CIUDADANÍA FANTASMAL (23)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

PARÁBOLA DEL EMISARIO

La salida del vuelo estaba marcada para las 7:50 de la noche, y él, conforme a su costumbre, llegó a chequearse cuatro horas antes, para prevenir cualquier tipo de angustia sorpresiva. Se fue a instalar, como siempre, en el lounge que correspondía a la línea en que iba a viajar, la de siempre, porque era la que comunicaba sin escalas su ciudad de origen y su ciudad de destino. Al entrar en el salón le causó sorpresa constatar que se encontraba totalmente vacío, lo cual nunca había ocurrido antes; pero en el sitio donde colocaban los bocadillos y las bebidas disponibles todo se halla debidamente dispuesto, y con una abundancia radiante que no era lo común en tales condiciones.

–Lo estábamos esperando a usted, señor –le dijo al verlo la señorita que atendía.

Él se quedó en suspenso. ¿A él? ¿Y por qué a él, que era un pasajero común, como lo había sido toda la vida? No preguntó nada, pero la explicación llegó por su cuenta:

–Sabemos que usted es un mensajero de las nubes, y queremos reconocérselo…

–Gracias, acepto lo que me ofrecen. Gracias por hacérmelo sentir. Trataré de estar a la altura.

DOMINGO EN FAMILIA

Fabián, el aprendiz de pensador, pasaba el día entero junto a su ventana abierta en el reducido cuarto donde moraba desde que se escapó de la casa de sus padres, con unas pocas prendas y unos cuantos ahorros. Aquella reclusión era el precio de su libertad, y aunque nadie lo entendiera así, él se sentía acompañado por el aire fugaz y por los destellos del clima, cada vez más impredecibles…

Quizás a consecuencia del encierro físico apenas aliviado por las fugaces salidas en busca de alimento, él se había ido volviendo una especie de presidiario gozoso. Pensaba y repensaba los temas que se le aparecían en la pantalla de la conciencia. Hablaba solo y se refugiaba en su lucidez escondida, como un en resort misterioso. Y al ser así, para él todas las jornadas eran dominicales en el más anhelante sentido del término.

Pero aquel domingo pasó algo inusual. Alguien llamó a su puerta, y al principio él creyó que era un juego de resonancias interiores. Cuando el llamado insistió, se dio cuenta de que alguien estaba afuera. Sin pensarlo, acudió.

–Hola, vecino, soy tu otro yo, y vengo a compartir casa contigo. No tienes alternativa…

EL MEJOR AUGURIO

Según el horario establecido, el tren llamado de Oriente llegaba temprano por la mañana y volvía cuando ya estaba casi anocheciendo. Él era un niño, y los sábados tomaba el tren mañanero para llegar a aquella estación muy próxima a la casa de su familia inmediata que nunca salió del campo. Venía de la capital, donde estudiaba bajo el amparo de su abuela materna.

Era sábado de lluvia matutina, sin truenos ni ráfagas, y como no tenía capa protectora, llegó corriendo y empapado a la vivienda familiar, donde la madre lo recibió con ansiedad:

–¡Niño, te vas a resfriar, y hasta te puede dar neumonía! Te voy a traer una toalla para que te sequés bien…

Pero en vez de resfriarse pareció que la lluvia temprana le producía un efecto revitalizador, que desde luego era inesperado, hasta el punto que la madre no pudo evitar el comentario:

–A mí se me hace que el agua llovida te hace feliz. Y ya no voy a prohibirte que te bañés con ella. Quizás tu destino está en las nubes…

HORTICULTURA INGRÁVIDA

Alrededor de la pequeña construcción habitable se extendía el estanque poblado de nenúfares y a su alrededor la vegetación frondosa y apacible hacía recordar que aquel era un refugio natural por excelencia. El encargado de cuidar aquel ambiente era mister Prasad, quien a pesar de estar moviéndose constantemente por los senderos bordeados de árboles centenarios y de plantas multicolores andaba siempre vestido como un empleado de oficina, con su traje oscuro y su pañuelo satinado en el bolsillo superior del saco.

Ellos eran huéspedes asiduos, y conocían los detalles de cada espacio y cada rincón, que recorrían como rutina casi sagrada. Y aquella tarde fueron a desplazarse, como todos los días que permanecerían ahí, por las callejuelas nutridamente arboladas. Y por ahí se desplazaban cuando en sintonía indescifrable sintieron que todo lo que les rodeaba en un mundo desconocido.

–¿Dónde estamos? –se preguntó él, apretándose a ella.

–En nuestro paraíso propio –respondió ella, con sonrisa inspirada.

Y al decirlo ambos sintieron que volaban sin que sus pies se alzaran del suelo.

RESIDENCIA FOLIAR

Contraerían matrimonio muy pronto, y andaban en busca de un espacio donde vivir. Pero en verdad lo que ellos anhelaban era más que convivir al estilo convencional: desplegar sus alas aunque fuera en una pequeña estancia sin ningún horizonte visible. Recorrieron todos los anuncios que aparecían en los periódicos tanto tradicionales como digitales, y luego empezaron a visitar lugares para tomar la decisión que se ajustara a sus propósitos.

Se sucedían las visitas y nada les satisfacía. Llegó el día de la boda, que tuvo lugar en un hotelito de montaña donde la vegetación era especialmente acogedora. Mientras la ceremonia se desarrollaba bajo los ramajes entre los que la intensa claridad solar se colaba como una efusión traviesa, los dos contrayentes tuvieron una sensación simultánea, y eso les provocó imaginar que levitaban.

Volvieron los ojos hacia arriba, sin que nadie lo advirtiera, y el impulso feliz los invadió. Ya tenían su respuesta.

Buscaron entonces lo que ansiaban: un pequeño terreno con un gran árbol. Y hubo quien asumió el desafío arquitectónico: armar la casita arriba, entre las ramas. ¿Cómo imaginar mejor destino?

BENGALURU, 6 A.M.

No tenía necesidad de abrir los ojos para enterarse de que el día comenzaba a hacerse sentir, porque los pájaros que pernoctaban en los alrededores lo testimoniaban con sus múltiples cánticos. Y aquel concierto espontáneo y puntual le hacía a él reencontrarse a diario instintivamente con sus impresiones antepasadas, que venía revisando en la memoria desde que tenía conciencia.

Y tales impresiones le parecieron siempre una muestra de cariño del día anterior, como si la vida fuera sólo un incesante tránsito de horas, cada una con su propio ser.

Ese día, él estaba especialmente inspirado, con una inspiración que parecía surgir a la vez de afuera y de adentro. De afuera, de las arboledas vecinas; de adentro, de las arboledas profundas. Y cuando sintió que un cuervo venía a avisarle que tenía la jornada a su disposición, se dispuso a recoger y asumir el mensaje.

Muy pronto iba ya camino a Puttaparthi, en excursión espiritual. Las colinas rocosas y las llanuras pobladas de sembradíos le hicieron sentir que el paisaje era parte íntima de su ser.

Y cuando estuvo en aquel poblado tradicional que hoy era ciudad moderna supo que el amanecer seguía estando dentro de él ya para siempre.

 


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