#YaVoyxTi

«Voluntarios en tiempos de emergencia». Es uno de mis ejemplos favoritos para pensar en la innovación que podemos hacer como ciudadanía en esta emergencia sanitaria. Porque el ejercicio de la ciudadanía es cada vez más urgente: ante unos Estados que no siempre explican con claridad los pasos que estamos llevando a cabo como parte de las cuarentenas establecidas, la contraloría por parte nuestra es esencial. El equilibrio de los poderes debería potencializarse con la transparencia y rendición de cuentas que exige un Estado abierto.

Y en esa dinámica, la ciudadanía activa es imprescindible, y la innovación que puede promover se define también por su capacidad de incluir (o de acoger, más bien) a más personas: en este caso, para quienes están en situación de dependencia. Ahora vamos con dos casos.

El primero, cuya iniciativa da nombre a esta columna, está formado por un equipo multidisciplinario (cómo no) que a través de las tecnologías digitales coordina voluntarios para ayudar a quienes, por distintas razones, no pueden moverse de su casa. Se dan lineamientos de seguridad, de cómo cuidarse para no contagiarse y para no contagiar, pero que también garantiza que son personas que van a cumplir en esa rutina de ayuda (es decir, que no van a estafar a quienes necesitan el apoyo). Es un equipo que pone al común conocimientos de marketing, comunicaciones, diseño, soporte técnico, marcos legales y demás.

Toda la documentación de este y otros trece proyectos está disponible de manera pública en el apartado de Laboratorios Ciudadanos de Frena La Curva (www.frenalacurva.net), una plataforma ciudadana que canaliza y organiza la resiliencia cívica frente a la COVID 19, para complementar la respuesta de los Gobiernos y servicios públicos esenciales.

Esto ya está poniéndose en práctica en España, y articula esfuerzos de 16 países. Uno de los países ahí representados, Alemania, también cuenta con una hackatón virtual de ideas innovadoras para hacer frente a la COVID 19, organizada por el Gobierno: Karmakurier es el proyecto de Nelson Javier Mejía, salvadoreño, quien es uno de los 130 seleccionados (de 1,500) como idea innovadora. Un ingeniero en desarrollo de productos junto a un bioneurólogo (Andreas Chiocchetti) son apenas dos de las disciplinas que se unen para el desarrollo de esta idea, que se está concretando en una página web que permita apoyar a la tercera edad en los mandados que esta necesita durante la emergencia.

Jorge Rastrilla, de Empodera x los ODS (España), afirmaba hace cinco años que las tecnologías digitales eran una herramienta para que las personas pongamos al común nuestros talentos en función de proyectos colaborativos que mejoren la vida de todos en una sociedad, como una suerte de inteligencia colectiva (que también ya hemos reflexionado acá en varios momentos).

Ya en ese entonces lo nombraban «innovación ciudadana», y era parte de los beneficios de una Sociedad del Conocimiento (reconocida por la Unesco en el 2005), que implica la producción de un conocimiento que será compartido y accesible para que toda la ciudadanía pueda acceder a él y, a través de él, mejorar las condiciones de vida de todos.

Por eso el mensaje central de esta vez es «ya voy por ti». Ya voy a llevarte lo que necesitas, ya voy a apoyarte. Y en estos días, insisto, es un acto de conciencia cívica, humana, ética. Ocupar las tecnologías para mejorar e incidir en nuestro entorno inmediato es también ejercer nuestra ciudadanía digital. Unirnos (como personas particulares, ONG o colectivo, ayuntamiento o institución) a un esfuerzo como Frena La Curva es, además, ejercer nuestra ciudadanía digital en el mundo. ¿Nos sumamos?

La pandemia, la ciudadanía y la democracia

«Eres del lugar en el que recoges la basura» es (palabras más, palabras menos) una frase de Juan Villoro. Si la adapto a estos tiempos pandémicos, diría que somos del lugar al que buscamos ayudar a superar la emergencia… y ese lugar puede ser una casa, una red sociodigital, un país, una región o un planeta. Dependerá de desde dónde estemos ejerciendo nuestra ciudadanía y dónde queremos incidir.

De la cultura digital retomo siempre la noción de inteligencia colectiva; de las humanidades digitales, el trabajo multidisciplinario en red; y de la tecnopolítica, la innovación ciudadana. El poner nuestros saberes y nuestra experticia al común, y lograr aportar desde distintos campos de acción (el derecho, la informática, las comunicaciones, la economía, las relaciones internacionales) ha logrado que se democraticen iniciativas innovadoras: que se hagan propuestas para enfrentar tanto la pandemia como lo que viene después, construidas desde lo colectivo y buscando escalar lo suficiente hasta llegar a los tomadores de decisiones es parte de las ventajas de una sociedad red o conectada. Voy con dos ejemplos.

En internet en estos días hemos visto, además de «fake news» y peleas, iniciativas ciudadanas que sí vale replicar y a las que vale la pena sumarse. Uno de los modelos es El Salvador Conectado, que se define como «una iniciativa ciudadana, sin fines de lucro, apolítica y multidisciplinaria de profesionales que buscamos aportar soluciones tecnológicas» para acercarse a la población más vulnerable y que no suele tener acceso a estas redes. Por ejemplo, «en menos de 72 horas la comunidad completó el prototipo de servicio de consulta del beneficio de los $300USD accesible vía SMS y llamada automatizada», contaron en su Facebook el último día de marzo, mientras compartían un video de un minuto sobre cómo funciona su propuesta. ¿Quieren aportar? Escriban a [email protected] o búsquelos en Facebook, Twitter, Instagram o su web ElSalvadorConectado.org (las mayúsculas son solo para facilitar la lectura).

El segundo es el respirador mecánico desarrollado por el Laboratorio de Nanotecnología de la Universidad Francisco Gavidia: «Funciona con un motor y elementos elaborados con una impresora 3D que presionan una bomba manual de asistencia respiratoria usada en las áreas de emergencia», según dijo Óscar Picardo, director del Instituto de Ciencia, Tecnología e Invocación de la UFG, a una nota publicada en este periódico hace unos días.

Busco provocar para que más personas nos sumemos a distintas iniciativas. Acá coloco dos, pero no son las únicas: hay otras enfocadas en la labor de hacer llegar canastas básicas a personas que necesitan nuestro apoyo; otras más, están enfocadas a profesionales ofreciendo sus servicios gratis para que salgamos adelante ahora y después.

Pero también busco, como siempre con este espacio, que volvamos la mirada hacia la urgencia de que, desde los espacios de educación (formal e informal), promovamos una alfabetización digital que permita que convirtamos la información que consumimos de los medios de comunicación (digitales) sea nuestra herramienta para transformar el mundo. Y que, ante ello, lo público y lo privado promuevan espacios de innovación pública, ciudadana y democrática. Que no viralicemos ni el virus ni el miedo. Que viralicemos un pensamiento crítico y un trabajo colaborativo. Ante el temor de un virus que se contagia rápido, una inteligencia colectiva que se conecta más rápido aún. De esta pandemia nuestra democracia saldrá fortalecida si nos conectamos para que estas iniciativas ciudadanas escalen y se vuelvan permanentes.

El cuido de lo digital

Sí, estamos enfrentando una pandemia. Sí, debemos atender las medidas de higiene que decretan las autoridades de salud. Y podríamos agregar una más: cuidemos la información que divulgamos. Ya hemos puesto al común en este espacio la idea de la alfabetización informativa o digital, en donde la urgencia está puesta en aprender a distinguir cuál es aquella información que se vuelve una herramienta que nos permite actuar sobre el mundo. Creo que hoy toca volver a ponerlo en la discusión.

En WhatsApp circulan con facilidad audios, fotos y videos «de lo que ocurre» (sea eso que ocurre un asalto, una boda o el rumor del primer infectado de coronavirus en la ciudad en que vivimos). El asunto es cómo podemos verificar la información: ah, es que me lo mandó mi tía, y mi tía no me engañaría con esto… bueno, sin duda las tías son personas confiables, pero la cuestión es quién se lo mandó a nuestra tía primero. En estas redes, y me atrevo a pensar que en WhatsApp es más frecuente, solo presiono el botón de reenviar y la información va pasando de generación en generación en cinco minutos. ¿Y quién verificó que es cierto lo que ahí se dice?

Por eso vengo con dos sugerencias o peticiones específicas para estos días de cuarentenas y estados de excepción: la primera es que no divulguemos algo que no venga de un medio de comunicación confiable o de una fuente oficial. Evitemos que el miedo y el pánico se viralicen. La enfermedad no se evita si acaparamos artículos de primera necesidad, porque podemos contribuir a que estos no lleguen a quienes de verdad lo necesitan. ¿Para qué compartir imágenes de personas en cuarentena si no vamos a ayudar a que las autoridades realmente tomen cartas en el asunto? Compartamos solo si es parte de una denuncia. Sepamos distinguir, en medio del caos, si lo que vamos a publicar o a reenviar ayudará a alguien a tomar mejores decisiones o a evitar enfermarse.

Y la segunda es que compartamos, más bien, información que aporte al cuido de nuestros más pequeños o de nuestras personas amadas que están en la población más vulnerable. He visto en Twitter, por ejemplo, a personas compartiendo en documentos en PDF actividades que se pueden hacer con niños de entre 2 y 6 años con lo que se tiene en casa, por ejemplo. Sé de otras personas que a través de sus canales de Telegram o al crear nuevas carpetas de material compartido en Drive están poniendo al común libros que se pueden leer en estos días. Apoyemos también a las iniciativas ciudadanas (que también he visto en Twitter) que proponen crear centros de acopio y coordinar voluntarios para poder acuerpar a quienes nos necesitan.

Ocupemos, pues, estos días en reaprender a ocupar algunas herramientas digitales para informarnos con propiedad y para actuar de manera crítica y consciente. Dejemos unos minutos para reflexionar en lo individual y lo colectivo cómo podemos procurar que algunos de estos aprendizajes de trabajo remoto (o desde casa) se vuelvan más frecuentes. Que aprendamos a gestionar también nuestros aprendizajes con esta modalidad a distancia que muchos estamos profundizando a raíz de la coyuntura.

Que la alfabetización y lo tecnopolítico estén a favor nuestro en esta emergencia depende del uso que cada quien decida darle a estas redes. Así que ya saben: verifiquen los audios que mandan las tías, los papás, los colegas de la oficina; compartan maneras de cuidarnos y aprovechemos las redes para organizar ayuda a la población más vulnerable… y lavémonos bien las manos y limpiemos bien nuestros celulares. ¡Que todo sea leve y pase pronto!

Multitudes conectadas

En una sociedad con acceso a internet, hay una manera de autocomunicarnos de manera masiva: redes sociales digitales. Yo pongo un tuit y me hablo a mí misma así como a las personas que me siguen en Twitter. Incluso a personas que no usan esta red pero que, de distintas maneras (sea porque una persona les cuenta o porque un periódico que registra conversaciones digitales), pueden enterarse de lo que dije.

Esa conexión a Internet nos permite potenciar esa habilidad de conectarnos con más personas. De coincidir ‘en tiempo real’ en ese espacio digital en que se llevan a cabo luchas y reivindicaciones por derechos humanos, conocimiento libre, democracia y organización en red (una de las maneras de entender lo tecnopolítico para Arnau Monterde). Aunque Twitter, como plataforma, no es realmente tecnopolítica, creo que el uso que le hemos dado sí lo es.

Primero, en El Salvador, desde que el 9 de febrero el presidente Bukele militarizara la Asamblea Legislativa. A partir de ahí la cantidad de información que ha circulado en Twitter es inmensa: la única manera de seguirla es hacer lecturas ‘colectivas’, en donde alguien comparte entrevistas y comenta frases clave, o suma un dato histórico que nos ayuda a leer la gravedad de la situación.

Pero también es un territorio en que se disputa la veracidad de lo que se dice y por lo simbólico. Por ver quién tiene de su lado el discurso más democrático y quién tiene mayor respaldo. Por ver quién puede salir de las redes al espacio físico y tener más apoyo: si una concentración afuera de la Asamblea Legislativa donde #ElPuebloManda o una en el Salvador del Mundo donde pedimos #PazSinDictadura e insistimos: #YaDijimosNuncaMás.

Ha sido después de todo esto que baja la popularidad de Nayib Bukele: Vivian Francos Marketing presentó un reporte esta semana en su página web y expone que las emociones mayormente asociadas en las conversaciones en redes sociales es de desconfianza e impotencia hacia el presidente. En apenas 10 horas la combinación de ‘hashtag’ #BukeleDictador #BukeleVSCongress #Bukele alcanza más 6 millones de impresiones.

En otro caso simbólico de esta semana, en México se conoce el feminicidio de Ingrid Escamilla. Una chica de 25 años que fue desollada y asesinada por su pareja de 46 años. Autoridades filtraron imágenes a periodistas, y de pronto en Twitter atestiguamos mensajes de asco ante las bromas y memes que se habían creado sobre el caso. Apenas era martes. Al final del miércoles alguien sugirió compartir fotos de ‘cosas bonitas’ para sabotear la búsqueda morbosa que personas hacían de ‘Ingrid Escamilla fotos’, ‘Ingrid Escamilla cuerpo’ e ‘Ingrid Escamilla desollada’. Ante el horror, calma. Ante la muerte, poesía.

Así, de manera espontánea, utilizamos la red como una manera de evitar la revictimización de Ingrid, y honrar su memoria (la de al menos una de las diez mujeres diarias que son asesinadas en México) con más de los 120 mil tuits con hermosas fotografías (según registra Infoactivismo). Esa solidaridad colectiva es ejemplo de lo que se puede potenciar.

Esa es la potencia de las multitudes conectadas de las que habla el Internet Interdisciplinary Institute (IN3), centro catalán de investigación, cuando habla de tecnopolítica. Esa es la potencia en la que creo. Y por eso siempre insisto en la urgencia la alfabetización digital y la conciencia sobre el ejercicio de nuestra ciudadanía digital: esa potencialidad de lo que alcanza la conexión nos necesita críticos, con posturas claras ante los derechos humanos y la democracia. Porque eso no debería ser negociable.

Así, por aprovechar esa potencia tuiteo contra la militarización del Salón Azul de la Asamblea y comparto mis mejores fotos para Ingrid, y voy al Salvador del Mundo. Ejerzo mi ciudadanía en lo digital y en lo físico. Me conecto a multitudes, a grupos de personas, en lo digital y en lo físico. ¿Y ustedes?

Innovación para la democracia

Pensar, debatir, actuar. O pensar, investigar, prototipar y diseñar «nuevas formas de construir una ciudad más democrática. O desde la democracia y la colaboración, explorar «la intersección entre democracia, tecnologías y ciudad». ¿Conocen una entidad en nuestro país cuya misión sea esa? Pues el Laboratorio de Innovación Democrática del Ayuntamiento de Barcelona la tiene.

De hecho, uno de sus objetivos es «prototipar modelos de ciencia ciudadana, innovación social y co-gestión y gobernanza de laboratorios urbanos». ¿Qué tan familiarizados estamos con la posibilidad de mejorar la gobernanza de nuestros espacios locales a partir de investigaciones académicas o institucionales hechas junto a la ciudadanía? ¿O de que podemos trabajar con metodologías participativas y experienciales para solucionar problemas de nuestras ciudades? ¿Les parece esto lo suficientemente disruptivo?

En Barcelona se está planteando este proyecto desde Decidim, plataforma de la que hablamos en esta misma columna en junio del 2019 («¿Qué podemos hacer desde la ciudadanía digital?»). Esto implica que podemos entrar a la plataforma digital y conocer los planteamientos, los tiempos y las propuestas que las personas han ido brindando a lo largo del desarrollo de esta idea, lo que la vuelve un ejemplo de esa innovación para la democracia: el ocupar las tecnologías como una manera de potenciar la participación ciudadana.

Sin embargo, no es tan nuevo. Hace exactamente cinco años se formó el Laboratorio de Innovación Democrática (LID), «una comunidad de académicos y practicantes interesados en incrementar la calidad de la ciudadanía y fortalecer los espacios participativos. Con sede en Guadalajara, México, los integrantes del LID conformamos una organización de la sociedad civil sin fines de lucro, apartidista e independiente». En enero del 2015. En Barcelona, este laboratorio es parte de un proceso que, según se documenta en Decidim, inició en diciembre del 2015. ¿Y en El Salvador, estamos listos para (iniciar/planificar/ejecutar) un proyecto como este?

El Centro Cultural de España en El Salvador ha formado el Experimenta Ciudad, un proyecto de Medialab Prado lanzado en la red de centros culturales de la AECID y coordinado desde acá, que incluyen propuestas para mejorar San Salvador y el centro histórico. Vale la pena acercarse y unirse a la red.

Hoy más que nunca debemos «pensar globalmente y actuar localmente». Y eso implica que seamos capaces de repensar nuestras maneras de democratizar toda la toma de decisiones y de considerar cómo podemos innovar en estos procesos. Igual implica también el estudio y desarrollo de tecnologías (cívicas y tecnopolíticas) que pongan al usuario/ciudadano al centro para ayudarnos a (re)hacer juntos lo público. Así que vuelvo a insistir en que creo que podemos (re)crear un círculo virtuoso al tejer con esta perspectiva nuestras redes sociales físicas (humanas, institucionales) que mejoren la incidencia que tenemos en nuestras comunidades políticas con la ayuda de las redes sociales digitales, tecnopolíticas. Nuestra democracia también necesita innovación.

Tres nodos de esta red

Cuando pienso en una red «digital» la veo como ese tejido conformado por esos nodos que suelen ser personas que están interactuando en esa red, y que justo es al interactuar que permiten que los «hilos» entre un nudo y otro se llenen de luz o color, en cuanto a que la metáfora de lo digital suelo pensarla como una red blanca contra un fondo azul oscuro, con nodos o puntos que pueden iluminarse un poco más.

Estas redes digitales podrían, metafóricamente, representar un año, y permitirían leer cuáles son esos puntos o nodos centrales en ese período de tiempo. Aquí dejo tres de mis nodos de este año.

1. El futuro está en la #InteligenciaColectiva. Desde las ciencias sociales o humanísticas, me parece que hasta la #InteligenciaArtificial depende para su uso, comprensión y potencialidad de lo colectivo. Esta también puede verse como metodologías de trabajo, que permiten o facilitan el encuentro de lo multidisciplinario en función de la resolución de asuntos cotidianos. Al final, «todo lo que sabemos lo sabemos entre todos», diría Jesús Martín Barbero (citando a Antonio Machado). Este sería el nodo de la esperanza.

2. El espacio para trabajar (el futuro) es un laboratorio de innovación. Laboratorio porque se diseñan soluciones ante un problema identificado, se prototipan los modelos de esa solución, se prueban y si son exitosos se escalan. La innovación entendida como las nuevas maneras de hacer algo, y esto encaja con la inteligencia colectiva porque es la puesta en acción de esta. En ello, la comprensión o visualización de que la tecnología es el instrumento para estas transformaciones es fundamental: no ofrezcamos lo digital como solución, sino como la herramienta con la que vamos a actuar sobre nuestro mundo. Este es el nodo del potencial.

3. La brecha digital debe ser usada a favor. La gran pregunta sigue siendo cómo damos acceso a todas las personas que habitamos este país a las tecnologías digitales. Los números no suelen estar a favor: el Grupo del Banco Mundial dice que apenas tenemos acceso a esta red el 34 % (en el 2017), pero más allá de la certeza del número hay otras preguntas clave. Los números normalmente no reflejan el tipo de uso que se le da a la red: ¿es para informarse, para entretenerse? ¿Se conocen los riesgos y se sabe cómo sacarle el mayor provecho? Por eso, la contraparte de este es la #AlfabetizaciónDigital. No es solo buscar darnos acceso a todos, sino educarnos en ese acceso: y eso puede hacerse desde antes para que, cuando la conexión llegue, hagamos un uso crítico y útil de la herramienta. Este es el nodo del desafío.

¿Cuáles son para ustedes los tres nodos centrales de su año? ¿Hacia dónde se ven en el 2020? Acá seguiremos abogando por reflexiones sobre tecnología cívica, innovación ciudadana y gobierno abierto, pero ante todo por pasar ya a la acción (colectiva, por supuesto). La ciudadanía, digital y física, nos requiere teorizando y practicando la mejora de nuestra polis, y en eso seguiremos buscando referentes de cómo hacer un uso responsable de las tecnologías, así como de la concientización de la preferencia ante los datos abiertos, la cultura de la participación, el aprendizaje colaborativo y la innovación pública. Que este nuevo año nos permita multiplicar la esperanza, aprovechar al máximo el potencial y resolver el desafío, y que le sumemos siempre paz, convivencia ciudadana, salud y amor para nuestras familias y nuestros espacios vitales. ¡Feliz Navidad y Año Nuevo!

Conocimiento abierto

Soy fiel defensora de Wikipedia. Antes me avergonzaba mucho reconocer que utilizaba sus artículos, pero mi yo lexicográfico ha encontrado aquí la fusión perfecta con mi yo digital. Es pura inteligencia colectiva en acción: es, entre todos, utilizar la tecnología como esa infraestructura a través de la cual podemos poner datos al común, ordenarlos y sacar de ellos la mejor información posible y transformarla en conocimiento que nos permita comprender (y luego transformar) la realidad. Y sí, esa realidad puede ser una tarea de escuela mejor documentada o cómo entiendo un proceso histórico de otro país.

¿Han pensado alguna vez sobre la cantidad de biografías que hay o en qué idioma es más utilizada? ¿O cómo se edita un artículo y cómo se verifica la información que se publica? ¿O qué actividades se pueden organizar en centros educativos para aprovechar la difusión del conocimiento?

Para acercarnos a esto lo primero, urgente, es desterrar cualquier resquicio de desconfianza que tengamos hacia ella: hay todo un equipo de personas que cumple con una metodología de trabajo para garantizar que lo que leamos es verificable. Paola Ricaurte-Quijano y Arianna Carli-Álvarez hicieron un estudio sobre el Proyecto Wikilearning y pudieron comprobar que Wikipedia sí puede ser utilizada en un entorno de aprendizaje abierto. Y es que, como dicen estas investigadoras, debemos recuperar el valor de la gestión compartida del conocimiento, y valorar que el comprender cómo funciona esta enciclopedia acorta la brecha que hay sobre el conocimiento, además de facilitar redes globales de aprendizaje.

En Wikimedia Argentina, solo en el 2018, contabilizaron más de 4,400 personas involucradas en sus programas y mejoraron 43,500 artículos de proyectos de Wikimedia. Pero también apoyaron para que diez instituciones pusieran su trabajo en Wikimedia Commons con licencias libres, y sumaron más de 27,000 fotografías tomadas por personas voluntarias.

También tienen programas (igual que Wikimedia México) que apoyan la capacitación a docentes o investigadores que queremos usar Wikipedia en aulas universitarias. Ya un par de veces hemos logrado videoconferencias (en vivo y en diferido) para comentar la importancia de Wikipedia en procesos educativos, y cómo podemos sacarle provecho para favorecer nuestra responsabilidad hacia la humanidad de involucrarnos en la mejora de la información que está publicada en esta enciclopedia en línea. Porque si alguien le encuentra un fallo a un libro, al periódico, al diccionario debe avisar y ayudar a enmendar el error, ¿no? La idea es que, como parte de nuestra ciudadanía digital, ejerzamos la responsabilidad de aportar nuestro conocimiento y nos volvamos, así, ciudadanos del mundo (digital) que habitamos.

En alianza con instituciones públicas y de la sociedad civil han mejorado contenido en ciencia, justicia, fútbol/deporte, arte, patrimonio histórico y desarrollo urbano, por ejemplo. Y han digitalizado más de 400 obras literarias argentinas. También tienen el proyecto WikiDDHH, que es para organizar distintas actividades relacionadas con temáticas de derechos humanos en Paraguay, Colombia, Uruguay, México, Chile y Venezuela.

Acá, como parte de las redes tecnopolíticas, creemos que Wikipedia es una enciclopedia confiable y una plataforma indispensable para ejercer la inteligencia colectiva. También porque se apoya en la alfabetización informativa, porque la información se vuelve la herramienta con la que actuamos sobre el mundo (digital).

En El Salvador, ya el Centro Cultural de la Embajada de España ha organizado un par de jornadas de edición (editatonas) y al menos un taller sobre cómo aportar a la enciclopedia. Solo falta que sumemos personas, sumemos biografías, sumemos fotografías y otros recursos. Así que… ¿wikipediamos?

*Una versión de esta columna fue publicada en esta revista en julio de 2018.

Alfabetización para hacer ciudadanía

Sonia Livingstone me cambió la vida con un artículo de trece páginas. «Concepciones convergentes sobre alfabetización» es un texto de esta sicóloga social inglesa que expone las diferencias que pueden verse entre distintos autores o entidades que trabajan estas temáticas. Ella contrasta cómo suele estudiarse la alfabetización mediática, dirigida a maneras de comprender, analizar y crear materiales para diversos formatos (referidos a medios de comunicación), con la alfabetización informativa, que le suma a lo anterior el uso o comunicación de la información que se ha extraído para abordar problemas o situaciones.

Si vamos más despacio, la alfabetización es el aprendizaje a leer y escribir; por ello puede asociarse a procesos de entender críticamente un texto, de relacionar una novela con un contexto cultural o de interpretar una poesía. Algunos tuvimos la fortuna de que también nos pusieran a trabajar con textos informativos. Y bueno, algunos estudiamos esto antes de Internet… ¿cambia algo la llegada de esta red y de algunos nuevos formatos?

Sí, sí cambia. Hay dos cuestiones que veo fundamentales: debemos aprender nuevas maneras de comunicarnos (hashtags o emojis) y debemos aprender a producir nuestro propio contenido (YouTube, Instagram, Flickr). Saber no solamente cómo descargar una aplicación en el teléfono o en otro dispositivo, o cómo crear un usuario, sino cómo sacarle el mayor provecho posible a esa plataforma.

En esta sociedad de la información y del conocimiento, nos hemos vuelto prosumidores: consumimos lo que los medios o estas redes sociodigitales nos muestran, pero también contamos con herramientas para crear nuestro propio contenido. Y he aquí la cuestión: ¿estamos capacitados para recoger información y producir contenido? ¿Recogemos información de manera crítica y producimos contenido útil?

Retomo de nuevo a Livingstone: «La alfabetización informativa considera la información como una herramienta con la que actuar sobre el mundo». Es decir, volvernos conscientes de lo que leemos en Twitter, lo que «decimos» a través de la foto que subimos a Flickr, lo que dice el video que compartimos en una historia Instagram. No solo de lo que leo o veo, sino de lo que yo produzco, comparto, subo a estas redes o a un blog personal o a una página web (incluso si es institucional o empresarial).

Toda esa información que vamos «subiendo» a Internet es esa herramienta con la cual podremos actuar sobre el mundo. Y por eso la Alfabetización Mediática e Informativa (AMI) es fundamental. Es, parafraseando a Livingstone, lo que nos permite reubicarnos como usuarios activos de los medios de comunicación: nos hace parte de la ciudadanía, en tanto nos hacemos cargo de nuestra incidencia en el ambiente que nos rodea.

Si vemos pasar algún taller o encuesta en estos días de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) y la Escuela de Comunicación Mónica Herrera (ECMH) vayamos o llenémosla. Julio César Mateus, comunicador peruano, dio una conferencia como parte del #CampusAMI de la DW Akademie donde la relacionó con una interacción crítica con los medios de comunicación: acceso a medios, qué consumimos en ellos y cuánto estamos expuestos a estos y a los medios sociales.

Y eso, para estas reflexiones tecnopolíticas, nos permite elegir cuáles medios nos aportan «herramientas con las que actuar sobre el mundo», como diría Livingstone. Y esa toma de conciencia y de acción es lo que nos convierte en ciudadanía, que debería integrar tanto el ejercicio en el mundo físico como en el espacio digital. Por eso, dice Mateus, no puede ser una competencia de comunicadores y expertos, sino de todas las personas. Todas las que, eso sí, queramos hacer ciudadanía.

¿Entonces, nos alfabetizamos?

Inteligencia colectiva

Era 1994 y un filósofo tunecino llamado Pierre Levy publicó un libro que sigue cobrando relevancia en las reflexiones de las tecnologías digitales y la ciudadanía. «La inteligencia colectiva. Por una antropología del ciberespacio» nos hablaba de ese conocimiento repartido en todas partes que busca «el enriquecimiento mutuo de las personas». Explicaba que en realidad la inteligencia colectiva es la habilidad humana de pasar nuestros saberes de generación en generación, que se había hecho de manera bastante estable hasta estos tiempos hiperconectados, cuando gracias a herramientas como Internet, podemos ver cambios en estos saberes en una sola generación por la puesta en común de nuestras habilidades y competencias en tiempo real y sin distinción de fronteras geográficas.

Las reflexiones de Levy pasan por considerar las redes como espacios que pueden potenciar visiones de las problemáticas que, a partir de particularidades de distintas culturas y experiencias, puedan permitir encontrar mejores soluciones. Y es en este sentido que funciona el Centro de Inteligencia Colectiva del MIT. En este espacio creen que la cuestión es cómo podemos conectar personas y computadoras para que, de manera colectiva, actúen (trabajen, resuelvan problemáticas) de manera más inteligente de lo que lo hubiera hecho cualquier persona, computadora o grupo por separado.

En enero de este año, en el Congreso Futuro en Chile y dentro del panel de Ciudadanía Digital, Malone reflexionó sobre nuestra esencia como seres sociales, de cómo la mayor parte de nuestros logros como especie han sido producto del trabajo en grupo, incluso algunos que han superado las barreras espacio-temporales. Nuestros medios de transporte, nuestras maneras de comunicarnos, la diversidad de oferta de ocio y comida: lo que hacemos, usamos, disfrutamos hoy suele ser una evolución de lo que se hacía, se usaba y se disfrutaba unas décadas (o siglos) atrás.

Considera que se piensa mucho sobre la inteligencia artificial y cómo las máquinas irán sustituyendo a las personas. Sin embargo, cree que aún no hemos pasado suficiente tiempo pensando en lo que pueden hacer personas y computadoras juntas que no se había podido hacer antes. ¿Ejemplos? Wikipedia, la enciclopedia más grande del mundo que resulta del trabajo y voluntariado de cientos de personas, y Polymath Project, donde docenas de matemáticos trabajan en línea para resolver teoremas complejos que no habían sido probados.

Uno de sus ejemplos es el Climate CoLab, un proyecto del Centro de Inteligencia Colectiva del MIT, que usa el crowdfoundig para proponer qué hacer ante el cambio climático: esta comunidad en línea reúne a más de 120 mil personas, entre expertos, científicos, estudiantes, empresarios y demás. Ahí se desarrollan propuestas sobre energía, movilidad y otros. Estos niveles de conectividad, sostiene Malone, deberían permitirnos como humanidad alcanzar decisiones y acciones que no solo sean inteligentes sino sabias.

Otro ejemplo de la aplicación de esta puesta en común del conocimiento son los laboratorios cívicos, que Domenico di Siena los define como espacios de trabajo colaborativos que generan infraestructuras, redes de relaciones, protocolos de trabajo y conocimientos que permiten a una comunidad la mejora de su territorio a través de sus dinámicas particulares de inteligencia colectiva.

A veinticinco años de que Levy nos planteara esto de la inteligencia colectiva, estas apuestas de trabajo multidisciplinario para mejorar nuestro entorno me parecen cada vez más humanas y más urgentes. Y creo que hay pocas cosas tan tecnopolíticas y humanizadoras como esta. Actúo con inteligencia colectiva, por tanto existo.

Telegramas más seguros

Hace seis años, Nikolái y Pável Durov anunciaron una aplicación de mensajería instantánea llamada Telegram. Muy parecida a la más conocida WhatsApp, tiene algunas particularidades que hacen que, con cierta frecuencia, algunos especialistas hagan comparaciones entre estas plataformas. ¿Cuál suele ser su función principal? Permitir comunicación inmediata entre dos o más personas que se contactan al intercambiar su número de teléfono. ¿Qué permiten compartir? archivos (fotografías o documentos), notas de voz, llamadas y videollamadas, enlaces de interés, ‘emojis’, ‘stickers’ y ‘gifs’.

¿Cuál es su ventaja (por encima de la popular WhatsApp)? Ambas pueden descargarse para iOS y para Android, y ambas pueden verse también desde la web. ¿Son igual de seguras para los usuarios? Iván Ramírez, especialista en software y creación de contenido, hizo una lista hace varios meses en donde comparaba estas tres aplicaciones: estas dos y Signal. Esta última resultó ganadora (por 4 puntos frente a 1 y 1 de las otras dos) en cuanto a privacidad y seguridad de la información que se comparte a través de ella.

Esto significa que entre WhatsApp y Telegram no hay una diferencia significativa en estas cuestiones: su único punto en este ranking lo otorga la posibilidad de tener chats secretos, muy seguros y fáciles de crear (con candado, que de hecho solo son visibles desde el teléfono y no desde la aplicación web). WhatsApp le debe su único punto al cifrado de los mensajes, que es el mismo que ocupa Signal.

¿Cuál es su desventaja? Siempre puede haber otras maneras de vulnerar la seguridad que estas aplicaciones ofrecen. Y en este sentido, el periodismo de investigación también tiene aquí un nicho de trabajo hacia la ciudadanía. Hace dos meses, Ricardo Roselló, entonces gobernador de Puerto Rico, renunció a su cargo tras un escándalo mediático al ser revelado un chat privado que Roselló mantenía con otros miembros del Ejecutivo y asesores. El Centro de Periodismo Investigativo señaló que en esa conversación grupal «realizaron trabajo político partidista en horas laborables y utilizando recursos públicos desde un chat de Telegram, donde el grupo orquestaba cómo manejar la narrativa política a través de las redes sociales y medios de comunicación del país». El Centro reconoce haber recibido todo el contenido del chat (889 páginas) de una fuente que solicitó anonimato, pero pudo validar que esta información coincidía con filtraciones anteriores similares.

¿Y por qué, entonces, recomiendo Telegram? Porque aunque muchos contactos aún no la utilizan, es cómoda, divertida y segura. Desde esta columna procuramos recomendar o reflexionar sobre herramientas digitales que son más privadas, más seguras para la ciudadanía, menos comerciales y, de ser posibles, diseñadas pensando en los usuarios/ciudadanos. Algunas, como esta, son más de comunicación, pero la idea es promover y discutir cuál tecnología digital es más conveniente, ya sea para envío sencillo de mensajes o sobre plataformas de tomas de decisión. Esas son las #RedesTecnoPolíticas.

Así que esta aplicación de mensajería instantánea también es una opción para tener acceso a lo que se llaman canales, grupos creados por alguien para compartir información o archivos sobre un tema al que uno se suscribe. Por mi parte, tengo un canal de la Agencia Ocote (de Guatemala), uno del Grupo de Investigación en Gobierno, Administración y Políticas Públicas (GIGAPP), y otro llamado Presta pa andar igual, de lecturas sobre feminismo, tecnopolítica, arte, cultura libre y demás. Otra vez, la inteligencia colectiva desde lo digital.

Así que, si se animan, descarguen Telegram y probemos si son, en efecto, telegramas más seguros, más útiles y (con ‘emojis’ y ‘stickers’) más divertidos