Las escuelas públicas en El Salvador carecen de bibliotecas. Solo el 21% de los centros educativos cuentan con este recurso. Un porcentaje que, además, abarca casos donde a los libros no se les da un uso adecuado. Algunos permanecen desordenados, dentro de cajas, escondidos y sucios, lejos de ser leídos.

El país donde 8 de cada 10 escuelas no tienen biblioteca

Un reportaje de Marcos Paz

Fotografías de Éricka Chávez

Sin bibliotecas.

“Un país que pretende caminar firmemente hacia el desarrollo debe contar con bibliotecas de calidad en cada una de sus escuelas”, dice una publicación del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLAC). En El Salvador, solo dos de cada 10 centros escolares cuentan con una.

A escala nacional, las bibliotecas no son lo único que hace falta en las escuelas. En 18 centros educativos no existe ninguna forma de abastecimiento de agua, 128 no poseen ningún tipo de instalación eléctrica y siete de cada 10 no tienen acceso a internet, según registros del Ministerio de Educación (MINED).

Dentro del 21 % de los centros educativos públicos que cuentan con una biblioteca existen casos en donde los libros no se utilizan. Las “bibliotecas” pueden estar, pero no se han establecido dinámicas o espacios que coloquen los libros al alcance de los estudiantes.

En una esquina del Centro Escolar Hacienda Florencia, ubicado en Nuevo Cuscatlán, departamento de La Libertad, un número considerable de libros permanece desordenado y lleno de polvo. Dos paredes blancas con pequeñas marcas que indican suciedad y telarañas conforman el espacio físico que rodea los ejemplares. Una estructura de madera dividida en tres partes se encarga de sostenerlos. No hay deterioro, pero sí, descuido. Julia Castillo, directora, define la situación de la siguiente manera: “Ahí están (los libros), solo hay que darles vida”.

El lugar ha perdido el brillo de hace dos años. En octubre de 2016, se inauguró aquí uno de los llamados “rincones de la lectura”. Es decir, un espacio destinado a que los estudiantes tomen cualquier libro y lo lean. De acuerdo con Luis Rosales, subdirector, se trata de un proyecto que el año pasado aún funcionaba, pero que actualmente la administración no se ha animado a renovar. Julia Castillo lo reconoce: “No se le está dando el seguimiento que en un principio se le dio”.

Los rincones de la lectura están compuestos por libros de literatura universal, cuentos y leyendas. La directora y el subdirector coinciden en que, con el paso del tiempo, algunos libros se han perdido. Otros, como “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, se mantienen. En su momento hubo cojines y alfombras. De eso, solo ha quedado la placa del recuerdo, las fotos y un conjunto de obras literarias en menor cantidad que hace dos años.

Una biblioteca se define como el lugar donde se tiene un considerable número de libros ordenados para la lectura. Sin embargo, en este centro educativo, los libros en lugar de leerse han quedado poco a poco en el olvido. “Solo ven la portada y los dejan por ahí”, declara Corina Turcios, profesora de segundo grado.

“¿De qué sirve que nos den libros, si en muchas ocasiones, esos libros se los comen los ratones? Ahí están guardados en las cajas”, dice Luis Rosales. Él ha trabajado en el Centro Escolar Hacienda Florencia desde 1989 y pronuncia estas palabras en su oficina. Su expresión adquiere un significado extra tomando en cuenta que en 2016 este centro escolar recibió una donación de más de 300 ejemplares, los cuales fueron recolectados a través de la campaña “Dona un libro”.

Rosales es uno de los fundadores del tercer ciclo. Su cargo está en la Subdirección, fuera de los salones de clase. No obstante, conoce cada detalle y necesidad de su escuela. Mientras habla, muestra el cuaderno de un estudiante de primer ciclo que en reiteradas ocasiones ha incumplido con las actividades solicitadas por su docente.

De acuerdo con Rosales, hace 20 años el Ministerio de Educación asignó al centro escolar una cantidad considerable de ejemplares. No recuerda el número exacto, pero reconoce que de ahí surgió la primera idea de poner en funcionamiento una biblioteca. Posterior a eso vino la construcción de un espacio físico en 2005. “Hubo un alcalde (Vidal García) al que le pedimos que nos construyera un local especial para la biblioteca. Lo construyó y se montó”, dice.

El espacio físico creado, en un principio, para el funcionamiento de una biblioteca es ahora el salón de clases de la sección de parvularia. Más de 250 libros se conservan agrupados en diferentes estantes al fondo del recinto. Una serie de pliegos de papel bond decorados que cumplen la función de “ambientar” el aula los mantienen ocultos.

Rosales explica que el anhelo de esta escuela era recibir algún tipo de fondo por parte del MINED o la Alcaldía Municipal de Nuevo Cuscatlán para la contratación de un bibliotecario. Es decir, una persona encargada del cuidado, organización y funcionamiento de una biblioteca.

“El ministerio siempre manifiesta no tener fondos”, afirma el subdirector. Ante esto, de acuerdo con Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media, la cuestión trasciende y radica en que, dentro de la Ley de la Carrera Docente, no existe la plaza de bibliotecario.

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UN DOLOR DE CABEZA EXTRA

Según estadísticas del MINED, de los 5,136 centros escolares públicos en todo el país, solo el 72 % se situaban, hasta 2017, en terrenos propiedad del ministerio. FOMILENIO II entregó, para ese año, 119 títulos de propiedad. El Centro Escolar Hacienda Florencia no formó parte de ellos. Uno de sus mayores problemas está arraigado en ese aspecto: el MINED no puede invertir en infraestructura de escuelas que no estén en suelo de su propiedad.

“La estructura del centro educativo no está legalizada. Desde hace nueve años el MINED no ha sido capaz de legalizarla y aquí no puede invertir. La burocracia del Estado no lo ha permitido”, manifiesta Luis Rosales con indignación. En cada oración que formula asigna una buena parte de la responsabilidad al organismo de Educación. Se desahoga. Agrega que el ministerio no tiene una pretensión real en que las bibliotecas escolares funcionen y que sus proyectos nada más tienen un interés mediático.

Julia Castillo, directora de la escuela, se expresa así: “Mi prioridad es la legalización del centro escolar”. De acuerdo con ella, hace ocho o 10 años, una cooperativa cafetalera les donó el terreno. Desde entonces, los trámites para obtener el título de propiedad iniciaron. En la actualidad, según Julia, las excusas y obstáculos han continuado, a pesar de que el caso ya está en la parte jurídica del MINED.

El monto de transferencia del Centro Escolar Hacienda Florencia, según Julia Castillo, es de $2,900. Este fondo se destinada a la compra de material didáctico, la limpieza y el programa de alimentos. “A veces dan una parte en agosto y la otra en diciembre, cuando las escuelas ya están endeudadas”, explica. Hasta junio de 2018 no habían recibido “ningún cinco” por parte del Ministerio de Educación.

Está claro que los libros no son una prioridad, ni la mayor preocupación en un centro escolar donde el dinero no alcanza y donde aún no cuentan con las escrituras del terreno en el que opera. En el Centro Escolar Hacienda Florencia los libros están presentes, pero eso no garantiza nada. Un extracto de la investigación “Por las bibliotecas escolares de Iberoamérica” lo explica así: “No basta con tener una biblioteca escolar, es necesario que la escuela genere prácticas lectoras, pues si no hay razones para leer, la biblioteca no cumple a cabalidad su función”.

Luis Rosales reconoce que, de parte de la administración de la escuela, no han logrado algo estable, ni serio. Esta es su realidad. También la de otros centros escolares públicos en El Salvador.

Carencia. El Centro Escolar Hacienda Florencia, de Nuevo Cuscatlán, cuenta con una biblioteca. Sin embargo, los libros se encuentran en malas condiciones y en peligro de deterioro.

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UN PANORAMA DISTINTO

La biblioteca del Centro Escolar Soledad Moreno de Benavides es limpia, amplia e iluminada. Un fondo blanco, muebles, estantes, peluches, además de los 700 libros en buen estado son elementos que complementan su esencia.

La regla principal, antes de entrar a ella, es quitarse los zapatos. Los estudiantes de la sección de cuarto grado lo tienen claro. Como todos los miércoles de 8 a 9 de la mañana les corresponde ir y leer. Ahora es el turno de “La escuela secreta de Nasreen. Una historia real de Afganistán”.

Kenia Flores, docente, se encarga de leer el ejemplar en voz alta. Sus alumnos, inquietos y con ganas de hablar, escriben qué le agregarían a la historia. Algunos se ponen de pie, pasan al frente y, nerviosos, comparten su conclusión con el resto de sus compañeros. Trascienden de la lectura a la escritura. “Que en el país no hubiera maldad, que no hubiera más violencia e ir libres a la escuela”, dicen, poco antes de que suene el timbre para salir al recreo.

La escuela, ubicada en Candelaria de La Frontera, departamento de Santa Ana, es una de las 84 a escala nacional que forma parte del programa Soy Lector, creado e implementado por la ONG ConTextos, que se encargan de desarrollar bibliotecas en diferentes escuelas públicas de El Salvador. Se hace referencia a ellas como “espacios de refugio en uno de los países con las tasas más altas de homicidios”.

Para saber si una biblioteca escolar es garante de calidad, ConTextos recomienda tomar en cuenta tres características que debe cumplir: activa, atractiva y funcional. Desde hace tres años, la del Centro Escolar Soledad Moreno es una de ellas. ConTextos les donó 300 libros en 2016; un año después fueron 400. En total, la escuela registra 434 estudiantes y 700 libros de literatura infantil, juvenil y género informativo. Dicho de otra forma, 1.61 de libros por cada estudiante.

Telma Yanira, directora del Centro Escolar Soledad Moreno, asegura que en este centro educativo ya existía una “biblioteca”. No obstante, según ella, había libros desfasados y un entorno físico inadecuado. Nada comparado a lo que se observa ahora. Los ejemplares están limpios, ordenados, en buen estado y se leen.

En su mayoría, se trata de libros especializados para lectores emergentes. Están divididos en tres niveles: avanzado (color azul), fluido (color celeste) e inferencial (color rojo). El 80 o 90 % de la colección es de ejemplares ilustrados. Un formato más contemporáneo y utilizado, según Zoila Recinos, directora de Programas Educativos de ConTextos, en países como Argentina o Colombia.

“Las bibliotecas que encontramos en las escuelas son un google, pero atrasado”, sostiene Recinos. Ella considera que la concepción que se tiene, en general, de las bibliotecas es bastante cotidiana. Lo más parecido a la Edad Media, con espacios oscuros y bodegas de libros. Su labor consiste en cambiar la configuración de cómo una biblioteca funciona y para qué sirve. Las ven como un proyecto comunitario que integra a jóvenes, padres de familia y profesores.

En esta escuela, los alumnos de tercer ciclo son quienes cumplen la función de bibliotecarios. Sus nombres y horarios están escritos en un pliego de papel bond pegado en las paredes de la biblioteca: Gisela, Franklin, Érika, Emerson, Cristina, Kevin… la lista sigue. En total son 26. La mayoría son niñas. Kattia Jiménez, de séptimo grado, es una de ellas.

La voz de Kattia predomina por encima del resto de jóvenes reunidos en el centro de la biblioteca. A pesar de su timidez se expresa con claridad y precisión. “Leer nos ayuda, porque también hay cosas que forman parte de nuestra cultura. Antes no nos gustaba, pero ahora sí”, comenta. “Yo nunca le había leído un libro a un niño. Uno me dijo que no podía y le ayudé”, agrega una de sus compañeras.

Mientras cada uno de los bibliotecarios comparte sus valoraciones, Melvin Moreno, capacitador del programa Soy Lector, menciona una de sus experiencias: “En un centro escolar yo escuché de una niña que le está ayudando a leer a su mamá a partir de lo que ha ido experimentando en la biblioteca”.

Además de los estudiantes también están los profesores, quienes, por su parte, han recibido más de cinco capacitaciones para la utilización de la biblioteca. Vera Flores, profesora de Lenguaje y Literatura, es una de las docentes que ha sido capacitada. “Es cierto, nosotros hemos sacado una carrera como docentes, pero necesitamos saber cómo leerle a los niños, cómo hacer más dinámica una lectura. Muchas escuelas nos dicen: nosotros quisiéramos tener su biblioteca”, dijo.

“Activa y funcional”, que en el Centro Escolar Soledad Moreno haya una biblioteca que cumpla con estas cualidades es casi un milagro. Sobre todo, cuando el bono asignado por parte del MINED a este centro educativo es insuficiente para cubrir todas las necesidades. Telma Yanira, directora, lo asegura: “$1,200 es lo que tenemos para todo el año. $750 y $600 en dos depósitos. El centro escolar es igual que una casa, hay infinidad de necesidades. No alcanza y uno debe andar haciendo cuentas. Si arreglo los baños no voy a comprar material didáctico”.

Alternativas. En centros escolares públicos donde no había bibliotecas, algunas organizaciones como Contextos han habilitado espacios para la lectura.

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“¿POR QUÉ UNIFORMES Y NO LIBROS?”

“La biblioteca escolar es un elemento esencial de cualquier estrategia a largo plazo para alfabetizar, educar, informar y contribuir al desarrollo económico, social y cultural. La biblioteca escolar es de la incumbencia de las autoridades locales, regionales y nacionales, por eso es preciso darle apoyo mediante legislaciones y políticas específicas”, se lee en una publicación del CERLALC que lleva como título “Biblioteca Escolar: un espacio para ser, crear y construir”.

Óscar Picardo Joao, director del Instituto de Ciencias, Tecnología e Innovación (ICTI-UFG), hace un diagnóstico de la realidad. En su opinión, no existe una política de fomento a la lectura por parte del MINED, mucho menos un programa de creación de bibliotecas escolares. Tampoco un presupuesto orientado a la adquisición de libros.

Uno de los inconvenientes, asegura Joao, consiste en que lo poco que queda del presupuesto del MINED recae en el programa de útiles, zapatos y uniformes. “Yo prefiero entregar libros que uniformes, si me preguntás. Esa podría ser una discusión técnica. ¿Por qué entregar uniformes y no libros?”

La Ley de Presupuesto del Ministerio de Educación de 2018 indica que la dotación de uniformes, zapatos y útiles escolares tiene un costo de $73,500. Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media, afirma que, para poder cubrir las necesidades básicas en el sistema educativo, según ha planteado el Plan El Salvador Educado, se necesitan $1,200 millones más de presupuesto. Pero este presupuesto, según la última actualización en mayo de 2018, es de $940.42.

Janet Serrano, gerente de Gestión Curricular en Educación Básica, manifiesta que dotar de libros a toda la población estudiantil es un proyecto millonario. Sin embargo, explica que actualmente existe un programa presidencial de biblioteca escolar dirigido por el comité editorial del MINED. Setenta y cinco mil ejemplares, entre los que se encuentran “Cuentos de barro”, “Una vida en el cine” y “Cuentos y narraciones”, fueron entregados en 2015 a estudiantes de primer año de bachillerato en 567 escuelas.

En ese mismo año se lanzó, oficialmente, el programa presidencial Lectura para la Vida, donde se aclara que el primer paquete de libros fue producido por la Imprenta Nacional, con una inversión de $67,955. Un año después, se entregaron 100 mil obras literarias: “El libro de trópico”, “Jícaras tristes”, “La muerte de la tórtola” y “El Salvador, historia contemporánea”.

Serrano aclara que el programa de bibliotecas escolares no está orientado a constituir una biblioteca como tal. Su objetivo consiste en que el libro llegue a la casa del estudiante, donde, según ella, no existe un ambiente letrado. Álex Granados secunda su idea con la siguiente afirmación: “Preguntamos a los estudiantes cuántos libros había en sus casas. La proporción de la cantidad de libros que decían que había versus los resultados… era interesante. Es decir, entre menos libros tienen, sus calificaciones son más bajas. Hay casas en donde se decían dos libros y uno de ellos era la biblia”.

“Las bibliotecas que encontramos en las escuelas son un google, pero atrasado”, sostiene Recinos. Ella considera que la concepción que se tiene, en general, de las bibliotecas, es bastante cotidiana. Lo más parecido a la Edad Media, con espacios oscuros y bodegas de libros. Su labor consiste en cambiar la configuración de cómo una biblioteca funciona y para qué sirve. Las ven como un proyecto comunitario que integra a jóvenes, padres de familia y profesores.

Granados dice que este es uno los factores asociados a la Prueba de Aprendizaje y Aptitudes para Egresados de Educación Media (PAES), la cual, en 2017, presentó el promedio más alto registrado en los últimos siete años: 5.36. No obstante, de acuerdo con Joao, los resultados de la PAES son un reflejo más de lo poco que se lee, pues los estudiantes conocen, pero no pueden comprender ni aplicar lo que saben. “Esto pasa por no tener bibliotecas ni laboratorios. El conocimiento es muy superficial, aprenden lo que ven en clases, en la pizarra, copiando en el cuaderno”.

Sin embargo, para Janet Serrano, gerente de Gestión Curricular en Educación Básica, el libro no resuelve el problema: “Todas las gestiones invierten en bibliotecas… pero qué sucede, los libros son parte del activo fijo de la escuela. Los directores temen que eso se arruine y se lo cobren. Ante esas prácticas tenemos que luchar”. Zoila Recinos, directora de Programas Educativos de ConTextos, agrega que la concepción que tienen algunos centros educativos donde han trabajado con asistentes técnicos del MINED es que los estudiantes arruinarán los ejemplares. Consecuencia de eso es que prefieren conservarlos en muebles o dentro de cajas.

“Hay escuelas que tienen libros y los ocupan para poner el cañón encima, no para que los niños los lean. En ocasiones anteriores nos pasaba que se llevaban los libros, pero no los ocupaban”, confiesa Álex Granados, gerente de Gestión Curricular en Educación Media. Según Granados, esto se debe a que el sistema educativo es contradictorio. “Si se pierde un mueble es penalizado el director o docente. Ellos piensan que el libro es como el mueble. ¿Pero quién es penalizado porque el niño no aprendió a leer?”

Tanto Janet como Granados coinciden en que los libros y las bibliotecas más allá de ser un tema presupuestario y bajo la responsabilidad del MINED tiene que ver con un aspecto cultural, donde, además del estudiante y docente, está la familia y su círculo social.

“No somos una sociedad lectora, una de las fallas o falencias es esa”, afirma Manlio Argueta, director de la Biblioteca Nacional de El Salvador. Lilian Montenegro, coordinadora de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, menciona que el sueño de Alberto Masferrer son 262 bibliotecas públicas en todo el país. Hace referencia a su obra, de hace 103 años, “La cultura por medio del libro”, y agrega: “Le seguimos debiendo; 34 bibliotecas pertenecen a la red”.

Las opiniones varían, pero en los centros escolares la realidad es una sola: sin libros no hay bibliotecas; sin bibliotecas, el número de lectores se reduce. Que las haya, tampoco es una garantía. Los libros, un trozo de tantas necesidades y vicisitudes en las escuelas públicas de El Salvador. “Una buena escuela debe ser, antes que nada, “realmente una escuela”, y las escuelas en este país muchas veces no lo son: no tienen recursos, no hay bibliotecas, no tienen espacio e iluminación adecuada, no cumplen las mínimas condiciones de un centro de estudio”, explica una propuesta de índice de calidad escolar de la Fundación para la Educación Superior (2016).

En el Centro Escolar Soledad Moreno ha vuelto a sonar el timbre que indica el segundo recreo. Algunos estudiantes gritan y corren en dirección a la cancha de cemento. Otros buscan comida en los cafetines. Un grupo más pequeño se acurruca en el piso para jugar con canicas. Son niños, no les preocupa ensuciarse con la tierra. En sus rostros solo se refleja alegría. Dentro de la biblioteca también es así. Toman los libros. Pasan las páginas. Leen y observan las ilustraciones. Sienten el libro con sus manos. Respiran su olor. Lo dejan, toman otro. Si no les gusta, toman el siguiente. La escena es auténtica, natural. Los libros están presentes y se utilizan, algo que no ocurre en todas escuelas. Esta es la excepción. La regla principal, antes de entrar, es quitarse los zapatos. El resto es historia.

Lejanía. Alumnos de un centro escolar de Candelaria de la Frontera, Santa Ana, cuentan con una biblioteca creada por una ONG. En los municipios fronterizos la ausencia del Estado es mayor.

 


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