Misterios de garaje

MISTERIOS DE GARAJE

Como no tenían vehículo propio, el pequeño garaje de su casita suburbana lo usaban de depósito para objetos no utilizados que no querían tirar a la basura. Era una familia de cinco: los dos mayores, que eran los padres, y los tres menores, que eran los hijos. Dos niños y una niña: los varones ya en los primeros escalones de la adolescencia y la hembra en el último escalón de la niñez. Los padres no parecían tener ningún punto de afinidad, pero se llevaban lo suficientemente bien para no tener conflictos mayores, al menos en apariencia.

Como el garaje se iba saturando con gran rapidez, la madre, que llevaba las riendas del orden doméstico, tuvo que poner una regla, dirigida especialmente a los hijos:

–Cuando haya alguna cosa que ya no quieran, en vez de ir a amontonarla al garaje me la enseñan para ver lo que hacemos con ella.

Las opiniones no se hicieron esperar:

–Hay cosas que ya no quiero pero tal vez después sí –dijo el varón mayor.

–A mí me gusta guardarlo todo aquí… – alegó el varón menor.

– ¡No voy a botar ningún juguete! –gimió la niña, consternada.

– Bueno, muchachos, pero en la vida hay que tener reglas, y cumplirlas, ¿entienden?

En ese instante, todos parecieron aceptar con gestos de obediencia resignada, aunque nadie asumía la orden.

En los días posteriores no ocurrió nada fuera de lo común. Nadie entró en el garaje, al menos en forma visible. Pero en uno de los fines de semana siguientes la señora se asomó al lugar, según su costumbre, para constatar que no hubiera nada fuera de control.

Lo primero que le llamó la atención fue que el espacio estaba bastante más lleno que la vez anterior que había estado ahí. Regresó entonces a hacer los reclamos del caso:

– ¿Qué no entendieron lo que les dije? Dentro de poco vamos a tener que desocupar el garaje llevando cosas a otra parte.

– Yo no fui, mamá.

– Yo tampoco.

– Yo nunca llevo nada. Ahí sólo están mis juguetes.

–¿Qué quieren decirme?

– ¿Por qué no le preguntás a mi papá?

Ella no reaccionó a la cuestión, pero se quedó con la inquietud. Muchas de las cajas que estaban en el garaje le pertenecían a él, y todas estaban firmemente cerradas como para evitar que alguien pudiera abrirlas. Entonces se decidió a salir de dudas sin tardanza, porque en aquel momento estaba sola en la casa.

Fue al garaje con una tijera de podar y un punzón. Y comenzó a tratar de abrir una de las cajas. Luego de mucho esfuerzo, lo logró. Al destapar lo que había en su interior se quedó en suspenso.

Un montón de pedazos de muñecas desmembradas. ¿Qué era aquello? Un escalofrío le recorrió el cuerpo al presentir que estaba conviviendo con la fantasía de un criminal en potencia.

MISTERIOS DE QUEBRADA

En el origen de la ciudad de seguro aquellas corrientes de agua encajonadas entre paredones quedaban en los alrededores de los pequeños espacios urbanizados, pero el crecimiento natural hizo que ahora las quebradas atravesaran barrios y colonias sin perder su condición de arterias rústicas.

Una de las áreas de mayor expansión era esa que iba acercándose cada vez más a la cadena de colinas y cerros que daba al sur, con el océano al fondo, escondido en su extensión inmensa, a la que ninguno de los habitantes del lugar tenía acceso. Y por ahí justamente corría aquel caudal que en los inviernos se convertía en torrente sonoro y en los veranos llegaba a ser un hilo que daba la impresión de estar extinguiéndose.

Él había estudiado ingeniería forestal, y el trabajo que le salió al graduarse fue en una empresa nueva que hacía desarrollos urbanos en zonas boscosas, y el primer sitio de destino sería aquél, porque ahí iba a desarrollarse un proyecto que incluía viviendas, campos de juego y arboledas acogedoras. Entonces decidió irse a vivir en las cercanías, y lo que encontró fue una casita a la par de la quebrada.

Durante el día pasaba entregado a sus labores profesionales y por la noche se encerraba en su pequeño ambiente. Vivía solo y eso le permitía disponer de todo su tiempo como le viniera bien cada día. Y entonces comenzó a producírsele una sensación desconocida, que fue acrecentándose con el paso de los días.

Cuando la luz solar desaparecía, de la quebrada vecina empezaban a surgir sonidos inconfundiblemente humanos: murmullos, suspiros, carraspeos, silbidos… Para salir de la duda le preguntó a un vecino si oía algo raro por las noches, y el vecino sonriendo le respondió: “Sí, los ronquidos jadeantes de mi mujer”.

Entonces estuvo seguro de que la quebrada sólo se comunicaba con él. Había que corresponder.

Un sábado bajó por la pendiente pedregosa y descubrió unas cuevas casi al ras del agua. Y, sin pensarlo más, se trasladó a vivir a la más espaciosa. Nadie en el lugar pareció darse cuenta. Jamás hubieran podido entender su vínculo sentimental con la entusiasta corriente, que hoy parecía una doncella enamorada.

MISTERIOS DE RELOJ

Se lo heredó su abuela materna, con la que vivió prácticamente toda la infancia, porque su padre fue el eterno ausente y su madre la dependiente obsesiva de su segundo marido. La abuela era trabajadora sin descanso en su tiendita de barrio, y no tenía bienes propios.

Cuando ella se fue de este mundo, él estaba por graduarse de contador. Dejó la vivienda que compartían, que era alquilada desde siempre, y se fue a un rinconcito donde apenas cabía el aire dificultosamente respirable. Afortunadamente ya estaba Alma con él.
Tenían desde luego una sola cama, que era un catre desmontable. Y ahí, ocupando el rincón, ese misterioso reloj de pie que venía siendo el heraldo de la familia, realmente inexistente, a través del tiempo.

–Por fortuna el reloj no camina –dijo Alma, aliviada.
Y para qué lo dijo, porque en ese preciso instante se le activó el tictac, que tenía ese tono marcial de los relojes que quieren hacer historia.
–¡Dios mío! ¡Es como si me hubiera oído! ¿Y ahora qué hacemos? –se alarmó Alma, entre pucheros y sonrisas.
Él estaba impávido, pero palpitando por dentro igual que el reloj. No había nada qué hacer.

Curiosamente, aquella noche ambos durmieron como hacía tiempo que no lo hacían. Al despertar al día siguiente, se miraron sorprendidos con las frentes alineadas en la pequeña almohada disponible. Y entonces descubrieron al unísono algo no explicable fácilmente:

–¿Y a éste que le pasa? Se calló del todo. ¿Se habrá descompuesto? –interrogó Alma.
Él hizo un gesto de desconcierto tranquilizador:
–Bueno, si ya no funciona, ¿qué vamos a hacer?
Y entonces ella reaccionó en forma sorpresiva:
–¿Cómo qué vamos a hacer? ¡Llevarlo a que lo revisen y lo compongan!
Él sintió que todo aquello tenía mensajes ocultos. ¿No estaría su abuela enviándolos desde allá? Ella y su reloj habían sido siempre una sola cosa, y él era el heredero.

–Bueno, vamos a llevarlo.
Santo remedio. En ese mismo instante el reloj comenzó a accionar con entusiasmo.

Álbum de libélulas (174)

1418. ILUSIÓN CUMPLIDA

Los compañeros de siempre hacían todos los sábados tertulia vespertina, que se extendía casi siempre hasta altas horas de la noche, ya con los primeros anuncios de la aurora. Y las casas del encuentro se iban turnando religiosamente. Aquel sábado le tocaba al más taciturno del grupo, ese que en los pasillos del colegio se movía como un duende y que en las calles interiores de la universidad pareció andar con un libro abierto entre las manos, como si circulara por una biblioteca infinita. Fueron llegando todos al ático donde vivía el aludido. Muchas veces habían estado ahí, pero aquel sábado se toparon al llegar al final de la larga escalera empinada con un lugar desconocido: del abandono polvoriento al orden exquisito. El taciturno, ahora sonriente, les hizo saber de inmediato: “Encontré a la mujer de mis sueños. El único problema es que sigue siendo invisible…”

1419. SIN TEMOR AL MISTERIO

Ahora hay en los diversos espacios de la internet infinidad de ofertas de servicios psíquicos. Ella escogió uno al azar. Cuando se puso en contacto, lo que le salió fue una voz masculina grabada. “Hábleme por la noche, porque durante el día me dedico a labores de servicio público”. Aunque la explicación no le daba buena espina, la curiosidad pudo más, y entrado el horario nocturno hizo la llamada correspondiente. Ya en directo, la voz era mucho más comunicante, aunque sonaba como la de una persona muy mayor. Concertaron la cita para iniciar el trabajo. Llegó ella a la dirección indicada. Sorprendentemente era un pequeño parque, de los de antaño. El psíquico estaba sentado en una banca, debajo de un heliotropo en flor, y parecía un adolescente. “Te esperaba —le dijo, incorporándose—: eres la reencarnación de mi primera pareja. ¡Bienvenida a tu mundo de siempre!”

1420. COMPORTAMIENTO TÍPICO

Se resistió al despojo al que un joven de aspecto normal lo conminaba en una de las esquinas del complejo habitacional, y entonces el asaltante le apuntó a la cabeza y disparó. Pero la bala no salió de la recámara, y lo que la víctima frustrada pareció recibir fue una vibrante descarga de energía. Se abalanzó sobre el asaltante, lo redujo contra el suelo encementado y le golpeó varias veces la cabeza hasta dejarlo exánime. Cuando lo vio convertido en un cuerpo sin vida le entró la sensación aterradora de lo inhumano, y de inmediato llamó al 911 para que acudieran en auxilio. Una patrulla se hizo presente, con sus aullidos convencionales. Al asaltado se lo llevaron al interrogatorio policial y al asaltante lo condujeron hacia la unidad de salud más cercana. ¿Qué resultó de todo aquello? La moraleja de siempre: el bien se pone a prueba y el mal recibe cuidados…

1421. COMPARTIR HABITACIÓN

Cuando cruzó la puerta de la habitación que estaba frente al jardín tropical cundido de verdes, tuvo un golpe emocional que estaba por encima de sus propios recuerdos. Era la suite designada, que él no había escogido porque no sabía que existiera, pero que estaba ahí, invitándolo a pasar, con una sonrisa que de seguro era la de ella. ¡Dios mío, un milagro insospechado! El ambiente clásico tenía aureola intemporal. Colgó sus trajes y ubicó sus otras prendas en el ropero de tres cuerpos que estaba en la pared central del dormitorio. Y entonces se dio cuenta de que un trío de retratos colgados daban fe de que aquella presencia había ocupado ese mismo lugar. Se le planteó de inmediato un dilema: ¿“Mogambo” o “La condesa descalza”? No tuvo que pensarlo mucho: “La condesa descalza”. Sí, porque aquella era la suite Ava Gardner, y el sitio era el Hotel Raffles, de Singapur…

1422. CUALQUIER PARECIDO…

Toda la parentela estaba reunida en uno de los salones de espera de la clínica de maternidad donde el acontecimiento se anunciaba inminente. Un nacimiento, desde luego, y del primogénito de la pareja de jovencitos anhelantes que se habían conocido en el salón de prácticas supraconscientes de la universidad en la que estudiaban. Llegó la hora. Por decisión de los futuros padres, nadie que no fuera el personal médico estaría presente en el momento del parto. Era pasada la medianoche, y un silencio profundo imperaba en el lugar. Pero se oían ruidos que daban la impresión de que una campiña remota se hallaba alrededor. De repente, un llanto de recién nacido. Un llanto que parecía cántico. Todos corrieron a la sala de partos. Y uno de los guardianes se acercó al agente de seguridad de turno: “Señor, ¿qué hacemos con una mula y un buey que están a la puerta queriendo entrar?”

1423. PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

Dicen que las ciudades tienen alma, y es que en verdad todo lo existente la tiene. Escribo entonces en mi cuaderno, el cuaderno íntimo, donde se pone lo que tiene que nacer de la punta del lápiz y no del toque de la tecla: “¿Qué alma me espera en el curso de los próximos minutos”? Y no he acabado de escribirlo cuando el toque de unos nudillos muy finos se me hace sensible desde la puertecita de mi habitación de ermitaño que, sin embargo, nunca deja de pensar en horizontes. Me quedo expectante. La variedad de presencias posibles está abierta. Desde un merodeador asaltante hasta un hada desvelada. Los nudillos vuelven a desafiar mi voluntad. ¿Y si fuera un alma en persona? La pregunta me mueve hacia la puerta. Retiro sigilosamente el pasador oxidado. La puerta se abre. Nadie. Solo una sospecha: es mi propia alma regresando al nido original.

1424. MITOLOGÍA DE PUNTA

El jardín se ha ido volviendo cada vez más silvestre, a pesar de que los cuidados jardineriles son de última generación. Y lo que ocurre por las noches es un acontecimiento completamente original, aunque haya imágenes históricas en el trasfondo. Cuando todos los visitantes, cuidadores y guardianes se retiran al descanso natural, el jardín asume su condición también natural de domicilio de ese personaje que se desplaza por las acequias como Pedro por su casa. Es un paseo que, de haber sido accesible a un fotógrafo de lo extravagante, se habría convertido de inmediato en material viral en las redes sociales. Sí, el personaje aludido es un león mitad pez, que recorre las acequias del jardín con voluntad imperial. Si no estuviéramos en Singapur, la imagen sería inverosímil. Pero estamos en Singapur, y el personaje es el emblema del destino.

1425. EL HOGAR IDEAL

Lo primero que hicieron luego de contraer matrimonio fue prepararse para la llegada del primogénito. Cuando el ginecólogo les anunció la buena nueva, lo tenían todo listo para la ocasión anhelada, fuera niño o niña. Se cumplió la fecha señalada por el proceso natural, sin ningún signo de alumbramiento inminente. El médico hizo los exámenes y tomó las radiografías del caso. Su gesto era incredulidad anhelante. “¿Pero la criatura está viva, doctor?” “Tan viva que tiene los ojos abiertos y sonríe… Sospecho que está feliz donde está y no quiere aventurarse a nada diferente…”

Misterios de azotea

1410. MISTERIOS DE AZOTEA

Creció en un cuarto que daba a la azotea. Más que cuarto era un desván medio habilitado para ser habitable. Su madre y él fueron puestos ahí cuando tuvieron que ir a pedirle posada a un medio hermano de ella, luego de que el padre del niño desapareció sin dejar rastro, en tiempos en que no había desaparecidos involuntarios.

Ellos eran lo que en términos familiarmente despectivos eran llamados “recogidos”, y los que les permitían vivir ahí se lo hacían sentir. Más a él que a ella, quizás porque era hijo del ausente. Así fueron pasando los tiempos, y el niño fue a la escuela, luego al instituto y después a la universidad.

No pasaba de ser “el recogido”, pero ni siquiera los que así lo trataban podían eludir el hecho de que se trataba de una especie de genio intelectual, con un abanico de vocaciones posibles.

Escogió la carrera de arquitectura, porque su sueño era ser constructor de avanzada, con torres incomparables en el horizonte. Obtuvo el primer lugar en el examen de ingreso y la beca correspondiente. Lo necesario, porque no hubiera podido costear de otra manera el estudio. Y en cuanto comenzó, su aprovechamiento académico se puso de relieve, y muy pronto le aparecieron oportunidades de trabajo. Ingresó en una firma de arquitectos, en un puesto prometedor, que incluía vivienda gratuita en un desarrollo de clase media. Pero él esto ni siquiera lo tomó en cuenta. Seguiría en su desván, como siempre.

Cuando uno de los jefes le preguntó sobre aquella decisión que a todas luces era incomprensible y no tenía precedentes en la empresa, él respondió en forma evasiva:

—Es que tengo un compromiso de fidelidad que no puedo dejar de lado.

—¿Y eso? Si es para tu mejoría. Sabemos que vivís en condiciones precarias.

Entonces él sonrió, como pidiendo disculpas, pero sin dar otras explicaciones. Y no lo hacía porque sus motivos muy difícilmente serían tomados en serio. Hubiera tenido que decir: “Mi gran maestra en la vida ha sido la azotea a la que pude asomarme siempre, aunque viviera y siga viviendo en un improvisado desván. Desde ella observé el horizonte con todas sus invitaciones a ver hacia lo alto y hacia sus entornos. Si alguna vez tengo que salir irremediablemente de ahí, lo voy a hacer hacia otra azotea…”

1410. MISTERIOS DE DISTANCIA

La casa donde vivían estaba rodeada por un vecindario que semejaba una decoración evocativa: había un par de tienditas que hoy podrían llamarse “de conveniencia”, se alzaban aquí y allá algunos árboles de tronco majestuoso y de amplio ramaje, cerca corría una quebrada que en las épocas de lluvia se desbordaba de su cauce que no era superficial, al fondo destacaba la torre de una iglesia de las de antes, quedaban terrenos baldíos donde los animalitos silvestres aparecían y desaparecían como por arte de magia, ninguna casa daba pared a pared con alguna otra, de vez en cuando hasta pasaba por ahí una carreta tirada por su yunta de bueyes como una estampa perfectamente irreal…

El adolescente de la familia observaba todo aquello con curiosidad que nunca se convertía en verdadero interés, porque todos los indicios apuntaban a que él sería un millennial intuitivo en plena posesión de tal conciencia de época ya que sus recurrentes aleteos psíquicos apuntaban en esa línea como hacia un blanco irresistible. Y lo que le tocaba hacer para ubicarse en el espectro humano donde quería estar era demostrar capacidades sobresalientes. Se lo propuso, y muy pronto era el alumno emblema del instituto nacional de la zona.

—Este Miguel es un genio –dijo un día en el aula su profesor de Matemáticas.

Él lo corrigió:

—Perdone, señor: me llamo Mike.

—Okey, okey –sonrió el maestro, que no hubiera podido decir nada más en el idioma del Norte. Y como se avecinaba la conclusión del bachillerato, Mike estaba pensando ya en el inmediato futuro. Se esforzó aún más, como un corredor de pista en los últimos metros, en pos de una beca hacia “allá”. La ganó, por supuesto. El millennial se hallaba en su ruta.

Pocos bártulos, muchos anhelos. La familia lo despidió con abrazos y lágrimas. Él reaccionó con suspiros profundos, que pertenecían a otra emoción, aunque no lo pareciera. Y un par de días después partió como si escapara, sin echar ni siquiera una ojeada a su entorno. Iba a Canadá, a Quebec, donde estaba radicada la beca. Y era en vísperas de invierno.

Quebec es un lugar acogedor y lleno de pequeñas sorpresas atrayentes. Él se instaló en un ínfimo ático, y desde ahí observaba el vuelo de la nieve. Pronto se incorporó al mundo universitario, como un recién llegado sin más ayuda que la de sus entrañables promesas.

Días, meses, años… ¿Cuánto tiempo había transcurrido? El calendario tenía su respuesta, pero su ánimo venía bordando la propia. Y esa pequeña planta que iba alzándose en un rincón de su memoria solo podía tener un nombre: nostalgia. ¿Qué era aquello: una broma del subconsciente?

Su familia se sorprendió cuando las comunicaciones desde Quebec comenzaron a ser cada vez más frecuentes, sobre todo vía su hermano menor, que las recibía por WhatsApp. Y las peticiones se iban concentrando en una: petición de imágenes sobre los alrededores de la casa. Los árboles, la quebrada, los predios baldíos, la torre de la iglesia y si se podía la carreta pues ni qué mejor…

Y así en una fecha cualquiera envió la noticia:

—Me regreso. Ya terminé aquí. Quiero empezar allá… Y allá mismo…

Era cerrar el círculo. Había llegado a estudiar ingeniería y acabó estudiando filosofía. Su tesis, recién coronada con lauros, era un ensayo sobre el eterno retorno.

1410. MISTERIOS DE PASAJE

Cuando se dispusieron a hacer vida en común, como antesala del enlace formal, fueron a buscar alguna vivienda que les fuera grata y a la vez financiable. Luego de algunas indagaciones y visitas, lo que les quedó a la mano fue aquella pequeña vivienda de dos habitaciones al final del pasaje que estaba en los alrededores del centro de la ciudad, una zona que desde luego ya no era de las más apetecidas, porque todo el mundo buscaba los buenos suburbios.
Se instalaron ahí, llevándose desde luego consigo a su gato Bob, que era en verdad de él, que le puso ese nombre después de ver la emocionante película “A Street Cat Named Bob”, en traviesa referencia al dramón de Tennessee Williams.

A ellos dos la vida en el pasaje, que tenía una doble hilera de casas y en medio una especie de callejón en el que solo cabían motocicletas, bicicletas y si acaso algún autito muy chico, no acababa de convencerlos, porque los vecinos no pasaban de un escueto saludo cuando era inevitable; pero en cambio Bob parecía haber llegado a su destino ideal.

Una atardecida, ya en casa, acomodados en el sofá que apenas cabía en uno de los extremos de la habitación que servía de sala y de comedor, se pusieron a hablar del tema; y casi de inmediato surgió la pregunta para Bob:

—¿Qué es lo que te gusta de aquí, men?

El gato se esponjó, los abarcó con una sola mirada, alzó la cabeza como un competidor olímpico y lanzó un gemido clásico.

—¡Ah, ya entiendo, estás enamorado! ¿Y de quién?

Bob miró directamente a la joven que lo observaba con ojos húmedos.

—¿Cómo es eso? ¿De Karla? ¿Esto es hoy un triángulo, entonces? ¡El triángulo ideal! Amor mío, ¿viste lo que lo que has provocado en nosotros? ¡Una perfecta alianza! Si Bob fuera un hombre como yo, ya estaría en el suelo con la ñola quebrada… Pero no, no… Démonos la paz, como en la misa. ¡Aleluya!

Afuera, el pasaje se había iluminado de pronto como si todas las estrellas hubieran arribado a la vez. Bob maulló en éxtasis.

Álbum de Libélulas (173)

1410. ENCUENTRO MATINAL

La ixora roja tenía prestancia catedralicia, y al estar ubicada en el centro del jardín bordeado de tupidos arbustos de variado verdor los manojos de flores parecían a punto de flotar por su propio impulso. Ellos habían llegado de ultramar aquella madrugada y su horario interior se hallaba a la deriva; pero eso no impedía que estuvieran reconectando de inmediato con los seres que les eran tan familiares en aquel ambiente a la vez urbano y montañoso. Eran ya las 6 de la mañana, y la luz iba haciéndose sentir en el aire quieto. Ellos, que venían viviendo aquel espacio ultramarino como una especie de reiterada luna de miel espiritual, lo primero que hicieron fue salir descalzos al jardín. Aspiraron animosamente el aire de Bengaluru desde el bosque habitable del Taj West End, y se sintieron en perfecta compañía. Los cuervos, las ardillas, los cardenales y las palomas les hacían coro.

1411. OFICIOS DE FAMILIA

Sus tías abuelas sobrevivientes habitaban en una casa céntrica de la colonia Minerva, a la vera del cuartel El Zapote, donde se gestaban los golpes de Estado de la época. Meches, la mayor, trabajaba en la alcaldía municipal y Lydia, la menor, lo hacía en el Ministerio de Trabajo. Él, que era un adolescente con ganas insaciables de conocer detalles de familia, iba a verlas los sábados por la mañana, y ellas lo recibían siempre como al visitante esperado. Meches era la experta en el árbol genealógico familiar, y aquel sábado parecía más inspirada que nunca. Él llevaba un cuaderno de manuscritos, que eran primicias de poemas propios. “Tía Meches, se lo voy a dejar para que los lea cuando tenga tiempo”. A ella le brillaron los ojos: “Entonces voy a llamar a mi padre, tu bisabuelo, que como sabes también era poeta, para que los comparta conmigo… Ahí te cuento…”

1412. SÁBADO DE GLORIA

Por aquellos senderos entre los árboles gigantescos prefería caminar descalzo, y de seguro lo que estaba detrás de tal preferencia era la sensación de que todo aquel espacio arbolado era un templo. Un templo donde el Sol llegaba también en condición de penitente puntual. Él se desplazaba con los pies desnudos haciendo su caminata vespertina, que lo llevaba a distintos puntos de aquella arboleda que aunque permitía labores de albergue hotelero su máxima expresión era ser bosque con todos los atributos de tal. Y el principal de tales atributos consistía en inspirar devoción a cada paso. Por ejemplo ahí, a la sombra del gigantesco gulmohar florido, al que nosotros llamamos flor de fuego. Se arrodilló sobre la tierra, cerró los ojos y se quedó en silencio. Una flor del gulmohar cayó sobre su hombro en señal de bendición.

1413. COSAS QUE PASAN

El vehículo moderno se detuvo frente a la casa, y de él salieron dos hombres: uno muy mayor, de facciones típicamente europeas y de cabellera rala y platinada; el otro en la primera juventud, de talante mestizo local y de cabellera abundante estilo hippie. Hicieron sonar el aldabón oxidado y de inmediato les dejaron pasar. En cuanto ellos lo hicieron, se fue el vehículo que los había conducido. Dentro de la casa se oyeron saludos en voz alta, como si se tratara de una bienvenida ceremonial. Alrededor de la casa fue apareciendo una aureola de suave resplandor. Pasaron las horas. Ya cuando estaba por caer la noche, reaparecieron los visitantes, pero con identidades cambiadas: el europeo mayor era hoy un juvenil mestizo moreno de cabellera flotante; y el joven, un anciano blanco y de cabeza despoblada. Los aguardaba un carruaje tirado por caballos. ¿Juego del tiempo o juego de la luz?

1414. EJERCICIOS FLORALES

Raju llega todas las mañanas a la habitación a preparar las figuras florales multicolores sobre el piso junto a los ventanales de cristal. Tiene la silenciosa habilidad de los artistas artesanos que se han formado en la academia de la supervivencia cotidiana. Y aunque casi no desata palabra, su recogida actitud invita espontáneamente a entablar algún tipo de diálogo. “Hola, Raju, ¿cómo amanecieron los pétalos de crisantemo, de marigold, de clavel y de rosa esta mañana?” Sonríe, como si se le estuviera preguntando sobre un enigma sagrado. Responde en consecuencia: “Como todos los días, saludando al aire”. Es la respuesta que podría dar un soñador esotérico. Después hace el saludo tradicional: el namasté que junta las manos en señal de saludo a la divinidad del ser humano que está enfrente. Los pétalos desde el suelo hacen lo mismo.

1415. MISIÓN DEL CONACASTE

Los trastornos del clima iban cambiando aceleradamente aquellos entornos que en otras épocas parecían intangibles para siempre. Y eso hizo que en el vecindario, que estaba formado por gentes casi todas de arraigo prolongado, se creara una especie de hermandad protectora de lo que caracterizaba la naturaleza del lugar. En particular, esa acción casi paternal se personificaba en el conacaste que era como el patriarca de la zona. Se contactaron con especialistas en conservación vegetal, y los expertos les recomendaron muchas acciones preventivas y regenerativas; pero la decadencia del legendario conacaste era cada vez más notoria. Hasta que llegó el día en que la poderosa estructura se convirtió en un esqueleto sin vida. Entonces un vidente dio su veredicto: “Esto no es cosa del clima, sino del destino. Prepárense: reencarnará en alguno de ustedes…”.

1416. CLARIDAD EN EL LÍMITE

Ninguna palabra es más cambiante que la palabra Nada, y ninguna palabra es más inmóvil que la palabra Todo. Esto tendríamos que tenerlo sabido desde siempre, porque la historia, tanto externa como interna, está hecha con las mutaciones que van generando esas dos dimensiones inescapables de la vida. Él era un monje budista que había vuelto a la vida común, y no para desprenderse de su condición creyente, sino para medirla en la vida cotidiana. Aquella tarde estaba en un parque dándoles de comer a las ardillas que ahí moraban. Se detuvo para concentrarse. El Todo y la Nada se le aparecieron de repente, como expresiones existenciales. El Todo: aquella necesidad de ser partícipe de la vida en todas sus formas; la Nada: aquel sentimiento de que toda experiencia se esfuma como las ardillas entre los follajes…

1417. EN EL CAMINO

El avión de paso saldría dentro de un par de horas, y había tiempo para ir a deambular por las tiendas del aeropuerto. Así lo hizo, y durante un rato anduvo entre la multitud caminante de viajeros, sin hallar nada que le captara la atención. Hasta que se topó con aquel lugarcito que en su diminuta vitrina exhibía retratos antiguos. Observó detenidamente. Ahí estaba: aquel retrato era una pose de familia. La suya. ¿Cómo había llegado a semejante lejanía? Interpretó de inmediato el mensaje: tenía que quedarse a descifrarlo. Perdió el avión pero ganó la pertenencia.

Misterios de escalera

MISTERIOS DE ESCALERA

La casa a la que se trasladaron cuando el jefe de familia –como a él le gustaba que le llamaran– estuvo económicamente capacitado para subir de estatus residencial no era de grandes dimensiones pero tenía tres pisos. Sin duda, una extravagancia arquitectónica en un ambiente de estricta clase media, aunque bien se sabe que la imaginación no tiene límites de clase. Esto, en otros términos, es lo que dijo “el jefe de familia” cuando les comunicó a los suyos la decisión de adquirir el inmueble para trasladarse a vivir ahí de inmediato:

—Tenemos que subir de todas las formas que sea, y para recordárnoslo cada día van a estar los escalones que nos llevarán hacia arriba…

Y es que el tercer piso, el más reducido de los tres, con solo dos pequeñas habitaciones, sería el lugar para reposar y dormir. En una, el señor y la señora; en la otra, las dos hijas en edad escolar. Cuando estuvieron acomodados, todo pareció normal, sin resistencias aparentes. Y como no era ninguna novedad ese reparto de espacios, la vida siguió de inmediato su curso.
El vivir diario, sin embargo, no siempre es lo que parece. Cada uno de los cuatro habitantes de la casa vivenciaba aquel ambiente de manera muy distinta, aunque las diferencias no surgieran a la superficie. El señor, que ahora prestaba servicios de consultoría por internet, pasaba buena parte de su tiempo en el escritorio mínimo que estaba junto a la única ventana de su cuarto; la señora, que era costurera por encargo, elaboraba sus piezas en una antigua máquina Singer que heredó de su madre y que tenía ubicada en el casi vacío segundo piso; y las dos hijas, adolescentes que empezaban a experimentar inquietudes existenciales, siempre estaban en la primera planta, entre la cocina, la sala de estar y el galponcito donde permanecían las bicicletas.

Pasados los meses se fue haciendo evidente que aquella distribución de espacios estaba deshaciendo casi todas las posibilidades de comunicación cotidiana. Hubo días en que ni siquiera se cruzaban, ni siquiera en los momentos habitualmente comunes, como eran los tiempos de comida. El señor se llevaba los alimentos al escritorio; la señora, que era de muy poco comer, tenía un hornito microondas en una repisa a la par de la máquina de coser; y las dos niñas picaban todo el día en cualquier lugar como pájaras insaciables.

Así las cosas, llegó el momento en que el sitio donde más posibilidades había de encontrarse era la escalera, pero como ahí no era posible quedarse quieto por más de unos segundos, los encuentros parecían estaciones en una banda en movimiento, aunque desde luego la escalera siempre estaba inmóvil.

De pronto, aquella rutina tuvo un quebranto inesperado. La señora padeció un desvanecimiento sin antecedentes y hubo que llevarla en ambulancia al hospital más cercano, con todos los signos de una dolencia verdaderamente grave. Los médicos, luego del examen de rigor, llamaron al señor para informarle:

—Su esposa está padeciendo una insuficiencia cardíaca severa, y lo que ha tenido es un aviso de que tiene que cambiar todo su esquema de vida…
—Nosotros dormimos en un tercer piso, y hay que subir escaleras…
—Eso debe ser evitado desde este mismo instante.

No había tiempo que perder. Al nomás volver a la casa comenzó la mutación. Todo lo que estaba en el segundo piso y en el tercer piso pasó al primero, que hoy era un hacinamiento donde apenas se podía dar un paso. ¿Por qué nadie se quedó en el segundo o en el tercer piso? Quizá por un naciente sentimiento de solidaridad. El jefe de familia dio su veredicto:

—Es una lección. Dejamos la escalera que se mira y hoy tenemos que aprender a subir en la escalera que no se ve, que es la escalera de la vida.
La señora, quieta por necesidad, se pronunció al respecto:
—Y yo quiero llevar la iniciativa. El corazón me lo manda.

MISTERIOS DE HORIZONTE

Desde la ventana, suficientemente amplia para tener a disposición un buen trozo del cielo que daba al poniente, aquella señora que era viuda reciente y sin hijos se había vuelto de pronto contemplativa pertinaz. Su marido fue un hombre dominante y absorbente, que apenas le dejaba respiro, sobre todo en la convivencia hogareña, y ahora, cuando él se había ausentado del todo de seguro movido por el azote orgánico de sus mismas ansiedades, ella estaba ahí, ensimismada y silenciosa, como si estuviera invadida de sentimientos depresivos.

Solo tenía una amiga, que era una prima lejana con la cual habían sido cercanas desde la infancia. La amiga la observaba con inquietud, quizá porque presentía que todo aquello podía conducir a algún desenlace indeseable. Incluso podía andar circulando por aquellas estancias el fantasma del suicidio, que daba escalofríos de solo imaginarlo.

Nunca salía de la casa, y la amiga le preguntó el motivo de ello. Su respuesta fue otro enigma:

—Lo hice cuando no tenía horizonte, y hoy que lo tengo no hay para qué.
—¿Horizonte? ¿Cuál horizonte?
—Ése. Míralo.
—Yo lo que veo es una hilera de colinas al fondo de las zonas pobladas, y encima de ellas un telón de nubes… Lo de siempre.
—Es lo que nunca pude contemplar a mis anchas cuando él estaba conmigo.
—¿Pero de qué te sirve estar así todo el día viendo hacia afuera, cuando podrías estar afuera gozando de muchas cosas?
—Ah, es que yo antes veía el paisaje como si hacerlo fuera algo indebido, casi pecaminoso, porque para él yo debía estar siempre haciendo oficio, para que todo estuviera a su gusto; y hoy, en cambio, puedo quedarme aquí el tiempo que yo quiera, respirando como me gusta, soñando con lo que pueda haber detrás…

—Entonces, ¿no estás deprimida?
—¿Deprimida? ¡No! Al contrario: estoy ilusionada. Me he reconciliado con el horizonte, y eso me llena de serenidad. El horizonte es mi nuevo amigo, ¡qué dicha!

MISTERIOS DE TUMBILLA

Tía Ofelia había sido, desde que él tenía memoria, la parienta más cercana a su inmediato círculo familiar. Ella se casó en su primera juventud, tuvo una hija y muy pronto el cónyuge desapareció como por encanto. La hija de tía Ofelia era una niña aparentemente común, pero al iniciar la adolescencia empezó a dar muestras de ensimismamiento sospechoso, y un día de tantos dispuso irse con una caravana de turistas de mochila a recorrer mundo. Tía Ofelia se quedó sola y casi todas las tardes pasaba a verlos a ellos.

Cuando él se independizó, ya con empleo y con pareja, tía Ofelia le hizo una oferta inesperada:

—Yo estoy sola. Ustedes dos trabajan y el primer niño ya viene de camino. Si me dejan vivir con ustedes, yo me puedo encargar de todos los oficios de la casa. Todavía estoy fuerte.
Aceptó, más por compasión que por necesidad. Tía Ofelia, con solo una vieja tumbilla como equipaje, llegó y se instaló en una especie de rincón techado y protegido por piezas de madera rústica que estaba en la parte trasera de la vivienda. Ella permanecía en las otras partes del reducido hogar, realizando las labores domésticas, que cumplía con gran esmero.

Tía Ofelia pareció rejuvenecer con su nueva situación, y tal efecto se intensificó al máximo cuando la señora de la casa estaba a punto de dar a luz. El parto fue perfecto, pero sorpresivo y urgente. Tía Ofelia tuvo que oficiar como partera. Era una niña. Cuando la tuvo entre sus brazos, tía Ofelia se transfiguró, de seguro por la emoción.

En los días siguientes pareció rejuvenecer en forma casi mágica. Y aquella tarde cuando los dos padres volvieron de sus ocupaciones, ni tía Ofelia ni la niña estaban ahí. Quizás andaba por los alrededores, pero nunca volvió. Se activaron todas las alarmas. Los padres hubieran tenido respuesta de haber ido a abrir la tumbilla, agazapada en una esquina. Ahí adentro había una nota escrita en caracteres enigmáticos: “Mi hija ha regresado, y hoy me toca irme con ella a correr mundo. No nos busquen, no nos van a encontrar jamás”.

Álbum de Libélulas (172)

1402. BOSQUE PERFECTO

Fue a ver a una psíquica cuyo servicio le recomendó un amigo dado a los acercamientos esotéricos, porque las inquietudes anímicas le estaban desembocando en soledad depresiva. El lugar de la consulta parecía un tugurio, y eso, curiosamente, le pareció buena señal. La señora, que estaba a todas luces en sus años medios, apenas soltaba palabra. Pero le dijo un par de cosas que se le grabaron de inmediato, sobre todo una: “Vas a encontrar a Dios entre los árboles”. Pero él vivía en una ciudad superpoblada, y cualquier zona boscosa era inaccesible. Se sintió confundido, hasta que la psíquica se le reapareció en un sueño: “No me di a entender contigo, ¿verdad? Te hablé de Dios al que ibas a encontrar en algún bosque… Lo que no te dije es que ese bosque está dentro de ti, y que es ahí donde debes internarte… Puedes hacerlo ahora mismo… La entrada es este sueño…”

1403. LAS PALABRAS NO DUERMEN

Estaba constantemente con ellas, porque constituían el material espontáneo de su trabajo. Sí, era escritor, aunque en verdad su trato con las palabras parecía ser aún más íntimo, como si el vínculo viniera de lejanías indescifrables, quizás en los espacios de otras vidas. Así las cosas, se fue volviendo una especie de ermitaño que apenas tenía los contactos externos que posibilitaban la supervivencia material. Aunque cultivaba varios géneros literarios, lo que le proveía ingresos era la labor periodística y lo que le fertilizaba inspiraciones era la labor poética. Eso hacía que las palabras se hallaran aquí como en su casa. Y así iba sintiendo cada vez más que su vida era un refugio al que solo él y sus palabras tenían acceso. Un allegado le preguntó un día: “¿No te angustia la soledad?” Y él reaccionó: “¿Cuál soledad si estoy siempre rodeado por mis amigas que nunca duermen?…”

1404. AURORA CON MENSAJE

Con el terremoto más reciente muchas construcciones fueron destruidas; y como el lugar era nido de pobrezas, no hubo reconstrucción posible. Él y su familia quedaron prácticamente sin abrigo y tuvieron que ir a arrimarse al sitio donde se hallaban algunas viviendas medio en pie. Los habitantes, que eran conocidos, los miraron con recelo, pero no los ahuyentaron. Eso sí, les advirtieron que no querían relación con ellos. Y ellos lo aceptaron sin chistar, porque no había de otra. Y aunque conservaban los trabajos, la penuria era sentimiento diario. Dormían casi a la intemperie, como cualquier indigente. Y él comenzó a padecer insomnio. Cada día estaba atento a las primeras señales del amanecer. Pero aquel día, esas señales no aparecieron. Se incorporó, ansioso: “¿Dónde estás?” La luz matinal se hizo sentir: “Aquí, a tu lado. Cuidándote aunque no lo parezca”.

1405. SANTA VIDA

Entró en la capilla que frecuentaba desde que, sin que nadie lo instruyera al respecto, presintió y sintió que estar en presencia de un espíritu superior era condición indispensable para vivir de veras. Era niño entonces. Fueron pasando los años y aquel convencimiento se le volvió conciencia; y por desconocido lazo, era en aquella capilla donde se sentía realmente en posesión de esa verdad que aleteaba siempre en su interior. Una noche invernal, la tormenta fue casi un diluvio, y a la mañana siguiente se conoció el estrago principal: la capilla se había desplomado por la fuerza del agua huracanada. Él estaba frente al estrago, como un doliente inmóvil. Una ráfaga sobreviviente lo envolvió de pronto, en función de madre protectora. Y él lo supo de inmediato: era la Vida, recordándole que siempre estaría ahí, como delegada mayor de todos los espíritus superiores.

1406. MISIÓN ASTRAL

Generalmente las preguntas parecen desahogos sin trascendencia, pero aquella vez la pregunta brotó con ánimo casi sagrado, lo cual es mucho decir en la superpoblada cotidianidad. No la dijo en palabras audibles, sino en un murmullo que se le quedó rondando por las estancias cambiantes del interior: “¿Me recuerdas, verdad? Soy un viejo conocido…” Él no supo qué responder, porque las imágenes se le revolvían como si ninguna pudiera prevalecer sobre las otras. “Ah, sí –dijo entonces el murmullo–, estamos en completa sintonía: porque el silencio es la mejor respuesta. Tenemos faena. Ven”. Hubiera querido indagar: “¿Hacia dónde?” Fue como si lo preguntara, porque la voz le explicó, tal si fuera un escolar recién llegado: “Vamos hacia lo más profundo de ti mismo. Yo soy tu destino, y ahora empezaremos a explorar tu universo, eso que llaman alma, ¿entiendes?…”

1407. EL MEJOR AMIGO DEL AIRE

A primera hora, los pájaros de los alrededores comenzaron, como todos los días, a anunciar que el día estaba por llegar. El peregrino, que había hecho infinidad de jornadas hasta llegar a aquel punto, fue despertando como si se tratara de una ceremonia a la vez simple y solemne. Se incorporó en plena desnudez y solo se puso una especie de manto para salir a la intemperie, que era prácticamente donde había dormido, porque no tuvo ningún otro sitio disponible. Aquel en realidad era un parque, descuidado y lleno de malezas, pero sus pies descalzos estaban habituados a todas las rispideces del terreno. Se detuvo en un punto y aspiró a profundidad. Desde esa profundidad una voz le agradeció el gesto: “Gracias de nuevo porque me has puesto en contacto con mi mejor amigo”. Sonrió. Sabía quién era: su espíritu, que volvía a agradecerle la gracia de respirar.

1408. FULGOR DE IDENTIDAD

Se detuvo ante el retrato que estaba en una de las esquinas de la sala, y luego de una minuciosa contemplación se dijo para sus adentros: “Es ella, mi abuela Lillian, y es como si estuviera viéndola por medio del retrovisor más fiel”. Fue a la oficina del museo a hacer la indagación del caso y no pudieron darle ningún dato del autor: “Recuerde que son pintores desconocidos, y muchos envían sus obras en total anonimato”. Él lo que recordó fue que en algún momento del pasado su abuela le había contado que uno de sus hermanos en Nuevo México era aficionado a la pintura. ¿Sería obra de él aquella pintura tan evocativa? Y si lo era, ¿cómo había llegado ahí, tantísimos años después? Entonces se fijó en la casi invisible inscripción en uno de los extremos inferiores del cuadro. ¿Qué era aquello? Su nombre, ¡su nombre! Cerró los ojos para que las lágrimas se le escurrieran hacia adentro…

1409. UN VECINO CONFIABLE

Aquel señor tan poco comunicativo llegó a instalarse en el vecindario sin que nadie conociera su procedencia. Algunos creyeron que era un convicto recién liberado y otros pensaron que era un emigrante que estaba de vuelta. Pero en verdad no había ningún indicio que diera pistas sobre su real condición. Hasta que un adolescente de los entornos propagó lo que había descubierto en el laberinto virtual: era un profeta disfrazado de persona común. Y entonces los vecinos respiraron tranquilos, sin percatarse de que ahora estaban expuestos a todos los enigmas de lo sobrenatural.

Misterios de traspatio

MISTERIOS DE TRASPATIO

Su padre hablaba constantemente de lo que había vivido antes y durante la guerra, como adolescente ilusionado por las expectativas revolucionarias y como joven entregado a la lucha armada en los terrenos más inhóspitos. Estuvo en esos planos durante todo el tiempo que duraron las acciones en el campo; pero un día de tantos pareció que el fusible principal se había fundido, y todo lo que quedaba era una especie de nublazón sin salidas perceptibles. Buscó algún compañero de confianza con quien compartir sensaciones, y ahí estaba “El Tuerto”, limpiando su arma de faena y silbando a medias una canción de Silvio Rodríguez:
—¿Sabés algo, Tuerto?
—¿Ummm? –murmuró sin dejar el silbido.
—Que si sabés algo…
—¿Algo de qué?
—De esa mierda de la paz…
—Ah, pues lo único que sé es que hay que preparar los bártulos.
—¿Y entre los bártulos hay que meter lo que creíamos que iba a ser la vida después de todo este desmadre?
—Eso ya es cosa tuya. Yo me voy con lo puesto.
El mismo diálogo, ya en forma de rememoración a veces lamentosa y a veces colérica, lo había oído mil veces en boca de su padre, sin que nunca se despejara el enigma. Ahora su padre era un hombre que iba llegando a la tercera edad, y ya se había retirado de la ocupación de vigilante a la que se dedicó al regreso de sus largos años como activista en el terreno; y él, que nació dos años después de que se cerró el conflicto bélico, tenía inquietudes intelectuales y estaba iniciándose en el periodismo investigativo, ahora tan en boga en todas partes.
Un día, el hijo quiso tocar más fondo para un reportaje sobre la memoria, y se acercó a su padre, escurridizo en aquellos temas, sin que fuera a sentir que era un interrogatorio en forma. Estaban en el pequeño traspatio de la casita de suburbio que les dejaron unas tías solteras. Y comenzó por el diálogo con el Tuerto.
—Y en fin, papá, ¿te llevaste tus bártulos como te dijo el Tuerto?
—Ah, y eso qué importa ya. Es historia vieja, que se acabó en el polvo.
—Sí, ¿pero te los llevaste?
—Algo metí en la mochila.
—¿Y ahí también metiste la paz?
—Quizás.
—¿Y entonces?
—Pues si la metí se me cayó en el camino. Otros de seguro la recogieron y fueron a venderla cara… ¿Entendés?
—A medias. Pero es suficiente.

MISTERIOS DE INTERIOR

Se oían ruidos que no parecían provenir de ubicaciones precisas. La casa tenía muchos recovecos, y eso estimulaba la dispersión difusa, lo cual había propagado entre los residentes inmediatos la impresión de que era un lugar donde pasaban cosas fuera de lo normal, de seguro en el plano mágico. Y como los brujos y sus brujerías iban poniéndose cada vez más de moda en todas partes, aquella convicción hizo que hubiera hasta visitantes interesados en conocer el sitio, que desde luego nunca llegaron a hacerlo.

En la casa había tres habitantes: la abuela casi inválida, la madre que seguía dedicada a confeccionar artesanías dizque espirituales y el hijo que no quería hacer vida propia porque su mundo era una especie de laberinto imaginativo sin salidas. Durante el día, la casa permanecía en una quietud que no era normal; y por la noche parecía activarse esa energía que también estaba fuera de lo común.

En el día la abuela empujaba apenas su casi inutilizada silla de ruedas hacia un rincón que era su favorito, la madre se inclinaba sobre su mesa de trabajo como si quisiera sumergirse en alguna alberca ceremonial y el hijo, recostado cuan largo era en el sofá que era el habitante más antiguo de la casa, parecía estar rezando una letanía con ritmo de música hippie. En la noche la abuela estaba siempre a punto de incorporarse para iniciar una danza profética, la madre iba repartiendo por todas partes sus figuras a medio hacer y el hijo se sumergía en otro tipo de silencio, que tenía los pálpitos de un reloj recién activado.
Desde afuera, nadie podía advertir aquellos efectos tan personales, y lo que se percibía, por extraños reflejos sonoros, era una sucesión de vibraciones que en verdad invitaban a creer en la presencia de voluntades invisibles.

—Alguno de ellos está aliado con fuerzas oscuras –decía alguien.
—O quizás los tres son practicantes del mismo rito –apuntaba otro.
—A mí se me hace que están jugando a hacerse notar –deslizaba un escéptico.

Y todos llamaban al lugar “la casa de los brujos”. Los tres habitantes de la casa salían de ella a proveerse de lo indispensable para sobrevivir, y nunca se relacionaban con nadie. La abuela, en su silla de ruedas, se desplazaba paradójicamente con mayor soltura que los otros dos. El hijo era el más inhábil para sostener el paso. Los demás los veían de reojo, evitando el contacto, y “los brujos” parecían no fijarse en nada. Lo curioso era que cuando ellos no estaban en la casa, los ruidos que salían de la misma se hacían sentir de otra manera, como con mayor libertad.

Hasta que, un día de tantos, algunas gentes del vecindario observaron cómo los tres asomaban del interior con ciertos bultos no habituales, como los que se llevan para algún desplazamiento de varios días.

Los días pasaron, y la casa permanecía cerrada. Los ruidos que brotaban de ella no habían dejado de hacerlo, con creciente libertad y con una naturalidad casi sonriente. Y cuando el tiempo pasó, las autoridades del lugar decidieron inspeccionar aquel interior abandonado, por razones de seguridad. Y la sorpresa de todos fue dramática. Ahí adentro todo se hallaba en completa normalidad: los tres habitantes en sus sitios, haciendo cada quien lo suyo. La abuela, la madre y el hijo apenas reaccionaron por la presencia externa. Uno de los oficiales les preguntó:

—Creímos que ustedes se habían ido de aquí hace algún tiempo.
La madre respondió:
—Nosotros nunca nos iremos. Los que salieron de aquí fueron ellos.
—¿Quiénes?
—Los tres inadaptados, que nunca estuvieron contentos con ellos mismos, y por eso hacían ruidos que los mantenían al margen. Al fin tuvimos que expulsarlos.
—Pero ustedes son ellos… ¿O no?
—Sí y no. Somos el otro yo de cada uno de ellos. Estuvimos sometidos desde siempre, y hoy estamos liberados. Por eso nuestros ruidos tienen música… ¿La escuchan?

MISTERIOS DE JARDÍN

Cuando ya estaban a punto de unir formalmente sus vidas tuvieron que buscar dónde instalarse, y luego de ver muchas opciones se inclinaron por aquel terreno en las afueras, rodeado de construcciones recientes. Como era terreno baldío había que hacerlo todo. Un amigo arquitecto realizó el diseño y una pequeña empresa constructora se encargó de la obra. Así, al contraer nupcias la casa se encontraba casi lista, con su jardín alrededor. La ocuparon de inmediato.

Las plantas del jardín comenzaron a crecer, y entonces un fenómeno inesperado se fue haciendo presente. Las flores que surgían eran exactamente las mismas, sin importar las especies de que se tratara. Capullos rosados que parecían alas a punto de alzar vuelo. Él consultó con jardineros y con algún experto en jardinería y no había respuestas convincentes. Entonces, y como último recurso, se le ocurrió ir a ver a un psíquico, que luego de concentrarse le hizo saber:

—Aquí veo lo que había en esa zona hace mucho, mucho tiempo: un cementerio de lugareños, y donde está su casa se hallaba el ala de los recién nacidos. Cuando usted plantó ahí un jardín, les dio alas… Esos capullos son sus almas inocentes queriendo hacerse sentir…

Álbum de libélulas (171)

1394. LIBÉLULA REBELDE

Desperté con ganas de dedicar mi domingo al dolce far niente, pero lo que me esperaba era una jornada cundida de desafíos. Para empezar, apenas llegada la aurora se apagaron de repente todas las luces de la casa y tuve que actuar de inmediato con los instrumentos a disposición. Y desde luego no soy electricista. Al mediodía una bandada de pájaros desconocidos se dio contra todos los cristales de la casa y me vi obligado a las reparaciones de emergencia. Y tampoco soy experto en arreglos caseros. Al anochecer tocó a la puerta un presunto vendedor de cosas de casa, pero al abrirle se me abalanzó porque era un asaltante. Luché contra él hasta dominarlo y entregarlo a la Policía. Y la defensa personal nunca ha sido mi fuerte. Así las cosas, me fui a dormir. Y para suerte compensatoria mi domingo concluyó en un dulce desvelo.

1395. OLVIDÉMONOS DEL FUEGO

Había sido un vagabundo imaginativo por excelencia, y por eso casi todos se sorprendieron cuando se supo que su última voluntad fue que lo cremaran para guardar sus cenizas en un cofre. La ceremonia era totalmente previsible; y cuando concluyó, el depósito metálico pasó a sus familiares más cercanos, que luego del acto religioso se lo llevarían para cumplir lo que tuvieran previsto. Aquella noche, el cofre con las cenizas del difunto quedó en una repisa de la única habitación desocupada de la casa, y ahí estuvo por algunos días, como si nadie reparara en su presencia. Hasta aquel momento en que una de las hijas, aún solteras, pasó tan cerca del mueble que estuvo a punto de volcar el cofre. Lo tomó para reubicarlo y tuvo la instantánea sensación de que estaba vacío. En efecto, así era. Corrió a avisar. Misterio sin resolver. Las cenizas, desde el aire, decían adiós.

1396. DANDO Y DANDO

“Te resistís a soñar, ¿verdá?” Él sonrió sin decir palabra, como era su costumbre. Y aunque la pregunta se la hacía ella, la mujer escogida para compartir el presente y el futuro, no estaba dispuesto a soltar prenda. Cuando llegó la hora de formalizar la relación, porque había pasado ya suficiente tiempo en aquellas vísperas, él fue el que hizo la observación inesperada: “Si me enseñás tu sueño te muestro el mío…”. Fue ella, entonces, la que esbozó una sonrisa sin más. Así se quedaron las cosas, y los preparativos de la boda siguieron adelante. Llegó el día señalado. Contra la costumbre, ella arribó primero a la pequeña iglesia del barrio, vestida con el atuendo tradicional de las novias. Expectativa de todos. ¿Dónde estaba el novio? “¡Aquí!” Y prendido de un lazo se descolgó de alguna abertura en el techo. “Tu sueño era vestir de blanco y el mío es trabajar en un circo: ya estamos a mano…”

1397. RACHA DE MENSAJES

Concluyó su formación universitaria, y como lo que había estudiado era una Licenciatura en Historia las posibilidades que tenía abiertas de inmediato eran la enseñanza y la investigación. Entonces, advirtió, ya con opciones a mano, que lo único que podía seguir moviéndole las fibras de la voluntad era ser lector libre, como siempre. Para su beneficio, los padres estaban dispuestos a mantenerlo sin trabajar. Y cuando aquella fórmula de vida tomó cuerpo, él empezó a vivir experiencias emocionales desconocidas, siempre vinculadas a las voces magnéticas del tiempo. En tanto más se sumergía en el pasado más señales iban llegándole del futuro. Cada suceso y cada personaje se le aparecían como dentro de un juego de espejos. Y él siempre estaba ahí, en el centro del antes y del después. Así fue cómo desapareció del presente, aunque de eso nadie se dio cuenta.

1398. BUEN VECINO

Trabajaba en un taller de mecánica en los suburbios, ya al borde de aquellos terrenos baldíos en los que nadie se había interesado nunca. Y como lo que ganaba apenas servía para la manutención elemental de su pequeña familia, halló alivio en ir a instalarse en la interioridad de un bosquecillo rústico inmediato. El sitio semejaba un refugio natural, que a la vez producía sensación protectora en estos tiempos de avasallante inseguridad. Se instalaron, y cada quien reaccionó a su manera: los hijos con un inesperado entusiasmo, la señora sin decir ni sí ni no y él sintiendo el peso de la soledad. Lo acuciaba el desvelo, y una noche tuvo el impulso de salir al entorno a vagar sin más. De pronto escuchó un aullido quejumbroso, casi a la par, y de inmediato surgió la presencia: aquel coyote de seguro inmigrante desde alguna montaña vecina. Y entonces él se sintió acompañado como nunca.

1399. HIBERNACIÓN VERANIEGA

Su segundo marido era un industrial que había acumulado una gran fortuna, y con él se fueron a vivir en el penthouse de un edificio majestuoso en Fifth Avenue, frente al Central Park. Ninguno de los dos tenía hijos previos y ya no era tiempo de tener propios; por eso cuando él se alejó de este mundo como si tuviera prisa por tomar el primer tren de la tarde, ella se quedó acomodada en su poltrona favorita frente al ventanal que daba al horizonte de torres impasibles. Literalmente permanecía anclada ahí, y no porque la ausencia del difunto le ensombreciera la voluntad de hacer algo por su cuenta, sino porque ahora estaba entendiendo que su vida había sido un torbellino inútil, sentimentalmente hablando. Aún era joven, aunque estaba al final de su verano cronológico. Aquella hibernación espontánea quizás sería su tratamiento reparador.

1400. OFICIO SIN RETORNO

Su experticia en la reparación y en el tratamiento de joyas finas le había proporcionado no solo ingresos crecientes sino también reconocimiento expansivo. A diario tenía entre sus dedos diamantes de real valor, piezas de oro de exquisita factura, perlas impecables, zafiros cautivadores, rubíes impecables y así por el estilo. Trabajaba en su casa, donde estaba el taller al que nadie tenía acceso, porque era para él como un santuario de devoción exclusiva. Pero eso tuvo un giro cuando conoció a Melania, que lo deslumbró desde el primer momento. Ninguna joya le produjo nunca aquel efecto posesivo. Siguió con su trabajo, aunque ahora en su conciencia parecía haberse abierto una caja con tesoro propio. Así fue como descubrió que el amor es la joya suprema, y que su oficio de siempre era una gracia de Dios.

1401. NUBES QUE VUELVEN

El tiempo climático parecía haber perdido todo control sobre sí mismo, y de eso nadie podía escapar. Él era un escéptico empedernido, y ni siquiera daba por seguras las verdades más inamovibles. Aquella tarde, sin embargo, un runrún nunca antes percibido andaba rondándole por dentro. Era como si alguien estuviera mandándolo gentilmente hacia afuera. Fue a la ventana más próxima y desde ahí pudo observar la caravana. Sí, eran nubes de regreso que se dirigían hacia el lugar en que él estaba. Entonces el runrún se le volvió palabras propias: “Yo nunca he creído en nada, pero hoy sí voy a confiar en la fidelidad de en las nubes…”

El arte de resucitar (Galindo)

EL ARTE DE RESUCITAR

Desde que era muy niño tuvo aquel sueño recurrente, que era el mismo salvo por los colores con los que aparecía: en época lluviosa prevalecía el celeste y en época seca se imponía el rosa. Nunca le contó a nadie sobre aquello, como por temor a que al mencionarlo se rompiera el encanto. Así llegó a la primera juventud, en la que se abren espontáneamente los caminos de la vida. Para él lo que estaba enfrente era un solo camino. Tampoco se lo dijo a nadie, aunque las preguntas no faltaban:

—¿Ya decidiste lo que vas a hacer de aquí en adelante? —quería indagar su madre con su tenue voz natural.

—Estoy pensando –respondía él, mirando hacia otra parte.

—Hijo, el tiempo no espera. ¿Qué es lo que te llama? —le preguntaba el padre, con su seriedad habitual.

—Oigo voces, nada más —se evadía él, sin soltar prenda.

—A mí se me hace que vas a ser maestro de algo. ¿Te capté? —le decía uno de sus contemporáneos del vecindario.

—No sé todavía —era su respuesta más en confianza.

Y así hasta que un día de tantos desapareció como por arte de magia, sin llevarse ninguna de sus pocas pertenencias. Sus familiares dieron parte a la autoridad, y comenzó la búsqueda. Ningún rastro, ningún indicio. Alguien dijo: “Se lo tragó la tierra”.

Pasó el tiempo, y con la ausencia silenciosa llegó el olvido. Entonces, sin previo aviso, comenzaron a aparecer señales, no de él, sino de sucesos que parecían enlazados por el misterio. Presencias sigilosas, voces en busca de eco, evocaciones e invocaciones en clave espiritual. Y todo aquello era cada vez más atrayente para muchos de los habitantes del lugar y de las zonas circunvecinas.

Un domingo entró la caravana inesperada. Al frente aquel hombre vestido de blanco sobre un caballo de lento andar, como en las estampas más antiguas.

La aldea entera cayó de rodillas, sin que nadie diera indicación para ello. Los recién llegados se reunieron en la plaza, que más parecía un predio baldío. El hombre de blanco se colocó en el centro y comenzó a hablar como si se tratara de un encuentro familiar largamente postergado, con su familia biológica en la primera línea:

—Amados hermanos, yo soy aquel muchacho que un día desapareció de este lugar. Sí, me tragó la tierra. Pero dentro de la tierra no me esperaba la muerte, porque mi sueño de siempre me protegió a cada instante. Era el sueño de resucitar, que estaba conmigo según el color de las estaciones. Llegó el momento en que ese sueño me ordenó seguir su ejemplo, y volví al aire, como un resucitado. Era hora de romper el silencio y de predicar el milagro natural. Es lo que he hecho desde entonces, pero me faltaba el homenaje final al sueño que ha sido mi maestro: envolverme en la luz que nos vio nacer a ambos, a mí y a mi sueño…

Alzó los brazos y la pequeña multitud le acompañó clamando:

—¡Gracias, Maestro!

PALABRAS ENTRE EL HUMO

Los terroristas han existido siempre, y lo que cambia son los argumentos y las vestimentas. En aquella zona los atentados eran frecuentes, porque los bandos políticos se habían vuelto cada vez más adictos a disfrazarse de religiosidad extrema. Y en medio de ellos la población sencilla y natural quedaba como víctima inminente o consumada, sin ninguna capacidad de defensa.

Por eso ahí la vida era un sacrificio cotidiano, que comenzaba por la imposibilidad de respirar sin angustia sofocante. Y es que las explosiones y los incendios habían hecho que el aire libre se fuera convirtiendo en humo atribulado. Las calles eran regueros de ceniza; los balcones, bocanadas de angustia; los jardines, ensayos de cementerios…

Y entonces el silencio fue tomando posesión de todos los espacios disponibles, como un capitán que hubiera resultado vencedor de la campaña de conquista. Un silencio que solo les daba permiso de expresarse a las bombas, a las metralletas y a los gritos que enarbolaban consignas.

Un grupo de muchachos muy jóvenes estaba ahí, sin embargo, aprovechando el silencio para organizar su resistencia.

De pronto algo totalmente insospechado comenzó a hacerse sentir como una onda expansiva con voluntad de invadirlo todo. Un runrún no identificable, un murmullo que quería valer por su cuenta, un tartamudeo insistente…

Hasta que la voz rompió todas las barreras envueltas en papel de aluminio:

—¡La respiración de Dios es el único antídoto contra el terror, cualquiera que sea el origen de este!

PEREGRINOS DE LA MEMORIA

Ahí, muy cerca, se iniciaban los cordones de colinas que se extendían hasta la cordillera del fondo. Detrás de seguro se hallaba el mar oceánico, al que ninguno de los habitantes de los alrededores había tenido acceso nunca, y no porque estuviera demasiado distante, sino porque las gentes del lugar eran obsesivamente montañeses. Ni siquiera los cielos abiertos eran objeto de contemplación, aunque sus colores tunantes parecían la giratoria fantasía de un pintor impresionista.

Aquella actitud y aquella sensación se venían sucediendo con puntualidad impecable generación tras generación, pero algo novedoso estaba empezando a tomar forma en la conciencia de los que eran aún niños aunque ya al borde de la adolescencia. Los mayores no acababan de advertirlo, porque no tenían experiencia al respecto, aunque quizás, sobre todo, por temor a cualquier novedad que les alterara los moldes perfectamente introyectados.

Un día, sin embargo, se produjo un acontecimiento que nadie esperaba: uno de aquellos niños emergentes reunió a todos sus contemporáneos en el único espacio abierto dentro del poblado. Al principio era un encuentro silencioso, como si todos estuvieran esperando alguna señal desconocida.

De repente, y como si brotara de las entrañas del aire, se dejó ver un pájaro que venía agitando sus grandes alas que parecían bordadas con finura magistral. Hizo varios giros sobre las cabezas de los presentes y fue luego a posarse en la rama más cercana, que era la de un árbol que había estado ahí desde siempre, como heraldo impenitente.

Entre los niños se desató un murmullo. Y uno de ellos tomó la palabra sin más, con la precisión de un hombre perfectamente consciente de su destino:

—¿Qué estamos haciendo aquí? Ya es tiempo de que salgamos a cumplir con nuestro trabajo… Hay que ir a rescatar todos los tiempos perdido… Esas vidas que nuestros ascendientes no han vivido y que nos están esperando…

Hubo un estremecimiento entre todos los que recibían el mensaje. Nadie comentó nada, pero era notorio que lo dicho se tomaba como un mandato.

De inmediato la reunión comenzó a disolverse. Se formaron espontáneamente tres columnas que fueron avanzando hacia las afueras de la población, y que se perdieron de inmediato en los entornos.

Los mayores del pueblo parecían recluidos o escondidos en sus rincones habituales. Aquel era ahora un pueblo fantasma y así de seguro se quedaría para siempre.

RESUMEN PARA INICIADOS

El próximo velero llegaría en el siguiente amanecer y había que tenerlo todo listo para el desembarque. Aquella tarde y noche los lugareños de la ensenada hicieron todo lo necesario para que, como siempre, el arribo tuviera el rango de un acontecimiento. Estaba todo listo. El lugar se quedó en silencio, mientras los habitantes se habían ido a descansar por algunos minutos.

Por algunos minutos… El aire circundante pareció suspirar. Y en ese preciso momento la luz solar lanzó sus primeros dardos entusiastas. Y al hacerlo se hizo evidente que todo el entorno estaba irreconocible. Altas torres, calles asfaltadas y jardines de catálogo. Y ahí, desde el horizonte próximo, venía acercándose el velero… Aquel velero, el que debió haber llegado hacía tres siglos… Y cuando atracó, la transfiguración fue perfecta. Los habitantes salieron de sus escondrijos, como escarabajos atávicos. El Tiempo sonreía desde cualquier azotea.

Álbum de Libélulas (Galindo)

1353. EL MISMO MENSAJE

Cuando traspasó la puerta de la nave aérea para entrar en las instalaciones del aeropuerto, una sensación radiante le aleteó por dentro: “Estoy aquí y ya no dejaré nunca de estar aquí”. Nadie lo esperaba, por supuesto, ya que ahí nadie podía esperarlo, porque él venía de un lugar ubicado en el otro lado del mundo, y ni él ni sus antepasados habían salido de ahí. Pero inesperadamente en la sala de espera un grupo de desconocidos estaba aguardándolo. Cuando lo vieron se le acercaron con expresiones de gran emoción. Él cerró los ojos y aquella bienvenida insospechada se le iluminó por dentro: “¡Gracias, destino, por hacerme sentir así que Dios está en todas partes, y que yo, como su Hijo, debo hacer lo mismo!”

1354. COMUNIDAD ASTRAL

Los árboles rojos y amarillos proliferaban por la ruta, y la activación coreográfica del ambiente era irresistible. Eran las 9 de la mañana en punto, y todo estaba listo para que comenzara el desfile de animaciones multicolores. En las aceras, la multitud parecía instalada en un anfiteatro extendido. La cámara televisiva recorría el mosaico vivo, y de pronto se detuvo ante aquel personaje anónimo que en apariencia no tenía nada de especial. El presentador le acercó el micrófono: “¿Y usted de qué suburbio viene a ver la ‘parade’ de Thanksgiving Day en el corazón de New York?” “Si adivina le regalo un pase para que pueda acercarse a todas las estrellas que quiera…” “Pero usted no es una estrella, joven. ¿O es una estrella disfrazada?” Risita pícara. “Soy un extraterrestre y las conozco a todas, las del cielo digo…”

1355. EL CONCIERTO DEL SIGLO

Caminaba por Central Park como lo hacía allá en tiempos remotos por los caminos polvorientos en los alrededores del río Las Cañas. En aquellos tiempos iba siempre acompañado por una melodía con sabor a bolero que se le había prendido en las telas finas del sentimiento incipiente; hoy la melodía era una plegaria encendida en el interior de la capilla de la primera madurez. Al llegar al lugar del parque en que se recordaba al creador de “My Sweet Lord” tuvo el impulso de arrodillarse para motivar la conexión íntima. No lo hizo físicamente, pero sí en la capilla del sentimiento no expresado. Ahí se quedó hasta que George Harrison apareció entre los árboles y fue a ponerse a su lado con la canción a flor de alma. Fue el concierto supremo, con él como único espectador.1356.

1356.FUTURO PARA DESMEMORIADOS

Llegó del Norte a ver a su familia después de tanto tiempo y a conocer a los nuevos miembros de esta. En el aeropuerto le esperaban muchos parientes, pero para su sorpresa todos le eran desconocidos. ¿Qué había pasado con su gente, la de entonces, con la que se comunicó durante tanto tiempo? No preguntó nada en el trayecto hacia la casa, porque ninguno de los presentes daba muestras de querer explicarle nada en particular. Lo trataban como a un viejo conocido, y nada más. Llegaron. ¿Qué era aquello? La casa tampoco era la recordada ni estaba ubicada en la zona de entonces. Le dio miedo indagar. Miedo tiritante. Y aquella noche, solo en su cuarto, se preguntó entre la oscuridad: “¿Quién soy?” No había respuesta, porque era como volver a nacer…

1357. ACCIÓN DE GRACIAS

Afortunadamente no tenía que desplazarse demasiado para cumplir con su propósito, porque en esa víspera había amenaza de colapso en todas las vías de acceso, aéreas o terrestres. A él le bastaba con tomar su auto y dirigirse a la población inmediata entre boscajes otoñales. Así lo hizo. Llegó al lugar, que aquel día semejaba un oasis casi primaveral. ¿Qué había pasado para que aquel efecto inverosímil se diera? Ni siquiera se lo preguntó: se introdujo casi corriendo en el espacio donde el aire y la vegetación parecían haber hecho un pacto de complicidades fragantes. Y ahí, en el atrio de polvo, se arrodilló como lo hiciera en la catedral mayor: “Naturaleza, el nuestro sí es amor correspondido…”

1358. ALAS ABIERTAS

Le llamaban “el imaginativo” porque siempre andaba imaginando cosas que para casi toda la gente que le conocía eran puras rarezas. Pero cuando se trató de formalizar relación lo hizo con la muchacha más previsible y de la manera más tradicional. Los que más lo conocían pensaron que sus excentricidades habían sido pura distracción de adolescente. Él sonreía para sus adentros, haciendo cábalas sobre lo que vendría después. Y así un día de tantos le dijo a su recién estrenada esposa: “Nos vamos a volar mundo con nuestras propias alas”. Y cuando la gente del vecindario vio aquella pareja alejándose en el aire con las alas abiertas muchos pensaron: “Esto le hubiera lucido al imaginativo. Lástima que vive con su pareja como ermitaño… “

1359. LA TIERRA HABLA

Se llamaba Sally y tenía la personalidad de los seres libres que corretean sin fin por las colinas próximas. Al conocer a Pepino el clic fue inmediato. Como era de esperar, muy pronto la línea del abdomen comenzó a expandirse promisoriamente. Ley del oficio amoroso. Pasó el tiempo previsto y el día del suceso no había signos de ninguna novedad. Entonces Sally dejó de aparecer por los alrededores. Pepino andaba tranquilo por ahí, como si supiera lo que pasaba. Un par de días después los que buscaban a Sally la encontraron con sus cinco cachorros recién nacidos en una cueva entre las raíces del joven conacaste que se hallaba al borde de la pendiente que daba a la calle. Aquel refugio protector era el albergue que ofrecía el terreno a sus habitantes favoritos.

1360. OTRO VIERNES NEGRO

La avalancha de ofertas comerciales lo tomó con el ánimo dispuesto. Ese día todo se podía comprar a precios increíbles. Salió para incorporarse a la multitud ondulante. Y llegó a su lugar elegido sin mayores obstáculos. No tuvo necesidad de revisar escaparates. Sabía a lo que iba. “Este”, le dijo al dependiente. “Y por favor no vaya a envolvérmelo. Los sueños no admiten envolturas…”

1361. CAMINO DE SANTIAGO

Estaba por llegar a destino, después de la caminata que parecía haber durado toda la vida. Y cuando se detuvo respiró por última vez. Ya todo el aire lo tenía dentro.