Álbum de Libélulas (172)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1402. BOSQUE PERFECTO

Fue a ver a una psíquica cuyo servicio le recomendó un amigo dado a los acercamientos esotéricos, porque las inquietudes anímicas le estaban desembocando en soledad depresiva. El lugar de la consulta parecía un tugurio, y eso, curiosamente, le pareció buena señal. La señora, que estaba a todas luces en sus años medios, apenas soltaba palabra. Pero le dijo un par de cosas que se le grabaron de inmediato, sobre todo una: “Vas a encontrar a Dios entre los árboles”. Pero él vivía en una ciudad superpoblada, y cualquier zona boscosa era inaccesible. Se sintió confundido, hasta que la psíquica se le reapareció en un sueño: “No me di a entender contigo, ¿verdad? Te hablé de Dios al que ibas a encontrar en algún bosque… Lo que no te dije es que ese bosque está dentro de ti, y que es ahí donde debes internarte… Puedes hacerlo ahora mismo… La entrada es este sueño…”

1403. LAS PALABRAS NO DUERMEN

Estaba constantemente con ellas, porque constituían el material espontáneo de su trabajo. Sí, era escritor, aunque en verdad su trato con las palabras parecía ser aún más íntimo, como si el vínculo viniera de lejanías indescifrables, quizás en los espacios de otras vidas. Así las cosas, se fue volviendo una especie de ermitaño que apenas tenía los contactos externos que posibilitaban la supervivencia material. Aunque cultivaba varios géneros literarios, lo que le proveía ingresos era la labor periodística y lo que le fertilizaba inspiraciones era la labor poética. Eso hacía que las palabras se hallaran aquí como en su casa. Y así iba sintiendo cada vez más que su vida era un refugio al que solo él y sus palabras tenían acceso. Un allegado le preguntó un día: “¿No te angustia la soledad?” Y él reaccionó: “¿Cuál soledad si estoy siempre rodeado por mis amigas que nunca duermen?…”

1404. AURORA CON MENSAJE

Con el terremoto más reciente muchas construcciones fueron destruidas; y como el lugar era nido de pobrezas, no hubo reconstrucción posible. Él y su familia quedaron prácticamente sin abrigo y tuvieron que ir a arrimarse al sitio donde se hallaban algunas viviendas medio en pie. Los habitantes, que eran conocidos, los miraron con recelo, pero no los ahuyentaron. Eso sí, les advirtieron que no querían relación con ellos. Y ellos lo aceptaron sin chistar, porque no había de otra. Y aunque conservaban los trabajos, la penuria era sentimiento diario. Dormían casi a la intemperie, como cualquier indigente. Y él comenzó a padecer insomnio. Cada día estaba atento a las primeras señales del amanecer. Pero aquel día, esas señales no aparecieron. Se incorporó, ansioso: “¿Dónde estás?” La luz matinal se hizo sentir: “Aquí, a tu lado. Cuidándote aunque no lo parezca”.

1405. SANTA VIDA

Entró en la capilla que frecuentaba desde que, sin que nadie lo instruyera al respecto, presintió y sintió que estar en presencia de un espíritu superior era condición indispensable para vivir de veras. Era niño entonces. Fueron pasando los años y aquel convencimiento se le volvió conciencia; y por desconocido lazo, era en aquella capilla donde se sentía realmente en posesión de esa verdad que aleteaba siempre en su interior. Una noche invernal, la tormenta fue casi un diluvio, y a la mañana siguiente se conoció el estrago principal: la capilla se había desplomado por la fuerza del agua huracanada. Él estaba frente al estrago, como un doliente inmóvil. Una ráfaga sobreviviente lo envolvió de pronto, en función de madre protectora. Y él lo supo de inmediato: era la Vida, recordándole que siempre estaría ahí, como delegada mayor de todos los espíritus superiores.

1406. MISIÓN ASTRAL

Generalmente las preguntas parecen desahogos sin trascendencia, pero aquella vez la pregunta brotó con ánimo casi sagrado, lo cual es mucho decir en la superpoblada cotidianidad. No la dijo en palabras audibles, sino en un murmullo que se le quedó rondando por las estancias cambiantes del interior: “¿Me recuerdas, verdad? Soy un viejo conocido…” Él no supo qué responder, porque las imágenes se le revolvían como si ninguna pudiera prevalecer sobre las otras. “Ah, sí –dijo entonces el murmullo–, estamos en completa sintonía: porque el silencio es la mejor respuesta. Tenemos faena. Ven”. Hubiera querido indagar: “¿Hacia dónde?” Fue como si lo preguntara, porque la voz le explicó, tal si fuera un escolar recién llegado: “Vamos hacia lo más profundo de ti mismo. Yo soy tu destino, y ahora empezaremos a explorar tu universo, eso que llaman alma, ¿entiendes?…”

1407. EL MEJOR AMIGO DEL AIRE

A primera hora, los pájaros de los alrededores comenzaron, como todos los días, a anunciar que el día estaba por llegar. El peregrino, que había hecho infinidad de jornadas hasta llegar a aquel punto, fue despertando como si se tratara de una ceremonia a la vez simple y solemne. Se incorporó en plena desnudez y solo se puso una especie de manto para salir a la intemperie, que era prácticamente donde había dormido, porque no tuvo ningún otro sitio disponible. Aquel en realidad era un parque, descuidado y lleno de malezas, pero sus pies descalzos estaban habituados a todas las rispideces del terreno. Se detuvo en un punto y aspiró a profundidad. Desde esa profundidad una voz le agradeció el gesto: “Gracias de nuevo porque me has puesto en contacto con mi mejor amigo”. Sonrió. Sabía quién era: su espíritu, que volvía a agradecerle la gracia de respirar.

1408. FULGOR DE IDENTIDAD

Se detuvo ante el retrato que estaba en una de las esquinas de la sala, y luego de una minuciosa contemplación se dijo para sus adentros: “Es ella, mi abuela Lillian, y es como si estuviera viéndola por medio del retrovisor más fiel”. Fue a la oficina del museo a hacer la indagación del caso y no pudieron darle ningún dato del autor: “Recuerde que son pintores desconocidos, y muchos envían sus obras en total anonimato”. Él lo que recordó fue que en algún momento del pasado su abuela le había contado que uno de sus hermanos en Nuevo México era aficionado a la pintura. ¿Sería obra de él aquella pintura tan evocativa? Y si lo era, ¿cómo había llegado ahí, tantísimos años después? Entonces se fijó en la casi invisible inscripción en uno de los extremos inferiores del cuadro. ¿Qué era aquello? Su nombre, ¡su nombre! Cerró los ojos para que las lágrimas se le escurrieran hacia adentro…

1409. UN VECINO CONFIABLE

Aquel señor tan poco comunicativo llegó a instalarse en el vecindario sin que nadie conociera su procedencia. Algunos creyeron que era un convicto recién liberado y otros pensaron que era un emigrante que estaba de vuelta. Pero en verdad no había ningún indicio que diera pistas sobre su real condición. Hasta que un adolescente de los entornos propagó lo que había descubierto en el laberinto virtual: era un profeta disfrazado de persona común. Y entonces los vecinos respiraron tranquilos, sin percatarse de que ahora estaban expuestos a todos los enigmas de lo sobrenatural.

 


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