Estados Unidos supone el 5 % de la población mundial, pero posee casi la mitad de todas las armas civiles. El apoyo a este derecho permanece inquebrantable, a prueba de masacres. En un mes y medio, se han registrado 30 tiroteos múltiples, según la organización Gun Violence Archive.

Más de 1,800 muertos por violencia armada en EUA solo en 2018

Un reportaje de El Pais

Fotografías de Agencias y Archivo

Víctimas. Entre los 17 muertos en la masacre de Parkland, hay 14 estudiantes y tres empleados de la escuela.

Daniel Journey estaba en clase de música ensayando con el fagote, su instrumento musical de viento, cuando escuchó una alarma. “Pensamos que era un simulacro de incendio, dejamos de tocar y salimos al pasillo. Pero inmediatamente nos gritaron que nos metiéramos dentro del salón otra vez. Entonces creímos que era un simulacro de tiroteo. Otros alumnos entraron. Éramos unos 70, todos recogidos hacia el final del aula. Estuvimos unos 20 minutos ahí parados pensando todavía que era un simulacro. Hasta que un compañero nos enseñó su teléfono y vimos que estaban matando gente en la escuela. Ahí empezaron los gritos”.
Daniel, de 18 años, alto y espigado, explicaba a las 9 de la noche en las cercanías del instituto Stoneman Douglas la experiencia de terror que había vivido en carne propia horas antes. Sacó su teléfono y mostró el video que grabó del momento en que las fuerzas de asalto policiales entraron a rescatarlos. Era un escenario improbable. Los estudiantes levantando las manos. Los sobrios atriles con las partituras abiertas. Los diversos instrumentos posados con orden en el suelo. Los agentes empuñando metralletas, preguntando si había heridos. Era el escenario de una pesadilla escolar. La que provocó el miércoles de San Valentín un joven llamado Nikolas Cruz. El escenario de una pesadilla americana.

Armas en casa. El 30 % de la población adulta es propietaria de alguna pistola o fusil, el 36 % no posee ahora pero afirma que podría hacerlo en el futuro, y tan solo un 33 % lo descarta.

El 14 de febrero de 2018 quedará marcado como una nueva fecha fatídica en la incesante historia de las masacres por arma de fuego en Estados Unidos. Ese miércoles fue Parkland, una localidad de Florida de unos 30,000 habitantes que por la noche –haciendo excepción de la Policía y sus luces, de los medios de comunicación desplegados, del hélicoptero que pasaba de vez en cuando por el aire– había regresado a su estado natural. Un lugar tranquilo, acomodado, donde se pueden contemplar nítidas las estrellas por la noche mientras suenan alrededor los grillos.
Las boyantes viviendas unifamiliares próximas al instituto se veían como se pueden ver cualquier día de semana corriente. Resguardadas tras las vallas de sus urbanizaciones privadas con caseta de seguridad. Algunas a oscuras, otras iluminadas. Grandes pantallas de televisores brillando en las salas de estar. Eso era esta noche el entorno de la secundaria Stoneman Douglas, a la que impedía aproximarse más la policía; la escuela de Parkland donde Cruz asesinó al menos a 17 personas armado con un fusil de asalto. Por la noche, él estaba detenido. Y Daniel lo recordaba.
—Lo conocía hace años, pero nunca fuimos amigos. Siempre andaba activando las alarmas en la escuela, desde que tenía 13 o 14 años.
—¿Hacía sonar las alarmas?
—Sí, lo hizo muchas veces.
—¿Por qué?
—No lo sé. Solo sé que hacía eso. Estaba loco. Es un tipo que acabó matando a 17 personas.
Cerca de ahí, unos minutos más tarde, llegaba a un supermercado Ernesto Robles, de 59 años. Contaba que su hija Angie, una adolescente que estudia en otro colegio de Parkland, había estado recibiendo mensajes de su amiga Emily durante la masacre. “Mi niña me llamó por teléfono y me dijo: ‘Papá, Emily me está texteando y me dice que en su escuela están matando gente a tiros’. Gracias a Dios que Emily se pudo esconder y sobrevivó”, dice Robles. “Ahora Angie hace unas horas que no habla con ella porque la mamá la metió en casa y no quiere que hable por teléfono. Para que se calme la pobre”. Este vecino dice que la amiga le habló a su hija de Nicolás Cruz tras la masacre. “Dijo que era calmadito, pero que era un muchacho que siempre andaba solo y debía de cargar mucha rabia por dentro”. Antes de continuar hacia el súper, Robles dijo: “Hay un chamaquito latino que están buscando. No saben aún si está vivo”.
En adelante, desde este jueves, 15 de febrero de 2018, día después de la sangría de Parkland, Cora Journey, de 51 años, madre de Daniel, piensa darle un beso a su hijo cada mañana antes de que salga de casa. “Después de algo así, todo cambia. Lo ves todo de otra manera”, suspiraba. Supo del tiroteo trabajando en su oficina. Llamó a Daniel. Daniel no respondió. Escribió a Daniel. Daniel no respondió. Pasaron 10 minutos. Cora Journey, en su oficina, rompió a llorar. Cada minuto que pasaba, cada segundo más bien, la angustia crecía en su pecho como una bomba a punto de explotar. Cuando entró el mensaje de su hijo –Estoy bien. Estoy escondido–, la bomba se desactivó como un soplo instantáneo. Cora Journey solo acierta a decir una palabra para expresar qué sintió esos 10 minutos: “Muerte”.
Daniel Journey transmitía la serenidad del que aún no se ha alejado lo suficiente de un abismo de miedo e irracionalidad. Del que vio pasar a su lado algo tan terrible que no se puede concebir. “Imagino que mañana o en los días que vienen me daré cuenta de lo que pasó hoy”, dijo. A esas horas ya se había enterado de que tres amigos que conocía desde que llegó a la escuela habían sido asesinados.
Mientras el estudiante vaya digiriendo la barbaridad que le tocó vivir, podrá ver en sus redes sociales durante unos días el cíclico pico de debate americano sobre las masacres y los problemas del fácil acceso a las armas. Él dice: “Esta vez tiene que haber una gran discusión. No puede ser que un chico de 19 años pueda agarrar un rifle de asalto y plantarse en un instituto disparando a la gente”.

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Actos generosos. En Parkland, el entrenador de fútbol americano murió haciendo de escudo humano.

LAS ESTADÍSTICAS SON UN DURO GOLPE de realismo detrás de la epidemia de violencia armada que sacude sin fin a EUA. En el primer mes y medio de 2018 han fallecido en ese territorio 1,816 personas por violencia armada, según los últimos datos del registro de la organización Gun Violence Archive. Eso equivale a una media de 40 muertos al día.
En escasas seis semanas, otras 3,125 personas han resultado heridas por disparos. Ha habido 30 tiroteos masivos, que reciben esa consideración cuando hay al menos cuatro muertos. La organización no incluye en sus estadísticas a los fallecidos por suicidio. Dentro de esos parámetros, la entidad estima que 15,590 personas murieron por armas de fuego en 2017 en la primera potencia mundial.
La avalancha de muertos por violencia armada convierte a EUA en una anomalía en el mundo desarrollado. No hay una cifra exacta de cuántas armas de fuego hay en manos de civiles en el país, pero se calcula que son unas nueve por cada 10 ciudadanos. Es la proporción más alta del planeta. El Servicio de Investigación del Congreso calculó, en un estudio de 2012, que tres años antes había unos 310 millones de armas. La población estadounidense es de 321 millones de habitantes.
La Constitución estadounidense ampara el uso de las armas de fuego, que muchos consideran parte del ADN nacional. Sus defensores recelan de cualquier cambio que dificulte la compraventa por una combinación de temor al intervencionismo del Gobierno y la creencia de que las armas son necesarias para defenderse. El presidente Donald Trump y los republicanos defienden esa posición. Cada matanza acentúa la brecha con el colectivo que opina lo contrario: que para atajar la epidemia de violencia lo que hay que hacer es limitar el acceso a pistolas y rifles.
El ritual se repite tras cada matanza en los últimos años. Inicialmente, impulsado sobre todo por políticos demócratas y organizaciones sociales, se reabre el debate sobre un mayor control a las armas de fuego. Pero se tarda poco en que el debate decaiga por la falta de consenso entre los legisladores propiciado por el rechazo de muchos políticos conservadores y la presión del poderoso lobby de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas inglesas).
El último cambio legal significativo en todo EUA es de 2007, cuando se amplió la prohibición de venta a personas con trastornos y delincuentes. Las mayores restricciones en los últimos años las han impulsado los estados.
En un primer momento, la muerte en 2012 de 20 niños y seis adultos en una escuela de Connecticut pareció un punto de inflexión. El entonces presidente, el demócrata Barack Obama, propuso extender el control de antecedentes, prohibir los rifles de asalto y limitar el número de balas. Pero no logró los votos suficientes en el Congreso.

Supo del tiroteo trabajando en su oficina. Llamó a Daniel. Daniel no respondió. Escribió a Daniel. Daniel no respondió. Pasaron 10 minutos. Cora Journey, en su oficina, rompió a llorar. Cada minuto que pasaba, cada segundo más bien, la angustia crecía en su pecho como una bomba a punto de explotar. Cuando entró el mensaje de su hijo –Estoy bien. Estoy escondido–, la bomba se desactivó como un soplo instantáneo. Cora Journey solo acierta a decir una palabra para expresar qué sintió esos 10 minutos: “Muerte”.

Tampoco cambió nada la muerte de 49 personas en 2016 en una discoteca de Orlando, en ese momento el peor tiroteo múltiple en EUA. Un simpatizante yihadista empuñó un rifle semiautomático. Resurgió el debate sobre la prohibición a la venta de esos fusiles, que se había levantado en 2004, pero superada la conmoción y varios votos fallido, el impulso reformista decayó.
Y tampoco ha alterado suficientemente las conciencias de los legisladores nacionales la muerte de 58 personas en octubre pasado en Las Vegas, el peor tiroteo de la historia del país. Un hombre abrió fuego desde la ventana de su hotel a los congregados en un festival de música country. Tenía una veintena de armas y trucó algunas de ellas para hacer que los rifles semiautomáticos dispararan con la potencia de un automático. En los días posteriores a la matanza, la cúpula republicana del Congreso e incluso la NRA apoyaron dificultar la venta del objeto utilizado para alterar los rifles, pero el debate se ha difuminado desde entonces.

Probablemente, esta vez será como siempre. Habrá debate. Se apagará el debate. Y sin embargo dentro del estudiante Daniel Journey, y otros como él, el trauma seguirá vivo. Talvez siga demasiado vivo la próxima vez que haya una matanza en una escuela o en cualquier otro punto de Estados Unidos. En un suburbio acomodado como Parkland o en un pueblito pobre y somnoliento como Sutherland Springs (Texas), donde el pasado 5 de noviembre otro tipo problemático, este llamado Devin Patrick Kelley, de 26 años, entró en una iglesia baptista y se llevó por delante a tiros a 26 personas
Volverá a ocurrir y volverá el debate y volverá la policía a asegurar escenas del crimen y los periodistas a rondarlas. Y en el trasfondo de todo, repicará siempre el mismo sonido. Ta-ta-ta-ta-ta. Y no. No será un simulacro. Será esto: una vez más.

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DE LA MATANZA DE PARKLAND ha emergido una figura heroica. Herido otra vez por su cara más amarga, la violencia enfebrecida de individuos con armas de fuego, EUA ha señalado el envés de la moneda en la figura de uno de los asesinados en el instituto: Aaron Feis, el entrenador de fútbol americano de la escuela que se interpuso entre Nikolas Cruz y dos alumnos. Él recibió los balazos y murió tras ser trasladado al hospital. De 37 años, casado y con una hija, era muy querido por los estudiantes.
Hace poco más de una semana, la policía local publicó la lista completa de las víctimas mortales. Son 14 estudiantes de entre 14 y 18 años y tres empleados, ocho mujeres y nueve hombres.
Los otros dos adultos asesinados son Chris Hixon, de 49 años, director de atletismo del instituto, y Scott Beigel, de 35, profesor de Geografía. Beigel tuvo la valentía de abrir el aula donde se encontraba para permitir que entrasen más estudiantes. Cuando estaba cerrando de nuevo, Cruz le disparó.
Siete de los alumnos muertos eran de primer año. Tenían 14 años:

Alyssa Alhadeff, una chica extrovertida que jugaba en el equipo de soccer (fútbol) y que el martes había hecho un gran partido, según su madre, “el mejor de toda su vida”.
Alex Schachter tocaba el trombón en la banda escolar y es descrito por su padre como “un encanto de niño”. Extrañaba a su madre, quien falleció cuando él tenía cinco años. Un hermano suyo sobrevivió al tiroteo.
Cara Loughran, cuya muerte lloró su tía Lindsay en Facebook: “Esto no le debió haber pasado a nuestra sobrina ni debe pasarle a otras familias”. Era un estudiante destacada que adoraba ir a la playa.
Gina Montalto, quien estaba en un grupo femenino de coreografía. “Mi corazón está roto en pedazos”, escribió uno de sus instructores. “Era el alma más bella que he conocido”.
Martín Duque. Su hermano Miguel posteó este jueves: “No tengo palabras para describir mi dolor. Te amo, hermano, y siempre te extrañaré”.
Jaime Guttenberg. Fred, padre de esta estudiante, anunció la muerte de su “bebé”. “Estoy destrozado e intento pensar cómo mi familia va a conseguir superarlo”. Jaime tenía un hermano, Jess.
Alaina Petty. Su tía abuela Claudette escribió: “No hay hashtags para momentos como este. Solo tristeza”.
Dos de los estudiantes tenían 15 años:
Peter Wang, “el típico niño que se haría amigo de cualquiera”, dijo su prima Lin Chen. Estaba enrolado en un cuerpo de adiestramiento promovido por las Fuerzas Armadas para ayudar a formar estudiantes. El día de su muerte vestía el uniforme. Su primo Aaron Chen, un año mayor y preocupado por protegerlo del bullying, dijo que Peter abrió una puerta para que otros compañeros pudieran escapar.
Luke Hoyer. Murió en la tercera planta de la escuela. Su tía Mary escribió: “Nuestro Luke era un niño precioso que ayer simplemente fue a la escuela sin saber lo que le esperaba”. Admirador de los cracks del baloncesto LeBron James y Stephen Curry. Las últimas Navidades las pasó con toda su familia en Carolina del Sur. Dicen que, como era habitual en él, no paró de contar chistes e historietas.
La única víctima mortal con 16 años es Carmen Schentrup, quien en 2017 fue semifinalista de un concurso nacional de talento escolar.
Tres alumnos tenían 17 años:
Joaquín Oliver, natural de Venezuela. Llegó a EUA con tres años y era ciudadano americano desde el año pasado. Era muy apegado a su madre y a su hermana. Su novia, Victoria, confirmó su muerte. Como muchos no sabían pronunciar su nombre en español, le quedó el alias “Guac”. Deportista y lector. Jugaba en un equipo de baloncesto de Parkland y le encantaba escribir poemas en un cuaderno.
Helena Ramsay. Curtis Page Jr., un conocido, escribió de ella: “Era una chica inteligente, con buen corazón y considerada. Era una chica amada y que amaba todavía más”.
Nicholas Dworet. Excelente nadador, tenía garantizada una beca para ir a estudiar y practicar su deporte en la Universidad de Indianápolis. Quería ser fisioterapeuta. Jason Hite, entrenador de natación de esa universidad, ya lo esperaba. Dijo que proyectaban que llegase a ser el líder de su equipo.
Por último, la única víctima mortal con 18 años: Meadow Pollack. Planeaba ir a la Lynn University, en Florida. Su padre, Andrew, dijo que era “increíble” y con “mucha fuerza de voluntad”. Trabajaba en el taller de reparación de motos de la familia de su novio. Su amiga Gii Lovito pidió una oración por esta “chica asombrosa”. “Creció conmigo y se convirtió en mi mejor amiga”, agregó.

En el último Black Friday, ese famoso día de descuentos de locura que hacen las tiendas después de Acción de Gracias, se batió el récord histórico de venta de armas en un solo día. El FBI recibió 203,086 solicitudes de información de antecedentes de estadounidenses que querían hacerse de pistolas y fusiles, según adelantó USA Today.

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Es una secuencia conocida, un guion macabro: se produce un tiroteo masivo, el mundo mira a Estados Unidos con estupor y una parte del país clama por más controles a la posesión de armas. Y justo durante esos mismos días, suben las ventas. Ocurrió tras la matanza de niños en una escuela de Connecticut, en 2012, se repitió tras la sangría de aquel concierto del pasado octubre en Las Vegas y resulta fácil adivinar que sucederá lo mismo con el instituto de Parkland (Florida). Cuando el defensor de las armas teme que una tragedia puede llevar a los legisladores a acordar restricciones, se lanzan a comprar de forma preventiva. El dato muestra lo inquebrantable de la cultura de las armas, inmune a las masacres: el país supone menos del 5 % de la población mundial, pero posee casi la mitad de todas las armas privadas.
En el último Black Friday, ese famoso día de descuentos de locura que hacen las tiendas después de Acción de Gracias, se batió el récord histórico de venta de armas en un solo día. El FBI recibió 203,086 solicitudes de información de antecedentes de estadounidenses que querían hacerse de pistolas y fusiles, según adelantó USA Today. Dos semanas antes, un hombre llamado Devin Kelley se había presentado una iglesia de Sutherland Spring (Texas) y matado a 26 feligreses que asistían en el servicio del domingo.
La adhesión de los estadounidenses al derecho a las armas, consagrado en la segunda enmienda de la Constitución, se ha mantenido en el mismo (alto) nivel durante años, sin altibajos demasiado significativos. El 30 % de la población adulta es propietaria de alguna pistola o fusil, el 36 % no posee ahora, pero afirma que podría hacerlo en el futuro y tan solo un 33 % lo descarta, según datos de Pew Research del pasado verano.
Un argumento que suelen esgrimir los activistas, con la Asociación Nacional del Rifle a la cabeza, consiste en que la mayor parte de muertes con armas se producen en sucesos no masivos y que, en esos casos, las armas suelen ser ilegales, con lo que una regulación distinta no cambiaría nada. Pero el fenómeno de los tiroteos masivos es algo demasiado acentuado en Estados Unidos como para no vincularlo a esa excepcional proliferación de armas en manos civiles.
Adam Lankford, profesor de la Universidad de Alabama, analizó los datos de posesión y de matanzas de una lista de 171 países y se topó con que el 31 % de las masacres de entre 1966 y 2012 se había producido en suelo estadounidense. “Estados Unidos, Yemen, Suiza, Finlandia y Serbia son los países con más armas per cápita y en el estudio figuran entre los 15 con más tiroteos”, afirma el académico.
En tan solo mes y medio ya han muerto 1,816 personas por violencia con armas, según la organización Gun Violence Archive. Y en centros educativos se ha producido al menos cuatro tiroteos desde que comenzó 2018, de chicos que toman un fusil y se presentan en el instituto para matar. La lista de tiroteos masivos sucedidos está llena de atrocidades de este tipo, por eso es habitual ver arcos de seguridad a la entrada de muchos institutos e incluso guardias de seguridad armados. En Parkland había un agente este miércoles, pero no pudo frenar a Nikolas Cruz. El chico que ha matado a 17 personas poseía el arma de forma legal, pese a que el FBI había recibido alertas y había investigado al joven.

Homicidios múltiples. De una lista de 171 países que han registrado masacres, el 31 % de las ocurridas entre 1966 y 2012 se produjo en suelo estadounidense.
Masacres

 


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