Historias sin Cuento

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

TIERRA DE POR MEDIO

Apenas tenía recuerdo de las vías por las que llegó a aquel destino insospechado. Nacido en un pequeño pueblo del interior del país, sus padres, que no conocían nada de lo que estaba más allá de los áridos cerros circundantes, emprendieron un día de tantos, por impulso que en estos tiempos se ha vuelto viral, la ruta de los migrantes indocumentados. ¿Cómo hicieron para cubrir el costo de aquel trayecto? Vaya usted a saber. Enigmas que también se han vuelto virales.

Él, que entonces era una criatura en las manos nerviosas del azar, se crió en una localidad ubicada en los alrededores de la “Ciudad que nunca duerme”.

New York, 9 p.m. Él estaba en sus últimos trámites para graduarse con honores como experto en desarrollo digital, y la persona que tenía enfrente en una mesa rinconera del restorán Cafe Boulud, en la Calle 76 y Madison Avenue, iba a hacerle una oferta de trabajo en destino aún no revelado:

–El haberte conocido en la Universidad me hace confiar en que vas a aprovechar esta oportunidad como nadie. Además, de alguna manera volverás a tus orígenes…

Él se puso aún más a la expectativa. El oferente mantuvo la sonrisa:
–Te estoy ofreciendo Singapur.

En ese instante toda la escenografía pareció cambiar como por encanto. Él giró la mirada, y preguntó en un susurro: “¿Dónde estamos?”

–En el Hotel Ritz-Carlton, entre los rascacielos. El mar a un paso y el futuro a otro paso. ¿Respondes ya o prefieres que antes nos tomemos el aperitivo?

Mientras lo hacían en una mesa del Lounge Bar Chihuly, él observó a través de los amplios ventanales la vegetación de los entornos. Una vegetación de ambiente caluroso y lluvioso, como en su mundo natal guanaco. Nunca había tenido una reminiscencia visual y sentimental tan intensa. La respuesta le brotó como una corola anhelante:

–¡Acepto! Me voy a Singapur en el primer bus que salga para allá…

AGUA DE POR MEDIO

Se llamaba Ryan Anand, y cantaba acompañándose de su guitarra durante las noches en el bar, mientras los viajeros departían con la distensión propia de las excursiones de placer. Ryan acababa de ser contratado para que fuera parte de los que amenizaban la estadía flotante, y hasta aquel momento sus presentaciones nocturnas lo iban poniendo en contacto con una forma de distensión íntima que era para él lo menos esperable. Se hallaba aquella mañana, apoyado en la baranda más alta de la nave, junto al muelle de un puerto desconocido. Pasó muy cerca un camarero con una bandeja de copas y él le preguntó:

–¿Dónde estamos?

–Eso que está enfrente es Sorrento.

Él suspiró con fuerza. No recordaba que esa fuera una de las estaciones contempladas en aquel itinerario; pero si estaban ahí había que aprovechar la estadía. Sin pensarlo dos veces, y por un impulso de raíces profundas, fue a recoger su guitarra, la eterna compañera. El barco no podía atracar en el pequeño muelle y había que tomar un ténder que llevara hacia ahí.

En lo alto aguardaba Sorrento, a la distancia de 106 escalones. Los subió casi volando y llegó a un parquecito acogedor. Se sentó en un banco y empezó a acariciar las cuerdas de su guitarra. “Torna a Sorrento” era el himno obligado. No estaba en su repertorio, pero le brotó como una ola viva. La gente pasaba a su alrededor sin percatarse, y es que los acordes y la voz se le derramaban hacia adentro, como si su acantilado interior fuera el único destinatario. Sólo alguna gaviota le hacía compañía.

AIRE DE POR MEDIO

El pensador autodeclarado dijo una vez en el pequeño coro de amigos, mientras departían en el bar más próximo, que era su proverbial sitio de encuentro: “Parece que los espejos son los mejores testigos de lo real, porque nada que pase frente a ellos se les escapa”. Los otros presentes, que ya estaban habituados a sus frases dizque originales, se rieron como siempre, y uno de ellos le hizo un comentario de los que en el grupo se estilaban:

–Bueno, los espejos son bastante hábiles para eso, pero hay alguien que les gana…

–A ver, ¿quién?

–Míralo, está a nuestro alrededor…

El que había lanzado la frase giró la mirada, en busca de esa presencia que acababa de serle referida. No había nada que pudiera tomarse como tal, al menos en el plano visual. Se encogió de hombros, como si le estuvieran jugando una broma. El otro le explicó lo que quería decir:

–Es el aire, amigo. El aire, que va por donde quiere repartiendo imágenes. Es el mayor coleccionista que puede haber. No se le va una.

FUEGO DE POR MEDIO

El doctor Molinari acababa de entrar en fase de retiro de su prolongada labor como especialista en descifrar misterios psíquicos, y sus pacientes más cercanos en el tiempo quisieron hacerle un agasajo a la orilla del lago emblemático de la zona. Sabían que el doctor era eterno adicto a los gozos del mundo natural, y la invitación incluía una excursión por las corrientes termales de la zona y por los cráteres de la última erupción del volcán vecino.

El día señalado para el encuentro el doctor amaneció orgánicamente descompensado, y tuvo que avisar que no le sería posible acudir a la cita conmemorativa. Ellos aceptaron que fuera así, pero se quedaron expectantes, porque era una reacción inesperada. El doctor se caracterizaba por ser entusiasta y puntual, y de seguro algo grave estaba ocurriéndole.

Como ya todo estaba listo, los invitantes dispusieron hacer ellos la excursión sin decirle nada al invitado ausente. El día se hallaba de pronto envuelto en brumas, pese a que en aquellos momentos del año la luminosidad de la atmósfera resultaba proverbial. Los excursionistas llegaron al lago, buscaron un pequeño albergue para beber algo que los entonara y partieron hacia las corrientes termales donde tomarían un baño relajante. En cuanto entraron en contacto con el agua, la sensación de estar en un ejercicio retrospectivo les hizo sentir que el doctor Molinari estaba ahí.

Un buen rato después, empezaron la escalada hacia los cráteres. Fue como si una fuerza superior los llevara en andas. Al llegar al sitio de destino, las fumarolas estaban activadas, en ceremonia de bienvenida. Todo aquello tenía visos de ser sobrenatural. Uno de ellos se animó a preguntar en voz alta.

–Doctor, está aquí con nosotros, ¿verdad?

Una ráfaga de aire reconfortante los envolvió de inmediato. Y como en un juego visual, la imagen del doctor se hizo vaporosamente presente. Entonces sonó el celular de uno de los caminantes. La daban la noticia:

–El doctor ha dejado de respirar, y parece que se está evaporando.

Todos los presentes se juntaron en círculo cerrado. En medio, una hoguera surgió de súbito, con intención ceremonial. La señal era clara, y fue entendida sin más.
El doctor Molinari había querido acompañarlos de la mejor manera posible: con la emoción del fuego nacido del alma que se despedía al aire libre. Ellos estaban alegres como nunca, y se abrazaban en homenaje a su mentor.

 


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