ÁLBUM DE LIBÉLULAS (188)

1539. PREMIO A LA CONFIANZA

La nieve había vuelto a aparecer, como un hada desorientada, por las calles y avenidas de Nueva York. Los pronósticos meteorológicos indicaban hora de llegada y de partida del arrebato blanco, ¿pero en estos días quién puede confiar en semejantes afirmaciones, cuando el clima se ha convertido en el más perfecto profesor de extravagancia? Así las cosas, el pasajero desde el trópico resplandeciente tenía vuelo para aquella tarde, con la nevada anunciada en su apogeo. ¿Qué hacer? ¿Cambiar su vuelo vespertino por el vuelo nocturno, cuando ya según los datos climáticos la nieve hubiera tomado otro rumbo? Se quedó pensando. Y, como no era aventurero, prefirió mantenerse en lo definido de antemano. Tomó, pues, el vuelo de la tarde. Y ya en plan de aterrizaje, se asomó a la ventanilla. ¿Qué era aquello? La Luna sonriente, que le hacía un guiño de complicidad.

1540. PROYECCIÓN EXISTENCIAL

Al adquirir su motocicleta usada se sintió como un potentado al que se le cumplían los sueños. Había sido su ilusión más recurrente desde que era niño y unas tías que contaban con algunos recursos más que sus padres –un albañil y una echadora de tortillas– lo llevaban al circo y él se extasiaba con las acrobacias, sobre todo las del motociclista en el interior de la esfera metálica. Trabajaba en un “call center” de barrio, y ya andaba pensando en emigrar cuando se animara a la aventura. Entre tanto estaban ahí las calles de pavimento cariado y los caminos de piedra y polvo. Aquel día, un microbús iba tratando de ganarle la carrera al que corría adelantito, y en una maniobra falsa le dio al motociclista. Era él. Inservibles quedaron ambos, moto y conductor. Quizás tuvo un último pensamiento: “Ahora voy a necesitar una con alas”.

1541. LLAMADA VIVA

Todos los paisajes son espíritu. Y esta imagen, que venía siéndole cada vez más común en sus divagaciones de sedentario y de trotamundos –que ambas cosas era, como casi todos los mortales con imaginación alcanzativa–, se le aparecía hoy bajo la apariencia de una tienda de joyas en Nathan Road, Kowloon, una de las dos mitades de Hong Kong. Los jades expuestos en la vitrina parecían de pronto una colección de lunas cambiantes, que algo le estaban diciendo a aquel contemplativo callejeante, que más que un trotamundos era un trotasueños. Y lo que le decían estaba íntimamente relacionado con las ondas más profundas del ser. El jade verde palpitaba aleteante, llamándolo. Tomó entonces su celular y le habló a ella, que estaba al otro lado del océano: “Amor, te estoy oyendo respirar. Te habla mi corazón de jade verde… ¿Me escuchas?”

1542. PISTA DEL  DESTINO

El incendio arrasó el monte circundante, pero dejó intacta la casita de madera que ahora estaba deshabitada pero que por tanto tiempo había sido refugio de desconocidos transeúntes. Según se decía en el vecindario, el sitio lo abandonaron sus habitantes originales cuando llegó una plaga de murciélagos y ellos se sintieron amenazados sin remedio. Se fueron, y nunca volvió a saberse de ellos. La casita empezó a ser ocupada por gente de paso, pero estos también comenzaron a escasear hasta ya no haber ninguno. Un día de tantos se desató el incendio. Devastación total, con una salvedad: la casita de madera. Alguien de los entornos, que era adicto a descifrar misterios, se animó a ir a revisar el interior. No había nada, salvo una cajita metálica con una nota adentro: “Nadie está a salvo mientras no desaparece”. Y en ese instante las maderas empezaron a crujir y se desplomaron de súbito.

1543. AYÚDENME A SOÑAR

Era el último monje del monasterio zen. ¿Qué pasaría después de que un día de tantos tuviera que partir, como un viajero ilusionado por su propia suerte ambulatoria? Podría haber un eclipse o una fiesta solar, según fuera el ánimo de los dioses al llegar ese instante. En el salón principal, al que tenía acceso el público visitante luego de subir un triple graderío de más de cien escalones, el gran Buda soñoliento presidía como si lo hiciera en un bosque nebuloso. La colina estaba en los alrededores de Ha Long, Viet Nam, y desde ella podía contemplarse el cielo abierto. El monje salió a la intemperie, y lo envolvió la bruma. Él, en verdad, no era el último monje del monasterio, pero sí era el último monje que contemplaría el cielo aquella tarde. ¡Liberación feliz! Anduvo vagando por los alrededores, dejando que su pensamiento se familiarizara con la bruma. ¿Para qué regresar?

1544. ALMAS EN VELA

La ciudad se estaba quedando sola, y eso que era noctámbula por tradición atávica. Los últimos parroquianos del bar más emblemático del centro histórico brindaban aún entre risotadas y aplausos gratuitos. Hasta que alguno de ellos miró su reloj de puño y lanzó el mensaje definidor: “Si solo nosotros estamos aquí, tomemos posesión de nuestro mundo propio”. Pagaron la cuenta y salieron a la calle. En esta, las irradiaciones lunares parecían estar sufriendo un sigiloso ataque de pánico. Ellos no se inmutaron. La soledad total les confirmaba la confianza en su propia iluminación. Se fueron caminando sin rumbo fijo, porque toda la ciudad estaba a su disposición. Así anduvieron hasta que las primeras luces del alba se hicieron sentir. La ciudad iba recuperando sus presencias normales. Ellos, espíritus de la noche, tenían que irse a descansar en algún ático inaccesible.

1545. 1812

Ahí, enfrente, el batallón parecía perpetuamente dispuesto a entrar en acción si las circunstancias así lo requerían. El capitán a cargo, erguido en su puesto hacia la derecha del punto de visión, mostraba el austero atuendo de los jefes que no necesitan mostrar signos externos de autoridad. Al fondo, las colinas inmediatas servían de resguardo de retaguardia. Nadie se movía. Era la disciplina perfecta. Y el silencio también resultaba ejemplar. Por el canal de agua marina que pasaba en medio de las dos porciones de tierra escrupulosamente urbanizada iba cruzando en aquel instante un pequeño barco de los de antes, con velas fulgurantes y maderas heroicas. El batallón de rascacielos pareció emocionarse. Al menos eso fue lo que percibió el viajero contemplativo que desde el ventanal de su habitación número 1,812 en el Hotel The Peninsula, de Kowloon, Hong Kong.

1546. SÍNDROME DEL SOL FELIZ

Como pareja, nunca lo fueron en verdad. El tiempo, con sus artes mañosas, les había ido haciendo sentir que aquello era su suerte natural, y por eso había que aceptarla sin respingos. No tuvieron hijos, aunque se lo propusieron con auxilio de la ciencia; pero esto, curiosamente, en vez de distanciarlos más estableció una especie de puente colgante entre dos ocultas orillas de las almas respectivas. Un puente que solo se abría cuando el sol fulguraba a plenitud. Y entonces bandadas de niños iban de una orilla a la otra. Ellos, sonrientes, se sentían en familia plena.

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE CAPILLA

Acababa de sonar la campana que parecía un vivero de ecos y los habitantes de los alrededores se fueron dirigiendo hacia aquella pequeña edificación antigua en la que a diario se celebraba el rito. Como la población había venido creciendo, el espacio era cada vez menos capaz de recibirlos a todos, y por eso el oficiante se colocaba en el atrio con la gente enfrente.
Cuando todos estaban ahí, en silencio impecable, apareció por la puertecita de acceso el monje encargado de la ceremonia. Iba, como siempre, totalmente envuelto en un manto aleteante que lo cubría por completo. Se detuvo en su sitio y alzó las manos, en señal de saludo. Los presentes se arrodillaron al instante, solo por unos segundos, y luego todos se incorporaron como si aquel gesto les hubiera inyectado una energía súbita.
El oficiante inició su oración, que no tenía las características usuales de tal:
“Compañeros de estadía y de viaje, estamos aquí de nuevo con la ilusión vivificante de que el día que acaba de iniciar sea lo que sabemos que es: un nuevo regalo de los dioses. Anoche todos nos dormimos con la fatiga natural después de una jornada de labores diversas; y hoy hemos despertado dispuestos a continuar con las mismas tareas pero de seguro con una leve diferencia: el horizonte está un poco más cerca que ayer, lo cual debería hacernos sentir que los dioses se acercan a nosotros aunque no nos sea posible medir humanamente las distancias. Si el Sol está aquí es porque los dioses nos avisan una vez más que hay un horario disponible, y el hecho de que lo haya es una invitación a ir reconociendo los minutos como piezas del rompecabezas zodiacal que es cada uno de nosotros…”
Tomó un respiro, tal si estuviera conectándose con alguna otra fuente de energía, y luego siguió, con entonación más anhelante:
“Cada uno de nosotros es un universo encarnado, que nunca ha perdido la noción profunda y expansiva de sí mismo. Y el heraldo de ese universo personalizado es el Sol que nos acompaña cada día, como representante directo de los dioses. Tenemos, pues, que seguir el ejemplo del Sol, no como discípulos sumisos, sino como destinatarios entusiastas. Pongámonos en actitud de revelación consciente, que es el mejor homenaje que podemos rendirles a los dioses inspiradores…”
En aquel preciso segundo volvió a sonar la campana, y la construcción a cuya vera se hallaban pareció expandirse como si fuera un torso conmocionado por un suspiro trascendental, que se hubiera instalado ahí para cumplir su misión.
El oficiante extendió los brazos. Todos los presentes hicieron lo mismo, con sincronía perfecta.
—¡El Sol nos llama, para llevarnos a saludar a los dioses!
Al instante, los brazos extendidos se fueron transformando en alas, y de inmediato la bandada completa se alzó en el aire.
Más allá de los entornos, algunos pobladores observaban esa nube de alas que se dirigían hacia el horizonte donde el Sol había aparecido no hacía mucho, y el comentario más común era:
—Los mismos pájaros a la misma hora… Como si fuera una excursión planificada.

MISTERIOS DE SOFÁ

El matrimonio había sido una constante anulación de momentos, unos pocos felices, algunos apacibles y muchos irrelevantes. Y de pronto se hizo presente el vacío sin alternativa del que había que escapar para sobrevivir. El divorcio resultó así el único pasadizo disponible hacia afuera.
Inmediatamente antes de que la ruptura tomara cuerpo en el ámbito legal, los cónyuges se reunieron en la salita de estar de la casa, porque ya no querían hacerlo en el dormitorio, que era hoy un espacio donde lo único permitido era el silencio.
El mobiliario estaba constituido por un sofá adosado a la pared lateral y dos sillas con aire de poltronas. Aquel juego de sala había sido regalo de los abuelos de ambos, que se concertaron para escogerlo en común.
—Para que descansen juntos, muchachos, después de la jornada… –fue la consigna a cuatro voces.
Pero en esta oportunidad la atmósfera era muy distinta. Cada uno se sentó en una poltrona. El sofá vacío parecía observarlos.
—¿Qué nos pasó?
—Nada, y eso es lo peor que puede pasar, sobre todo en pareja.
Se miraron a los ojos, por primera vez en mucho tiempo. Y de pronto les pareció al unísono que las respectivas respiraciones se les enlazaban en un solo suspiro que olía a nuevos desvelos. Fue una sensación dulcemente invitadora, que nunca habían experimentado.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? –le preguntó él, acercándosele.
—Esas cosas no se piensan –respondió ella, con su expresión más dulce.
Unos segundos después habían convertido el mullido sofá en su segundo lecho, que en realidad se disponía a ser el primero. Si hubieran podido tener la imagen de lo que el sofá sentía en aquel instante, de seguro la sonrisa compartida habría sido la más inspiradora sábana…
Santo remedio.

MISTERIOS DE BALCÓN

Vivían ahora en un edificio antiguo, ubicado frente a la Basílica de Jesús de Medinaceli, a las puertas del viejo Madrid. Cuando él se retiró de sus actividades empresariales en ultramar estuvo listo para replantearse opciones de vida, y como su mujer era española por línea familiar, no fue difícil tomar la decisión: se trasladarían al sitio madrileño que les fuera más propicio. Tampoco fue difícil la decisión: cerca de la Plaza de Neptuno, del Museo del Prado y de la Basílica. Afortunadamente hallaron un piso disponible.
Se instalaron durante lo que antes se llamaba Semana de Lázaro, que era la inmediatamente anterior a la Semana de Dolores, antesala de la Semana Santa. Como era abril, la primavera estaba ahí, con la energía propia de los ambientes en los que se mezclan fervorosamente la memoria y la ilusión. El espacio disponible era reducido, en comparación con los que ellos estaban acostumbrados a habitar, pero en cuanto tomaron posesión del mismo sintieron que el balcón principal era un imán irresistible.
La vida fue transcurriendo con normalidad. Una noche cenaban en La Ancha, en la calle trasera del Congreso de los Diputados, también muy cerca de Medinaceli, cuando uno de los vecinos de mesa, desconocido para ellos, les saludó con espontánea confianza:
—Recuerden que mañana tienen que estar atentos a su balcón…
Agradecieron con un gesto, sin captar el sentido de la frase. Entonces recordaron que el siguiente día iba a ser Viernes Santo, y por consiguiente no tenían plan de salir a ninguna parte. Era su primera Semana Santa en Madrid, y ellos no estaban entre los fervorosos tradicionales.
Aquella noche se fueron a vagar por los alrededores de la Plaza Mayor, y en una pequeña taberna entraron a tomar un bajativo, Orujo de hierbas, por ejemplo. En esas estaban cuando desde la barra inmediata alguien les dijo:
—Por favor no lo olviden: mañana, balcón…
Volvieron a agradecer con una sonrisa, y ella le dijo a él:
—Ya van dos, y dicen que la tercera es la vencida.
Caminaban de regreso por la calle silenciosa, y de pronto, desde una callejuela que hacía cruce con la que ellos llevaban surgió aquella pareja de ancianos que se movían como adolescentes. Cuando se encontraron, el señor les habló:
—Hasta luego. Nos vemos mañana. Nosotros en la calle y vosotros en el balcón.
Ellos se fueron a dormir con una inquietud que no tenía nada de ansiedad. Y durmieron con imágenes compartidas, en el centro de las cuales estaba aquel rostro que los contemplaba alternativamente, como queriendo hacerles una invitación muy particular.
A la mañana siguiente lo primero que hicieron fue pasar a la Basílica, en la que no habían entrado ni una sola vez. Ahí supieron que en aquella atardecida saldría la Procesión de Jesús Nazareno de Medinaceli, del sitio en la calle que estaba justamente debajo de su balcón. Empezaban a hallarles sentido a las tres voces que les habían salido al paso.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (187)

1531. DESPUÉS DEL CONCIERTO

Como hombre emprendedor y decidido que era, todo lo que pasaba a su alrededor le hacía sentirse partícipe del anhelo de no pasar inadvertido. Andaba, pues, en busca de alguna ocupación que le permitiera estar presente en cualquier parte y a cualquier hora haciéndose visible. Y lo que se le vino de pronto a la mente fue el ansia de la música. Se conectó con algunos amigos de adolescencia, que siempre anduvieron en la misma onda, y formaron una pequeña banda de rock. Empezaron en el pueblo, saltaron a la ciudad y luego traspasaron las fronteras. Nada podía detenerlos. Y cuando llegaron al Carnegie Hall se rompió de pronto la burbuja. Después del concierto, que fue una lluvia de vítores, la noche se cerró a su alrededor. A la mañana siguiente, todos despertaron en el perfecto anonimato. Y él solo atinó a decir: “Gracias por el ensueño”.

1532. PARÁBOLA DE LA DISTANCIA

Abrió aquella gaveta del ropero de la que solo él tenía llave, y sacó el álbum de fotografías. Fue directamente a esa imagen gráfica que era la única que realmente le importaba: la de Mylene, sonriente en su cojín junto a la ventana que daba al río. Aunque la imagen estaba ya palidecida por obra del tiempo, se trataba de la figura de una adolescente ansiosa de vivir. Tomó la fotografía entre sus dos manos y se quedó contemplándola mientras el tiempo iba pasando sus páginas hacia atrás, hasta llegar a las orillas del Sena, aquel diciembre remoto en que Mylene se le apareció en su balcón, mientras él, otro adolescente, desde la calle la atisbaba por primera vez. ¿Y cómo llegó a sus manos aquella remota fotografía? Vino volando por el aire invernal hasta sus manos… En su parte posterior la fotografía tenía un mensaje: “Soy Mylene, tu alma gemela”.

1533. EN LA CAPILLA MÁS PRÓXIMA

Como siempre, el padre iba a tomar la palabra antes que nadie, pero esta vez se produjo un hecho insólito: el más pequeño de los hijos, que ni siquiera había alcanzado el primer decenio de vida, se le adelantó como si quisiera abrir brecha. Todos lo observaron a la expectativa, porque aquel era un niño caracterizado por la silenciosa timidez. Sus palabras fueron breves y directas: “No vayan a asustarse, que yo lo único que quiero es presentarles a mi nuevo amigo, que encontré esta mañana en un rincón de la capilla donde vamos a darle gracias a Diosito…” Aquel niño, sin duda, hablaba como un ser intemporal, como lo somos todos cuando nos animamos a descubrirlo. Los demás quisieron tomar aquello a broma intrascendente, pero él los atajó con un gesto: “Los invito a ir a la capilla, donde mi nuevo amigo se ha quedado hasta que amanezca. Es el Año Nuevo”.

1534. CENA DE MEDIANOCHE

Para llegar a la casa principal de la finca había que recorrer más de 12 kilómetros en dirección norte desde la capital, y luego introducirse por una vía rústica y estrecha que iba descendiendo en forma sinuosa hasta llegar a la entrada, ya en la zona plana por donde pasaba la vía férrea. De ahí había que ascender de nuevo hasta la pequeña explanada donde estaba la casa de adobe y tejas. Ya se hallaban ahí, reunidos para el agasajo tradicional, que era un homenaje a la puntualidad del calendario. El reloj de pie era evidentemente el custodio de aquella disciplina puntual, y lo iba manifestando en forma de latidos metálicos sin descanso. Sonó la hora. Estallaron las coheterías en los alrededores distantes. Y entonces hizo su aparición el único invitado que faltaba. Iba envuelto en una larga túnica blanca. Todos sabían quién era: el silencio. ¡Salud!

1535. ELLOS TAMBIÉN LLEGARON

Todo se hallaba listo para comenzar el festejo de despedida del Año Viejo y de bienvenida del Año Nuevo. Según mostraban los preparativos y los arreglos, nada ponía en evidencia que fuera a haber algo que alterara lo que se hacía siempre. Los amigos esperados ya se encontraban en el lugar, y la música prevista se dejaba oír con las voces y los acordes consabidos. Comenzaron a circular los vasos de ron y las copas de vino, y la atmósfera se hacía más animada a cada instante. En la cocina, las viandas tradicionales exhalaban sus aromas apetitosos. Pero ya cuando la llegada de las 12 era inminente, se hizo de pronto un silencio que no parecía tener explicación hasta que se abrió una de las puertas interiores de la casa y por ahí apareció aquel cortejo de desconocidos infantiles. Alguien susurró: “¡Son los duendes! El año va a ser mágico… ¡Aleluya!”

1536. HACIA EL FUTURO

Aún era niño cuando la pregunta comenzó a revolotear a su alrededor, desde distintas voces y con diversos tonos: “¿Qué querés ser cuando seás grande?” Él nunca respondía, pero esa pregunta la llevaba prendida en el primer alambre de la conciencia. Ya al inicio de la adolescencia tuvo que encarar la cuestión, porque el rumbo de los estudios así lo demandaba. Y como en su casa no tenía con quién hablar al respecto, fue a ver a su tía abuela que vivía en un suburbio boscoso y que era experta en tirar las cartas. “Hijo, yo aquí veo que te vas a escapar para siempre”. Él la interrogó con la mirada. “Sí, para siempre. Y puede ser por tierra, por agua o por aire…” El siguió inquiriendo sin hablar. “Ah, pero aquí dice que lo vas a hacer por sorpresa, quizás en un sueño…” Él sonrió. Era sordomudo de nacimiento, y soñar era su única ruta de escape…

1537. VENTANA CON OLEAJE

LEl mar había estado tranquilo todos aquellos días, como si quisiera ponerse a tono con los cristales alentadores que circulaban por el aire en aquellos días de víspera. Pero ese era ya el último día, y las consabidas ansiedades del fin se hacían presentes. Él, que era un recién llegado a aquellas latitudes, estaba apenas iniciando su conocimiento de los símbolos y las imágenes propios del lugar. Y entre esos símbolos el que más le cautivaba era el de la espuma en movimiento; y entre esas imágenes la que más le conmovía era la de la bandada de gaviotas que ondulaba en el entorno. Así las cosas, ese día se sintió ligeramente indispuesto y se recluyó en su habitación, con la ventana enfrente. Cerró los ojos y por dentro se le abrió otra ventana, que daba a un oleaje animoso. Se durmió, y al despertar la espuma estaba a sus pies y las gaviotas a su alrededor. ¡Bienvenido!

1538. VITRAL DE SANTA MÓNICA

Lo cumplía todas las tardes, como un rito espontáneo sin propósitos ceremoniales: entrar en la iglesia por unos minutos para darle gracias por todo a su propia fe. En una de las bancas laterales estaba recostado alguien que a todas luces era un indigente, con su bolsa de pertenencias al lado. Él fue a sentarse en el otro extremo de la banca; y al hacerlo, el indigente se incorporó. Su voz parecía venir de arriba: “Hola, hermano, nos toca volver a nuestro sitio natural. ¿Vamos?” Y ambos ascendieron en el aire hacia el vitral más próximo. No había nadie en la iglesia. Podían hacerlo sin testigos.

Historias sin Cuento

LOS OTROS PEREGRINOS

Había caído la tarde y las nubes espumosas ambulaban a través de los tenues velos del colorido crepuscular. Todo parecía inmerso en una serenidad que mostraba más elocuencia de la usual. Apenas algún transeúnte iba recorriendo el camino, que se deslizaba entre las colinas despobladas de vegetación. Había un hálito desértico en el ambiente, y esa era una característica muy propia de la zona. A lo lejos, algunas luces parpadeantes evidenciaban la presencia de hogueras; y algunos destellos voladores hacían saber que aquella era tierra de espejismos vesperales y nocturnos.
Ya cuando la impulsiva penumbra le ganaba cada vez más espacios a la atribulada claridad, el paisaje entró en una especie de éxtasis, como si fuera un ser contemplativo. Los rebaños que menudeaban en los alrededores se iban difuminando como si quisieran volver a sus orígenes más ingenuos. Y allí, en la lejanía del vacío celeste, la primera estrella tomaba posesión de su sitio reservado desde el día primero.
Todo lo que se sucedía en los entornos era perfectamente común, y ninguno de los que habitaban o circulaban por ahí hubiera detectado nada raro o imprevisto. Pero sí había algo que podía despertar la atención del observador inquisitivo, que tampoco andaba por ahí. Era aquel pequeño grupo de caminantes envueltos en túnicas que por momentos eran oscuras al máximo y de repente adquirían fosforescencias deslumbrantes.
La noche, recién llegada, les seguía los pasos a una distancia casi inexistente.
Tras subir un leve promontorio del camino, el grupo se detuvo, a la expectativa. Del grupo surgió una voz:
—¿Es este el sitio, entonces?
Otra voz de los presentes le respondió:
—Solo necesitamos una señal para saberlo.
Se concentró el silencio, más profundo que antes.
Y mientras el silencio lo iba envolviendo y llenando todo, los oídos expectantes se sentían convocados a recibir el mensaje esperado.
¿Cuánto tiempo estuvieron así, aguardando que algo se hiciera presente con voluntad de respuesta? Afortunadamente, en aquellas condiciones el tiempo era libre para ordenar a su gusto las horas, los días, los años y los siglos…
Y entonces se hizo presente el testimonio doble, que tenía todas las características de un armonioso efluvio en el que coincidían la voluntad del infinito y la emoción del aire. La estrella estaba ahora exactamente sobre las coronillas de los peregrinos y desde algún rincón muy cercano venía aquel llanto de recién nacido.
Los peregrinos se abrazaron y saltaron de alegría:
—¡Este es el lugar y Él está aquí! ¡Aleluya, aleluya, aleluya!
Y en ese justo instante los peregrinos desaparecieron porque tenían que cumplir con su misión de repartir la buena nueva en las redes sociales de la eternidad.

ENTRE EL AGUA Y EL AIRE

El marinero se hallaba recostado en cubierta oteando el horizonte, que como siempre en alta mar semejaba una inmensa piscina sin fin. Recién había pasado el mediodía y la luz del sol brillaba en su momento estelar. Como si se hallaran prendidas de alambres invisibles, algunas nubes se balanceaban haciendo flotar sus sombras sobre las aguas tranquilas. El marinero permanecía absorto en su contemplación habitual de aquella hora, cuando sus compañeros reposaban antes de asumir las responsabilidades vespertinas, y entonces el sosiego era total.
Estaba a punto de quedarse dormido en estado casi fetal cuando el golpe de una ola inesperada lo sacó de su inmersión interior. Se incorporó al instante, como ante el llamado de la fuerza suprema, y comenzó a caminar en círculos, acercándose cada vez más a las barandas laterales, cual si el agua que parecía despertar de su propio letargo fuera de pronto un imán de espuma viva que le hablara al oído.
En verdad, anímicamente venía de otras profundidades, porque su vida en tierra había sido una cadena de adversidades hasta que no halló más salida que buscar las rutas del agua; y hoy la profundidad externa, que se le hacía tan inmediata, lejos de producirle angustia o ansiedad lo ponía en estado de gracia. Escaló el barandal y se mantuvo erguido ahí, sin sostenerse en nada, como si fuera una forma ilusoria del mascarón de proa que no faltaba nunca en los buques antiguos.
De pronto, una ráfaga llegó a envolverlo en un abrazo que tenía todas las características de la bienvenida largamente esperada. Él dejó hacer al aire, con una mezcla espontánea de entrega y de inspiración. En un segundo se encontraba suspendido sobre el piélago líquido, como si ambos, él piélago y él, fueran una sola presencia sobrenatural. Era la sublimación de la libertad perfecta.
Otro de los marineros se asomó cuando eso ocurría y el grito no se hizo esperar:
—¡Milagro, milagro, uno de los nuestros también camina sobre las aguas!

PARÁBOLA DEL PÉNDULO

Estuvo activo en las lides clandestinas desde que aparecieron los primeros grupos de la guerrilla en el país. Pasó ahí toda la guerra, haciendo labores de reclutamiento y de organización. Al llegar el fin de la contienda bélica, pasó a la vida política ya en la legalidad, y cuando el Frente guerrillero arribó al poder dispuso colarse en el área internacional, y así cogió rumbo hacia un puesto en la diplomacia activa. Le dieron a escoger y él escogió Europa. Francia, para ser más precisos. De las barrancas pobladas de malezas en los montes del pasado a las callejuelas clásicas cerca del Arco del Triunfo en el presente el salto no podía ser más espectacular, y él lo tomaba con la naturalidad propia de su naturaleza imaginativa.
Poco tiempo después de su llegada conoció en una recepción de las muchas a las que acudía a una dama de procedencia evidentemente aristocrática. A todas luces era mayor que él y mostraba la elegancia siempre puesta al día de las féminas acostumbradas a lucirse al máximo sin perder el buen gusto en ningún instante. Madame lo miraba de pronto hasta el fondo de los ojos, como si quisiera descubrir en él imágenes anheladas.
Unos pocos días después se juntaron en un café cerca del Louvre. Ellos dos, solos, ahora ya en el espacio fragante de la confianza.
—¿Cómo me dijiste que te llamas? –le preguntó ella mientras sorbía con exquisito gesto su café nostálgico.
—Adán.
—¡Qué feliz coincidencia: así se llamaba mi padre, Adam! Fue mi cariño más profundo. Lo llevo siempre aquí –y se tocaba el corazón y la frente.
—¿Y tú?
—Alice.
—Como ella: la mujer del personaje que más admiro, Claude Monet, el impresionista. Sus nenúfares flotantes son mi ejemplo. Desde que visité su casa y su jardín en Giverny, ahí nomás en Normandía, he soñado con tener un refugio en los alrededores…
—Pues mira lo que son las cosas: yo tengo una pequeña quinta justamente en ese entorno, también con un estanque poblado de nenúfares… Pero mi sueño está al otro lado del mar: tener una casita muy sencilla en alguna aldea del trópico.
—Ah, pues mi antigua vivienda, que aún conservo en un pueblito del interior del país, rodeado de arboledas y colinas, sería perfecta.
De inmediato juntaron intensamente las manos en un impulso que lo decía todo. Como por obra mágica de un juego existencial, acababan de descubrir que eran el uno para el otro. Así de simple, así de intrépido.
—Vamos a vivir en un péndulo, entonces, entre la Ruta de las Flores y los estanques de Giverny. El destino es el que conduce.
Ambos se rieron con dulzura saboreable para sellar el pacto.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (186)

1523. ALIANZA EN VIVO

La aurora es experta en travesuras siderales. A diario saca de su gaveta íntima la caja de lápices de todos los colores y escoge al azar el que usará ese amanecer. Entonces, los seres humanos tendríamos también que tener lista nuestra respectiva reacción personalizada de cada día, con su color correspondiente. Por fortuna, en lo que a mí corresponde, la inclinación traviesa es parte viva de mi ser natural. Este día domingo octubrino, por ejemplo, he despertado con el impulso de salir a esperar la llegada de la aurora en descampado. Observo, a cielo abierto, que la claridad viene desplazándose como una colonia de abejorros encarnados. De inmediato se me ocurre sacar a relucir una estrofa que es como un pañuelo carmesí. Y el clic emocional es instantáneo. La aurora y yo nos reímos, cada uno a su manera.

1524. NICE LADY

Estaba hoy en Portland, Maine, y lo que ahí lo recibió aquella tarde fue uno de aquellos crepúsculos de inicio del otoño que él no se cansaba de imaginar en sus memorias escritas disfrazadas de narraciones. El color del cielo iba cambiando con el paso de los minutos, sobre todo cuando el Sol ya se había escapado por el horizonte, dejando su estela memoriosa. Al fondo, el azul que parecía una serena colección de gasas; y sobre él, los amarillos con ansia de desvanecerse y los naranjas deseosos de alzar vuelo. Desde el ventanal de su cuartito en la posada que le servía de refugio podía contemplar el retorno de la noche, que venía envuelta en el traje de gasas que él recordaba desde siempre en sus otras latitudes del sur. Se conmovió hasta las lágrimas con el detalle, y sólo pudo decir en un susurro: “Nice lady…”

1525. NADA ES EN VANO

Después del sismo la ciudad quedó convertida en muestrario de escombros, como si un extravagante experto en instalaciones artísticas se hubiera trasladado hacia ahí. De inmediato comenzaron las operaciones de restauración, que eran puro trabajo mecánico. Y entonces aquellos dos jóvenes, que evidentemente eran pareja porque ella estaba en “la dulce espera”, y que hasta ese momento habían pasado inadvertidos, iniciaron una activa campaña para proteger algunos de los escombros más dramáticos. La iniciativa tuvo eco, y muy pronto una caravana de jóvenes recorría la ciudad poniéndoles lazos de protección a algunos sitios donde la destrucción había sido mayor. “¿Y ustedes qué se proponen?”, les preguntó alguien. Y uno de ellos respondió: “Que la destrucción nos invite al renacimiento”.

1526. MENSAJE RECIBIDO

Se hallaba recién instalado en aquella vecindad de Boston que tenía espacios para todos los gustos, y muy en especial para los estudiantes que venían de países lejanos. Él era un estudiante original y tardío, cuya ilusión era aprender algo nuevo sin tener de antemano una idea precisa. Por eso buscó un destino externo haciendo uso de una especie de lotería interesada. Puso el mapa sobre la mesa y lanzó la pieza rodante sobre él. Se detuvo un poco arriba de Nueva York, y él interpretó que era Boston. Por eso estaba ahí. ¿Haciendo qué? Recorriendo calles y releyendo los libros de siempre. Así llegó aquella tarde a la taberna irlandesa “The Black Rose”, en Commercial Street. Llevaba consigo su novela favorita, que era un cuaderno en blanco. Pensó de inmediato: “Mensaje recibido: a crear sin miedo”.

1527. FOTOSHOP

Marcelo tenía su pequeño taller de fotografía profesional en una zona sobrepoblada, donde paradójicamente podía pasar inadvertido. Prácticamente todos sus contactos de trabajo los hacía electrónicamente, porque la mayoría de sus clientes eran gente joven, ya que él había ganado fama como creador de imágenes con vida propia. Pero aquel día le llamó una voz femenina que a todas luces pertenecía a una persona de edad. “Me han dicho que usted es un artista, y quiero pedirle que me lo demuestre”. Cuando ella llegó al estudio, él comprobó que era una señora muy mayor y marcada por el tiempo. Le hizo unas cuantas tomas. Y al tener ella el producto ante sus ojos solo pudo exclamar: “Usted se ha equivocado. Esta no soy yo”. Él sonrió: “Usted vino a buscarme como artista. Esta es la que usted quiere ser. Anímese”.

1528. MISIÓN DEL CALENDARIO

De adolescente quise ser astronauta, en aquellos años en que el sueño de la conquista del espacio era lo más natural. Pasó el tiempo, y nada de aquello pasó a más. La Luna seguía ahí, impávida; y los planetas inmediatos, tan distantes como siempre. Había que volver, pues, a las veredas conocidas. Y, en mi caso, esas veredas tenían un destino confluyente: aquella casita de adobe en la que las hadas seguían habitando. Sin proponérmelo así, la ruta de retorno se me volvió una aventura inédita. Esta sí era mi auténtica conquista del espacio, no externo sino interior. Ahí enfrente estaba la casita de adobe, que parecía vestida de cristal. Cuando me acerqué se abrió la puerta, y las hadas me recibieron como al mejor bienvenido. Alrededor, las páginas del calendario giraban en el aire como hojas vivas.

1529. VISITA CON MENSAJE

Sonó el timbre de la puerta de entrada. Ella vivía sola en su encierro que era ya casi una catacumba, y las condiciones de inseguridad imperantes en el ambiente daban pie para ello. Descorrió la cortinita que permitía ver hacia afuera sin abrir la puerta, y no vio a nadie. Pensó que podía haber sido una ilusión acústica; pero en cuanto dio la vuelta para alejarse, el timbre volvió a sonar, y esta vez con mayor apremio. Hizo de nuevo la maniobra visual, y tampoco pudo ver nada junto a la puerta. Eso le produjo aún más temor, y se dirigió rápidamente hacia las piezas interiores. Ahí se encerró, pero seguía oyendo el timbre, como si alguien tuviera urgencia de entrar. Al fin se animó, y a pasos lentos se dirigió a la puerta. Entreabrió como si estuviera haciendo algo prohibido. Y lo que había era un rayo de Sol posado sobre el timbre.

1530. NI ELLOS SE SALVAN

Lo veníamos presintiendo desde hacía bastante tiempo, sin que hubiera ninguna señal visible de ello. Cada uno de nosotros tenía apartamento propio, en el que había todo lo que se pudiera desear. Al fin de cuentas éramos seres privilegiados por naturaleza. De ahí que cuando los signos de la escasez y del deterioro comenzaron a hacerse sensibles, lo que empezó a cundir fue el miedo a lo desconocido. Y lo desconocido llegó por vía subterránea. Aquel sábado una catástrofe sísmica lo destrozó todo. Logramos escapar, pero el Olimpo en que vivíamos pasó a la historia.

Historias sin Cuento

ÁRBOLES EN VELA

La vida le había ido presentando pruebas en cadena, como casi siempre ocurre con todos los seres humanos; pero en este caso lo diferente era que se trataba de un niño, un adolescente y un hombre joven que en el curso del tiempo nunca dio muestras de ningún tipo de problema particular. Sin embargo, los ahogos materiales y los quebrantos anímicos estaban ahí para él en el día a día, y había que buscar alguna salida. Y la salida la encontró en la página de un libro antiguo que halló en el baúl más olvidado de la casa que era herencia de familia. Abrió el libro al azar, y le asaltó una línea: “Todos los consejos propicios te los darán los árboles que ames”. Aspiró a fondo. Volvía a sus más profundos orígenes genéticos. De seguro él, en alguna vida pasada, había sido pino feliz. Y salió corriendo hacia el bosquecillo más cercano, a recibir la bendición de sus antepasados…

EL OTRO SENDERO

Nadie sabía cómo se llamaba aquel desconocido que llegó como visitante de paso pero que se fue quedando por ahí, sin ubicación conocida, aunque fácilmente visible por distintos rincones del lugar, que era una zona arbolada por donde cruzaba una autopista de las de antes y por donde se esparcían varios senderos sinuosos que llevaban a diferentes destinos inmediatos.
En verdad él era una rara avis en el ambiente, porque las gentes que ahí vivían eran obreros o pequeños empleados, cuya dedicación al trabajo cotidiano estaba a la vista. Él, por el contrario, tenía toda la planta de los vagabundos empedernidos, sin ocupación perceptible.
Lo que nadie sabía era que por las noches se iba a refugiar en la arboleda más espesa de los alrededores, que daba a un arroyo de aguas siempre transparentes, aun en los días de borrasca lluviosa. Pero en algún momento uno de los adolescentes más curiosos del lugar tuvo el impulso de seguirles la pista a los movimientos del desconocido, como si fuera una tarea de clase.
Y así, en uno de los atardeceres siguientes, escabulléndose entre las malezas tupidas, llegó hasta la boca de la cueva donde vio entrar al observado. Él entró también, como una sombra habilidosa, y fue a colocarse detrás de un saledizo de la ruta escarbada en la tierra quién sabe cuándo ni por quién. Desde ahí comenzó a recoger el suceso como una maquinita fotográfica consciente.
Sentado en el polvo en posición de loto, el observado fue entrando evidentemente en trance; pero no en trance de meditación común sino en algo así como la preparación para levitar. El cuerpo se alzó unos centímetros y comenzó a convertirse en una hoguera casi transparente. ¿Cuánto tiempo duró tal situación? No importaba el tiempo: en algún momento el observado recuperó su estado normal y el observador tomó la identidad etérea. Salieron juntos, como lo que eran ya sin dudas ni recelos: el yo y el otro yo del mismo ser interiorizado. Afuera, cada quien retomó su camino. Armonía sagrada.

MISIÓN DEL ARCO IRIS

Según las previsiones del médico que la atendía, faltaban muy pocos días para que llegara la hora del alumbramiento, y tanto ella como su familia inmediata hacían los preparativos del caso. Una amiga que era adicta a las predicciones sobrenaturales le había advertido que la criatura estaba esperando que hubiera condiciones astrales propicias, que de seguro tenían que ver con los movimientos de la Luna.
Como sería madre soltera, todas sus decisiones estaban concentradas en la propia voluntad. Cuando pasaron los días, el médico le advirtió que quizás habría necesidad de hacer una cesárea. Ella se quedó en suspenso, como a la espera de otras señales.
Pero todo parecía detenido en una antesala penumbrosa. El médico le hizo ver la urgencia. Si no, peligraba el que venía. Y entonces ella sintió que lo pertinente era penetrar en su interior para hacer ahí las indagaciones que fueran capaces de conectar con el infinito externo.
Entró en meditación profunda, como nunca antes lo había experimentado, y de pronto se sintió inmersa en un pequeño espacio que parecía una isla flotante. La rodeaba un horizonte cargado de nubes a punto de desprenderse en lluvia copiosa. Ocurrió al instante. En medio, una balsa animada parecía buscar escape. Ella la seguía con los brazos extendidos. El desagüe estaba a la vista. Y en el momento en que la balsa se perdió de vista hacia afuera cesó la lluvia y apareció el arco iris, más radiante que nunca. Ella abrió los ojos. Alguien junto a ella tenía entre sus manos al recién nacido.

MENSAJE DE LA LUZ

Cuando escapó de su casa todos creyeron que había sido para incorporarse a alguna de las estructuras criminales que proliferan en el ambiente, ya que desde hacía algún tiempo andaba arisco y sospechoso, como si escondiera propósitos. Ni siquiera dieron parte a las autoridades, y más bien se quedaron esperando alguna noticia que les llegara por rutas clandestinas. Eso nunca ocurrió, y entonces la posibilidad de un fin trágico fue ganando terreno. Ahí, sobre la mesita de noche de la abuela, aquel retrato de niño tenía una veladora encendida siempre enfrente.
Y aunque la veladora solo se cambiaba muy de vez en cuando, permanecía animosamente viva como si tuviera renuevo diario. Hasta que un día amaneció a punto de extinguirse. La anciana no la tocó, porque para ella esa era la señal.
En efecto, solo bastaron unos pocos minutos para que el retrato quedara en la penumbra. Y fue entonces cuando se comenzó a producir otra iluminación sin origen discernible. Una iluminación que aunque tenía su centro en el retrato se expandía por toda la humilde estancia.
La señora estaba arrodillada junto a la mesa de noche, de espaldas a la puerta, y por eso la figura que entró fue acercándosele sin que ella lo advirtiera. Le puso la mano sobre el hombro. La abuela no se inmutó, como si lo esperara. El retrato había desaparecido. Ahora estaba de vuelta el nieto en persona.

PASIÓN EN CÍRCULO

El pájaro rojo volaba afanosamente sobre la ruinas de la pirámide que se destinaba a recordar pasadas glorias. El investigador apuntó en su cuaderno: “Hay signos de que se acerca el tiempo de la resurrección de esta cultura soterrada por las miserias infatigables del tiempo que gobiernan los humanos”.
El pájaro malva se detuvo en la rama más oscura del árbol quemado en el incendio del bosque que rodeaba las ruinas del templo ceremonial. El investigador apuntó en su cuaderno: “La tempestad de odios y de ambiciones desatada por la resurrección de la cultura milenaria que estuvo aquí mientras pudo defenderse de sí misma ha dejado vivos algunos pálpitos de esperanza”.
El pájaro blanco cantó, con su dulcísimo silbo doliente, en el límite de piedras fosforescentes entre el campo donde estaban las ruinas y la colina de casas nuevecitas que iban surgiendo de los trabajos del buldócer y de los afanes de las cuadrillas de albañiles y carpinteros. El investigador apuntó en su cuaderno: “La cultura milenaria está de nuevo fatigada. Dejémosla dormir. Me voy a otra parte”.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (185)

1515. PARÁBOLA DEL ASUETO

Recorría las mismas calles a diario, y esa rutina le daba la libertad de ir utilizando el trayecto para descubrir en cualquiera que se cruzara con él los rasgos de los antiguos conocidos. Lo bueno para él de hacerlo a la intemperie era que así el ejercicio se convertía en una caminata sin estaciones en vez de ser una especie de contemplación privada de movimiento; y, además, al estar afuera, los mensajes del aire iban envolviéndolo a cada paso, con toda su influencia inspiradora. Aventura inocente y perfecta, que se le fue haciendo tan natural que no se dio cuenta de que se le había vuelto una mera travesía imaginaria, hasta que una mañana de tantas despertó escondido en una urna. Su tiempo de vacación estaba concluido, y tenía que volver a su reposo de personaje embalsamado.

1516. CONVIVIO PERSONAL

Desde que hizo la primera comunión allá en junio del año en que llegaría a su séptimo cumpleaños, el vínculo emocional con los personajes emblemáticos de su fe religiosa fue en crecimiento constante, aunque nunca externara comentarios al respecto, ni siquiera entre los más allegados. Era un culto personal cuya impregnación tenía todas las características de la experiencia íntima. Y lo más curioso era que tales personajes estaban ahí, a su alrededor, con la naturalidad de lo cotidiano. Estaban ahí, pero con ellos no cruzaba ninguna palabra. Eso provocó que el silencio se le fuera convirtiendo en la compañía más entrañable, muy semejante al culto de respirar. Una compañía que era el sitio de reunión con aquellos seres que siempre le hablarían sin hablar…

1517. ABRIR LA GAVETA MÁS ÍNTIMA

María estaba haciendo sus iniciales ensayos en el arte del dibujo con lápices de color. Ninguno de sus maestros anteriores la había invitado a emprender esa ruta, y por eso ahora se sentía dueña de un propósito que se le había manifestado con la más plena libertad. Y lo primero que le nació fue aquel paisaje que de inmediato le trajo la remembranza vívida de sus primeras impresiones infantiles. Era el vivo retrato de aquella parcela silvestre donde nació y vivió sus primeros años. Cuando la concluyó pudo decirle: “Ahora que te tengo dibujada puedo alejarme de ti en el recuerdo para emprender mi ruta sentimental por paisajes nuevos…” Los colores parecieron vibrar, y ella guardó su dibujo y se fue de inmediato a comprar el pasaje para irse a correr mundo.

1518. VISITA PROVIDENCIAL

Los inviernos se presentaban como una pesadilla recurrente en aquella zona marginal donde una quebrada que estuvo ahí siempre iba despojándose de sus márgenes traumatizadas por la invasión urbanizadora. Para las casas que se hallaban en la proximidad del borde la situación era aún más aflictiva. Y la onda tropical en camino despertaba todas las alarmas. Esa tarde, que era la víspera anunciada por el Servicio Meteorológico, los vecinos más afectados se reunieron para ver qué podían hacer ante la emergencia, y lo único que tenían a la mano era dejar sus viviendas y buscar otros refugios. Entonces apareció aquel extraño que parecía un enviado de la Providencia, y todos los peligros retrocedieron asustados. Luego de unos días desapareció, pero la limpia ya estaba consumada.

1519. EL OTRO PLANO

Tenía enfrente, colgado en la pared, aquel óleo de cartuchos blancos en fondo verde que su esposa había pintado hacía ya bastantes años. El cuadro era recién llegado, como si fuera un pariente que hubiese vuelto del exilio sin dar aviso previo. Alguien habló un día a la casa para contar que había un cuadro de ella a disposición del mejor postor, y él supo de inmediato que el mensaje era para él. Lo adquirió sin siquiera verlo. Era más grande de lo que imaginó y los seres florales estaban ahí reunidos como peregrinos devotos congregados en una capilla. Mientras los observaba, otras imágenes aparecían a su alrededor. Él sintió, una vez más, que por encima y por debajo del arte había en todas aquellas obras un soplo que de seguro llegaba de otras vidas. Llamó a su esposa, y ambos se sumergieron en el misterio feliz.

1520. EXCURSIÓN HACIA ADENTRO

En aquellos días, su libro de cabecera era el “Breve tratado de la Ilusión”, del filósofo español Julián Marías. Y es que él estaba haciendo anímicamente el tránsito de la oscuridad obsesiva a la claridad emergente. Era un impulso que se le había manifestado sin dar avisos previos, como inspirado por alguna voz interior no identificable. La gente que lo conocía albergaba la sospecha de que él estaba entregándose a prácticas esotéricas, pero no había prueba de que fuera así. Por el contrario, en la cotidianidad se mostraba cada vez más abierto. Y al fin se animó a dar alguna pista: “Estoy aprendiendo el oficio de la ilusión, y lo primero que eso me produce es el ansia de hablar en silencio de lo humano más profundo. Les ruego que me entiendan y que me acompañen…”

1521. LA DISCULPA ANHELADA

Esa tarde tuvo el impulso instantáneo de salir a caminar por los alrededores como no lo hacía desde el incidente del asalto en el interior del parquecito que estaba a un par de cuadras de distancia. Y, como si un afán premeditado lo llevara de la mano, se fue hacia aquel mismo parquecito donde vivió su experiencia urbana más traumática no hacía mucho. La claridad se iba tornando cada vez más tenue, porque la tarde se desvanecía y porque la vegetación parecía haberse sobrepoblado con rapidez fuera de lo común. Cuando llegó a la parte central de aquel espacio lo que sintió fue una serenidad inesperada. Se detuvo, mientras las ramas parecían extenderse hacia él en ansia protectora. Y entonces intuyó el significado de todo aquello: la vegetación le pedía perdón por lo ocurrido y le ofrecía protección incondicional…

1522. SOLUCIÓN SALVADORA

Siempre lo había intuido: el tiempo nos lleva de la mano sin que sepamos hacia dónde. Entonces lo prudente era hacer un pacto virtuoso con el tiempo. Se quedó meditando al respecto, porque no había respuesta disponible sobre la forma de lograr el enlace. Y este entonces se produjo como por arte de magia: un sábado cualquiera las horas parecieron detenerse. Estaban todas a su alrededor, y él les preguntó: “¿Querrían ser mis cómplices?” Ellas hicieron distintos gestos de aceptación; y desde aquel instante supo que él tenía todo el poder sobre el tiempo. ¡Ajúa!

CIUDADANÍA FANTASMAL (13)

TORMENTA MANSA

Era hora de volver a casa después del festejo. Había que desalojar el lugar, que era una gran terraza sobre los alrededores, con la cadena de colinas al fondo. Detrás de ella, el mar invisible pero presente, sobre todo cuando, como en ese momento, los nubarrones auguraban borrasca.
Pero alguien parecía reacio de repente a concluir el encuentro con la despedida usual: el jefe del servicio de limpieza de la institución cuyo personal había estado reunido para celebrar el fin de año. A él lo conocían todos como un hombre reservado y cumplidor, que apenas desataba palabra; pero ahora era un surtidor desconocido. Los músicos iban a retirarse, pero él los detuvo:
—Quédense un rato más, amigos. Hay que cantarle a la vida. Quiero que me acompañen a cantar “Gracias a la vida”… ¿Preparados? ¡Uno, dos, tres, ya: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto…”
La voz se le quebró. Parecía a punto de desvanecerse. Se le acercaron para auxiliarlo, si era necesario. Él emprendió entonces ágilmente la marcha hacia el barandal de la terraza y, sin decir más, escaló los hierros y se lanzó al vacío. Y entonces sí la borrasca anunciada se desató pero en forma de profundo silencio.

PARÁBOLA DEL TRÁNSITO

Los pobladores de aquella zona estaban acostumbrados a ver pasar peregrinaciones porque muy cerca de ahí, en una hondonada natural del terreno, se hallaba lo que se dio en llamar popularmente “la cueva de los milagros”. Y es que los que acudían a dicho lugar resultaban beneficiados por el cumplimiento de alguna petición personal, como se sabía con comprobaciones fehacientes o al menos por testimonios convencidos.
Pero aquella peregrinación que acababa de cruzar el puentecito de madera sobre el río Las Cañas traía consigo imágenes que estaban en el borde de lo sobrenatural. Y entre los peregrinantes venía él, Pedro el Apóstol, como le llamaban sus allegados. Cuando la fila llegó junto a la línea de rieles ya se sentía la trepidación del ferrocarril que venía del oriente.
Y al llegar al punto la máquina se detuvo. Todos los que venían en él desembarcaron de inmediato y se dirigieron hacia la cueva. Los peregrinantes en cambio continuaron sin detenerse. Ellos eran portadores de su propio milagro: la ilusión de caminar sin fin hacia la lejanía de su propio destino.

EL UNO PARA EL OTRO

Apareció en la vida de la muchacha cuando ella apenas estaba remontando la niñez hacia una adolescencia saturada de presagios inciertos. Él era un deportado que andaba en su primera juventud, y la experiencia vivida le marcaba todas sus actitudes y reacciones, aunque la mayor parte de las veces en forma sigilosa y casi invisible.
Anduvo rondándola por algunos días que iban en camino de ser semanas, y en algún momento, mientras estaban sentados en una de las bancas del parquecito del barrio, ella le hizo una pregunta inesperada:
—¿Venís por mí para hacerme feliz o para hacerme desgraciada?
—¿Y vos que querés ser: desgraciada o feliz?
—No sé. Hay que hacer la prueba.
Y de inmediato escaparon sin decirle nada a nadie. Cuando aparecieron traían marcas cambiantes: la felicidad y la desgracia se les marcaban a uno y a otro como si aquello fuera un juego de azar.

CAMBIO DE ESTACIÓN

Vivían en un pequeño castillo ubicado en la única elevación del terreno, que era un valle dilatado hasta las orillas del mar. Él era un conde venido a menos porque todos los bienes externos se le habían esfumado en una vida disoluta y sin propósito, y ella era una plebeya venida a más por obra y gracia de las virtudes del arte.
Todos los alrededores se habían vuelto un sinfín de malezas abandonadas entre las que circulaban animales salvajes. Ellos, que guardaban muchas monedas en baúles, vivían de lo que les proveían algunos vecinos generosos, y casi siempre estaban en la más absoluta soledad.
Durante el día, él pasaba literalmente escondido en lo más alto de una torre y ella refugiada en su sótano, escribiendo a ráfagas los testimonios de su mundo interior. Todo hacía sentir que aquella rutina se extendería hasta el final de la vida de cada uno; pero de repente vino la catástrofe natural: aquel huracán que lo devastó todo. Todo, salvo el pequeño castillo. Cuando pasó, sus dos moradores salieron, transfigurados. Después de ser almas en pena eran hoy almas en gracia, necesitadas de salir al mundo. ¡Buen viaje!

AMOR A PRIMER CRISTAL

Se tuvo que ir a vivir donde sus tías solteras cuando sus padres se fueron de esta vida casi al mismo tiempo. La casa estaba ubicada en una zona de la ciudad que fue de primer nivel en otra época y que hoy era un hacinamiento de talleres mecánicos y de negocios de poca monta. Su único equipaje al llegar era aquella maleta de tela gruesa en la que cabían todas sus pertenencias personales.
Desde el principio se sintió en esa casa como en su mundo ideal. El toque vetusto fue siempre su favorito. Además había un jardín posterior en el que abundaban las gardenias y las madreselvas. Y para más ventura, en el cuartito donde dormía había una ventana sin cortina.
Esto último fue el mejor augurio, porque en la casa vecina, solo separada por un pasillo embaldosado, había otra ventana también sin cortina. Y aquella tarde, ya con la luz solar en escapada, se produjo el encuentro de ventana a ventana. Era ella sonriendo y era él sonriéndole. Imágenes unidas en el aire para siempre.

MENSAJE RECIBIDO

Murió el padre. Murió la madre. Murieron los hermanos. Murió la esposa. Murieron los hijos. Un tsunami de abandonos sucesivos, que tenía que detenerse porque ya solo él quedaba. Y lo más curioso era que todas aquellas pérdidas, que parecían marcadas por un reloj macabro, le habían venido dando un crecimiento insospechado de energías interiores.
Y así tomó la decisión de irse de viaje, por primera vez en su vida. En la víspera de partir tuvo el repentino impulso de ir a revisar papeles en el armario más antiguo de la casa, ese donde sus padres guardaban documentos, cartas y hojas manuscritas. Ahí, en un sobre de manila, encontró de pronto una fotografía donde estaban todos juntos, desde sus padres hasta sus hijos; aunque curiosamente el que no aparecía era él.
Le brotaron las lágrimas, pero un susurro pareció surgir del retrato:
—No te angusties, Juan. No estamos ausentes. Ahora que vas de viaje nos irás encontrando en cada uno de los lugares que visites. Y al final todos vamos a estar juntos. Que el aire y la luz te acompañen.

PARÁBOLA EN CÍRCULO

Desayunaban en el corredorcito que daba a la franjita de jardín que estaba junto a la acera. Era como comer en la calle, lo cual venía a ser la remembranza más plástica de los tiempos en que ambos fueran indigentes, antes de que aquel billete de la lotería que encontraron en una banca del parque les diera el empujón hacia arriba. Compraron casa y el resto lo guardaron en el bolsón.
En esas estaban aquella mañana de sábado cuando sin que lo advirtieran se detuvo en la acera, frente a ellos, aquel mendigo astroso, que los observaba fijamente como si quisiera estar seguro de reconocerlos. Por fin tuvo el gesto de haber dado en el clavo, y casi les gritó:
—¡Trapuda, Garfio, por fin los hallo! ¿Me pueden dar algo de comer?
Los aludidos reaccionaron como si los tocara una corriente eléctrica. Se levantaron a toda prisa y se metieron en la casa. El mendigo, entonces, traspasó la verjita y se fue a recoger lo que quedaba en la mesa. Luego desapareció como había llegado. Y aquel mediodía ocurrió el desastre. Un cortocircuito desató el voraz incendio en la casa. No quedó nada. Días después, dos indigentes más deambulaban por los alrededores.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (184)

1507. ENCUENTRO EN VIVO

Estaba esperando la luna nueva, que es la de los grandes inicios. Y aquella noche, que era la indicada en el calendario para que tal acontecimiento se hiciera visible, el cielo estaba inmerso en una perfecta oscuridad. Entonces tuvo el impulso irresistible de salir a caminar por los entornos, que eran algo así como el traspatio de una pequeña población de habitantes casi marginales. Anduvo vagando como si lo impulsara una voluntad que no era la suya, hasta que, sin proponérselo, estuvo en aquel liviano mirador desde el cual podía observarse un espacio del cielo; y ahí estaba ella, la luna nueva, asomándose apenas, como si no quisiera ser vista más que por sus elegidos. Él se arrodilló a medias y musitó unas palabras: “Gracias por escogerme, doncella inspiradora; vámonos a dormir juntos bajo el ramaje”.

1508. GAVIOTA MENSAJERA

Cuando llegó el momento del retiro laboral, sus condiciones eran más favorables de lo esperado. Recibió una alta compensación y el monto de lo que percibiría mensualmente daba para vivir en cualquier parte. Llegaba, pues, el momento de la aventura. Su mujer, que había estado ahí siempre, le preguntó, conociéndolo: “¡A dónde nos vamos a ir a vivir?” Respuesta inesperada: “A Dartmouth, al sur de Inglaterra”. “¿Y eso?” “Es una pequeña comunidad portuaria de lo más pintoresca, paraíso de gaviotas a orillas del río Dart, donde se puede estar en perfecta paz y con todas las comodidades posibles…” “¿Pero de dónde sacaste la idea?” “El otro día que fuimos a la playa sentí que una gaviota me transmitió el mensaje”. “¡Come on! No me vayás a salir con que te hablan los espíritus… Pero en fin, probemos”.

1509. RETAR AL MISTERIO

Estaban cenando en Lusardi’s, a la hora tempranera en que prácticamente todas las mesas están ocupadas. Afuera, la 2.ª Avenida neoyorquina mostraba su animación de siempre en un sábado primaveral. Ellos habían pedido ya su vino Brunello favorito, e iban saboreándolo con delicadeza de conocedores espontáneos. En eso alguien entró al lugar y fue a acomodarse a la barra que está justo a la entrada. Ambos lo observaron e intercambiaron miradas. Era él, sin duda, ese vecino que parecía haber venido siguiéndolos en sus distintas ciudades y viviendas, y con quien nunca habían cruzado ni dos palabras. Quizás era hora de hacerlo. Se levantaron de su mesa y se dirigieron a la barra, pero al llegar, y sin que lo notaran, el sujeto había desaparecido. Volvieron tranquilamente a la mesa. El misterio seguiría en pie.

1510. ESTÁ A POR VENIR

Por más que estemos hablando constantemente de destino, la vida nunca deja de ser un juego de azar. Y por eso él, que había arribado a la etapa vital que se conoce como madurez, iba poniéndose cada vez más alerta sobre lo que pudiera pasar cada día. Las sorpresas, buenas y malas, asoman sin previo anuncio, y ahorita mismo le llegaba algo inesperable: su señora, ya en los umbrales de la menopausia, tendría su primer hijo. Susto, expectativa e ilusión a la vez; solo que la mezcla resultaba a ratos agridulce y a veces tibio ardiente. El embarazo avanzaba impecable. Llegó el momento de conocer el sexo de la criatura. El médico les informó, con desconcierto: “Es imposible descubrirlo. Extrañísimo”. Él sonrió: “Quizás lo que viene es un ángel despistado. Piénselo, doctor, y nos avisa…”

1511. AUTOLIBERACIÓN

Era jefe de personal de la empresa a la que ingresó poco después de graduarse, y desde esa posición su futuro profesional se anunciaba con creciente nitidez, lo cual le hacía dar una imagen a la vez confiada y demandante. La gente a su alrededor le había puesto un mote: “El infalible”, porque eso era lo que estaba a la vista. Hacia adentro, sin embargo, la estampa era diametralmente opuesta: cualquier cosa hacía temblar sus membranas anímicas y las dudas formaban enjambres angustiosos. El contraste se había ido volviendo lacerante, y así como por fuera destellaba salud, por dentro padecía quebranto. Entonces llegó la hora del giro definitivo. Los que lo rodeaban no lo creían: se desvaneció su arrogancia y se redibujó su sonrisa. El infalible se había vuelto un candil expectante.

1512. OTRA NORMALIDAD

Era el orden personificado, y para tener prueba fehaciente de ello llevaba una carpeta sucesiva de todos sus proyectos y de los resultados de los mismos. En contraste con lo que ahora se estila, ninguna de sus imágenes se hallaba en las redes sociales, porque él había venido haciendo el recorrido inverso: en tanto más descontrol comunicacional le rodeaba, más privacidad quería asegurar. Pero un día de tantos, y sin explicación accesible, desapareció su carpeta. Revolvió su casa de pies a cabeza, y puso a los suyos prácticamente en cuarentena. Como no hubo datos de lo ocurrido, ni siquiera pistas, todo tuvo que volver a la normalidad, pero una normalidad que para él fue un aprendizaje sigiloso, que lo ponía de alguna manera también en cuarentena. Y los espíritus chocarreros se divertían a su alrededor.

1513. TRIPLE ALIANZA

El cielo amaneció cerrado, como si fuera muralla impenetrable, pero el ánimo de ambos era esplendente aquel día, porque iban a consumar el anhelo de recomponer sus vidas a partir de un voto de confianza. El notario oficiante hizo las preguntas de rigor y ellos las respondieron en los términos usuales, y luego todo quedó sellado ante la ley. Eran marido y mujer, como se dice. Un par de días después tocaba la ceremonia religiosa en la iglesita del barrio de donde ambos eran originarios. Se cumplió el rito, y así todo estuvo firme en manos de Dios. ¿Qué podía faltar? Se miraron a los ojos ya cuando estaban solos ante el cielo abierto junto al mar, en su habitación de enamorados. Y entonces entendieron que les faltaba el gesto vivo de la primera estrella, que en ese instante comenzó a aparecer…

1514. IDENTIDAD CAMBIANTE

Le pusieron por nombre Juan de Dios porque sus padres, que eran gente de gran devoción, quisieron colocarlo bajo el signo de la protección divina. Pero la vida traza sus propias líneas, y desde el principio aquel muchacho fue un aventurero incontrolable, que no se detenía ante nada. Su madre se quejaba de ello con su vecina de toda la vida, que le dijo en son de guasa: “Toñita, es que ustedes le pusieron Juan de Dios, pero él lo que quiso ser siempre fue Juan del Diablo, ¿se acuerda?, el de “Corazón salvaje”, aquella radionovela de Caridad Bravo Adams…”

Historias sin Cuento

EL FINAL DEL PRINCIPIO

ACuando estábamos en vísperas de graduarnos, Fabricio, el autoproclamado líder del grupo, organizó una excursión a un hotel de playa, en una de las zonas más turísticas de la costa, que era algo así como el paraíso de los surfistas. En realidad, no todos éramos amigos en el mismo grado de cercanía, pero aquel no era momento de hacer distingos.
Fabricio tenía listo un almuerzo propio del ambiente, y todos nos fuimos ubicando bajo las sombrillas que llenaban la terraza frente al mar, que en aquel momento parecía perfectamente sincronizado con su naturaleza típica. Había un muelle muy cerca, al que llegaban los botes de los pescadores del lugar. El ambiente propicio para hacer movimientos de espontaneidad que no se salieran de control.
Estábamos ya todos reunidos, y entonces Fabricio se levantó para decir unas palabras, como era su costumbre que nadie podía cuestionar, porque él estaba siempre en posesión del control; pero en ese preciso instante cruzó una ráfaga de viento, que le arrebató la gorra que llevaba siempre consigo para disimular su incipiente calvicie. Él aleteó, como si fuera un pájaro nervioso, y corrió a alcanzar el objeto volador.
Sin pensarlo, me levanté a aprovechar la ocasión para quitarle a Fabricio la tribuna, en un gesto de picardía escolar, como si siguiéramos siendo niños. Él regresó ya con la gorra en su sitio, y me encontró en posesión de la palabra.
Aquella sencilla lección del aire libre, que se nos daba justamente antes de entrar en la etapa de nuestra puesta en práctica de lo aprendido en el plano formal, sería clave en las vidas de todos nosotros.

IDEAS PARA UNA PROMESA

Era la hora acordada, y entonces se produjo el arribo de aquella voz que mostraba todos los indicios de ser sobrenatural, aunque fuera perfectamente inteligible para nosotros, los seres comunes. A fin de que pudiéramos oírla todos, dondequiera que estuviéramos, se ubicó en la cumbre de la colina que miraba hacia todas las direcciones del horizonte. Y desde ahí habló:
—Compañeros de siempre, al fin se nos presenta de nuevo la oportunidad de compartir las inquietudes de nuestra condición de desconocidos fraternales, que es la única a la que podemos aspirar en este plano. Vamos ahora a un punto que está aquí sin agotarse, y por eso merece tratamiento de oración. Lo sabíamos sin que nadie nos lo tuviera de enseñar: “Nunca volveremos a ser los mismos”. Y sé que a todos nos saca roncha la pregunta: “¿Y desde cuándo es así?”
Intempestivamente, otra voz se alzó del conjunto de los presentes:
—¡Desde el momento de nacer!
El rumor le dio valor colectivo a tal aseveración.
Y la voz que venía de la cumbre de la colina dio su veredicto:
—¡Perfecto! Vamos bien. Podemos seguir. Eso que llamamos evolución humana no es más que una cadena silenciosa que jamás tiene proyecto anticipado. Por más que se esté hablando constantemente de hacer historia, lo que queda del día a día es un reguero de piezas que no pueden hacer rompecabezas, y eso es lo que más le perturba a nuestra aliada más impaciente: la razón. Y es que repitámoslo para nuestro consumo una y otra vez, hasta que nos cale: “Nunca volveremos a ser los mismos”. Y así será en cada ciclo que nos toque. Sí, somos los sobrevivientes de la eternidad que no se repite bajo ningún pretexto; por eso es eternidad.
El murmullo dio muestra de impaciencia. La voz así lo entendió:
—Aquí nos quedamos en este momento. Cuando volvamos a reunirnos, que podría ser mañana, habrá que hablar de lo mismo, porque mañana seremos sobrevivientes que solo se reconocen por el poder de la memoria. Y yo me agrego a la lista. ¡Hasta entonces!

MISIÓN CONSUELO

Regresaba, y esa era hoy la realidad que tenía enfrente. Cruzó la amplia puerta de salida y ahí estaba aquella tupida hilera de personas sencillas que llegaban a esperar a los suyos. Algunos encuentros transmitían una emoción conmovedora. Él se detuvo un instante, aunque en verdad no buscaba a nadie, porque nadie podía estar esperándolo, y mucho menos en el aeropuerto. Empezó a caminar sin rumbo, como si estuviera en un mundo completamente desconocido. En efecto lo estaba. A su alrededor nada era identificable.
Fue una aventura todo aquello del regreso. Una aventura casi irreal, porque él por su sola cuenta había decidido regresar, al sentir que toda su gente alrededor iba siendo sacada por la fuerza. Sacada de allá y mandada para acá, como bultos sin vida. Había que evitar, pues, que eso lo siguiera acorralando, aunque él tenía sus papeles en orden desde hacía mucho tiempo.
Del aeropuerto, aquella tarde, tomó camino hacia su lugar de origen, que era un caserío en el norte del país. Ahí nadie lo esperaba, como si fuera un repatriado sin identidad. Y eso fue lo que sintió con un efecto liberador insospechado. Aquella noche le pidió posada a la única persona que recordaba de sus remotos tiempos: el cura del lugar, que ahora era un anciano que lo reconoció al instante:
—Adrián, estás de vuelta. Por algo será. Dios nunca traza líneas torcidas.
Él se quedó pensativo, como si orara en silencio. Y se fue a ubicar en un rincón y en el suelo, porque no había más.
Como tenía que buscar trabajo para sobrevivir, tuvo de pronto un golpe de intuición. El padre Alberto ya necesitaba apoyo casi para todo, y él podía brindárselo. Desde la labor de sacristán hasta tareas de casa. Luego ya iría viendo. El padre oyó la propuesta y se le iluminó el rostro:
—¡Sos lo que estaba esperando, sin saberlo con certeza! Ya te lo dije: Dios nunca traza líneas torcidas. Ni para vos ni para mí. Y para expresar nuestra gratitud, ¿qué te parece si entramos a rezar un rosario?

JARDÍN ATÁVICO

Para unos cuantos elegidos de la suerte, vivir y morir a la par de un jardín es la mejor experiencia cotidiana que pueda imaginarse. Él, Jacinto Arroyo, era un ejemplo vivo de ese anhelo; y yo, Floriano Pradera, también. Fuimos vecinos en la niñez y en la adolescencia, y aunque nuestras familias nunca llegaron a tratarse personalmente en el vecindario del que eran parte, nosotros sí lo hicimos porque íbamos a la misma escuela y compartíamos sin decírnoslo la ilusión de estar a diario en contacto con algún espacio florido.
Cuando, en los límites entre la niñez y la adolescencia, nos enamoramos de la misma chica, que también habitaba en el vecindario, tuvimos un momento de crisis. Ella se llamaba Dalia, y de seguro el nombre se nos convirtió en el imán irresistible.
Como era de esperar por las edades de todos, el romance con Dalia no llegó a concretarse con ninguno de los dos; pero la experiencia inconclusa nos dejó una especie de advertencia emocional: estábamos atados a un anhelo compartido. Pasó el tiempo, y llegó la hora de pasar a la educación superior, ya en plena adolescencia.
Jacinto estudiaría Arquitectura de Interiores; yo, Floriano, diseño de zonas verdes. Nos veíamos cada vez menos, como si ya no tuviéramos mucho que compartir, aunque nuestras aficiones básicas siguieran siendo las mismas. Hasta que un acontecimiento espontáneo nos volvió a poner en ruta, sin que lo supiéramos. El romance respectivo. Por los mismos días Jacinto conoció a Azucena y yo conocí a Camelia.
Nos comunicamos casi de inmediato, acaso atendiendo a una señal del destino. Nos reunimos los cuatro en un parquecito de los alrededores:
—Hola, Floriano, te presento a Azucena.
—Encantado. Y yo te presento a Camelia.
—Se nos hizo, ¿verdad?
—Pues sí. Lo que estábamos esperando.
Nos envolvieron los aromas, y las sonrisas compartidas no se hicieron esperar, porque aquello era en verdad un reencuentro en clave de destino.
Era como si estuviéramos inaugurando el respectivo jardín, el soñado subconscientemente desde las primeras etapas de la vida. Ahora sí ya podíamos sentir que los días eran nuestro territorio ideal.
Y desde ese instante fuimos otra vez los inseparables amigos de siempre.