Historias sin Cuento

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

DESTINO EN TRES PALABRAS

Tenía la vida a su disposición, al menos en cuanto a seguridad de ingresos y a la tranquilidad de ánimo. Desde la primera infancia tuvo un plan de progreso personal, y lo fue siguiendo paso a paso, sin hablar de eso con nadie, ni siquiera con sus padres, que siempre fueron responsables de su progenie, al estilo de los viejos tiempos; es decir, imponiendo su voluntad, sin violencia pero a la vez sin comunicación esclarecedora. Él en aquel ambiente era, pues, un conocido perfectamente desconocido.

Contra todo pronóstico, tal condición le fue abriendo internamente ventanas de libertad. A través de esos cristales observaba el entorno y se iba haciendo sensible a su capacidad de eso que comúnmente se conoce como “ser alguien en la vida”. Sus compañeros de juventud, en el mundo escolar y fuera de él, lo visualizaban como un exitoso constructor de sueños.

Pero a medida que pasaba el tiempo, y aunque sus perspectivas parecieran mantenerse intactas, la sensación interior era cada vez más alejada de lo previsible. Y todo comenzaba con aquella imagen difusa que iba avanzando por alguno de los caminos de la conciencia remembrante.

En esas estaba cuando, en un encuentro formativo de emprendedores que organizaba la empresa en la que tenía posición gerencial, conoció a Francine, que se movía graciosamente por los espacios de la primera juventud. Su padre era un francés tropicalizado y ella era una salvadoreña euro anhelante. Él la observó mientras el consultor exponía las líneas básicas del emprendimiento, y al estar haciéndolo con muy poco disimulo fueron apareciendo otras imágenes en la pantalla rotativa de su conciencia.

—¿Me permites sentarme a tu lado después de la pausa?

Ella lo miró como si lo conociera desde hacía largo tiempo.

—Lo que me extrañaba es que no me lo hubieras pedido… ¿Te acordás de mí, verdá?

Él dudó.

—Eres ella.

—¡Claro, soy ella! La emprendedora perfecta. ¿Querés pasar a mi servicio?

Aquella proposición, que en cualquier otra circunstancia le habría parecido grotesca, hoy se le hacía saboreable.

—Pues claro que sí. Dime cuándo comenzamos nuestra alianza.

—Ahorita mismo, al salir de aquí –respondió ella, con risa de triunfadora.

CAMIÓN CON MERCANCÍA

Era repartidor de productos vegetales orgánicos, y para eso usaba un pequeño camión que era herencia de familia. Su padre lo había ocupado para llevar variadas cosas de venta a los cantones aledaños a su vivienda de entonces, y a él le servía para hacer el reparto por las colonias de clase media de la ciudad donde ahora residía.

Con frecuencia, los agentes policiales lo detenían para preguntarle lo que llevaba, y él ya estaba acostumbrado a tales indagaciones en estos tiempos en que la droga se camufla en todas las formas imaginables.

Aquel era un día con amenazas de lluvia inminente, y él salió un poco más tarde que de costumbre a hacer su recorrido habitual. Sin pensarlo de antemano se fue por una callecita lateral, en la que había muchas viviendas marginales. Iba pasando frente a un bloque de ellas cuando el vehículo se detuvo de súbito, como si el motor hubiera sufrido colapso mecánico.

Logró apenas orillarse a una acera deteriorada y de inmediato fue a revisar qué pasaba dentro del motor. Nada perceptible. ¿Y entonces? Algunos transeúntes se iban acercando.

—Se te murió de viejo el cacharro –le dijo un joven con pinta de colegial.

—Si querés te ayudamos a sacar los bultos –se ofreció un hombre con apariencia de obrero.

—¡Apártense, que aquí venimos nosotros!

Eran cuatro muchachos con tatuajes, que sin decir más se dedicaron a bajar todo lo que llevaba el vehículo. Cuando lo tuvieron en el suelo abrieron de prisa las bolsas y las cajas. Sorpresa para todos: no había nada adentro.

Se le fueron a golpes al motorista, pero este se escabulló como si fuera un gimnasta intrépido. Todo quedó regado ahí, salvo la mercancía inexistente, que iba a recoger cuando se dieron los sucesos. “Soy suertudo” iba pensando mientras caminaba a grandes zancadas hacia la agencia donde estaba esperándolo su nuevo pichirilo.

NOSTALGIA DEL OLEAJE

Nació en un poblado de la costa sobrepoblada de arboledas, creció junto a la playa de entusiasta oleajes, y ya de joven se dedicó a hacer excursiones turísticas en aquel barquito que era propiedad de un amigo de infancia. El mar era, pues, su vínculo espontáneo con la naturaleza, la interior y la que le rodeaba, y ya ni siquiera tenía que pensar en ello para vivenciarlo en el plano de lo entrañable.

Todo se mantuvo así hasta que un día de verano radiante llegó al lugar aquel grupo de excursionistas extranjeros que andaban recorriendo la zona en busca de sensaciones acordes con el paisaje que ellos se habían imaginado y que hoy tenían a la mano. Entre ellos venía aquella muchacha que era el ejemplo típico de los que hoy se conocen como turistas de mochila.

El clic emocional fue inmediato, como si una ola desconocida los envolviera de repente. El primer beso con sabor a sal atávica fue el vínculo ferviente. Y antes de que el grupo partiera había que tomar la decisión: quedarse juntos o irse juntos. La mirada de ella abrió la ruta del horizonte. Él preparó su equipaje, que era mínimo y a la vez infinito, porque en aquella pequeña caja de madera iba encerrado un copo de espuma, que era el símbolo sagrado de su nostalgia.

MILAGRO EN LA JOYERÍA

Lo vio al paso en la vitrina, y esperó que ambos salieran de la tienda de pashminas para mostrárselo a ella. Adentro Ahmed, su antiguo conocido del lugar, ya había descubierto que ellos estaban ahí y les hacía ostentosas señales de bienvenida. Pasaron al interior de la tienda de joyas, y los saludos fueron calurosos como siempre. Ahmed era un vendedor nato, y su simpatía estaba a flor de piel.

—¡Bienvenidos, amigos! Aquí tengo lo que ustedes buscan, como siempre.

Y de inmediato abrió la vitrina donde se hallaban las piedras ordenadas en depósitos transparentes. Él, como siempre, centró su atención en los topacios. Y ahí estaba uno que parecía aguardarles. “¡Este!”, dijo él de inmediato y ella sonrió. Ahmed hizo una reverencia complacida.

—Antes de envolverlo, véanlo de nuevo…

Él lo tomó en la palma de su mano derecha, y se quedó contemplándolo sin decir palabra. La escena se volvió volátil. El topacio lo miraba como si fuera el ojo benévolo del amor feliz.

 


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