ÁLBUM DE LIBÉLULAS (212)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1734. COMPAÑÍA INSOSPECHADA

Estaban a punto de iniciar la vida en común, y lo primero era encontrar dónde vivir. Como el día del enlace se acercaba a toda prisa, tuvieron que ir a ver opciones de vivienda disponibles a los lugares aledaños. Ninguno les satisfizo, por x o por y razones. Entonces hubo que buscar más lejos, aunque fuera en los caseríos vecinos. Así llegaron a aquella vivienda más grande que lo común en la zona, pero también con más señales de abandono. La tomaron sin más, y en muy poco se hallaban instalados ahí. La primera noche ya casi concluía, y de pronto algo los despertó. Era un revoloteo ansioso. La ventana que daba hacia afuera se abrió de golpe y la bandada de zanates se fue sobre ellos, pero no en son de ataque. Era el retorno al hogar recién invadido por sus antiguos moradores, aunque fuera para compartirlo.

1735. LA VERDADERA VOCACIÓN

Era diplomático de carrera, y todas sus emociones estaban marcadas por ese título. El destino específico no le pertenecía, porque la burocracia tiene su propia lógica, pero hasta aquel momento ninguno de sus destinos parecía haber sido casual. Ahora, para el caso, estaba destinado a un país que costaba identificar en el mapa. En cuanto llegó tuvo un golpe de intuición: aquel sería su destino final. ¿Y qué era lo que le motivaba tal sensación? Instintivamente alzó la mirada hacia los cerros vecinos y hacia los nubarrones que los coronaban. Y a partir de aquel momento se volvió peregrino por los alrededores enmontados. No tardó en renunciar al puesto, para quedarse haciendo vida monástica en algún bosque vecino. Los lugareños lo conocían como “el extranjero feliz”. Él sonreía. Era la diplomacia del libre sueño.

1736. NOCTURNO SERVICIAL

Era ya un hombre mayor, que deambulaba con frecuencia por aquella zona de la ciudad. Esa tarde, ya cuando la luz iba quedando exhausta, pasó frente al lugar que todos los transeúntes evadían, pero que a él le produjo de pronto una atracción casi voluptuosa. Entró, y el empleado que atendía se le acercó de inmediato: “¿Busca algo en especial, señor? Tenemos para todos los gustos y tamaños” Él lanzó una mirada en torno, y sin dudar apuntó hacia una esquina: “Aquél”. “¿Va a llevarlo? Dígame a dónde se lo enviamos”. ” “Me voy con él”. Pagó y se alejó un par de pasos. Luego sacó de una de las bolsas de la chaqueta el instrumento insospechado. Sonó el disparo y la bala se le alojó en la sien. Sí, era una venta de ataúdes, y él acababa de elegir el suyo. La noche recién llegada lo tenía a él entre sus brazos.

1737. DOCTORADO EN LÍNEA

En aquella zona suburbana, extendida sobre promontorios rocosos, todas las posibilidades de ir al encuentro de un mejor futuro tenían la misma condición del terreno. Al fondo de la parte urbanizada había un paredón que parecía el mural de los imposibles, porque escalarlo hubiera sido una hazaña inverosímil. Casi al haz de dicho paredón se hallaban las tres viviendas más remotas, en las que vivían tres hermanos labradores. Sus hijos habían ido a la escuelita más cercana, y hasta ahí; pero el más pequeño de ellos mostraba una ilusión fuera de contexto. Le preguntaron: “¿Qué querés ser cuando seás más grande?” “¿Yo? Doctor en el arte de convertir las piedras en monumentos”. Nadie entendió. Aquel niño quizás estaba norteado. Lo llevaron a la clínica vecinal. Y el diagnóstico fue: “Déjenlo estar. Pura inocencia”.

1738. HÍPSTER Y MILLENNIAL

Atardecía, y él llegaba a su sitio más frecuentado. Pidió, como siempre, cerveza artesanal y se dedicó a engullir comida estrictamente vegana. Estaba ahí haciéndose sentir sin pretenderlo, con su atuendo exótico y su sombrero de alas anchas, que le hacían parecer un turista de origen no identificable; pero todos los que pasaban a su alrededor lo saludaban con familiaridad, hasta el punto de darle palmadas en los hombros y de hacerle señales de complicidad contemporánea. Iba ya a concluir sus raciones bebibles y comestibles, y entonces cerró los ojos y se quedó en suspenso. El bullicio del salón y la animación de la calle desaparecieron como por encanto. Al abrir los ojos, ya era de noche. El hípster era ahora un millennial con pinta de ejecutivo en cierne. Y todo en uno, como en los milagros de antes.

1739. KING SIZE

Ya en la adolescencia sus modos y sus reacciones le pusieron la viñeta de “muchacho problema”. Los padres empezaron a temer que los trastornos del ambiente lo pusieran en peligro, e hicieron todos los esfuerzos posibles para que entrara en un internado religioso. Él se avino sin resistencia ni protesta. Ya ahí, el efluvio de la fe le fue invadiendo todas las estancias de la conciencia. Pensaron que era vocación sacerdotal, y en esa línea empezaron a tratarlo. Él no se dio por aludido. Y llegado el momento, ya para concluir sus estudios medios, se explicó, con una sonrisa a la vez provocadora y condescendiente: “Mi destino es king size, y así voy a vivirlo, en la libertad de lo desconocido. Ya probé el encierro creyente, y ahora voy hacia la claridad sin ataduras. Si quieren encontrarme, búsquenme en la vibración del aire…”

1740. FAMILIA PROPIA

Necesitaba casa propia porque estaba a punto de formar familia propia. Y como sus recursos habían sido siempre escasos, tuvo un golpe de intuición: se iría a vivir al viejo centro histórico de la ciudad, prácticamente abandonado desde los inicios del gran conflicto interno. En aquella zona céntrica menudeaban las edificaciones casi en ruinas. Y como no quería ser un “okupa”, se las ingenió para buscar al dueño: esa  anciana que se hallaba recluida en un hospital público de mala muerte. “¿Cuánto me costaría el alquiler, señora?” Ella lo miró como si él fuera su ángel de la guarda: “Le costaría venir a verme con los suyos por lo menos una vez por semana. ¿No es mucho?” Él le acarició la frente arrugada con la mano áspera. Trato hecho.

1741. A FUEGO MANSO

Todo comenzó con tímidas sonrisas y miradas que de inmediato volvían hacia otra parte. Al fin llegaron las palabras, apenas emergentes del susurro. Fueron descubriendo así que sus reacciones mostraban la misma sintonía. Y cuando llegó el momento de decidirse, ya prácticamente todo estaba acordado. En la ceremonia no hubo el tradicional “sí”: bastó el gesto afirmativo de cabeza por parte de ambos. Temprano partieron hacia su noche de bodas. El lecho los acogió con serenidad atípica. Se durmieron abrazados, sin más. ¿Qué pasó después? El fuego sonreía.

 


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