos de violencia física contra menores de entre 0 y 14 años, 91 casos de violencia psicológica, 200 menores víctimas de violencia sexual y 420 niños entre cero y nueve años víctimas de negligencia o abandono.

Aunque el confinamiento aumenta la vulnerabilidad de la niñez salvadoreña, el Estado parece no tener la voluntad para garantizar el respeto a sus derechos. Según el Procurador Adjunto para la Defensa de los Derechos de la Niñez y Juventud, Ulises Rivas, el país no tiene la capacidad para dar atención psicología a todos los niños que la necesitan.

“Solo se brinda atención psicológica a los niños que resultan afectados en un contexto determinado. Ni el Mined ni el Minsal tienen un programa constante para dar servicios de salud mental a la niñez. Si es un caso de divorcio o de violencia en una familia, entonces sí, se atienden. Pero no hay un programa, por ejemplo, para llevar apoyo psicológico a un niño porque cree que lo necesita. Es solo cuando ya se presenta un caso clínico”, explica Rivas.

El Instituto Nacional de la Niñez y la Adolescencia (ISNA) aseguró que la institución invierte un promedio de $170 mil anuales en concepto de salarios a psicólogos que trabajan en los Programas de Protección, y que, desde mayo del presente año, iniciaron un proyecto de apoyo psicosocial en centros de acogimiento de manera conjunta con Save the Children.

La mayoría de estas medidas, sin embargo, corresponde a acciones reactivas y no preventivas. Para cambiar esto, dice Yesenia Segovia, lo primero que se debe tener claro es que la salud mental es un derecho humano fundamental, como el derecho a la salud en general. Y, por lo tanto, es el Estado el ente responsable de asegurar y garantizar que la población, especialmente la niñez y la adolescencia, cuente con servicios integrales para atender la salud mental.

A pesar de los múltiples esfuerzos realizados por algunas instituciones del Estado y por las ONG en el país, todavía hace falta mucho para poder hablar de logros y avances en el tema de niñez y salud mental, concluye Romero.

Alexandra, que es muy reflexiva, intenta encontrar aprendizajes de esta situación: “Me he vuelto un poco más paciente y calmada. Me ha ayudado ver el movimiento del agua, observar cómo la brisa mueve las ramas de los árboles y escuchar el canto de los pájaros”.

Hard Rock

Ilustración de Moris Aldana

Lunes 21 de enero del 2008

A pesar de que tenía mi propio carro, desde el incidente en el Santa Cecilia por el cual me expulsaron, mis padres ya no confiaron en mí. Papá decidió contratar un microbús que me llegara a traer y dejar al colegio, así él estaría seguro de que no me zafaría de clases.

El micro me dejaba al menos una hora antes del toque de entrada. Tenía tiempo de sobra para caminar por el campus mientras esperaba que sonara el timbre. Frente a una de las cafeterías del colegio, mejor conocida como La Cafe, estaban Los Ranchos. Una zona con mesas de concreto que eran ideales para tomar nuestros refrigerios o terminar tareas pendientes. Fue allí donde me encontré a Ernesto. Entre otras cosas, fue su camisa negra la que llamó mi atención. Era una camiseta alusiva a la banda Iron Maiden.

Ernesto estaba solo, escuchando música en su Ipod con los ojos cerrados, y esperando a que sonara el timbre. Parecía que, al igual que yo, evitaba acercarse al aula antes de la hora.

Cuando faltaban quince minutos para entrar a clases, observé que Ernesto se quitó la camiseta de Maiden para ponerse la del uniforme. Cualquiera que hubiera visto su físico lo hubiera confundido con un alumno de primaria. Tenía el cuerpo de un niño de diez años.

Una vez dentro del edificio de secundaria, mientras esperaba a que abrieran las puertas del salón, me quedé observando un juego de básquetbol que se desarrollaba en la cancha interna. Poco a poco la fachada del grado comenzó a llenarse de compañeros, pero ninguna señal de Ernesto.

El timbre sonó a la 1:15 de la tarde, y fue hasta entonces que lo vi asomarse. Tortugón aún no había llegado. Todos estábamos dispersos por el pasillo.

Yo seguía mirando hacia la cancha, observando cómo terminaban el juego un grupo de alumnos de noveno grado, cuando de pronto advertí la presencia de Ernesto a la par mía. Al igual que en Los Ranchos, tenía los ojos cerrados. Parecía querer concentrarse con la canción que escuchaba. Su presencia era casi tácita. Si me pude percatar de tenerlo a mi derecha, fue únicamente después de escuchar la música que sonaba de sus audífonos, tan fuerte que era probable que padeciera de sordera.

La calma se rompió cuando Alberto se aproximó a él. Con un dedo tiró de los audífonos de Ernesto para poder susurrarle al oído: “Sos maricón, ¿veá? ¿Tenés hermanos?”. Ernesto se sobresaltó al escucharlo. Agitó sus hombros para advertir que no quería que lo tocara, pero eso no le importó a Alberto. Él siguió con su repertorio de preguntas. “¿Tenés hermanos? ¿Te masturbás cuando los ves desnudos?”. A medida continuaba sus preguntas, estas se volvieron más grotescas. Ernesto no respondió a ninguna. Se limitó a devolver su audífono al oído, aunque Alberto volvía a quitárselo. Molesto, Ernesto intentó retirarse, pero Alberto no lo dejaba irse. Lo persiguió con su interrogatorio, cada vez con voz más alta: “¿Ya se la mamaste a tus hermanos?”.

Cuando Ernesto se cansó de las bromas, se dio la vuelta y enfrentó a Alberto cara a cara gritándole que se callara, culero maricón. Con las manos le dio un empujón a Alberto que sólo consiguió hacerlo retroceder unos cuantos pasos. Pero una vez recobró el equilibrio, Alberto dibujó una sonrisa en el rostro.

“¡El profe!”, gritó alguien.

Todos voltearon a ver al pasillo que conectaba con la sala de maestros. Ahí estaba Tortugón, caminando a paso lento. Alberto cesó sus preguntas. Dedicó una mirada despreocupada a Ernesto y sin decir nada más le dio la espalda.

We don’t need no education
We don ´t need no thought control
No dark sarcasm in the classroom
Teachers leave the kids alone
Hey! Teachers! Leave the kids alone!
All in all it’s just another brick in the wall.

Another Brick in the Wall Pink Floid

***

Lo primero que hicimos al entrar al salón fue rezar. Era una norma del colegio orar cada mañana para poner en manos de Dios las actividades de todos los días. Para mí eso era una pérdida de tiempo. A nadie le interesaba lo que decía la Biblia. Sólo lo hacían para perder tiempo de la primera clase.

Tomamos asiento y esperamos a que Tortugón diera las primeras indicaciones. La primera hora la tuvimos con él. Habló sobre el sistema de evaluación que usaría en su materia, los contenidos a desarrollar en esa primera unidad y las fechas de evaluación.

— Vayan pensando con quién trabajarán — dijo Tortugón para advertirnos de las tareas en grupo. Tal anuncio me preocupó. Yo aún no conocía a nadie en el aula además de Juan Carlos, pero no quería trabajar con él.

Al día siguiente, durante la clase de matemática, el profesor Rivas, mejor conocido como El Intrépido, pidió a Ernesto ponerse de pie frente a todos. La clase anterior nos hizo un examen diagnóstico, con el que pretendía evaluar nuestro dominio de los contenidos del curso pasado. Tal parecía que Ernesto sacó la peor calificación de la sección.

— Señor Amaya — se dirigió El Intrépido a Ernesto—, su nota es de uno sólo porque escribió bien su nombre. De lo contrario tendría cero.

El Intrépido era del tipo de profesores que les encantaba sentirse superiores. Se sentía muy importante sólo por haber escrito un libro de matemática que aún no publicaba.

Después de un incómodo silencio, El Intrépido le ordenó a Ernesto que resolviera uno de los ejercicios en la pizarra. A pesar de que era evidente que Ernesto no podía hacerlo, El Intrépido, en lugar de ayudarlo, se dedicó a exponer frente a todos en el aula el vacío que su alumno tenía en relación al tema. No dejó de mostrarse con aire de superioridad. “¿No conoce las reglas de los signos?”, le preguntaba sin importarle convertir a su pupilo en el chiste de la clase. “Me temo —le dijo— que usted y yo no podemos estar en un mismo equipo”. Fingió estar atónito ante el fracaso de su alumno. “Por favor — continuó— no vaya a decir mi nombre cuando le pregunten quién le enseña matemática, porque me daría vergüenza”.

A El Intrépido no le quedó de otra que mandarlo a sentarse. Mientras Ernesto buscaba su pupitre, un silencio rodeó el aula mientras lo seguíamos con la mirada. Él no deseaba vernos. Llevaba su vista plantada en el suelo. Ahí me percaté que en su nuca comenzaba a formarse una pequeña joroba por la posición cabizbaja con la que siempre andaba.

La tercera clase de ese día era la de Tortugón. Tan pronto entró al salón nos dio la orden de formar parejas de trabajo.

Ilustración de Moris Aldana

Aquel era el momento al que más le temía. Como yo era nuevo y aún no tenía amigos, no sabía con quién trabajar. Les pregunté al menos a cuatro compañeros si podía unirme con ellos, pero todos me respondieron que ya tenían grupo. En pocos minutos todos en el aula estaban agrupados menos Ernesto y yo. Todo indicaba que seríamos compañeros. Yo no tenía problema con eso. A mí, a diferencia del resto en la promoción, no me caía mal.

Ernesto y yo nos desplazamos a una esquina del salón.

Nos entregaron la hoja con las indicaciones para la tarea, y luego escuchamos al profe leerla en voz alta para explicarla punto por punto.

“Me llamo Rodrigo”, me presenté al mismo tiempo que le extendí la mano. Apenas levantó la vista de la papeleta para presentarse con un tímido apretón de manos. Tenía la mano tan delgada y suave que si yo hubiera ejercido presión en ella, seguro se la rompía.

Aunque nos costó romper el hielo, fue Maiden quien nos salvó. Después de un par de minutos en los que ninguno de los dos habló, tuve la iniciativa de preguntarle cuál era su canción de favorita de Iron Maiden, al mismo tiempo que le señalaba la pulsera de su mano derecha, donde estaba estampado el logo de la banda. La mía, le dije antes de dejarlo responder, es No more Lies. Fue hasta que pasaron unos segundos cuando se animó a contestar, siempre con un poco de reserva en la voz, que la suya era Hallowed by the Name.

Sin darnos cuenta, él y yo comenzamos a hablar de Metal. Dejamos de lado la tarea para comentar cuáles eran las bandas que más nos gustaban. Los dos coincidimos con la santísima trinidad del Metal: Iron Maiden, Black Sabbath y Judas Priest. A él le gustaban también las bandas de Symphonic Metal como Therion, Haggard, Epica y Nightwish. De hecho, me confesó, le gustaba mucho la ópera y la música clásica. Él soñaba con estudiar música. Me comentó que siempre deseó tener una banda, pero en su casa su madre se negaba a que pensara en esas tonterías porque decía que El Salvador no era país para artistas.

Llevamos nuestra charla hasta el segundo recreo. Nunca me imaginé hacer click con Ernesto, pues era muy reservado. Por momentos, al notarlo esquivo, me daba la impresión de que temía que me burlara de él.

Al toque de salida, Ernesto y yo intercambiamos correos electrónicos y números de celular para seguir planeando la tarea de química. Quedamos en reunirnos el sábado para comenzar la investigación.

Tenemos que asumirnos como una región desaparecida del mapa cultural

Jorgelina Cerritos, dramaturga y actriz

Decidió dedicarse al arte en su año de práctica como psicóloga en una unidad de salud, que coincidió con su inicio en la Escuela Arte del Actor, a cargo del ya fallecido director de teatro Filánder Funes.

Jorgelina Cerritos, ahora, se define como una mujer del teatro. En 2010, se convirtió en la primera salvadoreña en ganar el Premio Literario Casa de las Américas, en la rama teatro, por su obra Al otro lado del mar. Un premio que, acepta, le dio un reconocimiento internacional.

“Es entender que el teatro de cada país tiene su historia y desde ahí asumirnos y proponer”, reflexiona, en esta entrevista, sobre la dramaturgia y el teatro centroamericano, que no figuran en un mapa cultural. Es así que cree en los talleres formativos como espacios para producir conocimiento. Bajo esta idea, desde 2018, dirige el taller de dramaturgia Didascalia.

La pandemia del covid-19 también ha paralizado el trabajo de los artistas a escala mundial. Cerritos, fundadora del colectivo teatral Los del Quinto Piso, dice que es un tiempo para repensar, como grupo, por qué hacer teatro.

Se ha hablado mucho de qué van a hacer los actores, las actrices, los grupos de teatro sin público, pero ¿no sería también válido preguntarse qué va a hacer el público sin artistas?

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El 30 de julio se conmemoró la masacre y desaparición estudiantil ocurrida en 1975. ¿Qué hemos aprendido de este pasado violento de El Salvador?

Una quisiera poder decir que hemos aprendido, en términos generales, esa lección. Pero vamos viendo que es como una frase hecha. Muchas veces se dice: “Es que no vamos a repetir las historias, pero vamos a tratar de que las nuevas historias sean lo menos parecido a la historia anterior, al menos en las partes donde amerita una transformación social, una transformación política”. Sin embargo, la realidad está ahí, la realidad de nuestro país es violenta, y no hablo de esta específica, de la masacre del 75, sino de una serie. Las que se vivieron en la guerra, las que se están viviendo ahora en la post guerra, las que ahora estamos viviendo dentro de la pandemia del covid-19. Quizá el mayor aprendizaje es la necesidad de rescatar esa memoria, con la esperanza de que ese rescate nos permita transformarnos un día. Pero que quizá, creo yo, no la hemos transformado aún.

¿Qué ha significado este encierro para los y las artistas, en un país donde aún falta mucho para que se les reconozca el trabajo como creadores, en su caso específico, como creadora de la palabra y como actriz?

El arte, a nivel mundial, está atravesando una situación complicada, empezando por el hecho de que en el teatro necesitamos del encuentro realmente para que este se dé. Desde ahí, no es lo mismo la vulnerabilidad de los artistas en países desarrollados, en países europeos, que lo que estamos viviendo en el continente latinoamericano, y, aún dentro del continente latinoamericano, con toda la diversidad de situación que existe en los diferentes países, no podemos generalizar. La única generalización que creo que podemos hacer es que sí nos ha puesto en una condición precaria a los artistas del mundo, pero que esa precariedad tiene límites, colores, manifestaciones diferentes en cada lugar. La situación de la pandemia, más allá de un cierre de salas, más allá de la suspensión de temporadas, más allá de los estrenos que se congelaron, los procesos que se paralizaron, también es una cosa de sobrevivencia, es una cosa que estás junto a otros sectores de trabajadores de la sociedad preguntándote cómo vamos a hacer en esta condición económica que nos va a dejar la pandemia, en desempleos, por ejemplo, porque muchos de nosotros estamos trabajando en otros sectores que pueden estar muy alejados del tema teatral. Es un tiempo que ha servido mucho para reflexionar, para pensar, para volverte a hacer las preguntas fundamentales del teatro: ¿Por qué hacemos estos? ¿Cuál es la necesidad que tiene un país de hacer teatro? Una reflexión que tengo pendiente de hacerme y que, con El Quinto Piso, nos la planteamos. Se ha hablado mucho de qué van a hacer los actores, las actrices, los grupos de teatro sin público, pero ¿no sería también válido preguntarse qué va a hacer el público sin artistas? Porque, en teoría, tendríamos que estar preocupados por esa relación bilateral, por esa relación complementaria. Si el artista es el que nos cuenta la realidad, es el que da cuenta de nosotros como sociedad, entonces ¿cómo vamos a seguir dando cuenta de nosotros mismos como sociedad si un gremio de artistas está en esta situación de precariedad?

Jorgelina Cerritos

Usted es graduada de la Licenciatura en Psicología. ¿Alguna vez ejerció esta profesión? ¿Cómo y cuándo nace la necesidad de hacer arte?

Yo estudié psicología porque no había teatro en la universidad. Cuando estaba en el proceso de escoger carrera universitaria, a mí me hubiese gustado estudiar arte. Dentro de las opciones que yo tenía, por la misma condición familiar, era estudiar en la Nacional, ¿qué ofertas tenía? La psicología a mí siempre me gustó, de hecho, en tercer ciclo yo decía “quiero escribir, quiero actuar, quiero cantar y quiero ayudar a la gente”. Y ese ayudar a la gente, allá por el séptimo grado, lo veía siendo psicóloga. Esa cosa de que te cuentan sus problemas y les das consejos, me gustaba eso, me llamaba la atención. Fue como encontrarme con lo que la Universidad Nacional ofrecía y encontré ambos caminos. En el sentido de que supe que existía Teatro Universitario y entré a estudiar la Licenciatura en Psicología. A lo largo de la carrera, a mí me gustaba, y llegué a creer en algún momento que me iba a dedicar a ambas cosas. Es, de hecho, la formación que tuvimos en la Escuela Arte del Actor, con Filánder Funes, que empezó a cuestionarme otras cosas, y decir ¿qué quiero que sea el teatro en mi vida? ¿Quiero que sea mi profesión? ¿Quiero que sea mi tiempo libre? ¿Quiero que sea un hobby? ¿Qué quiero? Y justamente yo estoy en el proceso de terminar mi último año en la universidad y haciendo mi primer año en la Escuela Arte del Actor, eso coincide con que yo me veo haciendo mis prácticas, las hice en una unidad de salud, y empecé a verme, dije: ¿Este será mi día a día todos los días de mi vida de aquí en adelante? No es esto”.

Nunca ejercí la psicología, no deja un poco de hacerme como una responsabilidad fuerte, cuando me dicen “es que usted es psicóloga”. Yo digo: “Estudié psicología”, que es diferente. Trato de poner eso en orden en mí, decir “sí, estudié psicología”, y seguramente todo ese conocimiento está, pero yo no me siento una psicóloga, yo me siento una actriz, una dramaturga, una mujer del teatro.

Entre los reconocimientos internacionales que ha recibido, es la única salvadoreña ganadora del premio Casa de las Américas, en la rama de teatro, por su obra Al otro lado del mar. ¿Marcó un antes y un después este reconocimiento? ¿Qué importancia tienen los premios de este prestigio para las y los escritores centroamericanos?

Es indiscutible que sí marca un antes y un después. Yo puedo ver eso justamente, o mayormente ahora, después de 10 años que han pasado del premio. Decís sí y que es un parteaguas. En aquel momento recuerdo que en una entrevista me preguntaban y yo decía “es como asumirte, asumir una responsabilidad mucho más grande”, porque no sé, es que yo he tenido siempre la sensación de ser muy respetuosa de los oficios y de decir “no porque ya escribí una obra, tengo que decir que soy dramaturga. No porque dirigí una puesta, voy a decir que soy directora”. Creo que hay que graduarse en eso para ir acumulando experiencia y que la vida misma te haga sentirte que ya sos eso. Para mí, en aquel momento, era decir “es, de una manera u otra, asumirme como dramaturga“. De hecho, yo empiezo a escribir teatro en el año 2000. Son 10 años después que aparece el Premio Casa. Hay un camino recorrido y, del 2010 para acá, hay otros 10 años. Ahora podés hacer el balance de estos 20 años y cómo estás justo a la mitad de ese camino, en dónde tu vida cambió, ¿en qué cambió? Tu dramaturgia se volvió internacional, tu nombre tiene como cierto reconocimiento no solo dentro de tu país, sino fuera del país, fuera de Centroamérica, incluso. Has estado involucrada en proyectos que no te hubieses imaginado que iban a suceder de no ser por ese posicionamiento que estás teniendo fuera de tus fronteras.

Es la oportunidad de visibilizar la región en un continente o en un mundo teatral donde esa región a la que pertenecés le es totalmente ajena y desconocida. Tenemos que asumirnos como una región desaparecida del mapa cultural. Nosotros, yo lo digo, y obviamente se dice con dolor, estamos en los seminarios, simposios, etc., donde van a hablar de violencia de género, de violencia de jóvenes, y ahí no faltan ejemplos nuestros, pero cuando hablamos del mapa cultural, Centroamérica no figura.

Si el artista es el que nos cuenta la realidad, es el que da cuenta de nosotros como sociedad, entonces, ¿cómo vamos a seguir dando cuenta de nosotros mismos como sociedad si un gremio de artistas está en esta situación de precariedad?

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¿Por qué cree que los centroamericanos no nos conocemos entre nosotros? En el prólogo del primer tomo de Cuadernos Centroamericanos de Dramaturgia –una compilación de tres obras dramáticas centroamericanas- usted también hace hincapié que la escena teatral y la dramaturgia centroamericana no trasciende a nivel latinoamericano.

En cuanto a la trascendencia a nivel latinoamericano, forzosamente tenemos que hacer un recorrido por la historia del teatro latinoamericano y entendernos que no fuimos una región que íbamos a la vanguardia de lo que estaba pasando. O sea, pensemos que, por ejemplo, Buenos Aires era el puerto de entrada de Europa a las Américas. El europeo que venía, por mucho que no fuera como los grandes señores europeos de aquel momento, traía la cultura europea y quería tener lo que allá había, aquí. Nosotros no fuimos eso, los teatros nacionales centroamericanos, como edificios, me refiero, están alrededor de los 100 años, 120 años, con relación a otros teatros que se han construido en 1800. Hay una herencia cultural que no podemos obviar.

Nuestro paso por el desarrollo teatral ha sido más lento. No me gusta pensar que vamos atrás, porque el ir atrás te pone a correr por alcanzar al que va adelante, y si nos vamos en ese sentido, Centroamérica no va a alcanzar a Argentina. Desde ahí es entender que el teatro de cada país tiene su historia y desde ahí asumirnos y proponer, porque no es entender para “bueno, ni modo, a mí me tocó ir en el último vagón y ahí voy feliz”, sino que “ajá, esta es mi historia y desde ahí la comprendo y propongo”.

¿Por qué nosotros dentro de Centroamérica? ¡Ah! Yo creo que ha habido mucha mirada externa, hemos tenido esa mirada hacia qué pasa afuera de Centroamérica, nuestros referentes, por decir algo, el referente de Guatemala no ha sido El Salvador, el referente de El Salvador no ha sido Honduras, nuestra mirada siempre está fuera de nuestra misma región. Eso nos hace un desconocimiento, incluso, entre estos países que bien podrían ser un solo país. Esa es otra cosa también, que de repente, como que nos damos golpes de pecho por no entendernos como países, pero es que al final somos países, lo que pasa es que somos chiquitos. Somos países en donde tenemos también nuestros propios procesos, nuestras propias políticas o no tenemos nuestras propias políticas, que nos hacen estar siempre preocupados por lo que está pasando dentro. No sé, creo que influye todo esto. Sin embargo, yo podría decir que, de un tiempo para acá, quizá del 2000 para acá, estos 20 años, en donde ha habido como mucho más interés de integrar esfuerzos teatrales centroamericanos, justamente, supongo, lo entiendo así, por esa compresión de debilidad, si somos como región débil, ¿qué no seremos como países? Esa invisibilidad nos hace (decir): “Bueno, hagamos algo junto”.

Jorgelina Cerritos, dramaturga y actriz

¿Existe en usted la idea de que con el colectivo Los del Quinto Piso se complementa la necesidad de comunicar el texto dramático que ha escrito para llevarlo a la escena teatral? ¿Qué sensación le han despertado las veces en que usted ha tenido que ser público de sus obras y no actriz?

Con Los del Quinto Piso hemos encontrado esa fórmula, por decirlo así, hay todo un mundo, porque ahí tendríamos que hablar desde el mundo de la dirección, que no es mi mundo realmente. A nivel profesional, yo solamente he dirigido El Tercer Ensayo (trilogía Ensayos sobre la memoria), de ahí todo lo demás, a nivel de dirección, ha sido más juvenil, grupos de jóvenes o comunitarios.

Hay todo un mundo con respecto a la dirección, que no es mi mundo y que es como “dejo en las manos de Víctor (Candray, director de Los del Quinto Piso), la dirección de este texto”. Ya sea cuando él nos ha dirigido únicamente o también cuando, como en La Audiencia de los Confines (Primer ensayo sobre la memoria), ha actuado con nosotros. Es como decir que vamos complementando el lenguaje de la palabra escrita con el lenguaje de la dramaturgia escénica, y cómo entre los dos, el texto cobra otras dimensiones, cobra otras lecturas.

Cuando me ha tocado ver las obras, creo que es algo de lo que se aprende también, porque yo recuerdo perfectamente cuando, la primera obra que se iba a montar, ajena a Los del Quinto Piso, era Al otro lado del mar, con el montaje de Roberto Salomón, y la gente me decía después: “¿Y es tu obra?”. Y empiezo a enfrentarme con esa pregunta. “¿Te gustó? ¿Es tu obra?”. Entonces yo empiezo a reflexionar sobre esa pregunta, que, de hecho, cuando otros directores a lo largo de este camino han montado textos míos me dicen: “A ver si te parece lo que yo he hecho con tu obra”. Eso es algo que en aquel momento tenía que procesarlo y decir: “¿Cómo funciona esto en mí?”. Y llegué a descubrir que cuando me preguntaban “¿es tu obra?”, yo tenía que decir “no”, ¿por qué? Porque mi obra es la que estaba en el texto, porque la gente hace la pregunta para saber si te ha gustado o no, pero que mi respuesta “no es mi obra”, no implica que no me gusta o que sí me gusta, no es una cosa de aceptación, sino que es una cosa de “es que la puesta en escena es tu obra, eso lleva tu firma. El autor de esa puesta en escena, para bien o para mal, allá vos… es tuya”. Ahora, ¿dónde encuentro yo que tu obra con la mía se encuentra? Es, si la esencia del texto, si lo que yo quería comunicar, es lo que sigue ahí. Si lo que está presente, lo que palpita en la puesta en escena y lo que logra llegar al espectador, es la esencia de lo que yo quiero decir en el texto, entonces digo “sí, es mi obra”, porque, al final, cuando encontramos “no, pero es que yo le cambié el final, porque no me gustaba, porque aquí decía que no sé qué, no sé qué”. Ah, bueno, desde ahí yo puedo decir, yo no le puse ese final y tendré que decir que no es mi obra.