Pescan en medio de manchas de petróleo en el Lago Maracaibo

Fotografías de AP

No hay nadie que esté sufriendo de las consecuencias ambientales del colapso de la industria petrolera de Venezuela más que los humildes pescadores en las aguas sucias y negruzcas del Lago Maracaibo.

El célebre lago del occidente de Venezuela, ubicado en una zona de intensa producción petrolera, ahora se ha convertido en un desolado lodazal de donde emana crudo de oleoductos y plataformas resquebrajadas. Gran parte de la sustancia oleaginosa cubre los pescados y mariscos recogidos por los pescadores, que deben limpiarlos y fregarlos antes de poder venderlos para la exportación.

Las manchas cubren las lanchas pesqueras y les malogran los motores y redes. Al final de cada acalorado día, los pescadores se lavan afanosamente las manos y pies con gasolina pura. Les salen erupciones en la piel pero dicen, resignados, que ese el precio que deben pagar para poder subsistir.

«Esto es como el fin del mundo», dice Lenin Viera, de 28 años, uno de los pescadores que reconoce la dura realidad del trabajo allí, en las cercanías de la ciudad de Cabimas: Si no salen a pescar, sus familias no comen.

Venezuela tiene las reservas de crudo más abundantes del planeta, hecho que convirtió al país en uno de los fundadores de la OPEP, en uno de los más prósperos hasta fines de la década de 1990. La ciudad de Maracaibo, que le dio nombre al lago, con más de un millón de habitantes, se ganó el apodo de «la Arabia Saudí de Venezuela» debido a sus lujosos restaurantes y tiendas y al descomunal puente de 8,7 kilómetros (5,4 millas) de largo que cruza el lago.

Pero atrás quedaron los días de prosperidad. La producción petrolera venezolana ahora es apenas una quinta parte de lo que era hace dos décadas. Muchos atribuyen la crisis a la «revolución socialista» del ahora fallecido Hugo Chávez. Su sucesor, el actual presidente Nicolás Maduro, dice que la culpa la tiene una «campaña imperialista» lanzada por Estados Unidos para derrocarlo.

Expertos ambientales dicen que la contaminación petrolera en el Lago Maracaibo comenzó en la década de 1930, cuando se cavó allí un canal para permitir la navegación de buques petroleros grandes. En poco tiempo entró agua salada de mar, lo que mató a parte de la fauna lacustre. Aparte de eso, se desarrolló la agricultura en la zona cercana al lago, lo que vertió fertilizantes a sus aguas y destruyó parte del ecosistema.

Contaminación. Las manchas de petróleo cubren las lanchas y causan daños en su motores y redes. Mientras que a los pescadores les salen erupciones en la piel.

Ni el ministerio de comunicaciones de Venezuela ni el presidente de la empresa estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) respondieron a pedidos de comentario para este reportaje.

Hoy en día, el lago es un desolado lodazal donde los desechos sucios y manchados aparecen en la ribera. Un hedor fétido permea la zona y llega a las aldeas aledañas, de viviendas humildes hechas de ladrillos y techos de zinc.

Esa no es la realidad que vislumbraba Yanis Rodríguez, hoy de 37 años, cuando empezó a pescar allí siendo adolescente. En ese entonces soñaba con comprarse un carro nuevo y mandar a sus hijas a una escuela privada.

«Ya no sueño eso», declaró Rodríguez, quien vive bajo un régimen de racionamiento de electricidad y a duras penas consigue agua limpia para beber, bañarse o lavar. «Aquí las cosas van de mal en peor».

Aparte del riesgo a la salud que implica vivir cerca de aguas contaminadas, hay peligros más inmediatos. Una explosión dejó gravemente quemados a tres pescadores recientemente cuando encendieron el motor de su lancha justo en el lugar donde vertía un escape de gas, envolviéndolos en llamas.

Los residentes locales dicen que la primera vez que vieron manchas de petróleo en la orilla fue a comienzos del gobierno de Chávez, cuando la industria petrolera empezó a deteriorarse. A medida que los empleados de PDVSA huían del país en busca de empleos mejor remunerados, la infraestructura cayó en el deterioro y el desuso.

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Las primeras manchas de petróleo

Los residentes locales dicen que la primera vez que vieron manchas de petróleo en la orilla fue a comienzos del gobierno de Chávez, cuando la industria petrolera empezó a deteriorarse. A medida que los empleados de PDVSA huían del país en busca de empleos mejor remunerados, la infraestructura cayó en el deterioro y el desuso.

En una zona cercana llamada Punta Gorda, una calurosa tarde reciente, un grupo de pescadores sacaba cangrejos del agua, un producto que empezó a ser exportado a Estados Unidos luego que un empresario petrolero de Luisiana en 1968 detectó gran cantidad en el lago y se lo contó a su hermano, que estaba en la industria del marisco.

Los pescadores, descalzos, contaron hasta tres y empujaron juntos la lancha hacia el lago, en medio de las aguas manchadas de petróleo. De dos en dos colocaron las cajas sobre la balanza para pesarlas mientras los cangrejos se agitaban en un intento desesperado de soltarse.

Sobrevivencia. Para los lugareños, la pesca es una forma de vida. Los pescadores limpian y friegan el pescado antes de venderlo o exportarlo.

Los pescadores sacaban uno a uno cada cangrejo manchado de petróleo y lo tiraban en recipientes. Sus esposas, sentadas en la sombra de una choza cercana, limpiaban el producto con trapos y cepillos de dientes, y a veces chillaban cuando una de las tenazas les pellizcaba.

Seguidamente la carga es colocada en camiones para ser llevada a plantas procesadoras, de donde será comercializada en otras partes de Venezuela o exportada a la vecina Colombia o a Estados Unidos. En ninguna parte se informa que el producto fue sacado de aguas contaminadas.

Cornelis Elferink, profesor de farmacología y toxicología de la Universidad de Texas en Galveston, dijo que el ingerir ocasionalmente cangrejo recogido de aguas contaminada probablemente no implica un riesgo a la salud. Elferink no ha inspeccionado los productos que salen del Lago Maracaibo, pero encabezó un sondeo de cinco años sobre la contaminación de la fauna marina tras el derrame petrolero en el Golfo de México ocurrido en el 2010.

Sin embargo, Elferink considera que los que sí están en grave riesgo son los pescadores, que deben trabajar en un ambiente contaminado día tras día. El agua oleaginosa, los vapores tóxicos y la ingestión diaria de los productos contaminados pueden causar una gran variedad de enfermedades como dificultades respiratorias, lesiones dérmicas e incluso cáncer, estimó.

Enfermedades. El agua del Maracaibo, los vapores tóxicos y el consumo de productos del lago pueden causar diferentes enfermedades, entre ellas respiratorias, lesiones dérmicas e incluso cáncer.

«Esos pescadores venezolanos tienen una existencia infernal», declaró Elferink. «Están en el epicentro de todo».

Simón Bolívar, de 53 años, dice que ha sido pescador en el Lago Maracaibo desde que tenía 7 años de edad. Al igual que sus compañeros, termina todos los días hundiendo sus pies en un recipiente de gasolina y lavándose el petróleo de sus manos y rostro. Dice que ya está acostumbrado al ardor en la piel.

Con la crisis política y la escasez de alimentos que afectan a Venezuela, Bolívar ha perdido 21 kilos (46 libras) en años recientes, y mantiene a su familia básicamente gracias a los cangrejos y otros productos que saca del lago.

«Deberíamos tener miedo», dice Bolívar, bautizado con el nombre del prócer independentista sudamericano. «Si no pescamos, ¿qué comemos? Nadie va a venir a salvarnos».


La corresponsal Sheyla Urdaneta contribuyó con este reportaje desde Cabimas, Venezuela.

Leones matan ganado, hombre mata leones: ¿Ciclo inevitable?

Cambio de vida. Los animales depredadores pierden su hábitat cuando los bosques y sabanas pasan a ser granjas o ciudades.

Saitoti Petro busca señales de la presencia del principal depredador de la sabana africana en un camino de tierra del norte de Tanzania. «Si ves un león», dice, «detente y míralo a los ojos. Nunca salgas corriendo».

Petro detecta la huella fresca de una zarpa. Camina algunos metros observando las huellas como si se tratase de un arqueólogo descifrando jeroglíficos, tratando de encontrar un significado a esas marcas en la tierra. Luego de un momento, anuncia que un león macho, grande, pasó por allí hacía unas dos horas. «Camina lentamente. Ves que de repente saca las garras. Tal vez persigue a una presa o le escapa a algo».

El hombre, alto y delgado, de 29 años, camina con otros cuatro jóvenes que pertenecen a un pueblo seminómada llamado masái. Debajo de su gruesa capa, lleva un machete afilado. Hace pocos años, los hombres de la edad de Petro que perseguían leones seguramente querían matarlos porque habían matado a su ganado.

Pero Petro explica que el problema ahora es que hay muy pocos leones, no demasiados. «Sería una vergüenza si los matamos a todos», asegura. «Sería una gran pérdida si nuestros hijos no ven nunca un león».

Por eso Petro participa de los esfuerzos por proteger a los leones, asegurándose de que no tienen acceso a los animales que podrían matar en busca de comida.

Petro es uno de más de 50 miembros de comunidades masái que patrullan diariamente a pie la zona para ayudar a los pastores a proteger su ganado. Tienen el apoyo de una pequeña organización sin fines de lucro llamada Pueblos y Fauna Africanos. En la última década este grupo ayudó a más de mil familias a construir corrales más seguros, hechos de acacias y cercos metálicos para proteger los animales de noche.

Este tipo de intervención es en cierta medida un gran experimento. La supervivencia de los leones –y de muchas otras especies de la sabana que peligran, desde jirafas hasta elefantes– probablemente dependa de que se encuentre la forma en que personas, ganado y animales salvajes puedan convivir.

En toda África, la cantidad de leones ha mermado más de un 40% en dos décadas, de acuerdo con información difundida en el 2015 por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, lo que coloca a los leones en la lista de especies que los expertos consideran «vulnerables» a la extinción. Ya no se los ve en el 94% de las tierras que habitaban.

La principal razón por la que los leones abandonan las tierras es que viejas pasturas están dando paso a campos de cultivos y ciudades. La pérdida de su hábitat es la mayor amenaza que enfrentan los animales salvajes en África y el resto del mundo. Pero en las sabanas que los leones todavía frecuentan, la caza ilegal y las venganzas son su principal peligro.

Los leones son considerados adversarios respetables por la cultura masái. Se dice que todo aquel que lastima a más de nueve está maldito. La matanza de un león para vengar la muerte de una vaca fina, sin embargo, genera respeto, como si se tratase de un duelo para vengar la pérdida de un familiar.

Las venganzas se han tornado más mortíferas en los últimos años, pues los ganaderos ya no persiguen a un animal en particular, sino que dejan animales muertos envenenados, que pueden acabar con una manada entera de leones y con otros animales que coman la misma carne.

En las elevadas llanuras de Tanzania, los pueblos nómadas están acostumbrados a convivir con la fauna silvestre, a hacer pastar vacas, cabras y ovejas en las mismas sabanas donde habitan cebras, búfalos y jirafas, y donde leones, leopardos y hienas se alimentan de otros animales.

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¿Qué pasaría si se previene esta dinámica?

«Nuestros mayores mataban a los leones y casi acaban con ellos», dice Petro. «A menos que cambiemos de mentalidad, se extinguirán».

Es así que Petro recorre la estepa y trata de enseñarle a la gente cómo vivir en paz con grandes depredadores.

Una mañana de julio, se detiene súbitamente y señala hacia un barranco con árboles. Las huellas que seguía se salieron del camino, por lo que supone que el animal se dirigió a un arroyo en el desfiladero. Las huellas parecen recientes ya que no hay asomo de césped en ellas.

Mientras Petro y su gente caminan hacia la hondonada, escuchan las campanas de una vaca. «Tenemos que ir y ver si hay alguien cerca», dice Petro. «Hay que alertarlos». Pronto encuentran dos pastores preadolescentes sentados bajo un árbol de acacia, jugando con unas frutas amarillas que usan como pelotas. Las dos docenas de cabezas de ganado que cuidan se dirigen al barranco.

Petro se arrodilla para saludar a los chicos y les alerta acerca del león. Los hombres ayudan a los muchachos a cambiar la dirección del ganado, usando un silbato que los animales reconocen, y mandándolos a pastar a un sitio más seguro. Petro conoce a la mayoría de las familias de la zona. Más tarde las visitará.

En casi todos los rincones del planeta, la coexistencia del hombre con los grandes depredadores no es fácil. Cuando los bosques y las sabanas dan paso a granjas y ciudades, los animales pierden su hábitat. Y los depredadores permanecen en los alrededores de las tierras cultivadas y a menudo son satanizados o exterminados.

Pero en las elevadas llanuras de Tanzania, los pueblos nómadas están acostumbrados a convivir con la fauna silvestre, a hacer pastar vacas, cabras y ovejas en las mismas sabanas donde habitan cebras, búfalos y jirafas, y donde leones, leopardos y hienas se alimentan de otros animales.

Reducción. La cantidad de leones ha disminuido en un 40 % en las últimas dos décadas en África, según señaló la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, en 2015.

Es uno de los pocos sitios de la Tierra donde la coexistencia todavía podría ser posible. Pero el equilibrio es delicado. Y lo que suceda aquí en Tanzania puede ayudar a determinar el destino de esta especie: en Tanzania se encuentra más de un tercio de los 22,500 leones africanos que se cree sobreviven, de acuerdo con informes de la Universidad de Oxford.

Hay indicios de que las medidas recientes están funcionando.

En el 2005, Loibor Siret, un pueblo de 3,000 habitantes en las estepas masái, registró tres ataques de depredadores al ganado por mes. En el 2017, hubo uno al mes. El principal cambio en el ínterin fue que unas 90 familias construyeron corrales reforzados que mantienen a raya a los depredadores.

La protección de los animales cuando están pastando en campo abierto es más compleja, pero los individuos que patrullan la región tuvieron 14 intervenciones exitosas que probablemente hubieran terminado mal, con ganado y leones muertos, de acuerdo con registros de Pueblos y Fauna Africanos.

Si bien la caza de leones está mermando, todavía hay cazadores. En julio, una patrulla informó de una reciente matanza por venganza. Y suministró una foto del león muerto, al que se le habían cortado las cuatro zarpas y la cola, siguiendo un viejo ritual.

A pesas de esos reveses, la población de leones está repuntando.

Un estudio de la organización sin fines de lucro Tarangire Lion Project indicó que en el otoño del 2011 había solo 120 leones en cierta área, comparado con los 220 del 2004. Pero la población aumentó a partir del 2012 y para el 2015 había 160 animales.

«Cuando les das un lugar seguro, se reproducen rápidamente», dice Laly Lichtenfeld, ecóloga y cofundadora de Pueblos y Fauna Africanos.

Craig Packer, biólogo y fundador del Centro de Leones de la Universidad de Minnesota, que no participa del proyecto, dice que «estos esfuerzos para evitar conflictos sin duda ayudan a los leones, aunque sigue vigente el interrogante de si van a durar 20 o 50 años por el crecimiento de la población».

Las reservas para animales salvajes no son suficientes, al menos para las especies habituadas a deambular por grandes extensiones de terreno.

En el Parque Nacional Tarangire de Tanzania, los leones duermen en las riberas de los ríos y trepan los árboles –al final de cuentas, son felinos–, ignorando a menudo los vehículos con turistas que pasan por allí. En el parque están bastante seguros. Pero la parte protegida del parque es tan solo una de las áreas de las que dependen los leones y sus presas. Los animales migratorios grandes se mueven mucho, siguiendo sobre todo las lluvias en las sabanas del África oriental.

Las cebras y los ñúes que pasan los meses secos en el parque se van durante el lluvioso invierno, período en el que comen pasto más nutritivo y se reproducen. Leones, leopardos y chitas se van detrás y deambulan por la estepa masái.

Refuerzo. Los ataques a depredadores de ganados en Loibor Siret, un pueblo masái, han disminuido en los últimos años por la forma en la que sus habitantes han reforzado los corrales.

«Los animales de Tarangire pasan tanto tiempo afuera del parque que nunca podrías poner un cerco a su alrededor, porque impediría las migraciones», dice Parker.

Los científicos se dan cuenta de que en las tierras afuera de los parques nacionales también debe haber estrategias para la conservación de los animales. En un estudio publicado en marzo por la revista Ciencia, los investigadores relacionaron el acceso y el estado de las tierras del famoso ecosistema Serengeti-Mara que rodea el parque con la salud de los animales de adentro. Comprobaron que un pastoreo excesivo y otros factores obligaron a los animales a ocupar espacios más reducidos adentro.

«La forma de pensar actual no funciona», dice Michiel Veldhuis, ecólogo de la Universidad de Leiden, Holanda, y uno de los autores del estudio. Al elaborar estrategias para la conservación, afirma, «tenemos que pensar cómo incluir a los que viven cerca de las áreas protegidas».

Hay quienes se muestran escépticos. Algunos habitantes de las aldeas vecinas no ven con buenos ojos los esfuerzos de Petro.

«No queremos escuchar leones rugiendo cerca de noche», dice Neema Loshiro, una mujer de 60 años que vende anillos, collares y aros hechos a mano en una calle de Loibor Siret. Los únicos animales que quiere cerca son jirafas e impalas, porque «son lindos y no atacan a la gente ni se comen las cosechas».

De todos modos, la gente está cambiando. Petro Lengima Lorkuta, de 69 años, padre de Saitoti Petro, mató su primer león cuando tenía 25 años, clavándole una lanza después de que atacase su toro más grande. En esos días, «si matabas un león demostrabas que eras un guerrero fuerte», comentó.

Desde que su familia se mudó a una hacienda nueva e instaló un corral reforzado hace cuatro años, cuenta, ninguno de sus animales fue víctima de depredadores. «Los cercos modernos ayudan mucho», admite.

«Ahora me encanta ver leones», siempre y cuando no estén muy cerca de su casa, y apoya los esfuerzos de su hijo por educar a los vecinos acerca de cómo evitar situaciones no deseadas.

Petro se sigue levantando todos los días al amanecer para sacar a pastar a su ganado, como hicieron sus ancestros por generaciones. La cultura, no obstante, está cambiando de muchas maneras: En lugar de permitir que su padre arreglase sus matrimonios, como hacen la mayoría de los masái, Petro enamoró a sus dos esposas.

Parques para casas rodantes acogen a inmigrantes en Colorado

Fotografías de AP

El Aspens Mobile Home Village se encuentra entre la autopista I-70 y el río Eagle, en una zona montañosa cerca de Vail. Es fácil pasarse de largo entre tanta carretera, árboles, cercos y remolques que circulan antes de que asome el cartel azul de la salida 167, anunciando un Burger King, un Subway y un Fiesta Jalisco.

Aspens es un lugar discreto, como le gusta a la gente que generalmente no vive en casas rodantes, y esto lo distingue del parque más grande del condado que se encuentra a 10 minutos de carretera en Edwards. Ese parque, el Eagles River Village, ha generado titulares por un problema persistente, que aún no ha sido resuelto, con la calidad del agua. Fila tras fila de remolques viejos emergen casi desde el río y se internan en las colinas llenas de casas de un millón de dólares y campos de golf de la Cordillera.

Estos son dos de los 31 parques para casas rodantes que hay en el condado de Eagle. Las comunidades tienen distintos tamaños y un total de 1,248 viviendas, casi todas ocupadas por gente que trabaja en la industria hotelera, de servicios y la construcción. En un condado de viviendas y alquileres caros, las casas rodantes son una necesidad económica pues ofrecen un techo a trabajadores con salarios bajos, que limpian las habitaciones de los hoteles y cuidan los campos de golf de localidades montañosas que viven del turismo.

Aspens Mobile Home Village tiene cabida para 159 remolques y actualmente hay un solo lugar vacío. El parque funciona desde hace casi 50 años y está bien mantenido. Los remolques son bastante nuevos y hay plazas en las que juegan los hijos y nietos de trabajadoras domésticas, pintores, campesinos, jardineros, cocineros y niñeras.

Igual que en otros parques de casas rodantes, los residentes son propietarios de los remolques y alquilan espacios para instalarse por unos $1,100 por mes. Esto no incluye el gas, la luz ni la televisión por cable. Su administradora es Agustina del Hoyo, quien desde el 2008 combina tareas de jefa que se ocupa de que todo funcione y de madre. Dice que no sabe cuánta gente vive en Aspens, pero una noche hizo la cuenta y sumó 525 vehículos.

«Hemos recibido gente de todos lados. De Rusia, de Bulgaria, de Jamaica, de Honduras, incluso vietnamitas. Pero el 75 % aproximadamente son latinoamericanos», expresó.

La mayoría son inmigrantes. Algunos llegaron a Estados Unidos legalmente, otros no. Vinieron por un par de años y ya llevan 12, 15 o 20. Para ellos Aspens es su casa, por más que se nieguen a admitirlo y añoren la tierra de su infancia, donde viven o están enterrados sus padres. Dicen que su casa es la que construyeron o están construyendo en Aguascalientes, Chihuahua o Guerrero, que pagaron con el dinero que ganan haciendo camas y limpiando alfombras.

En sus años en Avon, se han casado y tuvieron hijos. Remodelaron sus viviendas, agregando ventanas, porches, pisos de madera, mesadas de granito y Corian. Cuando una mujer le dijo a su familia que tal vez era hora de comprar una casa -ya habían pasado casi 20 años desde que vinieron de México-, sus dos hijas protestaron y lloraron, según cuenta. Después de todo, vivieron toda su vida aquí.

«Tengo el corazón dividido», dice otra madre, que lleva casi 22 años en Avon, los últimos cinco en Aspens. Cruzó la frontera ilegalmente, dejando atrás a sus padres, la mayoría de sus hermanos, sus sobrina y sobrinos, «la gente que quiero», en Aguascalientes. Ha pasado casi la mitad de su vida en esta hermosa localidad de montaña, pero dice que cuando ella y su esposo terminen de arreglar el remolque, terminarán de construir una casa en México. Tal vez algún día regresen. O tal vez no.

Aquí, un remolque es más que una casa, es una metáfora que resume la vida de los inmigrantes, un lugar temporal, bien tenido, pero sin raíces.

Desigualdad. La diferencia entre la vida que se lleva en los remolques y la que se lleva en las casas es grande. La brecha incluye acceso a servicios básicos.

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UN NUEVO RITMO

Los obreros de la construcción y los jardineros parten temprano en caravanas de automóviles y camiones y trabajan cuantas horas pueden antes de que venga la nieve. Ganan dinero durante el verano. El invierno es para las empleadas domésticas y los trabajadores de los hoteles que reciben a los aficionados al esquí. Ganan de 11 a 17 dólares la hora. Durante la mañana se escucha el barullo de los niños que van a la escuela con sus mochilas, sus capuchas y su almuerzo. Los ancianos los ven pasar desde sus porches mientras se dirigen a la parada de autobuses en la entrada del parque. A la noche se repite todo, solo que en sentido inverso. Y se siente el olor de cebollas, carne y tortillas que la gente lleva a sus casas.

Hace cinco meses, los jueves por la noche, las mujeres empezaron a reunirse para lo que del Hoyo describe como una sesión Entre Mujeres. Organizó ese grupo porque con frecuencia las mujeres que iban a su oficina a pagar el alquiler se quedaban allí y le contaban sus problemas con el trabajo, los hijos y sus maridos. Le decían que extrañaban sus casas, sus madres, sus hermanos y sus amigos.

Del Hoyo, quien es hija de inmigrantes mexicanos, sintió que tenía una conexión con estas mujeres. Ella también había dejado atrás a su familia, en California, en busca de lo desconocido.

«Todos los días, las 24 horas, estas mujeres están trabajando. Trabajan en sus empleos y en sus casas. Necesitan una hora a la semana para ser ellas mismas», dice del Hoyo. «Aquí piensan solo en ellas mismas. Necesitan ayuda, apoyo. Yo les digo, ‘cuando hablas con una amiga, es como una medicina. Cuando nos juntamos todas, es como una farmacia’».

La voz se corre rápidamente en el parque. Si un auto desconocido se mueve muy lentamente, de inmediato alguien llama a Agustina. Un funcionario del servicio de flora y fauna ve un oso en las inmediaciones y alguien llama a Agustina. La puerta del salón de reuniones permanecía cerrada, de modo que al principio poca gente asistió a las charlas. Pero pronto fueron animándose y un jueves reciente había unas dos docenas de mujeres que habían llevado pollo, pasta, sandías, tamales, buñuelos, ensaladas y dulces.

No es fácil mostrarse vulnerable, pero comparten sus historias, que son las mismas de la mayoría de las madres de cualquier parte: cómo les va a sus hijos en la escuela, los problemas en el trabajo, las cuentas que hay que pagar, padres enfermos, la ausencia de seguros médicos, el cansancio. «Cada día de mi vida es un sacrificio», dice una mujer, y las otras asienten.

Pero hay otro nivel de vulnerabilidad aquí: Vivir en Estados Unidos sin papeles es vivir con una incertidumbre constante, con una ansiedad permanente. Dicen que las cosas empeoraron desde que Donald Trump llegó a la presidencia. Hablan de eso, del miedo que no las deja, dicen que tratan de no pensar en ello y al mismo tiempo se preocupan de cómo preparar a sus hijos para la eventualidad de que un día no vuelvan a casa. «La migra te puede detener en cualquier sitio», dice la madre con el corazón destrozado. «En tu casa, en la escuela, en el trabajo, en un negocio».

A pesar del miedo, dicen que se sienten agradecidas por la vida que llevan, por el trabajo, por el sueldo, por las escuelas y los parques, y tienen la convicción de que este es un sitio mucho más seguro que sus países. «Me iré a casa si Trump me obliga, pero espero que no lo haga», dice una mujer de Aguascalientes que vino con una visa de trabajo y se quedó. «Allí no hay trabajo. No hay nada».

“Tengo el corazón dividido”, dice otra madre, que lleva casi 22 años en Avon, los últimos cinco en Aspens. Cruzó la frontera ilegalmente, dejando atrás a sus padres, la mayoría de sus hermanos, sus sobrina y sobrinos, “la gente que quiero”, en Aguascalientes. Ha pasado casi la mitad de su vida en esta hermosa localidad de montaña, pero dice que cuando ella y su esposo terminen de arreglar el remolque, terminarán de construir una casa en México. Tal vez algún día regresen. O tal vez no.

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A NO ENCARIÑARSE DEMASIADO

Hay una mujer en Aspens que vino de la Ciudad de México. Tiene dos años de universidad y se enamoró de un hombre que venía todos los veranos a Estados Unidos para trabajar en jardinería. Su padre no aprobaba la relación. «Esa vida es una locura», le dijo. Su madre falleció y su padre crió solo a sus tres hijos. «Seré tu madre y tu padre de ahora en más», recuerda que le dijo. «Tendrás que ser fuerte». Ella tenía ocho años.

Partió a Estados Unidos con su futuro esposo. No le dijo nada a su padre y cruzó la frontera ilegalmente. Caminó dos días y una noche por el desierto, según cuenta. Llamó finalmente a su padre desde una casa en Tucson. El padre le dijo que para él estaba muerta y que no lo volviese a llamar. Su prometido le dijo que tenía que olvidarse de su vida en México. Que eso era historia.

La mujer encontró un trabajo en un negocio de Avon. Ella y su marido tuvieron dos hijos. Se las arreglaron para no tener que contratar una niñera. Tenían un trabajo cada uno. Decidieron no recibir primos ni amigos con tal de olvidarse de México.

Cuando se mudaron a Aspens hace seis años, ocuparon un remolque que no usaba nadie y lo remodelaron. Piso de madera, gabinetes de madera y electrodomésticos y mesones nuevos. Pusieron una pantalla plana en la pared y una foto de Jesús arriba de la mesa de la cocina. Las pocas veces que ella está sola en la casa, se sienta en un extremo de la mesa y disfruta de la vista de las montañas.

A su padre se le pasó el enojo después de un año. Con su nueva esposa y sus tres hijos pequeños, el menor de cuatro años, cruzó también el desierto. Eso fue hace 15 años. Dice que, al igual que tantos inmigrantes que conoce, su padre tomó dos trabajos, trabajó todo el tiempo y ahorró dinero. «Mantenía sus casas en México y pagaba impuestos aquí, pero no tuvo vida».

Eso no le pasará a ella, asegura.

Se está dando cuenta de que, luego de vivir 18 años como esposa, madre y empleada, «lo más triste es que me olvidé de mí misma».

Ahora trabaja como voluntaria en varias organizaciones y asiste a los encuentros con las otras mujeres del parque. Todas comparten el mismo estado indefinido de no ser necesariamente propietarias de una casa pero tampoco tienen el típico alquiler. Ya no están en sus países pero tampoco se sienten en casa. Trata de mantener un delicado equilibrio, echando algunas raíces, aunque sin apegarse demasiado al lugar donde reside. Su familia tiene una casa en México y si algún día pasa algo, no será el fin del mundo. «Vinimos a este mundo sin casas y nos iremos sin ellas», comenta.

«No quiero vivir pensando en lo que podría pasar», manifestó. «Quiero la vida que tengo frente a mí».

A poca distancia. Una de las ventajas que ofrece el parque de casas rodantes es que jardineros y obreros de la construcción encuentran empleo cerca. La gente que habita en los remolques ubicados en estas zonas por lo general ha migrado en situación irregular.

Fentanilo y el dinero fácil: No toma mucho hacerse rico

Víctima. Rod y Tonya Meldrum sostienen el retrato de su hijo Devi, en Provo, Utah. Él fue víctima de una sobredosis después de ingerir una sola pastilla de fentanilo.

Las pastillas llegaban de a miles a buzones de todo el país, rojas y azules, con el sello de oxicodona estampado en ellas.

Los fiscales dirían más adelante que eran «veneno», píldoras falsas con fentanilo, un potente opioide sintético que está escribiendo un capítulo mortal en la historia de la epidemia de opioides en Estados Unidos. Habían sido enviadas desde suburbios de Salt Lake City.

Fue allí que un joven de 29 años que no terminó la universidad llamado Aaron Shamo se hizo rico, construyendo un imperio de tráfico de fentanilo tan solo con su computadora y un par de amigos.

Durante tres semanas este verano, esos millenials suburbanos declararon en el juicio que se les siguió y contaron cómo fentanilo comprado y vendido a través de la internet transformó el comercio de las drogas ilegales. No fue el testimonio de sanguinarios capos del narcotráfico ni nada que pueda frenar un muro en la frontera con México. Shamo se describió a sí mismo como un «traficante de guante blanco», que buscó la colaboración de viejos compañeros de trabajo en eBay a los que bombardeó con mensajes con emojis sonrientes. Su abogado dijo que era un «tonto», no lo suficientemente inteligente como para ser un capo del narcotráfico.

Es tan potente, tan fácil de transportar, que los traficantes en gran escala ya no necesitan redes sofisticadas, según Mike Vigil, ex jefe de operaciones internacionales de la DEA. Lo único que hace falta es un buzón, acceso a la internet y gente que consuma opioides. .

La forma en que él y sus amigos lograron inundar el país con medio millones de pastillas falsas de oxicodona revela la facilidad con que el fentanilo recorre el mundo, amenazando con llevar la epidemia fuera de Estados Unidos. Un polvo hasta 100 veces más fuerte que la morfina era comprado en un laboratorio de China y llegaba a Utah por correo. Era envasado en réplicas perfectas de pastillas de oxicodona en el sótano de la casa de Shamo y vendido por la internet, con entregas, nuevamente, por correo.

Todo esto ocurre en momentos en que la demanda civil más grande de la historia pone a prueba hasta qué punto la industria farmacéutica debería ser considerada responsable de inundar el país con analgésicos, generando adicciones masivas. Purdue Pharma, fabricante de la popular OxyContin, llegó a un principio de acuerdo por 12,000 millones de dólares esta semana con la mitad de los estados y unas 2,000 administraciones locales. El mes que viene comenzará otro juicio a otras farmacéuticas en el que las comunidades argüirán que la intensa comercialización de analgésicos desencadenó una epidemia.

La crisis empezó en la década de 1990, en que los opioides recetados dieron paso a la heroína, la cual a su vez despejó el camino al fentanilo. Esta droga ha causado la muerte de decenas de miles de personas desde su aparición en las calles en el 2013. Hay dos fuentes de abastecimiento: Los carteles mexicanos y paquetes enviados directamente por correo desde China, donde es producida masivamente, sin controles del gobierno. Hay muchos traficantes nuevos como Shamo, según las autoridades. Estadísticas de confiscaciones indican que su uso se expande rápidamente por todo el mundo. En el 2013 solo cuatro países reportaron confiscaciones. En el 2016, lo hicieron 16 naciones.

Es tan potente, tan fácil de transportar, que los traficantes en gran escala ya no necesitan redes sofisticadas, según Mike Vigil, ex jefe de operaciones internacionales de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (conocida por sus siglas en inglés, DEA). Lo único que hace falta es un buzón, acceso a la internet y gente que consuma opioides. Las tasas de consumo aumentan en todos lados, desde Asia hasta Europa y América Latina, como consecuencia de la intensa promoción de los analgésicos que hacen las farmacéuticas.

Potencia. Una pastilla de fentanilo es hasta 100 veces más adictiva que la oxicodona.

El margen de ganancias que deja el fentanilo ilegal es irresistible. La DEA calcula que un kilo sintetizado por unos pocos miles de dólares puede generarle a un traficante más de un millón de dólares.

«Cualquier idiota puede ser un traficante grande de fentanilo», afirmó Vigil. «Cualquiera con un coeficiente intelectual de menos 100 puede hacerse rico de la noche a la mañana».

Cuando un paquete sospechoso proveniente de China hizo que los investigadores se interesasen en Shamo, ya había producido al menos 458,946 pastillas potencialmente venenosas, según el gobierno. Encontraron $1.2 millones en el cajón de las medias y en una caja fuerte, y más dinero en criptodivisas.

Shamo empezó su negocio con su viejo amigo Drew Crandall.

Ambos comenzaron a vender Adderall, una medicina recetada para el déficit de atención, usando buscadores especiales no regulados. Hay mercados digitales clandestinos en los que se venden armas y drogas y se cambia dinero anónimamente mediante criptodivisas. Fue así que se expandieron, ofreciendo también la droga popular en los clubes nocturnos MDMA, hongos alucinógenos, drogas que los hombres usan para dormir y violar a mujeres, y cocaína sin salir prácticamente de sus casas. Compraron una máquina que fabrica píldoras y produjeron versiones falsas de xanax, una medicina para la ansiedad.

Un traficante local le comentó a Shamo que podría ganar fortunas vendiendo oxicodona falsa hecha con fentanilo. Crandall se fue del país y Shamo reclutó a otro amigo, Jonathan Luke Paz, para que lo ayudase a producir oxicodona.

Vendía las pastillas tanto a individuos como a traficantes, quienes luego la ofrecían en la calle. Cuando la policía interceptó los envíos de un solo día, contó 34,828 pastillas de fentanilo destinadas a direcciones de 26 estados. Algunas eran ofrecidas en la internet como fentanilo, otras no, sino que eran vendidas como 30 miligramos de oxicodona.

Los fiscales afirman que decenas de clientes suyos murieron, pero lo acusan solo en conexión con una muerte, la de Ruslan Klyuev, de 21 años, quien falleció en su habitación en Daily City, California. Junto a su cadáver se encontró un sobre en el que había recibido pastillas provenientes de Utah.

Shamo fue condenado por 12 cargos, incluido el de desarrollar actividades delictivas en forma continuada, el cargo reservado generalmente para gente como el «Chapo» Joaquín Guzmán, que conllevan condenas fijas de por vida. El jurado no llegó a un acuerdo en torno a una 13ra acusación, la relacionada con la muerte de Klyuev.

El día que Shamo fue condenado, un mercado digital clandestino tenía miles de ofertas de cosas presentadas como oxicodona. No había forma de saber si venía de una farmacia o del sótano de una casa.

Redada. En noviembre de 2016, dos hombres dos hombres con trajes protectores salen de una residencia mientras las agencias policiales locales y federales responden a una redada de drogas en Cottonwood Heights, Utah.

Presidencia de López Obrador comienza a desgastarse

Un año. Entre manifestaciones culturales, López Obrador celebró el primer aniversario de su elección.

La guerra contra las drogas en México arde de nuevo, la economía está estancada, el sistema de salud se tambalea y el presidente Andrés Manuel López Obrador, enfrentando presiones de Estados Unidos, ha tomado medidas enérgicas contra los migrantes centroamericanos. Sin embargo, López Obrador, otrora conocido por su discurso furioso e irascible tras años de fallidas candidaturas presidenciales, ahora casi nunca pierde su sonrisa en las conferencias de prensa que celebra casi todas las mañanas desde que asumió el cargo el 1 de diciembre.

En su primer informe de gobierno, de cierta forma, la suya se perfila como una presidencia de teflón: nada malo se le pega a López Obrador, porque él siempre sonríe y dice «amor y paz» a sus adversarios. Le ayuda el hecho de que la oposición está tan desacreditada, descorazonada y desorganizada sobre la mayoría de los temas que su voz ni siquiera se escucha sobre las palabras diarias del presidente.

Pese a sus frases joviales, «abrazos, no balazos», como forma de combatir a los cárteles de las drogas, una sombría realidad se está asomando, como con el asesinato de 28 personas en un incendio provocado en un club nocturno en la ciudad de Coatzacoalcos, situada en el estado de Veracruz, en la costa del Golfo de México.

El presidente se ha mostrado presto a atribuir la culpa a sus subordinados. Cuando un subsecretario de Gobernación fue a reunirse con grupos de civiles armados, muchos de los cuales están vinculados con bandas del crimen organizado, López Obrador dijo que desaprobaba las visitas, pese al hecho de que él ha respaldado ideas como diálogo y amnistía para algunos.

Su gobierno está dispuesto a declarar victoria y desentenderse de algunos problemas. El presidente lanzó su gobierno con una ofensiva contra los ladrones de combustibles y declaró el problema 95% erradicado, aunque el número de tomas ilegales en los oleoductos se ha mantenido constante y la cantidad de gasolina legal vendida no ha aumentado, algo que sería de esperarse si el mercado negro desapareciese.

López Obrador se las ha arreglado para centrar las noticias en sí mismo, usando sus conferencias de prensa diarias tanto como Donald Trump usa Twitter. Hay un mensaje central de los primeros nueve meses de López Obrador en el cargo: Él está cerca del pueblo y lo escucha. Sus conferencias matutinas son seguidas usualmente por visitas vespertinas a hospitales en pueblos pequeños, y los canales de televisión transmiten imágenes de muchedumbres fervientes, o a López Obrador comiendo en restaurantes locales.

«Este señor nos da mucha confianza», dijo Eduardo Calvillo, que tiene un puesto en un mercado en un barrio pobre de la Ciudad de México, en el que Calvillo dice que hay nuevas lámparas de alumbrado público desde que López Obrador y un gobierno aliado local asumieron el mando. «Este señor se baja a ver dónde está el problema, a dónde está el conflicto y piensa algo para solucionarlo». Fernando Hernández, un promotor inmobiliario de la capital del país, entiende las divisiones de clases, la furia ante la corrupción y la necesidad de cambio que le dieron a López Obrador la victoria en las elecciones.

López Obrador se las ha arreglado para centrar las noticias en sí mismo, usando sus conferencias de prensa diarias tanto como Donald Trump usa Twitter. Hay un mensaje central de los primeros nueve meses de López Obrador en el cargo: Él está cerca del pueblo y lo escucha.

Él es oriundo del estado de López Obrador, Tabasco, en la costa del Golfo de México. Pero, dijo: «Realmente yo pensaba que iba a haber más coherencia en el cambio, más estudio, más capacidad». En lugar de ello, dice, López Obrador se ha mostrado renuente a escuchar críticas, sugerencias o consejos de expertos. El presidente dice a menudo «yo tengo otros datos» cuando se le pide que explique discrepancias.

López Obrador es obstinado y odia gastar dinero. Incluso redujo drásticamente los gastos del gobierno y los salarios de una forma que habría sido muy difícil para gobiernos conservadores. Los recortes dejaron brevemente sin quimioterapia a niños enfermos de cáncer, lo que causó una manifestación en el aeropuerto de la capital. «Lo que estoy viendo es que se están haciendo los recortes a machetazos», dijo Hernández. «La medicina pública está devastada por los recortes». «Él es muy obstinado, él es muy bueno en lo que hace. Es un gran político, pero necesita oír, necesita enfocarse más en lo que le dicen».

A López Obrador le gustaría ser juzgado por su principal promesa de campaña: combatir la corrupción, pero, incluso en ese terreno, pese a su positiva reputación personal, la cantidad de contratos sin ofertas conferidos en los primeros nueve meses de su gobierno es similar a las de sus predecesores, dijo Ricardo Alvarado, investigador para el grupo cívico Mexicanos Contra la Corrupción.

López Obrador describe a muchos grupos no gubernamentales como el de Alvarado como fachadas de intereses conservadores y de negocios. Mexicanos Contra la Corrupción ha lanzado una serie de impugnaciones legales contra uno de los proyectos favoritos de López Obrador: convertir una base de la fuerza aérea en un nuevo aeropuerto para la Ciudad de México, en parte porque el presidente canceló un proyecto más costoso para un aeropuerto cuya construcción ya estaba en curso y que grupos empresariales dicen tiene más sentido.

«Es una actitud política lo que le llevó finalmente a la presidencia. Desechar todo proyecto que no sea el suyo», dice Alvarado. Como Trump con su muro fronterizo, López Obrador está obsesionado con su gran proyecto de infraestructura: un tren que haga un recorrido turístico alrededor de la Península de Yucatán y que la mayoría de los expertos dice no tiene sentido financiera ni ambientalmente. Otro de sus proyectos favoritos es la recién creada Guardia Nacional, una mezcla de soldados y policías que él espera pueda combatir a los cárteles de la droga y delitos del fuero común.

Grupos de derechos humanos expresan preocupación de que las fuerzas armadas mexicanas, que han sido implicadas en abusos en el pasado, tengan ahora carta blanca. «Hemos tenido un gobierno que ha sido pendular, que ha tenido al menos dos caras en esta materia» de derechos humanos, dice Santiago Aguirre, que dirige el centro de derechos humanos Miguel Agustín Pro. Por un lado, López Obrador ha tratado de excarcelar a «prisioneros políticos» y de tomar más seriamente la búsqueda de los 40,000 desaparecidos en el país, pero por otro lado, ha relajado la supervisión civil de las agencias policiales.

Más que nada, a los expertos les preocupa que la estrategia contra la delincuencia no vaya a funcionar y que López Obrador, como sus dos predecesores, pase a la historia como alguien que no pudo ganar contra los cárteles de drogas. «El problema de fondo hacia adelante es que la estrategia se reduce a poner botas en el terreno, a cubrir territorio», dijo el analista de seguridad Alejandro Hope. Dijo que, incluso si la Guardia Nacional consigue sus objetivos de reclutamiento, tendría apenas un agente por cada 1,000 habitantes el año próximo. «No da para mucho», dijo.

Para muchos mexicanos, la fascinación de López Obrador con el pasado lo limita. A él le gustan los viejos baluartes de México: la industria del petróleo, el ejército y la agricultura a pequeña escala. También le llevó a llamar a su gobierno «la Cuarta Transformación», comparándolo con la guerra de Independencia de 1810, el movimiento de reforma de 1857 y la Revolución de 1910. De acuerdo con Hope, el problema para un país que necesita desesperadamente soluciones nuevas para problemas como el crimen, es que «no hay nada particularmente transformador en la Cuarta Transformación».

Aumento de la violencia policial divide a Río de Janeiro

Favelas
Víctima. Jocely Rozario Junior, padre de Kaua, quien murió a causa de una bala perdida, permanece de pie frente a un altar que se armó en honor a su hijo.

Es una escena que se repite, en promedio, cinco veces por día en Río de Janeiro: la policía abre fuego y alguien muere.

Grupos de derechos humanos y de víctimas de la violencia en Brasil han encendido las alarmas por el incremento récord en el número de muertos a manos de la policía, 1,075 personas en los primeros siete meses del año. Al mismo tiempo, el gobernador del estado, Wilson Witzel, y el presidente ultraderechista Jair Bolsonaro alientan una política de «tolerancia cero» contra el crimen y defienden mayor inmunidad para policías que maten por error.

En un balance por el primer semestre de su gestión, Witzel celebró que la policía perdió el «miedo a matar». Pese a la preocupación que genera en parte de la población el aparente incremento de la violencia policial, las mejoras registradas en algunos indicadores de seguridad dividen opiniones sobre el accionar de la fuerza en un estado aquejado por el crimen desde hace décadas.

El gobernador ha adoptado una postura similar a la del presidente Bolsonaro, quien capitalizó el problema de la violencia convirtiéndolo en eje de la campaña que lo catapultó a la Presidencia de Brasil en 2018. Al igual que el gobernador y el presidente, muchos brasileños creen que las víctimas fatales de la policía son un daño colateral que debe asumirse en el combate al crimen.

«Infelizmente, la policía hoy necesita ser muy dura», dice Isaque Samora, un conductor de Uber que vive en Duque de Caxias, un municipio emplazado en un área del estado que registra altos índices de delitos.

Samora dice que solo trabaja durante el día para no ser blanco fácil de los delincuentes. Sin embargo, no ha evitado vivir en carne propia la inseguridad. Dos meses atrás, desprevenido, entró en una favela mientras llevaba a un pasajero. A los pocos metros, bandidos armados con pistolas y fusiles interceptaron su auto y le apuntaron a la cabeza creyendo que era policía.

La policía no reconoce haberle disparado al niño y dice que el caso está bajo investigación. No obstante, Jocely, basado en relatos de supuestos testigos del hecho, no tiene dudas de la culpabilidad de la policía.

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«La seguridad solo mejoraría rápidamente si todos los ciudadanos fuesen policías», dice Samora, poco optimista con que haya una mejora drástica pronto. El año pasado votó por Bolsonaro seducido por la promesa de ser inflexible contra los criminales.

La policía de Río ha mostrado una nueva tesitura, haciendo eco del discurso de Bolsonaro y del gobernador Witzel. La fuerza estuvo involucrada en 1144 tiroteos en el primer semestre, un 25 % más que en 2018, según Fuego Cruzado, una plataforma que monitorea la violencia. El comienzo del segundo semestre mostró que la tendencia no se ha revertido. Julio de este año, con 194 óbitos, fue el mes con mayor número de muertos por intervención de agente del estado al menos desde 1998.

Poblado. Las viviendas de bloques cubren una colina en la favela de Vidigal, en Río de Janeiro, Brasil. Esta ha sido escenario de constantes enfrentamientos.

A la par de un aumento de los muertos por la policía, hay números que avalan una posible mejoría en la seguridad del estado. Luego de siete meses, los homicidios cayeron 23 %, los robos de vehículo 22% y la cantidad de drogas aprehendidas aumentó 9 % respecto al mismo período del año anterior.

La violencia rebasa a Río, un estado donde cada día mueren 17 personas asesinadas, y es un problema acuciante en la mayor nación de Latinoamérica, que en 2018 fue escenario de 51,589 homicidios según datos preliminares del Foro brasileño de Seguridad Pública y el sitio de noticias G1.

«Existe un hartazgo con el avance de la criminalidad. Las medidas de represión más duras van al encuentro de la población que no soporta más vivir con índices de criminalidades tan altos», explica el politólogo Ricardo Ismael, profesor de la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro (PUC-Río).

Desde antes de asumir el cargo en enero, el gobernador Witzel, un exmilitar y exjuez sin experiencia en la política, ha arengado a las fuerzas de seguridad a ser «truculentas» contra los delincuentes y a perder el «miedo a matar».

El mensaje parece haber llegado a los agentes. En siete meses, las fuerzas de seguridad mataron al mayor número de personas en los últimos 21 años, momento en que comenzaron los registros.

Entre los centenares de muertos hay delincuentes fuertemente armados perseguidos por las autoridades pero también personas inocentes que quedan en medio del fuego cruzado y se convierten en víctimas de balas perdidas tanto de agentes del estado como de delincuentes.

No existe un documento que detalle las identidades de los fallecidos a causa de la presencia policial.

«Los hombres del gobernador están saliendo a dispararle a gente inocente», reclama Jocely do Rozário Junior, quien culpa al estado por la muerte de su niño de 11 años.

En mayo pasado, Kauã, el hijo de Jocely, andaba en bicicleta como cualquier otra tarde en Vila Aliança, una favela de Río de Janeiro tomada por el tráfico de drogas, cuando en su camino apareció la policía. Según su padre, en medio de una persecución de sospechosos, la policía disparó y lo hirió. Cinco días después de recibir un diagnóstico de muerte cerebral, el niño que soñaba con algún día convertirse en pastor falleció.

Dentro de su pequeña casa, Jocely muestra los barriletes con los que su hijo jugaba. Luego de quince años viviendo en la favela, la violencia y la nostalgia por el recuerdo de su hijo lo llevaron a plantearse un objetivo hasta hace poco impensado: abandonar Vila Aliança.

La policía no reconoce haberle disparado al niño y dice que el caso está bajo investigación. No obstante, Jocely, basado en relatos de supuestos testigos del hecho, no tiene dudas de la culpabilidad de la policía.

«Mi hijo no era adulto ni traficante. No era nada, pero vivía con miedo cada vez que veía a policías», dice Jocely. «No puedo callarme porque si no Kauã será solamente uno más en la estadística».

Al gobernador no le preocupa el aumento de las muertes causadas por la policía.

Según Witzel, es natural esperar que los óbitos generados por la policía continúen aumentando durante su mandato como un síntoma de que está «golpeando fuerte» a la criminalidad, sentimiento que comparten muchos brasileños.

«Nunca vi a ningún agente matando por gusto. Cuando la policía mata es porque ejerció su función para evitar un riesgo mayor. En la sociedad civil, quien no hace nada errado, no tiene qué temer», asegura Sonia Manzano, de 57 años e integrante de un movimiento de ultraderecha que defiende una intervención militar en el país.

No hay sondeos que dejen ver qué porcentaje de la población apoya o rechaza la política de seguridad del gobierno.

Al igual que otros férreos defensores de una política agresiva de las fuerzas de seguridad que The Associated Press contactó, Manzano se muestra reticente a dar una entrevista y finalmente, cuando accede, rehúsa hacerla en cámara. Pese a no declararse una seguidora de Witzel, ve como positivo el endurecimiento policial.

Por protocolo, en Brasil la policía debe detener a los delincuentes y presentarlos ante las autoridades para que sean juzgados. Los agentes apenas están exentos de responsabilidad penal al matar cuando su vida está en riesgo. Sin embargo, Bolsonaro y Witzel son proclives a otorgar mayor inmunidad a la policía y el gobierno nacional intenta avanzar con una legislación que otorgue mayor protección a agentes que maten durante operaciones bajo una figura denominada «excluyente de ilicitud». Es decir, la policía podría aducir que actuó bajo miedo, sorpresa o «emoción violenta» para ser absuelta de cargos.

El gobernador dijo esta semana que evalúa la presentación de un recurso ante la Corte Suprema brasileña para que siente jurisprudencia sobre la legalidad del uso de tiradores de élite contra delincuentes armados con fusil para evitar eventuales procesamientos de los agentes que disparen.

En Río, los muertos por las fuerzas estatales han crecido en 2019 al calor de denuncias por asesinatos de inocentes, abusos de la policía y violaciones a los derechos humanos que cuestionan la efectividad de las operaciones.

Sin paz. Jocely Rozario Junior viste una camiseta con la imagen de su hijo Kaua, quien siendo un niño ya temía a los cuerpos de seguridad.

Renata Souza, diputada del estado de Río y presidenta de la Comisión de Derechos Humanos en la Asamblea Legislativa, acudió a Naciones Unidas en mayo pasado y presentó una denuncia contra el gobernador para que el organismo ejerza presión para detener presuntas violaciones a los derechos humanos.

Witzel, quien prometió una política de «tolerancia cero», se jacta de que su administración pueda ser vista en el espejo con la del exalcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, quien consiguió en los años 90 reducir drásticamente los índices de delitos de la ciudad, mientras se multiplicaban denuncias por abusos policiales y encarcelamientos arbitrarios.

«El propio gobernador reconoce que no va a respetar los derechos humanos. En Nueva York murió la juventud negra y pobre. (En Río) se mira a las personas de la favela y las periferias como criminales», dice Souza.

Se solicitó reiteradas veces una entrevista con las autoridades policiales, que no respondieron al pedido.

A la par de la diputada, vecinos de favelas comenzaron a organizarse como un acto de resistencia contra la violencia policial.

“Nunca vi a ningún agente matando por gusto. Cuando la policía mata es porque ejerció su función para evitar un riesgo mayor. En la sociedad civil, quien no hace nada errado, no tiene qué temer”, asegura Sonia Manzano, de 57 años e integrante de un movimiento de ultraderecha que defiende una intervención militar en el país.

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«Hoy no somos guerreros, somos sobrevivientes. Tenemos que denunciar y reclamar por lo que sucede», dice Bárbara Nascimento, una de las coordinadoras del grupo «Parem de nos matar» (Paren de matarnos), un movimiento de vecinos que ha levantado la voz contra la situación.

En febrero, una operación policial en el morro Fallet Fogueteiro dejó 15 muertos, el mayor número de decesos en una misma operación en dos años según Fuego Cruzado. No fue la cantidad sino la forma en que murieron los presuntos narcotraficantes lo que generó indignación de los vecinos de Fallet.

La madre de uno de los 15 muertos que pidió preservar su identidad dijo a The Associated Press que a su hijo le quebraron el cuello y le abrieron la barriga con un cuchillo antes de rematarlo, pese a que se había rendido.

La policía de Witzel, quien como gobernador es el jefe directo de la fuerza, ha apelado cada vez más a sobrevuelos de favelas con tiradores en helicópteros blindados. Además, retomó las operaciones durante la madrugada y los tiroteos dentro de los barrios humildes se hicieron cada vez más frecuentes.

En pocos lugares el sonido de las hélices genera pavor como en Maré, un complejo de favelas en la zona norte de la ciudad.

David Vicente es músico, tiene 20 años y forma parte de la orquesta de la Maré, un proyecto social destinado a los jóvenes de la favela. «Mi papel hoy es salvar niños, igual a como fui salvado por la orquesta», dice.

«Yo era un niño con mucho tiempo libre, deambulaba mucho por la calle y hoy la mitad de mis amigos están envueltos en el tráfico. Debemos mostrar a los niños que tienen más de un camino que el obvio, que es el tráfico de drogas», asegura.

El joven afirma que la mayoría de los vecinos no le teme a la policía, sino a quedar en medio de un tiroteo y, cada vez más, a los helicópteros de la fuerza utilizados como plataforma de tiro. «No estás seguro ni dentro de tu casa, porque el tiro puede entrar por el techo», explica.

Vicente asegura conocer la receta, diferente a la del gobernador, para acabar con la violencia y la marginalidad. «Se resuelve de una manera: dando opciones para salir del tráfico, con educación y cultura como base. Yo no soy traficante hoy probablemente porque tuve acceso a ello».

Daños. Según Fuego Cruzado, un grupo no gubernamental que monitorea la violencia, cada vez más gente en Río resulta herida, y, a menudo muere, por balas perdidas disparadas tanto por criminales como por la policía.

La moribunda economía venezolana se toma un respiro

Venezuela. El FMI estima que la economía se ha reducido a su nivel más bajo en siete décadas y caerá otro 35 % este año.

Errol Irausquin ha encontrado un rentable nicho de negocio con su boyante restaurante Fat Panda, en la capital de Venezuela, pese al colapso económico que ha hecho que millones de personas abandonen su maltrecho país. Aprovechando el éxito que tenía vendiendo comida desde una camioneta, Irausquin llevó su menú de influencia asiática a un nuevo restaurante, donde ofrece emparedados picantes que gotean por los brazos de los clientes en un rincón acomodado de Caracas.

Pronto abrirá un segundo local, un atisbo de prosperidad en la pesadilla económica venezolana. “Parte de la población que decidió quedarse en el país”, comentó Irausquin. “Esa población necesita actividades. Esa población necesita salir, necesita socializar. Necesita estar al aire libre”.

El empresario no es un caso aislado. En aparente desafío a las apocalípticas predicciones de Washington sobre la inminente implosión económica, varios restaurantes y tiendas de moda llenas de productos de importación, desde Fruit Loops a iPhones, han brotado en Caracas en los últimos meses. Lo que impulsa ese resurgir es la decisión que tomó el pasado mayo el presidente, Nicolás Maduro, que pasó bastante desapercibida en su momento de suavizar los estrictos controles de la divisa introducidos 16 años antes. Eso permitió a los bancos comprar y vender dólares a cualquier cambio para facilitar que los empresarios operen en una moneda aceptada a escala internacional.

Al mismo tiempo, las autoridades socialistas están mirando a otro lado conforme el dólar sustituye a la moneda local, el bolívar, como una forma aceptada de pago incluso para pagar una porción de pizza. Algunos incluso señalan que ante el creciente aislamiento del país, los empresarios con buenos contactos, algunos de ellos sujetos a sanciones, están repatriando ganancias ilícitas obtenidas con contratos del Gobierno y por la venta ilegal de oro y drogas para financiar la construcción de nuevos edificios de oficinas y negocios.

El resultado es una dosis de adrenalina poco habitual para una economía que agonizaba. Por primera vez en años, la inflación que sigue entre las más altas del mundo ha perdido velocidad, los supermercados están surtidos y el instinto capitalista se está poniendo en marcha. Los economistas advierten que el inesperado rebote es muy limitado y es improbable que dure. Es probable que las amplias sanciones estadounidenses, endurecidas la semana pasada cuando el gobierno de Donald Trump amenazó con perseguir a empresas extranjeras que hicieran negocios con el Gobierno de Venezuela, agraven el declive económico iniciado hace años.

Sin embargo, para la menguante élite venezolana es un alivio tras años de pasear entre estantes vacíos en las tiendas y ver que sus restaurantes favoritos habían cerrado. En un sábado reciente había un ambiente de fiesta en una feria callejera, donde camionetas restaurante ofrecían comida junto a un pequeño parque, mientras el cielo se despejaba tras un chaparrón tropical. La música en vivo y las luces atrajeron a una multitud, dando la impresión de que la vida había vuelto a la normalidad. La división entre los pudientes y los pobres se torna más dramática conforme avanza la crisis, señaló Luis Vicente León, presidente de la encuestadora Datanalisis, con sede en Caracas.

La principal línea divisoria es el acceso a dólares estadounidenses. Mientras que un adinerado quinto de la población disfruta de sus ahorros en bancos extranjeros y salarios de compañías extranjeras, cada vez más venezolanos dependen de los $4,000 millones en remesas enviadas por los 4 millones de compatriotas que han dejado el país en los últimos años.

El regreso de unas pocas comodidades tras años de escasez subraya la eficacia limitada de las sanciones para derrocar a Maduro, señaló León. Las protestas lideradas por Juan Guaidó, reconocido como mandatario legítimo del país por Estados Unidos y más de 50 países, se han ido diluyendo en la capital, aunque mantienen una alta participación en el interior, donde la situación económica es tan desesperante como siempre. “Vas a tener un país destruido y una burbuja que logra sobrevivir sin que el problema real termine por ser resuelto”, dijo León.

La inmensa mayoría de los venezolanos vive en una profunda pobreza sin ayuda del exterior. En torno al 80 % depende de comida subvencionada por el Gobierno y gana un salario mínimo en bolívares equivalente a $3.50 mensuales, que mengua cada día bajo una inflación que alcanzó el millón por ciento el año pasado, según el Fondo Monetario Internacional. El FMI estima que la economía se ha reducido a su nivel más bajo en siete décadas y caerá otro 35 % este año.

Los economistas advierten que el inesperado rebote es muy limitado y es improbable que dure. Es probable que las amplias sanciones estadounidenses, endurecidas la semana pasada cuando el gobierno de Donald Trump amenazó con perseguir a empresas extranjeras que hicieran negocios con el Gobierno de Venezuela, agraven el declive económico iniciado hace años.

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Todo esto en un país que estuvo entre los más prósperos de América Latina, productor de riqueza gracias a las reservas de crudo más grandes del mundo. Los detractores culpan a dos décadas de gobierno socialista por la caída en picada de la producción de petróleo en un país que se desmorona. Pese al sombrío panorama, hay empresarios que aprovechan la oportunidad de cubrir la demanda de consumidores acomodados. Una de las tiendas de importación más exclusivas de Caracas ofrece servicio de aparcacoches. Dentro, asistentes personales cargan las canastas de los clientes desde el momento que entran hasta que están listos para pagar.

Pueden elegir entre una amplia variedad de artículos, como cerveza con sabor a sandía y sal baja en sodio, todo con precios en dólares. Otras tiendas venden cigarrillos electrónicos, limpiador facial de Neutrogena y cápsulas de Caffe Verona de Keurig Starbucks, la clase de objetos que llevan mucho tiempo desaparecidos en Venezuela. No todo son costosos artículos de lujo; también se ofrecen productos básicos, antes abundantes, de los que Venezuela ya no produce suficiente –como harina y aceite de cocinar– de modo que incluso familias con bajos ingresos pueden en ocasiones ahorrar para comprar unas pocas cosas.

Entre los que aprovechan el repunte económico está Daisy Romero. Harta de ver un descenso en las ventas de su tienda de modo, convirtió hace poco su pequeño local en una tienda de alimentación que ofrece paquetes de bienes importados que envía su hijo en Estados Unidos. El negocio va bien, señaló, indicando que los clientes entran entusiasmados en su tienda. “¡Wow! Pero qué tantos cereales hay aquí. Tenía años que no los veía”, dijo, repitiendo una reacción habitual entre los clientes.

“¿Qué cuesta? Dame uno, dame el otro”. El médico Jorge Hoegl entró en una nueva tienda de importación, donde había golosinas como helado Haagen-Dazs, que fue habitual en las tiendas venezolanas antes de que la crisis empeorara en los últimos cinco años. Aunque estas tiendas venden algunos medicamentos sin receta, la mayoría de la gente con enfermedades crónicas como la diabetes sigue teniendo problemas para conseguir los fármacos. Hoegl no cree que estos nuevos negocios sean la respuesta a los problemas de Venezuela.

“De pronto ves los bodegones y podrías pensar que todo podría cambiar o mejorar la economía”, dijo. “Sin embargo, yo creo que este tipo de cosas no van a mejorar una situación. Es un problema progresivo crónico que probablemente lleve más tiempo normalizar acá”.

Economía. Los detractores culpan a dos décadas de gobierno socialista por la caída en picada de la producción de petróleo en un país que se desmorona.

Inmigrantes desconcertados por nuevos poderes para deportar

Nuevas normas. Estas permiten a los funcionarios del servicio de inmigración deportar a toda persona que lleva en el país menos de dos años.

Las nuevas medidas para facilitar las deportaciones tienen en ascuas a las comunidades de inmigrantes y los abogados les recomiendan que reúnan toda la documentación posible –comprobantes de pagos, contratos de alquiler de viviendas e identificaciones de gimnasios– para demostrar que han vivido en Estados Unidos.

La incertidumbre acerca de qué impacto tendrán estas medias genera confusión y hace que resulte más difícil dar asesoría a los inmigrantes sin permiso de residencia. Abogados y organizaciones de activistas a veces hacen recomendaciones contradictorias acerca de si conviene tener siempre encima esos documentos.

Las nuevas normas permiten a los funcionarios del servicio de inmigración deportar a toda persona que lleva en el país menos de dos años. Actualmente las autoridades solo pueden ejercer esas atribuciones a una distancia de hasta 160 kilómetros (100 millas) de la frontera con México y con personas que llevan menos de dos semanas en el país.

Detractores de esta política dicen que envalentonará a los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas para que la emprendan indiscriminadamente contra los inmigrantes, privándolos de llevar sus casos ante un juez o de consultas con abogados. Se calcula que unos 300,000 inmigrantes sin permiso de residencia podrían ser afectados por esta medida, según estimados del Instituto de Políticas sobre Inmigración.

Los abogados comenzaron a recomendar inmediatamente a los inmigrantes que reuniesen documentos para demostrar que llevan al menos dos años en el país, cualquier papel que compruebe una presencia continua en Estados Unidos. Pero no deben llevarlos consigo necesariamente.

«Estamos operando a ciegas en este momento», dijo David Leopold, abogado de inmigración de Cleveland.

Por años, organizaciones defensoras de los derechos de los inmigrantes han venido diciendo a la gente sin un estatus inmigratorio legal que no lleven consigo identificaciones con su país de origen, porque eso podría perjudicarlos. Pero al no tener la posibilidad de acudir a los tribunales, abundan los interrogantes.

«Deben llevar consigo una cantidad limitada de papeles», dice la abogada de inmigración de Houston Mana Yagani, «yo les recomendaría que tengan una copia de todo en la oficina de un abogado y en la casa de un amigo de confianza».

Otros, sin embargo, insisten en el viejo adagio de que no digan nada ni lleven nada consigo.

«No tengas nada contigo y haz uso de tu derecho a guardar silencio», dijo la activista de Chicago Rosi Carrasco.

El Centro Nacional de Justicia para el Inmigrante, con sede en Chicago, alienta a los inmigrantes a que tengan un plan, que conserven sus documentos en un sitio céntrico y que les den acceso a ellos a amigos de confianza. También que hagan planes para que alguien recoja a sus hijos en la escuela en caso de una emergencia.

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Incertidumbre

La expansión de los poderes de las autoridades inmigratorias, que seguramente va a ser resistida en los tribunales, ya plantea numerosos interrogantes.

Hay quienes dicen que las nuevas reglas dan a los agentes de la policía inmigratoria (ICE, por sus siglas en inglés) piedra libre para que hagan lo que quieran. Mencionan el ejemplo de lo sucedido hace semanas en Kansas City, donde agentes de inmigración que trataban de arrestar a un mexicano rompieron los vidrios de un auto y lo sacaron por la fuerza frente a su novia y a sus dos hijos pequeños. Fue deportado rápidamente.

También mencionan el caso de un ciudadano estadounidense de 18 años, de Dallas, que estuvo preso más de tres semanas tras ser detenido en un puesto de control en el que los agentes hacían uso de su derecho a deportar prestamente extranjeros sin permiso de residencia. Fue detenido bajo sospecha de estar en el país ilegalmente.

La Unión de Libertades Civiles (ACLU) dijo que acudirá a los tribunales, lo mismo que el Consejo Americano de Inmigración, que sostuvo que la expansión de esos poderes compromete el debido proceso.

El gobierno de Donald Trump aduce que las deportaciones rápidas son una forma de hacer frente a la escasez de lugar para detener inmigrantes en medio de una ola de llegada de centroamericanos. La aceleración de las deportaciones se suma a otras medidas recientes, incluidas nuevas restricciones a los pedidos de asilo y obligar a que la gente espere en México la tramitación de sus solicitudes de asilo.

Deportaciones. La administración Trump asegura que las deportaciones rápidas son una forma de hacer frente a la escasez de lugares para detener inmigrantes.

El director interino del ICE Matthew Albence dijo que la ampliación de poderes para deportar «es una herramienta importante para expulsar extranjeros ilegales y aliviar la escasez de recursos que enfrenta el ICE en relación con el espacio para detenciones y los tribunales de inmigración», según un memo que envió al personal del organismo.

Albence afirmó que era vital que se apliquen los nuevos poderes de una forma consistente y bien documentada. Indicó que los agentes deberán recibir capacitación adicional antes de ejercer esa autoridad.

Por ahora, Antonio Gutiérrez, de 30 años, tiene listos planes de emergencia y contrató a un abogado. Lleva casi 20 años viviendo en el país sin permiso.

Gutiérrez cruzó la frontera ilegalmente desde México cuando tenía 11 años. No pudo acogerse al programa del gobierno de Barack Obama que cobijó a los jóvenes que fueron traídos de niños a Estados Unidos y que no tienen permiso de residencia porque en una ocasión fue acusado de manejar en estado de ebriedad.

Reunió sus papeles, incluidas cartas de conocidos y todo lo referido a su solicitud rechazada de acogerse al programa DACA de Obama, y los tiene en un lugar seguro en su casa. Otros miembros de su familia han podido regularizar su situación inmigratoria, pero él no.

«Organizarme me da una cierta seguridad», expresó.

Los activistas difieren acerca de si es importante tener los documentos con uno todo el tiempo. Para algunos, es más importante hablar con un abogado y entender cuáles son sus derechos.

Esto es particularmente difícil ya que la gran mayoría de los inmigrantes no tienen abogados. Solo el 14 % de los inmigrantes que son arrestados se presenta con un abogado cuando va a los tribunales, de acuerdo con un estudio de 2016 del Consejo Americano de Inmigración.

«No queremos crear alarmas innecesarias», dijo Daniel Sharp, director de asuntos legales del Centro de Recursos Centroamericano de Los Ángeles. «Nuestra primera recomendación para todo el mundo es que se informen, que hagan una consulta legal y comprendan que pueden guardar silencio en lugar de llevar consigo una pila de papeles».

México: bandas y paramilitares alimentan creciente violencia

Fotografías de Agencias

La nueva ley en Xaltianguis, una pequeña localidad en la carretera hacia Acapulco, llegó con un coche bomba y una carnicería.

Una fuerza paramilitar fuertemente armada tomó el pueblo del estado mexicano de Guerrero el mes pasado para expulsar a una banda rival. Hizo estallar un auto con cilindros de gas y descuartizó el cuerpo de uno de los dos enemigos caídos.

Los residentes se escondieron en sus casas o huyeron carretera abajo entre matorrales tropicales. La policía y los soldados que custodiaban Xaltianguis no hicieron nada. Ahora, a pocas cuadras de la base donde se estableció la nueva «policía comunitaria», infantes de marina y policías estatales vigilan la carretera y patrullan la localidad. Pero no han tratado de arrestar a los paramilitares pese a que la mayoría de ellos portan rifles de asalto ilegales abiertamente.

«Tenemos el pueblo prácticamente blindado por el Gobierno. En las entradas del pueblo podemos ver al ejército, la infantería de marina y todos los niveles del Gobierno apoyándonos en lo que es la protección del pueblo», alardeó Daniel Adame, el líder del grupo que asumió el control de Xaltianguis.

Esta es una escena que se repite una y otra vez en el sur de México: las llamadas «policías comunitarias» o grupos de «autodefensa», a menudo acusados de estar relacionados con los carteles de la droga, han proliferado y extendieron su control sobre el territorio. En esos casos, los soldados, superados en número, no intervienen, en parte por temor a abrir fuego contra civiles.

Muchos esperaban que la violencia en Guerrero disminuyese al tiempo que los opioides sintéticos como el fentanilo hundían al mercado del opio que había alimentado a las organizaciones delictivas de la región. De hecho, los homicidios en el estado, conocido por su violencia, bajaron un 36 % en los tres primeros meses del año.

Pero ahora parece que surge una nueva ola de violencia, enfrentando a bandas rivales contra escuadrones paramilitares que luchan por el robo de combustible, las minas de oro y las rutas para mover químicos.

Éxodo

Miles de personas se han marchado por los enfrentamientos, y una tóxica combinación de carteles, sicarios y fuerzas parapoliciales han neutralizado al Ejército mexicano, obligando a los soldados a asumir un papel de meros espectadores, o en el peor de los casos, de rehenes.

Adame es una figura muy diferente a la de los líderes parapoliciales del pasado, gente de pueblo que se armaba para defender sus localidades de los narcotraficantes. Hay quienes dicen que las bandas delictivas a menudo infiltran gente en las «policías comunitarias». El líder del Frente Unido de la Policía Comunitaria del Estado de Guerrero (FUPCEG) se describe a sí mismo como un comerciante y dice que tiene un león y aves exóticas, y que porta un costoso fusil AR-15 con una mira telescópica. Su hijo porta una pistola con un mango de plata tallado.

Justificó el uso de un auto con bombas diciendo que otras organizaciones como la Unión de Pueblos y Organizaciones de Guerrero (UPOEG) también emplean explosivos. Su grupo tomó el pueblo, señaló, porque la otra organización está vinculada al crimen organizado. La UPOEG dice lo mismo de la FUPCEG.

Los lugareños confirmaron que el FUPCEG asumió el control a mediados de mayo y expulsó a sus rivales, al matar a dos y descuartizar el cadáver de un hombre con puñales que parecían bayonetas.

Del otro lado de la frontera con el estado de Michoacán, paramilitares que el gobernador Silvano Aureoles describe como «delincuentes, ni más ni menos», arrinconaron a media docena de soldados contra un muro, les sacaron sus armas y los empujaron e insultaron hasta que aceptaron devolverles un rifle de francotirador calibre 50 que les había confiscado otra patrulla.

A pesar de la humillación, el presidente Andrés Manuel López Obrador invitó a los soldados al Palacio Nacional a los pocos días para «agradecerles y reconocer su actitud serena y temple que evitó pérdida de vidas de gente inocente, exhortándolos a continuar desempeñándose con profesionalismo en beneficio del pueblo», según la Secretaría de Defensa.

Esto inquietó a la Federación de Empleadores Mexicanos, una de las principales organizaciones empresariales del país.

Espera. Vecinos del estado de Guerrero esperan turno para hablar con los líderes de FUPCEG, la banda que ha tomado el control en la localidad.

«Las Fuerzas Armadas resultan el único mecanismo viable para restaurar el orden y la tranquilidad», expresó en un comunicado. «El Ejecutivo ha encomendado al ejército la protección del territorio a la vez que les ha solicitado no enfrentarse, en ningún momento, con civiles para evitar violaciones a los derechos humanos. Esta instrucción es poco clara y por tanto contraproducente. De ser interpretada de forma literal, impide que las Fuerzas Armadas realicen funciones básicas de control, pues le impide enfrentarse a células criminales armadas o grupos paramilitares. La situación en La Huacana, Michoacán, lo ha demostrado».

Estas organizaciones se hacen cada vez más fuertes y están más dispuestas a enfrentar a las fuerzas armadas.

Salvador Alanis, estratega y portavoz de FUPCEG, la agrupación que tomó Xaltianguis, dice que esa organización tiene 9,000 hombres armados en una serie de localidades que controla y supera en número al Ejército mexicano en el estado. No tienen problemas en batirse con los soldados.

«Aquí vino un día el ejército a echar gas lacrimógeno a las mujeres, y no se lo permitimos», expresó Alanis. «Paramos la carretera y retuvimos a un grupo de manera pacífica».

López Obrador confía en la Guardia Nacional que acaba de crear, una especie de policía militarizada que se espera sea enviada a Guerrero dentro de un mes. Si la Guardia enfrenta las mismas limitaciones que el ejército, no obstante, estará también en desventaja en estados como Guerrero y Michoacán.

«Le digo al gobierno federal, eso le puede pasar a tu Guardia Nacional», dijo Alanis. «O peor todavía, porque si a un chamaco de esos se le va un balazo en una trifulca, va a ser un masacre de ambos lados».

«Es una relación de tolerancia, sino de coordinación», agregó. «No te metes conmigo y nosotros no nos metemos contigo».

Si bien la mayoría de los paramilitares son reclutados de la zona, Alanis indicó que su grupo tiene un centenar de hombres entrenados para matar, que emplea en la toma de localidades. «Están listos para matar o morir por lo que les des», sostuvo.

Cada vez resulta más difícil distinguir a estos paramilitares de los carteles, los cuales a su vez se muestran cada vez más osados.

A plena luz

En Zamora, Michoacán, el cartel Nueva Generación de Jalisco hizo en mayo un desfile por la ciudad de al menos dos docenas de camionetas y vehículos todo terreno, que lucían orgullosamente en sus puertas las iniciales del cartel, CJNG.

Ante la pasividad de los soldados en las ciudades controladas por estas bandas, los conflictos se tornan casi medievales. Los residentes de Chichihualco, por ejemplo, han cavado zanjas en la carretera que conduce a un bastión del FUPCEG en el pueblo de Filo de Caballos, porque Alanis ha amenazado con tomar su localidad.

Otros crean puestos de control en los caminos para defender sus ciudades. Cuando se maneja por caminos secundarios de Guerrero, surgen numerosos puestos manejados por civiles armados con fusiles.

El «comandante Gerónimo» estaba junto a una barricada de bolsas de arena llena de balazos. Miembro de la UPOEG, ha resistido cada dos meses ataques del FUPCEG al sur y de la banda de traficantes Ardillos al norte. Gerónimo, quien no quiso dar su nombre completo por temor a represalias, explicó que se libran intensos combates por el control de pequeñas localidades.

«Hay una crisis en las montañas y los delincuentes no son tontos», manifestó. «Dicen que esto (el opio) ya no será negocio, pero las minas sí. Creo que se viene un mes de crisis».

Las minas de oro de propiedad canadiense de estas montañas históricamente han sido conminadas a pagar por protección de las bandas. Ahora se ha descubierto oro en otros sectores del estado y se especula que los carteles y los paramilitares tratarán de asumir el control de las minas.

“Las Fuerzas Armadas resultan el único mecanismo viable para restaurar el orden y la tranquilidad”, expresó en un comunicado. “El Ejecutivo ha encomendado al ejército la protección del territorio a la vez que les ha solicitado no enfrentarse, en ningún momento, con civiles para evitar violaciones a los derechos humanos. Esta instrucción es poco clara y por tanto contraproducente. De ser interpretada de forma literal, impide que las Fuerzas Armadas realicen funciones básicas de control, pues le impide enfrentarse a células criminales armadas o grupos paramilitares”.

Otros creen que estas organizaciones quieren tomar el control de las rutas que llevan al puerto de Acapulco para transportar sustancias químicas precursoras ahora que los opioides sintéticos han desplazado la amapola que crece naturalmente en esta región.

«Pensábamos que, acabado el negocio de la amapola, se iba a terminar la violencia», comentó David Barragán, residente de Los Moros que tuvo que irse de su pueblo tras la llegada de las fuerzas del FUPCEG de Alanis.

Igual que otros residentes de la montaña, Barragán cultivaba entre media y una hectárea con amapola. Los precios, sin embargo, cayeron en picada hace un par de años y Barragán apostó a los aguacates, el nuevo «oro verde» de las montañas del sur de México.

Pero los paramilitares tomaron su plantación de aguacate y están recogiendo el fruto, que tardó dos años en madurar.

Barragán y cientos de sus vecinos –lo mismo que miles de campesinos en todo el estado– se escapó. Dice que la gente no va a aguantar mucho tiempo más.

«La Guardia Nacional es lo que más necesitamos acá», expresó. «Y mientras esperamos, si allí no hay nada, vamos a tomar otras medidas», advirtió.

Sin pena. La exhibición de armas de uso prohibitivo es habitual entre los miembros de las bandas delincuenciales. Ya no hay necesidad de esconderse.

Africanos ingresan a EUA desde México en cifras históricas

A la espera. Migrantes africanos esperan en Tapachula, en Chiapas (México), obtener el permiso legal de ingresar al territorio mexicano.

Sin dejarse desanimar por un trayecto de miles de kilómetros, las personas que huyen de las penurias económicas y los abusos a los derechos humanos en países africanos ingresan a Estados Unidos a través de la frontera con México en números nunca antes vistos, para la sorpresa de los agentes de la Patrulla Fronteriza que están más acostumbrados a los migrantes hispanoparlantes. Funcionarios de Texas, e incluso de Maine, pasan apuros para lidiar con el marcado incremento de migrantes africanos.

Están llegando a Suramérica después de cruzar el Atlántico vía aérea y embarcarse en una travesía que a menudo resulta desgarradora. Durante una semana reciente, los agentes de la Patrulla Fronteriza en el sector Del Río detuvieron a más de 500 migrantes africanos que caminaban en distintos grupos por los terrenos áridos después de un cruzar el río Bravo (Grande) con todo y niños. Esa cifra representa más del doble del total de 211 migrantes africanos que fueron detenidos a lo largo de los 3,200 kilómetros (2,000 millas) de la frontera entre México y Estados Unidos durante el año fiscal 2018.

«Seguimos viendo un incremento en la detención de migrantes procedentes de países que no solemos encontrar en nuestra área», dijo Raúl Ortiz, director del sector Del Río de la Patrulla Fronteriza. Los migrantes detenidos en Texas procedían principalmente de la República del Congo, la República Democrática del Congo y Angola. También se han encontrado grandes grupos de cameruneses que transitan por México con dirección a Estados Unidos y solicitan asilo en los puertos de entrada.

Un sábado reciente había más de 90 cameruneses formados en Tijuana para ingresar a la lista de espera para solicitar asilo, misma que supera los 7,500 nombres. En esa lista de espera también hay migrantes procedentes de Etiopía, Eritrea, Mauritania, Sudán y el Congo. Por lo general, los cameruneses toman un vuelo a Ecuador, en donde no se requiere una visa, y les toma unos cuatro meses llegar a Tijuana. Caminan durante días por la densa selva de Panamá, en donde a menudo son víctimas de robo y detenidos en instalaciones gestionadas por el Gobierno.

Poblaciones. La tramitología migratoria en la frontera sur de México ha llevado a los migrantes a poblar centros migratorios y el barrio La Esperanza, en Tapachula, Chiapas.

Provienen del sur de Camerún, una región donde se habla inglés, con horrendas historias de violaciones, asesinatos y torturas cometidas hacia finales de 2016 por los soldados de la mayoría de habla francesa que dirige el país. Unos días después de que los grupos de migrantes africanos fueran detenidos en Texas, las autoridades federales liberaron a algunos de ellos en San Antonio. Funcionarios de la ciudad texana lanzaron una convocatoria en busca de voluntarios que hablaran francés para fungir como traductores «y, lo más importante, hacer que nuestros invitados se sientan bienvenidos».

Muchos fueron trasladados en autobús a Portland, Maine, un lugar lejano de la frontera entre México y Estados Unidos. Entre los migrantes se ha corrido la noticia de que la ciudad de 67,000 habitantes es un lugar acogedor. Durante la década de 1990 se asentaron refugiados somalíes en Portland. Un total de 170 solicitantes de asilo han llegado en los últimos días.

Se prevé la llegada de cientos más durante una oleada que el administrador de la ciudad, Jon Jennings, calificó sin precedentes. Un albergue ya está lleno, por lo que se tuvo que adaptar la cancha de básquetbol del Centro de Exposiciones de Portland como refugio temporal. Las autoridades de Portland tuitearon el jueves 13 de junio que los rumores de que algunos migrantes son portadores del virus del Ébola «son absolutamente falsos» y dijo que, como solicitantes de asilo, están legalmente en Estados Unidos.

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De África a Brasil y EUA

El jueves en la tarde, familias dentro de la «Expo» charlaban en francés y portugués mientras los niños pateaban un balón de fútbol cerca de algunos catres. Uno de los hombres, Prince Pombo, de 26 años, se describió como un activista pro democracia y dijo que huyó de su país, la República Democrática del Congo, debido a la opresión política. Se trasladó a la vecina Angola y posteriormente viajó vía aérea a Brasil. Ahí, conoció a una mujer local y tuvieron una bebé a la que nombraron Heaven. Ahora con 16 meses de edad, Heaven reía mientras jugaba con su madre dentro del refugio temporal. Pombo dijo que su viaje del Congo a Estados Unidos le tomó tres años. Y hay más migrantes en camino.

México se encamina a triplicar el número de migrantes africanos que ha procesado este año respecto a los 2,100 de 2017. Mbi Deric Ambi, procedente de la parte de habla inglesa de Camerún, es uno de ellos. Durante una entrevista reciente en la ciudad de Tapachula, ubicada en México y cerca de la frontera con Guatemala, Ambi dijo que estaba a la espera de un documento por parte de las autoridades mexicanas que le permitiera continuar su trayecto hacia Estados Unidos. Viajó por tierra por Centro y Suramérica después de llegar en avión a Ecuador.

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“Seguimos viendo un incremento en la detención de migrantes procedentes de países que no solemos encontrar en nuestra área”, dijo Raúl Ortiz, director del sector Del Río de la Patrulla Fronteriza.

De acuerdo con Human Rights Watch, 1,800 personas han sido asesinadas y más de medio millón han sido desplazadas en las regiones anglófonas de Camerún desde finales de 2016. Un funcionario de Naciones Unidas señaló que hay 4.3 millones de personas que requieren de ayuda humanitaria en la zona.

«En la parte inglesa no tenemos trabajo, el sistema educativo es malo y nos ven como si fuéramos perros», dijo Ambi mientras una multitud de migrantes se reunía afuera de un centro migratorio de la ciudad mexicana de Tapachula a la espera de escuchar su nombre para obtener los documentos de viaje. Ambi ha esperado ahí cada mañana durante seis semanas. «Solo debemos ser pacientes, porque no hay nada que podamos hacer», indicó.

El marcado incremento de migrantes del África subsahariana a Estados Unidos coincide con el desplome en el flujo migratorio a través del Mediterráneo rumbo a Europa, después de que las naciones europeas y dos de los principales puntos de embarque –Turquía y Libia– decidieron tomar medidas al respecto. Entre el 1.º de enero y el 12 de junio, apenas llegaron 24,600 migrantes a Europa por la vía marítima, en comparación con los 99,600 arribos durante ese mismo periodo de 2017, de acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones.

Pero Joel Millman, portavoz de la OIM, duda que los africanos hayan cambiado su sendero migratorio de Europa a Estados Unidos. A través de una búsqueda en internet y preguntando entre sus conocidos, Pombo, quien era maestro en el Congo, se enteró de que Portland era un buen lugar para los migrantes. Dijo que el siguiente paso es comenzar a reconstruir su vida y la de su familia. «Me gustaría sentirme seguro. Me gustaría tener una vida decente», declaró. «Necesito empezar de cero».

Sin tregua. Aunque las autoridades mexicanas han desplegado a 6,000 agentes de la Guardia Nacional en la frontera sur, los migrantes intentan cruzar de Guatemala a México.