«Las Doñas», mujeres unidas contra la violencia en Medellín

La ciudad de Medellín, hoy reconocida por su innovación y hospitalidad, esconde la memoria de uno de los capítulos más oscuros de la violencia en Colombia. Sin embargo, es también allí donde el dolor del pasado ha logrado convertirse en el motor de una resistencia de cientos de mujeres que hacen frente al poder de los armados. Madres que ya no están dispuestas a perder más hijos.

Fotografías de EFE
Trabajo. En las jornadas de siembra participan hombres y mujeres de todas las edades. Uno de las objetivos de las doñas es transmitir a sus integrantes más jóvenes la importancia de relacionarse con la tierra.

Se hacen llamar el «Partido de las Doñas». Un nombre simbólico, pues no se trata de una organización política, sino de un colectivo de 900 personas, entre ellas madres, abuelas e hijas, unidas con el fin de compartir sus vivencias y trabajar en pro de la conservación de la memoria y el desarrollo de sus comunidades.

«Somos un grupo de mujeres que le decimos NO a la violencia, porque hemos perdido muchos seres queridos por esta situación, por tanto conflicto […] No somos partido político. Nosotras no tenemos patrocinio de ninguna forma», explica a Efe Rosadela Tejada, líder del Partido de las Doñas.

En cuanto a las acciones que estas mujeres realizan en las distintas comunas de Medellín, son varias y siempre tienen la intención de enseñar y abrir un espacio para el diálogo y la reflexión, según indica Tejada. Algunas veces bordan o tejen, otras cocinan y siembran jardines «para recuperar algunas zonas olvidadas».

«Somos mujeres que hemos perdido seres queridos por la violencia. Es muy importante contar nuestro punto de vista, porque el dolor compartido se hace más breve. Nosotras vamos, nos contamos las historias, lloramos, nos reímos, relatamos anécdotas y eso nos ayuda a mitigar el dolor», añade Tejada.

De igual manera, el porqué llamarse Doñas también tiene un significado de resistencia. Según cuenta a Efe Laura Richis, docente e integrante del partido, se trata de «un reconocimiento», porque «una doña es una mujer que transmite, es una mamá jodona que tiene que construir con sus hijos una forma de vida, de cómo negociar el conflicto dentro y fuera de su propia familia».

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INUNDAR BARRIOS CON ARTE, MEMORIA Y PEDAGOGÍA SOBRE EL ROL DE LA MUJER

La historia de las Doñas se empieza a escribir en 2018, gracias a una alianza entre algunas lideresas de la Comuna 13 y Agroarte, una fundación que se dedica a realizar acciones de memoria y resistencia por medio de la siembra y el hip hop en la ciudad de Medellín.

De ahí en más, el proyecto se fue expandiendo hasta ser lo que es hoy: una red de 900 personas con presencia en muchos territorios que antes eran propiedad de la guerra. Uno de ellos, el barrio Pablo Escobar, el mismo que fue erigido por los narcos en los 80’s con el nombre de «Medellín sin tugurios» y que hoy viste frondosos jardines y coloridos murales gracias a las Doñas.

«La siembra y el tejido son actividades que tienen una simbología muy importante en el sector donde nos encontramos», manifiesta Richis. Precisamente por eso, asegura, «las Doñas son muy dadas a sembrar, pues las mujeres están cargadas de memoria y son muchas las que son transmisoras de las costumbres dentro de sus propias familias».

En ese sentido, una de las finalidades del partido de las Doñas es generar un impacto en la vida de sus integrantes más jóvenes. La idea es, según Richis, «enseñarles la autonomía que debe tener la mujer, por ejemplo, desde el aspecto económico: cómo defender su pensamiento y cómo asegurar su supervivencia y no someterse a la violencia».

«El fin en sí que tiene el colectivo de mujeres de las Doñas es empoderar ese papel que tiene la mujer en los territorios. Por ejemplo, de la Comuna 13, uno sabe que la mayoría de las que llegan ahí son mujeres desplazadas de la violencia, porque son mujeres que quedan viudas y buscan un territorio que poblar», precisa Richis.

En ese sentido, según la docente medellinense, lo importante es inundar los barrios con expresiones de arte y memoria y con pedagogía sobre el rol de la mujer en el hogar, «pues hay muchas tradiciones que se hacen en familia y cuando falta la abuela o la mamá, se dejan de hacer».

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SEMBRAR LA SEMILLA DEL DIÁLOGO

Existe una historia legendaria en la Comuna 13 de cuando una mujer agitó una bandera blanca en pleno curso de la Operación Mariscal, en 2002, abriéndose paso entre las balas para rescatar a su hijo que yacía herido en el suelo. Se trató de una de las 10 operaciones militares que realizó ese año el Ejército colombiano en la zona y que terminó con la muerte de cuatro niños, cinco adultos y dejó a 37 más heridos.

Este particular evento, al que de inmediato se sumaron decenas de vecinos ondeando cuanto trapo blanco tenían en casa para que se acabara dicha barbarie, es lo que hoy se conoce como «la marcha de los pañuelos blancos».

Las Doñas, por su parte, no son ajenas a estos capítulos de violencia. Según Richis, «muchas de ellas vienen de unos colectivos anteriores como «Mujeres Caminando por la Verdad», que son las madres víctimas de la Operación Orión», otra incursión del Ejército que dejó como saldo un número desconocido de muertos y desaparecidos en la Comuna 13.

Igualmente, al colectivo se suman mujeres víctimas de las demás operaciones militares, así como de la violencia ejercida por los diferentes actores del conflicto armado.

Frente a eso, Richis afirma que hay que tener en cuenta que «la mujer en el conflicto juega un papel muy distinto al del hombre». Esto, dado a que «lamentablemente son los hombres los que más fallecen debido a la guerra, a las mujeres les toca asumir el cómo sostener a la familia y cómo regular el mandato dentro de la misma».

Aún así, aunque activo, «el rol de la mujer tiene que ver más con la conciliación. Son poquitas las mujeres que se ponen a pelear y más las que llaman a conciliar. Desde el poder de la palabra las mujeres podemos negociar y llegar a una solución de un conflicto», agrega Richis.

Ese es precisamente el papel de las Doñas en Medellín: sembrar la semilla del diálogo y refundar sus barrios con muestras de memoria. Una resistencia de mujeres que, como bien lo dice Rosadela Tejada, «comparten una herida que quizás nunca se va cerrar», pero que bien si le pueden hacer frente conversando sobre su dolor y resignificando sus territorios.

«Un proceso de catarsis colectiva al que cada vez se unen más y más mujeres», remacha Tejada.

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