Opinión desde acá

por Mariana Belloso, De cuentos y cuentas

 

Mariana Belloso
Periodista

Procesos truncados

En mis casi 20 años de ejercer el periodismo he visto cómo los aspirantes a diputados, alcaldes o presidentes llenan plataformas de campaña con cosas irrealizables.

Les creemos. O al menos, una parte importante de la población aún les cree. La prueba está en que les siguen votando. Dejemos a un lado a la masa de personas que están vinculadas directamente a los partidos, a las familias de los candidatos o a quienes creen o esperan que al sudar los colores de su instituto político van a lograr un trabajo en la administración pública. Hay muchísima gente que aún cree en nuestro sistema democrático y va y se expresa con su voto.

Esto parece una obviedad, pero es algo que muchos funcionarios olvidan o deciden ignorar una vez están asegurados en sus sillas. ¿A quién se deben? Al pueblo que los eligió, que paga impuestos de los que salen sus salarios, que les confían un cargo con la esperanza de que hagan las cosas bien o, al menos, no tan mal como las haría el otro.

¿Hay acaso en las noches de las elecciones reuniones de las cúpulas y de los nuevos gobernantes para establecer compromisos? “Bien, esta gente nos ha puesto en el cargo, no les fallemos”. ¿No? Generalmente los vemos celebrando y tirando más promesas al aire. Promesas, promesas.

En mis casi 20 años de ejercer el periodismo he visto cómo los aspirantes a diputados, alcaldes o presidentes llenan plataformas de campaña con cosas irrealizables, demasiado caras, o que no les corresponde hacer. Ofrecen generalidades —mejor salud y educación, mayor empleo, llevar al país a las grandes ligas del comercio y la inversión—, pero no nos dicen cómo lo lograrán. En el peor de los casos, y sobre todo ahora que el voto por diputados es por rostro, explotan su imagen y apariencia personal, y nos bombardean de caras bonitas, videos absurdos o espectáculos de “baños de pueblo” en los que se mezclan con esa base de la pirámide de la que rara vez vuelven a acordarse después de que ganan.

Otra mala costumbre, que al parecer tiene buenos resultados, es desviar la atención de mis propias carencias haciendo énfasis en las de mi contrincante. Ataques personales, notas con información falsa, memes, cuentas anónimas, todo lo que sirva para inventar deslices, poner en la boca del otro candidato palabras que jamás dijo y arrojarle todo el lodo posible, principalmente en las redes sociales. La estrategia es convencer al votante de que el otro no sirve, aunque yo no ofrezca nada.

O bien, sí ofrezco algo: planes llenos de promesas difícilmente materializables, sin medidas específicas, que abarcan ámbitos que no corresponden para el cargo que se están postulando, y sin definir las fuentes de financiamiento. Verdaderas cartas al Niño Dios que hasta ahora no nos han cumplido.

Pero aun así, en medio de todo esto, cada gobierno ha tenido sus apuestas: se acordarán cómo nos ofrecieron las privatizaciones como el non plus ultra de la modernización, cómo luego se nos vendió la maquila como la solución para el problema de empleo, y cómo llevamos ya varios años diciendo que El Salvador puede ser un centro logístico regional.

Más allá de lo acertadas o desacertadas de estas apuestas, lo que vemos cada cinco años, o cada tres, si cambia la configuración legislativa, son procesos truncados. El que llega borra de un soplo lo que el otro había comenzado. Se despide gente de puestos clave y se pone a otros que llegan a aprender de qué va la cosa. Se dejan a medias proyectos que prometían, como la Red Solidaria, que en su momento fue puesta como ejemplo, ahí sí, regional, de cómo el Estado podía usar las transferencias monetarias directas como una herramienta para el desarrollo social: estas eran condicionadas, y se amarraban a que los niños recibieran salud y educación.

¿Cuántos procesos truncados seguiremos viendo? ¿Es irreal esperar que lleguemos a armar verdaderas apuestas de país a las que se dé continuidad sin importar quién esté ocupando la silla? Estamos por entrar en campaña, de nuevo. Si alguien me promete que hará lo posible por lograr grandes acuerdos políticos y armar planes que nos saquen del agujero económico y social en el que estamos, que se respetarán de período en período, pues quizá sí, quizá yo también le confiaría mi voto.


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