Por otros 10 años de narración, datos y periodismo

Séptimo Sentido cumple 10 años de andar por las calles. De hacer siete preguntas y de escuchar historias. De juntar cartas en su buzón. Por ello, quería desearles de cumpleaños que se aventuren cada vez más por el periodismo de datos. Que se den el chance de soñar en grande sobre cómo las tecnologías digitales pueden apoyar la difusión de “las historias bien narradas”.
Frente a la idea de que estamos en la era de los big data, en donde en principio podemos acceder a cantidades inmensas de datos que son difíciles de procesar, una de las mejores preguntas que he visto pasar es si el activismo de datos es una manera para estudiar la relación política que la gente tiene con los big data. Stefania Milan y Miren Gutiérrez, investigadoras y comunicadoras de datos, dijeron en 2015 que el periodismo debe estar a la vanguardia de la “revolución de los datos”, puesto que una de las cuestiones fundamentales de esta profesión es visibilizar información y (sobre todo) el hacerla accesible, entendible, a quienes se acerquen a ella.

Tener acceso a cierta información se vuelve equivalente a tener poder, señalan ambas autoras. Me atrevo a decir que tenemos poder en dos acepciones, la primera obviamente relacionada al sustantivo que se refiere al dominio que puede ejercerse sobre una acción o sobre un grupo de personas, pero la segunda sería al verbo que implica la habilidad de decidir, de elegir con base en lo que conozco y creo que es real. Y ninguna de ellas es menor, mucho menos en tiempos en que toma posesión la nueva Asamblea Legislativa o cuando ya inició la carrera para alcanzar la presidencia del país.

En este sentido, la función del periodismo evoluciona hacia la recolección de los datos (ojalá de una gran cantidad de estos) y el cuido que puedan darles hasta asegurarse que están maduros, que podrán ser “molidos” para producir el mejor artículo o reportaje del mundo. Esto es el cuido de la cadena de producción que permitirá tener información útil, que trasciende, que transforma, que nos indigna y nos conmueve hasta alcanzar que hagamos algo al respecto. Urge que prioricemos la habilidad de explicar lo que ocurre, lo que esos números o respuestas o salarios que se han recolectado pueden decirnos sobre nuestra realidad inmediata. Milan y Gutiérrez, por su parte, enfatizan en que el periodismo de investigación que se cruce con los big data se vuelve periodismo de datos; mientras el activismo cruzado con prácticas y valores periodísticos es periodismo de campaña, a la vez que la unión de ambos genera el periodismo de datos de campaña, donde se mezcla además la ética del cambio social. Y es por eso que cabe perfectamente en la reflexión de las #RedesTecnoPolíticas: las tecnologías construidas alrededor del ciudadano requieren de periodistas dispuestos a interpretar, a resolver con ética los dilemas de privacidad y de sentido a los que nos enfrentamos.

Así, en su décimo cumpleaños, le deseo a Séptimo Sentido que cada domingo experimente más, para que esa reflexión ético-periodística nos lleve a elevar la discusión política en los distintos círculos que nos movemos. Que prueben con más tecnologías digitales al servicio de la narración de historias (salvadoreñas, centroamericanas). ¡Que sean muchos muchos datos más!

Prácticas digitales con mamá

“La ciencia nos necesita”, dice Kemly Camacho. Ella, como coordinadora general de la Cooperativa Sulá Batsú, en Costa Rica, cree que la apuesta debe ir para que las mujeres nos apoyemos entre nosotras para aprender sobre las tecnologías digitales, en aprender a usarlas, a saber cómo sacarles el mayor y el mejor provecho. Por eso, con el pretexto del 10 de mayo, queremos compartirles cinco prácticas digitales que, como hijas e hijos, podemos compartir con nuestras mamás, nuestras abuelitas, nuestras tías y con esas mujeres que tenemos cerca.

1. Hablar, celulares en mano, sobre qué información compartimos. ¿Se acuerdan cómo siempre nos enseñaron lo de ‘no le abrás la puerta a quien no conocés’ o ‘no aceptés dulces de gente que no has visto antes’? Ahora es nuestro turno: mamá, no tengas activada la ubicación en tu teléfono sin saber lo que ello implica, o no subas toda tu información personal a tus redes sociales ni todo lo que subas sea cierto. Si podés, solo activá la ubicación cuando vas a necesitarla para ocupar Google Maps o Waze; y no coloqués tu nombre o tu fecha de nacimiento completos en Facebook: da otra fecha, da otro año. Son detalles que nos van a ayudar a cubrirnos.

2. Ayudarnos a hacer ‘limpia’ de nuestros cuartos digitales. La ropa sucia (digital) se lava en casa: eso implica tener claro, por ejemplo, si tenemos activado que se hagan respaldos de las fotografías que tomamos en nuestros teléfonos para que de manera automática se descarguen en otros dispositivos que tenemos (computadoras o tabletas). Aprendamos cuáles formularios vale la pena que tengan la función de ‘autocompletar’ en las páginas web que visitamos, y aprendamos juntas a decir que no ante lo que nos ofrece: respaldo de fotografías en otros dispositivos, o haber ocupado WhatsApp o el Messenger para pasarnos contraseñas completas de tarjetas de crédito (pártanla: pásenla por partes en plataformas distintas).
3. Regalale su juego favorito o un nuevo idioma. Hay muchas aplicaciones, y solo debemos vigilar lo que nos piden ‘entregar’ de nuestros datos a cambio. Eviten lo que les pida acceso a su cámara o a su tarjeta de crédito; para jugar no se necesitan esos datos. De aplicaciones para aprender idiomas, ¡sí me animo a decir que Duolingo es orgullo centroamericano y una de las APP mejor calificadas para varias lenguas!

4. Si tu mamá/abuelita/tía/madrina ya es bastante tecnológica, entonces podemos jugar a editar perfiles de mujeres en Wikipedia. De esto hablaremos en otra columna con más calma, pero adelanto algo: Wikimedia Argentina tiene su iniciativa #MujeresEnLaCiencia como parte de la búsqueda de la equidad en la visibilidad de perfiles de la enciclopedia digital que más se consulta en nuestro planeta.

5. Y la quinta cosa, es ver cómo sus ojos, los de ellas, se iluminan aprendiendo juntas. Organicemos, inscribámonos, promovamos cursos de tecnologías digitales para mujeres. Sulá Batsú tiene su proyecto “Club de Madres y Tecnología”, que surge a partir del “Club de Niñas y Tecnología”: es desde aprender a encender una computadora, aprender a utilizar procesadores de texto, aprovechar cursos gratuitos en línea; pero sobre todo aprender juntas, las dos de la mano: sí, es apoyarnos unas a otras porque la ciencia nos necesita, como bien dice Camacho.

P. D.: Gracias a la que me enseñó (entre otras) a jugar solitario con cartas en una mesa, y años mas tarde en una computadora.

Cambridge Analytica, el pretexto para educarnos a controlar nuestros datos

Facebook, esa ‘red social’ en que estamos más de 2,200 millones de personas, es una empresa, no una red de caridad. Pero lo que ha ocurrido con los datos de 87 millones de personas no es un mal menor, es nada más lo que se sabe ahora de algo que pasó hace un par de años gracias a que se ha destapado el caso de Cambridge Analytica; donde se señala que lo que esta empresa hizo con los datos que compró a Facebook fue ayudar a que Donald Trump ganara la presidencia de EUA.

La gran pregunta es qué hay detrás, qué es lo que ocurre ahora que aún no se ha dicho.
Debemos trascender la discusión de Facebook y Cambridge Analytica. Ojo: no es olvidarla; al contrario, es ampliarla. No podemos cerrar los ojos ante lo que está ocurriendo, pero no estamos para delegar toda la responsabilidad del saber en el usuario, porque no todos hemos recibido la misma educación (digital), y no todos vamos a poder prever lo que ocurre cuando aceptamos los dichosos términos de privacidad.

Veo dos cuestiones fundamentales: por un lado, este es el mejor momento para que tomemos conciencia sobre lo que esta red (y las demás) saben de nosotros, para que aprendamos a protegernos, y por otro lado, replantearnos hacia qué sociedad vamos. Internet es mucho más que Facebook; la cultura digital implica mucho más. Estamos en la sociedad de la información que se mueve hacia una sociedad del conocimiento. Lo que urge es que estemos conscientes de ello, que sepamos cómo manejarlo. Las tecnologías digitales a las que accedemos ahora tienen un impacto cada vez más grande en nuestra economía, nuestra política y agregan nuevas maneras de exclusión/inclusión social. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), allá por 2015, estableció en su informe sobre “La nueva revolución digital” que la agenda digital para nuestra región está estructurada en torno a cinco áreas de acción: acceso e infraestructura; economía digital, innovación y competitividad; gobierno electrónico y ciudadanía; desarrollo sostenible e inclusión; y gobernanza para la sociedad de la información.

Por tanto, si no es viable ‘deshacernos’ de nuestros perfiles en redes o borrar aplicaciones, lo que toca es tomar consciencia de los datos que estamos exponiendo y dimensionar lo que eso ofrece a las empresas, a los partidos políticos. Por eso debemos ir más allá y, volveré a insistir, pasar de las #Redessociales a las #Redestecnopolíticas, que centran su construcción alrededor del ciudadano, de la comunidad en que son creadas.

Y por todo esto: provoquemos un efecto dominó de desarrollar estas plataformas y alfabetizarnos digitalmente; es decir, en educarnos en cuestiones de uso de estas y privacidad de nuestros datos para que estas tecnologías funcionen en favor de hacernos más humanos, más armónicos con nuestra especie y con el planeta en que vivimos: potenciar que lo digital mejore la calidad de vida de los humanos a la vez que potenciamos también los espacios de desconexión o desintoxicación de tecnologías. Las apuestas educativas ya no pueden quedarse solamente en aprender a leer libros o aprender de historia: debemos aprender a usar lo que hay en internet. Las páginas a las que accedemos, las aplicaciones que descargamos, las redes sociales a las que entregamos nuestra información.

Solo así alcanzaremos lo que denominan inteligencia colectiva, que es nuestra habilidad de poner al común nuestros conocimientos en tiempo real, a través de estas tecnologías digitales que superan las barreras espacio-temporales, en aras de potencializar de la manera más efectiva y grupal posible nuestras capacidades y competencias. Esa puesta en común, esa movilización de habilidades y competencias requiere primero identificarlas, y para ello dirá Pierre Levy: “Hay que reconocerlas en toda su diversidad”. Y es ese reconocimiento de la infinita diversidad (y semejanza) de nuestras humanidades lo que nos hace libres.

¿Hacemos redes al hacer política?

Voy a comenzar pensando la política como un proceso de toma de decisiones que repercuten en todos los miembros de un grupo, y a la ciudadanía como la condición que adquieren las personas que asumen esa participación en una comunidad (política). Estas acepciones retomadas deliberadamente de Wikipedia las elegí para acercarme a la noción que quiero discutir con ustedes a través de este espacio: como ciudadanos, qué utilizamos o potenciamos de las tecnologías digitales para tomar decisiones que repercuten en nuestra comunidad política.
¿Por qué creo que es importante pensar en qué uso les damos a estas tecnologías? Mi apuesta, como persona, es que las redes sociales, las aplicaciones y el internet en general nos permiten conocer lo que ocurre en tiempo real en los lugares más cercanos y en los más lejanos de este planeta. Como lexicógrafa, mi apuesta es que las palabras que usamos en ese cruce de información en la red nos van construyendo un mundo que es tan amable o violento como el discurso que se utiliza para contar eso que ocurre. Y mi tercera apuesta, como comunicadora digital, es que ese discurso está producido y reproducido por sujetos que conforman distintas redes, por lo que vale la pena preguntarnos quién se conecta con quién, o quién nos muestra qué.
Para esto quiero compartir con ustedes uno de mis aprendizajes más queridos en esto de la comunicación y la cultura digital. ¿Han escuchado alguna vez de la tecnopolítica? De una manera muy simple, podría decir que es esa capacidad organizativa, entre individuos, que se muestra de manera multitudinaria a través de las herramientas digitales que tenemos en la red. Pero si queremos profundizar, presento al grupo de investigación tecnopolítica, que es parte del Internet Interdisciplinary Institute (IN3) de la Universitat Oberta de Catalunya: este grupo nos plantea que hay tres generaciones de redes. La primera es la informacional, pues la prioridad es justamente la información; después, hay una segunda generación que son las redes sociales, en donde la clave es la interacción que se permite entre los nodos o sujetos que participan en esa red, y luego viene una tercera generación, que son las redes políticas, en donde la clave es la decisión que facilitan, lo que puede hacerse en ellas y gracias a ellas.
En esta generación de redes políticas donde el centro es un sujeto político, alguien que hace, que propone y (sobre todo) que decide. Además, estas redes representan la articulación de los espacios en donde se construyen identidades y voluntades basadas en una inteligencia colectiva, es decir, son lugares físicos, digitales y simbólicos en los que se puede hablar y crear proyectos de incidencia en políticas públicas o proyectos artístico-culturales que permitan el disfrute de espacios públicos. Pero, sobre todo dirán estos investigadores, se caracterizan por ‘conectarse’ con las decisiones que afectan al colectivo, a la ciudadanía. Y estas redes políticas se complementan con las #RedesTecnopolíticas, que ocurren cuando las tecnologías se diseñan para que el centro sea la comunidad que se crea alrededor de la construcción de esas tecnologías.
Por eso creo que este es un diálogo más urgente de lo habitual en estos períodos postelectorales, que a la vez son preelectorales. Como lexicógrafa, quiero saber qué hay detrás de un voto que se anula al escribir sobre la papeleta un hashtag, un elemento de la cultura digital que se mueve a otros espacios para representar discursos como #LibertadParaDanielAlemán; porque como salvadoreña quiero saber qué redes construimos al hacer política a través de los votos pero también de esos hashtags. Como comunicadora digital, quiero saber para qué existen laboratorios como el MediaLab Prado, o plataformas como Decidim y MetaDecidim. Porque creo que podemos (re)crear un círculo virtuoso al tejer redes sociales físicas, humanas, institucionales que mejoren la incidencia que tenemos en nuestras comunidades políticas con la ayuda de las redes sociales digitales, tecnopolíticas.