#A50del68 #SíHuboGenocidio: #ElijanBien

Han pasado cincuenta años desde 1968. Desde el mayo de París, desde la Primavera de Praga, desde el movimiento estudiantil en México. En este medio siglo ciertas características de los movimientos sociales se han adaptado a lo que se ofrece en esta época de ‘modernidad líquida’, como la llama Zygmunt Bauman: a esa rapidez, a esa infraestructura tecnológica que posibilita que se escuchen más voces disidentes, a esa manera de convocar ahora a manifestarse y a esa manera de conmemorar lo que ocurrió hace medio siglo. Y dado que la humanidad busca siempre maneras de narrar la historia, vamos con tres ejemplos de esas narrativas de conmemoración, de solicitud, propias de las redes sociodigitales.

#A50del68: Una de las plataformas que más me ha impactado en las conmemoraciones mexicanas del movimiento estudiantil es el proyecto colaborativo entre la revista Proceso, Cencos, Cultura Colectiva News y el Centro Cultural Universitario Tlatelolco: https://a50del68.com/ La web simula ser un blog que cuenta “en tiempo real” lo que ocurrió desde julio de 1968, día a día, como si estuviera pasando hoy (y que en El Salvador solemos relacionarlo con la matanza de Tlatelolco, el 2 de octubre). A la izquierda, hay cinco portadas de revistas de aquellos años, y al centro van las entradas que publican (por ejemplo) El Jagger, que identifican como un perfil ficticio de un estudiante del Instituto Politécnico Nacional (IPN); o Javier Barros Sierra, rector de la UNAM; o Marcelino García Barragán, entonces secretario de la Defensa Nacional, o un boletín del Consejo Nacional de Huelga (CNH). En la parte derecha de la página, comparten fotografías y textos de lo que están publicando en Instagram (@A50DEL68), Facebook (A 50 del 68) y Twitter (@a50del68).

#SíHuboGenocidio: En Guatemala, el pasado miércoles 26 el Tribunal B de Mayor Riesgo declaró por unanimidad que el Ejército cometió los delitos de genocidio y delitos de deberes de la humanidad contra la población ixil durante el mandato de Efraín Ríos Montt. No me detendré en detalles (recomiendo leer para ello a Plaza Pública), sino que quiero hacer hincapié en cómo esta discusión ha circulado desde el 2013 en las redes sociodigitales: «#SíHuboGenocidio y no es solo un ‘hashtag’. Dos tribunales distintos lo han acreditado», dice @_tokedeMagdala. Según me contaba Gabriela Carrera, politóloga guatemalteca, desde el primer juicio sobre este genocidio fueron aprendiendo a convocarse en Twitter con este hashtag para posicionarlo como una tendencia nacional y para ir aprendiendo a sentirse parte de un colectivo que debatía sobre este hecho histórico desde el espacio público digital. También planteaba que posiblemente ese momento había ayudado a que comprendieran el uso de estas redes para convocar a manifestaciones en lo virtual y en lo físico, clave en el movimiento contra la corrupción que ha habido desde el 2015 en nuestro vecino país.

#ElijanBien: Y en El Salvador también hay etiquetas que convocan a acciones digitales o a acciones en la calle. Traigo a colación esta, que es un llamado a que la Asamblea Legislativa nombre a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia: llevamos ya 77 días sin magistrados, y esta urgencia en las redes ya llevó a que se coloquen pancartas o se hagan protestas en diversos puntos de San Salvador pidiendo tanto buenos magistrados como agilidad (y que no responda a cuotas de poder partidario) en dicha elección.

Y es que los hashtags sí pueden servir para interpelarnos entre nosotros y para motivarnos a ser parte de una petición más grande, de una conmemoración histórica, de un movimiento. Dicen que un par de diputados rechazaron el viaje a Roma para la canonización de Monseñor Romero, pagado con nuestros impuestos, debido al ruido que se generó en estas redes sociodigitales. Esa es la función de megáfono que vuelve valiosa esta infraestructura tecnológica y que requiere que busquemos más plataformas que sean tecnologías cívicas, que funcionen como #RedesTecnoPolíticas: que la ciudadanía pueda expresarse, pedir, exigir y trabajar junta por la justicia.

Un laboratorio para probar a ‘hacer’ ciudadanía

“Estamos aquí para construir las herramientas para que mande la gente”, dice Pablo Soto, concejal de Participación Ciudadana, Transparencia y #GobiernoAbierto en el Ayuntamiento de Madrid, en un video de Open Government Partnership sobre cómo la ciudadanía se une en línea para organizarse por un cambio legislativo. Con esto volvemos al punto de esta columna: las redes sociodigitales, las tecnologías digitales deberían estar en función de la gente, sin tampoco verlas como herramientas mágicas de democratización, como dice el teórico Christian Fuchs.

Sé que nos falta camino como país, pero debemos seguir dando pasos. Por eso, ahora quiero presentarles una de las ideas que más he atesorado en este año y medio. En marzo de 2017, con mi mejor amiga de la maestría haríamos una estancia de investigación en la Universidad Rey Juan Carlos, de Madrid, y ella aterrizó primero.

De pronto, un día cualquiera, me ‘whatsapeó’ para decirme que había un lugar cerca del Museo del Prado, que no era de la universidad, pero donde se daban las clases de un máster a las que podíamos unirnos sobre ciudadanía digital y esfera pública digital, además de talleres y conferencias (y encima hacer tesis; en resumen, el paraíso).

Y pues, en mi infinita buena fortuna, el primer día en que puse mi computadora en ese lugar había una conferencia de Bernardo Gutiérrez, uno de los autores que estudié para mi marco teórico para presentar “El cóctel: encuentro de narrativas de la participación”, una combinación de ‘storytelling’ para lo político, porque “juntas y juntos pensamos mejor la ciudad que por separado”. Más perfecto, imposible.

Y entonces el Medialab-Prado, plataforma del Ayuntamiento de Madrid, tomó forma y rostro. Pero en año y medio nunca he logrado terminar de describir qué es un laboratorio ciudadano cuando le cuento a alguien que quiero ‘armar’ uno en Guatemala o El Salvador.

Claro, este laboratorio no tiene probetas, ni elementos químicos, ni requiere de una bata (gris o blanca) para entrar… aquí lo que se pone a prueba, lo que se construye (colectivamente) son proyectos que permitan “configurar, alterar y modificar los procesos de investigación y producción” a través de “la colaboración de personas con distintos perfiles (artístico, científico y técnico)”, como indican en su página de Facebook. Y sin embargo, cada vez va tomando más forma. Más claridad. Pero, sobre todo, voy tomando referentes.

En Colombia, por ejemplo, está el Laboratorio de Innovación para la Paz, en la Universidad Nacional de Colombia.

ste espacio colaborativo facilita herramientas, habilidades y tecnologías que incidan en resolución de conflictos o desafíos que se viven en las comunidades para construir paz en el posconflicto, a través de prácticas de reconciliación entre comunidades vulnerables y búsqueda de desarrollo sustentable. Este proyecto, que apenas va en su primer año, es parte del Programa DIA, Democratizando la Innovación de las Américas, iniciativa de The Thrust for the Americas y la Organización de Estados Americanos (OEA) junto al CAF-Banco de Desarrollo de América Latina.

¿Cuánto bien nos haría esto en El Salvador?

Y una más. Este próximo octubre se hará el #LABiCAR, Laboratorio de Innovación Ciudadana, en Rosario, Argentina. Más de 10 días para colaborar en propuestas de género, derechos humanos, medio ambiente, discapacidad, participación ciudadana y demás: a pura inteligencia colectiva, diría Pierre Levy, se apuntalan proyectos para dar forma desde el conocimiento específico que cada quien tiene pero de manera colaborativa, cooperativa.

Entonces, si el otro año #ElSalvadorDecide quiénes estarán en la Presidencia, estos proyectos deberían estar en práctica en más niveles de los que tenemos actualmente. Ejercer nuestra ciudadanía con la ayuda de las herramientas tecnológicas, de estos espacios de colaboración, es un camino largo. ¿Qué dicen, probamos a ‘hacer’ ciudadanías, a (re)construir herramientas para que mande la gente?

Nuevas maneras de cartografiar

Un mapa es una manera de fijar o de recrear un territorio. Es una herramienta para visualizar datos, información específica sobre un tema puntual: ríos majestuosos, soberbios volcanes, apacibles lagos… cualquier accidente geográfico de los que habla nuestra oración a la bandera, sin duda; pero también hay otras narrativas en estos instrumentos, como el Mapa de Pobreza Urbana y Exclusión Social de El Salvador, hecho en conjunto por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Pero ¿cuáles son las posibilidades que nos ofrece internet? ¿Qué podemos ‘ver’ ahora con el apoyo de las tecnologías digitales? Vamos con tres ejemplos o ideas que podrían ser adaptadas y expandidas.

La primera es “Ayotzinapa, una cartografía de la violencia”. En un número de la Revista de la Universidad de México, vi sobre la plataforma desarrollada con herramientas de software libre por parte de la Forensic Architecture de la Universidad de Londres para visualizar los eventos ocurridos en septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero. Y es que buscan maneras de expandir el lenguaje cartográfico mientras sintetizan grandes cantidades de información, gracias a lo que permiten las tecnologías digitales al recrear modelos tridimensionales, animaciones y aplicaciones interactivas: “El mapa de Ayotzinapa incorpora datos públicos (informes independientes, notas periodísticas y videos) en una base de datos y los ubica en el tiempo y el espacio”. (Pueden ver más aquí: https://www.forensic-architecture.org/case/ayotzinapa/).

La segunda es para lograr una “Emancipación colaborativa”. En ese mismo número de la revista, GeoComunes cuenta su experiencia de cartografiar bienes comunes, de manera que se visualice cómo la expansión de proyectos de infraestructura mercantiliza estos bienes. Este colectivo acompaña la defensa de bienes comunes al elaborar mapas que permitan analizar y difundir la lucha de otras organizaciones colectivas, como pueblos, comunidades o barrios. Con estrategias de alfabetización informativa, no se limitan a recoger y generar mapas, sino que preparan diversos materiales que son entregados a las comunidades, a la vez que hacen talleres en estas de manera que aprendan a manejar la plataforma digital y a elaborar capas y mapas a través de las herramientas de software libre que utilizan. ¿Y por qué lo de emanciparse colaborativamente, como titulan su artículo en la revista? Porque creen que es esta construcción comunitaria de la información que, cruzado con el análisis territorial, lo que puede crear “una defensa efectiva contra la apropiación privada de los bienes comunes”. (Pueden ver más aquí: http://geocomunes.org/).

Y la tercera es la Memoria Virtual Guatemala. Memoria histórica y derechos humanos son el marco del trabajo de un grupo de instituciones y organizaciones que se sintetizan en la Ruta de la Memoria Ciudad de Guatemala, Ruta de la Memoria de San Cristóbal Verapaz, el Mapa de Exhumaciones, el Mapa de Exhumaciones e Inhumaciones, y el Mapeo de la Memoria. Y es este último el que me parece imprescindible para seguir poniendo sobre la mesa (digital) una manera de reconocer, de recordar a las víctimas de un conflicto armado como el que sufrió Guatemala, o como el que vivimos en El Salvador. Se han georreferenciado los lugares en que ocurrió algo, en que hay un memorial, en que hay un monumento, y al ser un ejercicio de memoria colectiva, es posible enviar fotos, audios, videos o textos. (Pueden ver más aquí: http://mapeo.memorialparalaconcordia.org/).

“No está puesto en ningún mapa, los lugares verdaderos nunca lo están”: es la cita de Herman Melville que inicia la revista mencionada. Y ese es el punto: ¿qué lugares, qué personas queremos mostrar para reconciliar El Salvador?

Editatones para Wikipedia

¿Cuántas veces (al día, a la semana, al mes) has usado Wikipedia? ¿Qué te parecen sus contenidos? ¿Has pensado alguna vez sobre la cantidad de biografías que hay o en qué idioma es más utilizada? Para acercarnos a esto, lo primero, urgente, es desterrar cualquier resquicio de desconfianza que tengamos hacia ella: hay todo un equipo de personas que cumple con una metodología de trabajo para garantizar que lo que leamos es verificable. Segundo, y en esto nos detendremos más, vamos a hablar sobre estadísticas de artículos publicados.

En Wikimedia Argentina notaron que el 8.8 % de biografías en Wikipedia en español son de mujeres científicas, frente al 91.2 % de biografías de hombres científicos. Así que, para visibilizar el trabajo científico hecho por mujeres, Wikimedia Argentina ya tuvo dos editatones para pulir el contenido de la enciclopedia (son jornadas en las que se explica cómo es posible subir información a Wikipedia y se hacen algunos ejercicios sobre ello). También saben que hay únicamente 33 perfiles de jugadoras argentinas de fútbol, mientras que de jugadores hay 5,343.

Un poco desequilibrado, ¿no? Para eso crearon el proyecto Equilibra la Cancha, que junto a RED/ACCIÓN y Economía Femini(s)ta, busca recolectar datos biográficos sobre jugadoras, entrenadoras, réferis y otras profesionales del fútbol para que luego puedan ser editados sus perfiles en una jornada especial para la enciclopedia. Esto forma parte del Mundial de la Igualdad que, con el pretexto de la copa del mundo, ha contado en directo estadísticas relevantes en cuanto a calidad de vida, educación y otros aspectos sociales de los países que están en la cancha en Rusia. Para este proyecto, algunos salvadoreños nos hemos apuntado para hacer lo mismo, y @wikimedia_ar nos ha ofrecido su ayuda: ¿alguien se nos une?

También el Museo de la Memoria de Chile cuenta que el 84 % de los artículos de Wikipedia se refieren a Europa o Norteamérica, por lo que organizaron hace una semana su editatón sobre memoria y derechos humanos, bajo el lema “Construyendo memoria en territorios digitales”. Se han centrado en cómo crear, mejorar y actualizar el contenido que se refiere a violaciones a los derechos humanos en Latinoamérica: y sí, la buena nueva es que El Salvador también está en el mapa de Wikimedia Argentina para ampliar esta información de nuestro país.

Y tercero, creemos que Wikipedia es una enciclopedia confiable y una plataforma indispensable para ejercer la inteligencia colectiva, por eso en esta columna apoyamos el #WikipediaSeApaga: durante 36 horas de esta semana, varias ediciones de ella (incluida la de español) mantuvieron un ‘apagón’. Con este se solicitaba a la ciudadanía que exigiera al Parlamento Europeo que reconsidere cierta legislación que implicaba, entre otras cuestiones, que toda información que circula en internet debía pagar derechos de autor, lo que haría insostenible este proyecto. La fortaleza de internet reside en difundir información, mientras se respeta y cita a las fuentes de donde se obtiene (en lo que Wikipedia es muy cuidadosa).

Paola Ricaurte-Quijano y Arianna Carli-Álvarez hicieron un estudio sobre el Proyecto Wikilearning y pudieron comprobar que Wikipedia sí puede ser utilizada en un entorno de aprendizaje abierto. Y es que, como dicen estas investigadoras, debemos recuperar el valor de la gestión compartida del conocimiento, y valorar que el comprender cómo funciona esta enciclopedia acorta la brecha que hay sobre el conocimiento, además de facilitar redes globales de aprendizaje. Así que, ¿cuándo comenzamos a editar?

Por otros 10 años de narración, datos y periodismo

Séptimo Sentido cumple 10 años de andar por las calles. De hacer siete preguntas y de escuchar historias. De juntar cartas en su buzón. Por ello, quería desearles de cumpleaños que se aventuren cada vez más por el periodismo de datos. Que se den el chance de soñar en grande sobre cómo las tecnologías digitales pueden apoyar la difusión de “las historias bien narradas”.
Frente a la idea de que estamos en la era de los big data, en donde en principio podemos acceder a cantidades inmensas de datos que son difíciles de procesar, una de las mejores preguntas que he visto pasar es si el activismo de datos es una manera para estudiar la relación política que la gente tiene con los big data. Stefania Milan y Miren Gutiérrez, investigadoras y comunicadoras de datos, dijeron en 2015 que el periodismo debe estar a la vanguardia de la “revolución de los datos”, puesto que una de las cuestiones fundamentales de esta profesión es visibilizar información y (sobre todo) el hacerla accesible, entendible, a quienes se acerquen a ella.

Tener acceso a cierta información se vuelve equivalente a tener poder, señalan ambas autoras. Me atrevo a decir que tenemos poder en dos acepciones, la primera obviamente relacionada al sustantivo que se refiere al dominio que puede ejercerse sobre una acción o sobre un grupo de personas, pero la segunda sería al verbo que implica la habilidad de decidir, de elegir con base en lo que conozco y creo que es real. Y ninguna de ellas es menor, mucho menos en tiempos en que toma posesión la nueva Asamblea Legislativa o cuando ya inició la carrera para alcanzar la presidencia del país.

En este sentido, la función del periodismo evoluciona hacia la recolección de los datos (ojalá de una gran cantidad de estos) y el cuido que puedan darles hasta asegurarse que están maduros, que podrán ser “molidos” para producir el mejor artículo o reportaje del mundo. Esto es el cuido de la cadena de producción que permitirá tener información útil, que trasciende, que transforma, que nos indigna y nos conmueve hasta alcanzar que hagamos algo al respecto. Urge que prioricemos la habilidad de explicar lo que ocurre, lo que esos números o respuestas o salarios que se han recolectado pueden decirnos sobre nuestra realidad inmediata. Milan y Gutiérrez, por su parte, enfatizan en que el periodismo de investigación que se cruce con los big data se vuelve periodismo de datos; mientras el activismo cruzado con prácticas y valores periodísticos es periodismo de campaña, a la vez que la unión de ambos genera el periodismo de datos de campaña, donde se mezcla además la ética del cambio social. Y es por eso que cabe perfectamente en la reflexión de las #RedesTecnoPolíticas: las tecnologías construidas alrededor del ciudadano requieren de periodistas dispuestos a interpretar, a resolver con ética los dilemas de privacidad y de sentido a los que nos enfrentamos.

Así, en su décimo cumpleaños, le deseo a Séptimo Sentido que cada domingo experimente más, para que esa reflexión ético-periodística nos lleve a elevar la discusión política en los distintos círculos que nos movemos. Que prueben con más tecnologías digitales al servicio de la narración de historias (salvadoreñas, centroamericanas). ¡Que sean muchos muchos datos más!

Prácticas digitales con mamá

“La ciencia nos necesita”, dice Kemly Camacho. Ella, como coordinadora general de la Cooperativa Sulá Batsú, en Costa Rica, cree que la apuesta debe ir para que las mujeres nos apoyemos entre nosotras para aprender sobre las tecnologías digitales, en aprender a usarlas, a saber cómo sacarles el mayor y el mejor provecho. Por eso, con el pretexto del 10 de mayo, queremos compartirles cinco prácticas digitales que, como hijas e hijos, podemos compartir con nuestras mamás, nuestras abuelitas, nuestras tías y con esas mujeres que tenemos cerca.

1. Hablar, celulares en mano, sobre qué información compartimos. ¿Se acuerdan cómo siempre nos enseñaron lo de ‘no le abrás la puerta a quien no conocés’ o ‘no aceptés dulces de gente que no has visto antes’? Ahora es nuestro turno: mamá, no tengas activada la ubicación en tu teléfono sin saber lo que ello implica, o no subas toda tu información personal a tus redes sociales ni todo lo que subas sea cierto. Si podés, solo activá la ubicación cuando vas a necesitarla para ocupar Google Maps o Waze; y no coloqués tu nombre o tu fecha de nacimiento completos en Facebook: da otra fecha, da otro año. Son detalles que nos van a ayudar a cubrirnos.

2. Ayudarnos a hacer ‘limpia’ de nuestros cuartos digitales. La ropa sucia (digital) se lava en casa: eso implica tener claro, por ejemplo, si tenemos activado que se hagan respaldos de las fotografías que tomamos en nuestros teléfonos para que de manera automática se descarguen en otros dispositivos que tenemos (computadoras o tabletas). Aprendamos cuáles formularios vale la pena que tengan la función de ‘autocompletar’ en las páginas web que visitamos, y aprendamos juntas a decir que no ante lo que nos ofrece: respaldo de fotografías en otros dispositivos, o haber ocupado WhatsApp o el Messenger para pasarnos contraseñas completas de tarjetas de crédito (pártanla: pásenla por partes en plataformas distintas).
3. Regalale su juego favorito o un nuevo idioma. Hay muchas aplicaciones, y solo debemos vigilar lo que nos piden ‘entregar’ de nuestros datos a cambio. Eviten lo que les pida acceso a su cámara o a su tarjeta de crédito; para jugar no se necesitan esos datos. De aplicaciones para aprender idiomas, ¡sí me animo a decir que Duolingo es orgullo centroamericano y una de las APP mejor calificadas para varias lenguas!

4. Si tu mamá/abuelita/tía/madrina ya es bastante tecnológica, entonces podemos jugar a editar perfiles de mujeres en Wikipedia. De esto hablaremos en otra columna con más calma, pero adelanto algo: Wikimedia Argentina tiene su iniciativa #MujeresEnLaCiencia como parte de la búsqueda de la equidad en la visibilidad de perfiles de la enciclopedia digital que más se consulta en nuestro planeta.

5. Y la quinta cosa, es ver cómo sus ojos, los de ellas, se iluminan aprendiendo juntas. Organicemos, inscribámonos, promovamos cursos de tecnologías digitales para mujeres. Sulá Batsú tiene su proyecto “Club de Madres y Tecnología”, que surge a partir del “Club de Niñas y Tecnología”: es desde aprender a encender una computadora, aprender a utilizar procesadores de texto, aprovechar cursos gratuitos en línea; pero sobre todo aprender juntas, las dos de la mano: sí, es apoyarnos unas a otras porque la ciencia nos necesita, como bien dice Camacho.

P. D.: Gracias a la que me enseñó (entre otras) a jugar solitario con cartas en una mesa, y años mas tarde en una computadora.

Cambridge Analytica, el pretexto para educarnos a controlar nuestros datos

Facebook, esa ‘red social’ en que estamos más de 2,200 millones de personas, es una empresa, no una red de caridad. Pero lo que ha ocurrido con los datos de 87 millones de personas no es un mal menor, es nada más lo que se sabe ahora de algo que pasó hace un par de años gracias a que se ha destapado el caso de Cambridge Analytica; donde se señala que lo que esta empresa hizo con los datos que compró a Facebook fue ayudar a que Donald Trump ganara la presidencia de EUA.

La gran pregunta es qué hay detrás, qué es lo que ocurre ahora que aún no se ha dicho.
Debemos trascender la discusión de Facebook y Cambridge Analytica. Ojo: no es olvidarla; al contrario, es ampliarla. No podemos cerrar los ojos ante lo que está ocurriendo, pero no estamos para delegar toda la responsabilidad del saber en el usuario, porque no todos hemos recibido la misma educación (digital), y no todos vamos a poder prever lo que ocurre cuando aceptamos los dichosos términos de privacidad.

Veo dos cuestiones fundamentales: por un lado, este es el mejor momento para que tomemos conciencia sobre lo que esta red (y las demás) saben de nosotros, para que aprendamos a protegernos, y por otro lado, replantearnos hacia qué sociedad vamos. Internet es mucho más que Facebook; la cultura digital implica mucho más. Estamos en la sociedad de la información que se mueve hacia una sociedad del conocimiento. Lo que urge es que estemos conscientes de ello, que sepamos cómo manejarlo. Las tecnologías digitales a las que accedemos ahora tienen un impacto cada vez más grande en nuestra economía, nuestra política y agregan nuevas maneras de exclusión/inclusión social. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), allá por 2015, estableció en su informe sobre “La nueva revolución digital” que la agenda digital para nuestra región está estructurada en torno a cinco áreas de acción: acceso e infraestructura; economía digital, innovación y competitividad; gobierno electrónico y ciudadanía; desarrollo sostenible e inclusión; y gobernanza para la sociedad de la información.

Por tanto, si no es viable ‘deshacernos’ de nuestros perfiles en redes o borrar aplicaciones, lo que toca es tomar consciencia de los datos que estamos exponiendo y dimensionar lo que eso ofrece a las empresas, a los partidos políticos. Por eso debemos ir más allá y, volveré a insistir, pasar de las #Redessociales a las #Redestecnopolíticas, que centran su construcción alrededor del ciudadano, de la comunidad en que son creadas.

Y por todo esto: provoquemos un efecto dominó de desarrollar estas plataformas y alfabetizarnos digitalmente; es decir, en educarnos en cuestiones de uso de estas y privacidad de nuestros datos para que estas tecnologías funcionen en favor de hacernos más humanos, más armónicos con nuestra especie y con el planeta en que vivimos: potenciar que lo digital mejore la calidad de vida de los humanos a la vez que potenciamos también los espacios de desconexión o desintoxicación de tecnologías. Las apuestas educativas ya no pueden quedarse solamente en aprender a leer libros o aprender de historia: debemos aprender a usar lo que hay en internet. Las páginas a las que accedemos, las aplicaciones que descargamos, las redes sociales a las que entregamos nuestra información.

Solo así alcanzaremos lo que denominan inteligencia colectiva, que es nuestra habilidad de poner al común nuestros conocimientos en tiempo real, a través de estas tecnologías digitales que superan las barreras espacio-temporales, en aras de potencializar de la manera más efectiva y grupal posible nuestras capacidades y competencias. Esa puesta en común, esa movilización de habilidades y competencias requiere primero identificarlas, y para ello dirá Pierre Levy: “Hay que reconocerlas en toda su diversidad”. Y es ese reconocimiento de la infinita diversidad (y semejanza) de nuestras humanidades lo que nos hace libres.

¿Hacemos redes al hacer política?

Voy a comenzar pensando la política como un proceso de toma de decisiones que repercuten en todos los miembros de un grupo, y a la ciudadanía como la condición que adquieren las personas que asumen esa participación en una comunidad (política). Estas acepciones retomadas deliberadamente de Wikipedia las elegí para acercarme a la noción que quiero discutir con ustedes a través de este espacio: como ciudadanos, qué utilizamos o potenciamos de las tecnologías digitales para tomar decisiones que repercuten en nuestra comunidad política.
¿Por qué creo que es importante pensar en qué uso les damos a estas tecnologías? Mi apuesta, como persona, es que las redes sociales, las aplicaciones y el internet en general nos permiten conocer lo que ocurre en tiempo real en los lugares más cercanos y en los más lejanos de este planeta. Como lexicógrafa, mi apuesta es que las palabras que usamos en ese cruce de información en la red nos van construyendo un mundo que es tan amable o violento como el discurso que se utiliza para contar eso que ocurre. Y mi tercera apuesta, como comunicadora digital, es que ese discurso está producido y reproducido por sujetos que conforman distintas redes, por lo que vale la pena preguntarnos quién se conecta con quién, o quién nos muestra qué.
Para esto quiero compartir con ustedes uno de mis aprendizajes más queridos en esto de la comunicación y la cultura digital. ¿Han escuchado alguna vez de la tecnopolítica? De una manera muy simple, podría decir que es esa capacidad organizativa, entre individuos, que se muestra de manera multitudinaria a través de las herramientas digitales que tenemos en la red. Pero si queremos profundizar, presento al grupo de investigación tecnopolítica, que es parte del Internet Interdisciplinary Institute (IN3) de la Universitat Oberta de Catalunya: este grupo nos plantea que hay tres generaciones de redes. La primera es la informacional, pues la prioridad es justamente la información; después, hay una segunda generación que son las redes sociales, en donde la clave es la interacción que se permite entre los nodos o sujetos que participan en esa red, y luego viene una tercera generación, que son las redes políticas, en donde la clave es la decisión que facilitan, lo que puede hacerse en ellas y gracias a ellas.
En esta generación de redes políticas donde el centro es un sujeto político, alguien que hace, que propone y (sobre todo) que decide. Además, estas redes representan la articulación de los espacios en donde se construyen identidades y voluntades basadas en una inteligencia colectiva, es decir, son lugares físicos, digitales y simbólicos en los que se puede hablar y crear proyectos de incidencia en políticas públicas o proyectos artístico-culturales que permitan el disfrute de espacios públicos. Pero, sobre todo dirán estos investigadores, se caracterizan por ‘conectarse’ con las decisiones que afectan al colectivo, a la ciudadanía. Y estas redes políticas se complementan con las #RedesTecnopolíticas, que ocurren cuando las tecnologías se diseñan para que el centro sea la comunidad que se crea alrededor de la construcción de esas tecnologías.
Por eso creo que este es un diálogo más urgente de lo habitual en estos períodos postelectorales, que a la vez son preelectorales. Como lexicógrafa, quiero saber qué hay detrás de un voto que se anula al escribir sobre la papeleta un hashtag, un elemento de la cultura digital que se mueve a otros espacios para representar discursos como #LibertadParaDanielAlemán; porque como salvadoreña quiero saber qué redes construimos al hacer política a través de los votos pero también de esos hashtags. Como comunicadora digital, quiero saber para qué existen laboratorios como el MediaLab Prado, o plataformas como Decidim y MetaDecidim. Porque creo que podemos (re)crear un círculo virtuoso al tejer redes sociales físicas, humanas, institucionales que mejoren la incidencia que tenemos en nuestras comunidades políticas con la ayuda de las redes sociales digitales, tecnopolíticas.