Raíces en la lengua

No ha nacido en El Salvador, pero es salvadoreña. Mi hija pertenece, junto con sus primos también alumbrados en este territorio norteño, a una segunda generación de migrantes centroamericanos. Y aunque en su pasaporte primario figure un águila calva en lugar de un triángulo equilátero con cinco volcanes, es y será siempre hispano-salvadoreña.

A lo mejor le parezca que estas afirmaciones rayan en la obviedad, pero la identidad cultural de los latinos nacidos en Estados Unidos es difusa. Por eso es importante que tengan una conexión con sus raíces. Ser conscientes de los orígenes nunca debe ser un factor infravalorado. Los doctores que atendieron a mi pequeña cuando nació, hace casi un mes, lo reconocieron; por eso nos recomendaron que la hiciéramos una hablante competente del español. En casa lo habíamos fijado como dogma desde que nos confirmamos su padres –es inapelable que debe ser una hispanohablante nativa–, pero esa invitación nos hizo reparar en la búsqueda de muchos connacionales, y otros provenientes de países vecinos, por encajar en esta sociedad a través del idioma.

Es comprensible que muchos padres hispanos prefieran hablar con sus hijos desde un principio en esa lengua. En la comunidad se ondea la idea de que hablar inglés en público da “prestigio”. Es una preconcepción bajo la lógica: el idioma es la entrada a este entorno social. No importa cuán necesario y de moda esté el español ahora, el común de estadounidenses sigue viendo con mejores ojos a un latino que hable inglés que a uno que solo sepa su lengua materna.

Que el niño reciba pocos estímulos para aprender su lengua materna desencadena en una adquisición (por lógica) débil e insuficiente. Y lo que comienza por la lengua, termina por afectar la identidad. Hasta ahora, al menos 11 de cada 100 adultos estadounidenses que son hijos de hispanos no se consideran hispanoamericanos, de acuerdo con el último estudio realizado en 2017 por el Pew Research Center. Aunque sus rasgos físicos reflejen ese mestizaje que caracteriza a nuestros pueblos y hayan sido criados bajo una escala de valores “a lo latino”, estos adultos solo se sienten estadounidenses y nada más.

En una de las instituciones educativas para las que trabajo he podido notar cómo niños descendientes directos de latinos son incapaces de comunicarse efectivamente en su lengua materna, incluso a pesar de que sus padres solo hablen español. Entienden un poco el idioma (lo básico, como instrucciones que sus ascendientes les han repetido muchas veces), pero no pueden producir enunciados que comuniquen. Es necesario hablarles en ambos idiomas para que puedan entablar una verdadera comunicación.

Por supuesto que ser hispano, latino, salvadoreño y centroamericano va mucho más allá de hablar un idioma. Pero es a través de la lengua que se pueden transmitir esas visiones particulares de mundo que ayudan a construir la hispanidad. No se deberían ningunear las raíces heredadas. Así el país y la región de donde se proviene esté de cabeza, hay que reconocer los orígenes.
Lo cierto es que, conforme crecen, los niños hispanos van perdiendo motivación para hablar el español. Que casi todos sus pares sean exclusivamente angloparlantes, y que todos los productos culturales a los que están expuestos estén pensados casi solo para gente de habla inglesa son motivos fuertes que los alejan de la lengua materna.

Mantenerlos interesados en conservar el idioma es una tarea difícil en este país. Pero cuando dejamos que olviden o que ni siquiera aprendan el español, les estamos arrancando un pedazo de identidad. Por ahora nuestra bebé recibe solo estímulos en español. Aunque tengamos la meta clara, todavía no sabemos qué tanto tendremos que hacer para que ella mantenga las raíces de su lengua.

Valemos

Que El Salvador fuera tildado como “un hoyo de mierda”, por el presidente de Estados Unidos despertó ese nacionalismo que casi solo surge cuando juega la selección de fútbol. Salieron a flote los golpes de pecho, las vestiduras rasgadas y la indignación por esa declaración llena de discriminación y menosprecio. Quién no se va a enfadar que hablen mal de su casa, así esa casa se esté cayendo.
En efecto, esa declaración ha sido una de las ofensas más despreciables que el país ha recibido en los últimos años. Y sí, a la luz de las relaciones diplomáticas, El Salvador debe exigir respeto a la dignidad de sus hijos. Es un insulto que no se debe dejar pasar, así nos lo haya escupido el representante de uno de los países más poderosos del mundo, y del que tanto dependemos. Sin embargo, este espacio no pretende abordar eso. Por supuesto que nuestro país no es un hoyo pútrido, por muchos problemas que tenga.
Lo que sí podemos hacer es aprovechar ese baldazo de alfileres calientes para tomar conciencia de lo que está minando cada día más nuestro pedazo de mundo, al grado de volverlo tan difícil de habitar. Y no solo es porque esté inundado en sangre, o se lo esté carcomiendo el oportunismo de la clase política. Todos, así estemos lejos, tenemos una cuota de responsabilidad en que nuestro país no avance y que no sea sinónimo de bienestar.
Casi todos los salvadoreños tenemos maestría para señalar, para quejarnos de lo que hacen los otros, pero somos incapaces de aceptar esa cuota que nosotros aportamos para alimentar el caos. Hay acciones que vemos insignificantes, que tildamos positivamente como astutas y de las que hasta nos ufanamos, que en realidad contribuyen así sea una pizca a que El Salvador sea más hostil. Esas acciones van desde colarse en una fila, pitarle “la vieja” a otro conductor cuando manejamos, hasta intentar sobornar a otros para que actúen a nuestro beneficio.
Seguimos pensando bajo la lógica del más “vivo” y supeditamos la empatía, la amabilidad y el respeto que les debemos a los demás. Exigimos una cultura de no violencia, pero somos capaces de nombrarle hasta al último de sus antecesores a cualquier prójimo que desde nuestro punto de vista nos provoque. Cuando estamos lejos, nos invade la nostalgia al ver esos ríos, lagos, playas y volcanes, pero no dudamos en meter zancadilla a algún compatriota, bajo el argumento “que le cueste salir adelante, así como a mí me costó”. En nuestra escala de valores hay un buen lugar para las contradicciones. Y una a una esas aparentes insignificancias contribuyen a que tengamos El Salvador que tenemos, uno que sigue escupiendo a sus hijos hacia un lugar donde los ven de menos.
Por muy en llamas que esté, El Salvador jamás será un hoyo de porquería. Los salvadoreños somos iguales en dignidad que cualquier ciudadano de otro país, sin importar cuánta melanina tenga en su piel o cuán desarrollado social y económicamente sea ese territorio. Eso sí, con nuestras actitudes –dentro y fuera del país–, podríamos ayudar a que la realidad de nuestra nación sea menos tóxica. La mejor manera de callar las bocas sucias que nos insultan más que con argumentos es con hechos que confirmen que los salvadoreños valemos la pena. Ese es el nacionalismo que deberíamos profesar y aplicar.

Futuro nublado

Este año termina con un panorama oscuro para una buena parte de migrantes latinoamericanos que viven en Estados Unidos. Aunque siempre los más afectados sean aquellos que no tienen sus documentos migratorios en regla, esta vez se unirán a la fila muchos de aquellos que sí los tienen. El limbo de los permisos de trabajo y la reforma tributaria que se viene podrían significar nuevos obstáculos para familias enteras.

Marvin, un exalumno recién graduado, es uno de los muchos que se van en la colada. Ante sus preocupaciones, aseguró hace unos días llevar semanas sin poder dormir tranquilo. Su situación migratoria en este país es cada día más frágil. Hace unos días visitó las aulas que le permitieron sacar su equivalente al diploma de bachillerato el semestre pasado. El día que se graduó salió con una sonrisa de sien a sien y con una meta fija de estudiar cocina profesional.

Estaba a punto de ir a una audiencia legal donde le dirían si aprobaban su solicitud de residencia permanente. Después de eso, con la ayuda de la escuela, se inscribiría en un programa universitario bilingüe para avanzar un paso más en su objetivo. “Cuando venga a visitarlo de nuevo, le voy a traer la buena noticia de que ya estoy más cerca de ser chef”, me dijo con alegría entonces.

Sin embargo, esa noche de invierno llegó con la sonrisa extinta y con la cabeza llena de preguntas. La audiencia no fue favorable y solo se tuvo que conformar con mantener su Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés). El problema es que ese permiso expira en los primeros meses de 2018, y como el Gobierno estadounidense no ha dejado claro si dará oportunidad de que se renueve, eso lo dejaría a la intemperie en términos legales. Estaría a merced de las autoridades migratorias y podría ser deportado con facilidad.

Por si fuera poco, la reforma tributaria que está por venir no le ofrece beneficios. Por tener ingresos bajos, no será favorecido con exenciones como aquellos contribuyentes de clase media y alta que ganen más de $75,000 al año. Verá menos devoluciones de impuestos y eso podría afectar la cantidad de dinero que mes a mes envía para sus abuelos y para su hija.

La situación de Marvin es una metáfora de la dependencia que El Salvador tiene de Estados Unidos. Las remesas, que para este año podrían superar los $5 millones, siguen siendo un pilar fundamental en la economía. Por más falacias de prosperidad y progreso económico que asegura el gobierno actual, ha demostrado con hechos ser tan incapaz para mantener de pie esos 20,000 kilómetros cuadrados sin la ayuda de esos envíos de dinero –que se hacen desde acá– como lo han sido todos los gobiernos anteriores, de derecha e izquierda.

En el peor de los casos, Marvin podría perder su empleo actual como cocinero en un famoso restaurante de carnes por la falta de permiso para trabajar con legalidad. Se vería obligado a buscar trabajo en uno de los muchos lugares que se aprovechan de quienes tienen una situación migratoria irregular. Sería explotado, mal pagado y, si se atreviera a volver a declarar impuestos, podría incluso pagar en lugar de recibir devoluciones. Como culmen, podría ser deportado al no estar cobijado con el TPS.

¿Puede nuestro país recibir con dignidad a los hijos que un día expelió? La respuesta es más que obvia. Lo cierto es que muchos salvadoreños como Marvin no tendrán una noche tan buena este 24 de diciembre. Por ahora, lo único que quieren es divisar qué es lo que les depara el porvenir, que por ahora sigue borroso.

Distancia amarga

Siempre creí que su vida fue fascinante. A cada uno de sus platillos le correspondía alguna tragedia o dicha que hubiera pasado por su vida. Nació en una casa de bahareque ahumada por fuego de leña. A los 10 años, su madre leyó su destino en un huevo de gallina india: estaría ligada por siempre a la cocina. Usó calzado solo hasta que pudo comprárselo con su primer trabajo, como aprendiz de cocinera. Formó una familia a cucharadas de guisos y a punta de ejemplos firmes. Hizo todo lo posible por aprender a leer y a escribir, y nada disfrutó más que devorar libros y alimentar a todos los comensales que estuvieran a su alcance.

Nuestra relación fue mucho más que un cliché entre nieto y abuela. Fue una complicidad que tenía su culmen en jornadas casi ceremoniosas de cocina. En ellas, sus historias y experiencias eran ingredientes infaltables. Más que sus trucos y secretos para que cada comida quedara exquisita, lo mejor de nuestras sesiones eran esas lecciones de vida que me daba con tanta sencillez. Sus risas, su caridad, desprendimiento y sabiduría siempre me satisficieron.

La última vez que pude abrazarla me susurró una bendición cálida. Su vestido celeste tenía pegado el olor del café de maíz que ella misma preparaba y molía a mano. Ella tenía los ojos humedecidos y la voz entrecortada. “Hasta pronto, mi viejita”, le dije con las cuerdas vocales hechas nudo. Era la segunda vez que me le iba del nido y, contrario a lo que me había imaginado, esa despedida fue más difícil.

Hoy, a menos de 8 días de su partida, se me llena la mente de verbos en condicional. Si entonces hubiera sabido que esa mañana de agosto sería la última vez que podría sentir su tibieza, no la habría soltado. Entonces solo tomé sus manos maltratadas por décadas de trabajo en la cocina, besé su frente llena de surcos y tuve que volar de nuevo.

Desde esta parte del mundo he aprendido que la muerte de un ser amado sabe más amarga con la distancia. Que la impotencia de no poder satisfacer la necesidad (quizá egoísta) de decirle adiós a la materia es fustigante. Sobre todo, que nunca se está listo para el dolor, sin importar cuán anunciado sea el golpe. La peor parte de estar lejos sale a flote en estos momentos en los que no hay más remedio que conformarse con despedirse a través de recursos tecnológicos. La vida y la muerte calan más hondo cuando se está distante.

El país que uno ama se condensa en los rostros que uno anhela volver a ver al regresar. Y cuando esos rostros se hacen más, las raíces se debilitan. Lo único que queda, para aminorar el sabor amargo, es alimentarse de las buenas memorias.

Odio, muerte e impunidad

En nuestro El Salvador en llamas ya es poco lo que conmociona. Hemos aprendido a ver los asesinatos como sucesos rutinarios. Las balas, la sangre, la brutalidad y la impunidad están tan enraizadas que podríamos pasar de largo un cadáver en cualquier acera. A lo sumo, escupiríamos las tan encajonadas expresiones: “pobrecito”, “lástima” o “a saber en qué pasos andaba”.

Hemos aprendido a ver las muertes con frialdad. Pero hay desgracias que pueden descongelarnos el sentido para recordarnos que merecemos una muerte digna. Y por digna entendamos que como mínimo sea por causas naturales. Y si el feminicidio de Vilma Pérez no nos mueve las entrañas, deberíamos preocuparnos, porque ya se nos empieza a pudrir algo por dentro.

La expareja de Vilma la mató por ser mujer, porque un día la consideró propiedad y se dio cuenta de que esa “propiedad” se le iba de las manos. La mató ante los ojos de sus hijos, quienes tuvieron el horror de presenciar cómo esa bala desprendía los sesos de la mujer que los alumbró. ¿Le parece muy visceral el enunciado anterior? Ahora póngase en el lugar de esos dos niños (de cuatro y ocho años), quienes lo tuvieron que ver de frente. Ahora, otros dos pequeños salvadoreños van a vivir con miedo, resentimiento y dolor. Tenemos dos huérfanos más que, para nuestros fosilizados políticos, serán dos insignificantes números en sus estadísticas. Son dos niños más que acaban de perder la inocencia.

Esa desgracia la supe por una estudiante. Llegó al aula seria, sin la sonrisa bromista que la caracteriza. “Solo me puse a pensar que así pude haber terminado yo, si no me hubiera venido por tierra”, lanzó después de un par de minutos de conversación.

A Sara* la obligó a cruzar el desierto el miedo que sentía por su expareja. Con 15 años, decidió venirse con otra vida en el vientre porque había recibido amenazas de muerte del hombre varios años mayor que se la llevó a su casa con promesas palabras dulces. “Me pegaba en la barriga, porque me había negado a abortar. Me tenía encerrada y me decía que, si me le iba, me iba a matar. Yo me le escapé”, recordó hace algunas noches la joven que hoy tiene 18 años.

El único vínculo que Sara tuvo con Vilma es haber estado en una situación de abusos de todo tipo. Por fortuna, esta estudiante contó con una red de apoyo que le permitió pagarse un coyote que la trajo hasta Washington, D. C. Ahora que es madre de un pequeño de tres años, solo espera terminar su equivalente del título de bachillerato en Estados Unidos y conseguir un empleo que le permita mantener a su hijo.

La protección que las leyes salvadoreñas garantizan a las mujeres es una burla. Por más reformas y leyes especializadas que haya, la impunidad sigue siendo la mejor aliada de la misoginia. Las alternativas de una mujer violentada no deberían ser huir del país o morir. Deberían contar con instituciones confiables, que les garanticen resguardo y apoyo. Sobre todo, debería de haber un sistema integral de protección, que les permita darse cuenta de las características iniciales de una relación que podría terminar en fatalidad.

*Sara es un nombre ficticio. La estudiante ha pedido que no se revele ningún dato que pueda comprometerla a ella o a su familia que sigue en El Salvador.

Prioridades

La espiritualidad es una necesidad humana. Crea o no en un ser superior, el hombre necesita arraigarse de dogmas que le den sentido a su vida. De ahí que desde el origen de la civilización se haya buscado rendir adoración a uno o varios seres dioses; o que, ante los problemas que tenemos los contemporáneos, sea recurrente buscar refugio y ayuda en lugares que prometen religarnos con el Creador. Nuestro país, aunque parezca paradójico porque es un cómodo y holgado nido para la violencia y la corrupción, vive mucho su espiritualidad a través de la religión.

El nuestro es un territorio predominantemente cristiano —bastante polarizado por evangélicos y católicos— en el que se encuentran tantas iglesias y ermitas como tiendas. Y que haya suficiente libertad de religión es una verdadera fortuna para quienes dedican su vida al servicio de sus respectivas creencias. En El Salvador, cualquiera puede hacer una vigilia al aire libre sin temor a ser castigado. Nadie es reprendido por hacer procesiones, campañas evangelizadoras o acciones de caridad. Ser creyente es sinónimo de “ser bueno”, y llevar una biblia en la mano es una forma ideal de ganar simpatía y afinidad por casi todo salvadoreño promedio.

Creer es un derecho que no debería llegar hasta la frontera del fanatismo. Cuando supe de esa iniciativa legal para cambiar el nombre de la Puerta del Diablo solo se me vino a la mente ese concepto. Pensé que solo era un chiste, pero al darme cuenta que esa idea está siendo respaldada por representantes legislativos me convencí de lo pésimos que podemos ser los salvadoreños para ordenar nuestra lista de prioridades. Cambiar el nombre de un lugar histórico, solo porque hace alusión al “mal”, más que iniciativa religiosa parece una rabieta caprichosa de niño malcriado. Aunque sería maravilloso que al rebautizar esas piedras como Puerta de Jesús se detuvieran esos hasta 80 homicidios cada 72 horas, eso es tan irreal como la honestidad de la mayoría (porque quiero creer que a lo mejor hay algún par íntegro) de nuestros funcionarios de ayer y hoy.

Es una pena que las iglesias, con todo el poder e influencia que tienen, no tengan el valor que tuvo el Jesús que predican para señalar lo que de verdad le hace mal a nuestra sociedad. Es una lástima que todo ese poder —basta con recordar cuando renegaron de la iniciativa de fomentar una educación sexual integral en las escuelas, hasta que la detuvieron—, se malgaste en iniciativas tan sin sentido. Iniciativas que, como digno carroñero, más de alguno con ansias de poder y simpatía de la gente está aprovechando para legitimarse como “bueno” y hacedor de la voluntad de Dios. Porque ahora que se acercan las elecciones, nuestros excelsos candidatos tienen que hacer lo que sea necesario para afianzar ese puestecito lleno de tantos beneficios y de oportunidades de (enrique)crecimiento. Visitar cultos y misas, así como posar para las fotos con la actitud más nívea que se tenga, siempre ha sido una carta infalible para ganar votos.

Ordenemos nuestras prioridades. Para poder ver al menos una pizca de progreso en la situación del país hay que comenzar por remover, más que nombres diabólicos, a todo el que esté al frente y que incumple su deber. No podemos resignarnos en pensar que todo el que llega al poder es por la voluntad de Dios. Ya va siendo hora de que le recordemos a nuestros gobernantes, del color que sean, que así como los votamos los podemos botar.

En el limbo cultural

Comparar puede ser muy molesto. Sin embargo, exponer un elemento frente a otro para evaluar y contraponer sus características es una práctica común y necesaria. Es gracias a esa acción de identificar opuestos y semejantes que los seres humanos empezamos a construir significados durante las primeras etapas de nuestra vida, por ejemplo. Y aunque mantengamos cierta relación de amor-odio con esta forma de entender el mundo, abordamos la existencia en gran medida a través de las comparaciones.

Así, comparando, es como muchos migrantes nos adaptamos con más fluidez a los entornos que desconocemos. Eso discutía hace unos días con colegas provenientes de varios países hispanohablantes. La tertulia que se desencadenó por un comentario frívolo sobre la calidad de un tomate en un almuerzo de planificación terminó haciéndonos reconocer que, sin importar lo derrumbado que esté el lugar de donde provenimos, siempre anhelamos volver a él. Y que cuando volvemos, ya somos otros. Regresamos híbridos entre dos culturas, y que son las comparaciones las que nos permiten mantenernos conectados con ambas realidades.

No soy el más cualificado para hablar de cómo afecta a nuestra identidad que estemos en un país extranjero por un tiempo prolongado, pero voy a conjeturar –desde mi experiencia– que nos hace situarnos en un limbo. En el sociolecto salvadoreño, se podría decir que los que vivimos afuera nos volvemos “ni chicha, ni limonada”. Y no es porque algunos terminen pegados con la muletilla del “¿oh, sí?” o porque la rutina haga adoptar al spanglish que algunos puristas acusan de mutilar el español. Si estamos en ese borde es porque hemos tenido que incorporar rasgos de esa otra cultura para poder desenvolvernos con solvencia dentro de la sociedad en la que está inserta. Esos rasgos se funden y, lo queramos o no, modifican nuestra forma de actuar y pensar.

No es que sea por enajenación, pero el sentido de pertenencia se congestiona cuando se está lejos de la tierra donde uno enterró el cordón umbilical. Se ama tanto el nido de donde se voló que nunca se puede terminar de llamar hogar al destino extranjero; pero cuando se vuelve a ese nido es difícil salir del rol de visitante, como si alguna parte de uno se hubiera quedado pendiendo en la otra realidad. Es esa dualidad generada por nuestra capacidad de adaptación la que nos deja pegados en el limbo cultural.
Hace unas semanas, cuando regresé a El Salvador al menos por unos días, hice tantas comparaciones como cuando llegué por primera vez a Estados Unidos. Que si aquí la mayoría de la gente es afable, que si las normas de conducir son más estrictas allá, que si aquí las principales preocupaciones están relacionadas con el cumplimiento de los derechos fundamentales, que si allá el sistema judicial parece ser más eficiente… Aunque pueda resultarle molesto, hacerlo sirve para saber qué terreno se está pisando.

En esos 14 días que había anhelado tanto (y que sin duda fueron insuficientes) reconocí que El Salvador puede ser tan bonito como horroroso, pero que a pesar de todo lo que se ha echado a perder de nuestra sociedad, los que nos vamos seguimos necesitando estar conectados con él. No importa cuántos rasgos de otras culturas deba incorporar, ni cómo le cambien la forma de ver la vida, estar en el lugar de donde uno brotó no tiene comparación.

Piel sospechosa

Hace unos días, durante una visita relámpago a Nueva York, fui testigo de una escena absurda y cruel. Una colega y compatriota, en plan de turista, quiso hacerse una fotografía en las afueras de la biblioteca pública. Mientras posaba, rozó por accidente el brazo de una delgadísima mujer blanca, alta y rubia que caminaba de prisa. “Excuse me”, ofreció la compatriota, a pesar de que el descuido había sido de ambas. La estadounidense, quien por su vestimenta estilizada y caminar de pasarela de modas parecía salida de alguna comedia de Hollywood, le lanzó una mirada de profundo desprecio. Se alejó unos pasos. Tomo un suéter que llevaba colgando y se limpió el brazo con una mueca de asco.

Fue un momento de caricatura, una burda expresión de racismo, de odio. La mujer quiso dejar claro que los que no tenemos la piel nívea como la suya le repugnamos. Y lo logró. Los presentes quedamos pasmados ante su actitud tan retrógrada y ofensiva.

La discriminación racial es robusta en Estados Unidos. Algunas veces es tan evidente como esa mueca de asco. Y en ocasiones es más sutil, como hace tres meses, cuando un oficial de Migración me retuvo en el aeropuerto de Boston y examinó mi pasaporte hasta que se cansó. Cuando se convenció de que todo estaba en regla, ya habían pasado al menos 3 minutos –que sentí lentísimos e incómodos. Solo después, y tras un “Sorry, Sir. Have a good flight”, me permitió pasar al área de abordaje.

Ese oficial retuvo mi pasaporte porque mi piel acanelada contrastaba con la blancura de la mayoría del resto de pasajeros, cuyos pasaportes apenas miraba y a quienes dejaba pasar sin peros. Lo revisó varias veces con una lámpara UV –de las que se usan para detectar las marcas de agua ocultas en los documentos oficiales–, porque los latinoamericanos siempre somos sospechosos. Miraba mi rostro y la foto de mi documento, porque mi aspecto le daba desconfianza.

Bajo la excusa de esa desconfianza, hay gente que se cruza de acera cuando ve que un latino se acerca y algún oficial de seguridad prefiere rondar los pasillos de la tienda por donde una centroamericana se pasea. Puede haberse extinto la segregación racial tan gráfica que oprimió a los afroamericanos durante casi 100 años tras la abolición de la esclavitud, pero hablar de igualdad en este país sería una falacia. Ante la desigualdad, es la población latinoamericana la que siempre resulta más perjudicada. Y un claro ejemplo es que en la mayoría de trabajos siempre se le exija más a un latino que a los empleados de otras razas.

Seguir creyendo que una raza puede ser superior a otra es retroceder, involucionar. Los seres humanos somos iguales en dignidad, sin importar la cantidad de melanina que se lleve en el cuerpo. Aceptar este hecho no debe ser una opción, aunque en la práctica quede a juicio de aquellos que exacerban las facultades de su etnia.

Generalizar al país entero como discriminador sería una equivocación y desmerecería a los que sí respetan y tratan a todos por igual, como debe ser. Sin embargo, es imperioso tratar y retratar todo acto de exclusión –por pequeño que sea–, hasta que nuestra piel deje de ser sospechosa y nuestras facciones ya no sean vistas como el molde de una delincuencia potencial. Por ahora, aunque haya discursos políticos que se empeñan en afirmar lo contrario, el camino continúa largo y sinuoso.

*Esta columna se publicó en julio de 2016. El mensaje sigue más vigente que nunca.

Lidiar con el racismo

Este país norteño ya demostró que puede ser una pesadilla para el foráneo. El futuro próximo, tal y como se vio venir desde el cambio de gobierno, se está tornando cada vez más turbulento para la comunidad latinoamericana. Su mensaje y sus obras están siendo levadura para la xenofobia y el odio racial que desde siempre han tenido un lugar preponderante en el podio de valores de muchos estadounidenses.

Esa idea repudiable de que hay razas superiores que otras es expresada cada vez con más libertad. Los latinos estamos recibiendo desprecios y humillaciones públicos, a la luz del día y con más recurrencia. Han sido varias las clases, en este año escolar que está por terminar, que se han tornado en un espacio de desahogo para mis alumnos que han pasado por una de esas situaciones desagradables.

Una vez, Gabriela, una salvadoreña que dobla turnos en un restaurante oriental, llegó pálida al salón de clases. Sus manos temblaban y parecía al borde del llanto. Acababa de presenciar cómo una mujer blanca, acolitada por tres o cuatro personas más, ofendía a un mexicano de edad madura.

El señor de piel morena y estatura baja, quien más adelante aclaró que era médico y que solo se dirigía a su consultorio, había rozado por accidente el brazo de la mujer, al subir al autobús. “Lo trató de violador, de criminal, le decía que volviera a su sucio país, que era un latino asqueroso. Y todos los demás gringos le decían que se bajara del bus”, escupió Gabriela entre tartamudeos.

En otra ocasión, Elmar, un guatemalteco que obtendrá su diploma equivalente al bachillerato en agosto, apareció en el aula lleno de indignación. Había tenido que ir a una ciudad de Virginia a terminar un proyecto con la empresa de aires acondicionados para la que trabaja. Cuando llegó a una tienda a pedir algo de comer, la cajera, rubia hasta de las pestañas, lo miró con menosprecio y le preguntó: “¿Estás seguro de que puedes pagar lo que vas a pedir?” El joven resolvió por contestarle que era una racista, mostrarle el dinero que tenía gracias a sus dos trabajos e irse de la tienda.

Podría llenar al menos ocho páginas de esta revista con los encontronazos que mis alumnos han tenido que pasar con gente racista. En este país primermundista hay un buen porcentaje de la población que se sentiría extasiado si el segregacionismo se restableciera.

Ese retroceso, que les privilegiaría (todavía más) por sobre el resto de colores de piel les daría la tranquilidad y la paz que pierden cuando se ven obligados a interactuar con aquellos a los que consideran inferiores.

Es una verdadera vergüenza que los seres humanos sigamos rigiendo nuestro actuar y pensar por valores racistas y clasistas. Juzgar a alguien por su color de piel, por su origen cultural o religioso, o por la cantidad de dinero que tiene en el bolsillo, solo afirma la miseria que se lleva por dentro.

Los seres humanos somos los únicos animales que no aprendemos de nuestros errores. La historia nos demuestra lo mal que nos ha ido cuando hemos dejado que la discriminación tome el control de nuestras acciones. Aún así, seguimos reproduciéndola con la misma torpeza.

De momento, en la escuela hemos reforzado la educación en derechos. No podemos evitar que nuestros jóvenes sigan exponiéndose a esas situaciones, así que les damos herramientas legales para que no se olviden de que valen tanto como cualquier otra persona, y para que exijan que se les respete su dignidad.

Inconsciencia

El poder corrompe. Los salvadoreños lo tenemos bien claro. Sin importar dónde nos encontremos, hemos sido testigos, o más bien cómplices silenciosos, de cuánto pudren los cargos públicos. Y desde que terminó la guerra civil hemos dejado que ustedes y los de su clase (política) nos pasen encima cuantas veces han querido.

Quizá sea el fardo de represiones por el que nuestra sociedad tuvo que pasar antes y durante el conflicto armado. Quizá sea porque ahora, muy convenientemente para ustedes, leemos en cada pared esa amenaza de “ver, oír y callar”, y sabemos de primera mano que su incumplimiento deriva en sangre derramada. A lo mejor son los callos de tanta traición, porque hemos confiado tantas veces en rostros como los suyos, que un día nos prometieron honestidad y transparencia y al siguiente se engordaban las bolsas con nuestro dinero. Como sea, aunque nos avergonzamos de ustedes, ya no tenemos el valor o las ganas de botarlos. De seguro por eso siguen tan tranquilos y prepotentes.

Así sus banderas, sean rojas, tricolores, verdes, azules, naranjas, blancas o arcoíris, nos han demostrado ser exactamente lo mismo: aves de rapiña que no descansan hasta arrebatarse los puestos entre ustedes mismos para succionar lo que puedan. Derechas, izquierdas y centros han demostrado ser el mismo mal. No les importa otro bienestar más que el suyo. Disfrazan su ambición mencionando a un Dios que no es compatible con sus acciones. Sonríen bonito y se dan golpes de pecho señalando a los otros que quizá solo se les han adelantado un poquito en la tarea de saquear. Dicen vivir para servir al pueblo, pero solo se sirven de él.

Sobresueldos, plazas fantasmas, seguros médicos privados, camionetas suntuosas, guardaespaldas, puestos para sus familiares y allegados, partidas secretas, dietas ostentosas… La lista de su traición es tan grande como su doble moral. ¿No sienten cargo de conciencia? ¿No se han puesto a pensar siquiera un minuto en el daño que provoca su ambición?

El dinero de sus lujos podría usarse para proveer un mejor acceso a la educación para los niños y adolescentes que viven en los lugares más recónditos de nuestro país. Los ancianos abandonados podrían tener un techo y una pensión mínima para no vivir en la miseria y la mendicidad. Podrían desarrollarse programas integrales de educación, de los que de verdad alejen a los niños de la violencia. Más importante aún, ese dinero que ustedes malgastan podría paliar la escasez de tratamientos para pacientes renales del Hospital Rosales. Cada vez que un enfermo muere a causa de la falta de recursos en los hospitales, esa muerte cae sobre sus espaldas. ¿No les pesa?

Mientras ustedes y sus núcleos afectivos disfrutan de la seguridad en una residencial burbuja con sistemas de videovigilancia, familias enteras se unen al éxodo para evitar ser asesinadas y violadas. Mientras pueden costearse esos relajantes viajes con fondos públicos, miles de trabajadores son explotados en maquilas por sueldos que insultan la dignidad. El Salvador está en llamas y ustedes le arrojan gasolina. ¿Qué esperan ahora? ¿Más medallitas y pines de oro como reconocimiento por esa ardua labor?
De momento, parece no haber nadie que pueda o quiera detener sus arbitrariedades y abusos, así que pueden sentirse tranquilos y retozar en sus caprichos. Vociferen la ideología que quieran, fabriquen cortinas de humo cuando se les antoje, desvíen más fondos públicos, quítenle al pueblo lo que le pertenece. Sigan siendo tan buenos verdugos como hasta ahora han sido. Pero no olviden que toda acción tiene una reacción, y que cuando los borregos despertemos, haremos facturas a sus nombres.