El tráfico de cocaína ha descendido de manera especial en el Perú, donde, según los expertos, más del 90 % del negocio está paralizado.

El narcotráfico en tiempos del coronavirus

Un reportaje de Héctor Estepa / El Comercio / GDA / Perú

Fotografías de Agencias

Bajón. Aunque el precio de un kilo de hoja de coca en el Perú ha bajado hasta casi en un 50 % desde enero, los líderes de las organizaciones criminales se resisten a dejar morir el negocio.

Carreteras cortadas. Fronteras cerradas. Cientos de millones de personas confinadas y las finanzas mundiales camino de la ruina. El coronavirus está cambiando el planeta y ha diezmado las cuentas de sectores tan importantes como el de los combustibles. Pero también la economía sumergida se está viendo afectada. El narcotráfico, negocio en las sombras por excelencia, está sintiendo los efectos de la cuarentena decretada en la mayoría de los países latinoamericanos.

«Hay pequeños trasiegos por la selva de Puno y en el trapecio amazónico, pero en el resto del país hay un control absoluto. El tráfico aéreo, que era una constante con Colombia y Brasil, se ha paralizado», comenta Pedro Yaranga, analista en seguridad estratégica.

«El Vraem, que produce el 75 % de la droga que sale del país, es la zona más controlada. Pero no por el control del Ejército ni de la policía, sino por el de la población misma, organizada por los comités de autodefensa. Han impuesto un control estricto, hasta el punto de que por ahora allí no hay un solo caso de covid-19″, añade el experto.

El efecto del confinamiento de las comunidades es el descenso del precio de la hoja de coca, la pasta básica y clorhidrato de cocaína. Por ejemplo, el kilo de pasta base costaba unos $1,200 antes de la cuarentena. Ahora, se comercia por menos de $300. «Nadie compra. Lo único que se menciona es que los que tienen buenos capitales han comprado y lo están guardando bajo tierra para cuando se recupere», cree Yaranga.

Materia prima. De un 25 %ha sido el descenso, desde abril, de un kilo de clorhidrato de cocaína en el país.

En la vecina Colombia, el mayor productor y exportador mundial de cocaína y que alberga más de 212,000 hectáreas plantadas con hoja de coca, la situación es diferente. «El coronavirus ha cambiado las reglas en las zonas en que el Estado tiene control. Pero allá donde las organizaciones criminales están en dominio, no ha habido tantos cambios, y se siguen registrando incidentes de violencia y confrontación», explica Daniel Rico, investigador colombiano de economías criminales.

Aunque el flujo de cocaína por el Perú no es el mismo que antes de la cuarentena, los expertos aseguran que las mafias tienen abastecimiento suficiente como para continuar inundando el mercado. «La droga producida en Colombia puede tardar hasta dos años en distribuirse en Estados Unidos, y llevamos dos años con los picos más altos de producción. Hay inventarios en Colombia. También en los puntos intermedios, que son Centroamérica y México, y en el mercado final», declara Rico.

El comercio internacional sigue funcionando, y las mafias continuarían aprovechando envíos para colar la droga en los contenedores. «La economía ilegal siempre encuentra otras opciones, y esta situación no va a ser determinante. Lo único que sería decisivo es una reducción en la demanda», comenta Rico.

A pesar de que bares y discotecas están cerrados, los microtraficantes en EUA. y Europa estarían utilizando redes de envío a domicilio para colar droga e intentar mantener el negocio.

“El coronavirus ha cambiado las reglas en las zonas en que el Estado tiene control. Pero allá donde las organizaciones criminales están en dominio, no ha habido tantos cambios, y se siguen registrando incidentes de violencia y confrontación”, explica Daniel Rico, investigador colombiano de economías criminales.

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En México y Centroamérica

Los países de tránsito en Centroamérica han instaurado férreas medidas de cuarentena, especialmente El Salvador. «El cierre de fronteras, las restricciones a la movilidad y la suspensión prácticamente total de vuelos comerciales han dificultado el transporte de drogas hacia el norte. En los vuelos iban las mulas o burriers, donde fluían pequeñas cantidades», expone Tiziano Breza, analista en Centroamérica del International Crisis Group.

En México, la última escala de la droga, podrían generarse tensiones entre los más de 200 grupos que se dedican al narcotráfico si la cocaína deja de fluir, creen los expertos. Los grupos más pequeños, cuyas economías son más frágiles, quedarían debilitados, y los más grandes se verían tentados a iniciar conflictos violentos para arrebatarles las plazas.

Los asesinatos no se han reducido en México ni siquiera durante la época de distanciamiento social. Marzo fue el mes más violento de la historia del país, desde que hay registros, con más de 3,000 homicidios.

Los cárteles mexicanos han sido especialmente afectados por el cierre de empresas fabricantes de químicos en China, al ver dificultada la adquisición de materias primas indispensables para la producción de metanfetamina, fentanilo o heroína, drogas muy lucrativas para las mafias del país norteamericano.

El Gobierno de Estados Unidos incrementó la presencia de los cuerpos de seguridad en la frontera mexicana tras la llegada de la pandemia. La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza ha reducido, en cambio, los decomisos de droga, lo que ha llevado a parte de los analistas a pensar que los narcotraficantes han detenido sus envíos.

Algunos son más cautos. «La reducción puede deberse a una adaptación al contexto y a un cambio en las modalidades en que se intentan introducir estos productos. También, por supuesto, a una disminución de la entrada, porque han aumentado los costos en toda la cadena», comenta el analista Breza.

Los cárteles mexicanos están, mientras tanto, intentando ampliar su base social, con envíos de víveres a la población más necesitada de las zonas que controlan. Las autoridades temen que los narcotraficantes sustituyan al Estado en varias regiones durante la crisis. La evolución de la situación dependerá, probablemente, de la evolución de la pandemia.

Sin ceder. La droga no pasa, pero la criminalidad no ha bajado. La delincuencia organizada mantiene control sobre los territorios a punta de actos violentos.

 


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