Continente migratorio

Para este día se había convocado a través de redes sociales a una marcha armada en el centro de Santiago.

Un grupo de personas había solicitado permiso a la Intendencia de la Región Metropolitana de Santiago para hacer una marcha antiinmigrantes. Con el mensaje +salud + trabajo + educación para los chilenos y una niña envuelta en la bandera de Chile, un afiche rondaba en redes sociales con el hashtag #ChileRecuperaChile.

La marcha fue desautorizada. Varias instituciones, entre ellas el Instituto Nacional de Derechos Humanos, recomendó no dar el permiso para una marcha que reviste un mensaje violento, de incitación al odio, de irrespeto a tratados internacionales e incluso a la misma constitución.

¿Qué ha provocado esta manifestación? ¿Por qué hay un grupo de personas dispuestas a marchar en contra de los inmigrantes? ¡Eso solo pasa en Estados Unidos! ¿O no?

Hace solo unas semanas, se publicaron los resultados de un estudio que reveló que al menos 3 ciudades en Chile superaban el 10 % de población migrante, lo que a juicio de los expertos excede el límite recomendado, ya que podría generar problemas de convivencia. A esto se sumaron los comentarios del presidente Piñera que mencionó que el impacto migratorio no ha podido ser contrarrestado por la creación de empleos.

Esto genera una especie de caldo de cultivo para que los grupos más resistentes a la migración, así como otros grupos –mal llamados– patrióticos insistan en manifestaciones públicas que incitan la intolerancia hacia los migrantes.

El estudio además reveló que el grupo mayoritario de migrantes está conformado por venezolanos, quienes alcanzan el 23 % del total. Los salvadoreños viviendo en Chile son tan pocos que no marcan ninguna diferencia en las estadísticas, ni ocupan algún lugar del podio. Sin embargo, es inevitable pensar que en el hemisferio norte de este continente la realidad es otra: los salvadoreños son parte de las mayorías, marcan grandes diferencias y son parte del podio.

El fenómeno migratorio latinoamericano ha ganado fuerza en los últimos años. Entre las caravanas hacia Estados Unidos, las terribles jaulas de Trump y los campamentos de venezolanos en la frontera de Tacna en Chile-Perú, estamos frente a una crisis.

Ante un escenario preelectoral tanto en EUA como en Chile, las diferencias entre candidatos y sus propuestas también tendrán un importante componente migratorio: a favor o en contra. Así se irán definiendo los matices que para muchos electores son decisivos a la hora de votar. Y como se ha ido mostrando en la conducta de los chilenos, es relativamente rápido pasar de una conducta acogedora y empática con los migrantes –cuando son pocos– a una restrictiva –cuando son muchos.

Sin embargo, es imposible limitar la capacidad migratoria de las personas. La libertad de movimiento es uno de los derechos fundamentales recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, y la migración representa uno de los pilares de la historia de la humanidad. Lo que es posible es generar los incentivos necesarios en nuestros lugares de origen para que irse sea menos atractivo.

Mientras tanto, es imprescindible condenar y evitar las inhumanas acciones como las infames jaulas, la separación de familias en las fronteras, las marchas antiinmigrantes y demás acciones o políticas que atentan contra los derechos humanos de quienes llegan sedientos de una mejor vida a otros países.

Sobre la migración

La primera vez que escuché la palabra «coyote» sin que hiciera alusión a un animal fue durante una conversación bastante casual entre algunos familiares: «¿Así que el Marito se fue para Estados Unidos?» «Sí, con un coyote. Todavía no sé si ya llegó, pero un tío lo iba a estar esperando, ojalá que llegue bien porque le tuvo que pedir dinero a montón de gente y es bien peligroso ese viaje».

Marito, según yo, era ya un adulto, pero ahora que lo pienso debe haber tenido unos 20 años. Lo veía muy de vez en cuando. Lo recuerdo muy delgado y sonriente, con bigote. Lo recuerdo moviendo bolsas de cemento, atendiendo gente y usando siempre una camisa blanca que le quedaba demasiado grande y cuyos primeros cuatro botones prefería no abrochar. Lo recuerdo trabajando. Pero, claramente, él estaba buscando una vida mejor.

Mi mente infantil no lograba procesar qué era un coyote y por qué Marito se había ido con uno, hasta que mi papá me explicó. Meses después supimos que Marito no había logrado cruzar, pero que lo iba a intentar otra vez. El coyote los había dejado abandonados a medio camino. «¡Y otra vez a juntar los mil dólares!» «Pues sí, ojalá que esta vez sí llegue».

Marito logró cruzar a la tercera vez. Eso supe como año y medio después de que inició toda esta historia. Siempre me impresionó saber que había personas que se atrevían a cruzar un desierto con tal de llegar a Estados Unidos.

Esto fue hace al menos 20 años.

¡Qué valientes los salvadoreños! Durante décadas miles han dejado su vida en manos de un coyote. Y ese, si lo logran, es solo el inicio de un viaje durísimo, que luego los enfrentará a un país incluso más desafiante, con otro clima, otro idioma, otras costumbres y, durante el último tiempo, un nivel de hostilidad hacia el inmigrante centroamericano que es especialmente severo. Pero todos esos inconvenientes son mejores que su vida actual.

Muchos han triunfado y ahora cuentan una historia de éxito, riqueza y libertad. Además, han conformado una red que inyecta millones de dólares al país a través de las remesas. Y es que la migración es un fenómeno sociológico milenario, es casi inherente al ser humano, así como el deseo de superación. Sin embargo, las condiciones que Donald Trump y su política migratoria han instalado han convertido el sueño americano en una pesadilla.

Si bien un país no tiene capacidad infinita de recibir inmigrantes, hay un rechazo particular al inmigrante centroamericano provocado por una característica generalizada: la pobreza. «Lo que molesta de los inmigrantes es que sean pobres», dice la filósofa Adela Cortina, quien ha ofrecido una explicación triste pero contundente, creando la palabra aporofobia para explicar esta fobia al pobre, que es capaz de describir la realidad de los cientos de personas que integran las caravanas.

¿Es evitable la inmigración? Lo posible es mejorar las condiciones de vida del país para entregar menos incentivos para querer abandonarlo.

Fondo y forma

Se hizo oficial, ahora Nayib Bukele, ese joven y disruptivo otrora dueño de discotecas, es ahora el flamante presidente de El Salvador. Sus detractores y admiradores continúan en una batalla de dimes y diretes en redes sociales que lo único que logran es acentuar las luces y sombras de este personaje que está en permanente escrutinio.

Sus fanáticos, porque en realidad, los nayilibers se asemejan más a un club de fans al más puro estilo de algunos adolescentes adoradores de su estrella de rock, aparecen como acérrimos defensores de su ídolo ante cualquier comentario que no aparente ser 100 % aprobatorio de Bukele.

Esto genera una dinámica que pone al nuevo mandatario en una discusión pública permanente: «atacado» y «defendido». Este juego lo mantiene en la palestra, y se traduce en quienes solo somos espectadores, en un interminable espectáculo –bastante cuestionable– de opiniones y críticas.

Desde el inicio de su carrera política como alcalde de Nuevo Cuscatlán, y en sus consecuentes cargos públicos, el estilo de Bukele ha estado marcado por una clara intención de hacerse notar y verse diferente: el celeste, la gorra, los calcetines, los Facebook Live, Twitter.

Este estilo de comunicación ha logrado generar una sensación de cercanía con una masa crítica de personas que ve en su «performance» una esperanza, una forma diferente de hacer las cosas.

El tema es precisamente la gran diferencia que existe entre el «fondo» y la «forma». La forma, por muy relevante que sea, se limita a la superficialidad de las cosas, puede resultar interesante, pero vacía. El fondo, sin embargo, es lo que hará la real diferencia. El fondo trasciende, es el largo plazo, son las consecuencias, las implementaciones, los cambios reales. Y me refiero a gobernar.

Es fácil dejarse llevar por las formas, sobre todo si tenemos décadas de estar enfrentados a decepciones y tradicionalismos; a numerosos reportajes de corrupción y despilfarros. En ese contexto, obviamente esas formas de hacer las cosas que marcan una clara distinción, que se muestran atractivas, novedosas, que cuentan con seguidores y personas que las aprueban y aplauden, convencen. Por ejemplo, esos despidos públicos a través de Twitter.

Pero ojo, las formas son algo que Nayib tiene dominadas hace muchos años. Nadie puede negar que ha sabido manejar magistralmente su marca, desligándose desde el primer minuto de su expartido, el FMLN, con el simple hecho de usar colores e insignias diferentes: el celeste y la «N» que lo han acompañado durante varios años.

El reto de este nuevo gobierno será lograr profundidad: fondo. Que sus cambios trasciendan el Twitter o la pintura de los edificios de gobierno. Sí, las formas son importantes, pero no lo son todo.

Yo deseo lo mejor para mi país. Por eso, espero que este nuevo gobierno dirigido por Bukele trascienda las formas y sea capaz de generar los cambios profundos que El Salvador necesita en términos de seguridad, salud, educación, empleo, inversión, infraestructura, calidad de vida… y tantas otras dimensiones que van más allá de la persona que está ahora a la cabeza del Ejecutivo.

Nayib, mucha gente cree en vos, miles de personas han puesto su confianza en tus «Nuevas Ideas» y tenés un país lleno de necesidades y también de potenciales. Demostranos con hechos que sos más que tus formas y tus tuits.

El «millennial» salvadoreño

Dicen que los «millennials» o la Generación Y, conformada por quienes nacimos entre finales de los ochenta y 2000, aproximadamente, nos hemos tomado el mundo, reinventando las formas de comunicación (desde lo digital hasta el cara a cara). Somos más contestatarios, más «rebeldes», menos conformistas, disruptivos, innovadores e inquietos.

Nos atribuyen, sin embargo, un excesivo individualismo y egocentrismo expresado en selfis, perfiles en redes sociales y celulares de última generación que cuestan demasiado. Protestamos por todo pero desde la seguridad que nos ofrecen Twitter y los «me gusta» de Facebook. Acumulamos firmas llenando formularios por internet para apoyar causas benéficas en lugares que quizá ni conocemos.

Dicen que trabajar con los «millennials» es difícil porque, aunque somos muy creativos e innovadores, nos desmotivamos con facilidad. Nuestro compromiso con una empresa no supera los dos años y buscamos crecer rápido profesionalmente, pero esperando a cambio excelentes beneficios laborales, flexibilidad en los horarios, tiempo para disfrutar, viajar y un buen sueldo.

Queremos vivirlo todo ahora, que nuestras interacciones con las marcas sean una experiencia de gran calidad, pero sin dañar el medio ambiente. Y si no nos gusta, lo decimos, sin miedo, y lo reproducimos a todos nuestros conocidos en las redes sociales; quienes, además, comentan y discuten con nosotros sin miedo a discrepar.

Además, dicen que somos más incluyentes, que aceptamos la diversidad y a quienes son distintos a nosotros con más naturalidad: gays, extranjeros, tatuajes, piercings y demás no nos molestan ni nos alegran. No tenemos que esforzarnos por «aceptarlos», porque consideramos que son parte de la sociedad.

Dicen también que para nosotros aquello de las jerarquías no aplica. Las figuras de autoridad desaparecen y se convierten en uno más, al mismo nivel, que puede ser juzgado, criticado y tratado en igualdad de condiciones que uno mismo. Los jefes, los sacerdotes, los maestros y sobre todo los políticos dejan de ser intocables, e incluso están más propensos al escrutinio por su relevancia social como figuras de poder y autoridad.

Para los «millennial», la transparencia es un valor imprescindible. Esto aplica para la vida personal y para el Estado. Requieren información, buscan políticos distintos, personajes abiertos, menos estructurados, más Obamas –o Nayib Bukeles para llevarlo al plano nacional–, en el sentido de la naturalidad, la cercanía y la interacción a través de aquellos medios con los que se comunican (no sé si aquí entran los calcetines excéntricos, pero bueno).

Y por último, los «millennial» no tienen como prioridad tener hijos. Por tanto, son una generación multitudinaria que se ha convertido en la gran fuerza laboral del mundo y está dispuesta a disfrutar la vida sin grandes responsabilidades, como criar a otro ser humano.

Mi reflexión en torno de todas las características de esta interesante generación tiene que ver con que muchísimos de los integrantes de las maras en nuestro país son «millennial». Lastimosamente, es imposible decir que calzan con el perfil.

No soy socióloga y no quiero predecir que sea una «generación perdida», porque El Salvador es más que las maras y, por tanto, el llamado es: «millennials» salvadoreños, hagámonos sentir, somos la generación disruptiva.

La primera versión de esta columna fue publicada en febrero de 2018.

Salvadoreños: capital humano en el mundo

En esta época del año, las redes sociales y el WhatsApp se empiezan a llenar de fotos de playas, viajes, torrejas, alfombras… ¡vacaciones!

Y entonces, a uno le dan ganas de estar –bebida en mano–, disfrutando junto a todos los salvadoreños que hacen de esta semana una festividad que ya es una tradición casi patrimonial a lo largo y ancho del país. En Chile, el día libre se limita al viernes y las actividades religiosas son poco vistosas y poco concurridas, o al menos esa ha sido mi sensación durante los últimos seis años.

Para aprovechar los días libres, cientos de salvadoreños salen del país extendiendo una ola de compatriotas por el mundo. Este ejercicio de recordar las costumbres y celebraciones propias del país e imaginar a quienes estarán recorriendo diferentes lugares me hizo recordar el libro «El país que viene: jóvenes en el extranjero».

Entre sus páginas, más de 60 jóvenes que han emigrado cuentan sus historias de vida desde la perspectiva que solo vivir fuera del país de origen entrega. Algunos de los participantes han superado barreras de lenguaje, miles de kilómetros de distancia y diferencias culturales relevantes con diversas motivaciones: estudiar, mejorar su calidad de vida, superarse profesionalmente, cumplir un sueño.

Algunos de los protagonistas son parte de una segunda generación cuyos padres emigraron, sin embargo, sienten como propia la nacionalidad salvadoreña.

Una de las grandes contribuciones de este libro, editado por Diego Echegoyén, es que logró reunir, a pesar de la distancia, las historias de decenas de jóvenes que representan el talento salvadoreño distribuido por el mundo.

Desde sus ámbitos de acción, estos jóvenes autores contribuyen con llevar el nombre de nuestro país a escala internacional, posicionándolo desde una mirada positiva y relevante en temas como tecnología, historia, deporte, música, pedagogía, derechos humanos y emprendimiento, entre otras actividades.

Reconocer el talento que se encuentra distribuido en diversas partes del mundo, con ADN salvadoreño, va mucho más allá de ser excesivamente patriótico. En un contexto de país complejo, en el que es más fácil encontrar historias de violencia, delincuencia y pobreza, es importante darnos cuenta de que también contamos con un capital humano valioso y reconocido a escala internacional.

Tal como afirma el editor del texto, «crear conciencia sobre el capital social que representan los salvadoreños en el exterior proyectando la imagen y el posicionamiento que significan para nuestro país es uno de los objetivos del libro».

La relevancia de este compilado de historias –y uno de los aspectos que, a mi juicio, le agrega valor–, tiene que ver con la transparencia y el espíritu transversal de superación de sus protagonistas. El libro está construido por diferentes individuos motivados por un sueño personal enlazado con una visión de país que comprueba que es posible ir más allá de los colores políticos, al sumar los talentos individuales, con un sueño común.

Las 60 historias que este libro recoge hacen un maravilloso recorrido por las vidas de personas comunes y corrientes, como yo, que por alguna razón no viven en El Salvador. Las distintas visiones de cada uno enriquecen de manera excepcional lo que significa ser salvadoreño y, lo más importante, nos permiten reunirnos en torno de un tema común, que se construye a partir de la suma de experiencias diferentes.

Una herramienta hacia el desarrollo sostenible

Las empresas y organizaciones son actores clave en nuestro entorno. De ellas dependen muchos factores de crecimiento económico, desarrollo social y situación ambiental de los países. Por tanto, son entidades sumamente relevantes que pueden contribuir o afectar el desarrollo sostenible.

Por tanto, se han creado diversas iniciativas para incentivar internacionalmente el monitoreo de la gestión integral de las empresas y su aporte al desarrollo sostenible. Los reportes de sostenibilidad y memorias integradas son instancias que las empresas modernas y conscientes de su rol en la sociedad pueden utilizar para hacer un ejercicio de análisis y evaluación interna de gestión a escalas social, económica y ambiental de su quehacer.

Usualmente, a partir de marzo, las empresas u organizaciones empiezan a publicar sus memorias anuales, documentos donde dan cuenta de su gestión financiera. Algunas entidades también publican reportes de sostenibilidad, informes adicionales donde relatan cómo abordan los temas sociales y medioambientales que se convierten en poderosas herramientas de comunicación.

Esta práctica de reportabilidad ha ido evolucionando y, actualmente, la tendencia es publicar un único documento llamado «memoria integrada» en el que se entrelazan los ámbitos de gestión económica, social y ambiental de la organización.

Estos informes son herramientas que, más allá de lo que exigen las leyes de cada país, tienen como objetivo generar una cultura de transparencia y diálogo de las empresas, instituciones u organizaciones con sus respectivos grupos de interés: inversionistas, accionistas, autoridades, trabajadores, proveedores, sociedad en general, entre otros.

La idea es contar con un documento de acceso público, muchas veces auditado por un tercero independiente, que entregue información relevante y verificada sobre la administración de las organizaciones. Estos documentos incluyen los focos estratégicos de la organización, sus resultados, compromisos y metas como un ejercicio de autoevaluación anual con una mirada transversal, es decir, que no se enfoca únicamente en el desempeño económico y los resultados financieros, sino que reúne la información de cómo se administran los recursos sociales y ambientales para llegar a dichos resultados.

Adicionalmente, organizaciones como Pacto Global de las Naciones Unidas apoyan este tipo de prácticas porque es una forma de generar trazabilidad sobre cómo las empresas aportan al desarrollo sostenible. Estos documentos se construyen según diversas metodologías. Una de las más conocidas es el GRI o Global Reporting Initiative (por sus siglas en inglés), que ofrece una serie de indicadores en aspectos relevantes de gestión como gobierno corporativo, personas, proveedores, comunidades, medio ambiente, etc. De esta manera, las organizaciones y sus grupos de interés, pueden monitorear anualmente los resultados de su accionar en estos ámbitos. Esta metodología tiene la virtud de incorporar a estos últimos como parte del proceso.

Las memorias integradas también cuentan con lineamientos internacionales, como los que brinda el International Integrated Reporting Council (IIRC), que ofrecen definiciones universales sobre cómo elaborar una memoria integrada. El IIRC exige un énfasis especial en la gestión de riesgos, con una mirada a largo plazo.

Los ejercicios de reportabilidad son también una herramienta interna de las organizaciones para monitorear sus riesgos, para escuchar a sus grupos de interés y para contribuir con el desarrollo sostenible.

En Latinoamérica, esta práctica es aún incipiente, pero ha ido ganando terreno en los últimos años. La invitación es a que cada vez más empresas salvadoreñas se sumen a esta buena práctica, y reporten con estándares internacionales con el objetivo de sumarse al desarrollo sostenible.

Acceso, inclusión y alfabetización digital

Recientemente, y por temas laborales, me he encontrado navegando entre artículos, estudios e información relevante sobre brecha, inclusión y alfabetización digital. Temas muy vinculados al acceso a internet y tecnologías de información en el mundo digital.

Chile es uno de los países con mayor penetración de internet en América Latina, supera el 90 %. En el caso de Centroamérica, El Salvador cuenta con un 55 % de penetración, según información de un estudio presentado hace un año atrás. Claramente, la masificación de los teléfonos inteligentes y las tecnologías 3G y 4G han contribuido enormemente a democratizar el acceso a internet, aunque aún queda mucho camino por recorrer para alcanzar tasas más cercanas al 100 %.

Anteriormente, las barreras de acceso no eran únicamente de precio, sino también de infraestructura tecnológica. Sin embargo, El Salvador ha logrado ir avanzando hacia una suerte de transformación digital en una etapa incipiente.

Dicha transformación digital es una urgencia para las empresas, que reconocen que al no incorporarse rápidamente a esta ola quedarán obsoletas o perderán clientes y negocios. Sin embargo, esta urgencia digital es también un requisito para las personas: la tecnología y la digitalización se hacen indispensables para vivir en el mundo de hoy, no solo a nivel de comunicación y socialización –con las redes sociales y el WhatsApp– sino también para fines educativos, laborales, pero también cotidianos.

La inclusión digital es relevante porque establece una línea base que busca garantizar que no haya una brecha por acceso a las posibilidades del mundo digital. Por ejemplo, evitar que un niño de una zona rural no pueda postular a una beca en el extranjero porque su acceso a internet es muy precario.

Sin embargo, la accesibilidad y la inclusión no son los únicos elementos necesarios. Es aquí donde se suma un tercer proceso: la alfabetización digital, que consiste –muy resumidamente– en saber usar los medios digitales, no solo a nivel de funcionamiento, sino también de contenido.

No solo se trata de saber utilizar un aparato digital, sino de comprender y aplicar cómo ese uso puede hacer que nuestra vida mejore o que seamos más productivos y eficientes gracias a esto. Siguiendo con el ejemplo del niño: no basta con que tenga acceso a internet, sino que, además, debe saber cómo encender la computadora, navegar en la web y, luego, comprender cómo hacer su aplicación a la beca.

Es decir, hay muchos procesos que rodean la transformación digital en términos de infraestructura, pero también de usabilidad. Por tanto, tenemos ante nosotros un importante desafío que involucra diversidad de actores públicos y privados que, al unir esfuerzos y alinear objetivos, seguramente terminarán por beneficiar al país.

La transformación digital es un fenómeno mundial. En Latinoamérica, nos encontramos en pleno proceso de implementación de tecnologías e infraestructuras digitales. Por otra parte, las empresas están iniciando o viendo los frutos de sus primeros esfuerzos de transformación.

Por otra parte, no debemos perder de vista que es un proceso transversal: impacta a las empresas, a las instituciones y también a las personas. Y es a estas últimas –sobre todo a aquellas en situaciones de mayor vulnerabilidad social y económica– a quienes mayor apoyo hay que brindar, sin perder de vista que la inclusión y alfabetización digital se pueden convertir en aliados para generar oportunidades y mejoras en su calidad de vida.

Dime qué planeas y te diré si tienes mi voto

Latinoamérica está experimentando un cambio político. Estos cambios a escala de jefes de Estado han sido impulsados por una suerte de cansancio generalizado de los gobiernos que los han antecedido. Los cuales no han llenado las expectativas de los ciudadanos.

Podríamos decir que en 2015 Argentina inició con este cambio político con el derechista Mauricio Macri, quien vino a sentarse en el sillón presidencial luego de años de gobierno de una debilitada dinastía kirchnerista, liderada, en su última fase, por Cristina Fernández, con una tendencia, más bien, de izquierda.

En Chile, un caso menos radical, Sebastián Piñera asumió su segundo mandato después de una sana alternancia con Michelle Bachelet, una gobernante más asociada a las políticas sociales. Piñera, un empresario con una amplia carrera política, se ubica en el espectro de las derechas.

Brasil, por otra parte, un país que por años se distinguió por su orientación a las izquierdas y una fuerte vocación social, pasó de estar gobernado por una Vilma Rousseff –que a pesar de los escándalos se mantenía en el liderazgo político–, a un Jair Bolsonaro, un exmilitar sin rasgo alguno de izquierdista. Ahora, la máxima autoridad del gigante suramericano es un personaje de ultraderecha que pasa de polémica en polémica por sus pronunciamientos sobre el matrimonio gay, los indígenas, la inmigración y otros.

En México, Andrés Manuel López Obrador, AMLO, finalmente llegó al Ejecutivo. Esto en medio de una masiva celebración entre sus adeptos, quienes ven en este recién electo gobernante un nuevo aire que, luego de años de liderazgos de derecha en un país lleno de desigualdades, pueda resolver las complejas dinámicas sociales, económicas y de seguridad que aquejan a los mexicanos.

En unas semanas, El Salvador también decidirá quién será su nuevo gobernante. Y es importante recordar que nosotros también hemos estado bajo un gobierno de izquierda durante varios períodos. ¿Seguiremos la tendencia latinoamericana de cambio?

Además de la evidente necesidad de alternancia y más allá de la tendencia de los políticos en contienda es importante reflexionar sobre sus propuestas. ¿Por qué entregar su voto a uno o a otro? Para resolver esa pregunta los planes de gobierno son clave.

A semanas de las elecciones, en internet, usted puede tener acceso a los planes que los diferentes partidos tienen para su período en el poder, si visita los siguientes links:

Puede que resulte poco atractivo sentarse a leer 4 propuestas supuestamente maravillosas que van a convertir a El Salvador en la panacea, lo sé. Lo entiendo, ¡pero es importante!

Entonces, le pido que reflexione sobre lo siguiente: si usted lee y analiza estas propuestas, va a estar tomando una decisión informada, porque merece saber qué pretenden hacer los candidatos con el país durante cinco años, más allá de lo que dice la agotadora propaganda. Porque su voto es valioso y no hay que tomárselo a la ligera, ni entregarlo porque sí, “porque siempre he votado por los mismos”, ni porque “ni modo”.

Usted es capaz de analizar estos planes de gobierno y tomar sus propias decisiones, ir más allá de lo que dice Facebook, el noticiero de la noche, sus amigos, su familia o la tradición.

Tómese el tiempo para analizar qué dice cada uno y hagamos de estas elecciones un proceso más profundo que un simple cambio de gobierno.

El país que viene: jóvenes en el extranjero

Hace algunas semanas fue el lanzamiento del segundo libro “El País Que Viene: Jóvenes en el extranjero”, editado por Diego Echegoyén y coescrito por 60 jóvenes que ahora residen fuera de El Salvador.

Tuve el honor de engrosar las listas de esta gran iniciativa con un texto en el que plasmo, de la forma más amena que pude, mi experiencia como residente en el extranjero -en Chile, para ser exacta-. Así como yo, otros 59 jóvenes de los más diversos contextos, profesiones, pasiones y países, cuentan sus historias de vida, de cómo llegaron a los lugares donde hoy residen y por qué vale la pena ser de El Salvador, aunque no vivan en sus tierras.

Tengo que admitir que, cuando fui invitada a participar en el proceso, tuve muchas dudas: ¿por qué yo?, ¿mi historia es acaso relevante para alguien?, ¿qué objetivos persigue esta publicación?, ¿quiénes más participan?, ¿para qué?, ¿debería?

Poco a poco me fui enterando de otros jóvenes cercanos a mí que también habían sido invitados a participar, lo que me fue generando confianza en el proyecto; pero, además, me enteré que una persona me había nominado. Fue ahí cuando tomé la determinación de participar. El gesto de confiar en mí, nominándome, me hizo darme cuenta de lo que genera una iniciativa como esta: promover el orgullo de ser salvadoreño.

Las 60 historias que este libro recoge hacen un maravilloso recorrido por las vidas de personas comunes y corrientes, como yo, que por alguna razón u otra, no viven en El Salvador. Las distintas visiones de cada uno enriquecen de manera excepcional lo que significa ser salvadoreño y, lo más importante, nos permiten reunirnos en torno a un tema común, que se construye a partir de la pluralidad.
Eso fue precisamente lo que ocurrió durante la presentación del libro. Fue particularmente gratificante ver a personajes y autoridades de distintos partidos políticos e instituciones coincidir y convivir en torno a un mismo objetivo. Cada uno pasó al podio a contar parte de su historia, relatándola con orgullo y pasión, recordando cómo habían llegado a estar donde ese día se encontraban. El vicepresidente relató sus jornadas en las montañas y cómo sus ideales lo habían llevado, 20 años después, hasta el Ejecutivo; a su vez, y en un contraste que me pareció maravilloso, la exministra de relaciones exteriores, María Eugenia Brizuela de Ávila, contó cómo su viaje a Europa para aprender de historia y artes no logró disuadirla de convertirse en la primer abogado mujer en su familia.

Es tan importante saber apreciar la riqueza de la diversidad y, conociéndola, respetarla. La historia de cada uno nos hace particularmente distintos, y darle la oportunidad al otro de contarnos de dónde viene nos permite ampliar nuestros puntos de vista y encontrar esos puntos de encuentro que nos permiten empujar hacia un mismo objetivo: El Salvador. Les recomiendo que, con estas palabras en mente, busquen un ejemplar de este libro inspirador, lo lean junto a un buen café y, entre esas páginas, reconozcamos la riqueza de la diversidad, representada en las historias de 60 personas que han dispuesto convertirse en pequeños muestrarios de El Salvador en muchos rincones del mundo. Pero, sobre todo, a sentirnos orgullosos de nuestras propias historias y a convertirlas siempre en puntos de encuentro, de coincidencia; porque de divisiones ya fue suficiente.