ÁLBUM DE LIBÉLULAS (184)

1507. ENCUENTRO EN VIVO

Estaba esperando la luna nueva, que es la de los grandes inicios. Y aquella noche, que era la indicada en el calendario para que tal acontecimiento se hiciera visible, el cielo estaba inmerso en una perfecta oscuridad. Entonces tuvo el impulso irresistible de salir a caminar por los entornos, que eran algo así como el traspatio de una pequeña población de habitantes casi marginales. Anduvo vagando como si lo impulsara una voluntad que no era la suya, hasta que, sin proponérselo, estuvo en aquel liviano mirador desde el cual podía observarse un espacio del cielo; y ahí estaba ella, la luna nueva, asomándose apenas, como si no quisiera ser vista más que por sus elegidos. Él se arrodilló a medias y musitó unas palabras: “Gracias por escogerme, doncella inspiradora; vámonos a dormir juntos bajo el ramaje”.

1508. GAVIOTA MENSAJERA

Cuando llegó el momento del retiro laboral, sus condiciones eran más favorables de lo esperado. Recibió una alta compensación y el monto de lo que percibiría mensualmente daba para vivir en cualquier parte. Llegaba, pues, el momento de la aventura. Su mujer, que había estado ahí siempre, le preguntó, conociéndolo: “¡A dónde nos vamos a ir a vivir?” Respuesta inesperada: “A Dartmouth, al sur de Inglaterra”. “¿Y eso?” “Es una pequeña comunidad portuaria de lo más pintoresca, paraíso de gaviotas a orillas del río Dart, donde se puede estar en perfecta paz y con todas las comodidades posibles…” “¿Pero de dónde sacaste la idea?” “El otro día que fuimos a la playa sentí que una gaviota me transmitió el mensaje”. “¡Come on! No me vayás a salir con que te hablan los espíritus… Pero en fin, probemos”.

1509. RETAR AL MISTERIO

Estaban cenando en Lusardi’s, a la hora tempranera en que prácticamente todas las mesas están ocupadas. Afuera, la 2.ª Avenida neoyorquina mostraba su animación de siempre en un sábado primaveral. Ellos habían pedido ya su vino Brunello favorito, e iban saboreándolo con delicadeza de conocedores espontáneos. En eso alguien entró al lugar y fue a acomodarse a la barra que está justo a la entrada. Ambos lo observaron e intercambiaron miradas. Era él, sin duda, ese vecino que parecía haber venido siguiéndolos en sus distintas ciudades y viviendas, y con quien nunca habían cruzado ni dos palabras. Quizás era hora de hacerlo. Se levantaron de su mesa y se dirigieron a la barra, pero al llegar, y sin que lo notaran, el sujeto había desaparecido. Volvieron tranquilamente a la mesa. El misterio seguiría en pie.

1510. ESTÁ A POR VENIR

Por más que estemos hablando constantemente de destino, la vida nunca deja de ser un juego de azar. Y por eso él, que había arribado a la etapa vital que se conoce como madurez, iba poniéndose cada vez más alerta sobre lo que pudiera pasar cada día. Las sorpresas, buenas y malas, asoman sin previo anuncio, y ahorita mismo le llegaba algo inesperable: su señora, ya en los umbrales de la menopausia, tendría su primer hijo. Susto, expectativa e ilusión a la vez; solo que la mezcla resultaba a ratos agridulce y a veces tibio ardiente. El embarazo avanzaba impecable. Llegó el momento de conocer el sexo de la criatura. El médico les informó, con desconcierto: “Es imposible descubrirlo. Extrañísimo”. Él sonrió: “Quizás lo que viene es un ángel despistado. Piénselo, doctor, y nos avisa…”

1511. AUTOLIBERACIÓN

Era jefe de personal de la empresa a la que ingresó poco después de graduarse, y desde esa posición su futuro profesional se anunciaba con creciente nitidez, lo cual le hacía dar una imagen a la vez confiada y demandante. La gente a su alrededor le había puesto un mote: “El infalible”, porque eso era lo que estaba a la vista. Hacia adentro, sin embargo, la estampa era diametralmente opuesta: cualquier cosa hacía temblar sus membranas anímicas y las dudas formaban enjambres angustiosos. El contraste se había ido volviendo lacerante, y así como por fuera destellaba salud, por dentro padecía quebranto. Entonces llegó la hora del giro definitivo. Los que lo rodeaban no lo creían: se desvaneció su arrogancia y se redibujó su sonrisa. El infalible se había vuelto un candil expectante.

1512. OTRA NORMALIDAD

Era el orden personificado, y para tener prueba fehaciente de ello llevaba una carpeta sucesiva de todos sus proyectos y de los resultados de los mismos. En contraste con lo que ahora se estila, ninguna de sus imágenes se hallaba en las redes sociales, porque él había venido haciendo el recorrido inverso: en tanto más descontrol comunicacional le rodeaba, más privacidad quería asegurar. Pero un día de tantos, y sin explicación accesible, desapareció su carpeta. Revolvió su casa de pies a cabeza, y puso a los suyos prácticamente en cuarentena. Como no hubo datos de lo ocurrido, ni siquiera pistas, todo tuvo que volver a la normalidad, pero una normalidad que para él fue un aprendizaje sigiloso, que lo ponía de alguna manera también en cuarentena. Y los espíritus chocarreros se divertían a su alrededor.

1513. TRIPLE ALIANZA

El cielo amaneció cerrado, como si fuera muralla impenetrable, pero el ánimo de ambos era esplendente aquel día, porque iban a consumar el anhelo de recomponer sus vidas a partir de un voto de confianza. El notario oficiante hizo las preguntas de rigor y ellos las respondieron en los términos usuales, y luego todo quedó sellado ante la ley. Eran marido y mujer, como se dice. Un par de días después tocaba la ceremonia religiosa en la iglesita del barrio de donde ambos eran originarios. Se cumplió el rito, y así todo estuvo firme en manos de Dios. ¿Qué podía faltar? Se miraron a los ojos ya cuando estaban solos ante el cielo abierto junto al mar, en su habitación de enamorados. Y entonces entendieron que les faltaba el gesto vivo de la primera estrella, que en ese instante comenzó a aparecer…

1514. IDENTIDAD CAMBIANTE

Le pusieron por nombre Juan de Dios porque sus padres, que eran gente de gran devoción, quisieron colocarlo bajo el signo de la protección divina. Pero la vida traza sus propias líneas, y desde el principio aquel muchacho fue un aventurero incontrolable, que no se detenía ante nada. Su madre se quejaba de ello con su vecina de toda la vida, que le dijo en son de guasa: “Toñita, es que ustedes le pusieron Juan de Dios, pero él lo que quiso ser siempre fue Juan del Diablo, ¿se acuerda?, el de “Corazón salvaje”, aquella radionovela de Caridad Bravo Adams…”

Historias sin Cuento

EL FINAL DEL PRINCIPIO

ACuando estábamos en vísperas de graduarnos, Fabricio, el autoproclamado líder del grupo, organizó una excursión a un hotel de playa, en una de las zonas más turísticas de la costa, que era algo así como el paraíso de los surfistas. En realidad, no todos éramos amigos en el mismo grado de cercanía, pero aquel no era momento de hacer distingos.
Fabricio tenía listo un almuerzo propio del ambiente, y todos nos fuimos ubicando bajo las sombrillas que llenaban la terraza frente al mar, que en aquel momento parecía perfectamente sincronizado con su naturaleza típica. Había un muelle muy cerca, al que llegaban los botes de los pescadores del lugar. El ambiente propicio para hacer movimientos de espontaneidad que no se salieran de control.
Estábamos ya todos reunidos, y entonces Fabricio se levantó para decir unas palabras, como era su costumbre que nadie podía cuestionar, porque él estaba siempre en posesión del control; pero en ese preciso instante cruzó una ráfaga de viento, que le arrebató la gorra que llevaba siempre consigo para disimular su incipiente calvicie. Él aleteó, como si fuera un pájaro nervioso, y corrió a alcanzar el objeto volador.
Sin pensarlo, me levanté a aprovechar la ocasión para quitarle a Fabricio la tribuna, en un gesto de picardía escolar, como si siguiéramos siendo niños. Él regresó ya con la gorra en su sitio, y me encontró en posesión de la palabra.
Aquella sencilla lección del aire libre, que se nos daba justamente antes de entrar en la etapa de nuestra puesta en práctica de lo aprendido en el plano formal, sería clave en las vidas de todos nosotros.

IDEAS PARA UNA PROMESA

Era la hora acordada, y entonces se produjo el arribo de aquella voz que mostraba todos los indicios de ser sobrenatural, aunque fuera perfectamente inteligible para nosotros, los seres comunes. A fin de que pudiéramos oírla todos, dondequiera que estuviéramos, se ubicó en la cumbre de la colina que miraba hacia todas las direcciones del horizonte. Y desde ahí habló:
—Compañeros de siempre, al fin se nos presenta de nuevo la oportunidad de compartir las inquietudes de nuestra condición de desconocidos fraternales, que es la única a la que podemos aspirar en este plano. Vamos ahora a un punto que está aquí sin agotarse, y por eso merece tratamiento de oración. Lo sabíamos sin que nadie nos lo tuviera de enseñar: “Nunca volveremos a ser los mismos”. Y sé que a todos nos saca roncha la pregunta: “¿Y desde cuándo es así?”
Intempestivamente, otra voz se alzó del conjunto de los presentes:
—¡Desde el momento de nacer!
El rumor le dio valor colectivo a tal aseveración.
Y la voz que venía de la cumbre de la colina dio su veredicto:
—¡Perfecto! Vamos bien. Podemos seguir. Eso que llamamos evolución humana no es más que una cadena silenciosa que jamás tiene proyecto anticipado. Por más que se esté hablando constantemente de hacer historia, lo que queda del día a día es un reguero de piezas que no pueden hacer rompecabezas, y eso es lo que más le perturba a nuestra aliada más impaciente: la razón. Y es que repitámoslo para nuestro consumo una y otra vez, hasta que nos cale: “Nunca volveremos a ser los mismos”. Y así será en cada ciclo que nos toque. Sí, somos los sobrevivientes de la eternidad que no se repite bajo ningún pretexto; por eso es eternidad.
El murmullo dio muestra de impaciencia. La voz así lo entendió:
—Aquí nos quedamos en este momento. Cuando volvamos a reunirnos, que podría ser mañana, habrá que hablar de lo mismo, porque mañana seremos sobrevivientes que solo se reconocen por el poder de la memoria. Y yo me agrego a la lista. ¡Hasta entonces!

MISIÓN CONSUELO

Regresaba, y esa era hoy la realidad que tenía enfrente. Cruzó la amplia puerta de salida y ahí estaba aquella tupida hilera de personas sencillas que llegaban a esperar a los suyos. Algunos encuentros transmitían una emoción conmovedora. Él se detuvo un instante, aunque en verdad no buscaba a nadie, porque nadie podía estar esperándolo, y mucho menos en el aeropuerto. Empezó a caminar sin rumbo, como si estuviera en un mundo completamente desconocido. En efecto lo estaba. A su alrededor nada era identificable.
Fue una aventura todo aquello del regreso. Una aventura casi irreal, porque él por su sola cuenta había decidido regresar, al sentir que toda su gente alrededor iba siendo sacada por la fuerza. Sacada de allá y mandada para acá, como bultos sin vida. Había que evitar, pues, que eso lo siguiera acorralando, aunque él tenía sus papeles en orden desde hacía mucho tiempo.
Del aeropuerto, aquella tarde, tomó camino hacia su lugar de origen, que era un caserío en el norte del país. Ahí nadie lo esperaba, como si fuera un repatriado sin identidad. Y eso fue lo que sintió con un efecto liberador insospechado. Aquella noche le pidió posada a la única persona que recordaba de sus remotos tiempos: el cura del lugar, que ahora era un anciano que lo reconoció al instante:
—Adrián, estás de vuelta. Por algo será. Dios nunca traza líneas torcidas.
Él se quedó pensativo, como si orara en silencio. Y se fue a ubicar en un rincón y en el suelo, porque no había más.
Como tenía que buscar trabajo para sobrevivir, tuvo de pronto un golpe de intuición. El padre Alberto ya necesitaba apoyo casi para todo, y él podía brindárselo. Desde la labor de sacristán hasta tareas de casa. Luego ya iría viendo. El padre oyó la propuesta y se le iluminó el rostro:
—¡Sos lo que estaba esperando, sin saberlo con certeza! Ya te lo dije: Dios nunca traza líneas torcidas. Ni para vos ni para mí. Y para expresar nuestra gratitud, ¿qué te parece si entramos a rezar un rosario?

JARDÍN ATÁVICO

Para unos cuantos elegidos de la suerte, vivir y morir a la par de un jardín es la mejor experiencia cotidiana que pueda imaginarse. Él, Jacinto Arroyo, era un ejemplo vivo de ese anhelo; y yo, Floriano Pradera, también. Fuimos vecinos en la niñez y en la adolescencia, y aunque nuestras familias nunca llegaron a tratarse personalmente en el vecindario del que eran parte, nosotros sí lo hicimos porque íbamos a la misma escuela y compartíamos sin decírnoslo la ilusión de estar a diario en contacto con algún espacio florido.
Cuando, en los límites entre la niñez y la adolescencia, nos enamoramos de la misma chica, que también habitaba en el vecindario, tuvimos un momento de crisis. Ella se llamaba Dalia, y de seguro el nombre se nos convirtió en el imán irresistible.
Como era de esperar por las edades de todos, el romance con Dalia no llegó a concretarse con ninguno de los dos; pero la experiencia inconclusa nos dejó una especie de advertencia emocional: estábamos atados a un anhelo compartido. Pasó el tiempo, y llegó la hora de pasar a la educación superior, ya en plena adolescencia.
Jacinto estudiaría Arquitectura de Interiores; yo, Floriano, diseño de zonas verdes. Nos veíamos cada vez menos, como si ya no tuviéramos mucho que compartir, aunque nuestras aficiones básicas siguieran siendo las mismas. Hasta que un acontecimiento espontáneo nos volvió a poner en ruta, sin que lo supiéramos. El romance respectivo. Por los mismos días Jacinto conoció a Azucena y yo conocí a Camelia.
Nos comunicamos casi de inmediato, acaso atendiendo a una señal del destino. Nos reunimos los cuatro en un parquecito de los alrededores:
—Hola, Floriano, te presento a Azucena.
—Encantado. Y yo te presento a Camelia.
—Se nos hizo, ¿verdad?
—Pues sí. Lo que estábamos esperando.
Nos envolvieron los aromas, y las sonrisas compartidas no se hicieron esperar, porque aquello era en verdad un reencuentro en clave de destino.
Era como si estuviéramos inaugurando el respectivo jardín, el soñado subconscientemente desde las primeras etapas de la vida. Ahora sí ya podíamos sentir que los días eran nuestro territorio ideal.
Y desde ese instante fuimos otra vez los inseparables amigos de siempre.

Álbum de libélulas (183)

1499. RETORNO SIN MEMORIA

Una de sus ilusiones de siempre fue llegar al sitio de origen de sus padres en la campiña francesa. En estos tiempos eso era más factible que nunca, y en verdad todo era cosa de proponérselo y de financiarlo. Ambas cosas las tenía a la mano. Llegó a París, se hospedó en el Hotel Splendid, y al día siguiente contrató un vehículo con conductor que lo llevara a la vecina Normandía. Iba en busca de una aldea de la que solo tenía algunas referencias para identificar su ubicación. Pero algo en su interior le servía de GPS. El acceso al lugar estaba cruzado por muchas corrientes de agua, y eso hizo que tuviera que atravesar puentes a cada paso. En un punto preciso vio la aldea tras el puente, que era el último. Lo cruzó y se sintió en entera confianza. Era el retorno al lugar prometido. Ahora su mapa emocional estaba completo por fin.

1500. PARÁBOLA INOCENTE

Aquella relación era un hilo a punto de reventarse, aunque en tal condición había estado prácticamente desde el principio. La pregunta del millón era entonces: ¿Qué estirón o qué toque se necesitaba para que llegara la ruptura? La permanencia, sin embargo, hacía su labor en favor de sí misma: él en la casa parecía un zombi y ella se reía de todo como si lo que pasaba fuera una broma. Y en esas estaban cuando llegó la noticia con una agitación de alas imaginarias: la cigüeña venía en camino. La referencia a aquella imagen pareció envolverlos en una sonrisa de otro tiempo. El alumbramiento tomó impulso, y ni siquiera hubo tiempo de ir a una clínica. Ella dio a luz ayudada por él. Y cuando tuvieron al recién nacido entre sus manos voltearon a ver hacia la ventana abierta. Ahí estaba, sí, la cigüeña observándolos, posada en otro hilo, el de su relación renacida.

1501. ENTRE ROSAS

Vivir en el sótano es reencontrarse con los roedores antepasados y empezar a comportarse como ellos. Lo estaba experimentando por necesidad, ya que estar ahí no era una decisión voluntaria sino un mandato de supervivencia. Se sostenía con lo poco que le dejaban sus dibujos artesanales, a los que les aplicaba los colores de una caja de lápices que encontró en un depósito de basura. Todo, pues, para él, era imprevisible, salvo la penuria, que se le había vuelto condición natural. Su abuela se lo anticipó antes de morir: “Así como vas, no tenés futuro, hasta que algún sueño te rescate”. Lo recordó aquella noche, envuelto en la colcha hecha jirones. Se durmió, y algo empezó a pasar en su conciencia: el sueño también era un sótano que se iba abriendo como una corola. Él iba dentro de ella, hacia arriba, hacia las nubes rosadas que lo abrazaban como al esperado huésped…

1502. ESCAPAR A TIEMPO

Le dieron el empleo porque salió airoso de todas las pruebas a las que tuvo que someterse. Daba la impresión de ser el aspirante ideal para la plaza de vendedor en ruta. Al día siguiente se presentó al lugar de trabajo, que era una bodega donde estaban almacenados los productos, aunque en verdad su destino era la calle por todos los rumbos de la población y sus alrededores. El vehículo estaba listo y cargado. Inmediatamente se dispuso a hacer el primer recorrido. Regresó por la tarde, con el depósito vacío. Venta total. Y eso mismo ocurrió en los días siguientes. Los jefes estaban satisfechos. Pero un día de tantos aquello comenzó a cambiar, hasta que llegó el momento en que no vendía nada. Algo en su interior le dijo entonces que el destino le lanzaba la mejor señal, porque comerciar con túnicas mortuorias quizás era aliarse con la oscuridad.

1503. ANHELAR EN CÍRCULO

Terminó sus estudios medios con notas excelentes, y eso lo animó a buscar oportunidades de formación en el extranjero. Sus padres tenían lo necesario, y entonces él escogió un centro universitario en el norte de Canadá. Llegó ahí con toda el ansia de aprovechar su tiempo, pero poco después de iniciado el curso comenzó a sentirse extraño: extraño dentro de sí mismo. Muy pronto se anunció el otoño y las campiñas enrojecidas lo invitaron a internarse en ellas. Sospechó con vehemencia que aquel intenso colorido le había enviado un WhatsApp desde alguna terraza del aire. ¿Pero qué mensaje era el que estaba recibiendo sin previo aviso? No tuvo que pensarlo mucho. Acaso el dirigido a sus neuronas más profundas, esas que continuaban añorando el calorcito transparente. Preparó el retorno, como un inmigrante al revés.

1504. SIEMPRE HAY REENCUENTRO

En su momento fue aprendiz de hippie, hasta con la ilusión de conformar su propio conjunto de rock. Lo habló con unos amigos, pero la idea no cuajó. Lo que sí continuaron haciendo juntos fue reunirse en la pequeña taberna donde consumían cervezas hasta el amanecer y algunas veces se animaban a las aspiraciones prohibidas. Entre los asistentes siempre estaba Ilse, que soñaba con ser animadora. Iba pasando el tiempo, y todo aquello quedaba atrás. Cada uno de ellos fue girando hacia su propia ruta, y por fin dejaron de verse. Lo que quedó fue una imagen con fondo musical. Hasta que, años después, se encontraron casualmente en un concierto. Estaban todos, menos Ilse. “¿Qué pasó con Ilse?” “Dicen que se hizo monja”. Risa generalizada. “¡Entonces celebrémoslo como se debe, con una juerga mística!, ¿qué les parece?”

1505. AL PIE DEL MANANTIAL

Cuando heredó aquella finca prácticamente abandonada tuvo en el primer momento la intención de desprenderse de ella, porque su vocación nunca había sido agrícola y porque los tiempos eran difíciles en el campo. No había tomado decisión definitiva al respecto, y de vez en cuando se asomaba por ahí. Aquella mañana lo hizo porque el clima era invitador al máximo. Solo quedaba el guardián; y como era un señor mayor, ese día andaba en la unidad de salud por alguna dolencia. Él emprendió solo el recorrido por los senderos rústicos y casi intransitables. Tomó uno que era el más empinado y escabroso, pero de súbito se halló ante una especie de antesala nítida. ¿Qué era aquello? Ahí al fondo estaba la respuesta: el nacimiento de agua que luego se sumergía en la tierra. Se arrodilló ante él, como un peregrino maravillado que llegaba a destino.

1506. DE PRIMERA EN EL CAMINO

Su oficio era la taxidermia. Al taller llegaban los cazadores con sus presas inanimadas en busca de la restauración artística. El ambiente de ese taller era el de un zoológico exquisito, y en él su gestor se sentía como en una selva propia, que administraba a su gusto. Pero un día arribó el cliente más exótico: era un joven con pinta de intelectual que llevaba un ave para que pasara por el proceso. El taxidermista no había visto nunca un ave como aquella, y el aludido se lo explicó de inmediato: “Es la única que sobrevivió al Paraíso. Lo sé porque me lo dijo el bosque en un susurro…”

Confeti en vuelo (24)

LA TERRAZA MÁS ALTA

A ella se asomó para atisbar en la profunda lejanía el mar dormido que le aguardaba desde el principio de los tiempos.

RETRATO BALBUCEADO

Es el de la mujer amada antes de darle el primer beso.

DE VUELTA A CASA

Cuando la nave aérea iba descendiendo sobre planicies cultivadas y pequeños caseríos, aquel viajero asomado a la ventanilla oval sintió por primera vez la sensación de los pájaros que cruzan el aire a toda hora. Era un deportado más, pero en aquel instante se convirtió en un liberado más, y ese era el mejor premio de la vida sufriente. ¡Aleluya!

ALERTA DE TORMENTA

La dieron a media mañana, cuando la luz solar estaba en su mejor momento. Así pasó el día, y nada. Al anochecer, hubo llovizna, solo para que los meteorólogos no quedaran en ridículo.

AYER EN EL CINE APOLO

Hubo estreno, como todos los viernes. Desde la butaca más remota, un señor desconocido observaba sonriente. Era el espectador feliz, que estaría ahí para siempre.

MISIÓN ATÁVICA

Alrededor, todo era oscuridad. Y de pronto aquella voz susurrante le llegó al oído: “¿Estás ahí?” No se animó a responder, aunque estaba completamente despierto. Entonces, sintió una desconcertante sensación de vacío. Volvió a oírse la voz, ya casi inaudible: “¿Estás ahí?” Había que responder. Lo hizo desde una de las repisas del silencio: “Sí, estoy aquí”. Y el sueño y el desvelo se vieron a los ojos como los más antiguos cómplices…

HORA CERO

Y si no llegamos a tiempo, ¿qué pasa? Es la pregunta del millón, que nunca hemos podido responder desde que el mundo es mundo.

MANHATTAN NUNCA DUERME

Y por eso todos sus amaneceres tienen vocación de sonámbulos.

IMAGINACIÓN VIRTUAL

Ahora todo lo que ocurre cabe en una pequeña pantalla, que puede ser hasta la de un reloj de muñeca. Y eso nos recuerda que todo lo imaginable está a nuestra disposición, como una deferencia sutil de las fuerzas superiores…

MILAGRO DE ESPESURA

Cuando cae la noche, el convivio fugaz de las luciérnagas descubre su ilusión de ser eterno.

PRIMAVERA EN EL DORCHESTER

Todos los visitantes se vuelven de repente figuras inventadas por un artista anónimo que duerme en las calles de Mayfair.

LONDRES, 9 P. M.

Ahí, en una ventana iluminada, las sombras se mueven como si estuvieran haciendo gimnasia nostálgica; y nosotros, los turistas inmemoriales, las contemplamos con la emoción del ensueño feliz.

EL OTRO PASSWORD

La Tierra gira sobre sí misma, y ese movimiento perfectamente sincronizado es la primera lección que tendríamos que tener presente a la hora de programar todas nuestras evoluciones personales. Como no es así, parecemos planetas a la deriva en una galaxia personal que nunca acaba de entenderse a sí misma.

LAS BUENAS NUEVAS

No las trae el clima, ni la Bolsa, ni la política, ni el calendario, ni el mapamundi. Las trae el primer rayo de luz entre la bruma.

CRECER O NO CRECER

Ese es el dilema que compartimos las plantas y los seres humanos, y por eso lo normal sería que nosotros viviéramos en sus jardines y ellas en nuestras alcobas.

ANIVERSARIO NUPCIAL

Llega la fecha y las primeras que lo advierten son las gardenias que florecen junto a nuestra ventana.

BRINDIS CON MENSAJE

Era de noche, y todos los alrededores estaban invadidos de ventanas iluminadas. Sí, aquello era Manhattan, el universo en miniatura, y en ese aglomerado espacio cabían todos los matices de la creatividad humana. Fui a caminar por los entornos, y en una taberna que me salió al paso entré a tomar un “drink”. Estaba ahí cuando apareció la dama de azul. Alzó su copa. Era el inicio de la otra primavera.

PLAYA DORADA

El lugar perfecto para la luna de miel con destellos astrales.

ANHELO ENTRE MUROS

El cielo era una lámina transparente por la que se colaban algunas nubecillas que de seguro anhelaban volverse pétalos. En el arriate del pequeño jardín entre los rascacielos, los girasoles se empinaban para tocar la luz. Era quizá otra broma del destino urbano.

UN SÁBADO CON ALAS

Como era sábado no había que apresurarse con reloj en mano. A media mañana entreabrió la cortina y se asomó al entorno. Y el entorno era una pradera con cerros al fondo. ¿Quién había cambiado el paisaje mientras dormía?

Álbum de Libélulas (182)

1491. TRAVESURA EMOCIONAL

La andaba coliteando desde hacía ya un buen tiempo, y ella se hacía cada vez más la de rogar. Un día, sin embargo, las cosas parecían estar dando un giro no previsto: era ella la que movía las piezas del rompecabezas sentimental, y ante eso él tomaba la actitud defensiva. Pasó el momento, y cuando volvieron a encontrarse ella continuaba en su antigua actitud. Él entonces sintió que algo había que comentar al respecto, y se lo dijo de inmediato: “Por lo que estoy viendo, las cosas van en serio entre nosotros”. Ella soltó una carcajada y le hizo un gesto que podía representar cualquier cosa. “¿Entonces qué: seguimos o aquí quedamos?”, preguntó él, con gesto a punto de ser adusto. Ella lo puso a prueba: “Estamos en la época de los emprendimientos innovadores… ¿Qué te parece si los dos nos hacemos los rogados y los dos, a la vez, seguimos en la conquista?”

1492. AHORA EN RUTA

Todas las ilusiones necesitan combustible emocional. Rosaura lo sabía por experiencia, pues desde que tuvo uso de razón estuvo expuesta a todos los peligros y todas las calamidades imaginables. Se quedó huérfana muy pronto, porque a su padre se lo llevó el paludismo y a su madre se la llevó la tormenta. Tuvo que criarse con una tía lejana, que la expuso muy pronto a los riesgos del acoso sexual. Salió ilesa porque se escapó por una rendija de la pared. Estaba a salvo. Del presente pero no del futuro. Ahora hacía trabajo doméstico para una familia de clase media, y se distinguía haciéndolo. El señor de la casa era piloto, y un día le dijo: “Chagüita, ¿quisieras ser aeromoza?” Ella lo miró como si estuviera hablándole en chino, pero sintió que algo se le encendía por dentro. Era la ilusión. Le tomó la mano al señor y se la besó: “Gracias, porque al fin voy a volar”.

1493. MARTÍN EL MISÓFOBO

Cada día se había ido volviendo más alérgico a cualquier tipo de suciedad visible, sospechada o aun imaginada, y eso hacía que sus reacciones estuvieran cada vez más fuera de control anímico. En su casa, el reclamo de limpieza que activaba a diario y a toda hora en forma creciente y cada vez más imperativa recargaba la atmósfera hogareña de tensiones angustiosas. Su mujer, que nunca se había caracterizado por el descuido o la desidia, padecía la situación y andaba ya en busca de explicaciones. Consultó con una sicóloga que le explicó que su marido padecía misofobia, rechazo obsesivo a la suciedad. Casi al mismo tiempo ella descubrió una situación que ponía las cosas de pareja en otro plano. Y cuando estuvo preparada para hacerlo lo enfrentó: “Martín, hacele honor a tu condición de misófobo. Andá a hacerte una limpia fuera de aquí, porque la peor suciedad es el adulterio…”

1494. COMPENSACIÓN MATINAL

A lo lejos, sobre la cadena de colinas del horizonte sur, aparecía todas las tardes de verano, ya a punto de anochecer, un reguero de estrellas que nunca tenía la misma forma. Él, un estudiante muy disciplinado, le dedicaba minutos a la contemplación desde su ventana, luego de regresar de las clases vespertinas de Derecho en la Universidad Nacional. Era una rutina en forma de rito. Pero en el anochecer de aquel día, y en pleno noviembre, una nublazón insospechada y sospechosa se había apoderado del escenario celeste. Él se instaló en la contemplación del fenómeno, como a la espera de que se desenlazara de alguna manera. La noche fue invadiéndolo todo, con las estrellas ausentes. Estuvo ahí toda la noche, sintiendo que dejar el sitio sería traicionar una fidelidad sin tacha. Y ya para amanecer apareció la primera estrella. Lloró de gratitud. “¡Gracias, aurora!”

1495. GUARDIÁN INESPERADO

En la tertulia de ese día faltaba el asistente más puntual: ese joven que se había colado en aquel convivio de mayores porque los había atendido a todos en la clínica para tratamientos ortopédicos. Uno de los presentes comentó: “Qué raro que no haya llegado Fidel, que siempre le hace honor a su nombre”. “Dejate de frases y llamémoslo al celular para ver qué pasa”. Lo hicieron, pero al otro lado nadie respondía. Curiosamente, en los días posteriores los contertulios volvieron a padecer trastornos óseos, y uno tras otro tuvieron que ir a la clínica. Ahí estaba Fidel, que los atendió como si nada. Uno de ellos sí le preguntó por su ausencia. Él le dio una respuesta enigmática: “Estuve, pero sin dejarme ver, observando el comportamiento de sus osamentas”. “¿Y volverás en serio?” “Cuando ustedes estén de veras reconciliados con sus huesos… ¿Qué tal?”.

1496. ENTRE VIEJOS CONOCIDOS

Levantó la mirada del cuaderno donde aún escribía lo que se le venía a la mente y tuvo de pronto la sensación de que el tiempo se había detenido junto al papel. Le asaltó entonces el impulso inocente de preguntar: “¿Y tú ahora qué quieres?” Fue solo un pensamiento repentino, pero lo que le llegó al oído de inmediato tenía viso de respuesta propicia: “Solo entablar por primera vez una comunicación directa contigo”. Él sintió que se le abría un abanico de irrealidades realizables, y eso estaba en completa armonía con lo que a diario iba poniendo en el papel. “Si me conocés tan bien como imagino, sabrás que este día no me nace nada de adentro…” “Ah, es que este es tu día de vagancia. Para eso estoy aquí, para acompañarte”. Él bostezó: “Lo que quiero es quedarme en casita, donde el tiempo no existe”. Ambos se rieron. “El buen humor es mi fuerte —dijo el tiempo—, gocémoslo…”

1497. AL QUE MADRUGA…

Las señales físicas de que el parto era inminente coincidían al punto con las señales anímicas. El médico que la había atendido durante el embarazo no estaba presente porque andaba pasando su fin de semana en el lago cercano, y como había que llamar a alguien se llamó al pariente pediatra, que vivía a unas pocas cuadras de distancia. Cuando el reloj marcó las 4:20 de la mañana apareció el recién nacido. Perfectamente normal y hasta casi sonriente, sin saber el torbellino familiar que le esperaba. Mucho tiempo después, ya cuando la vida podía hablar de sí misma, su madre le alabó su buen desempeño, y él le respondió con humor: “¿Y cómo no, si nací un día lunes, bien tempranito por cierto. Dice la sabiduría popular que los lunes ni las gallinas ponen y usted sí puso. Me dio el ejemplo. Gracias”

1498. LA MEJOR OPCIÓN

Era adicto a los juegos de azar, por lo que descuidaba las ocupaciones normales para sostener la vida. Y en una de esas se topó con ella en un casino de barrio, al que acudía casi a diario. El clic fue instantáneo, sobre todo de parte de él. Desde ese momento dejó de ser jugador, y sus padres estaban llenos de dicha. Un día le dijeron a ella: “Gracias, Milena, por haber hecho que nuestro hijo dejara el juego”. Él asintió diciéndose para sus adentros: “No se hagan ilusiones ya que lo que he hecho es solo cambiar de juego, porque el amor es el juego de azar más perfecto que existe…”

Historias sin Cuento

El tren de la mañana

Fue el que llevó a Magnolia al sitio ubicado en aquella colina que daba al norte. Se bajó en la estación con su pequeño equipaje y ya en el andén se dio cuenta de que no había nadie para recibirla. Le preguntó a alguien que andaba trabajando por ahí hacia dónde tenía que ir para dirigirse a su lugar de destino, y el jornalero se lo indicó. El camino polvoriento iba subiendo entre árboles y matorrales.
La casa era una construcción que parecía producto de la imaginación de un ermitaño de otro tiempo. Llegó a la pequeña explanada que estaba enfrente, y desde ahí se volvió para observar el entorno. Terrenos cultivados, algunas viviendas dispersas y al fondo el cielo abierto con nubes inmóviles. Un perro se acercó para olfatearla. Ella se dirigió hacia el interior de la casa.
—¿Hay alguien por aquí?
Silencio.
Recorrió los tres cuartos y llegó a la cocina.
Más silencio.
Entonces salió al patio posterior, labrado en el talpetate vivo. El perro volvió a acercársele. Era grande y casi negro. Husmeaba con gentileza. Ella se sentó en el borde de un arriate que era lo único que mostraba algún cuidado reciente. El perro se acomodó junto a ella.
Pasaron las horas, y la soledad se hacía más sensible. La luz solar lo envolvía todo, como dándole esperanzas de que el lugar podía volverse hospitalario. Se recostó en el hilo de piedra y sin quererlo se quedó dormida.
Una mano se posó suavemente sobre su hombro:
—Magnolia, ya estoy aquí.
Despertó sobresaltada.
—¿Tú quién eres? ¡No te conozco!
—Soy el jardinero de tu familia, el que te invitó a venir a este lugar. Me ha ido bien, y esta casa es la muestra. ¿Querés compartirla conmigo? ¡Te amo desde que eras una niña y yo un jovencito! ¡Magnolia, el sueño de mi vida!
—¡Pero el que me invitó fue un antiguo amigo de mi padre que quería verme por última vez!
—No, mírame, yo te ofrezco no la última vez sino la primera.
Magnolia se quedó quieta, pensando. Lo miró de pies a cabeza, como en examen definitivo. Sonrió, aspirando con fuerza el aire fresco y fluyente. El perro seguía junto a ella, con la cola en movimiento de bienvenida.
—¿Te animás?
—Bueno, probemos. Y se lo digo a él, al perro, no a ti.

MISIÓN dominical

Era el trabajador más puntual y eficiente de la empresa, y eso venía siendo así desde que se inició ahí al nomás concluir sus estudios formales. La voluntad de servir bien había sido su motor de conducta permanente, y eso lo reconocían los que habían contribuido a su formación en las aulas; entre ellos, su antiguo profesor de ciencias sociales, que hoy vivía muy cerca, en una casita de familia, porque estaba solo, sin ningún pariente accesible.
Él lo visitaba con alguna frecuencia los domingos, y así se hacía a la idea de seguir escuchando las mismas lecciones, solo que ahora sin amenaza de examen.
—Hola, profe. ¿Cómo se siente hoy?
—Me duele todo, menos la memoria.
—¡Usté tan guasón como siempre!
—Ay, muchacho, lo que menos me nace es guasa. Ahorita mismo, por ejemplo, si me preguntaras qué quiero hacer no vacilaría en contestarte que irme a alguna cantina a meterme unos cuantos talegazos para fondear despuesito.
—Ah, pues yo soy materia dispuesta. ¿Vamos?
Él tomó su chamarra y el profesor tomó su andadera. Un par de cuadras más adelante estaban frente al bar que había abierto recientemente. Él pidió una cerveza artesanal y el profesor un trago de ron. Y pronto estuvieron suficientemente animados para empezar a hablar, por turno, de sus emociones y de sus aspiraciones. Él, del ansia de perfección y del anhelo servicial; el profesor, del conocimiento compartido y de la promesa de enseñar siempre.
—¿Sabés una cosa, cipote?… Cuando te hablo siento que estoy en mi mundo y que muy pronto va a sonar la campana para el recreo.
—Pues mire, profe, lo que más le agradezco es que me ha hecho sentir que nunca se acaba de aprender y que hay que devolver lo aprendido en acciones.
—¡Salud, pues! ¡Que viva el domingo!
—Sí, porque si vive el domingo vive toda la semana.

EL SUEÑO DE nunca acabar

Por las noches, las ansias se le volvían presencias acompañantes, como si en esas horas de oscuridad externa se encendieran candiles inspiradores en sus alrededores anímicos. Esto no se lo contaba a nadie, para evitar los comentarios inquisidores, aunque las señales del insomnio reiterado despertaban preguntas entre los suyos:
—Otra vez amaneciste clareado, Johnny. Se te nota.
—Te estás imaginando cosas, mamá. Lo que pasa es que me quedé estudiando hasta tarde para salir bien en mis últimos exámenes.
—Tus últimos exámenes, es cierto. Qué rápido pasó el tiempo. Ya vas a ser licenciado.
—Y tengo varias ofertas de trabajo; pero la que más me gusta quizás no te va a gustar a ti.
—¿Y eso?
—Ahí te cuento. Ahorita me voy para la facultad.
A medida que pasaban los días en verdad la fatiga mental se le iba volviendo más y más absorbente. Pero era una fatiga diurna que hacía contraste vivo con el caudal energético que se le desataba por las noches. Estaba llegando al punto en que si le fuera posible escoger optaría sin dudarlo por vivir de noche y desaparecer de día, lo cual parecía a todas luces un dilema instalado en la telaraña del absurdo.
Hasta que se le produjo la crisis: aquella mañana no estaba en su habitación, y sus familiares creyeron que se había ausentado de madrugada; pero llegó la hora normal del regreso a casa y él no apareció. El temor permeó a la familia, ya que los ataques de la criminalidad no tenían freno, y así fueron de inmediato a dar parte de la desaparición. Les informaron que se activaba la búsqueda, pero que no daban seguridades de nada.
Eran gente religiosa, y en la capilla de la vecindad hicieron de inmediato loa ruegos del caso. La tarde pasó sin novedad, y la noche estaba por llegar. Con ella llegó el presunto desaparecido, sin ningún signo anormal.
—¡Mi muchachito! ¿Qué te pasó?
—A mí nada. Pero quizás es hora de que les informe: de hoy en adelante no apareceré por las noches. Ya terminé todos mis exámenes. Me gradúo con honores. Voy a trabajar como mánager en un negocio de placer para hombres pudientes…
—¡Dios mío! ¿Qué dices? Ese es el mundo del pecado…
—Ajá, del pecado más rentable. Y como yo soy hombre de la noche, pues ni qué mejor.
—¿Y de día, hijo?
—Pues voy a darle reposo a mi vigilia, por lo menos para mientras.
—¿Cómo es eso?
—Sí, para mientras me sale al encuentro la mujer de mis sueños, que va a ser virgen, ja,ja.

Albúm de Libélulas (181)

1483. RETORNO A LOS ORÍGENES

La tierra permanecía intensamente húmeda porque la estación lluviosa se hallaba en su apogeo. Había densos nubarrones en constante peregrinación. En cualquier momento las ráfagas huracanadas se hacían sentir. No era tiempo para ambular por los espacios abiertos, pero nada de aquello detenía los impulsos del hombre maduro que desde el amanecer hasta el anochecer se desplazaba por los entornos, en forma casi sonambúlica pese a que su naturaleza era temperamental y explosiva. Aunque los vecinos lo conocían, ahora se le veía como un total desconocido, aun por su atuendo de persona de antes. “¿Qué le estará pasando a este?”, se preguntaban, ya temerosos hasta de acercársele. Y él dio la respuesta, parándose en una esquina con un cartel extendido: “En la infancia me apodaban el Hijo del trueno, y hoy ando buscando a mis antepasados…”

1484. TODO TIENE EXPLICACIÓN

Acababa de concluir su trabajo de escritorio, que era un estudio de factibilidad sobre el futuro de la empresa, y ahora podía salir a pasear por los entornos. Le avisó a su esposa que iba a caminar afuera para ventilar la mente, y ella, que le conocía aquellas escapadas previsibles, se dio por enterada sin más. Aquella tarde, sin embargo, se convirtió en noche, y la noche en alborada; y él no estaba de regreso. Al despuntar el día, ella comenzó a preocuparse. El tiempo peligroso se prestaba a los malos augurios. Bien avanzada la mañana apareció por fin sin decir nada. “¿Dónde andabas?”, le preguntó ella entonces con gesto de reproche. Él suspiró. “Perdón, me quedé dormido en el parque, sobre la hierba y bajo las ramas”. “Ay, hombre, ¿quién te va a creer eso?” “Tuve un sueño de color verde porque estoy por cambiar de trabajo y de vida… ¿Entendés?”

1485. RESPUESTA SIN RESPUESTA

La memoria nunca revela todos sus rincones, ni siquiera a quien supuestamente la tiene a su servicio. Y cuando ella, una joven en edad de merecer como antes se decía, se dio cuenta de aquella peculiaridad tuvo la tentación de meterse por los entresijos de su propia estructura memoriosa para ver si entendía el fenómeno. De pronto se sintió dentro de un laberinto que tenía colgada en sus paredes una colección de imágenes de todos los tamaños y colores. Comenzó a recorrerla, y en la medida que avanzaba se iba dando cuenta de que las imágenes aparecían y desaparecían constantemente. Se detuvo para preguntarse si ese laberinto era el pasaje de lo vivido quién sabe desde cuándo o la galería de lo por vivir. Y todo porque acababa de ver la imagen de un hombre que de inmediato le captó la atención. ¿Estampa del pasado o anuncio del mañana?

1486. DONDE MANDA CAPITÁN…

Cuando estaba a punto de jubilarse le preguntó a su mujer, que siempre había sido ama de casa: “¿Creés que vas a aguantarme todo el día aquí?” La señora respondió como si hubiera tenido lista la respuesta: “Te tengo preparados algunos trabajitos que pueden ser muy útiles para que ni vos ni yo nos salgamos de control…” Él sabía que su esposa apuntaba siempre hacia lo práctico, y se desentendió del tema porque de seguro ella lo tenía ya todo programado. Le llegó el día en que se desvanecieron sus responsabilidades laborales, y esa mañana paradójicamente despertó mucho más pronto que de costumbre. Ella ya estaba levantada, y en cuanto lo vio despierto se le acercó: “Cariño, este es tu manual de jubilado”. Y le extendió un cuaderno lleno de notas. Él lo hojeó con curiosidad. Luego la miró, como el alumno a su maestra. No había escapatoria.

1487. SOBREDIMENSIONES

Vivía obsesionado por el fin del mundo, dentro de esa onda derrotista que va tomando fuerza en las redes globales. Cada mañana despertaba preguntándose sin palabras audibles: “¿Va a ser este mi último día?” Y así salía hacia su trabajo de reparador de relojes en el almacén donde había laborado desde que tenía recuerdo. En la jornada a la que nos referimos no había ningún cliente pendiente, y él podía dedicarse al menos por un buen rato a pensar en lo suyo y a indagar al respecto en la pequeña laptop que tenía a su disposición. Volvió a abrir sitios que trataban sobre el tema, y en algún tecleo encontró una referencia que de inmediato le captó la atención: “El mundo es como un reloj: mientras se mueve todo es normal; si se detiene se desploma en el vacío”. ¡Ahora lo entendía: el fin del mundo era la versión apocalíptica de su tarea diaria!

1488. EMOCIÓN ASCENDENTE

Venía de un cantón en las estribaciones de la cadena volcánica, y eso hacía que padeciera brotes de nostalgia sobre la vida en altura, con el horizonte a la mano. Ahora tenía que morar en una colonia casi marginal, en una hondonada urbana, y eso lo mantenía en desasosiego constante. Con frecuencia cada vez mayor tenía un sueño que en otras condiciones hubiera parecido una fantasía infantil: soñaba que de pronto iban surgiéndole en los hombros unas protuberancias que se iniciaban como surcos ascendentes y luego se manifestaban como brotes de plumas aladas. Ese sueño no tenía siempre el mismo efecto: algunas veces era anuncio de pesadilla; otras, impulso de liberación. Hasta que una noche ocurrió el suceso: sin despertar, las alas se le expandieron y alzó vuelo a través de la ventana. Ya en la altura despertó… y siguió volando…

1489. GAJES DEL OFICIO

Las calles eran un muestrario de baches, hondonadas y rupturas de cañerías de aguas negras y claras. Su carro viejo apenas podía transitar por ahí, con la angustia de que algún giro le arruinara el motor que ya estaba en las últimas. Ese día amaneció lloviendo con fuerza, y los trastornos del callejón se hacían aún más peligrosos. Afortunadamente salió ileso de la prueba mañanera y se enfiló con rapidez hacia la zona de su trabajo, que era un taller de mecánica. Al llegar sintió, antes de apagar la máquina, que esta padecía estertores terminales. Aquella tarde volvió a su casa más tarde que de costumbre: “¿Qué te ha pasado?”, le preguntó su mujer, costurera de oficio. “Que el pichirilo se quedó sin vida”. “¿Y eso?” “Se le soltaron todos los amarres”. “¡Ay, no! ¿Y como mecánico no pudiste hacer nada?” “Ay Dios, tal vez si hubieras estado vos con tus agujas…”

1490. CENA EN CONFIANZA

Todo preparado en el corredorcito de la casa que daba a un predio baldío. Como la cita era tempranera, los invitados comenzaron a llegar pronto. Eran solo dos parejas de conocidos de siempre. Cuando los seis estuvieron presentes, se anunció el brindis inicial con un sencillo vino espumante: “Vamos a brindar por la buena vida, y que lo demás quede para después”. Todos se rieron alzando las copas; pero él los contuvo con el gesto: “Eso que queda para después es el menú. Espero que les guste”. Y el menú eran pétalos húmedos y hojas cristalizadas. Propio para jardineros.

Familia instantánea

FAMILIA INSTANTÁNEA

En las semanas anteriores al día en que desapareció María del Tránsito no se había producido ninguna situación anormal en todo aquel vecindario que era muy tranquilo en comparación con los del entorno inmediato. Sin embargo, la posibilidad de que aquella ausencia repentina fuera producto de algún atentado delictivo no podía ser descartada, y cuando los familiares fueron a dar parte a la autoridad policial eso fue lo primero que se consideró, dado que María del Tránsito siempre había sido una mujer ordenada y previsible.
Las investigaciones comenzaron a buscar pistas y rastros, pero los días subsiguientes no dejaron nada en concreto. Los familiares iban casi a diario a pedir noticias, pero la respuesta siempre era la misma: “No hay novedades, seguimos investigando”. Un día de tantos, la agente encargada del caso les hizo una sugerencia que podía ser orientadora:

—Busquen bien entre las cosas de ella; tal vez ahí puede haber alguna pista…

La hermana menor fue la encargada de hacer la pesquisa en el cuarto de María del Tránsito. Al principio se resistió a hacerlo, por miedo a lo inesperado; pero luego se animó a la búsqueda. El cuarto de la desaparecida era un verdadero almacén de objetos de la más variada índole, desde juguetes de la infancia hasta muestras comerciales y objetos esotéricos. La hermana se dio cuenta entonces de que María del Tránsito era, por encima de la cotidianidad previsible, una persona desconocida.

— Mamá, esto es lo que he encontrado.

Y puso sobre la mesa un par de bolsas: una llena de papeles y la otra llena de piedras.
La madre revisó ambos contenidos:

— Los papeles son cartas de amor de un desconocido; las piedras parecen objetos religiosos de otras culturas…
— No entiendo nada, mamá. ¿Será que María del Tránsito se ha escapado para ir a vivir su amor muy lejos de aquí?
— ¡Ah, pero aquí parece estar la clave…! –dijo la madre desplegando una hoja escrita que tenía todos los visos de ser el borrador de una carta:

“Mi adorado desconocido: Si tú me llamas, voy a tu encuentro dondequiera que me indiques. Y ahí emprendemos la aventura suprema, que es formar una familia como si fuera producto de un rayo de luz que nos conecta de pronto. Anoche soñé contigo, y aunque no tengo ningún indicio sobre quién eres y sobre cómo eres, me basta con saber que nos hemos comunicado íntimamente por medio de las ondas del aire como los amantes de otros siglos. Si esta es nuestra oportunidad de pasar juntos a un plano superior en esta vida, dejemos que el amor espontáneo haga su obra…”

GATO LIBERADO

Todos lo consideraban un muchacho apático y distraído porque nunca dio ninguna muestra de voluntad propia a la hora de enfilar hacia su futuro. Algunos de sus conocidos habían creído ver en él vena de artista, aunque tampoco hubieran logrado precisar en qué sentido. Estaba en plena adolescencia, y ser casi borroso a esa edad no es lo común. Fue siempre estudiante mediocre, sobre todo en lo tocante a las materias con más componentes abstractos, y ahora que estaba ya en el comienzo de su vida universitaria las vacilaciones parecían incrementarse.

Se inscribió en Ingeniería Mecánica, pero muy pronto se sintió perdido en un laberinto. Algo tenía que hacer al respecto, y entonces optó por la Arquitectura de Interiores, quizás con la intención de hallar un espacio en el que pudiera acomodarse con normalidad apaciguadora. Pero al paso de los días fue imaginando que estaba dentro de una inocente pero al mismo tiempo insoportable Caja de Pandora. Y tuvo que hacer un tercer giro: en el semestre siguiente se inscribió en el área de psicología, ya con el pálpito de que necesitaba conocer más de sí mismo para entender los ejercicios de su propia conciencia, tan renuente al autoexamen orientador.

Durante los primeros días de experiencia en la nueva opción, los pensamientos se le fueron poniendo a la defensiva. Y la pregunta que se le dibujó en la pantalla de la conciencia fue directa y casi inocente: ¿Qué estoy haciendo? El silencio interior se hallaba crecientemente invadido por pequeñas lentejuelas palpitantes.

A medida que avanzaba el ciclo iba sintiéndose a la vez más cómodo y más incómodo. No acababa de entender tal contraste, aunque tampoco le provocaba ninguna reacción desquiciadora. Eso sí, sus funciones vitales se hacían más frágiles y las sensaciones inesperadas empezaban a ser presencia usual. Se sorprendió a sí mismo buscando espacios internos para instalar sus nuevas inquietudes, pero no los encontraba a su disposición. Confundido, fue a consultar con la licenciada Marinero, su profesora en educación de la conducta.

Ella lo escuchó con la atención profesional pertinente, y al final le dijo con amabilidad casi familiar:

— No es que estés confundido, no.

— ¿No? ¿Y entonces por qué no encuentro nada que me quite esta ansiedad?
— Ya lo encontraste.
— ¿Cómo así? Alguien me dijo que en lo que sentía había gato encerrado.
La experta sonrió, y él sintió que en aquella sonrisa estaba descifrándose el enigma.
— Mira, muchacho, aquí lo que hay no es gato encerrado, sino gato liberado. Te estás conociendo a ti mismo antes de salir a conocer el mundo. ¿Te das cuenta? Es lo que deberían hacer todos…

Y entonces él sonrió a su vez, con gesto de gato que aún tenía que descifrar si era doméstico o montés.

SEGUIR EN LA NUBE

Los promotores de aquella iniciativa se presentaban como emprendedores insertos en esa moda que cada día toma mayores impulsos. Él estaba entre los más entusiastas, y sus amigos copartícipes así lo consideraban, asignándole en ciertos momentos condición de líder. Por ejemplo a la hora de decidir el nombre del emprendimiento, ya que él se caracterizaba por sus dotes imaginativas. Los compañeros de tarea lo rodearon para que soltara el nombre:

Y ahí emprendieron el esfuerzo para concretar lo que se proponían.
El proyecto empezó a tomar forma, y muy pronto estaban ya instalados y con propuestas bien concretas para iniciar labores.

La Nube de Voces inició en un local ubicado en la zona comercial más moderna de la ciudad, ahí donde iban principalmente los jóvenes en busca de todo lo que pudiera servirles para estar al día en la tecnología, en el vestuario, en las comidas. Ellos en su tienda se dedicaban a vender productos electrónicos de última moda, y eso les atrajo una clientela inmediata. El negocio iba viento en popa, pero los problemas personales comenzaron a aparecer, como lo que son: roedores implacables e incansables.

Hasta que en algún momento la opción desintegradora se hizo presente.

— Que se acabe esta mierda. Cada uno por su lado.
Y eso lo decía el autor del nombre de la tienda.
— ¿Qué te pasa, loco? ¿Se te sobrecargó la batería?
— ¡No’mbre, se me está recargando!
— ¿Y entonces?
— ¿Es que saben qué: con el nombre que tenemos no vamos a llegar más lejos?
— ¡Ah, ya apareció el peine!
— Por mí no hay problema: yo soy calvo.
—Ja, ja, ja. ¿Y cómo quisieras que se llamaba?
— Nube de ecos.
— ¡Perfecto! ¡Este sí que es creativo aunque sea más cabrón!

Álbum de libélulas (180)

1474. ALMA DE BOLERO

Del aparato de punta salía la voz intemporal que hacía gala del bolero ranchero como de su mejor oficio de armonía. Sí, era la voz de Flor Silvestre. El señor de cabello enteramente blanco, de rostro señalado por el tiempo y de cuerpo en reposo escribía algo a pluma fuente en un volumen encuadernado. Quizás su diario íntimo, única compañía actual. De pronto levantó la vista hacia el cristal de la ventana que se hallaba enfrente. Sí, la luna, como no la recordaba en mucho tiempo. Y en ese justo instante, Flor empezaba a cantar “Luna de octubre”: “De las lunas la de octubre es más hermosa porque en ella se refleja la quietud de dos almas que han querido ser dichosas al arrullo de su plena juventud…” Se levantó movido por un resorte inmemorial. Ahora era el joven de entonces, que le llevaba serenata a su amada… Acordes milagrosos que hacían que el tiempo se agazapara en un rincón.

1475. VOLVER A CASA

Las plantas floridas se apiñaban junto a la ventana como si estuvieran ansiosas por observar o al menos atisbar lo que podía suceder adentro. Y adentro lo que había en aquel instante era una vitrola antigua que parecía estar activa sin que nadie la hubiera encendido. Una música instrumental apenas audible surgía de ella, en condición de murmullo entrañablemente melódico. De la cortina de plantas emergió entonces un rostro humano, que tenía la misma actitud de las hojas, de los capullos y de las corolas plenas. Luego de unos minutos de contemplación auditiva, el rostro se hizo cuerpo, y la figura se alzó al otro lado del cristal. En la habitación no había nadie, y por eso no hubo ninguna resistencia a que moviera la hoja para poder ingresar. Lo hizo. La música que brotaba de la vitrola se emocionó a todas luces. Era la bienvenida. Él regresaba al hogar por fin de su exilio astral.

1476. HACER LO DEBIDO

Tarde de sábado, más soleada que lluviosa. Ese par de jovencitos que de seguro ni siquiera han concluido su educación media vienen bajando por la acera derecha de la calle que conduce a Candelaria. Ella es rubia y pizpireta; él es moreno y reservado. Van a cumplir con un rito en aquella casita de techo de lámina que se divisa al fondo. Ahí vive ella, la abuela de ambos. Llegan, activan la llave que él lleva en la bolsa, traspasan la puerta de madera deteriorada por el tiempo, se acomodan en la pequeña sala donde todo es penumbra. Son primos hermanos y han decidido probar el amor mutuo. Van a comunicárselo a su abuela, que desde luego lo es de ambos, y a pedirle su aprobación. Se quedan así por un rato en silencio. Luego se levantan y se inclinan ante el retrato carcomido de la abuela que está en una repisa polvosa. Después se retiran. Permiso concedido.

1477. REMEDIO CASERO

Su médico de cabecera le dio una buena noticia, después de la batería de exámenes a los que tuvo que someterse luego de aquellos síntomas que a cualquiera le hubieran dado muy mala espina: “Tus órganos básicos están normales; no hay inflamación ni sangramiento por ninguna parte; y tus reflejos no muestran ningún signo de alarma…” Él aspiró profundamente con alivio, y de inmediato surgió la pregunta: “¿Y entonces qué hago con todas estas molestias que no me dejan estar tranquilo en ningún momento, ni de día ni de noche?” El médico se quedó pensativo. “Lo único que yo podría decirte es que podemos seguir haciendo exámenes”. Todo siguió igual. Hasta que un pálpito desazonador en las sienes le dio una pista. Se fue a un hotel de montaña a dormir en paz. Cuando despertó todas sus dolencias habían desaparecido.

1478. OPERACIÓN DESTINO

La casita que habían logrado adquirir luego de tantas penurias estaba muy cerca del borde del declive que daba a la quebrada que corría al fondo. Era urbanización nueva, y los constructores sin duda pensaron más en la ganancia que en la seguridad, porque desde un inicio los deslaves invernales fueron haciendo de las suyas. La familia que habitaba la casita vivía en constante zozobra cuando asomaba la estación lluviosa, y aquel año las cosas se presentaban aún más críticas, por las veleidades del tiempo. Cuando llegó la onda tropical, la tierra floja se desprendió sin más. El hombre de la casa comenzó a tiritar. La mujer de la casa sintió que el embarazo se le hacía tormenta. Y aquella misma noche ocurrió el doble desastre: la construcción quedó en el aire y el embarazo se convirtió en cárcava. Al amanecer, solo las energías del aire acudieron a socorrerlos.

1479. ESCAPE CON INGENIO

Cuando sus padres le preguntaron, con la solemnidad que les caracterizaba, qué quería estudiar luego del bachillerato inminente, la respuesta de ella fue dada con sonrisa traviesa: “Quiero estudiar genética”. Ellos se miraron preguntándose qué es eso. La hija se adelantó: “Es el estudio científico de la herencia”. “¿De la herencia? ¿Cuál herencia?” Ella ya no pudo resistir la risa: “¡Pero no, no se preocupen, no se trata de dinero, sino de genes… Los genes que ustedes dos pusieron a mi disposición…” Seguía el desconcierto. “¿Y eso dónde se estudia?” “Bueno, yo quisiera ir a Alemania. ¿Les parece?” Los padres volvieron a mirarse entre sí. Y entonces les llegó el clic. “Hijita, pero si la herencia está más clara que la luz. Si querés te la explicamos con puntos y comas. Nosotros nos entendimos muy bien con tus genes, y por eso eres como eres…, ja, ja”

1480. FELIZ RETORNO

La comunidad se había vuelto invivible, y no solo por los asaltos y las extorsiones, sino también porque las conexiones entre las personas apenas existían. Crecía la dependencia esclavizante respecto de las maquinitas virtuales. Conversar era hoy una especie de excentricidad infantiloide. Todo se hacía con las yemas de los dedos, y a la mayor velocidad posible. La voz estaba ausente. Alirio era un muchacho común, en apariencia. Estudiaba en el instituto nacional de su localidad, y su anhelo era volver al campo de donde había salido. El maestro con quien se llevaba mejor era el de química. En algún momento le preguntó: “¿Por qué será que tengo tanta química con mis orígenes?” El maestro, que más bien era un poeta no revelado, le dio su respuesta: “Porque ahí todas las sustancias tienen voz propia y hablan cara a cara”. Él aspiró a fondo. El enigma estaba resuelto.

1481. HILO DEL TIEMPO

En su vida anterior fue joyero artesanal, y se quedó con muchos trabajos pendientes porque la muerte le vino de súbito. Al emprender esta vida fue a buscar entre sus cosas los objetos inconclusos y encontró lo suficiente para montar una pequeña tienda de antigüedades para llevar.

1482. EJERCICIO TEXTUAL

Activó su móvil y apareció el texto recibido. Tres palabras: “Ya estoy aquí”. ¿Sería ella? Solo podía ser ella. La luciérnaga de la noche anterior, anunciándose para la noche presente.

Historias sin Cuento

HAY QUE SOÑAR SIN MIEDO

Aún era niño cuando llegó a la academia de don Valero Lecha ubicada en la segunda planta del edificio que estaba enfrente del Teatro Nacional, a un costado de la plaza Morazán. Quien lo llevó ahí fue una vecina ya mayor, artista tanto de la palabra como del pincel, que vivía a cuatro puertas de la suya, en el pasaje Rovira. Ella, quien tenía temperamento elocuente y desinhibido, le presentó a don Valero aquel joven reservado que apenas sonreía:

—Este cipote tiene pasta, pero como es natural aún no sabe lo que quiere. Tal vez usted con su ojo clínico puede ayudarle. Está escribiendo sus primeros versos, pintando sus primeras acuarelas, iniciándose en el piano de mi casa…

El maestro lo saludó con la seriedad afable que le caracterizaba, y de inmediato le dio ingreso en el ambiente, dándole las primeras indicaciones. Era ya tarde, y la academia no tardaría mucho en concluir su jornada. La vecina que lo había introducido tuvo que irse más pronto, por algunos mandados pendientes, y él se quedó ahí un poco más.

Cuando salió, la tarde estaba cayendo y era la hora justa en que iniciaba la siguiente función en el teatro inmediato que funcionaba como cine. Sin siquiera ponerse a ver qué película se estaba exhibiendo aquel día, fue a la taquilla y pagó su entrada a balcón, que era su posición favorita, porque tenía la pantalla de tú a tú.

Se abrió el telón, se apagaron las luces y surgieron los créditos del filme por venir: “Ave del Paraíso”, aquella cinta que había visto ya, con Debra Paget, Louis Jourdan y Jeff Chandler. Una historia de aventura y romance en los mares del sur. Él suspiró con fuerza: el que le tocara ver de nuevo las imágenes de aquel mundo precisamente el día en que estaba por primera vez en contacto manual con los colores vivos tenía que envolver algún mensaje.

Salió de la función cuando ya era de noche, pero el crepúsculo parecía reacio a salir de su propia escena. Eso lo animó a irse caminando hacia su casa, allá en las inmediaciones del Colegio María Auxiliadora. Cuando iba cruzando la colonia Santa Eugenia, las iluminaciones de la atmósfera nocturna parecieron acercarse hacia él, hasta tomar posiciones en el lienzo de su conciencia. Mientras caminaba, otras imágenes iban uniéndose al cortejo. Las de sus anhelos creativos incipientes, las de las historias cinematográficas más concordantes con su naturaleza de infante proclive a la adultez prematura, las de la tierra y el aire que le llegaban como presencias espontáneamente propias…

Estaba ya muy cerca de su lugar de residencia, al fondo del pasaje. Y antes de empezar a subir desde la calle de Mejicanos sintió que todo lo que vendría para él se había definido aquella tarde, al menos en el plano de las emociones, que es lo que verdaderamente importa. Allá arriba, en el cielo estrellado, había un lamparón que tenía la forma de un velero en vuelo. Y en ese instante solo pudo articular un susurro que su propia voz ya adulta le enviaba desde adentro: “Mensaje recibido…”

LOS MUERTOS NUNCA DUERMEN

Sus días estaban orgánicamente contados, y de alguna manera había que empezar a pensar en los detalles del desenlace. Lo hacía sin decírselo a nadie, aunque en algún momento sus decisiones, si es que llegaban a ser tales, tendrían que ser conocidas para que se pudieran poner en práctica.

Lo primero que le vino a la mente fue el destino de su cuerpo. En el ambiente se había ido poniendo de moda la cremación, y mucha gente optaba por ella, de seguro sin pensarlo a fondo: algunos porque eso era más práctico que un entierro y otros porque guardar las cenizas en una caja les permitía sentir que el difunto aún se hallaba ahí. Cuando se lo planteó, lo que de inmediato vino a su memoria fue el fogón de la rústica cocina de leña en su hogar campesino de otro tiempo.

No logró decidirse por ninguna de las dos opciones, y dejó en silencio la decisión a sus descendientes: Helena y Julio César. Tampoco tenía testamento formalizado, y solo de imaginar el posible reparto se le asomaban grandes incertidumbres al cristal de la mente.

Así llegó la hora cero. Paro respiratorio, que fue instantáneo mientras dormía. Ya no despertó, al menos para los que le rodeaban. El médico de cabecera certificó el deceso. Los dos hijos estaban cada uno a un lado de la cama, casi compungidos. Luego se fueron a hacer los preparativos del sepelio. Habría entierro sin misa previa, porque ambos se habían alejado de la religión. El cadáver se hallaba en la sala del velatorio, y como eran dos o tres los asistentes, nadie se percató de aquel movimiento de párpados en el rostro del difunto.
Días más tarde, los hijos fueron a arreglar con el abogado el punto de la herencia intestada. Había que repartir los bienes. Helena llevaba un retrato de su padre, como para que estuviera presente. De inmediato comenzaron las diferencias. Se fueron caldeando los ánimos, y al final cada quien se fue por su lado, y el retrato quedó sobre una silla. Y nadie se dio cuenta de que la mirada del rostro fotografiado parecía de pronto ser el reflejo de una profunda reflexión.

Ahora su cuerpo estaba bajo la tierra apelmazada y sus pertenencias continuaban en el limbo de lo indefinido.

Entonces tuvo, desde algún lugar perteneciente a su nueva ubicación en el tiempo, el impulso de tomar las decisiones que no se animó a tomar antes. Había que imaginar cómo ponerlas en práctica.

Como primera providencia, fue en busca de apoyo entre los espíritus a los que hoy tenía acceso directo.

A la mañana siguiente un fuerte temblor de tierra fracturó la colina donde se hallaba su sepulcro. Este se abrió violentamente y el cadáver voló por los aires, envuelto en una túnica de polvo. Y dos días más tarde, como por arte de magia, un incendio de grandes proporciones se desató en la colonia donde estaba su casa, arrasando con ella y con todo lo que había en su interior, que era lo más valioso que él dejara. Los hijos llegaron a ver los estragos, sin saber qué hacer.

Él, que ejercía ya como eterno insomne, lo observó todo. Hizo un gesto de aceptación de lo inevitable, y se preparó para continuar en lo suyo.

EL BAÚL DE LOS OLVIDOS

Marcó el celular de Irene y por enésima vez, luego de la cadena de timbrazos, la máquina volvió a decirle que el número marcado no estaba disponible en aquel momento. Volvió a preguntarse: “¿Qué le estará pasando que no me responde?” Y para no seguir en el enigma, se fue aquella tarde a la colonia donde vivía Irene. Conocía muy bien a la madre de ella, que fue quien salió a abrirle.

—Hola, Rodrigo, qué bien que te acercaste, porque Irene ha estado diciendo que como que la habías olvidado… No le contestás sus llamadas.

Él puso cara de sorpresa.

—¿Yo? Si soy el que la está llamando siempre y ella es la que no responde…

—Ah, qué divertido. Se están jugando la vuelta.

—¿Ahora no está?

—Creo que ya va a venir porque ya es la hora. Entrá para que la esperés.

Ahí se estuvo hasta que cayó la noche. Irene no aparecía. Entonces se regresó a su casa. Cuando llegó, su hermana le dijo:

—Aquí ha estado Irene, esperándote. Se acaba de ir.

Él se quedó en vilo. ¿Qué quería decir aquel jueguito de desencuentros? En los días subsiguientes no hubo posibilidad de comunicación por ninguna vía. Y tanto él como ella se preguntaban por su cuenta: “¿Será que en algún lugar están escondidas las respuestas a lo que pasa?”

No lo sabrían nunca, porque por alguna coincidencia anímica, que podía venir de lo más profundo de sus ancestros, la suerte de ambos estaba guardada en el baúl de los olvidos.