CIUDADANÍA FANTASMAL (19)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

NOCHEBUENA CON ALAS

En aquella zona cuyo crecimiento urbanístico había venido expandiéndose en forma acelerada, porque cada nuevo proyecto era un estímulo para otras iniciativas cada vez más ambiciosas, la presencia del palacio en ruinas ya no despertaba preguntas que no fueran las vinculadas a la atracción turística. Hasta que llegó aquel joven investigador que se había vuelto viajero impenitente. Vio una imagen del palacio abandonado en una de esas entregas casuales de Internet que se anuncian con títulos como «Las 10 obras olvidadas que nunca vas a olvidar». Y desde que vio la fotografía del palacio sintió una atracción nostálgica de origen ignorado.

Sin pedirle permiso a nadie –porque en verdad no había nadie a quién pedírselo–, se instaló en el lugar con todas las carencias e incomodidades imaginables; pero para él era el acomodo ideal. Y el culmen de tal sensación llegó en la víspera del día de Navidad. Unas personas que nunca había visto por ahí llegaron como él, sin pedirle permiso a nadie, a hacer arreglos de ocasión. Concluyeron en un dos por tres: el interior del palacio en ruinas parecía de pronto un espacio ultramoderno con vitrales nocturnos y paneles solares.

Él observaba atónito y conmovido. En el centro, un pesebre de cristal, un buey de plástico y una mula de musgo, unos corderos sonrientes, una pareja humana sobrehumana y un recién nacido bordado de luces cálidas.

Se arrodilló y cerró los ojos. La fantasía perfecta. Y al pensarlo todo aquello empezó a flotar mientras los campanarios le daban la bienvenida a la medianoche.

MISTERIO DE DOMINGO

Cada semana le resultaba un repertorio de sensaciones diferentes. Algunos de sus allegados lo consideraban un excéntrico de los de siempre; otros destacaban su condición de millennial característico; y no faltaban los que le ponían la etiqueta de la inadaptabilidad consentida. Y en realidad lo que le otorgaba sello realmente individual era esa tendencia a cerrar capítulo cada día, como si el vivir fuera un conjunto inagotable de gavetas con vida propia.

Bueno, pero él guardaba un enigma que nunca había compartido con nadie: si los días de la semana dedicados al trabajo mostraban esa variedad imprevisible, cada domingo, por riguroso contraste, era exactamente igual a todos los anteriores, desde que tenía recordación vivida.

Le tocaba convivir con aquella dualidad, que de seguro era producto de un juego atrabiliario de los genes. Estaba resignado a ello cuando aquel domingo recibió un mensaje por WhatsApp: «Somos tus domingos, y queremos proponerte un trato: nosotros te dejamos en libertad de hacer lo que te venga en gana y tú nos permites entrar de incógnito a monitorear tus otros días… Dando y dando».

–Acepto –respondió sin titubear.

Desde ese momento su vida cotidiana pareció entrar en zona imprevisible. En su mente menudeaban los escombros, inocentes o inquietantes. Su semana se había vuelto un revuelo sin asideros posibles. Sólo le quedaba clamar, memoria adentro:

–¡Domingos ausentes, devuélvanme mi equilibrio intemporal!

UN ROSTRO BAJO EL AGUA

Los moradores de aquella zona costera observaron con disimulada curiosidad que alguien totalmente ajeno al lugar había llegado a instalarse en una cabaña de los alrededores inmediatos. Era un hombre con planta de inmigrante, que de seguro estaba arribando al punto medio de la adultez. De porte atlético y de movimientos notoriamente ágiles, andaba por los distintos espacios de la zona como si estuviera trazando un plano de detalles.

Un día de tantos lo vieron acercándose a aquel rincón de la playa que parecía un muelle natural; y durante varias horas el recién llegado enigmático no apareció por ninguna parte. No era inusual que cosas como ésa pasaran en el ambiente de tierra y mar, y por eso nadie se dio por advertido.

Pero no sólo pasaron las horas, sino que también lo hicieron los días. Y ya cuando el tiempo mandaba señales, los lugareños empezaron a darse por aludidos:

–Hay que averiguar qué le pasó al desconocido. Démosle parte a la patrulla.

Los agentes llegaron a hacer la investigación, pero antes de que comenzaran uno de los lugareños se asomó a la superficie del agua, en aquel momento en perfecta quietud, que no era normal en una orilla marcada por el oleaje.

–¡Miren, ahí está!

Todos se amontonaran para dirigir las miradas al sitio que el lugareño indicaba con su dedo extendido. Y sí, ahí estaba, reposando en el interior, como si gozara de una quietud largo tiempo anhelada. Los agentes procedieron de inmediato a recuperar el cuerpo. Y cuando lo sacaron a la superficie, él reaccionó contra todo pronóstico:

–¿Qué hacen? ¿Por qué arruinan la tranquilidad de mi sueño? Perdonen, voy de vuelta…

Y se lanzó al agua con voluntad inapelable.

HOTEL MILAGRO

No se trataba de una vacación cualquiera, pues lo que ellos tenían pensado era utilizar aquellos pocos días de libertad expansiva para recuperar el tiempo perdido. Perdido en lo de siempre: las ansiedades, los disimulos, los miedos, las indiferencias… Necesitaban, pues, perder el tiempo en algo que les produjera ganancias íntimas, como la luz al aire libre, el amor en sábanas olorosas a lumbre, la nitidez de los alimentos verdaderamente naturales y el agua friolenta en las pozas alimentadas por los torrentes que bajaban de la montaña…

La zona escogida fue un collar de colinas en las que sólo anidaban aldeas. Y el lugar de estancia salió al azar: acudieron a Trivago y cuando tuvieron la lista de los albergues posibles hicieron una especie de juego mecánico con los nombres recogidos. El que resultó ganador fue aquél que parecía un mensaje de origen superior: Hotel Milagro.

En cuanto arribaron se dieron cuenta de que el nombre encerraba algún misterio, porque se trataba de una edificación de carácter estrictamente urbano escondida entre la vegetación completamente rustica. Se instalaron en una pieza del tercer piso, que era una azotea techada. Y cuando vieron hacia afuera se dieron cuenta de que el paisaje era muy distinto al que recorrieran para llegar. Cabañas de piedra, montículos resecos, una muralla que lo aislaba todo, y en el centro un monasterio con torres emblemáticas.

Se abrazaron con la emoción de los recién llegados. ¿Qué les esperaba ahí? Quizás el Destino vestido de morador antepasado, de labrador anónimo, de guerrero en retiro o de monje listo para salir al mundo…

ERROR SOBREHUMANO

Tenía ganas de escribir algo sobre su más reciente experiencia con las sombras del alma, aunque no hallaba por dónde empezar. Esa tarde, mientras la luz solar se iba despenicando en lamparones resignados, tomó su láptop y se fue a la terraza más alta del edificio donde vivía desde no hacía mucho tiempo, luego de su reclusión autoimpuesta por razones anímicas.

El espacio abierto parecía, en el primer instante, una inmensa lámina con vocación de infinito. Eso le produjo a la vez ansiedad e ilusión. Se ubicó en una especie de pestaña que estaba junto al borde y comenzó su tarea narrativa. De pronto sintió que no había nada que narrar: todo era presencia en vivo, en la que se confundían su propio ser y el ser del aire.

Entonces se incorporó, dio un paso hacia el borde y extendió los brazos. Una ráfaga sorpresiva fue la respuesta. Y él se desprendió de la superficie sólida para rodar hacia abajo. Tuvo tiempo de pensar: «¿Dónde están mis alas?» Su láptop iba detrás de él, y su actitud sí parecía ser la de una figura voladora. Él trató de aferrarse a ella con un gesto desesperado, pero ya era muy tarde para ello porque el suelo implacable estaba esperándolo.

 


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