Álbum de libélulas (179)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1466. EL UNO PARA EL OTRO

Angélica se las sabía todas sobre el comportamiento de las almas en pena, porque era una de ellas, aunque esto lo mantenía en completa reserva. Todo comenzó cuando su madre y su padre se fueron cada uno por su lado, como si se los tragara el polvo o la marea, y ella se quedó en poder de una vecina que se dedicaba a leerles la palma de la mano a los vecinos a cambio de algunas monedas. Nunca pudo encontrar a alguien con quién entablar algún tipo de relación sentimental, y por eso se quedó con la conciencia en suspenso cuando aquel señor que estaba evidentemente en la medianía de la edad se le acercó como si la conociera desde hacía mucho. El recién llegado la envolvió en una gasa emocional insospechada. Y cuando llegó el momento de las definiciones, ella le preguntó: “¿Qué has visto en mí?” “Tu aura, porque yo como tú soy un alma en pena”.

1467. ENTRE APRENDICES

Se había dedicado artesanalmente a descifrar actitudes y conductas de los seres más comunes, y aunque no tenía título que lo acreditara al respecto, contaba con una larga lista de interesados en recibir sus orientaciones. Para no caer en violación de las normas profesionales, no ten ía ningún lugar que se semejara a un consultorio. Se reunían en parques, en cafés, en tabernas o en corredores de centros comerciales. Aquel día recibió una llamada que de entrada parecía misteriosa. El que quería hablar con él no se identificó con ningún nombre y lo citó en una esquina cualquiera de la zona urbana que más se estaba desarrollando. Conversación de pie. Preguntas sencillas, casi ingenuas. Ya para terminar, el consultante le extendió un cuaderno en blanco: “Soy el milenio que está empezando. Necesito ideas simples y espontáneas. Tengo mucho que aprender…”

1468. COMPAÑEROS PARA SIEMPRE

Cuando recordaba sus tiempos como guerrillero activo en distintos campamentos de las montañas del norte del país lo primero que le saltaba a la pantalla de la conciencia era el rostro de Ástrid. Un rostro que estaba centrado en la mirada, que siempre parecía decirlo todo sin necesidad de palabras. Ástrid se fue con él desde que se inició aquel periplo que era azaroso e imaginativo al mismo tiempo. Por las noches no se sabía si las balas o las estrellas estarían a la mano. Lo que sí se sabía era que Ástrid estaba ahí, a su lado como un hada puntual. Y cuando en un combate él resultó herido, Ástrid en ningún instante se apartó de su lado. Se repuso, y Ástrid seguí ahí, radiante. La guerra llegaba a su fin. Pronto habría que volver a la vida común. Y entonces Ástrid le dijo adiós. La enterró en el campamento final. Ástrid, la inolvidable chuchita aguacatera…

1469. MISTERIO EN EL CAMINO

Allá en el Cantón San Nicolás había un cruce de vías: la de las camionetas que iban hacia el norte en la ruta hacia Chalatenango y la del ferrocarril que venía de San Salvador e iba hacia Chiquimula, en Guatemala. En ese cruce, que estaba muy cerca del río Las Cañas, que era en verdad un arenal apenas acariciado por una leve corriente de agua, se decía entre los lugareños que con frecuencia aparecía un grupo de peregrinos que regresaban a pie de Esquipulas, y que parecían levitar sobre el polvo. Él era un niño cuyas circunstancias vitales le habían hecho estar más alerta que otros de su edad, y tal aseveración le rodaba el ánima como una luz desconocida. Aquella tarde vio desde el falso a un lado de la calle a un montón de gente que venía del norte. “¡Romeros de viuelta!” pensó. Cuando llegaron al cruce se detuvieron. Luego se dispersaron en el aire. Él en cuenta. Hasta hoy.

1470. LA MEJOR EXPERTICIA

Dicen que el tiempo todo lo borra, hasta las cicatrices más aparatosas. Quizás sea así, pero lo cierto para ella era que había un desgarro que resistía todas las pomadas que el vivir traía en su alforja. Tal desgarro le había dejado una cicatriz ostensible, aunque sólo ella fuera capaz de advertirla: esa concentración de humo tóxico que quedó del incendio repentino de su primer amor. Cada vez que alguien se le acercaba con presunta intención amorosa, aquel humo se le alborotaba, provocándole la asfixia emocional sin escapatoria. Bueno, hasta que un día cualquiera de verano cálido apareció Nicanor como una especie de estratega activo en situaciones de peligro inminente. Ella notó de inmediato que algo distinto estaba por ocurrir, y luego de los primeros avances vino la pregunta crucial: “¿A qué te dedicás?” Él hizo un gesto de complicidad: “Soy bombero”.

1471. EL CONSEJO MÁS PURO

Arribaron por tierra a la ciudad anhelada y de inmediato fueron a instalarse en el hotel-boutique que tenían reservado de antemano. El sitio no podía ser más propio para el gusto de ambos, que coincidían en la predilección por los espacios de acogida para viajeros memoriosos. La ciudad los envolvió en sus velos aromáticos y el albergue les proveyó los estímulos sensoriales de una estancia intemporal. Aquella misma noche se fueron a cenar en el lugar que les recomendaron junto a las olas. Estaban ahí cuando alguien se les acercó. Pensaban que llegaba a pedirles algo, pero era al revés: estaba ofreciéndoles algo: “Estoy aquí para llevarlos hacia las estrellas en persona, allá en lo más alto. Es un servicio incluido en el paquete. Les aconsejo que acepten, porque será la única vez que tendrán esta oportunidad en su vida…”

1472. LEY DE LA VIDA

Lo único que se sabía de cierto era que había llegado con un grupo de peregrinos que se dispersaron en el lugar, como si así hubiera estado marcado por un designio desconocido. Cada quien cogió por su lado y él se quedó ahí, sin saber qué hacer. Los vecinos eran benévolos y le proveyeron de lo mínimo para sobrevivir. Él, en correspondencia, comenzó a hablarles de lo que está detrás de los montes y más allá de las nubes; y su labia era penetrante aun en las ánimas que parecían ajenas a toda forma de reflexión. Uno de los vecinos por fin lo encaró: “¿Qué querés de nosotros?” Silencio. Los que estaban en torno observaron alternativamente al cuestionador y al cuestionado. Este último comenzó a caminar alejándose. Entonces los presentes comenzaron a seguirlo. Quizás el grupo de peregrinos se había reconstituido. Siguió la marcha y el lugar quedó abandonado.

1473. EL PODER DE EVOCAR

París seguía en su memoria como la estampa más visible. Llegó ahora después de años, y le pareció sin vacilación alguna que sólo habían transcurrido minutos. Se fue a hospedar en una residencia modesta, allá en Boulogne-Billancourt, esa zona donde estuvo la primera vez, allá en sus 14 años. Salió a la calle de inmediato. Sí, era el sitio: el 118, Rue du Chateau. Se fue a caminar por los entornos. Todo igual, exactamente igual. Entonces tuvo la duda y se lo preguntó sin ambages: ¿Es que hoy el mundo externo es sólo mi memoria? ¡Ojalá, ojalá, ojalá!

 


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