CIUDADANÍA FANTASMAL (16)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

LA PRIMERA MISIÓN

Los peregrinos, que venían caminando por senderos polvorientos después de consumar la experiencia mayor de ver en persona al Señor de Esquipulas, estaban bañados por el Sol crepuscular y eso les alentaba el anhelo de encontrar un sitio de reposo que les fuera propicio. Y, tal si hubiera aparecido de repente, vieron aquella construcción que tenía todos los visos de ser una ruina prehistórica:

—¡Estamos en el lugar prometido! –exclamó aquel sujeto musculoso y desafiante que parecía comandar la expedición.

Los demás se detuvieron en actitud reverente, como si aquella expresión fuera un designio sin escapatoria. Sin esperar más avanzaron rápidamente hacia el monumento que tenían enfrente. Entonces los peregrinos se dieron cuenta de que lo que había adentro era un amasijo de lápidas desteñidas en desorden. Uno de ellos se apuró a decir:

—El Señor que acabamos de ver nos ha guiado hasta aquí, y esa es sin duda una señal de lo que quiere de nosotros…

Los demás se quedaron en aterido silencio, hasta que uno se atrevió a decir:

—¿Qué pasemos a la condición de soterrados sin retorno?

—¡No, hombre, no! Que recuperemos estas lápidas para ir a la búsqueda de los que se escaparon de ellas… Y si lo logramos, seremos recompensados como buenos trabajadores de la fe. ¿Entienden?

LA MEMORIA MANDA

Encendió la láptop al llegar al espacio íntimo de su habitación de estudiante puesto al día en todas las novedades tecnológicas de su edad. El contraste entre lo tradicional del refugio físico y lo ultranovedoso del despegue creativo hacía que aquel joven que parecía no tener nada de original como persona estuviera ahí conectándose a cada instante con lo desconocido.

En la pantalla del aparato se dibujó entonces una imagen que llegaba a verlo con frecuencia.

—Gracias por venir. Tengo que pedirte algo.

La imagen se puso en actitud expectante. Se tomó las manos y las colocó sobre sus piernas cruzadas.

—¿Podrías prestarme el álbum de mis recuerdos? Necesito hojearlo para ver si ahí encuentro la explicación de esta incertidumbre que me está despojando de mí mismo…

Entonces la imagen se incorporó y fue a sacar de un estante invisible hasta ese momento un volumen empastado en un material que parecía espuma. Se lo extendió sin decir palabra. En ese preciso segundo la pantalla de la láptop quedó vacía. Él abrió el álbum y comenzó a hojearlo.

—¡Aquí está! Aquí estoy yo con mi otro yo y ambos miramos el retrato de ella. Ella, la mujer de mis sueños y la mujer de sus sueños. ¡Ah, y aquí está la otra evidencia: ella se va con él, mientras yo me quedo en silencio! ¡Ahora entiendo: la memoria me ha salvado! Me ha puesto ante la realidad. Me siento libre, puedo volver a empezar la búsqueda…

PARÁBOLA DEL RELOJ

Los pasajeros, como siempre, fueron bajando uno tras otro, con su equipaje de mano, hacia la salida o hacia las nuevas conexiones. Ella, la dama de apariencia distinguida y de movimientos pausados, iba quedando atrás en la fila, y como no faltaba mucho para que saliera su vuelo de enlace, la posibilidad de perderlo crecía minuto a minuto. Y, en efecto, eso pasó: al llegar a la puerta de salida, la nave iba ya camino al despegue.

Le reprogramaron el vuelo, pero aquella noche tenía que quedarse en la ciudad, que afortunadamente estaba muy cerca del aeropuerto. Hacia ahí se dirigió, con la intención de descansar siquiera unas pocas horas antes de acercarse a retomar el itinerario hasta el destino final.

Pero en cuanto estuvo semiacomodada en la habitación del hotelito al que la habían enviado, le entró una sensación de placidez que le era imposible resistir. Se acostó solo con una bata que halló a disposición y en unos cuantos minutos quedó profundamente privada.

El día estaba ahí, y la luz solar entraba a raudales por el ventanal cuya cortina se hallaba recogida. Llamó de inmediato a la recepción:

—¿Qué horas son exactamente, señorita? No sonó el despertador.

—Las 11:30 de la mañana. ¿Necesita algo?

—No, porque ya perdí mi vuelo.

—Eso se puede arreglar. ¿Quiere que le preste ayuda?

—Gracias, pero ya entendí el mensaje.

—¿El mensaje?

—Sí, el mensaje de que debo quedarme aquí, quizá para siempre…

RITUAL SIN SONIDO

Pasaba casi todo el día refugiado en un rincón de la iglesia de Santa Mónica, en la calle 79. Su única posesión era aquel bulto de prendas ya casi inútiles. En ese rincón dormitaba a cada instante, tal si esa fuera su ocupación natural. Y como nadie le ponía atención a su presencia, el que fuera un indigente joven tampoco se hacía notar. Hasta que aquel anciano desvalido como él llegó a ubicarse en la misma banca.

—¿Y tú qué haces aquí, muchacho?

Él se sorprendió por la pregunta, que nadie le había hecho antes.

—Vivir todo el día frente al altar.

El anciano se quedó en suspenso como si acabaran de revelarle la clave de su propia vida.

—Yo he estado aquí todo el tiempo y nunca te había visto.

—Yo tampoco.

Ambos se quedaron en silencio, porque la voz que los unía era un misterio sin sonido.

PLAN INSOSPECHADO

Se conocieron en un albergue para olvidados de la suerte, pero la suerte se les presentó en ese mismo instante, con una sonrisa que era la llave maestra del retorno al verdadero hogar.

 


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