ÁLBUM DE LIBÉLULAS (210)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1718. EN LOS DÍAS QUE VIENEN

Fue a buscar en la Internet el pronóstico climático de los días siguientes, para hacer sus planes hogareños. Decían que venía una intensa tormenta tropical y que las condiciones serían de cuidado. Se aperó para que en la casa no faltara nada de lo indispensable. Su esposa, que nunca había sido muy cuidadosa al respecto, le hizo la pregunta de siempre: “¿No se te olvidó nada de lo que vamos a necesitar?” Y él le devolvió la pregunta con intención: “¿Y qué es lo que vamos a necesitar?” Ella sonrió con el ceño fruncido: “Lo veremos en los días que vienen…” Se quedaron esperando que llegara el momento; pero como ahora es tan común, la advertencia atmosférica se quedó en palabras. Llegaron los días, pero no llegó la turbulencia anunciada. La pareja se miró a los ojos. Y los dos pensaron: “Esperemos que la tormenta no vaya a venir por dentro…”

1719. ENTRE COLINAS

Era, sin duda, el habitante más próspero del lugar, porque su empresa ecológica no sólo tenía despliegue nacional sino que se hallaba en plena expansión internacional. ¿Y de dónde partía ese éxito? De una idea que por mucho tiempo pareció simplemente poética, pero que de pronto empezó a ser claramente pragmática: el vínculo sensible entre la Naturaleza y la vida. Lo que los vecinos del entorno no acababan de entender era por qué aquel empresario que tenía todas las posibilidades de vivir en Nueva York, en Londres o en París seguía en su aldea originaria, como todos los que no tenían otra opción., y además en su misma casita de siempre, la que construyeron sus antepasados con lodo y madera. Alguien se animó a preguntárselo, y él respondió sin vacilar: “Porque me enseñaron a ser agradecido, y mis maestras originarias fueron y siguen siendo estas colinas”.

1720. LA ESTRELLA EN PERSONA

Soñó siempre con ser un emprendedor triunfante, y ese propósito vivo se le convirtió en luminaria de su atmósfera existencial. Como había estado desde el principio inclinado fervientemente a los quehaceres espirituales, lo que emprendió fue una consejería virtual para los que anhelaban superarse desde el fondo de ellos mismos. Pasaba todo el día en la habitación más escondida de su vivienda, atendiendo consultas. Era el contraste pleno: la penumbra de su refugio y la iluminación de su alcance laboral. Y así fue quedando suspendido en el puente colgante de sí mismo, sin salir al aire ni en lo claro ni en lo oscuro. Pero aquel atardecer, un impulso súbito le hizo buscar un tragaluz. Se alzó hacia él, y ahí estaba ella, la más brillante estrella imaginable. Anuncio de liberación desde lo más escondido de su ser hasta lo más libre de su infinito.

1721. EN CUESTIÓN DE MINUTOS

El vuelo saldría del Aeropuerto JFK de Nueva York a la hora señalada, porque no había ningún anuncio de retraso. Ella estaba lista desde hacía por lo menos tres horas, como era su costumbre. Se hallaba en el Swiss Lounge, aguardando el momento, con su jugo de tomate, su platito de fruta y su cruasán sencillo. Allá al fondo, el día ya mostraba su vitalidad soleada. Sacó de la maleta de mano su cuaderno íntimo y se dispuso a anotar las sensaciones del momento. El iPad, que estaba también ahí, no era su favorito. Fueron pasando los minutos, y cuando vio el reloj de puño se dio cuenta de que la hora del abordaje había sido sobrepasada, sin que se hubiera dado cuenta de ningún llamado. Se fue rápidamente a la puerta de embarque. Nadie, ni destino en la pantalla. Le preguntó a alguien. Respuesta esotérica: “Dentro de unos minutos, que pueden ser siglos…”

1722. EL CRISTAL VAGABUNDO

El recluso liberado condicionalmente por buena conducta en la cárcel donde fue recluido por muchos delitos no sangrientos salió a la luz del día como un fantasma sin destino identificable. No tenía familia directa, porque su grupo familiar inmediato había emigrado hacia el Norte, y no había parientes que quisieran acogerlo. Lo único que quedaba era ambular por donde se pudiera. Recordó entonces sus antiguas habilidades artesanales, y se fue a un taller a buscar trabajo. Pronto se dio cuenta de que podía laborar por su cuenta, y así lo hizo. Armó, como pudo, su tiendita propia, y empezó a crear en vidrio. Vendía lo suficiente para sobrevivir, pero de pronto comenzó a sentir que se hallaba recluido de nuevo. Entonces optó por ser indigente en calles y caminos. Libre de nuevo, aunque la necesidad le apretara las costillas.

1723. EN EL LUGAR PRECISO

Todas las áreas abiertas del restaurante volcaneño daban hacia un paisaje expandido hacia el horizonte donde había cerros y volcanes y un amplio lago. Era la primera vez que salían a departir juntos, y él había escogido aquel lugar sin consultarle a ella, tratando de sorprenderla animosamente. Cuando estuvieron ubicados, y una vez que el mesero les dejara las cartas del menú, él le preguntó a ella: “¿Te gusta el lugar? Si no, podemos buscar otro…” “No, estoy bien, sigamos aquí…” Como sólo ellos estaban, el silencio era total. El menú tenía carácter lugareño, y ellos pidieron con cautela. Lo hicieron bien, porque después de los primeros bocados los ánimos se distendieron. Y ya al final, con dos pequeños tequilas enfrente, se tomaron de las manos y se vieron a los ojos. Mutua declaración impecable. La ráfaga de brisa entraba a abrazarlos.

1724. ELSA Y JULIO

Ella llegó ya de noche, porque su vuelo arribó tarde. Él había cenado en solitario y luego se fue a su habitación del hotel El Salvador Intercontinental. La atmósfera del lugar rebosaba tranquilidad; pero en algún momento comenzaron a sonar los petardos voladores. Ni ella ni él tenían idea de lo que estaba pasando, pero los estruendos conmemorativos de algo les hicieron encontrarse en la barra del bar. “Hola, al fin nos vemos de nuevo…” Y en ese instante apareció un trío y comenzó a cantar “Flor de Azalea”, que ella recibió con humedad en los ojos. Eran las voces de los Hermanos Cárcamo. Al día siguiente comenzaría el rodaje de “Sólo de Noche Vienes”, en la ciudad o en la montaña. ¿Qué año era, entonces: 1965 o 2018? Una voz por el micrófono le cerró el paso a cualquier respuesta: “¡Bienvenidos, Elsa Aguirre y Julio Alemán, han pasado siglos, y ustedes como si nada, aquí y allá!”

1725. SONAMBULISMO ATÁVICO

Padecía insomnio crónico, pero algún factor no previsto le estaba devolviendo la capacidad de dormir. Eso en vez de tranquilizarlo le provocó ansiedad. Y es que ahora lo que iba apareciéndole cuando se internaba en la atmósfera del sueño era la sensación de hallarse en un desconocido salón de espejos por el que deambulaban enigmáticas imágenes. Añoraba el insomnio, cada vez más; y así tuvo la dicha de irse convirtiendo en sonámbulo. Un sonámbulo que le rogaba cada día a la Providencia que todos los espejos se esfumaran a su alrededor.

 


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