Misterios de azotea

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1410. MISTERIOS DE AZOTEA

Creció en un cuarto que daba a la azotea. Más que cuarto era un desván medio habilitado para ser habitable. Su madre y él fueron puestos ahí cuando tuvieron que ir a pedirle posada a un medio hermano de ella, luego de que el padre del niño desapareció sin dejar rastro, en tiempos en que no había desaparecidos involuntarios.

Ellos eran lo que en términos familiarmente despectivos eran llamados “recogidos”, y los que les permitían vivir ahí se lo hacían sentir. Más a él que a ella, quizás porque era hijo del ausente. Así fueron pasando los tiempos, y el niño fue a la escuela, luego al instituto y después a la universidad.

No pasaba de ser “el recogido”, pero ni siquiera los que así lo trataban podían eludir el hecho de que se trataba de una especie de genio intelectual, con un abanico de vocaciones posibles.

Escogió la carrera de arquitectura, porque su sueño era ser constructor de avanzada, con torres incomparables en el horizonte. Obtuvo el primer lugar en el examen de ingreso y la beca correspondiente. Lo necesario, porque no hubiera podido costear de otra manera el estudio. Y en cuanto comenzó, su aprovechamiento académico se puso de relieve, y muy pronto le aparecieron oportunidades de trabajo. Ingresó en una firma de arquitectos, en un puesto prometedor, que incluía vivienda gratuita en un desarrollo de clase media. Pero él esto ni siquiera lo tomó en cuenta. Seguiría en su desván, como siempre.

Cuando uno de los jefes le preguntó sobre aquella decisión que a todas luces era incomprensible y no tenía precedentes en la empresa, él respondió en forma evasiva:

—Es que tengo un compromiso de fidelidad que no puedo dejar de lado.

—¿Y eso? Si es para tu mejoría. Sabemos que vivís en condiciones precarias.

Entonces él sonrió, como pidiendo disculpas, pero sin dar otras explicaciones. Y no lo hacía porque sus motivos muy difícilmente serían tomados en serio. Hubiera tenido que decir: “Mi gran maestra en la vida ha sido la azotea a la que pude asomarme siempre, aunque viviera y siga viviendo en un improvisado desván. Desde ella observé el horizonte con todas sus invitaciones a ver hacia lo alto y hacia sus entornos. Si alguna vez tengo que salir irremediablemente de ahí, lo voy a hacer hacia otra azotea…”

1410. MISTERIOS DE DISTANCIA

La casa donde vivían estaba rodeada por un vecindario que semejaba una decoración evocativa: había un par de tienditas que hoy podrían llamarse “de conveniencia”, se alzaban aquí y allá algunos árboles de tronco majestuoso y de amplio ramaje, cerca corría una quebrada que en las épocas de lluvia se desbordaba de su cauce que no era superficial, al fondo destacaba la torre de una iglesia de las de antes, quedaban terrenos baldíos donde los animalitos silvestres aparecían y desaparecían como por arte de magia, ninguna casa daba pared a pared con alguna otra, de vez en cuando hasta pasaba por ahí una carreta tirada por su yunta de bueyes como una estampa perfectamente irreal…

El adolescente de la familia observaba todo aquello con curiosidad que nunca se convertía en verdadero interés, porque todos los indicios apuntaban a que él sería un millennial intuitivo en plena posesión de tal conciencia de época ya que sus recurrentes aleteos psíquicos apuntaban en esa línea como hacia un blanco irresistible. Y lo que le tocaba hacer para ubicarse en el espectro humano donde quería estar era demostrar capacidades sobresalientes. Se lo propuso, y muy pronto era el alumno emblema del instituto nacional de la zona.

—Este Miguel es un genio –dijo un día en el aula su profesor de Matemáticas.

Él lo corrigió:

—Perdone, señor: me llamo Mike.

—Okey, okey –sonrió el maestro, que no hubiera podido decir nada más en el idioma del Norte. Y como se avecinaba la conclusión del bachillerato, Mike estaba pensando ya en el inmediato futuro. Se esforzó aún más, como un corredor de pista en los últimos metros, en pos de una beca hacia “allá”. La ganó, por supuesto. El millennial se hallaba en su ruta.

Pocos bártulos, muchos anhelos. La familia lo despidió con abrazos y lágrimas. Él reaccionó con suspiros profundos, que pertenecían a otra emoción, aunque no lo pareciera. Y un par de días después partió como si escapara, sin echar ni siquiera una ojeada a su entorno. Iba a Canadá, a Quebec, donde estaba radicada la beca. Y era en vísperas de invierno.

Quebec es un lugar acogedor y lleno de pequeñas sorpresas atrayentes. Él se instaló en un ínfimo ático, y desde ahí observaba el vuelo de la nieve. Pronto se incorporó al mundo universitario, como un recién llegado sin más ayuda que la de sus entrañables promesas.

Días, meses, años… ¿Cuánto tiempo había transcurrido? El calendario tenía su respuesta, pero su ánimo venía bordando la propia. Y esa pequeña planta que iba alzándose en un rincón de su memoria solo podía tener un nombre: nostalgia. ¿Qué era aquello: una broma del subconsciente?

Su familia se sorprendió cuando las comunicaciones desde Quebec comenzaron a ser cada vez más frecuentes, sobre todo vía su hermano menor, que las recibía por WhatsApp. Y las peticiones se iban concentrando en una: petición de imágenes sobre los alrededores de la casa. Los árboles, la quebrada, los predios baldíos, la torre de la iglesia y si se podía la carreta pues ni qué mejor…

Y así en una fecha cualquiera envió la noticia:

—Me regreso. Ya terminé aquí. Quiero empezar allá… Y allá mismo…

Era cerrar el círculo. Había llegado a estudiar ingeniería y acabó estudiando filosofía. Su tesis, recién coronada con lauros, era un ensayo sobre el eterno retorno.

1410. MISTERIOS DE PASAJE

Cuando se dispusieron a hacer vida en común, como antesala del enlace formal, fueron a buscar alguna vivienda que les fuera grata y a la vez financiable. Luego de algunas indagaciones y visitas, lo que les quedó a la mano fue aquella pequeña vivienda de dos habitaciones al final del pasaje que estaba en los alrededores del centro de la ciudad, una zona que desde luego ya no era de las más apetecidas, porque todo el mundo buscaba los buenos suburbios.
Se instalaron ahí, llevándose desde luego consigo a su gato Bob, que era en verdad de él, que le puso ese nombre después de ver la emocionante película “A Street Cat Named Bob”, en traviesa referencia al dramón de Tennessee Williams.

A ellos dos la vida en el pasaje, que tenía una doble hilera de casas y en medio una especie de callejón en el que solo cabían motocicletas, bicicletas y si acaso algún autito muy chico, no acababa de convencerlos, porque los vecinos no pasaban de un escueto saludo cuando era inevitable; pero en cambio Bob parecía haber llegado a su destino ideal.

Una atardecida, ya en casa, acomodados en el sofá que apenas cabía en uno de los extremos de la habitación que servía de sala y de comedor, se pusieron a hablar del tema; y casi de inmediato surgió la pregunta para Bob:

—¿Qué es lo que te gusta de aquí, men?

El gato se esponjó, los abarcó con una sola mirada, alzó la cabeza como un competidor olímpico y lanzó un gemido clásico.

—¡Ah, ya entiendo, estás enamorado! ¿Y de quién?

Bob miró directamente a la joven que lo observaba con ojos húmedos.

—¿Cómo es eso? ¿De Karla? ¿Esto es hoy un triángulo, entonces? ¡El triángulo ideal! Amor mío, ¿viste lo que lo que has provocado en nosotros? ¡Una perfecta alianza! Si Bob fuera un hombre como yo, ya estaría en el suelo con la ñola quebrada… Pero no, no… Démonos la paz, como en la misa. ¡Aleluya!

Afuera, el pasaje se había iluminado de pronto como si todas las estrellas hubieran arribado a la vez. Bob maulló en éxtasis.

 


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