CIUDADANÍA FANTASMAL (22)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

DÍA DEL MAESTRO

Aquello era como un teatro al aire libre, y temprano por la tarde comenzaron a llegar tanto los profesores como los estudiantes a ocupar los puestos ordenados alrededor de la tarima donde había un podio y unas cuantas sillas alineadas detrás. Aunque era una ceremonia tradicional, ese día nadie sabía qué iba a pasar. Cuando el espacio estaba lleno de presencias, apareció el maestro de ceremonias. Subió al podio y tomó la palabra:

—Todos estamos presentes. Ya se hizo el recuento correspondiente. El invitado de honor está por llegar. Solo un poco de paciencia, por favor.

Fueron pasando los minutos y el presunto invitado de honor no aparecía. Y cuando ya la paciencia de los asistentes estaba por agotarse subió de nuevo al podio el maestro de ceremonias:

—Ustedes perdonen, pero el invitado me acaba de pedir que lo represente. En verdad, yo soy su principal discípulo, y ahora se lo doy a conocer a ustedes. Él es mi Padre celestial, y yo soy su Hijo terrestre. ¿No les dice algo esta explicación que acabo de ofrecerles? –agregó con una sonrisa que aspiraba a ser sublime.

Los asistentes iniciaron un abucheo casi subterráneo, que subió hasta la atmósfera como una prueba de confianza extrema.

DEJÉMOSLO COMO ESTÁ

Los padres se desentendieron de su suerte prácticamente desde que nació, y eso, en vez de producirle las frustraciones angustiosas que son comunes, le abrieron espacios de libertad que desde afuera hubieran podido parecer inverosímiles.

Estaba hoy con un pie en el estribo, es decir, en actitud de tomar impulso por el pasadizo cerrado que llevaba a la entrada de la nave aérea de última generación que lo conduciría hacia el aire y desde ahí hacia una nueva tierra.

El vuelo resultó tranquilo, sin altibajos ni convulsiones. Él se durmió profundamente, de seguro con el propósito de despertar cuando el avión estuviera por aterrizar. Comenzó el descenso. Tocaron tierra. Él soltó un ronquido feliz.

La asistente de cabina tuvo que mover su hombro para despertarlo. Fue inútil. Entonces, mientras los otros pasajeros salían en fila, un asistente médico entró a revisarlo. Resultado indefinido:

—Vamos a sacarlo para el hospital. Hay que recoger sus documentos personales y su equipaje de mano.

Desde aquel momento la presencia del pasajero desvanecido se perdió de vista. ¿Qué fue de él? Nadie sabía nada. Nadie podía saber nada. Era como si el silencio al respecto envolviera una conclusión sin retorno: «Dejémoslo como está».

CARTA MARCADA

Sobre la madera de la puerta de entrada alguien desconocido había pintado un mensaje en letras muy visibles: Espero respuesta lo más pronto posible. Si no… Y cuando el habitante de la casa que estaba al fondo del pasaje, justo al borde de la quebrada que corría bien abajo, llegó al final de la jornada y leyó el mensaje se introdujo de inmediato por la puerta luego de forcejear algunos segundos con la llave, que parecía no querer ceder.

Se dirigió de inmediato al escritorito esquinero que le servía de lugar de trabajo en la casa; y aunque la laptop se hallaba a disposición, tomó una hoja y comenzó a escribir a mano, como ya no se estilaba. Cuando concluyó la escritura dobló la hoja y la metió en un pequeño sobre de manila.

Le puso el nombre del destinatario y le colocó la estampilla correspondiente. Salió de la casa y caminó hasta el buzón donde se depositaban los envíos postales. Toda aquella escena era una copia al carbón de lo que ocurría al respecto en otros tiempos. Él hizo un gesto de afirmación, mientras regresaba a su refugio hogareño. Después, se puso a ver televisión en un aparato evidentemente de otra época.

En algún momento se abrió la puerta de entrada y su esposa llegó con alarma:

—¿No has visto lo que han pintado en nuestra puerta?

Él respondió con una mirada interrogadora.

—Es una frase bien extraña y preocupante: recibí la respuesta. Espero que cumplas… ¿Te están extorsionando?

Él sonrió para apaciguarla:

—No, mi amor. Solo me están pidiendo ayuda de palabra. Es un espíritu desconocido que necesita consejo escrito sobre cómo expresar sus sentimientos… Y como yo soy poeta, acudió a mí.

—Ah, eso me tranquiliza. En estos tiempos en que la delincuencia abunda uno se alarma.

—Ya respondí. Voy a colaborar. Te cuento lo que siga.

CUANDO LLEGA LA HORA

En el vecindario había una chimenea que lanzaba humaredas sofisticadas. A veces eran columnas renacentistas y en otras ocasiones surgían estructuras posmodernas. Él, que era el residente más original de aquel vecindario de «millennials», se asomaba todas las tardes a su ínfimo balcón para descubrir cuál era la nota del día.

Y por primera vez en mucho tiempo la chimenea permanecía impávida, sin nada que surgiera de su interior. Estuvo ahí por algunos minutos, aguardando, y luego dio la vuelta hacia el interior, a abrir su computadora, que ya parecía un anuncio de reliquia tecnológica.

De pronto, una tímida bocanada de humo comenzó a brotar del interior de la máquina. Él se asustó, porque aquello de seguro era signo de combustión interior. Pero antes de que pudiera tomar alguna medida protectora, algo se fue escribiendo espontáneamente en la pantallita:

Estamos por iniciar el abordaje del vuelo. Que los pasajeros se pongan en fila.

Y entonces la humareda se intensificó. Él corrió a buscar su maleta que siempre estaba a medio hacer, y volvió a ponerse junto a la máquina, que iba tomando forma de chimenea.

EL PROPIO AMANECER

Aquel día, el profesor de literatura soltó una expresión que casi para todos los oyentes pasó inadvertida, pero que al alumno más joven se le prendió en la sien como un insecto inescapable: «Cada quien tiene para sí una gran bolsa de palabras, y la clave de nuestro destino está en ir extrayéndolas de ahí como si fueran objetos mágicos».

Cuando el adolescente regresó a su casa en horas de la tarde se encontró con que no había nadie, lo cual no era la habitual, porque alguno de sus padres y de sus hermanos estaba siempre ahí. Entonces se fue a la pequeña bodega donde se guardaban los bultos de cosas por usar, y sin más descubrió una bolsa que se le hizo familiar de inmediato.

La abrió, y en efecto ahí estaban. Las palabras. Sus palabras.

—¿Quieren venirse conmigo, a mi cuarto? Las voy a tratar muy bien, no se preocupen.

Y las palabras, que mostraban la misma volatilidad de los insectos que surgieran de la expresión del maestro, revolotearon entonces a su alrededor, mostrando de esa forma su voluntad de acompañar a su destinatario natural.

Él tembló de emoción, como nunca antes lo había hecho. No se lo iba a decir a nadie, porque el destino profundo no es compartible.

Afuera, el sol atardeciente sonreía.

 


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