Cambridge Analytica, el pretexto para educarnos a controlar nuestros datos

Facebook, esa ‘red social’ en que estamos más de 2,200 millones de personas, es una empresa, no una red de caridad. Pero lo que ha ocurrido con los datos de 87 millones de personas no es un mal menor, es nada más lo que se sabe ahora de algo que pasó hace un par de años gracias a que se ha destapado el caso de Cambridge Analytica; donde se señala que lo que esta empresa hizo con los datos que compró a Facebook fue ayudar a que Donald Trump ganara la presidencia de EUA.

La gran pregunta es qué hay detrás, qué es lo que ocurre ahora que aún no se ha dicho.
Debemos trascender la discusión de Facebook y Cambridge Analytica. Ojo: no es olvidarla; al contrario, es ampliarla. No podemos cerrar los ojos ante lo que está ocurriendo, pero no estamos para delegar toda la responsabilidad del saber en el usuario, porque no todos hemos recibido la misma educación (digital), y no todos vamos a poder prever lo que ocurre cuando aceptamos los dichosos términos de privacidad.

Veo dos cuestiones fundamentales: por un lado, este es el mejor momento para que tomemos conciencia sobre lo que esta red (y las demás) saben de nosotros, para que aprendamos a protegernos, y por otro lado, replantearnos hacia qué sociedad vamos. Internet es mucho más que Facebook; la cultura digital implica mucho más. Estamos en la sociedad de la información que se mueve hacia una sociedad del conocimiento. Lo que urge es que estemos conscientes de ello, que sepamos cómo manejarlo. Las tecnologías digitales a las que accedemos ahora tienen un impacto cada vez más grande en nuestra economía, nuestra política y agregan nuevas maneras de exclusión/inclusión social. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), allá por 2015, estableció en su informe sobre “La nueva revolución digital” que la agenda digital para nuestra región está estructurada en torno a cinco áreas de acción: acceso e infraestructura; economía digital, innovación y competitividad; gobierno electrónico y ciudadanía; desarrollo sostenible e inclusión; y gobernanza para la sociedad de la información.

Por tanto, si no es viable ‘deshacernos’ de nuestros perfiles en redes o borrar aplicaciones, lo que toca es tomar consciencia de los datos que estamos exponiendo y dimensionar lo que eso ofrece a las empresas, a los partidos políticos. Por eso debemos ir más allá y, volveré a insistir, pasar de las #Redessociales a las #Redestecnopolíticas, que centran su construcción alrededor del ciudadano, de la comunidad en que son creadas.

Y por todo esto: provoquemos un efecto dominó de desarrollar estas plataformas y alfabetizarnos digitalmente; es decir, en educarnos en cuestiones de uso de estas y privacidad de nuestros datos para que estas tecnologías funcionen en favor de hacernos más humanos, más armónicos con nuestra especie y con el planeta en que vivimos: potenciar que lo digital mejore la calidad de vida de los humanos a la vez que potenciamos también los espacios de desconexión o desintoxicación de tecnologías. Las apuestas educativas ya no pueden quedarse solamente en aprender a leer libros o aprender de historia: debemos aprender a usar lo que hay en internet. Las páginas a las que accedemos, las aplicaciones que descargamos, las redes sociales a las que entregamos nuestra información.

Solo así alcanzaremos lo que denominan inteligencia colectiva, que es nuestra habilidad de poner al común nuestros conocimientos en tiempo real, a través de estas tecnologías digitales que superan las barreras espacio-temporales, en aras de potencializar de la manera más efectiva y grupal posible nuestras capacidades y competencias. Esa puesta en común, esa movilización de habilidades y competencias requiere primero identificarlas, y para ello dirá Pierre Levy: “Hay que reconocerlas en toda su diversidad”. Y es ese reconocimiento de la infinita diversidad (y semejanza) de nuestras humanidades lo que nos hace libres.

¿Hacemos redes al hacer política?

Voy a comenzar pensando la política como un proceso de toma de decisiones que repercuten en todos los miembros de un grupo, y a la ciudadanía como la condición que adquieren las personas que asumen esa participación en una comunidad (política). Estas acepciones retomadas deliberadamente de Wikipedia las elegí para acercarme a la noción que quiero discutir con ustedes a través de este espacio: como ciudadanos, qué utilizamos o potenciamos de las tecnologías digitales para tomar decisiones que repercuten en nuestra comunidad política.
¿Por qué creo que es importante pensar en qué uso les damos a estas tecnologías? Mi apuesta, como persona, es que las redes sociales, las aplicaciones y el internet en general nos permiten conocer lo que ocurre en tiempo real en los lugares más cercanos y en los más lejanos de este planeta. Como lexicógrafa, mi apuesta es que las palabras que usamos en ese cruce de información en la red nos van construyendo un mundo que es tan amable o violento como el discurso que se utiliza para contar eso que ocurre. Y mi tercera apuesta, como comunicadora digital, es que ese discurso está producido y reproducido por sujetos que conforman distintas redes, por lo que vale la pena preguntarnos quién se conecta con quién, o quién nos muestra qué.
Para esto quiero compartir con ustedes uno de mis aprendizajes más queridos en esto de la comunicación y la cultura digital. ¿Han escuchado alguna vez de la tecnopolítica? De una manera muy simple, podría decir que es esa capacidad organizativa, entre individuos, que se muestra de manera multitudinaria a través de las herramientas digitales que tenemos en la red. Pero si queremos profundizar, presento al grupo de investigación tecnopolítica, que es parte del Internet Interdisciplinary Institute (IN3) de la Universitat Oberta de Catalunya: este grupo nos plantea que hay tres generaciones de redes. La primera es la informacional, pues la prioridad es justamente la información; después, hay una segunda generación que son las redes sociales, en donde la clave es la interacción que se permite entre los nodos o sujetos que participan en esa red, y luego viene una tercera generación, que son las redes políticas, en donde la clave es la decisión que facilitan, lo que puede hacerse en ellas y gracias a ellas.
En esta generación de redes políticas donde el centro es un sujeto político, alguien que hace, que propone y (sobre todo) que decide. Además, estas redes representan la articulación de los espacios en donde se construyen identidades y voluntades basadas en una inteligencia colectiva, es decir, son lugares físicos, digitales y simbólicos en los que se puede hablar y crear proyectos de incidencia en políticas públicas o proyectos artístico-culturales que permitan el disfrute de espacios públicos. Pero, sobre todo dirán estos investigadores, se caracterizan por ‘conectarse’ con las decisiones que afectan al colectivo, a la ciudadanía. Y estas redes políticas se complementan con las #RedesTecnopolíticas, que ocurren cuando las tecnologías se diseñan para que el centro sea la comunidad que se crea alrededor de la construcción de esas tecnologías.
Por eso creo que este es un diálogo más urgente de lo habitual en estos períodos postelectorales, que a la vez son preelectorales. Como lexicógrafa, quiero saber qué hay detrás de un voto que se anula al escribir sobre la papeleta un hashtag, un elemento de la cultura digital que se mueve a otros espacios para representar discursos como #LibertadParaDanielAlemán; porque como salvadoreña quiero saber qué redes construimos al hacer política a través de los votos pero también de esos hashtags. Como comunicadora digital, quiero saber para qué existen laboratorios como el MediaLab Prado, o plataformas como Decidim y MetaDecidim. Porque creo que podemos (re)crear un círculo virtuoso al tejer redes sociales físicas, humanas, institucionales que mejoren la incidencia que tenemos en nuestras comunidades políticas con la ayuda de las redes sociales digitales, tecnopolíticas.