Fue parte del equipo de periodistas que destapó el escándalo por acoso y abuso sexual del productor más poderoso de Hollywood: Harvey Weinstein. Ahora está presentando su primer libro, uno en el que analiza la manera en la que se están estableciendo las relaciones entre los países

Ronan Farrow y el fin de la diplomacia

Una entrevista de AP

Fotografías de AP

Ronan Farrow

Ronan Farrow solo tiene 30 años pero ya ha estudiado Derecho y ha trabajado durante varios años en las Naciones Unidas y el Departamento de Estado norteamericano. En su primer libro, “War on Peace: The End of Diplomacy and the Decline of American Influence” (Guerra contra la paz: el final de la diplomacia y el declive de la influencia estadounidense), Farrow explica el hundimiento de la política exterior estadounidense. “Nadie más había hablado sobre ello y por eso tenía la sensación de tener que ser yo quien diera la voz de alarma”, dice Farrow.
Farrow (Nueva York, 1987) es hijo de la actriz de Hollywood Mia Farrow y del director Woody Allen, o, como admitió su propia madre, “posiblemente” también del cantante Frank Sinatra. Acabó la secundaria con 15 años, estudió Derecho y trabajó durante algunos años para Naciones Unidas y el Departamento de Estado norteamericano. Desde 2012 trabaja principalmente como periodista. Farrow y otros compañeros del New York Times recibieron este año el premio Pulitzer por destapar parte del escándalo de abusos sexuales por parte del que fue el productor más poderoso de Hollywood Harvey Weinstein.

¿Cómo se le ocurrió la idea de este libro?
La idea de “The End of Diplomacy” comenzó a gestarse en mi interior hace ya algunos años cuando trabajaba en el Departamento de Estado y cuando tomé la decisión –que fue personalmente muy importante– de no volver al bufete de abogados en el que estuve durante mis estudios de Derecho.
En lugar de eso, me marché a Afganistán con el legendario pero también muy complicado Richard Holbrooke, un diplomático de la vieja escuela que llevó la paz a los Balcanes y después fue el encargado del Gobierno de Obama para Afganistán.
Tras tomar esta decisión vi como los procesos políticos cada vez están más dirigidos por el Ejército y como Holbrooke fue apartado en sus últimos días antes de morir en el cargo, como ocurrió con tantos otros diplomáticos. Entonces comencé a reflexionar sobre las consecuencias que tiene para el papel de Estados Unidos en el mundo quitar su poder a los negociadores y los pacificadores.

Usted tenía entonces poco más de 20 años, ¿cómo llegó a estas conclusiones?
Yo era demasiado joven para todo y estoy muy agradecido a Holbrooke y Hillary Clinton de que me dieran aquella oportunidad. De todos modos, tuve un papel muy secundario. Hablaba con las ONG y las organizaciones de derechos humanos locales, lo que me proporcionó una posición interesante desde la que podía observar esta tendencia.
Observé desde muy cerca violaciones de los derechos humanos pero no tenía poder para evitarlas. Comencé a examinar con detalle todos estos asuntos y descubrí una de las mayores transformaciones de cómo Estados Unidos hace negocios en el mundo. Nadie más había hablado sobre ello y por eso tenía la sensación de tener que ser yo quien diera la voz de alarma.

Según su tesis principal, el poder de Estados Unidos ha pasado de instituciones y diplomáticos a personas individuales y al Ejército. ¿Las instituciones en Estados Unidos son lo suficientemente fuertes para soportarlo?
En (momentos de) caos las personas recurrimos a nuestras instituciones. En estos momentos en Estados Unidos ya no hay apoyo. Embajadas vacías por todo el mundo, secciones enteras del Departamento de Estado que están dirigidos por funcionarios subordinados. No se puede hacer frente al caos. Necesitamos diplomáticos más fuertes que nunca, entonces tendríamos un contrapeso cuando Donald Trump tuitee de nuevo sobre la guerra. Pero ya no tenemos esta sólida diplomacia de apoyo.

Tengo 5,722 correos electrónicos sin leer y seguramente no sea la persona indicada para hablar de trabajo disciplinado y organizado. Simplemente estoy agradecido de poder colaborar con historias importantes y sacar a la luz problemas que no reciben la atención suficiente.

¿Pero en el Departamento de Estado sigue habiendo personas que están comprometidas con su trabajo?
Todavía hay funcionarios valientes y comprometidos que intentan compensarlo todo, tranquilizar a los aliados y mantener las relaciones. Pero son los menos y sus puestos ya no están tan reconocidos. La diplomacia ya no atrae a los mejores ni a los más inteligentes como debería ser en realidad. Y esto es una verdadera crisis (porque) podría repercutir en las generaciones venideras.

Usted estuvo algunos años en el Departamento de Estado. ¿Se hace algún reproche?
El libro también es la manera de aclarar mis complicados sentimientos en cuanto a mi etapa en el Gobierno. Tras la guerra en Afganistán todos nos sentíamos desconcertados. En cierto modo tenía la sensación de que tanto yo como todos los demás que formaron parte de la historia, en aquel momento, probablemente teníamos las manos manchadas con algo de sangre. Con mi libro por lo menos quería enfrentarme a una pequeña parte del problema.

El libro, su trabajo para (la revista) The New Yorker… ¿Cómo logra hacerlo todo?
En estos momentos tengo 5,722 correos electrónicos sin leer y seguramente no sea la persona indicada para hablar de trabajo disciplinado y organizado. Simplemente estoy agradecido de poder colaborar con historias importantes y sacar a la luz problemas que no reciben la atención suficiente.
Trato de nadar con la corriente, estoy completamente abrumado por todo el trabajo que me gustaría hacer y para el que no encuentro tiempo. Duermo poco, trabajo todo el rato y siento una gran responsabilidad hacia todas las fuentes que hablaron y hablan conmigo para (escribir) el libro o artículos.

Ha pasado casi medio año desde la publicación del libro en Estados Unidos. ¿Cómo ve la situación actual?
Todo sigue siendo así pero peor.

 


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