No era tan cool

En el mundo entero, hoy por hoy, la principal preocupación es la pandemia. Esta tiene importantes consecuencias a corto y mediano plazo; tanto a nivel sanitario, como económico.

¿En qué han estado trabajando los gobiernos de otros países? Aquí algunos ejemplos: fortalecer el sistema de salud; adquirir ventiladores, comprar tests e insumos médicos para los enfermos; entregar beneficios sociales a los trabajadores de la salud y servicios críticos; generar políticas sociales y económicas para quienes están sufriendo las consecuencias de las cuarentenas y el distanciamiento social; legislar el teletrabajo; definir mecanismos de repatriación de compatriotas varados en el extranjero; y en establecer colaboración intersectorial para planificar regresos seguros a la actividad comercial, por mencionar algunas cosas. Es decir, ¡hay mucho qué hacer!

¿En qué ha estado trabajando el gobierno de El Salvador? Pareciera que en improvisar. No hay un plan claro, tal como sucedió con el plan de gobierno, el cual nunca existió. Por otro lado, las pocas iniciativas realizadas, como la entrega de los $300 dólares, han sido esporádicas y pésimamente ejecutadas. No han formado parte de una estrategia.

En El Salvador, ha tomado más relevancia la figura del presidente -y sus desaciertos-, que la pandemia en sí misma. Entre las acusaciones infundadas a diversos países y la polémica con las pandillas, el madatario ha generado titulares internacionales como: «Bukele, el primer dictador milenial«.

El autodenominado presidente «cool» ha demostrado que, por mucho que le guste tomarse fotos en la ONU, liderar a un país en crisis requiere otras habilidades. ¡Oh sorpresa! La propaganda, las mentiras y las infinitas cadenas nacionales no son suficientes para responder a las complejidades en el manejo de un país en pandemia. Se requieren planes, estrategias, acciones y liderazgos capacitados.

Y por eso hay pitazón a las 8 de la noche. Porque parece que el único plan es generar conflictos y divisiones, intimidar, cerrar empresas, cancelar el transporte público, encerrar a toda la población sin alternativas de salud viables, con sus fuentes laborales en peligro, sin apoyo económico sostenido del gobierno y sin un horizonte claro.

El gobierno, liderado por Bukele, ha tenido al menos dos meses para hacer un plan sanitario y económico, pero, en su lugar, hemos visto una prepotencia sistemática, regaños televisados y un evidente desconocimiento de la realidad salvadoreña.

Bukele ha mostrado su verdadero rostro, sus verdaderas capacidades e intenciones: autoritarismo, cultura de miedo y mentiras. ¿Serán estas señales suficientes para que algunos de sus más fieles fanáticos recapaciten?

Mientras tanto, este es el momento para que los tanques de pensamiento, universidades, fundaciones, sector privado y otros actores expertos en políticas públicas se luzcan. Hoy más que nunca necesitamos de su experiencia para generar planes, con un verdadero sentido de país, que puedan ser entregados al gobierno y que, al menos, nos den la esperanza de que no todo está perdido.

Por otra parte, hago un llamado a los ciudadanos para que realicen una profunda reflexión acerca de la polarización que cada día incrementa en torno a Bukele. Sé que al presidente le gusta instalar odio y división, es parte de la propaganda, pero los salvadoreños ya sabemos mucho del dolor de la polarización y, aunque la crítica y la oposición son sanas para el equilibrio de poderes, evitemos a toda costa el fanatismo.

El fanatismo ciega, nubla la razón y nos convierte en la masa obediente que cualquier tirano anhela.

El virus no es excusa

El mundo se encuentra en crisis: una pandemia. El covid-19 ha venido a cambiar lo que todos conocíamos como rutina para transformarla en incertidumbre -social, económica, emocional- total.

Pero El Salvador, un país ya golpeado por la pobreza y problemáticas sociopolíticas profundas, ahora, además, enfrenta a Nayib Bukele y sus políticas anti Covid-19, que rayan en el autoritarismo.

Escribo esta columna con mucha preocupación. Estoy viviendo en un país cuyo contexto es estar inmerso en una compleja crisis social desde octubre del año pasado. La sociedad chilena está profundamente decepcionada de sus gobernantes, por lo que la relación entre sociedad civil y gobierno está muy desgastada. Chile es ahora un país cuya principal solicitud es reescribir su constitución, volver a nacer. El gobierno está absolutamente deslegitimado, con una crisis de confianza compleja en todas las instituciones y sumido en una crisis económica provocada por la paralización del país a raíz del estallido social.

Y aún así, la represión y el miedo no han sido parte de las tácticas de contención de la crisis sanitaria. Porque el miedo y la represión no son normales. Porque el miedo, las amenazas y el autoritarismo son solo propias de regímenes anti democráticos.

El mundo entero está viviendo esta crisis, pero los países cuestionados por sus prácticas represivas contra la población son escasos y son reprochables. La idea es proteger a la población del virus, que ya es bastante complejo y ya causa suficiente miedo.

Por tanto, esta crisis sanitaria no es una justificación para amenazar la institucionalidad nacional.

Aprovecharse de la situación para desautorizar a los otros poderes del estado, apresar personas a diestra y siniestra para mandarlos a las cámaras de contagio en que se han convertido los «centros de contención» y evitar la entrada de sus propios habitantes al país no es normal. Repito, no es normal; incluso en tiempos de pandemia.

Además, si esto viene seguido del penoso espectáculo de amedrentamiento al poder legislativo con soldados armados hasta los dientes y hordas enfurecidas dispuestas a atacar, estar alerta es lo mínimo.

La pandemia no será vencida por un superman «cool» con «maneras de dictador», como dice cierta columna de opinión.

Obviamente, todos los países necesitan liderazgos capaces de navegar en épocas de crisis, quienes se rodean de expertos y equipos asesores. Pero estos liderazgos no son ungidos por poderes divinos. Hace muchos años que dejaron de ser elegidos directamente por los dioses. Y tampoco tienen capacidades especiales para hablar con el más allá. Preocupa ver que ese tipo de conductas sea aplaudido en pleno 2020.

En fin. Lo que intento transmitir, viendo lo que sucede en El Salvador desde el extranjero, es una profunda preocupación no solo por los efectos de la pandemia a nivel económico, sino también a nivel político.

Mientras tanto, estar en casa se vuelve difícil, porque hay que trabajar, pero sin caer en las garras del coronavirus o de la policía, que te castigaría recluyéndote en algún centro de contención.

Que esta crisis se convierta en una oportunidad de fortalecer nuestra institucionalidad y protegerla. Pero también, para transparentar las profundas necesidades de la mayoría de la población y la urgencia de políticas públicas sólidas y reales que sean soluciones factibles para quienes más lo necesitan.

El populismo y el caudillismo no son la solución. La solidaridad, sí.

El virus que nos hace más humanos

Habíamos escuchado sobre pandemias, las habíamos visto en las películas, pero nunca habíamos vivido una, a escala mundial, con cuarentenas nacionales y miles de fallecidos.

Este paisaje apocalíptico que nos ha obligado a mantenernos encerrados, aplicar intensas medidas de limpieza y -por alguna razón desconocida- arrasar con el papel higiénico, también nos obliga a replantear las prioridades políticas, los sistemas económicos y las normas laborales actuales.

Nuestro planeta, que durante años ha sido sobre exigido a nivel ambiental, manifestando síntomas preocupantes como sequía, calentamiento global, contaminación del aire, deforestación y quién sabe cuántas cosas más, está teniendo un respiro. Esta enfermedad ha sido la única forma de disminuir la actividad comercial y productiva a nivel mundial. Sus efectos son ya evidentes.

En medio de la crisis, una persona muy sabia -mi mamá- me compartió un video que no solo resume de manera magistral la situación, sino que plantea una profunda reflexión. Me tomo aquí la libertad de transcribir ese movilizador mensaje de «Empatía viral»:

«Y así un día se llenó el mundo con la nefasta promesa de un apocalipsis viral. Y de pronto, las fronteras que se defendieron con guerras se quebraron con gotitas de saliva. Hubo equidad en el contagio que se repartía igual para ricos y pobres. Las potencias que se sentían infalibles vieron cómo se puede caer ante un beso, ante un abrazo.

Y nos dimos cuenta de lo que era y no importante; y entonces, una enfermera se volvió más indispensable que un futbolista y un hospital se hizo más urgente que un misil. Se apagaron luces en estadios, se detuvieron los conciertos, los rodajes de películas, las misas y los encuentros masivos y, entonces, en el mundo hubo tiempo para la reflexión a solas, para esperar en casa que lleguen todos, para reunirse frente a fogatas, mesas, mecedoras, hamacas y contar cuentos que estuvieron a punto de ser olvidados.

Tres gotitas en el aire nos han puesto a cuidar ancianos, a valorar la ciencia por encima de la economía, nos ha dicho que no solo los indigentes traen pestes, que nuestra pirámide de valores estaba invertida, que la vida siempre fue primero y que las otras cosas eran accesorios.

No hay un lugar seguro, en la mente de todos nos caben todos y empezamos a desearle el bien al vecino. Necesitamos que se mantenga seguro, necesitamos que no se enferme, que viva mucho, que sea feliz. Y junto a una paranoia hervida en desinfectante nos damos cuenta que, si yo tengo agua y el de más allá no, mi vida está en riesgo.

Volvimos a ser la aldea, la solidaridad se tiñe de miedo y a riesgo de perdernos en el aislamiento, existe una sola alternativa: ser mejores juntos.

Si todo sale bien, todo cambiará para siempre. Las miradas serán nuestro saludo y reservaremos el beso solo para quien ya tenga nuestro corazón. Cuando todos los mapas se tiñan de rojo con la presencia de que corona, las fronteras no serán necesarias y el tránsito de quienes vienen a dar esperanzas será bien recibido bajo cualquier idioma y debajo de cualquier color de piel. Dejará de importar si no entendía tu forma de vida, si tu fe no era la mía, bastará que te anime a extender tu mano cuando nadie más lo quiera hacer.

Puede ser -solo es una posibilidad- que este virus nos haga más humanos y, de un diluvio atroz, surja un pacto nuevo con una rama de olivo desde donde empezará de cero.»

Catfish: un país engañado

Hace varios años, MTV transmite una serie que se llama Catfish. En cada episodio, durante unos 30 minutos, los conductores se convierten en detectives modernos: ayudan a gente común y corriente a descubrir si las personas con las que hablan por internet y de quienes -en la mayoría de los casos- se han enamorado, son reales o no.

Resulta que hay mucha gente que encuentra divertido hacerse pasar por otros. Crean perfiles falsos en las redes sociales donde usan fotos de otras personas e información biográfica falsa. Estos Catfish por lo general tienen la intención de engañar a una o varias personas inocentes para que se enamoren de ellos. A veces, incluso, piden dinero a sus víctimas.

En la medida en que uno ve cada episodio es -a lo menos- evidente, que los perfiles son falsos: se rehúsan a hacer video llamadas, ponen excusas inverosímiles para no conocerse físicamente, difícilmente acceden a enviar fotografías. En fin, resulta difícil entender cómo es posible que las víctimas logren ser embaucadas.

Pero por evidente que parezca, hay muchos que caen. De hecho, son tantos los engañados que ha sido rentable que MTV tenga un exitoso programa desde 2012 en EEUU, que incluso ha sido replicado en Chile, Brasil y Colombia.

Además, cuando las víctimas se ven enfrentados a las abrumadoras evidencias que delatan a los Catfish, se niegan a aceptar que sus enamorados/as son falsos. Inventan excusas, dan explicaciones, crean razones inverosímiles para justificar las mentiras de quienes creían amar.

Pero al final, en la gran mayoría de los casos, la verdad sale a flote: las víctimas terminan por aceptar que sus amados no son quienes dicen ser. La mentira se descubre, los Catfish dan la cara. Por lo general, no se parecen en nada a quien fingen ser. A veces piden disculpas, en otras ocasiones se indignan o se enojan al ser descubiertos. Luego, la víctima se arrepiente de todo el tiempo que perdió y todos aprenden una lección.

Una de esas lecciones es que las redes sociales aguantan con todo. Si son usadas hábilmente y se conjugan con una audiencia fácilmente manipulable, con carencias específicas o dolencias profundas, pueden crear la ilusión de una realidad alternativa, donde Catfish es un héroe: alguien que los escucha, los entiende, los enamora.

Mientras veía este programa la semana pasada, pensé: Nayib Bukele es el maestro de todos los Catfish. Ha dominado el arte del engaño a través de las redes sociales y sus víctimas son todo un país.

Usa las redes sociales para presentarse ante una audiencia manipulable, adoptando tantas personalidades como le parezca conveniente; ilusiona a sus seguidores, los enamora, diciéndoles lo que quieren escuchar; difícilmente da la cara, prefiere gobernar desde las redes sociales sin enfrentarse a la prensa; le gusta tener el control de lo que publica, para que nadie detecte qué es verdad y qué no; cuando lo confrontan, se enoja y hace berrinches si no le dan lo que quiere; tiene una masa de seguidores adormecidos, a quienes es imposible convencer que están siendo engañados, por más evidencias que se les presenten.

En fin, nuestro Presidente es una especie de Catfish y nos está haciendo perder el tiempo a todos.

Ojalá sus aires de autoritarismo millenial no pasen desaparecidos y después no nos preguntemos: ¿cómo no nos dimos cuenta?

Estallido en pausa

En Chile hace calor. En el cono sur, el verano está en apogeo, por tanto, muchos chilenos están de vacaciones. Esto ha producido una delicada sensación de normalidad en medio del estallido social.

El desempleo ha llegado al 8,8%; 116 proyectos de Ley han sido ingresados desde que Chile despertó el 18 de octubre, más de 30 de ellos están vinculados con orden público y seguridad; 9 proyectos han sido despachados a Ley y, más de 22 mil personas han sido detenidas en el contexto de las protestas.

Estas cifras generan molestia: el gobierno se ha concentrado a reprimir, dicen, y no a resolver las solicitudes en torno a las peticiones que buscan un Chile más justo. Reflejo de esto es que el Presidente Piñera gobierna con un 82% de desaprobación. Sí, 82%. Ah, pero los diputados cuentan con el 2% de confianza.

Las protestas han disminuido en intensidad. Pero este descanso seguramente responde al periodo estival. Ya circulan en redes sociales diversos videos que convocan a un paro nacional el 8 de marzo, fecha emblemática, tanto por ser el día de la mujer como por ser el primer mes del año en que el país vuelve a funcionar en pleno: colegios, universidades y empresas vuelven de vacaciones.

Según la encuesta de opinión CADEM, el «Apruebo» a la nueva Constitución llega al 67%. En abril sabremos qué tan acertado es este porcentaje. Sin embargo, cómo se votará esta aprobación o rechazo a la nueva carta magna está aun por decidirse. El gobierno propone que la convención constituyente se elija con listas cerradas en que no se vote por personas, sino por partidos políticos. Sin embargo, los partidos políticos tienen un 2% de aprobación, por lo que esta opción es -a lo menos- absurda, como señala el periodista Daniel Matamala en su columna «La hora del populismo».

¿Qué pasará? Tenemos hasta abril para averiguarlo -al menos en lo que respecta a si se aprueba o rechaza la nueva constitución-. Y así, ¿qué pasará? es la pregunta interminable que marca esta histórica etapa que vive el país.

¿Qué pasará con el pago de las carreteras, con las pensiones, con la salud, con la educación, con las pruebas universitarias, con el metro, con los impuestos, con el gobierno? El estallido social ha sido una instancia obligada de reflexión para todos, chilenos y extranjeros, que nos preguntamos hacia dónde se dirigirá Chile cuando los proyectos de Ley avancen y la constitución se renueve.

Según la encuesta CADEM, 37% de la población se siente optimista o muy optimista sobre el futuro del país y curiosamente, casi el mismo porcentaje, el 38%, se siente pesimista o muy pesimista al respecto.

Como es obvio, este ambiente de incertidumbre es atractivo para algunos y desconcertante para otros -como yo-, quien veía en Chile un país pujante, estable y seguro. Ahora, sigo este proceso de transición considerándolo incluso utópico -aunque valiente-, por alcanzar un nuevo modelo que nadie sabe muy bien cómo se financiará, ni qué contemplará con exactitud, pero que ha marcado un precedente empoderando a la ciudadanía desde hace 3 meses.

Mientras tanto, el estallido está en pausa, como agarrando fuerza para reclamar lo que considera justo y para hacer de este largo y angosto país, uno más equitativo.

Aterrizar en El Salvador

Aterrizar en El Salvador es un espectáculo. Sobretodo cuando el que viaja ya no vive ahí. Pero llega el día en que uno se reencuentra con su país y entonces, empieza un viaje que va más allá de un boleto aéreo.

Después de muchas horas de pasearse entre nubes e infinito, a través de la ventana de un avión, uno alcanza a ver un oasis. Ese lugar tiene nombre: se llama El Salvador.

El primer paso es sobrevolar la costa. Ver desde esa misma ventanita una línea infinita de espuma blanca dando la bienvenida a este paraíso que muy pocos tenemos el placer de haber descubierto, es enternecedor.

Casi se puede escuchar, incluso arriba del avión, el sonido de las olas, mientras la brisa del mar mueve disimuladamente las palmeras que conforman un paisaje de esos que parecen sacados de revistas, pero que en nuestro país, no son ninguna novedad.

Incluso el cielo cambia de color, parece más celeste, más grande, más lindo.

El volcán de San Salvador le advierte a uno que está a punto de llegar, y para aquellos que tenemos algunos años sin verlo, una sonrisita se nos empieza a dibujar en los labios, a medida que el picacho se eleva en el paisaje.

Si uno pone suficiente atención, empieza a darse cuenta del maravilloso contraste que se forma entre la abundancia de las palmeras ondeantes, el verde de los árboles y la tímida cordillera que se levanta en paralelo a la costa, intercalándose entre nubes y cielo.

Entonces, como para sacarlo a uno del trance, una voz advierte que hay que prepararse para el aterrizaje. «Enderecen sus asientos», dice junto a otro discurso inentendible en español y en inglés. Las lucecitas de seguridad se encienden, arriba, en el techo del frío avión. Y las cosquillitas en el estómago son inevitables: en solo unos minutos volverá uno a sentir aquel calor tan peculiar que solo en este país se experimenta. En solo unos minutos, volverá uno a disfrutar de unas deliciosas pupusas auténticas, con todo y quesito quemado. En solo unos minutos, uno volverá a ver a sus amigos de toda la vida. En solo unos minutos, por fin, uno podrá abrazar a su familia.

El avión ha seguido avanzado y la costa, con su infinita línea de espuma perfecta, queda atrás. Uno siente que empieza a volar sobre una cama de árboles frondosos que reúnen un sinfín de tonos verdes; algunas plantaciones de caña con sus flores blancas que parecen flotar se hacen presentes, atravesadas por una que otra callecita donde pasan carros que parecen de juguete. Uno se acerca cada vez más.

Después de algunos minutos, el avión toca tierra firme y el aeropuerto se hace más grande a medida que la máquina se detiene y uno trata de contener su emoción. Pero, entonces, aquella voz vuelve a hablar y esta vez dice: «Bienvenidos a El Salvador».

Ahí es imposible no sentir una alegría inmensa: felicidad mezclada con nostalgia, añoranza e incluso tristeza, cuando uno se da cuenta, que se tuvo que ir de ese lugar que tantas emociones le provoca. Yo creo que más de alguno intenta dominar las lágrimas, porque es profundamente movilizador volver al país que uno tanto quiere.

Aterrizar en El Salvador es un espectáculo, pero no solo para la vista, sino para el corazón.

Chile despertó

Atrás quedó el país al que miles de venezolanos, haitianos, peruanos y otros migrantes latinoamericanos elegían como un destino que prometía seguridad, estabilidad económica y prosperidad.

Hoy, diariamente se vive una situación tensa y violenta en las calles. No hay semáforos en cruces estratégicos de la capital, fueron destruidos. En su lugar, algunos emprendedores se ponen chalecos amarillos y con pitos de colores dirigen el caótico tránsito a cambio de monedas.

Los comercios operan en horarios irregulares. Es necesario cerrar de improviso cuando avisan de alguna marcha, o del cierre del metro, para que los trabajadores puedan buscar alguna forma de llegar a sus hogares.

Los bancos, supermercados, farmacias y centros comerciales que han sido el blanco de los ataques más violentos están blindados con láminas de metal para evitar ser -o volver a ser- víctimas de saqueos e incendios. Pequeños cartelitos que dicen «Soy Pyme» cuelgan de las vitrinas de los locales más pequeños en son de paz, como un susurro para que los vándalos no se desquiten con ellos.

El metro anuncia cada cierto tiempo que cerró alguna estación por «desmanes». Si hay suerte, algunos minutos después volverá abrir, sino pueden pasar horas. De lo contrario, simplemente no abrirá otra vez hasta el día siguiente, cuando la misma historia se vuelva a repetir.

Por whatsapp llega el itinerario de las marchas diarias, con hora, punto de encuentro y demanda exigida: «No más TAG», es decir el pago de las carreteras; «No más AFP»; «Derechos Humanos»; «Aumento a las pensiones»; «Aumento al salario mínimo»; y la lista continúa.

Por la mañana, las noticias hacen el recuento de los locales incendiados y saqueados, de los lesionados en las protestas, de los carabineros heridos y de los reportes sobre derechos humanos.

Por la noche, se anuncia otra vez que el dólar volvió a superar su máximo precio en la historia y el titular ya pierde relevancia. Mientras tanto, las cámaras de los noticieros empiezan a mostrar dónde están generándose las primeras concentraciones de la noche, con grupitos de encapuchados que tiran piedras a los carros lanza agua de carabineros que hacen el intento por dispersarlos.

Capas y capas de grafiti cubren las paredes de la ciudad, se han vuelto un muro de lamentos donde pueden leerse frases como: «Renuncia Piñera», «acos asesinos», «Chile despertó», «me paseo tu normalidad» y alguno que otro improperio.

Los editorialistas explican en sus columnas las razones de la crisis y, los políticos, discuten en el congreso el proceso para cambiar la Constitución. Ni unos ni otros dan con soluciones concretas al nuevo Chile que exige un cambio profundo, estructural e inmediato a sus demandas.

Las grandes tiendas, como H&M anuncian desesperadas promociones de «3×2 en toda la tienda» y «liquidación total» en un intento por vender. Los restaurantes de las zonas otrora turísticas permanecen cerrados y, si logran abrir, miran con cierta súplica a los transeúntes para que decidan entrar y comer algo.

Los torneos de fútbol han sido cancelados y los jugadores se niegan a entrar a las canchas por motivos de seguridad.

Hace calor, pero ya nadie habla de eso. El tema de conversación está acaparado por la contingencia.

Esta es la nueva normalidad, la que muchos defienden porque durante años fue su propia normalidad y ahora es la de todos.

Chile despertó.

Días de furia

Nunca, ni siquiera en El Salvador, había sido testigo de una revolución social tan masiva, profunda e histórica como la que actualmente vive Chile.

La primera etapa fue excesivamente violenta. Puedo tratar, pero sé que no lograría describir el impacto que me causó ver en directo, por la televisión, la forma en que hordas de personas enfurecidas destruían todo a su paso: semáforos, bancas, barandas, señales de alto, cualquier cosa que significara dañar el espacio público. Lo más impactante, en definitiva, fue ser testigo de cómo varias estaciones de metro se incendiaban, literalmente.

¡Ah! Y cómo dejar de lado los saqueos. Los supermercados fueron el blanco favorito. Algunos salían lavadora al hombro del establecimiento, mientras que los más organizados llegaban en carro y se podían llevar más cosas: televisores, computadores, colchones…

Ni los periodistas daban crédito a lo que veían. «¡Es indescriptible!», decían, mientras en otra parte de la ciudad se reportaba otro incendio, esta vez en el edificio administrativo de la compañía de electricidad ENEL. Al mismo tiempo, una estación de metro más se incendiaba, y, desde otro extremo de Santiago, se reportaban más saqueos. La ciudad estaba ardiendo, la policía estaba superada, el Presidente no aparecía por ningún lado, los alcaldes pedían al ejército y, al unísono, como música de fondo, se escuchaban cientos de cacerolas golpeadas por los ciudadanos furiosos.

¿Por qué?

Una semana antes, el gobierno había anunciado un nuevo aumento al pasaje de metro que sería aplicado durante la hora más transitada. Ofrecía, además, condiciones de ahorro bastante ridículas si es que uno prefería despertarse más temprano y salir más tarde del trabajo para evitar el alza. Casi una burla.

Este aumento fue la gota que rebalsó el vaso de una ciudadanía que había estado reclamando -de manera más pacífica- inconformidades profundas sobre el sistema de pensiones, abusos en los cobros de la electricidad, el costo de las autopistas y, en general, el costo de la vida.

A solo minutos de haber iniciado el sábado 19 de octubre y superado por la situación violenta y destructiva, el Presidente Piñera declaró estado de emergencia, sacando al ejército a las calles. Muy contrario a lo que se podría pensar, esto generó incluso más molestia en un país donde el período de la dictadura militar es aun reciente.

Los días siguientes han sido un debate permanente entre formas de manifestación pacíficas y violentistas: unos marchan con cacerolas y pancartas; otros hacen barricadas y saquean lo que esté a su paso. La solicitud, que hasta hace poco no estaba tan clara: una reforma constitucional. ¿Para qué? Para garantizar una sociedad más equitativa.

Hace casi 7 años llegué a Chile. En cuanto llegué a este angosto país, me di cuenta de que había sido una buena decisión. Era ordenado, limpio, las cosas funcionaban, el transporte público era seguro, se podía caminar. También me di cuenta de que era bastante caro, pero supuse que ese era el costo de vivir en un lugar como era Santiago en aquel momento.

Chile ha dejado de ser el lugar que conocí. El 18 de octubre marcó el fin de una era. Mientras tanto, yo seguiré envuelta en una contradicción permanente entre lo que pienso y siento sobre este levantamiento. ¿Están los chilenos a punto de abandonar un modelo que ha sido exitoso en Latinoamérica?

Ver el mundo arder

Todo el mundo está hablando de cambio climático. ¿Por qué? ¿De dónde viene tanto interés por el tema? ¿Qué es el acuerdo de Paris? ¿Qué es la COP? ¿Qué es el calentamiento global? ¿Y por qué debería importarme? Bueno, trataré de ser muy sintética y contarle.

Para esto, tendremos que remontarnos a la era industrial…

El boom de la producción industrial implicó la generación de emisiones al medio ambiente -CO2, bióxido de azufre, clorofluorocarbonos, metano, etc., mejor conocidos como Gases de Efecto Invernadero (GEI)-. Aunque todos asumíamos que esa gran humazón era contaminante, se volvió parte de lo normal. Hasta que estudios revelaron que la acumulación de estas sustancias en el ambiente provocaban un fenómeno al que se llamó «calentamiento global». Es decir, el aumento de las temperaturas de la tierra. ¿Y cuál sería el problema, pues?

Básicamente que, a largo plazo, el cambio en las condiciones climáticas del planeta tendría implicaciones en la producción de alimentos, en los desastres naturales y en el desarrollo económico: ¡falta de agua, falta de comida, inundaciones, sequías!

Por tanto, en 1992 y preocupada por esta situación, la ONU invitó a sus países miembros a adoptar la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) que buscaba estabilizar la emisión de GEI para detener el calentamiento global. De este marco surgieron las COP, o «Conferencias de las Partes», donde los involucrados adoptaron varias iniciativas; como el Protocolo de Kioto, en 1997, y el Acuerdo de París, en 2015, que se aplicaría a partir de 2020.

En París, 97 partes acordaron preparar las medidas para mantener al planeta dentro del rango de los 1.5 a los 2 grados Celsius sobre las temperaturas preindustriales. Pero resulta que, en octubre de 2018, se publicaron los resultados de la investigación del Grupo Intergubernamental de Expertos Sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), que advirtieron que el aumento no debería ser mayor a 1.5 ºC, lo que claramente implica mayores esfuerzos de mitigación.

Este informe también advertía que la situación es ya irreversible, que el tiempo se está agotando y la crisis climática es una realidad: «El mundo no está actuando lo suficientemente rápido para evitar las futuras condiciones extremas de temperatura; mientras, el tiempo se agota velozmente.»

En 2017, Donald Trump retiró a EUA -uno de los mayores emisores de GEI- del Acuerdo de París.

En noviembre de 2018, otro estudio reveló que la proyección de las emisiones de C02 –el principal gas de efecto invernadero– para todos los países del mundo está muy cerca del límite establecido en el Acuerdo de París. Incluso proyecta que los objetivos de emisión actuales de todas las naciones terminarían en un aumento de la temperatura global promedio de 3.2 grados Celsius para 2100. Es decir que las metas planteadas en París no son suficientes.

Por eso, la COP 25 será clave para dar urgencia a la aplicación de los compromisos que ahora trascienden a los gobiernos: empresas, organizaciones, individuos. Todos debemos generar cambios rotundos para alcanzar las metas planteadas y, además, prepararnos para vivir las consecuencias del cambio climático.

Esta es la crisis adaptativa más profunda que deberemos atravesar. Es un escenario desconocido y por lo mismo, países como el nuestro que son ya vulnerables, deberán redoblar sus mecanismos de protección.

Démosle la urgencia que tiene.

Sobrevivir en El Salvador

A diario, muchos salvadoreños cruzan las fronteras del Valle de las Hamacas para nunca regresar, prefieren vivir en países extraños que sobrevivir en el suyo. Tras ellos, muchos otros más quisieran irse. Yo me fui.

Hace unos años, Santiago de Chile se ha convertido en mi nuevo lugar de residencia. La cordillera de los Andes, los vagones del metro y el Palacio de la Moneda se volvieron postales comunes. Quizá por cosas del destino –o por pura necedad– mi estadía se fue prolongando más allá de lo planeado y me he visto forzada a aceptar que, por mucho que lo intente, las pupusas nunca sabrán igual estando en otro país.

Más allá de la nostalgia, cuatro estaciones bien marcadas y un idioma –porque en Chile se habla chileno–, este largo y angosto país me ha ofrecido una sensación que era cada vez más difícil experimentar en El Salvador: seguridad.

Aunque usted no lo crea, estar siempre a la defensiva, caminar con miedo, sentirse constantemente inseguro, sospechar de todo aquel que se cruce en su camino, rezar cada vez que hay que subirse a un bus, volver a la casa y dar gracias por haber llegado vivo; en fin, todo eso ¡no es normal!

Nosotros, los salvadoreños, nos hemos acostumbrado a vivir así y ni siquiera nos damos cuenta. Ya somos inmunes, no nos percatamos. Lo natural es pedirles a todos nuestros familiares y amigos que nos manden un mensaje cuando lleguen a su casa, para estar tranquilos. Lo comprensible es que haya tropas de guardias de seguridad armados hasta los dientes en cada establecimiento comercial. Lo lógico es tener un celular viejito, por si te asaltan, para que se lleven ese. ¡Es que es obvio!

Pues no, no es obvio, no es natural, ni comprensible, ni lógico. Los índices anormales de delincuencia que sufre nuestro país han creado una especie de olla de vapor de la que, justificadamente, muchos ansían escapar. ¿Cuántos de los suyos se han ido? ¿Cuántos se quieren ir? ¿Usted se iría? Yo me fui.

Pero entonces, cuando uno se da cuenta de que es posible caminar por la calle con algún grado de seguridad, cuando subirse a un bus no implica temor a perder la vida, cuando los carros se detienen si un peatón va cruzando la calle y cuando es posible usar el metro sin asfixiarse, le entra a uno la ansiedad por volver y hacer algo.

En teoría, es el Estado el que debe ser garante de la seguridad de sus ciudadanos. Esta es, claramente, una deuda que los últimos administradores tienen con los salvadoreños, la principal, a mi juicio. Con este desdén, la violencia y la delincuencia parecen haber encontrado un lugar cómodo para instalarse: el país en el que ya se ven como lo normal.

Ojalá las alternativas de solución fueran más evidentes, porque son precisamente esa normalización de la violencia, esa cotidianidad de la inseguridad, la zozobra automática y socialmente aceptada las que no permiten que se enciendan las alarmas. Es un efecto paralizador que, poco a poco, va anestesiando los sentidos y las aspiraciones.

Sobrevivir no es normal. Lo normal es vivir, sin el «sobre» antes.

*Una versión de esta columna fue publicada en octubre de 2015.