CIUDADANÍA FANTASMAL (21)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

LA AURORA SIEMPRE VUELVE

Perdió el empleo y su matrimonio colapsó. Quizás algo le querían decir los astros, a cuyos mensajes había sido siempre tan adicto. Pero esta vez el doble impacto traía, sin duda, alguna revelación más penetrante. Su vida estaba llegando a un cruce de caminos, porque lo que hasta aquel momento había sido la base de su existencia, al menos externamente, quedaba al borde de la ruta, y tal vacío se magnificaba en su interior como un apremio de nuevos rumbos. Tembló por un instante y luego se quedó quieto.

Esa quietud lo movió a salir al aire. Estaba empezando a anochecer. Tenía que volver a su casa, en la que ahora estaba solo, a hacer recuento de lo que podía vender con el propósito de allegarse algunos fondos para su manutención mientras encontraba algún trabajo. Pero en vez de dirigirse hacia ahí tomó la dirección contraria.

No tuvo que caminar mucho: lo que se abría ante sus ojos empañados era el campo abierto, con todas las luces mortecinas a la vista. Siguió caminando, como si supiera hacia donde se dirigía, y la noche llegaba a su encuentro como una nodriza diligente.

Así fueron pasando las horas, y en algún momento sintió que aquella ruta no tendría fin. Recordó entonces que alguien, hacía mucho tiempo, le había hablado de «la eterna noche». Volvió a temblar. Tuvo la tentación de buscar algún lugar para reposar, pero no se atrevió. La marcha fatigada no podía parar. La noche aún estaba en pleno, con algunos grillos y algunas luciérnagas en brotes repentinos.

Él caminaba ya como un autómata sin escapatoria, y todas las imágenes de su debacle existencial iban acompañándolo como testigos insensibles. Hasta que llegó a aquella explanada que parecía el final del camino.

–¿Dónde estoy?

–En tu primera estación. Deja que corran los minutos. ¡Ya!

Y los fulgores nacientes de la aurora empezaron a hacerse sentir. Al percatarse de ello, un manantial se le activó desde su interioridad más profunda:

–¡Gracias, aurora, por enseñarme que la noche nunca será eterna!

MÁS ALLÁ DEL ESCOMBRO

La casa de habitación de sus antepasados ahora le pertenecía, y como él había vivido siempre en una ciudad distante y las relaciones familiares nunca fueron verdaderamente tales, no la había conocido antes de heredarla por ser único descendiente visible. Desde el mismo instante en que cruzó el umbral, un flujo de emoción desconocida le circuló por las venas, como si su sangre se fuera mezclando fraternalmente con otras sangres. Y en ese momento mismo tomó la decisión final: se quedaría ahí de inmediato y para siempre.

Lo curioso era que en la monumental edificación sólo había dos espacios ocupados: la gran biblioteca y el reducido dormitorio. Asumió tal hecho como si fuera lo más natural del mundo, y luego de instalar sus ínfimas pertenencias se fue hacia su verdadero lugar de destino: la catedral de los libros. Y tuvo la sensación instantánea de que había recorrido infinidad de millas para llegar hasta ahí, y no en el terreno físico sino en las rutas del alma. Sin duda era el reencuentro con lo que siempre había estado añorando sin poder imaginárselo.

Se arrodilló, como si se hallara ante un altar, y entonces comenzó el desprendimiento de los libros, que cayeron en torrente sobre él. Y después de los libros vinieron los estantes y las paredes. Un montón de ruinas, envueltas de repente en un aura inmemorial. Lo único que quedaba palpitando era el pequeño celular de última generación desde el que una voz que parecía venir de otro mundo anunciaba constantemente: «Misión cumplida, misión cumplida, misión cumplida…»

PASIÓN DE TRES

Como la cortina de vidrio estaba enteramente abierta, cuando aquella ola de fuerza inusual saltó desde las rocas inmediatas todo en la reducida estancia que le servía a él de albergue se llenó de salpicaduras de espuma y de leves gotas deslizantes. Él se hallaba acostado sobre el viejo colchón de cara a la pared del fondo, y hasta ahí llegaron los efectos de la ola invasora. Apenas estaba durmiéndose y sintió aquel baño inesperado como un saludo de la noche encapotada. Se incorporó y se quedó expectante.

Y aunque algunas ráfagas externas presagiaban otras olas como la que acababa de hacerse presente, él no movió la cortina. Se quedó en el centro de la ésta mientras la noche impulsiva mostraba su naturaleza juvenil. Él, sonriente, iba animándose a murmurar:

–Aquí estoy, listo para revivir el milagro nocturno.

Entonces, como en gozoso intercambio entre muy antiguos conocidos, la ola volvió a alzarse, y con intensidad más viva. Las salpicaduras y las gotas parecieron invadirlo todo, hasta el punto de parecer el inicio de una inundación plena. Él, inmóvil, representaba la imagen de un ser escultórico que hubiera sido testigo inmemorial de catástrofes en serie. Cuando la ola se calmó, reapareció el murmullo:

–Qué felices somos al compartir destino…

Una profunda calma fue arribando desde todos los rumbos. ¿Dónde estaban la noche y la marea? El suspiro fue la respuesta: podían dormir tranquilos porque su aliado en tierra tenía los brazos abiertos para recibirlos. Y así los tres, ahora abrazados sobre el viejo colchón, podían dedicarse al merecido descanso, como desde hacía siglos.

CRISTALES OLVIDADOS

Todos los altares del templo estaban listos para darle comienzo a la ceremonia de reapertura de los oficios sagrados después de tanto tiempo en abandono total. Los feligreses se habían organizado para que aquel silencio inerte quedara en el pasado, y lo lograron porque hubo una intervención que muchos calificaron como sobrenatural. El oficiante surgió de una reducida puerta lateral, y ninguno de los asistentes, que eran pobladores tradicionales del lugar, sabía de quién se trataba. Él, enfundado en su túnica blanca, subió los escalones del altar principal, y cuando llegó al centro del mismo se quitó la vestimenta que llevaba encima y quedó en perfecta desnudez. Eso no pareció sorprender a nadie.

La voz que surgió de sus labios más semejaba un eco sin edad:

–Hermanos, por si no me reconocen, voy a presentarme ante ustedes: soy el primer habitante de este mundo, y por eso quiero que me reciban en mi condición original. Se preguntarán de inmediato por qué estoy aquí, y yo les respondo sin evasivas: para que todos juntos reiniciemos el camino como el Poder Supremo nos lo ha encomendado. Y como ya una vez nos perdimos en la ruta, lo pertinente hoy es acudir a los signos que están dibujados en los vitrales que nos rodean…

Al decirlo, esos vitrales, ordenados en fila en lo alto de las paredes del templo, empezaron a soltar sus estructuras cristalinas, que se derramaron sobre la multitud como una lluvia de mensajes hirientes. El único ileso era el que había hablado, que bajó a conducirlos a todos al descampado:

–¡Vamos hacia nuestro siguiente destino: la eternidad en vida, con todas las laceraciones al aire!

 


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