Estallido social: a un año de que Chile despertara

Hace un año, luego de un inesperado anuncio de aumento de 30 pesos al pasaje del Metro de Santiago, empezaron a manifestarse algunos signos de indignación entre estudiantes y algunos ciudadanos. Estos atisbos de molestia fueron olímpicamente ignorados por las autoridades. La tensión fue aumentando en las semanas siguientes, hasta llegar al evento que marcó un antes y después para Chile: el estallido social.

Luego del alto grado de violencia inicial, medio país saqueado y toque de queda instalado, durante las jornadas posteriores empezaron a surgir las demandas de fondo. Ahí, la rabia que un día antes había -literalmente- incendiado Chile, se manifestaba a través de pancartas y marchas donde abundaban mensajes como: «Chile despertó», «Educación gratuita y de calidad», «No + AFP«, «Renuncia Piñera«, «Mejores salarios», «Nueva Constitución para Chile», «Hasta que la dignidad se haga costumbre», etc.

Estos mensajes buscaban evidenciar temas valóricos como desigualdad y dignidad; así como problemas prácticos como educación, pensiones, salud, transporte público, sobre endeudamiento y muchos más.

Esta ebullición social se mantuvo intensamente de manifiesto en las calles entre octubre y diciembre. Durante el verano, la intensidad bajó, aunque un mensaje central se mantuvo en la agenda como la demanda más trascendental: una nueva constitución para Chile.

Hoy, a un año del inesperado estallido social chileno que dio la vuelta al mundo, nos encontramos a pocos días de lo que se puede catalogar como su gran triunfo: el plebiscito. En esa instancia los chilenos podrán votar «apruebo» o «rechazo» para definir si este largo país del sur tendrá una nueva Constitución, una que deje atrás el legado político-económico de largo plazo de la dictadura de Augusto Pinochet. Además, deberán votar cómo debería construirse esta nueva Carta Magna.

Aquí se manifiesta una innovación, a la que fue difícil llegar, ya que haya dos opciones para responder a la pregunta ¿Qué tipo de órgano debiera redactar la Nueva Constitución? Las alternativas son «Convención Mixta Constitucional» o «Convención Constitucional».

La primera opción estaría conformada en partes iguales por miembros del Congreso, así como otros que la ciudadanía podrá elegir en una nueva votación. La segunda opción, más innovadora, implica que todos los miembros serán electos por la ciudadanía. Es decir, con esta última alternativa, «los mismos de siempre» no tendrán una participación asegurada en el proceso, permitiendo que sea un documento libre de sesgos o intereses políticos.

La pandemia ha atrasado este proceso, cuya votación debería haber sido en abril. Así, la crisis sanitaria ha jugado un rol polémico. Por ejemplo, el grupo que promueve el «rechazo» argumenta que muchos adultos mayores y sus cuidadores no podrán votar, ya que es muy arriesgado salir y enfermarse, convirtiéndola en una votación poco legítima. Por otra parte, como en nuestro país, el Covid ha puesto de manifiesto con mayor intensidad las numerosas falencias sociales que inspiraron el estallido social inicialmente, por lo que el incentivo para votar podría, incluso, verse incrementado.

Vivir este proceso de transformación social inmerso en una pandemia ha sido, por decir lo menos, un vaivén de pensamientos, emociones e incertidumbre. Como fanática de la política, lo vivo y lo analizo con afán de aprender de las experiencias y extrapolarlo a la realidad salvadoreña, más convencida que nunca que un proceso constitucional es profundamente complejo y trascendental.

Recuperación: palabra clave para la pandemia y la economía

¿Puede una población enferma ser productiva? ¿Está la economía sobre la salud? ¿Es posible abrir la economía y controlar la pandemia al mismo tiempo? Estas y más interrogantes se han ido apoderando de la agenda.

En Chile, el desempleo ha alcanzado el 30%, una cifra desesperante, trágica y que recoge a miles de familias que han visto un profundo desgaste en su situación económica. En El Salvador, según datos del Ministerio de Economía, el Covid podría cobrar más de 60 mil empleos.

Ante este escenario, las medidas de recuperación económica son imprescindibles, tanto aquellas dirigidas a las Pymes, al sector informal y a los emprendedores, principales protagonistas de la generación de empleo. Sin embargo, esto no debería ser a costa de poner a la población en riesgo. ¿Es posible alcanzar este equilibrio en épocas de pandemia?

El desarrollo digital es un importante aliado para mantener los niveles de productividad en algunas industrias. Es así como la pandemia ha implicado la aceleración de procesos de transformación digital y flexibilización en la toma de decisiones y procedimientos en diversas empresas. Por ejemplo, incursionar en plataformas como Instagram y Facebook como canales de venta adicionales, cuando anteriormente solo tenían fines publicitarios.

A nivel empresa, esta pandemia ha implicado una sacudida a los modelos de gestión tradicionales que eran, usualmente análogos, lentos y desactualizados. En algunos casos -para las empresas con mayor capacidad de autocrítica- se ha convertido en una especie de auto-evaluación para reflexionar sobre su nivel de digitalización, capacidad de adaptación y flexibilidad, modelo de gobernanza y toma de decisiones, tipos de liderazgos, análisis de riesgos, etc.

Para agregar otro componente a este proceso de recuperación económica, a nivel mundial, se está hablando de una «recuperación verde». Es decir, si ya estamos replanteándonos la forma de hacer las cosas, por qué no aprovechar de hacerlo de manera sustentable, considerando aspectos ambientales, sociales y de gobernanza que aporten al desarrollo sostenible y a la lucha contra el cambio climático.

Según los expertos, las empresas que no replanteen su forma de hacer las cosas, considerando las complejidades y oportunidades que la pandemia ha sacado a relucir, estarían desaprovechando un momento histórico que marca el antes y después de la industria. E incluso, podrían poner en riesgo su continuidad en el mercado.

Esto, por tanto, se convierte en una oportunidad para obtener recursos de aquellos inversionistas que han incorporado aspectos ambientales, sociales y de gobernanza que aporten a una recuperación verde dentro de sus criterios de evaluación para proyectos y empresas.

Todo esto debe ser analizado -e implementado- con especial cuidado y responsabilidad con la salud de los trabajadores.

Por otra parte, el gobierno juega un rol clave a través de la generación de políticas socioeconómicas que impulsen una recuperación que responda a las expectativas y estándares internacionales. Además, pueden hacer un importante aporte al generar las instancias que promuevan que las empresas adopten este tipo de medidas y análisis en sus estrategias.

Recuperación es una palabra clave, con muchos desafíos, no solo para los enfermos de covid-19, sino también para una economía golpeada por la pandemia que se enfrenta a una fase post covid-19 amenazada por el cambio climático.

Millennials en pandemia

Hace poco surgió una especie de debate entre algunos amigos. Un bando se quejaba del encierro y el otro bando defendía que las condiciones del confinamiento eran considerablemente favorables al compararlas con lo que vivieron las generaciones que enfrentaron pandemias previas, como la gripe española: «Al menos tenemos Whatsapp y Zoom,» decían. «No tenemos derecho a quejarnos», agregaban.

A partir de esta discusión, se evidenció lo afortunada que había sido nuestra generación -todos treintones- al no sufrir tantos contratiempos históricos, si la comparábamos con la de nuestros abuelos e, incluso, la de nuestros padres. «Mis abuelos vivieron guerra, dictadura, crisis económica y quién sabe cuánto más», recordaba uno de los participantes. La contraparte respondió: «Claro, pero también vivían en el pueblo, en su campo, donde tenían animales y plantas; eran autosustentables, no tenían que ir al súper, ni dependían de la economía nacional para sobrevivir.»

En fin, las condiciones del encierro actual varían abismalmente de acuerdo con el contexto laboral y socio económico de cada cual y, en general, creo que sería injusto decir que ha sido fácil. Sin embargo, probablemente para los millennials, quienes estamos experimentando nuestro primer hito pandémico y crisis económica mundial, esto ha implicado un profundo cambio de estilo de vida.

Según una encuesta reciente realizada en Chile, las personas pertenecientes a las generaciones Centennials (18-24 años) y Millennials (25-34 años) están sintiendo el impacto de la pandemia de coronavirus más severamente que cualquier otra generación, en diversos ámbitos de la vida.

En lo laboral, el home office improvisado impulsará una reflexión sobre nuevos mecanismos de trabajo que pueden resultar en diversas ventajas: procesos más eficientes, disminución de costos para las empresas e, incluso, beneficios ambientales, si consideramos que el teletrabajo permite reducir las emisiones de CO2 que generan los traslados.

Sin embargo, este nuevo modelo también plantea un desafío para los millennials, un grupo que privilegia los beneficios laborales, que busca ambientes laborales atractivos, que exige equilibrio vida-trabajo. ¿Cómo hacer compatible el home office con esas exigencias?

Por otra parte, en el ámbito social, los viajes, conciertos y eventos masivos que se lucen en redes sociales deberán esperar, así como las actividades de desarrollo personal y profesional, como inversiones en educación o congresos. ¿Será momento, entonces, de que nuestra generación, acusada de superflua, aproveche este contexto para poner atención en las cosas importantes?

Como en otros países, la pandemia ha expuesto y profundizado aun más las problemáticas sociales: desde la necesidad de mejor infraestructura médica y condiciones dignas para el personal de salud; hasta la precarización del empleo y la imposibilidad de hacer cuarentenas estrictas sin ingresos garantizados.

La pandemia implica un cambio cultural que la generación millennial nunca ha debido afrontar, pero que tiene un importante componente digital que podemos aprovechar. La oportunidad para una transformación digital real es urgente en estas circunstancias, ya que puede significar la continuidad operacional de muchas empresas y el aseguramiento de las condiciones laborales de sus trabajadores.

Mientras tanto, sigamos cuidándonos para evitar ser víctimas del Covid.

Y soy rebelde

A riesgo de ser súper simplista, la figura más tradicional de un político era un hombre de mediana edad (lamentablemente, la participación femenina en política nunca ha sido mayoritaria), de saco y corbata, con facilidad de palabra, de buen contexto socio-económico, con peinado impecable y una familia feliz. Entre menos escándalos y disidencias adornaran su currículo, mejor; por algo hace sentido aquella frase de ser políticamente correctos.

Pero esta figura de perfección está siendo desafiada. Parece que estamos en la era de los políticos antisistema. Es decir, entre más excéntricos, poco convencionales y desobedientes de la norma, mejor.

Esta es, obviamente, una respuesta a la precariedad de políticos a los que nos hemos enfrentado en el pasado y que han sido protagonistas de irreparables actos de corrupción, promesas sin cumplir y rupturas de confianza.

Esta no es solo una realidad nacional. Basta ver a Brasil y Estados Unidos, por ejemplo, con figuras presidenciales cuyo factor común es ser una opción distinta a la tradición nacional: un ultraderechista contrario a la tradición de izquierda brasileña, y un empresario millonario sin experiencia en política, en contraste a la tradición partidista americana.

Como diría McLuhan, uno de los grandes profetas y teóricos de la comunicación: «La política es asistida por la imagen. El político se conforma solamente con una buena imagen, ese será el mayor logro que obtendrá».

En nuestros tiempos esa «buena imagen» requiere demostrar que no se es igual a los políticos fallidos de antes, es decir, separarse visualmente de ellos.

Además, en la era de las redes sociales, la diferenciación cobra aún más relevancia: es necesario sobresalir en el mar de estímulos que se presentan en Twitter, Instagram o Facebook. Es ahí donde hay que estar presente.

Esto explica muchos rasgos del presidente actual, quien se esfuerza por demostrar que no es «como los mismos de siempre» a través de simbolismos e imágenes: desde su vestimenta, fotos poco convencionales -como aquella en la que aparece sentado en el escritorio presidencial- y el uso de twitter como plataforma oficial de comunicación.

El Presidente domina a la perfección el arte de la comunicación y la propaganda. Tanto, que ha logrado que miles de personas repitan sus sloganes con mucha convicción y un fiel club de fans que lo defienden a capa y espada.

Nada de esto es tradicional. Sin decirlo, constantemente comunica: soy diferente. Pero, ¿es realmente diferente?

Hace falta más que ponerse la gorra hacia atrás o saber usar Twitter para demostrar ser diferente a «los mismos de siempre». Su integridad política se demostrará cuando los procesos de compra sean transparentes, cuando su familia ya no sea parte del gobierno, cuando deje de pelearse con todo aquel que tenga una opinión diferente a la suya, cuando ofrezca conferencias de prensa con más que monólogos rabiosos, cuando tenga un plan de gobierno, etc.

Nayib Bukele añora ser un político diferente ¡y eso está muy bien! pero no basta solamente con la imagen. Es su gestión lo que realmente lo hará alcanzar su propósito. Ojalá que sea la integridad el elemento que lo distinga del resto y que lo convierta en una figura memorable.

Aun quedan 4 años de gobierno del joven Bukele, donde puede demostrar que es más que un político rebelde, sin profundidad, producto de una genial campaña de marketing político.

Fondo y forma

Hace un año, luego del nombramiento de Nayib Bukele como presidente, escribí la columna «Fondo y forma». Ahí hacía énfasis en la novedad del gobernante y sus curiosas «formas», sin embargo, planteaba que habría que comprobar el «fondo» de sus acciones.

Creo que vale la pena recordar dicha columna para luego reflexionar al respecto:

«Desde el inicio de su carrera política como alcalde de Nuevo Cuscatlán, y en sus consecuentes cargos públicos, el estilo de Bukele ha estado marcado por una clara intensión de hacerse notar y verse diferente: el celeste, la gorra, los calcetines, los Facebook Live, Twitter.

Este estilo de comunicación ha logrado generar una sensación de cercanía con una masa crítica de personas que ven en su performance una esperanza, una forma diferente de hacer las cosas.

El tema es precisamente la gran diferencia que existe entre el «fondo» y la «forma». La forma, por muy relevante que sea, se limita a la superficialidad de las cosas, puede resultar interesante, pero vacía. El fondo, sin embargo, es lo que hará la real diferencia. El fondo trasciende, es el largo plazo, son las consecuencias, las implementaciones, los cambios reales. Y me refiero a gobernar.

Es fácil dejarse llevar por las formas. Sobre todo, si tenemos décadas de estar enfrentados a decepciones y tradicionalismos; a numerosos reportajes de corrupción y despilfarros. En ese contexto, obviamente esas formas de hacer las cosas que marcan una clara distinción, que se muestra atractivas, novedosas, que cuentan con seguidores y personas que las aprueban y aplauden, convencen. Por ejemplo, esos despidos públicos a través de Twitter.

Pero ojo, las formas son algo que Nayib tiene dominadas hace muchos años. Nadie puede negar que ha sabido manejar magistralmente su marca, desligándose desde el primer minuto de su ex partido, el FMLN, con el simple hecho de usar colores e insignias diferentes: el celeste y la «N» que lo han acompañado durante varios años.

El reto de este nuevo gobierno será lograr profundidad: fondo. Que sus cambios trasciendan el Twitter o la pintura de los edificios de gobierno. Sí, las formas son importantes, pero no lo son todo.

Yo deseo lo mejor para mi país. Por eso, espero que este nuevo gobierno dirigido por Bukele trascienda las formas y sea capaz de generar los cambios profundos que El Salvador necesita en términos de seguridad, salud, educación, empleo, inversión, infraestructura, calidad de vida… y tantas otras dimensiones que van más allá de la persona que está ahora a la cabeza del ejecutivo.

Nayib, mucha gente cree en vos, miles de personas han puesto su confianza en tus «Nuevas Ideas» y tenés un país lleno de necesidades y también de potencias. Demostranos con hechos que sos más que tus formas y tus tuits.»

Tristemente, un año después, lejos de profundizar en el fondo, hemos visto cómo las formas de Nayib se han ideo tornando cada vez más violentas, pendencieras, derrochadoras e incluso, berrinchudas. Todo esto, muy alejado de cualquier contenido sustancial que esté en pos de políticas públicas que sean relevantes para los salvadoreños.

Por eso, en un escenario más que retador, animo a todos los sectores de la sociedad: pymes, grandes empresas, emprendedores, ONGs, tanques de pensamiento, movimientos de la sociedad civil, a estar más unidos que nunca para entregar el «fondo» que a Nayib le ha faltado.

No era tan cool

En el mundo entero, hoy por hoy, la principal preocupación es la pandemia. Esta tiene importantes consecuencias a corto y mediano plazo; tanto a nivel sanitario, como económico.

¿En qué han estado trabajando los gobiernos de otros países? Aquí algunos ejemplos: fortalecer el sistema de salud; adquirir ventiladores, comprar tests e insumos médicos para los enfermos; entregar beneficios sociales a los trabajadores de la salud y servicios críticos; generar políticas sociales y económicas para quienes están sufriendo las consecuencias de las cuarentenas y el distanciamiento social; legislar el teletrabajo; definir mecanismos de repatriación de compatriotas varados en el extranjero; y en establecer colaboración intersectorial para planificar regresos seguros a la actividad comercial, por mencionar algunas cosas. Es decir, ¡hay mucho qué hacer!

¿En qué ha estado trabajando el gobierno de El Salvador? Pareciera que en improvisar. No hay un plan claro, tal como sucedió con el plan de gobierno, el cual nunca existió. Por otro lado, las pocas iniciativas realizadas, como la entrega de los $300 dólares, han sido esporádicas y pésimamente ejecutadas. No han formado parte de una estrategia.

En El Salvador, ha tomado más relevancia la figura del presidente -y sus desaciertos-, que la pandemia en sí misma. Entre las acusaciones infundadas a diversos países y la polémica con las pandillas, el madatario ha generado titulares internacionales como: «Bukele, el primer dictador milenial«.

El autodenominado presidente «cool» ha demostrado que, por mucho que le guste tomarse fotos en la ONU, liderar a un país en crisis requiere otras habilidades. ¡Oh sorpresa! La propaganda, las mentiras y las infinitas cadenas nacionales no son suficientes para responder a las complejidades en el manejo de un país en pandemia. Se requieren planes, estrategias, acciones y liderazgos capacitados.

Y por eso hay pitazón a las 8 de la noche. Porque parece que el único plan es generar conflictos y divisiones, intimidar, cerrar empresas, cancelar el transporte público, encerrar a toda la población sin alternativas de salud viables, con sus fuentes laborales en peligro, sin apoyo económico sostenido del gobierno y sin un horizonte claro.

El gobierno, liderado por Bukele, ha tenido al menos dos meses para hacer un plan sanitario y económico, pero, en su lugar, hemos visto una prepotencia sistemática, regaños televisados y un evidente desconocimiento de la realidad salvadoreña.

Bukele ha mostrado su verdadero rostro, sus verdaderas capacidades e intenciones: autoritarismo, cultura de miedo y mentiras. ¿Serán estas señales suficientes para que algunos de sus más fieles fanáticos recapaciten?

Mientras tanto, este es el momento para que los tanques de pensamiento, universidades, fundaciones, sector privado y otros actores expertos en políticas públicas se luzcan. Hoy más que nunca necesitamos de su experiencia para generar planes, con un verdadero sentido de país, que puedan ser entregados al gobierno y que, al menos, nos den la esperanza de que no todo está perdido.

Por otra parte, hago un llamado a los ciudadanos para que realicen una profunda reflexión acerca de la polarización que cada día incrementa en torno a Bukele. Sé que al presidente le gusta instalar odio y división, es parte de la propaganda, pero los salvadoreños ya sabemos mucho del dolor de la polarización y, aunque la crítica y la oposición son sanas para el equilibrio de poderes, evitemos a toda costa el fanatismo.

El fanatismo ciega, nubla la razón y nos convierte en la masa obediente que cualquier tirano anhela.

El virus no es excusa

El mundo se encuentra en crisis: una pandemia. El covid-19 ha venido a cambiar lo que todos conocíamos como rutina para transformarla en incertidumbre -social, económica, emocional- total.

Pero El Salvador, un país ya golpeado por la pobreza y problemáticas sociopolíticas profundas, ahora, además, enfrenta a Nayib Bukele y sus políticas anti Covid-19, que rayan en el autoritarismo.

Escribo esta columna con mucha preocupación. Estoy viviendo en un país cuyo contexto es estar inmerso en una compleja crisis social desde octubre del año pasado. La sociedad chilena está profundamente decepcionada de sus gobernantes, por lo que la relación entre sociedad civil y gobierno está muy desgastada. Chile es ahora un país cuya principal solicitud es reescribir su constitución, volver a nacer. El gobierno está absolutamente deslegitimado, con una crisis de confianza compleja en todas las instituciones y sumido en una crisis económica provocada por la paralización del país a raíz del estallido social.

Y aún así, la represión y el miedo no han sido parte de las tácticas de contención de la crisis sanitaria. Porque el miedo y la represión no son normales. Porque el miedo, las amenazas y el autoritarismo son solo propias de regímenes anti democráticos.

El mundo entero está viviendo esta crisis, pero los países cuestionados por sus prácticas represivas contra la población son escasos y son reprochables. La idea es proteger a la población del virus, que ya es bastante complejo y ya causa suficiente miedo.

Por tanto, esta crisis sanitaria no es una justificación para amenazar la institucionalidad nacional.

Aprovecharse de la situación para desautorizar a los otros poderes del estado, apresar personas a diestra y siniestra para mandarlos a las cámaras de contagio en que se han convertido los «centros de contención» y evitar la entrada de sus propios habitantes al país no es normal. Repito, no es normal; incluso en tiempos de pandemia.

Además, si esto viene seguido del penoso espectáculo de amedrentamiento al poder legislativo con soldados armados hasta los dientes y hordas enfurecidas dispuestas a atacar, estar alerta es lo mínimo.

La pandemia no será vencida por un superman «cool» con «maneras de dictador», como dice cierta columna de opinión.

Obviamente, todos los países necesitan liderazgos capaces de navegar en épocas de crisis, quienes se rodean de expertos y equipos asesores. Pero estos liderazgos no son ungidos por poderes divinos. Hace muchos años que dejaron de ser elegidos directamente por los dioses. Y tampoco tienen capacidades especiales para hablar con el más allá. Preocupa ver que ese tipo de conductas sea aplaudido en pleno 2020.

En fin. Lo que intento transmitir, viendo lo que sucede en El Salvador desde el extranjero, es una profunda preocupación no solo por los efectos de la pandemia a nivel económico, sino también a nivel político.

Mientras tanto, estar en casa se vuelve difícil, porque hay que trabajar, pero sin caer en las garras del coronavirus o de la policía, que te castigaría recluyéndote en algún centro de contención.

Que esta crisis se convierta en una oportunidad de fortalecer nuestra institucionalidad y protegerla. Pero también, para transparentar las profundas necesidades de la mayoría de la población y la urgencia de políticas públicas sólidas y reales que sean soluciones factibles para quienes más lo necesitan.

El populismo y el caudillismo no son la solución. La solidaridad, sí.

El virus que nos hace más humanos

Habíamos escuchado sobre pandemias, las habíamos visto en las películas, pero nunca habíamos vivido una, a escala mundial, con cuarentenas nacionales y miles de fallecidos.

Este paisaje apocalíptico que nos ha obligado a mantenernos encerrados, aplicar intensas medidas de limpieza y -por alguna razón desconocida- arrasar con el papel higiénico, también nos obliga a replantear las prioridades políticas, los sistemas económicos y las normas laborales actuales.

Nuestro planeta, que durante años ha sido sobre exigido a nivel ambiental, manifestando síntomas preocupantes como sequía, calentamiento global, contaminación del aire, deforestación y quién sabe cuántas cosas más, está teniendo un respiro. Esta enfermedad ha sido la única forma de disminuir la actividad comercial y productiva a nivel mundial. Sus efectos son ya evidentes.

En medio de la crisis, una persona muy sabia -mi mamá- me compartió un video que no solo resume de manera magistral la situación, sino que plantea una profunda reflexión. Me tomo aquí la libertad de transcribir ese movilizador mensaje de «Empatía viral»:

«Y así un día se llenó el mundo con la nefasta promesa de un apocalipsis viral. Y de pronto, las fronteras que se defendieron con guerras se quebraron con gotitas de saliva. Hubo equidad en el contagio que se repartía igual para ricos y pobres. Las potencias que se sentían infalibles vieron cómo se puede caer ante un beso, ante un abrazo.

Y nos dimos cuenta de lo que era y no importante; y entonces, una enfermera se volvió más indispensable que un futbolista y un hospital se hizo más urgente que un misil. Se apagaron luces en estadios, se detuvieron los conciertos, los rodajes de películas, las misas y los encuentros masivos y, entonces, en el mundo hubo tiempo para la reflexión a solas, para esperar en casa que lleguen todos, para reunirse frente a fogatas, mesas, mecedoras, hamacas y contar cuentos que estuvieron a punto de ser olvidados.

Tres gotitas en el aire nos han puesto a cuidar ancianos, a valorar la ciencia por encima de la economía, nos ha dicho que no solo los indigentes traen pestes, que nuestra pirámide de valores estaba invertida, que la vida siempre fue primero y que las otras cosas eran accesorios.

No hay un lugar seguro, en la mente de todos nos caben todos y empezamos a desearle el bien al vecino. Necesitamos que se mantenga seguro, necesitamos que no se enferme, que viva mucho, que sea feliz. Y junto a una paranoia hervida en desinfectante nos damos cuenta que, si yo tengo agua y el de más allá no, mi vida está en riesgo.

Volvimos a ser la aldea, la solidaridad se tiñe de miedo y a riesgo de perdernos en el aislamiento, existe una sola alternativa: ser mejores juntos.

Si todo sale bien, todo cambiará para siempre. Las miradas serán nuestro saludo y reservaremos el beso solo para quien ya tenga nuestro corazón. Cuando todos los mapas se tiñan de rojo con la presencia de que corona, las fronteras no serán necesarias y el tránsito de quienes vienen a dar esperanzas será bien recibido bajo cualquier idioma y debajo de cualquier color de piel. Dejará de importar si no entendía tu forma de vida, si tu fe no era la mía, bastará que te anime a extender tu mano cuando nadie más lo quiera hacer.

Puede ser -solo es una posibilidad- que este virus nos haga más humanos y, de un diluvio atroz, surja un pacto nuevo con una rama de olivo desde donde empezará de cero.»

Catfish: un país engañado

Hace varios años, MTV transmite una serie que se llama Catfish. En cada episodio, durante unos 30 minutos, los conductores se convierten en detectives modernos: ayudan a gente común y corriente a descubrir si las personas con las que hablan por internet y de quienes -en la mayoría de los casos- se han enamorado, son reales o no.

Resulta que hay mucha gente que encuentra divertido hacerse pasar por otros. Crean perfiles falsos en las redes sociales donde usan fotos de otras personas e información biográfica falsa. Estos Catfish por lo general tienen la intención de engañar a una o varias personas inocentes para que se enamoren de ellos. A veces, incluso, piden dinero a sus víctimas.

En la medida en que uno ve cada episodio es -a lo menos- evidente, que los perfiles son falsos: se rehúsan a hacer video llamadas, ponen excusas inverosímiles para no conocerse físicamente, difícilmente acceden a enviar fotografías. En fin, resulta difícil entender cómo es posible que las víctimas logren ser embaucadas.

Pero por evidente que parezca, hay muchos que caen. De hecho, son tantos los engañados que ha sido rentable que MTV tenga un exitoso programa desde 2012 en EEUU, que incluso ha sido replicado en Chile, Brasil y Colombia.

Además, cuando las víctimas se ven enfrentados a las abrumadoras evidencias que delatan a los Catfish, se niegan a aceptar que sus enamorados/as son falsos. Inventan excusas, dan explicaciones, crean razones inverosímiles para justificar las mentiras de quienes creían amar.

Pero al final, en la gran mayoría de los casos, la verdad sale a flote: las víctimas terminan por aceptar que sus amados no son quienes dicen ser. La mentira se descubre, los Catfish dan la cara. Por lo general, no se parecen en nada a quien fingen ser. A veces piden disculpas, en otras ocasiones se indignan o se enojan al ser descubiertos. Luego, la víctima se arrepiente de todo el tiempo que perdió y todos aprenden una lección.

Una de esas lecciones es que las redes sociales aguantan con todo. Si son usadas hábilmente y se conjugan con una audiencia fácilmente manipulable, con carencias específicas o dolencias profundas, pueden crear la ilusión de una realidad alternativa, donde Catfish es un héroe: alguien que los escucha, los entiende, los enamora.

Mientras veía este programa la semana pasada, pensé: Nayib Bukele es el maestro de todos los Catfish. Ha dominado el arte del engaño a través de las redes sociales y sus víctimas son todo un país.

Usa las redes sociales para presentarse ante una audiencia manipulable, adoptando tantas personalidades como le parezca conveniente; ilusiona a sus seguidores, los enamora, diciéndoles lo que quieren escuchar; difícilmente da la cara, prefiere gobernar desde las redes sociales sin enfrentarse a la prensa; le gusta tener el control de lo que publica, para que nadie detecte qué es verdad y qué no; cuando lo confrontan, se enoja y hace berrinches si no le dan lo que quiere; tiene una masa de seguidores adormecidos, a quienes es imposible convencer que están siendo engañados, por más evidencias que se les presenten.

En fin, nuestro Presidente es una especie de Catfish y nos está haciendo perder el tiempo a todos.

Ojalá sus aires de autoritarismo millenial no pasen desaparecidos y después no nos preguntemos: ¿cómo no nos dimos cuenta?

Estallido en pausa

En Chile hace calor. En el cono sur, el verano está en apogeo, por tanto, muchos chilenos están de vacaciones. Esto ha producido una delicada sensación de normalidad en medio del estallido social.

El desempleo ha llegado al 8,8%; 116 proyectos de Ley han sido ingresados desde que Chile despertó el 18 de octubre, más de 30 de ellos están vinculados con orden público y seguridad; 9 proyectos han sido despachados a Ley y, más de 22 mil personas han sido detenidas en el contexto de las protestas.

Estas cifras generan molestia: el gobierno se ha concentrado a reprimir, dicen, y no a resolver las solicitudes en torno a las peticiones que buscan un Chile más justo. Reflejo de esto es que el Presidente Piñera gobierna con un 82% de desaprobación. Sí, 82%. Ah, pero los diputados cuentan con el 2% de confianza.

Las protestas han disminuido en intensidad. Pero este descanso seguramente responde al periodo estival. Ya circulan en redes sociales diversos videos que convocan a un paro nacional el 8 de marzo, fecha emblemática, tanto por ser el día de la mujer como por ser el primer mes del año en que el país vuelve a funcionar en pleno: colegios, universidades y empresas vuelven de vacaciones.

Según la encuesta de opinión CADEM, el «Apruebo» a la nueva Constitución llega al 67%. En abril sabremos qué tan acertado es este porcentaje. Sin embargo, cómo se votará esta aprobación o rechazo a la nueva carta magna está aun por decidirse. El gobierno propone que la convención constituyente se elija con listas cerradas en que no se vote por personas, sino por partidos políticos. Sin embargo, los partidos políticos tienen un 2% de aprobación, por lo que esta opción es -a lo menos- absurda, como señala el periodista Daniel Matamala en su columna «La hora del populismo».

¿Qué pasará? Tenemos hasta abril para averiguarlo -al menos en lo que respecta a si se aprueba o rechaza la nueva constitución-. Y así, ¿qué pasará? es la pregunta interminable que marca esta histórica etapa que vive el país.

¿Qué pasará con el pago de las carreteras, con las pensiones, con la salud, con la educación, con las pruebas universitarias, con el metro, con los impuestos, con el gobierno? El estallido social ha sido una instancia obligada de reflexión para todos, chilenos y extranjeros, que nos preguntamos hacia dónde se dirigirá Chile cuando los proyectos de Ley avancen y la constitución se renueve.

Según la encuesta CADEM, 37% de la población se siente optimista o muy optimista sobre el futuro del país y curiosamente, casi el mismo porcentaje, el 38%, se siente pesimista o muy pesimista al respecto.

Como es obvio, este ambiente de incertidumbre es atractivo para algunos y desconcertante para otros -como yo-, quien veía en Chile un país pujante, estable y seguro. Ahora, sigo este proceso de transición considerándolo incluso utópico -aunque valiente-, por alcanzar un nuevo modelo que nadie sabe muy bien cómo se financiará, ni qué contemplará con exactitud, pero que ha marcado un precedente empoderando a la ciudadanía desde hace 3 meses.

Mientras tanto, el estallido está en pausa, como agarrando fuerza para reclamar lo que considera justo y para hacer de este largo y angosto país, uno más equitativo.